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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.491 Concepción  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622005000100007 

 

Atenea 491 - Primer Sem. 2005: 87-98

ARTICULOS

María Antonia, esclava y músico: La traza de un rostro borrado por/para la literatura chilena*

 

Paulina M. Barrenechea Vergara

Doctorado en Literatura Latinoamericana, Universidad de Concepción, Concepción, Chile. E-mail: pbarrenechea@udec.cl


RESUMEN

Esta propuesta, por sobre todo, se basa en la idea de dejar y mantener abierta la diferencia de un otro deshumanizado, espectral. Trazar el rostro a un fantasma que deambula silencioso –borrado de una historia que pareciera se fue blanqueando, la nuestra–, permitiendo que éste se vaya haciendo cada vez más nítido, logrando así que emerjan sus especificidades, sus éxitos y derrotas. Recordar y conocer. Ejercer la memoria, dice Nelly Richard en el prólogo de Políticas y estéticas de la memoria, sirve para delatar aquellas maniobras de borradura de las huellas que fabrican el olvido y la indiferencia. En este sentido, María Antonia Palacios, esclava negra al servicio de Gertrudis Palacios durante el siglo XVIII, permite adentrarnos a un espacio prácticamente desconocido del período colonial chileno. Un relato que intuitivamente iremos trabajando como eje central de una literatura que olvidó un protagonista y, en su defecto, lo redujo a un papel secundario dentro de la escena nacional.

Palabras claves: Literatura chilena, memoria, esclavitud.


ABSTRACT

This proposal is based on the idea of leaving and maintaining open the difference of the dehumanized, spectral other. To draw up the face of a ghost that rambles quietly–a face erased from a history that seemed evermore whitewashed, our history–allowing this spectral one to become more and more clear so we can see its specificities, successes and defeats. To exert the memory, says Nelly Richard in the prologue of Policies and Aesthetic as Memory, serves to expose those maneuvers of erasure that make up forgetfulness and indifference. In this way, Maria Antonia Palacios, black slave to the service of Gertrudis Palacios during the XVIIIth century, allows us to enter a space of the Chilean colonial period that is practically unknown. A story that very intuitively we will be working as the central axis of a literature that forgot a protagonist and, in its defect, reduced it to a secondary role in the national scene.

Keywords: Chilean literature, memory, slavery.


 

La palabra “espectralidad” reúne lo que es común a la muerte y a la fotografía: la sombra y el fantasma, la latencia del “todavía” que no deja de inquietar lo “ya sido” de la memoria en suspenso que ronda en torno al tema de la desaparición, de la supresión de la traza”.

Nelly Richard, Histórica fotografía/Histérica fotografía

 

 

 

 

 

Nuestra memoria es frágil. Sufrió y sufre de intensas borraduras. Quizás el antecedente de aquello a lo cual Tomás Moulian se oponía fuertemente durante los años noventa, el llamado blanqueo de la memoria1 . Y es que el recordar por olvido (Blanchot) no es más que vislumbrar aquellas cosas que han sido intencionalmente hechas desaparecer simplemente por ese miedo que nos producen. Borrar el trazo de nuestro real otro, ese que se nos viene encima porque trae consigo una carga de espectros subversores, es un destino cifrado para Chile. Esa dinámica que va conformando su identidad a partir de la aceptación de un relato nacional estatal (fruto de la modernidad) que busca, por sobre todo, ir destruyendo las alteridades para construirse como país. Es el caso del pueblo mapuche y tras ellos la presencia negra en territorio nacional como una especie de doble alteridad negativa.

Toda esta reducción y negación se puede apreciar también desde la experiencia literaria, que da cuenta igualmente de la condición secundaria y ausente de aquellos que están en una especie de fotografía sin nitidez; espectros que aparecen y desaparecen de la literatura pero que nunca alcanzan a ser protagonistas. En efecto, resulta muy difícil apreciar la figura del negro, y hasta del mestizo, como personaje o como tema, pese a las fuertes intenciones y posiciones anti-esclavistas de algunos literatos durante el siglo XVIII y XIX. Al respecto, Humberto Triana y Antorveza en su libro Léxico documentado para la historia del negro en América, consigna la novela de Salvador Sanfuentes, El Bandido, como una de las pocas, si no la única obra literaria chilena que pone al negro “en primer término, y a sus amores desventurados, como urdimbre para un tema que olvidaron otros” (Triana y Antorveza, 1997).

Pese a lo anterior, no hay que buscar mucho para encontrar indicios de la presencia negra en Chile a través de nuestra literatura. Si bien la tónica es la ausencia, algunas obras esconden en sus líneas personajes que nos dicen algo más de aquello que se ha querido olvidar. Desde La Araucana de Ercilla hasta Yo maldita entre las mujeres de Mercedes Valdivieso, por dar unos ejemplos. En la primera, el negro es precisamente presentado como una alteridad negativa del indígena, expuesto en una animalidad que le permite habitar los bosques de la Araucanía, es decir, un negro huido, cimarrón. En Histórica relación del Reyno de Chile, Ovalle comenta sobre los negros que “son éstos tan incapaces… que no parecen hombres sino bestias”, lo que viene a confirmar esa condición de monstruosidad que provoca temor pero también cierto interés. Una dinámica, sin duda, que ha marcado un destino desde que se produjo el primer encuentro del indígena con el negro esclavo. Así lo consigna el relato de Mariño de Lobera en su Crónica del Reino de Chile. El indígena, extrañado del color oscuro, intenta a fuerza de roce con una mazorca extraer esa blancura oculta de uno de los primeros esclavos negros pisando territorio nacional. Desde ese primer contacto la intención era y es borrar el rostro negro de nuestra historia.

Histórica relación del Reyno de Chile

A. de Ovalle

D. de Almagro

En ese contexto, comenzar a trazar un destino, delinear un rostro como el de María Antonia Palacios, esclava en el Santiago del siglo XVIII –superponiéndolo en la memoria a un primer plano donde por sí solo haga evidente su protagonismo–, se presenta como una tarea vitalizante dentro de la disciplina literaria. Y el interés se bifurca no sólo hacia su condición de mujer y negra durante la Colonia, avizorando otros horizontes, sino que también hacia su condición de músico que resulta motivadora en términos investigativos. Es esa cualidad la que nos provoca por cuanto sale de las dinámicas comunes de la esclavitud e inserta un rostro humanizado en una ciudad que olvidó una vida y borró su relato. Con todo, el presente ejercicio de escritura2 no tiene la intención de socorrer a ninguna víctima, más bien y siguiendo a Jean Baudrillard, va tras la idea de mantener abierta la alteridad en su disparidad y en sus formas diversas.

La mujer negra es una de las menos estudiadas3, la más ausente; pero contradictoriamente, goza de un inmenso simbolismo dentro de nuestra historia como nación. No hay que olvidar que la primera mujer no aborigen que llegó a Chile fue la esclava de Diego de Almagro, Malgárida. Un destino ausente desde sus inicios, donde la negra fue emblema y foco no sólo de desprecio, sino que también de los males de una sociedad rígida, patriarcal, llena de mitos y estereotipos.

No hay que olvidar que igualmente la historiografía nacional tradicional (hoy los estudios contemporáneos dan cuenta de otra cosa) privilegió la evolución política y militar de la Guerra de Arauco4 como tema central y casi hegemónico de estudio, dejando en segundo plano quizás el atender otros aspectos relacionados al desarrollo colonial (Mellafe, 1984). Por ello el desconocimiento abismal sobre ese período y la idea primaria que dominaba entre los investigadores sobre la imposibilidad de desarrollo de la esclavitud en Chile gracias, entre otros erróneos factores, a un clima adverso que era nefasto para los negros.

Es bueno recordar que a raíz del mestizaje y los procesos aculturadores se fueron desarrollando intensas dinámicas que convirtieron al esclavo, ya libre, en un ser liminal5 dentro del sistema de castas. Esto los hizo moverse en los intersticios de la sociedad, transar, dejar de ser6, en definitiva, la experiencia viva de una lenta muerte cultural que germinó en una nueva cultura: la chilena. Como en Argentina, nuestro lenguaje está enriquecido por una serie de vocablos africanos (banana, bochinche, bombo, ganga, bobo, etc.). Tenemos la sandía, fruto originalmente traído desde Africa para alimentar a los esclavos, celebramos la Pascua de los Negros, el barrio Lumbanga en Arica aún es centro de reunión de la diáspora africana chilena, la cueca misma tiene raíz afro, en fin. Las evidencias están, lo que no queremos es ver.

María Antonia Palacios, esclava negra al servicio de Gertrudis Palacios a fines del siglo XVIII, se erige como todo un mundo pleno de simbolismos que aún hoy es de difícil abordaje sistemático. En un principio, la manera ortodoxa de llegar a ella es a través del Libro Sesto, un conjunto de partituras musicales que fueron interpretadas por María Antonia, se supone, dentro del marco eclesiástico. La única fuente de información seria que existe para adentrarnos en esta figura es la investigación musicológica que realizó el profesor Guillermo Marchant Espinoza sobre este conjunto de partituras7. Si bien el objetivo de la investigación fue realizar un acercamiento hacia la música doméstica del siglo XVIII, hasta el momento es la única fuente que nos ayuda a concebir un perfil de la esclava Palacios y su impronta en la sociedad. Aunque siempre mirando la escena desde su disciplina, en el artículo “Una negra llamada María Antonia”, cuestiona y explora la manera en que el negro ha sido excluido tanto de aquello que sabemos sobre la Colonia como de las manifestaciones artísticas, en este caso musicales, en Chile (Marchant, 2002). Además, se da a la tarea de tantear algunos escenarios sociales y culturales que podrían haber sido aquellos en los cuales la esclava desarrolló su vida y aptitudes musicales.

MIRADA AUSENTE, DEVENIR MUJER, NEGRA Y CHILENA

A continuación se presentarán las unidades básicas, introductorias, con las cuales se trabajarán en una primera instancia y que nos permiten iniciar este recorrido intentando no caer en un abismo ficcional y coqueteando con lo previsible.

La esclava María Antonia, hija de infieles que quedaron en tierras africanas8, toma su nombre del apellido de sus primeros amos al momento de su bautismo. Se le tenía por leal y por ello fue miembro de la familia Palacios pasando de generación en generación siempre como un bien de relativo valor.

Así consta en el documento del año 1758 encontrado en el Archivo Arzobispal por Guillermo Marchant, que se refiere a la existencia de “(…) Mª Antª esclava de Dn. Juan. Antº Palasios, hija de Pes. Infieles (…)” (1997). Este documento es la primera evidencia que confirma la existencia de una esclava de dicho nombre en Chile. Sin embargo, Marchant en su investigación alude a un inventario de bienes efectuado por doña María Mercedes Aguirre, viuda de don Juan Antonio Palacios, quien es el original dueño de la esclava. El inventario detalla, entre numerosos implementos agrarios, un listado de tres esclavos. En este caso, la realidad de María Antonia sólo se puede ver dentro de una serie de elementos materiales más, pues los esclavos eran incluidos como mercancía. Para la legislación esclavista eran éstos siempre una cosa, sólo una pieza con algún valor. Rosa Soto comenta en su artículo “Mujeres negras: sexualidad, enfermedad y salud en el Chile colonial”, que las esclavas negras: “(…) se pueden clasificar en dos categorías: como sujetos activos eran denunciadas o denunciantes, y como objeto sólo tienen valor de uso y de cambio: eran vendidas, alquiladas, rematadas, embargadas, heredadas y donadas” (Soto, 2001).

Por su parte, Rolando Mellafe, en su obra La introducción de la esclavitud en Chile, consigna que la participación de los negros en la conformación de las expediciones que vinieron a Chile en el siglo XVI muchas veces no se menciona, ya que “estaban comprendidos en las palabras pertrechos, mercaderías, etc., con que se acostumbraba resumir los diferentes elementos, esencialmente comerciables, que eran necesarios en las expediciones” (Mellafe, 1984). Es decir, estamos en presencia de la real negación del Otro, donde el negro deviene ente material convertido en un elemento comerciable. En el caso de Antonia, es sólo a través de su Acta de Bautismo que recobra esa humanidad de la cual fue despojada.

(...) En onse de Junio demil setecientos sinquenta yocho años yo el Mrô Dn. Juan Joseph Tobilla bautisé, y puse oleo, y Chrisma a Mª Antª esclava de Dn. Juan Antº Palasios, hija de padre infieles

Madrina Teodora Flores, ylo firme=Mrô Joseph Tobilla

(Rúbrica) (Marchant, 1997).

Resulta interesante este descubrimiento pues nos lleva a explorar otra dimensión cultural y social de los esclavos durante la Colonia. Muchos de ellos creían que por medio del bautismo podrían hacer bastante más fácil su ascenso social, tomando como suyos los principios católicos y logrando así una inserción en la sociedad con menos tropiezos. Ahora, cuando se habla de padres infieles se refiere a que la esclava Palacios quizás fue raptada sin sus padres y evangelizada en Chile. Al respecto, según las investigaciones de Soto, existe conocimiento de algunas esclavas, hijas de padres libres, que eran arrebatadas del seno familiar por su condición precaria de vida y llevadas para servir en las casas señoriales (Soto, 2001).

Nunca ofició de recadera9, su carácter reservado era más bien propicio para aquellas labores de dama de compañía. Es así como terminó sus días junto a Gertrudis Palacios, la sobrina entonces soltera de Don Juan Antonio, de quien fue su confidente y compañera. Una relación estrecha, de mutuo acuerdo respetuosa, donde la esclava pese a la carga de la institución no podía sentirse desgraciada en comparación con sus pares. Efectivamente, es ella quien encabeza la lista de bienes al momento de pasar a manos de Gertrudis el año 1784.

Si bien la vida cotidiana de los esclavos negros estaba centrada en el trabajo, existían ciertas diferencias entre aquellos que se dedicaban como ayudantes de artesanos y podían potenciar algunos oficios y aquéllos que se dedicaban al servicio doméstico. Sin embargo, son los que trabajaban en las casa señoriales quienes gozaron, dentro de la opresión, de la posibilidad de una vida comunitaria y establecer vínculos de parentesco que, a veces, se sucedían por varias generaciones. La mayoría de las veces la relación con los hijos de los amos era intensa, eran consideradas como verdaderas madres y por ello cuando éstos se casaban las llevaban consigo. Cuando las esclavas se iban haciendo viejas y la edad no les permitía hacer las mismas labores de siempre, pasaban a desempeñar el rol de dirección de las otras esclavas o sirvientes, enseñándoles a coser, cocinar y hacer el servicio de mano de las casas señoriales. Guillermo Feliú comenta sobre la condición de las esclavas domésticas en Chile que:

… se les estimó por su espíritu de sacrificio y abnegación, amor al hogar y prendas de buen carácter y docilidad. Nacían en las propiedades del señor, aún medio feudal, ya en la casona de la urbe, ya en la vasta hacienda, y allí quedaban sucediéndose de un amo a otro, como valiosa herencia (Feliú, 1973).

Antonio10 se llamaba el hijo de la esclava. Como ella, servía dentro de la casa señorial lo que les permitió generar cierto núcleo familiar como pocos esclavos podían hacerlo. Algo le decía que era mulato y reconocía en los Palacios algo más que un lazo dueño-esclavo. Sin duda, aprovechaba bien el buen trato hacia su madre y aprendió un oficio.


G. Feliú Cruz

Rosa Soto comenta que al no existir en Chile grupos organizados o comunidades negras, la constitución de una familia era difícil (1995). El matrimonio no se daba con regularidad y la rígida estratificación social hacía que el concubinato fuera una modalidad usada naturalmente. Independiente de ello, las mujeres esclavas comenzaban a procrear jóvenes y la relación afectiva con sus hijos estaba sujeta al nexo que ellas mismas tenían con sus amos en pro de no ser eventualmente vendidos o entregados en parte de pago. Para ello, por lo general, trabajaban para comprar la libertad de su familia o presionaban para que éstos fueran comprados por sus amos y no perder el contacto con los suyos.

Ahora bien, ocurría muy frecuentemente que los hijos eran el fruto de las relaciones entre los mismos amos (y sus hijos) con sus esclavas, lo que podía significar que éstos no salían de las casas señoriales con tanta facilidad. Las esclavas negras eran vistas como verdaderos focos del pecado, por ello se les imprimió una condición de bestialidad y prohibición que acrecentó el deseo sexual reprimido de muchos de sus dueños. Antonio podría ser fruto de esa unión por cuanto toma el nombre del dueño original de la esclava María Antonia. Quizás. Especulación que resulta difícil de confirmar puesto que no se le asigna el adjetivo de mulato11 al nombrado en la sucesión de bienes de la familia Palacios.

Pese a ello, esa particularidad no era una dinámica entre las esclavas madres. Por lo general, ellas se valían de mil artimañas para dejar constancia en los documentos y en el Registro Civil que sus hijos no eran negros ni mulatos, pues eso les daba a sus hijos la oportunidad de ascender y obtener algún beneficio dentro de la sociedad. Según los estudios de Soto, “la situación del vientre quedaba estipulada en los testamentos, de manera que las esclavas y los herederos sabían cuál era la condición legal de los hijos procreados. Pero no siempre los amos, en el momento de testar, dejaban claramente establecida la condición del vientre; si esto no sucedía, las esclavas demandaban la libertad de sus hijos a los herederos, alegando haberlos procreado después de liberar su vientre” (Soto, 1995: 29).

El suyo no era un trabajo duro, los días pasaban entre algunos encuentros sociales, visitas al convento donde su dueña vivió por algunos años, los paseos dominicales y la misa diaria. Sin embargo, la labor por la cual era reconocida dentro de la familia, y en especial por Gertrudis, era su destreza musical siendo de las pocas domésticas que sabían leer e interpretar piezas religiosas y paganas, ya sea en el órgano o el salterio. Si había tiempo se le permitió componer12. María no dejó nunca la casa señorial, sin embargo, Gertrudis le ofreció su libertad en una ocasión.

La situación de las mujeres negras esclavas estaba adscrita a una dinámica doméstica que, si bien se pretende mucho más beneficiosa, no estaba exenta de los sinsabores de la esclavitud. Muchas veces recibían los peores tratos, se usufructuaba de su trabajo, se las obligaba a vender en las calles y muchas veces debían soportar la carga económica de las amas “venidas a menos” en períodos de estrechez. Sin embargo, esta última situación actuaba de causal para obtener la libertad aduciendo la lealtad de las esclavas para con sus dueños. Esto se daba, especialmente, cuando los amos ya eran ancianos y estipulaban en sus testamentos un “descargo de conciencia” para con ellas. En el caso de María Antonia esto no sucedió, pues en los documentos encontrados por el profesor Marchant, anteriormente citados, no se consigna dicha petición. Pese a ello, me parece que si se hubiera dado la circunstancia anterior, la esclava habría sido una de aquellas que por tener una relación con la familia de años, no habría podido enfrentarse a la realidad de una sociedad rígida y adversa, optando por quedarse dentro de la casa señorial cumpliendo diferentes funciones alternativas.

Usual era que las señoras de sociedad llevaran a sus esclavas a los conventos. Esto reviste importancia por cuanto la Palacios poseía su citado Libro Sesto y tenía conocimientos musicales sobre lectura de partituras de música doméstica. “Las esclavas negras también se desempeñaban como criadas en los conventos, adonde eran llevadas por sus amas cuando éstas decidían profesar”, explica Rosa Soto en su artículo “Negras esclavas. Las otras mujeres de la Colonia” (1995). Quizás este talento fue adquirido por la cercanía que su ama tenía con la Iglesia y el ambiente eclesiástico. Sin duda, su capacidad de interpretar en órgano la música doméstica es una característica peculiar y le imprime a la vida de la esclava un matiz diferente. Es de interés que dentro de los inventarios de bienes comentados hay especial realce a los elementos ligados al mundo eclesiástico como un estrado y una excelente capilla que venían a conformar un tradicional salón señorial colonial. Según Marchant, el hecho de existir un estrado conecta a la esclava con un ambiente musical:

(…) nos referimos al estrado, un sitio femenino y de cultivo musical, reino de la mujer chilena del siglo XVIII, en el que posiblemente fue recibida una esclava adiestrada en la interpretación de algún instrumento musical (clave o pianoforte y salterio, del Libro Sesto) (Marchant, 1997).

No es difícil imaginar que María Antonia, siguiendo una rica tradición musical originaria, haya podido aprender algunos diferentes oficios, el arte de la lectura de partituras y la interpretación del órgano o salterio para el deleite de su ama. Sin embargo, no sólo podría la esclava haber sido parte de un ambiente religioso, puesto que Marchant consigna en su trabajo de investigación que doña Gertrudis también contrajo nupcias, por lo que la esclava Palacios quizás también ejerció sus dotes musicales dentro de un ambiente pagano como las fiestas de salón propias de la época colonial.

Al respecto, me gustaría ir más allá. La condición liminal que provocó la desaparición de la cultura negra en nuestro país también indujo la evaporación de todo vestigio material. Sin embargo, eso no significa que ésta no haya existido como hemos venido comentando a lo largo de este artículo. La literatura de la época colonial, por ejemplo, ha dejado en segundo plano y ha obviado la presencia de cualquier manifestación africana en nuestra cultura, pero si uno realiza una mirada un poco más acuciosa en los archivos y documentos históricos el panorama es muy diferente. Algo así ocurrió con las contundentes evidencias arqueológicas que Daniel Schávelzon encontró en Buenos Aires y que sacó a la luz una historia otra donde el afroargentino tuvo efectivamente participación activa dentro de la realidad social de una ciudad que hasta entonces parecía no haber existido jamás.

Por ello, en el momento en que voy otorgando humanidad y vida a este rostro borrado de la literatura chilena, no puedo abstraerme a la idea de una María Antonia en un plano de mayor interés. Uno en el cual, quizás, se insertó en sociedad y tuvo acceso a una vida muy diferente a la que siempre se configuró dentro y para aquellos que sufrieron la institución de la esclavitud aun ya libertos. Efectivamente, existió una población de africanos (esclavos libres) y afrochilenos cuya cultura de resistencia durante la Colonia tuvo un papel en el desarrollo de nuestro país. Lo complejo que fue y es dar a conocer ese espacio –donde negros convivieron con criollos y españoles en libertad– se presenta hoy como un paso importante en esta investigación, pues nos permite extrapolar situaciones y configurar este escenario nuevo para María Antonia, abriendo la posibilidad cierta de escribir una vida que fue blanqueada y olvidada realizando, más que un rescate o reivindicación histórica, un ejercicio intelectual.

NOTAS

*Este artículo es un acercamiento al proyecto de tesis para optar al grado de Doctor en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción. Investigación guiada por el Dr. Gilberto Triviños.

1 El blanqueo de la memoria que buscaba eliminar el recuerdo de la masacre social y cultural de la dictadura.

2 Sin duda, la presente tesis excede la literatura para abordar la historia, por ello es netamente un ejercicio de carácter transdisciplinario.

3 Sin embargo, los trabajos de Rosa Soto al respecto son un antecedente crucial para quienes abordan la problemática negra en Chile.

4 Igualmente podemos señalar que en dicha pugna sí existió la presencia negra, quizás adelantando una temática que será explorada en algunas obras de la literatura nacional en esta propuesta de investigación.

5 Según Elizabeth Araiza y Philippe Schaffhauser, quienes estudiaron la condición de los negros en México, la participación de estos grupos como ciudadanos pasaba indudablemente por el abandono de su cultura y de su propio ser para convertirse en otro (Araiza y Schaffhauser, 1997). Para explicar dicha situación, los autores mencionados utilizan el concepto de la liminalidad, por cuanto los negros libres ocupan los intersticios entre la sociedad de los blancos y la sociedad de los indios, sin pertenecer a ninguna de ellas.

Liminal: Término que el antropólogo Víctor Turner utilizó para estudiar los ritos de las tribus africanas. Recupera este concepto desde la propuesta que Van Gennep esboza sobre los ritos de iniciación. Los ritos de paso incluyen tres fases, separación que es una conducta simbólica que significa la escisión de la persona o grupo de su anterior situación dentro de la estructura social, el estado liminal o margen se refiere al estado del sujeto del rito donde no tiene ningún atributo del estado pasado ni del venidero, y por último, la fase de agregación donde el paso ya se ha consumado (Turner, 1988).

El liminal es aquel que cambia de estado, en este sentido, el negro tuvo que dejar de ser para convertirse en otro. Según Turner, el neófito o iniciado será triturado y moldeado de nuevo, dotándolo de nuevos poderes con los que enfrentar su nueva situación.

6 En su caso, se opta por el mestizaje como el paso de una casta a otra, por ejemplo, los padres procuraban inscribir a sus hijos como mestizos y no como negros pues eso significaba una mayor posibilidad de mejorar su condición en un futuro.

7 El Libro Sesto es un conjunto de versos sueltos y largos, posesión de María Antonia Palacios, que constituye un extraño manuscrito musical chileno de fines del siglo XVIII. Según Guillermo Marchant, quien realizó un estudio acucioso en su tesis “El Libro Sesto de María Antonia Palacios. Un estudio sobre sus facetas organológicas, modales e históricas en el Chile del siglo XVIII”, se trata de un documento histórico de gran importancia y su valor radica en que es una de las pocas fuentes sobre música instrumental del período colonial hispanoamericano.

8 La mayoría provenía de Cabo Verde, Guinea, según las licencias otorgadas por la Corona.

9 Las esclavas de razón eran muy solicitadas dentro de las casas señoriales chilenas durante la Colonia. Ellas eran las esclavas más ingeniosas y locuaces. Su misión era oficiar de recaderas de casa en casa, siguiendo la tradición indígena de contar cuanto ha sucedido en casa de los emisores del mensaje, qué le ha sucedido a ella en el camino y el motivo de su visita. Resulta interesante esta modalidad por cuanto el esclavo negro imita al indígena, siguiendo una tradición pero imprimiéndole un sello personal. Sin duda, es un tema que reviste interés en cuanto al espacio de investigación que se abre al analizar el efecto transculturador que hubo en el contacto entre indígenas y negros en Chile.

10 “(…) Yten dos Esclavos Madre e Hijo nombrados Maria Antonia de más de conqtª años, y a Antonio de edad de diez y ocho años-(…)” (Marchant, 1997).

11 Mulato viene de mulataje. Según Rosa Soto en el artículo “Mujeres negras: Sexualidad, enfermedad y salud en el Chile colonial”, mulato es un híbrido que proviene de Mula, una acepción peyorativa que a la sociedad tradicional siempre le costó aceptar.

12 En el conjunto de partituras que componen el Libro Sesto hay tres que no aducen autor alguno. No puedo dejar de pensar en ellos como posibles creaciones de María Antonia, y a su vez, en las enormes posibilidades que esa situación proporcionaría dentro de un estudio donde a la luz de la transculturación se puedan confirmar como obras de gran valor dentro de la historia de la música chilena. Sin embargo, esa tarea ya escapa de los objetivos de este trabajo pero deja abierto el interés investigativo al respecto.

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Recibido: 30.03.2005.  Aprobado: 03.06.2005.

 

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