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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.491 Concepción  2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622005000100002 

 

Atenea 491 - Primer Sem. 2005: 11-22

ARTICULOS

El lugar propio  de la utopía

 

Humberto Giannini

Filósofo. Premio Nacional de Humanidades (1999). Profesor de Filosofía, Departamento de Filosofía Universidad de Chile. E-mail: gianninluz@mi-mail.cl


RESUMEN

La utopía no es ‘mortal’ porque es expresión subjetiva de alguna ideología. Y las ideologías no mueren: sólo cambian, se contraponen, se suceden unas a otras, ‘se ideologizan’ (en el sentido de absolutizar el valor que postulan). Se pone un ejemplo que hoy es prudente tener a la vista: la ideología nacionalista con su absolutización del valor de patria.

Palabras claves: Ideología, utopía, contratexto, subtexto, domicilio.


ABSTRACT

Utopia is not ‘mortal’ since it is a subjective expression of an ideology. And ideologies don’t die: they only change, become oppositional, succeed each other, become ‘ideologized’ (in the sense of absolutizing the value they propose). An example that can be prudently recognized today: the nationalist ideology with its absolutizing of the value of the ‘patria’.

 Keywords: Ideology, utopia, contratext, subtext, domicile.


 

La tarea que se nos encomienda toca, me parece, este punto: preguntarnos si existirá alguna utopía que pueda ayudar a atravesar este nuevo siglo a una humanidad tan desencantada de sí misma.

Acaso, sería útil repensar la idea misma de utopía, idea que se viene usando desde la mitad del siglo recién pasado en una versión, diría, marcadamente ideológica. La movida ha sido muy sutil: como la del ladrón que huye por las calles gritando: ‘¡atajen, atajen al ladrón!’ Se pretende con esto desbancar las otras ideologías, señalarlas con el dedo, como aquello que existe sólo en la mente de poetas, soñadores y metafísicos.

La paradoja consiste en que esta movida ha sido fraguada y difundida por una ideología que hoy se extiende por todo el planeta, la que, como se comprenderá, se define a sí misma realista y rigurosamente científica.

‘Las ideologías están muertas, nos dice, en cuanto son meras utopías’. Eslóganes como éstos revelan y avalan todo lo contrario: la vitalidad de la estructura ideológica, de la que la utopía es una especie de maquette cuyo autor –en la utopía siempre hay un autor– ha pasado por alto todas las condiciones de tiempo y de lugar en que debiera advenir la perfección a que aspira, como ideólogo.

Por cierto, el género utopista es una muestra significativa de las inquietudes de un tiempo. No es accidental, por ejemplo, que el imaginario utópico se inspire a propósito del encuentro real o inminente con otros mundos; con el continente de los Atlántides (en el Timeo y en el Critias de Platón), con el Nuevo Mundo, el americano (en tiempos de Bacon, Moro, Campanella) o, en nuestros tiempos, la utopía del triunfo tecnológico, llevado a la más alta organización, en algún lugar del espacio cósmico. Los descubrimientos geográficos o espaciales ofrecen de maravilla la oportunidad para ‘la construcción’ de sociedades perfectas, en las que la fantasía literaria, liberada de su condicionamiento histórico, proyecta sus sueños...

Platón

Bacon

Pero en este trabajo vamos a centrar la atención en la estructura ideológica, al interior de la cual cabe que anide la utopía como síntoma no siempre primario de aspiraciones y valores que circulan en una época determinada. Tres serán las preguntas a las que intentaremos responder:

¿Qué es una ideología?

¿Qué clase de discursos y acciones supone?

¿Y en qué ámbito de la realidad proyecta su realización?

Empecemos por responder las dos últimas preguntas que, al parecer, son las más elementales:

La ideología tiene a la vida humana, en cuanto vida asociada, como el ámbito de su interés específico. Esto es lo primero.

Entremos ahora a examinar directamente su modalidad discursiva.

El discurso ideológico supone una distancia cualitativa entre el ser histórico, fáctico de la sociedad –en el punto en el que nos encontramos– y lo que debiera ser (la tierra prometida, su ideal). Esta distancia se traduce ideológicamente, primero, en un núcleo argumental que detecta y denuncia la presencia de un mal en el mundo social. El malestar, la denuncia es lo primero. En segundo término, se traduce en una interpretación histórico-causal de cómo pueden haber llegado las cosas a tal punto. La ideología toma de las ciencias, sobre todo, de las sociales, los elementos explicativos que le permiten acomodar los hechos históricos de un modo determinado. Finalmente, se traduce en la elaboración de directivas prácticas para superar la situación de defecto y alcanzar lo que debe ser la vida humana.

Ahora podemos responder a la primera pregunta: cabe describir la ideología como un sistema de ideas esencialmente históricas (cómo están y cómo han llegado a ser las cosas humanas), de ideales (cómo deberían ser) y de métodos y estrategias (cómo hay que actuar para revertir la situación).

No hay que perder de vista, sin embargo, que la interpretación histórica y el método son aspectos supeditados a la intuición básica de ciertos valores exigibles (los ideales) en la vida asociada. Queremos decir que lo que está en juego en una ideología no es tanto la cientificidad de sus juicios interpretativos (el por qué las cosas han llegado a ser lo que son) como la capacidad de amarrar esa cientificidad a exigencias ético-valorativas: cómo deben ser las cosas. Su gasto esencial está, pues, en convencer acerca de lo que debe ser, y este logro será la prueba más contundente de la veracidad de sus argumentos explicativos. Por lo mismo, la proposición ideológica apunta tanto a ser verdadera (decir las cosas tal como ellas son) como a ser convincente, es decir, ‘llegar’ al destinatario del discurso y predisponerlo a la acción. El estilo más propio de la ideología es el retórico, en el que el discurso ya es la acción misma.

Vamos a llamar ‘texto ideológico’ a los ideales explícitamente proclamados por la ideología (cierto tipo de libertad, por ejemplo); y ‘contexto’ al conjunto de proposiciones de carácter ya sea sociológico, económico, psicológico, etc., que exhibe para dar cuenta de la distancia ontológica entre realidad histórica y el ideal proclamado. Texto y contexto hacen de una ideología un sistema teórico-práctico que permite al adherente valorar el mundo abigarrado de los hechos humanos y participar reflexivamente en la vida común.

Quisiéramos añadir tres rasgos por los que el término ‘ideología’ ha venido adquiriendo un carácter peyorativo en la historia de la filosofía política.

El primero puede ser descrito así: insuficiencia del contexto para justificar el texto. Dicho en términos positivos: la exigencia de cómo deben ser las relaciones humanas seguirá valiendo incluso cuando la explicación de ‘por qué las cosas están como están’ resulte ser una explicación falsa u obedecer a una interpretación dudosa.

Al segundo rasgo llamémoslo ‘la vocación expansiva del texto’. El valor redescubierto y proclamado por la ideología tiende a absorber en sí y usar para sí, todo el saber disponible, sobre todo, el saber social (lo que llamábamos contexto del texto). Tiende a la vez a arrinconar o a mediatizar cualquier valor o aspiración que aparezca, en las afueras de la ideología como exigible o prioritariamente deseable. Esta misma característica totalitaria deja a la luz los tropiezos del texto. Podría decirse: deja a la luz los contratextos que le salen al camino. Así, por ejemplo, a la absolutización del valor de la libertad individual le pueden salir al camino el contratexto limitante de la ley y de la autoridad, o el contratexto del bien común, o el de la exigencia ética de priorizar la igualdad de posibilidades, o el de la exigencia del compromiso; al ideal de la vida como competencia le sale al paso el ideal de la vida como colaboración; al ideal de la tolerancia (dejar hacer), el contratexto de la tolerancia cero; al cosmopolitismo y la globalización, la búsqueda de la identidad ligada a valores locales, etc. Hay, por último, contratextos extremos, dramáticos, en el campo de la acción, como el que experimenta Goetz, el feroz condottiero de El Diablo y el Buen Dios, de Sartre: ‘El mundo es inicuo en su raíz; si lo aceptas eres su cómplice; si lo quieres cambiar te vuelves asesino’.

Sartre

Por último, la misma absolutización del texto disimula y deja pasar a través de la gran sombra que crea, el usufructo que cabe hacer de él como pretexto para fines inconfesables. En otras palabras, toda ideología –o cualquier teoría que implique una decisión social– en la medida en que absolutiza su propuesta, queda a merced de ser instrumentalizada por el texto invisible (por los enemigos solapados del texto). Sin contrapeso ideológico, se vuelve un discurso ideologizado, ahora en el sentido peyorativo que se suele dar al término: de servir de pretexto para fines de poder. Entonces, no es del todo tautológico decirlo así: ideología ideologizada.

Es esta probable instrumentalización de la ideología, inherente a su propia estructura, lo que ha destacado la ideología marxista justamente en su crítica a las ideologías.

Pero a este peligro de la absolutización no sólo están expuestas las ideologías, también lo están la religión y la ciencia, en la medida en que la primera se vincula a una práctica religiosa y la segunda, a la técnica, y a la industria. Advirtamos, sin embargo, lo siguiente: el uso de un texto como pretexto para fines ajenos a la doctrina no anula en absoluto la eventual validez del discurso visible de ésta, ni su valor ético y su eventual exigibilidad. Se puede, por ejemplo, decir que lo que mueve efectivamente a hacer la guerra son los grandes intereses internacionales (que tal es el texto invisible). Esto es verdadero. Pero no cualquier pretexto (no cualquier texto) es suficientemente poderoso como para mover a los hombres a marchar a la muerte; lo que hace posible una guerra son los valores que se les ponen delante. El texto invisible actúa siempre por debajo. Un peligro que proviene de la propia exuberancia del texto.

Lo que habría que poner en duda es que la ideología pueda ceder su lugar en la dinámica de las sociedades, por ejemplo a ‘la ciencia económica’ o a la religión, salvo que éstas mismas se ideologicen al máximo. Lo que sucede siempre en la historia es que una ideología cede –o va cediendo– su lugar a otra ideología. Y la democracia se puede reconocer por el hecho de que esta cesión ocurre a través de la capacidad dialogante de sus instituciones y fuerzas vivas de la inteligencia.

Pero, ¿qué puede ocurrir cuando las instituciones de diálogo ciudadano van desapareciendo, cuando las fuentes de decisión se vuelven anónimas, inalcanzables? ¿Qué pasa cuando la política y las instituciones los maneja un poder que pone y quita su atención en el lugar del mundo y durante el tiempo que le interesa? ¿Qué pasa cuando empezamos a desconocernos los vecinos, los conciudadanos, por estar ‘navegando’ en un universo meramente virtual, ajeno?

La respuesta a estas preguntas, la reacción a la ideología triunfante de la internacionalización de la economía puede ser catastrófica, si recordamos la respuesta de Alemania e Italia al imperialismo incipiente de principios del siglo XX: el proteccionismo armado, el nacionalismo, en sus diversos niveles de exaltación. El nazismo.

En lo que sigue, quisiera hacer algunas consideraciones sobre la estructura de la ideología nacionalista, tan ligada a la idea de Estado-nación y contrapuesta, en una contraposición extrema, a la ideología del mundo global.

Hitler

Cartel estadounidense

Teniendo en cuenta lo que hemos llamado textualidad, contextualidad y subtextualidad (el texto invisible), dividiremos la ideología nacionalista no sólo en lo que es textualmente o subtextualmente; nos referiremos también a sus destinatarios:

Volveremos, pues, a hablar de aquello que la ideología declara de modo explícito; luego, de lo que el texto oculta; en tercer término, del destinatario directo, es decir, quien está llamado a ejecutar sin saberlo, aquellos fines que beneficiarán al destinatario real del mensaje ideologizado: del nacionalismo, en nuestro caso.

Primero, el texto visible.

El nacionalismo, en la medida en que es una ideología –y no un mero sentimiento patrio–, corresponde a una metafísica compendiada: desde su propia cosmovisión, debería permitirnos, entonces, evaluar una sociedad y hacernos, como militantes, partícipes inteligentes en el proceso histórico. Ahora bien, como ideario político-social el nacionalismo ofrece un texto visible bastante exiguo.

Y cabría resumirlo en estos poquísimos puntos: a) exaltación de la unidad social, alrededor del ideal de patria; b) como consecuencia de lo anterior, aversión abierta o disimulada a todo partidismo, que es por esencia la negación de tal unidad; c) Exaltación del Estado, generador de los principios que producen y mantienen la unidad exigida.

El texto invisible:

Todo lo anterior es muy poca doctrina. Casi nada. Y sin embargo, habrá que reconocerlo, un texto exiguo y simple como éste ha logrado en algún momento histórico provocar entusiasmos multitudinarios y convergencias sociales inexplicables. Lo que vio con desazón la Escuela de Frankfurt, allá por la década del 30 del siglo pasado, al comprobar que la aparición del nazismo retrasaba seriamente ‘la marcha de la historia hacia una sociedad sin clases’. Que, en concreto: el nazismo había alejado a la clase obrera del objetivo principal de la acción política: su propia liberación, y desplazado aquella voluntad hacia un fin que en ese momento parecía más inmediato y socialmente ‘más generoso’: unir a la nación alemana y sacarla de su postración.

Sería una frivolidad suponer que el éxito en la recepción del mensaje nacionalista debe atribuirse a la pereza mental de sus destinatarios o a otras causas subjetivas. Conviene preguntarse, por el contrario, si ese texto exiguo que hemos mostrado no tiene talvez alguna sólida sustentación, no destacada en la doctrina misma. Y es evidente que este supuesto nos lleva de la mano a una reflexión sobre los ideales de patria y de unidad en los que centra el nacionalismo su brevísimo discurso. Esto es lo que haremos enseguida. Hecho este análisis nos preguntaremos cuáles son –si las hay– las aspiraciones que a causa de este texto visible quedan reprimidas o deformadas. Así tendremos un cuadro más o menos completo de los contratextos que le salen al paso a la doctrina. Luego de un largo paréntesis, nos preguntaremos, por último, por el punto que nos queda: cuál es el destinatario final (en el que se satisfacen los fines) de la ideología.

EL IDEAL DE PATRIA

Patria para el nacionalismo es la realidad suprasocial en la que habitan y a la que pertenecen los individuos que conforman una comunidad histórica, y dentro de la cual encuentran su sentido y su dignidad de ser.

Retomemos ahora la hipótesis por la que afirmábamos que la absolutización del valor, en este caso el de patria, es el aspecto esencial de la inflación ideológica nacionalista. Pero recordemos, además, que la reflexión crítica, ‘des-ideologizante’, no puede eliminar del escenario social por simples razonamientos el valor proclamado por la ideología. Ha de mostrar, en cambio, que existen para la experiencia humana contravalores que pueden llegar a ser igualmente exigibles.

¿Cuáles son, entonces, las raíces vitales que cabe reconocer en este ideal de patria?

Analizaremos tres niveles en que podría intentarse una ‘justificación’ de este reconocimiento:

Uno, que llamaremos nivel instintivo-espiritual: un segundo, el nivel cultural y, por último, el nivel propiamente ideológico, que es el que aquí nos interesa.

NIVEL INSTINTIVO-ESPIRITUAL

El impulso primordial de la vida, en general –la del animal y la humana–, tiene una dirección centrífuga: es impulso hacia lo otro y hacia el otro. La fuerza unitiva del instinto guiará segura al animal a encontrarse con ‘objetos’ presentidos ya como valiosos para la vida: lo otro, como apetecible, como presa, como alimento; el otro, la otra, como igual a sí, pero inquietantemente distinto, distinta de sí.

Es a partir de estos encuentros que el animal empieza a darle orientación, digamos, a mapear su espacio, a calcular distancias, a crearse un sistema de signos que le permiten abrirse camino para volver continuamente a eso que apetece, evitando los peligros y acechanzas que ha aprendido a conocer.

A este espacio circular, ordenado en torno a los objetos de la apetencia, es a lo que llamaremos ‘mundo’, ampliando así un poco la terminología heideggeriana.

Tal descripción sería, no obstante, estructuralmente incompleta si no señaláramos al menos el eje subjetivo de este círculo de mundo, propio del animal: si no señaláramos el centro al que el animal vuelve regularmente y desde el que domina su horizonte y organiza su plan cotidiano de correrías. Este eje es el verdadero generador del horizonte mundano y el punto clave en la orientación objetiva del animal en su mundo. He aquí su importancia. Le hemos dado el nombre genérico de ‘domicilio’, y con el término estamos pensando tanto en la madriguera, como en el encondrijo, la cueva, la casa del hombre sedentario o la tienda del nómade. Así, círculo del mundo y centro domiciliario estructuran el espacio real en el que el animal despliega con cierta seguridad e inteligencia sus posibilidades de vida. El hecho esencial es que sin domicilio no hay mundo. Y a tal punto esto es vivido así, que cuando volvemos al terruño, al país que circunstancialmente hemos dejado, decimos que volvemos a casa; al punto clave de nuestra orientación primaria en el mundo.

No es radicalmente diversa la génesis psicológica del mundo humano. Sólo que se trata de horizontes más amplios, más ricos, más complejos. Ahora bien, desde este punto de vista instintivo-espiritual que estamos examinando, el barrio, el terruño, el pueblo, la ciudad en que establecemos nuestro domicilio, constituyen también el espacio de nuestra seguridad relativa, y a partir del cual se reconoce, se interpreta y se integra esa totalidad indeterminada que llamamos ‘universo’. El universo pasa por mi pueblo y se funde a él.

Fuera de esta tierra que nos cobija, des-terrados, los seres humanos también llegamos a saber del miedo y de la angustia de una desorientación fundamental.

Además, el terruño constituye el punto concreto en que se cumple nuestra solidaridad con el ser de la Tierra, el lugar de la exaltación casi religiosa, por decirlo así, del humus de nuestra humanidad.

La Tierra, en la singularidad de sus paisajes, de sus ritmos naturales, de su luz, de sus frutos; en la esencialidad de sus olores, de sus sabores, va modelando el humus del hombre con estilos espirituales, con modos propios de hacer, de decir y de maldecir las cosas, con cadencias de voz, inconfundibles. Tal conformidad, tal fidelidad, que trasciende la voluntad y la conciencia es lo que suele expresarse con términos como ‘amor al terruño’ o ‘amor patrio’. Y es una marca y un sentimiento.

Pero, esencialmente, el ser humano se liga a la tierra a través de los otros. Es decir, a través de un prójimo comprometido con él en un sistema de usos y costumbres, que permite a cada cual reconocerse en los otros, asociarse en el trabajo, participar en la obtención de sus frutos, entrar en conflicto, pactar, y crear, así, una continuidad de vida cotidianamente compartida. En resumen: habitamos un mundo comunicativo, sobre todo oral, capaz de asegurar nuestra pertenencia a un discurso colectivo que se prolonga, tejiendo con nuestras historias individuales un tiempo común, un tiempo escrito, histórico.

Veremos ahora que esta prolongación no sólo está tejida con lo que nosotros aportamos con nuestras contingencias entretejidas.

Hay una necesidad tan íntima y profunda como las anteriores. Podría resumirse como necesidad de antecederse. Esto es: la necesidad de fundar el valor de ser de cada cual –efímero, limitado, incluso podríamos decir con Sartre: injustificado– en algún valor permanente, originario. Tal necesidad de antecederse, de ser ya antes de ser, no se satisface con la simple remisión a los antepasados inmediatos –a nuestros padres–, sino retrocediendo hasta un principio por el que se habría iniciado la generación, que es género y valor al mismo tiempo: la raza, los héroes locales, los dioses, en fin los poseedores o conquistadores de la tierra que habitamos, poseedores de las virtudes que cada descendiente se enorgullece de volver a traer a la vida.

Esta pertenencia a un principio original que permanece y se expresa en  cada individuo, esta pertenencia a algo que a su vez re-liga en un todo que se despliega históricamente, es lo más cercano a un panteísmo popular, a un panteísmo lárico, para diferenciarlo de aquel panteísmo abstracto de los filósofos. Digamos, pues, que el panteísmo lárico es un sentimiento cuasirreligioso del cual el hombre deriva su pertenencia a la Tierra, su ser-fundado y su valor.

En resumen: la necesidad vital de un centro, generador de horizontes y perspectivas(el domicilio); la necesidad humana de pertenencia a una organización transtemporal que asegure sus intereses en el mundo; la necesidad, en fin, de antecederse a sí y fundar su ser en un principio, que es al mismo tiempo un valor ligado al dominio de la tierra, todas éstas son necesidades difícilmente extirpables en el alma humana. Lo testimonian la literatura y la poesía desde los tiempos más remotos. Así, sólo una perspectiva muy estrecha podría minimizarlas.

EL NIVEL CULTURAL

El sentimiento básico, instintivo del que venimos de hablar se articula, se conceptualiza, se sublima, a través, especialmente, de la educación formal –en el culto de la historia patria y de sus héroes–, se expresa permanentemente en la espontaneidad del folclore; se fija en símbolos y emblemas convencionales –la bandera, el escudo– que a la larga logran crear asociaciones más o menos fuertes y estables. Tal sentimiento de patria se agudiza, se exaspera en tiempos de amenaza externa, de disputas territoriales, de invasiones, de fragmentaciones forzadas, de éxodo y exilio. En tales momentos crece el fervor de unidad, o de nostalgia o de irredentismo. En tales momentos la patria puede volverse, incluso, una entidad mágica, el lugar en que los dioses –o Dios– expresan su poder; y la razón más noble por la que un hombre llega a inmolar su vida.

Mao Tse Tung

Sadam Hussein

EL NIVEL IDEOLOGICO. EL NACIONALISMO

El nacionalismo es una ideología y, como veíamos, su contenido manifiesto es bastante exiguo. Con todo, la sustentación invisible es riquísima y compleja. Recordémosla: está sustentado nada menos que por aquella primerísima necesidad de orientación biológica y espiritual de la que hablábamos a propósito del nivel instintivo.

Con todo, el nacionalismo es una ideología, en el sentido fuerte del término, principalmente por las aspiraciones sociales elididas, silenciadas, en el texto visible. Lo es por su texto invisible.

Así, a partir de su exigencia de unidad nacional como valor absolutizado y permanente, el nacionalismo está llano a suspender todo debate sobre problemas estructurales de una sociedad, tales como los problemas de participación y de convivencia democrática.

El receso partidista constituye un principio fundamental (no transitorio) del texto invisible de todo nacionalismo consecuente. En reemplazo de la participación madura de los ciudadanos en la vida política de una nación, estimula y patrocina toda suerte de entidades distractoras (‘no politizadas’), como juntas de vecino, organizaciones de barrio, clubes de vida sana, agrupaciones paramilitares, etc.

El receso esencial en que el nacionalismo coloca la vida partidista lo convierte sin más en una postura totalitaria.

La es también en este sentido: no poseyendo ningún proyecto de lo que sería el bien común, postula que la conducción de los asuntos del Estado queda indisolublemente ligada al arbitrio de un hombre providencial, expresión inspirada del alma nacional: El César, el Fürher, el Duce, el Caudillo, el Capitán General.

Mussolini y Hitler

Franco y Perón

Pinochet

Así tenemos, de nuevo, que no por estrategia contingente sino por profunda convicción, suprime el debate político en el que las diversas cosmovisiones ideológicas jugaban un papel irrenunciable en una democracia. En resumen, el nacionalismo es antidemocrático a causa de su rechazo a la búsqueda de un consenso común.

Y al poner el peso de su concepción en un vacío concepto de unidad, se ve obligado –sin que le disguste el hacerlo– a invertir los valores de la razón política: en vez de aclarar y afianzar la autoridad de los principios reconocidos como buenos, lisa y llanamente exalta el principio de autoridad. Si se liga a esto su admiración por el triunfo de la fuerza sobre el lento y a veces infecundo trámite de la inteligencia, si se liga a esto su admiración por la primacía de lo inconsciente (la inspiración), de lo onírico, de lo espontáneo; si se liga a su predilección por el triunfo de lo más escogido y excepcional (‘ser para la muerte’), tenemos la configuración de un irracionalismo de base opuesto tanto al racionalismo individualista burgués, como al materialismo marxista.

Por otro lado, y con una vehemencia más real, menos retórica, repudia cualquier doctrina que funde su texto visible en el reconocimiento de conflictos estructurales y que proponga soluciones que de hecho van a relegar a un sentido sociológico y relativo el concepto de unidad. Para el nacionalismo cualquier doctrina de tal índole se convierte, por su pretensión de universalidad, en idea foránea, en cosmopolitismo racionalista, destructor de la unidad de la patria.

En resumen: hay aspiraciones sociales seriamente desplazadas u oscurecidas por el fulgor del seudoconcepto de unidad alrededor del que se estructura el pequeño texto visible del nacionalismo. Las aspiraciones sacrificadas se pueden reducir a ésta: la aspiración de la inteligencia humana a participar en la dinámica del todo social. En otras palabras: a participar en el reino de la autoridad de los principios contra el principio de autoridad.

Dos palabras aún sobre su destinatario predilecto.

Es evidente que el ideal de patria satisface simbólicamente una serie de necesidades de afirmación y de identidad en la adolescencia y en la juventud. Sobre esto habría muchísimo que decir. Mucho que recordar también, acerca de la historia de los últimos tiempos. Desgraciadamente, la lucha por la democracia, allí donde peligra, será siempre una lucha por reconquistar la confianza de la juventud.

Además, el nacionalismo encuentra buenos aliados en los estratos medios de la población, los que, por una parte, viven constantemente con el terror de ser proletarizados, y por otra, quisieran consolidarse como clase, dignificando su función, al identificarse con la realidad casi divina y omnipotente del Estado nacionalista.

Es tiempo de volver al comienzo: a la pregunta por la utopía. Nuestra respuesta inicial consistía en mostrar que ella habita al interior de un espacio ideológico. No ‘en ningún lugar’, sino ‘en ningún lugar todavía’, esto es lo que querrían decir las utopías de Campanella o Bacon. El siglo pasado, tal vez a causa de los estruendosos fracasos ideológicos, llegó a negar la posibilidad del ‘todavía’ como expresión de algún proyecto esperanzado para la sociedad. Se ha venido repitiendo: ‘Muerte de las ideologías, muerte de la metafísica, muerte del hombre’.

Lo paradójico es que hoy recorre el planeta una ideología sostenida por el fuerte contexto de la ciencia y de técnica. Un contexto a tal punto poderoso que hace ya creíble el anuncio de la muerte de la naturaleza. Ahora bien, debajo de esta fuerte alianza subyace el texto oculto del dominio de un poder incógnito, pero universal. Es esta ideología la que ha mandado a la muerte a todas las otras. Y con ellas, a la utopía.

El contratexto que ya hace tiempo ha empezado a aparecer en la literatura, en el arte, en el folclore, en la artesanía, en la pequeña industria y en lo que queda de vida política, se podría simbolizar en la resurrección del valor de la identidad. Vista en los términos que ahora nos interesa destacar, la identidad recupera para la reflexión todos los exilios que ocurren con el fenómeno de globalización, entre otros: la afirmación de un sujeto actuante ante otros sujetos ‘tales como él mismo’. De un sujeto que sea interlocutor válido en la vida social.

El peligro para estos tiempos consiste en que tal sentimiento identificatorio se absolutice y se convierta aquí y allá en nacionalismo extremo, en racismo y cierres violentos de fronteras.

Es interesante leer en la última publicidad política textos como éste: ‘La ciudad que yo amo’ o ‘Yo amo a mi ciudad’, etc. Signos ciertos de que la vida política se está recuperando a través de la polis, de que empieza a entenderse que la comunicación ocurre en el encuentro cotidiano entre los que van y vienen por sus propios asuntos y que mis derechos humanos sólo puedo plantearlos y defenderlos aquí mismo; en fin, que la realidad de la ciudadanía es el único contratexto a la abstracción globalizante. Eso es lo que espero, ésta es mi utopía.

BIBLIOGRAFIA

Bacon, Francis. 1990. Nueva Atlántida. En Campanella, Tomaso y Bacon, Francis. La ciudad del sol, Nueva Atlántida. Barcelona: Editorial Abraxas, pp. 11-23.        [ Links ]

Campanella, Tomaso. 1990. La ciudad del sol. En Campanella, Tomaso y Bacon, Francis, La ciudad del sol, Nueva Atlántida. Barcelona: Editorial Abraxas, pp. 112-189.        [ Links ]

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Moro, Tomás. 2001. Utopía. Madrid: Espasa Calpe. Colección Austral Nº 465.        [ Links ]

Sartre, Jean Paul. 1974. El Diablo y el buen Dios, en Obras completas. Madrid: Aguilar.        [ Links ]

Recibido: 27.01.2005.  Aprobado: 14.03.2005.

 

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