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Atenea (Concepción)
versión On-line ISSN 0718-0462
Atenea (Concepc.) n.489 Concepción 2004
doi: 10.4067/S0718-04622004048900009
| Atenea 489 I Sem. 2004: 117-119 NOTAS Neruda coleccionista Poli Délano Escritor. Chile. E-mail: polidelano@hotmail.com Para Neruda las palabras también fueron objeto de colección. El confiesa que las ama, las adhiere, las persigue, las muerde, las derrite. Dice que las ama debido a que brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío. Las ama y también las colecciona, ¡de qué manera! Nuestro poeta fue uno de los más apasionados coleccionistas de cosas que el mundo haya conocido. Una mañana, viajando desde Isla Negra a Santiago, hizo escala en Cartagena, con el fin de visitar a mis padres y pedirle a Lola Falcón, mi madre, que por favor alcanzara hasta el puerto de San Antonio para hacer la mejor oferta por un ancla que se iba a rematar. En otra ocasión, les manda desde París a Estocolmo un recado: que le busquen grandes mascarones de proa en esa acuática ciudad. Cuando yo era niño y la familia Délano compartía con los Neruda la Quinta Rosa María una casona en las afueras de Ciudad de México, solíamos ir los domingos a la Lagunilla, un inmenso mercado persa donde se podía encontrar desde una corona de diamantes hasta calcetines usados. Uno de esos domingos, Neruda estuvo a punto de comprarse un canguro embalsamado. Delia, su esposa, la "Hormiguita", dio dura batalla hasta hacerlo desistir.
Quienes visitaron a Pablo en las casas donde vivió, no se sorprenden hoy de ver en sus museos los mismos objetos que le deleitaban la vista, el tacto, la memoria, y le sacaban una plácida sonrisa desde su profundo sentido lúdico de la vida: pipas, botellas, caracoles, minerales, insectos, mapamundis, primeras ediciones, alacranes, llaves antiguas, máscaras, cartas marinas y, en fin, cuanto objeto atractivo, antiguo o absurdo pueda uno imaginarse. Me parece que la más espectacular de sus colecciones es la de mascarones de proa de antiguas naves, que aún siguen vigilando el enorme salón de estar de Isla Negra, casi en el mar, como si navegaran: "Oh mascarona, belleza rota, directora del navío", le canta a una de esas musas predilectas de su pasión. Pero quizá la colección más rara y menos conocida sea una que en realidad no puede ponerse en exhibición: o estaba escrita en papeles y esos papeles, guardados entre las paredes de alguna carpeta, o bien se hallaba sólidamente grabada en la memoria del poeta. Se trata de su colección de poemas excéntricos, cursis, o simplemente divertidos. En México, cuando él y mi padre trabajaban juntos en el consulado de Chile, hicieron imprimir a mimeógrafo, en una hoja con dibujos alusivos a la "historia vulgar", un poema firmado por Osnofla (leído al revés, es Alfonso) en cuyos versos el humor se expresa por el cambio de acento en algunas palabras.
Así comienza. Luego narra el amor, el matrimonio y el engaño, para terminar en tragedia:
Es un poco largo para citarlo entero, pero doy fe de que arranca muchas risas. En mayo de 1972, Maruja Broughton (mi esposa entonces) y yo cenamos en La Manquel, la casa que compró Neruda en Normandía después de recibir el Premio Nobel, cuando aún era embajador en Francia. Se encontraban allí Jorge Edwards y dos escritores colombianos, Jorge Rojas y Arturo Camacho. Un largo rato de sobremesa tras el exquisito filete de oso y un abundante caviar (Neruda venía llegando de una visita médica a Moscú y sus amigos le habían llevado esos manjares al aeropuerto), lo dedicamos a cultivar esta colección de poemas estrafalarios. Por suerte anoté algunos, entre risa y risa. El que sigue se lo había regalado el novelista Rubén Azócar, uno de los grandes amigos de Pablo:
Este otro provenía de la memoria juguetona de mi padre que también, como Neruda, fue siempre un apasionado buscador de rarezas:
Semejante a uno que recitó Arturo Camacho:
También circularon sueltas algunas estrofas del "numérico" poema "Los sastres":
Pero tal vez los momentos de mayor goce en esta singular sensualidad de Neruda los produjo aquella noche la exquisita cursilería de estrofas como ésta, de Daniel Arias, también recitadas por Camacho:
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