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Atenea (Concepción)

versión On-line ISSN 0718-0462

Atenea (Concepc.)  n.489 Concepción  2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0718-04622004048900008 

 

Atenea 489 I Sem. 2004: 109-116

NOTAS

Reír con Neruda

Mario Toral

Pintor. Profesor Universidad Fines Terrae. Santiago, Chile. E-mail: lcohen@finisterrae.cl


Admiro a los creadores en los cuales su vida personal es tan creativa como sus manifestaciones artísticas. Cuando Oscar Wilde dice: "Yo soy mi mejor obra de arte", está afirmando la unidad de su vida cotidiana con su obra de escritor. Lo demuestra en lo excéntrico de su indumentaria, en las sumas exorbitantes gastadas en ediciones de lujo y objetos de colección, en el "esprit" de sus frases a veces largadas al albur en fiestas entre amigos y ahora objetos de antología. Al igual Balzac, aplastado por deudas, juicios con los editores por no cumplir en la entrega de los manuscritos, gasta lo que vale una mansión en comprar un simple bastón. En realidad no es cualquier bastón. Es un bastón que por sus pedrerías y trabajo del orfebre le puede inspirar situaciones en sus cuentos como efectivamente lo incluye en una de sus novelas. Esa actividad al parecer incontrolable y desordenada no se separa de la creación de la obra. Son vasos comunicantes en los cuales una se alimenta de la otra.

Estando en La Habana visitamos con un amigo la casa donde vivió Hemingway, cerca de esta ciudad. Aún estaba vivo el que fue su criado y amigo, cuyo nombre, desgraciadamente, ahora no recuerdo. Un mulato ingenioso y locuaz como todo buen cubano, que nos contó la siguiente anécdota. El escritor, por su afición al béisbol, a la pesca, y por su misma fama, era muy querido y popular en el barrio. A la villa llegaba gente modesta de los alrededores para comentar con él el último partido de pelota, pescadores a contarle su última hazaña o a pedirle dinero para comprar camisetas para un club deportivo. Llegó un tiempo que con la cantidad de visitas se le comenzó a hacer la vida imposible y a no dejarle tiempo para escribir. Se hizo construir una torre que allí, nosotros la vimos, era una especie de silo en donde en lo alto estaba construido su estudio. En ese lugar, por un tiempo trató de trabajar, hasta que llegó el momento en que comenzó a sentir falta de aquello de lo que antes había huido. Las conversaciones, la personalidad de los visitantes, la sabiduría popular era lo que nutría su trabajo y finalmente nunca volvió a usar la palomera.

De García Lorca, cuentan sus amigos que el conocerlo valía más que todo lo que escribió. El talento le salía por los poros y cada gesto o frase espontánea daba para registrarla y tener material para pensar sobre ella. Una cultura vastísima, calidad de concertista para jugar con el piano, no siempre el florero de la mesa, consejero fantasioso, hambriento de saber de nuevas costumbres y culturas. Un sentido del humor fino, agudo y multiplicador. Así hablaban de él sus amigos, de la simetría entre su creación literaria y la creación, minuto a minuto, de su propia vida.

Puedo decir, y me consta personalmente, que la figura de Pablo Neruda se explica dentro de estos parámetros. Su obra monumental en la cual no hay tema, cosa, situación, pensamiento de todo lo que hay sobre la vida, sobre la muerte, sobre todo de lo que vive entre estas dos entidades, encuentra un reflejo en cómo él vivió, amó, se rodeó de amigos, inventó fiestas, tragos, en una palabra su obra va de lo trascendental a lo gracioso en forma paralela.

Cuando quiero visualizar el fenómeno del arte, a veces digo que es como un embudo en que por la boca ancha entra toda clase de vivencias y por el cuello estrecho sale concentrada una frase poética o una línea. A veces yo me preguntaba cómo entre tantas reuniones, fiestas elaboradas, construcciones, búsqueda de objetos, intenso intercambio con sus amigos, vida política, viajes, etc., se daba el tiempo para escribir y para escribir sobre todo lo que existe desde el tomate a Ilya Ehrenburg, desde Lautaro al Mississippi, desde el zapato a Macchu Picchu, del amor a Stalingrado, de la diuca a Bernardo O´Higgins, de lo desgarrador y visceral de las Residencias a un autorretrato en donde él mismo se ve pleno de comicidad.

Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdomen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a estrellas, mareas, terremotos, admirador de escarabajos, caminante de arena, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo para enemigos, entrometido entre pájaros, maleducado en casa, tímido en los salones, audaz en la soledad, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca, yerbatero de la tinta, discreto entre animales, afortunado en nubarrones, investigador en mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegado en la alegría, inspector de cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.

El humor de Pablo era bondadoso, nunca hiriente ni perforador, salvo cuando lo atacaban y allí se cumplían los versos de Martín Fierro: "Soy manso en mi potrero, torazo en potrero ajeno".

Al poco tiempo de estar en Chile junto con un escritor que sería "socio" de Neruda en un proyecto editorial, vamos a visitar al poeta en Isla Negra. Mucho se habló en esta reunión del proyecto de editar libros, actividad en la cual Pablo tenía sueños inagotables. De esta visita recuerdo dos hechos claramente. Era un día transparente con las grandes olas rompiendo con fuerza en las rocas oscuras y el aire se sentía penetrante con el olor a yodo y sal, los olores de los cochayuyos y algas secas amontonados en la arena, como náufragos de la noche anterior. Pasamos por un montón de huiros y Pablo comenzó a cortar esa especie de fruto de los cochayuyos, lagrimas ocres, correosas, infladas con aire. Coleccionó varias, cortándoles las puntas, intensificando aún más, al cortarlas, el olor a yodo. "A ver, Mario", me dijo con un aire misterioso. Procedió a ponerme en cada dedo de la mano esta especie de uñas vegetales que le daban a mis manos un extraño aspecto. "Estamos frente a un milagro", dijo Neruda. "A un joven pintor recién llegado de Francia que era antes, lo hemos transformado en un poderoso mandarín chino".

Una de las razones de la visita de mi amigo a Neruda era para tratar de solucionar el problema de la deuda que mantenían las ediciones "Isla Negra" con la editorial que había impreso los libros. Germán Marín, mi amigo, le sugirió a Pablo ir a Santiago a hablar con el gerente de la editorial para amansarlo y postergar la deuda. Pero Pablo, con un toque de astucia infantil y socarronería, le dijo: "No, hay que traerlo a la Isla Negra. Al lobo para despacharlo hay que sacarlo de su madriguera. Pierden todas sus fuerzas con el cambio de paisaje".

Cuando proyectábamos la edición de los 20 poemas, ilustrada por el que esto escribe, teníamos todo solucionado pero faltaba un editor, era un libro caro para un público no acostumbrado a libros de alto precio. Le propuse esta empresa a Roberto Edwards, presidente de la Editorial Lord Cochrane, el cual aceptó de inmediato, aportó nuevas ideas y nos dijo que no escatimáramos en los gastos con tal de hacer un libro bello. "Editores así no se encuentran a menudo". A Roberto los amigos lo apodaban Robin, lo cual Neruda nunca consiguió decir sino que le decía Bobby. Como teníamos carta blanca en la producción del libro, Pablo bautizó esta empresa "Operación Colmillo de Oro".

Nunca releí el libro, preferí recordar los sentimientos que tuve cuando lo leí siendo adolescente. De modo que cuando Pablo me pidió que escribiera algo para acompañar el catálogo del lanzamiento del volumen, escribí:

De mi primer, triste, inmenso amor de los quince años, recuerdo unas sandalias blancas y unos dedos morenos y finos que iban y volvían circulares. En el aire flotaban, cómplices, unos poemas que nos contemplaban y nos unían. Esos versos eternos de vida han sido siempre parte de mi ser, como mis manos, mi cordillera, mis angustias. Siempre habrá una joven húmeda de amor contemplando las estrellas y un joven lejos que contando sus penas al asfalto, siempre repetirá: Ella no está conmigo.

Cuando Pablo lo leyó me dijo con su humor socarrón: "No sabía que eras fetichista del calzado".

Neruda es el poeta de la amistad. Toda ocasión era un pretexto para celebraciones. Allí en las fiestas Neruda en su sillón y a veces con las piernas levantadas en otro, a causa de la gota, se veía extendido y terminado en sus enormes zapatos. Ahí desplegaba su sentido del humor y escuchaba las humoradas de los demás. Como a los niños, le gusta oír de nuevo las mismas historias. Así, decía: "Homerito, cuenta la anécdota de tu jefe cuando no te quiso aumentar el sueldo" o a Acario Cotapos la historia de la inauguración del metro en París o la del rinoceronte extraviado, o al Keke Sanhueza de cómo organizaba sus bolsillos.

La historia de la inauguración del metro, resumiéndola en pocas palabras, era que Acario, cuando estaba enfermo con una fiebre enorme en un subterráneo en París, de súbito escucha ruidos extraños en ambas paredes del dormitorio. De improviso se rompen estas paredes opuestas y aparecen dos trabajadores con picotas, seguidos de dos personajes con sendas bandas multicolores, son dos alcaldes que vienen a inaugurar la nueva estación del metro en su dormitorio y, al ver a Acario postrado en el lecho, le dicen: "Atención, monsieur, levántese que estamos tocando la Marsellesa".

Y la del rinoceronte, que no puedo resistir la tentación de mencionarla brevemente, era que en Nueva York, en la Quinta Avenida, a veces se escuchaba un espeluznante ruido similar a dramáticos suspiros. Después de largas investigaciones se descubrió que el ruido procedía de un rinoceronte que, habiendo sido mandado desde el zoológico de Berlín a Nueva York, el avión se había extraviado y caído en las selvas del Amazonas y el rinoceronte suspiraba por no estar en la residencia que le habían señalado.

Por su parte, Pablo contaba la historia del departamento de Acario Cotapos con mucha gracia, imitando las expresiones de éste, por sus reacciones, cuando le comunicaron su nuevo domicilio.

La historia es así:

A pesar de su fama en el mundo de la música en Chile y Francia, en este país, entre los muy entendidos, Acario no tenía un centavo y, más aún, no tenía dónde vivir.

Sus amigos, entre ellos Pablo, hicieron una colecta y generosamente juntaron el dinero suficiente para comprarle un pequeño departamento. Decidieron entregárselo en una operación sorpresa. Lo llevarían al departamento, se lo mostrarían y luego le dirían que ahora este lugar era de él.

Así se hizo. Estos amigos, orgullosos de su generosidad y sentido de la amistad, llevaron a Acario a través del departamento y luego le preguntaron al músico: "¿Qué te parece este lugar?". A lo que Acario responde: "Espantoso, horrible, una caja de cemento en otra caja de cemento más grande. Yo personalmente, jamás viviría en un lugar así. Yo tengo que pisar la tierra, no concreto y fierros. Además es muy chico".

Los amigos quedaron alelados. La generosidad quedaba frustrada. Se habían equivocado rotundamente con sus buenas intenciones.

Uno de ellos, sacando fuerzas de ese momento desagradable, se adelanta y le dice al músico: "Acario, este departamento es tuyo, estos amigos y yo lo hemos comprado para ti".

A Acario le cambió la expresión del rostro. (Y Pablo imitaba estos nuevos gestos con gran histrionismo). Quedó estático por un momento, su mirada recorrió los muros y luego dijo a sus amigos: "Qué lugar maravilloso, lejos del ruido de la calle, no pisar la tierra. Ya me siento volando en estas alturas, mi piano en esa esquina. Y esta vista a los techos de la ciudad ya me está inspirando para una sinfonía. Además es tan espacioso".

Acario Cotapos

Como decíamos, el poeta tierno, generoso y sensible, cuando molestado esgrimía la espada y con ella cortaba cabezas. Son célebres sus diatribas humorísticas en contra de Pablo de Rokha y Vicente Huidobro:

Triste clown, miserable
Mezcla de mono y rata, cuyo rabo
Peinan en Wall Street con pomadas de oro
No pasarán los días sin que caigas del árbol
Y seas el montón de inmundicia evidente
Que el transeúnte evita pisar en las acequias


Y en otros versos, también dirigidos a Pablo de Rokha:

Era un barrabás vitalicio
Siempre ferviente y fermentado.

 

LAS RANAS

Fue un gran fin de semana uno que pasamos en Isla Negra con Pablo, Matilde, el poeta brasilero Thiago de Melo, su señora de aquel entonces, Ana María Vergara, mi esposa, también de aquel entonces, Loreto Rodríguez, y quien escribe estas líneas. Libaciones, comida sabrosa, anécdotas, pensamientos y conversaciones dignas de ser publicadas, mucha amistad y como música de fondo el ruido de las olas. Todo esto, más mucho más, hizo de esos días una jornada inolvidable.

El domingo, antes de volver a Santiago, decidimos junto a Thiago retribuir de algún modo la generosidad de Matilde y Pablo por su hospitalidad y los convidamos a cenar esa noche en la Hostería de Isla Negra, sabiendo que Pablo, siempre goloso, disfrutaría con una de las especialidades del lugar: las ranas al pilpil.

El apetito de Neruda comenzó a despertarse desde que llegamos a la hostería, en donde en un estanque de vidrio nadaban estos batracios. Pablo los examinó detenidamente, calculando cuál o cuáles serían mejores para la cena. "Las ancas no deben ser ni muy gordas ni muy flacas", determinaba. "Esa que nada muy ligero debe tener los músculos muy desarrollados, así que la carne debe ser demasiado dura. Debe saltar alto pero ahora no necesitamos esa cualidad atlética". Ninguno de nosotros quiso acompañar a Pablo en su festín de ranas.

Entre verdades y bromas Pablo, con su sentido del humor, iba contando aventuras gastronómicas que había vivido, entre ellas la de deleitarse con la carne de un pez que habitaba en las profundidades del lago Baikal en Rusia.

Ya sentados a la mesa, y como Thiago y yo queríamos también hacer gala de buenos anfitriones, incentivábamos a los comensales a pedir las mejores exquisiteces de la cocina y la cava de la hostería. Pablo parece que llevaba un inventario de estas mercaderías que a nosotros nos sorprendió que existieran en un lugar más bien modesto: caviar, champagne francés, vinos chilenos ya fuera de comercio y de años de cosechas inigualables.

A las dos de la mañana a Pablo se le comenzaron a caer los párpados y nosotros también debíamos volver a Santiago y sobre todo por Thiago, que era agregado cultural de la Embajada brasilera.

Pedimos la cuenta a la señora Elena, la dueña de la hostería, y cuando vimos el total de ella casi nos fuimos de espaldas: "Pero yo no soy embajador, señora Elena, soy un simple agregado cultural", decía Thiago y yo agregaba: "Hace un año que no vendo un cuadro, señora Elena, ¿le puedo pagar en obras?".

Al final nos despedimos y partimos en mi vieja citroneta, pues el Mercedes Benz que Thiago tenía como diplomático estaba en reparaciones.

Mis tres compañeros de ruta, Thiago, Ana María y Loreto, inmediatamente, ya sea por el efecto de la opípara cena o por el balanceo de la citroneta, cayeron en un profundo sueño, cosa que yo hubiera hecho con mucho gusto si no hubiese tenido que manejar.

El viaje se desarrollaba sin novedad, cuando a la altura de Casablanca veo en el camino un bulto en sentido transversal a la ruta. Era tarde para frenar y lo único que pude hacer fue desviarme a la izquierda, lo que no evitó que pasara por encima de un extremo del bulto, del cual, al estar más cerca con el automóvil y la luz de los faros, noté con espanto que era el cuerpo de una persona. "Un cadáver", fue el grito que me salió espontáneamente. Mis compañeros despertaron sobresaltados al máximo de su sueño tranquilo a esta realidad mortal. No hay duda de que me paré impactado.

Efectivamente, como lo supimos después por la prensa, se trataba de un hombre que había sido asesinado y después puesto en la carretera para simular que había muerto en un accidente.

Esto no evitó que la policía nos detuviera en el próximo control y nos amenazaran con detenernos por sospechosos. No olvidemos que habíamos pasado por sobre el cadáver. De eso nos salvó la inmunidad diplomática de Thiago. Pero después recibimos molestas llamadas telefónicas como testigos, etc.

Cuando conté esta historia a Pablo, éste respondió: "Ves, Mario, si hubieran comido ranas, no les hubiera pasado eso. La citroneta hubiera saltado por encima".