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Revista chilena de neuro-psiquiatría

versión On-line ISSN 0717-9227

Rev. chil. neuro-psiquiatr. v.46 n.2 Santiago jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-92272008000200001 

REV CHIL NEURO-PSIQUIAT 2008; 46(2):97-98

EDITORIAL

 

Salud mental y psiquiatría: Pluralidad y heterogeneidad

Mental health and psychiatry: Plurality and heterogenecity

 

Fernando Lolas S.1

1 Director programa de Bioética OPS-OMS.

Dirección para correspondencia


Psiquiatría es palabra menos evidente de lo que a primera vista pudiera parecer. Es productivo considerarla no simplemente una especialidad médica sino una profesión especializada. La diferencia es importante, porque aunque comparte el ethos de lo que hoy entendemos por medicina -en tanto tecnología del diagnóstico y la sanación- como práctica social adquiere otras dimensiones en el imaginario colectivo. Los psiquiatras son llamados a tratar problemas a los que difícilmente da respuesta el complejo médico-industrial. Tales problemas -paradójicamente-constituyen lo más "novedoso" de lo psiquiátrico en el sistema de salud.

El sintagma "salud mental", por su parte, tiene los atributos de una construcción pleonástica porque redunda en lo innecesario. De aceptarlo, cabría suponer que la especie "salud mental" es algo distinto de la "salud sin más". Incluso una reciente edición de la revista "Lancef cree aportar algo diciendo, tautológicamente, que no hay salud sin salud mental. Este modo de hablar confunde a las personas, pues se ha convertido en un tópico hablar contra lo que el vulgo llama "dualismo cartesiano" sin parar mientes en que se niega toda pretensión globalizadora u holística reificando lo mental como una esfera en la que se puede tener un tipo especial de salud.

En el pensamiento médico del Renacimiento europeo se encuentra una postura que invita a la reflexión. Había allí, efectivamente, una escisión entre lo corporal y lo espiritual. A la ciencia médica racional y galénica interesaba concentrarse en las dolencias del cuerpo pues las otras, las que no son flegmasías, hidropesías, inflamaciones, eran materia del sacerdote o de alguien versado en asuntos de la divinidad. A autores como Rodrigo a Castro (1546-1627), el lusitano, o a Giovanni Battista Codronchi (1547-1628), de raigambre católica, les interesaba la distinción a fin de que los médicos-médicos no incursionaran en cosas del alma. La esfera de lo espiritual era la de lo divino, de la religiosidad, y competencia verdadera del sacerdote. El médico, por su parte, se concentraba en aquellos males del cuerpo que dependían de la thyké, de la suerte, no de la anankhé, la necesidad, pues en esos casos la Naturaleza dicta la norma y el médico sapiente debe abstenerse de intervenir, precepto que también tuvieron los hipocráticos.

Obsérvese que el "otro" aspecto que la imaginación social reconocía, aparte del cuerpo, no era el de lo que hoy llamaríamos lo psicológico sino el que se deja representar en lo moral. La polaridad no era soma-psique, era soma-espíritu, o más bien cuerpo perecible-alma inmortal. Un médico de cuerpos y de almas solamente podía ser alguien que conciliara las órdenes sagradas con la profesión secular, esto es, que fuera a la vez sacerdote y médico. Ambas son profesiones que tienen responsabilidad moral más que jurídica. Cuando a un médico asume responsabilidad por una persona, aquello a que se compromete no es un resultado sino una honesta intención de ayudar. Mas esta ayuda no pasa necesariamente por el alivio de la conciencia culposa o la salvación del alma, del mismo modo que al sacerdote no se le pide que alivie las dolencias del cuerpo.

La psiquiatría es, simultáneamente, disciplina y profesión. Como disciplina es un discurso que crea los objetos de los cuales habla. Quizá si hoy su principal desafío sea armonizar los discursos heterogéneos que contiene. Textos que son contextos unos de otros. El texto de la fisiología no replica el texto de la experiencia subjetiva y éste no se armoniza siempre con el del comportamiento manifiesto. Es errada estrategia buscar "correlaciones" porque el lenguaje de los síntomas no tiene por qué ser isomórfico con el lenguaje de los neurotransmisores. Entre ambos hay com-plementariedad quizá, pero no correspondencia. Aunque supiéramos todo de la neuroquímica sería muy difícil sintetizar un pensamiento o un sentimiento, a lo sumo inducirlos. El filósofo Bergson decía que tratar de entender la mente limitándose al cerebro era como intentar comprender el argumento de una obra teatral estudiando las entradas y salidas de los actores. La complementariedad, pero no la identidad, nos permite aceptar un pluralismo metódico, que en una "tríada psicofisiológica" (lenguaje, fisiología, conducta) fundamenta las acciones en los planos diagnóstico, pronóstico y terapéutico.

La heterogeneidad se extiende también a los hablantes que participan en el encuentro terapéutico. Pues es distinto sentirse enfermo subjetivamente, tener una enfermedad diagnosticada (rotulada) por un experto y ser considerado enfermo por otras personas no expertas. La psiquiatría enfrenta la disociación de estos universos creenciales y discursivos, pues hay personas aparentemente enfermas que no muestran signos de alteración patológica y sedicentes sanos portadores de graves anomalías.

La pluralidad de discursos de la psiquiatría se encuentra también en la profesión, en cuyo seno puede distinguirse a quienes la renuevan y piensan, a quienes defienden sus fueros y a quienes la practican. Esta tripartición recuerda la de la sociedad medieval, en la que se distinguía oratores (que oraban y por ende pensaban), bellatores (que guerreaban) y laboratores (que trabajaban en los oficios).

El desafio es, por consiguiente, propio de ambigüedad que deriva de la pluralidad y la heterogeneidad de los métodos, de la diversidad de los discursos y de las variadas formas en que puede practicarse esta profesión especializada. Cabe suponer que la unidad debiera buscarse en la voluntad de aliviar al semejante.

 

Correspondencia: Dr. Fernando Lolas S. E-mail: lolasf@chiops-oms.org