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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) vol.44 no.1 Arica mar. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562012000100014 

Volumen 44, N° 1, 2012. Páginas 195-196 Chungara, Revista de Antropología Chilena

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA

 

Modernización y Conflicto Social. La Expropiación de las Aguas de Regadío a los Campesinos del Valle de Quisma (Oasis de Pica) y el Abastecimiento Fiscal a Iquique, 1880-1937 de Luis Castro Castro. Editorial de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2010, pp. 274.

 

Comentado por Carlos Donoso Rojas1

1 Departamento de Humanidades, Universidad Andrés Bello, Chile. cdonoso@unab.cl


 

Avalado por la contundencia analítica de sus investigaciones, el profesor Luis Castro se ha convertido, en los últimos años, en un destacado referente de la historia social y económica de Tarapacá. Con el mérito de no caer en la redundancia temática que vincula la evolución histórica de la región exclusivamente con el salitre, Castro se ha orientado a estudiar la dinámica regional en función de sus propios mecanismos de organización y convivencia, alejado de visiones comúnmente centralistas. Algunas de sus investigaciones, en especial aquellas destinadas a analizar estrategias de desarrollo en la región durante y después del ciclo salitrero, son auténticos modelos para entender la historia desde un ámbito esencialmente regional.

Considerando la importancia de Tarapacá para la economía chilena, el eje de buena parte de la producción intelectual de Castro radica en el estudio de la propiedad del agua para el consumo en la región, y de los conflictos derivados de un negocio excepcional. Modernización y Conflicto Social... logra condensar, en cierta forma, una mirada amplia del tema, reseñando, en su primera parte, las redes históricas de distribución del agua en la provincia y especialmente en Iquique, principal núcleo urbano y mayor punto de demanda.

La segunda parte se centra en analizar el impacto de la intervención fiscal en el negocio del abastecimiento, y en las consecuencias específicas que tuvo sobre la economía del valle de Quisma, dependiente de acuífe-ros que, entre 1912 y 1924, fueron progresivamente expropiados.

Tarapacá fue, desde el período colonial, objeto de una subdivisión política peculiar. Alejada de los núcleos políticos y financieros centrales, la provincia gestó un proceso histórico basado en la continuidad de ciclos económicos frágiles, sustentados principalmente en la explotación intensiva de recursos no renovables (o de muy lenta renovación) y de demanda incierta, como el guano, la plata y el salitre. La debilidad estructural de la producción condicionó, por siglos, su base demográfica, aunque también fomentó un modelo autárquico excepcional y estimuló actividades como la agricultura y la ganadería, permitiendo en esas áreas el desarrollo de proyectos innovadores que pueden resultar impensables para una región marcada con el estigma minero.

Fue precisamente la volatilidad de la economía regional la que retrasó, por décadas, el despegue de la industria salitrera. Hasta el establecimiento de las primeras máquinas desalinizadoras, a mediados del siglo XIX, la provisión de agua para el consumo se hacía en condiciones precarias, y su escasez determinaba precios generalmente privativos. La creciente demanda de salitre, simultánea al aumento de la población regional, lejos de favorecer la especulación, impulsó inversiones y la competencia en el rubro en beneficio de los consumidores, quienes progresivamente contaron con agua de mejor calidad, aunque no siempre más barata. Castro acierta plenamente al describir los numerosos proyectos de consumo, señal inequívoca de los alcances de una actividad con un mercado cautivo y creciente.

En un mercado sin regulación alguna, la creación del monopolio de venta de agua quedaba reservado para quien ofreciera mayores garantías para consolidar una distribución continua, asumiendo riesgos financieros importantes y garantizando condiciones sanitarias tolerables. En ese escenario, la figura de John Thomas North, en opinión de Castro, resulta ambivalente. Por un lado, es el único que concreta las inversiones necesarias para asegurar la creciente demanda de la población y de los ferrocarriles salitreros. Proyectos paralelos, como los promovidos por Dixon Provand y Carlos Wüth, aunque atractivos en el papel, eran con toda lógica inviables, básicamente porque no contaban con el respaldo crediticio necesario para solventar costos de emprendimientos de esa naturaleza, incluso considerando los beneficios implícitos.

La fase emprendedora de North se ve condicionada por algunos de los elementos que, hasta hoy, se asocian a la figura del británico, y que Castro no cuestiona. Su presencia contradictoria en el negocio se basa, de acuerdo a lo que se desprende, en el uso de malas prácticas que le permitieron anular la competencia, pese a no contar con privilegios exclusivos sobre el servicio. North, en términos concretos, creó con Tarapacá Water Works Company un monopolio de hecho, abusando del mercado mediante el control de precios, sea aplicando actitudes predatorias contra la competencia o en el ejercicio de su posición dominante.

La irrupción del Estado como potencial garante de la simetría precio-cantidad-calidad fue, según se deduce de la lectura, el resultado inevitable de un régimen de libertad comercial sobrepasado. Lo curioso del caso es que, lejos de intervenir como regulador, el Estado lo hizo como competidor, esto es, como oferente del servicio de agua potable paralelo al accionar privado.

La primera parte de Modernización y Conflicto Social., planteada de modo irrebatible, nos presenta la inaudita gestación de un oligopolio, pero no adelanta sus devenires. Castro deja la inquietud respecto a si la decisión de crear un sistema estatal de aprovisionamiento de agua respondió al clamor popular contra la empresa distribuidora, o bien a razones estratégicas derivadas de la importancia económica de la región.

Sea cual fuese el motivo, los desaciertos técnicos del proceso y, principalmente, de los incordios derivados de la subvaloración de las comunidades afectadas, nos muestra un Estado todavía distante de consideraciones que hoy resultan esenciales para entender todo modelo de crecimiento. Como en otros casos, la superposición de un fin superior condicionó el sentido de la propiedad privada y la preservación de derechos particulares.

Castro deja entrever una sincera desazón por la decadencia de Quisma en manos del Estado. Apuntar como subcapítulos los requerimientos judiciales del caso y los debates que en ambas Cámaras del Congreso se dieron en torno al tema sólo explicita su necesidad de demostrar cómo, existiendo argumentos para evitar la intervención (o al menos darle cierta coherencia), finalmente nadie hizo lo que debió ser aconsejable. Sin emitir juicios valóricos directos, la idea del abuso centralista frente a comunidades indefensas, subyacente en el estudio, hace suponer una falta de voluntad que no va en línea con la idea de progreso por entonces vigente.

El planteamiento de Castro pudo quizá ser más explícito al vincular la coyuntura política y económica nacional con el inicio de la debacle de la industria salitrera, y la paradójica intervención fiscal en una región en crisis. La nueva modelación fiscal implicó entonces aciertos y, en este caso puntual, ciertamente desaciertos en su implementación. En un sentido amplio, la intervención en los valles interiores no mejoró la dotación de agua, no redujo los precios ni se tradujo en mejoras sustantivas en los mecanismos de distribución. De paso, acabó con una dinámica económica, reducida en términos de importancia incluso regional, pero que preservaba una estructura productiva y cultural inalterada desde tiempos coloniales.

En ese sentido, el caso de Quisma es paradigmático respecto a la fallida intervención fiscal en Tarapacá, pero no es el único. Contemporáneo a la expropiación de las aguas del valle se intentó aprovechar los cauces superficiales de la Pampa del Tamarugal, construyendo un embalse en Pachica, cuyas obras iniciaron pero que jamás concluyeron. Tampoco prosperaron iniciativas en torno a potenciar la industria pesquera y desarrollar la minería metálica, impulsadas por otras instituciones fiscales, ni menos fructificaron iniciativas tendientes a fortalecer lazos comerciales con países vecinos.

La historia de Tarapacá es la historia de intentos graduales de superación de ciclos económicos, en donde el papel de los actores regionales ha quedado inevitablemente supeditado a las variables cíclicas del proceso. Tanto en esta obra, como en buena parte de su producción Luis Castro ha logrado clarificar la evidente asimetría entre los intereses locales y las planificaciones centrales, durante y posterior al ciclo salitrero. A partir del análisis de casos específicos, refleja no sólo la ausencia de ideas, sino también de voluntades en torno a una región que, siendo el eje de la economía nacional, jamás ha sido considerada desde una perspectiva integral.