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Chungará (Arica)

versão On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.42 n.1 Arica jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562010000100024 

Volumen 42, N° 1, 2010. Páginas 127-139 Chungara, Revista de Antropología Chilena

IN MEMORIAM

DE LAS APARICIONES Y ANDANZAS DE JOHN MURRA POR EL DESIERTO DE ATACAMA Y CÓMO CONSTRUYÓ SU MISIÓN INNOVADORA

 

Lautaro Núñez1

1 Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo, Universidad Católica del Norte, San Pedro de Atacama, Chile. lautaro.nunez@hotmail.com


 

Es oportuno entre esta constelación de testimonios recordar a John Murra (JM), inserto en este desierto del norte chileno junto a sus colegas arqueólogos, de tal modo que lo acotaremos desde este oficio a partir del tiempo en que lo contactamos por primera vez (1970) hasta cuando ya es un referente obligado en nuestras prácticas científicas (1983). Se sabía indirectamente de sus investigaciones en el Perú bajo orientaciones poco convencionales: "Me interesa la gente misma, yo soy antropólogo, no soy un historiador, trabajo con papeles históricos, pero soy un antropólogo que hace comparaciones, me interesan los reinos precapitalistas" ... "así que el esfuerzo es de comprender el logro del hombre andino" ... "y yo trato de rescatar el logro del pasado" (Ansaldi 1989:5, 7, 13).

Primero, JM fue rumano y después naturalizado norteamericano, de tal manera que mantenía estos dos mundos como un referente pendular para sus objetivos comparativos y, por sobre todo, para destacar con orgullo los logros de su "tercer" mundo, el andino. En efecto, será muy explícito en relacionarlo con su propia Europa, en donde los excesos de eurocentrismo occidental poco habría faltado para que se apropiasen de la Pachamama de no mediar el charco atlántico. En verdad, sus textos están salpicados de juicios sobre la eficiencia de las culturas andinas y sus aportes civilizatorios trascendentes, puesto que: "Cuando se trata de obras públicas, canales de riego, carreteras, andenes para terrazas agrícolas ... en Europa no había nada parecido" (Ansaldi 1989:13). De las artes manuales solía disponer sobre la mesa los notables avances de la textilería con esa misma intención: "El artículo sobre tejidos me parece lo mejor que he hecho. Se ha publicado en todos los idiomas, es muy conocido entre los tejedores; porque es un país que escoge lo textil como el foco de toda su creatividad" ... "en Europa no hay talleres de mil tejedores en esta época". Ni hablar sobre la forma en que los andinos organizaron los espacios segmentados entre núcleos e islas, situación que sería absolutamente impensable en el paisaje continuo de Alemania (Ansaldi 1989:7, 9). Entre estos dos mundos él decide incorporarse a uno que sea el suyo desde una nueva identidad a partir de su propio bautizo, que a pesar de todo quedó permeado de su pasado, entre otros valores, por ese espíritu medio miliciano que lo acompañó durante toda su vida.

Estamos en presencia de un joven de veinte años, cabo de infantería del Batallón 58 de la Brigada 15 del Ejército Republicano que debe combatir y, además, traducir las tensiones de sus camaradas de la Internacional en un país como España, donde la pasión es un artículo de primera necesidad. Su lenguaje se impregnó tempranamente de marcas políticas y combativas que las trasladó sutilmente a su ámbito académico: "Debemos acentuar la formación de cuadros" ... "la preocupación de los años treinta sigue, en el sentido de que no es una mera ciencia, es una batalla, es una lucha" ... "uno está en este negocio porque vio la humanidad y su posición, de cierta manera" ... "tenemos que aplicar tácticas que nos permitan cruzar disciplinas sobre la sociedad andina" ... "se trata de una lucha antropológica. Lo andino es el foco del contenido, la forma es la antropología" (Ansaldi 1989:14). Se entiende que sólo John podía transformar la rutina de un vuelo comercial en una experiencia táctica, introduciéndose en la cabina de los pilotos para el reconocimiento del desierto que aspira a explorarlo por tierra: "Alcancé a ver la desembocadura del Loa, el valle de Vítor y Camarones, y conversé bastante con el piloto" (Murra 1971).

Sin duda que había en él algo de partisano innato con un particular olfato de francotirador para abatir archivos y, de paso, transformar la problemática andina en una causa superior que merece su más entera militancia. Pocas veces nos conversó de su campaña en España, hasta que un día del mes de agosto del año 1971, en casa del historiador catalán José María Casassas, en Antofagasta, rodeado de colegas y alumnos, se tocó la guerra civil, donde nuestro anfitrión había participado con especial participación en torno a la defensa de Madrid. Yo podía observar a John sin que él lo sintiera. Nuestro colega Casassas se tomó su tiempo en la misma medida que el rostro de nuestro homenajeado se descomponía en pedazos. Nadie de allí estaba al tanto de su secreto español. Después de media hora, imaginé que sería conveniente contar con un sismógrafo, porque venía un remezón inolvidable. JM lo miró fijamente y exclamó: "¿Y qué pasó con los refuerzos y víveres que entrarían por el terminal de la estación del sur? ... ¿Qué hacía Ud. como oficial de administración en medio de tanta demora? ... ¿Sabe Ud. realmente en qué situación estábamos nosotros?"... Fue un largo viaje hacia la noche entre dos soldados republicanos con historias paralelas, con un auditorium que jamás habría pensado que estaba frente a catedráticos con idearios tan profundos. Quien lo creyera entre sus camaradas de armas que algún día pararía en una ex colonia de España, aquel que se destacara en la defensa de Madrid, nada menos que en la: "única batalla en la cual la actuación de los internacionales fue verdaderamente decisiva. Nosotros ayudamos mucho en salvaguardar Madrid" (Ansaldi 1989:3).

Su espíritu en permanente estado de movilización, junto a un maletín a mano, lo distinguí mejor durante el Simposio de Arqueología Atacameña que organizamos en San Pedro de Atacama el año 1983. Eran tiempos de dictadura y nuestras autoridades no encontraron nada mejor que poner a disposición una flamante columna de vehículos militares para una salida a terreno hacia el sureste del salar de Atacama. Cuando se sentó junto a la ventanilla del primer unimoc de guerra, como un líder genuino de una vanguardia de exploración, su rostro alcanzó el perfil y la mirada de un verdadero dignatario militar, por cierto, en una causa que jamás sería la suya, pero era esa sensación de introducirse al desierto conduciendo una columna de blindados la que se tradujo en una escena memorable. Cuando terminó el Simposio, se despidió señalándome: "Vine a escuchar las ponencias, quería ver como avanzamos con el mundo andino, quería conocer esta parte que es la más sureña de todas y estoy muy impresionado... pero, ¿cómo lograron estos formidables carros militares en tiempos de dictadura?... Es lo más impresionante que me ha pasado por mucho tiempo". Él no sabía que en ese entonces contábamos con un rector excesivamente poderoso que deseaba dejar una buena impresión, a su manera, del Gobierno militar de la época.

Es posible que una combinación de su rigor académico, sumado al entendimiento de un mundo andino real que cubre desde Ecuador hasta Chile y Argentina, incluido su milicianismo subyacente y, por cierto, los veinte años sin pasaportes (1938-1958) hayan marcado en JM una vida plena en desplazamientos a través de percibir la ciencia como una misión vinculada al Gran Mundo Andino, asociado a sus investigadores que surgían de esta misma tierra: "Yo tengo la idea de que la única manera de seguir trabajando en serio es formando cuadros nacionales para la investigación"... "desde este momento vemos la importancia de que participen en la investigación hijos del país" (Ansaldi 1989:4). Esto explica el por qué estábamos junto a él en el sentido de que compartíamos un colectivo envolvente: "No soy yo, somos un grupo grande de gente y cada uno toma una parte en este estudio" (Ansaldi 1989:7). Pudo haber dicho y cada uno tiene su lugar en la trinchera y habría sido lo mismo. Efectivamente, entre los años 1966 a 1974 ha abierto diferentes "frentes", primero en su propio ámbito académico a través de los "Otoños Andinos" e incorporando a jóvenes valiosos de nuestros países al Postgrado en Antropología de su Universidad de Cornell. En el año 1966 reconoce estar muy impresionado con la biblioteca del Museo de La Plata que solo necesitaría actualizarse para crear un postgrado en Buenos Aires, puesto que ha llegado al convencimiento de que hay que buscar un lugar entre los países andinos para, bajo su espíritu "internacionalista", crear la maestría y el doctorado en antropología. Este es un tema que generó una fuerte influencia en nuestra generación, de tal modo que por distintos caminos esta tesis fue discutida y promovida, tal como ocurrió en los coloquios de Paracas y Antofagasta, organizados por UNESCO-Perú en el año 1979 (Núñez 1979). Es cierto que esta iniciativa prendió en varios países, pero cuando supo que desde este rincón del desierto la Universidad Católica del Norte en alianza con la Universidad de Tarapacá habíamos cristalizado este sueño, lo observamos muy feliz, incluso con intenciones de dejar su biblioteca en Arica, lo que concretó con el envío de una serie de libros y revistas que consideró serían más útiles en ese lugar.

Hacia el año 1970 se encuentra intercambiando cartas con Carlos Ponce Sanginés, distinguido arqueólogo boliviano, quien le proporcionaba algunos datos propios de un gran bibliógrafo, como él, que tenían que ver con un archivo de la etnía Pacaxa, localizado en los Estados Unidos. John con el arqueólogo Carlos Ponce estaban muy entusiasmados con la posibilidad de armar una reunión que permitiera una discusión y un acercamiento real a las yungas para entender la naturaleza del acceso a los cocales... como, efectivamente, así ocurrió más adelante.

En el año 1971 ha inaugurado con sus colegas de Ecuador el Simposio de Salinas sobre las correlaciones antropológicas andino-mesoamericanas, porque él sabía cómo colocar sus datos a nivel de una discusión continental, aspecto que tanto se echa de menos en la actualidad. Sigue en el año 1972, esta vez con sus colegas mexicanos, con la misma problemática a través de un Simposio Comparativo en donde, por cierto, acudieron alumnos de los países del centro sur de Sudamérica. JM estaba consciente de la importancia de establecer una antropología sin fronteras, valorando el talento local y en lengua española, entre un grupo de colegas que paralelamente habíamos afianzado una arqueología verdaderamente sin fronteras, en donde nuestro único país terminó siendo el mundo andino, separado en uno septentrional, central, centro-sur y el meridional, que articula esta columna vertebral, en donde sus propuestas fueron también una sustancia medular que aún tiene la suficiente fuerza integradora.

En el año 1973 lo invitamos al Primer Congreso del Hombre Andino realizado entre Arica, Iquique y Antofagasta, inmediatamente antes del golpe militar, evento que será comentado más adelante. Continuó con su misión de formación de cuadros, esta vez, en el III Congreso de Arqueología Argentina, realizado en Salta en el año 1974, al otro lado de la puna atacameña (Figura 1). Allí nos volvió a educar sobre las relaciones interdisciplinarias a través del modelo vertical, con un discurso que hacía muy fácil imaginarnos a sus "señores andinos" administrando tanta riqueza que después caería bajo situaciones coloniales y republicanas a la paradoja de la pobreza. De este Congreso, entre otros temas, proviene su interés por mi análisis diacrónico basado en los asentamientos de la región tarapaqueña y que, en un acto insólito para mí, lo incorporó a su proyecto editorial con los colegas Wachtel y Revel, publicado en inglés y francés en el año 1978 (Núñez 1986). Varios investigadores jóvenes, cuyas cuestiones las percibía cómo importantes, pasaron sus manuscritos a su célebre maletín y, gracias a su generosidad, pudieron transformarse en publicaciones que sólo él sabía introducirlas a través de sus "aliados". Mantengo de la primera noche en Salta este doble rol de John, en donde en la misma medida que me aconsejaba cómo orientar el manuscrito podía explicarme con detalles la importancia de permanecer en el país y tratar de evitar, hasta donde fuera posible, la salida al exilio. Efectivamente, en esa misma noche había sido informado sobre mi destitución de la Universidad de Chile.


Ciertamente, en este Congreso de Salta participamos algunos investigadores dictando conferencias específicas que, para el caso de John, fueron comentadas por Aschero (1974): "Sobre la base etnohistórica y arqueológica, estudió el sistema llamado control vertical, es decir, del aprovechamiento de distintos pisos ecológicos por una misma cultura o sociedad indígena; en este caso se refería a los reinos Lupaca del área Tiahuanaco y a sus enclaves en la costa chilena y peruana como un claro ejemplo del referido control ecológico. La disertación de Murra mostró, por un lado, la importancia de la arqueología en la captación del proceso cultural del área andina y, por el otro, la existencia de un sistema político-económico con centro en la zona altiplánica, que afectó importantes sectores del área a través del cual dicho proceso cultural puede quedar en gran parte explicitado". Desde Salta su labor fue conocida por esa otra región andina, tan particular del noroeste argentino, de tal manera que durante su edad avanzada podía informar que: "Igual conozco mucha gente del norte de Chile, cada museo, cada antropólogo" (Ansaldi 1989:13), porque ciertamente su conocimiento de nuestro medio físico y académico, ende y aquende, sobre los Andes era efectivamente muy preciso y pormenorizado.

Permítasenos pormenorizar el marco en que se desarrollaba la disciplina arqueológica durante el año 1970 en que contactamos con JM. El Congreso de Americanistas de Lima fue el escenario adecuado para poner en valor sus reveladores estudios que motivaban búsquedas interdisciplinarias para ayudar al entendimiento de las sociedades prehispánicas tardías, estableciéndose relaciones sincrónicas entre las distintas subáreas del centro sur andino, en un momento en que aún no se discutían en detalle la diversidad y la integración de los procesos del sur. De modo que nos enfrentábamos a dos temas dominantes desde la visión de los arqueólogos. Por un lado, cómo establecer una discusión en torno al desarrollo civilizatorio americano desde los Andes y, por otro, cómo explicar mejor los procesos regionales, saliéndonos de las propuestas convencionales usualmente aparejadas a secuencias unilineales, con análisis de sitios fijos, al margen de una suficiente dinámica e interarticulación de las sociedades. El primer punto constituyó la convocatoria misma del Congreso, cuando Luis Lumbreras (1970) nos escribe: "Se pretende hacer un balance de la situación de los estudios sobre el desarrollo de las civilizaciones americanas, tratando de ver en qué medida es posible llegar a un nivel de interpretación y análisis que permita reconstruir el proceso social de la América precolombina desde una perspectiva antropológica general. Un primer intento de esta evaluación fue hecho en México en 1962 bajo la coordinación de Evans y Meggers. Creemos que es indispensable volver sobre el tema, discutiendo proposiciones tales como el modo de producción, o los modos, y las relaciones entre las varias áreas"... "discutiendo la aplicabilidad de una formulación tal como la hizo Childe para el Viejo Mundo o la de Steward para el Nuevo. Tratamos de encontrar una terminología y una secuencia susceptibles de ser utilizadas a nivel mundial, sin dificultades".

Con independencia de este marco general tan estimulante, como todo lo que propone nuestro Señor de Huamanga (Luis G. Lumbreras), es conveniente conocer el escenario del Perú en los tiempos en que JM estaba abocado a difundir sus propuestas específicas, situación que tiene que ver con el segundo punto antes referido. Para este efecto, el Prof. Montoya de la Universidad de San Marcos (1973:52) da cuenta del aporte sustancial dentro de la corriente antropológica orientada a la reconstrucción de la sociedad andina: "El objeto central es, por lo tanto, un pasado por reconstruir con el agregado fundamental de que la búsqueda del presente actual, en tanto el presente significa una presencia del pasado, puede servir para comprender mejor el pasado ya perdido. Los trabajos de Murra y Zuidema, a pesar de importantes diferencias teóricas, son los ejemplos más logrados de esta tendencia (Murra 1956, 1962, 1964, 1967, 1972; Zuidema 1964, 1966a, 1966b, Wachtel 1966). La matriz estructural del Perú contemporáneo está, por lo tanto, ausente en esta problemática etnohistórica 'apolítica' y mal podría exigirse a estos autores que den cuenta del Perú contemporáneo y contribuyan directamente a su transformación. Lo dicho no niega en absoluto el valor de esos estudios para un mejor conocimiento del Imperio Incaico, porque son hasta este momento lo más serio y mejor que hay". Queda claro que desde este tiempo hacia adelante las propuestas de John deberán sortear las coyunturas políticas de nuestros países y mantener su rigor académico por sobre el resto de las consideraciones, para cuyo efecto ha tejido lo que hoy se llama una red académica interandina, en cuya circulación nos incorporamos los arqueólogos que entendíamos su invitación para aproximarnos a detectar evidencias de verticalidad desde nuestros propios oficios. En una de sus cartas nos decía: "La conceptualización 'vertical' también tiene su valor, pero en la etapa en la cual nos encontramos en los estudios andinos lo que más nos falta es un buen trabajo de campo, bueno en el sentido que va más allá de la estratificación y de la cronología para pasar al estudio de lo que la gente andina hacía, sus instituciones, su manera de manejar unos ambientes tan inhóspitos como aquellos que estudiamos. Hay otro punto: 'la verticalidad' entre los Chupaychu (que estudiamos en Huánuco) es distinta de la de los Lupaqa y estas dos distintas de la que encontramos en el Tawantinsuyu. No hay razón de creer que serán similares o idénticas de zona a zona y de periodo a otro"... "y soy seguro que de aquí a diez - quince años tendremos muchas otras más. El núcleo no tiene que ser en el altiplano, aunque en el lado sur del mundo andino parece que sí, por ser los valles más angostos..." (Murra 1970a).

Es un hecho que varios arqueólogos de nuestra generación le enviamos nuestros manuscritos para recibir sus observaciones cargadas de sabiduría, en una época en que en Chile no existían maestros ni centros especializados de investigación. En nuestro caso cobran excepcional importancia sus comentarios sobre mi primer estudio de tráfico caravanero que se venía desarrollando paralelamente a sus propuestas y que enriquecieron un tiempo de intenso intercambio epistolar. He creído conveniente transferir parte de este diálogo para que se advierta la calidad de sus observaciones: "Su mérito principal que es de haber estudiado meticulosamente, en el terreno, los asentamientos en la costa, los del interior cercano y, finalmente, a través de apachitas, geoglifos y petroghfos el trazo de los caminos que se dirigen hacia el altiplano. Es obvio que sus investigaciones desde hace años atrás ya le habían indicado que hubo en épocas tardías mucho y continuo contacto entre la costa y otros pisos ecológicos superiores. Las coincidencias y las 'dudas' entran en juego solo cuando queremos explicar la naturaleza, el por qué estos contactos y, como bien lo dice Ud. en la página 17 y en 20-21: 'La cuestión radica en explicar qué caracteres tuvieron estas relaciones 'comerciales' (Latcham 1938), ya que hasta ahora los arqueólogos tenemos una clara tendencia a definir con términos ambiguos fenómenos de relaciones sociales que pueden ser extremadamente complejos' ... 'un grupo de traficantes contactaba la producción del oasis con la costa y vice-versa, y sus relaciones con la población estable debieron apoyarse en las prácticas de intercambio y colonización temporal' ... 'las vinculaciones con el altiplano son extraordinariamente importantes y creemos que no podemos adjudicar este descenso cerámico como una complicación 'estilística', 'militar', 'expansiva', etc. ...".

A partir de estas premisas escritas, JM planteará las siguientes observaciones: "Si se van a usar conceptos como 'micro-sistema socio-político', 'economía de excedentes', éstos merecen ser parte integrante de la elaboración de la obra. Ahora parecen añadiduras que no fueron parte de las hipótesis originales. No hay nada malo en tal cambio o ampliación de las hipótesis, pero me parece que habría que indicarlo. Lo importante en su obra es la contribución que enfatiza el hecho que la producción marítima fue 'excedentaria' y que hubo control horizontal en este piso. Suya también es la diferenciación entre los valles de Arica, donde sí hubo agricultura de riego de aquellos valles hacia el sur, donde el ambiente no permitió un incremento habitacional. Observe que tuve que irme a dos partes distintas del manuscrito para juntar estas observaciones. Yo diría que al haber estas diferencias entre las dos categorías de costas, podemos esperar que hubo diferencias en su respectivo uso por poblaciones serranas (sus datos de Pica y de Ñama son de enorme interés en este sentido). Un ejemplo entre muchos: donde en un valle como lio o Sama o Arica, el interés de los serranos sería principalmente en el control del maíz o del algodón, en otras partes sería el pescado. En ambos casos hay control vertical, pero el producto es distinto y es concebible que la organización social, económica y política dentro de las cuales ocurriría el control vertical, también podría ser divergente. Otro punto básico, la elaboración y la separación de las ecologías me parece también añadidas tardíamente al manuscrito y resulta un poco superficial. Por ejemplo, no se distingue entre altiplano y puna, el altiplano no es solo una zona de cierta altura, sino un piso con características que lo diferencian de una zona simplemente alta. Ver las sugerencias de Troll, 1931, y el trabajo de César Fonseca, 1966" ... "Tal patrón de control que yo llamo 'vertical' por falta de otro mejor, existió en otras zonas también: por ejemplo los Pakaxa, que vivían en Bolivia, tenían sus oasis en la costa que hoy es peruana. Los arqueólogos hace tiempo que sabían que tales identidades en la cerámica existían (ver Munizaga en Schaedel 1957, Dauelsberg en Kuntisuyu número 3, Isabel Flores en la Mesa Redonda de la U. Católica de Lima, Vescelius, Amat y Neira, comunicaciones personales). Lo que es nuevo es la explicación de estas identidades. No se trata de conquistas (aunque no es imposible que los Lupaqa y otros grupos de altiplano tuvieron que conquistar estas zonas en una época), ni de comercio ni de resultado de cultos religiosos, sino de un patrón de control vertical, cuyos alcances estamos todavía muy lejos de comprender bien" (Murra 1971).

Demás está decir que consejos como estos fueron sustanciales para perfeccionar nuestro manuscrito que junto con los importantes aportes de Tom Dillehay constituyeron los fundamentos del ensayo sobre caravanas y movilidad giratoria, publicado en el año 1979. En el año 1971JM seguía buscando fuentes arqueológicas para su propuesta, alcanzando Arica: "Para ver lo que hay allí sobre relaciones con los Lupaqas y otros reinos lacustres del altiplano" (Murra 1971) y de allí continuó a Antofagasta para personalizar nuestros intercambios de datos, que: "confirman que en su zona hubo mucho movimiento en épocas tardías, queda firme y visible para todos".

Otro aspecto que le preocupaba a John en su marco teórico era la relación entre ecología y las visiones desde las mismas poblaciones, una suerte de etnoecología, sobre la cual se había avanzado muy poco por el peligro de caer en prácticas geográficas deterministas. En este sentido, siempre buscaba datos desde la etnología para explicar el control de ciertos enclaves costeros, incluyendo ciertos oasis en tierras bajas. Esta cuestión la vinculaba con la capacidad de los núcleos políticos para extenderse con movimientos de larga distancia para articular varios pisos ecológicos, configurando una visión menos etno/arqueocentrista y que por su dinámica debería reflejarse a través de componentes debidamente excavados: "Y es de esta dimensión, más allá de lo simplemente vertical, que quisiera conversar con Ud." (Murra 1971).

Este era el escenario en que los arqueólogos nos relacionábamos con JM hasta que lo convocamos inmediatamente antes del golpe militar al Primer Congreso del Hombre Andino, para lo cual lo informamos debidamente, respondiéndonos que tendríamos su apoyo, haciéndonos llegar de inmediato el célebre: "Llamado a algunos doctores" de su gran amigo Arguedas, con el compromiso de editarlo en la primera convocatoria con el texto español junto al quechua. Estábamos de acuerdo en nuestro colectivo que John reaccionó algo incrédulo frente a este grupo de investigadores de "lo andino", provistos de un cierto grado de enajenación al plantearlo, como realmente se hizo de un modo itinerante a través de Arica, Iquique y Antofagasta. En la medida que observó su organización orientada a integrar a esta antropología sin fronteras, en un marco de audiencia meridional, captamos mejor su más creciente interés. Nos parece obvio recordar que en ese entonces, si bien es cierto que las Universidades del norte de Chile ya habían constituido sus primeras unidades académicas que abordaban el pasado y presente de los pueblos andinos, éstos se mantenían marginados de las políticas de Estado. Por lo mismo, fue muy emocionante contar con más de 300 investigadores y estudiantes, en donde John y su colega Tom Lynch se desenvolvían entre verticalidad y trashumancia con suma soltura y con la plena aceptación de los arqueólogos. Eran los tiempos de la ardiente vía chilena al socialismo, ocasión en que temas tan precisos, como los referidos, podían ser acusados de empiristas. Sin embargo, nuestros colegas supieron sortear con talento las tensiones de la época hasta en Antofagasta, a raíz del "Tancazo", esa señal del advenimiento del golpe militar que demostró, otra vez, la presencia de JM en un país que estaba pronto a saltar en mil pedazos. El detectó los movimientos de tropas con el olfato que caracteriza a todo ex combatiente.

A lo largo de este Congreso se cruzaron distintos temas, por cuanto: "Se intenta resumir dispersas preocupaciones sobre el desarrollo de la sociedad andina desde su más remota matriz cultural hasta la actual situación campesina. Múltiples instituciones estatales y universitarias han venido proporcionando respuestas particulares sin apuntar hacia una coordinación adecuada sobre los problemas andinos trascendentales" (Núñez 1973). Nuestro equipo organizador dependiente de la Universidad de Chile, zona norte, invitó a varias personalidades para conducir nueve Simposios vinculados con: Caza y recolección trashumántica, Verticalidad, Proceso de agriculturación, Migración y cambios, Folclore, Artesanías, Planificación y desarrollo, Orientaciones de los estudios y enseñanza y la Sociedad andina en el tránsito hacia el socialismo. El Simposio número 2: "Verticalidad y colonización andina preeuropea" fue coordinado por John y su dilecto amigo Jorge Hidalgo, presentándose como documento de análisis: "Los límites y las limitaciones del archipiélago vertical en los Andes".

Es importante subrayar que en los setenta, los escritos de Murra se sentían como un aire fresco y renovado frente a tanta teoría foránea, cargada de difusionismo y malabarismos bibliográficos, con modelos anglosajones que, al igual que hoy, pasaban de un maniquí al otro, transformando a nuestra disciplina en una suerte de desfile de modas, cada vez más extravagantes, sin que aún no sepamos de qué sociedades en concreto estamos hablando y con qué conceptos que surjan de la realidad andina podremos seguir reconstruyendo tanto para el rigor académico como para la demanda de nuestros pueblos con historias ni bien conocidas ni menos compartidas. En el Congreso de Hombre Andino, JM insistió en la flexibilidad de su propuesta, en tanto que junto con verticalidad deberían esperarse, por ejemplo, operaciones de intercambio a través de todas sus variables y fue, precisamente, por medio de esta doble interpretación que los estudios posteriores avanzaron considerablemente: "Aunque sin duda hubo trueque ocasional de productos sierra arriba y valle abajo, el tráfico de recursos andinos desde un piso ecológico a los demás se realizaba no a través de comercio, sino a través de mecanismos maximizando el uso recíproco de energías humanas. La mit'a precolombina y otros mecanismos de esta clase merecen estudio detallado no solo en el gabinete o laboratorio, sino trabajo intensivo de campo de los arqueólogos, etnólogos e historiadores" (Murra 1973). Juicios como estos en un momento en que los arqueólogos comenzábamos a observar enclaves costeros y de oasis con distintos componentes entre las ofrendas funerarias que correspondían a poblaciones locales e intrusiones foráneas, sus estudios venían a iluminar "nuevas tácticas" para interpretar estos hallazgos de un modo más andino, de tal manera que: "En la literatura antropológica aparecen varias soluciones. Por ejemplo, la tesis de Roswith Hartmann (1968), quien cree que yo exagero la redistribución como método básico en la economía andina y que el comercio, sí, juega un papel importante... o enfrentarse con mis sugerencias y analizar hasta que punto los datos de los Lupaqas ... y tantos otros más que he recopilado desde que salieron las visitas, los cuales les ofrezco..." (Murra 1971).

Como era de esperarse, una de las consecuencias del Congreso del Hombre Andino fue la multiplicación de sus escritos. No debe olvidarse que John instaló su fotocopiadora en el centro de su biblioteca, constituyendo un verdadero uschnu (Lynch 2002). Esto explica que estábamos preparados para una nueva forma de mirar el terreno y poder entender esta simultaneidad de "culturas" distintas, articulando un mismo territorio. A juzgar por las referencias bibliográficas, no cabe duda que los arqueólogos del norte de Chile compulsaron sus estudios, tal como se distingue en la Prehistoria Chilena (Hidalgo et al. 1989). Allí se observan distintos artículos que utilizaron sus fuentes inspirativas: Lumbreras, Núfiez y Dauelsberg 1972-3; Núfiez 1973,1976; Rivera 1976, Mujica 1978; Castro et al. 1979; Núfiez y Dillehay 1979; Berenguer et al. 1980; Rivera 1980; Browman 1981; Niemeyer y Schiappacasse 1981; Lumbreras et al. 1982; Lynch 1983; Serracino 1984; Mujica 1985; Aldunate et al. 1985 e Hidalgo y Focacci 1985. En esta Prehistoria se comprueba, además, que sus aportes fueron asimilados y profundizados a través de estudios posteriores que conciliaron las prácticas de movilidad con complementariedad, y es en este último sentido que los estudios pioneros de Salomon (1983), en conjunto con los suyos, fueron altamente estimulantes. Tanto fue así, que los arqueólogos llevaron el modelo vertical y las relaciones de complementariedad para explicar la presencia de grupos formativos del altiplano central, que habrían accedido al control de la costa y sus oasis cercanos en el territorio peruano-chileno (Mujica 1978 y 1985). Definitivamente, de toda la productividad de JM aquellos más referidos en la Prehistoria mencionada corresponden a aquellos publicados entre los afios 1958 a 1976 (Murra 1964, 1970, 1972,1973, 1975 y 1976).

A través de sus investigaciones uno podía sentir toda su vehemencia para sostener un círculo de "clientela", pero practicaba a su vez una fuerte autocrítica capaz de colocar sus propios límites al modelo. Precisamente, las obras de María Rostworoswki, publicadas entre los afios 1977 a 1999, en especial aquellas dedicadas al valle de Chincha, demostraron tal altísima complejidad de las sociedades agromarítimas del sur peruano que, sin quererlo, se transformaron en un "detente" para la tesis de verticalidad. Con Dofia María conversamos sobre cómo sus mercaderes ascendían con cargas de cobre hacia las tierras altas, creando una situación opuesta al descenso de los altefios a los oasis junto al Pacífico, de tal manera que las caravanas Chinchas realizarían prácticas muy cercanas a la noción de comercio, esto es, basado en operaciones exclusivas de intercambio. Con su picardía habitual nuestra común amiga nos indicaba que la palabra "comercio" estaba prohibida en el discurso de JM. Sin embargo, los tres estábamos al tanto que el modelo Chincha no fue suficientemente generalizado, sino uno de los tantos límites advertidos por él mismo. Tal vez, por esto es que JM observaba con mayor atención las repercusiones que pudieron alcanzar en las tierras bajas del desierto chileno el descenso de colonos altiplánicos desde los territorios Carangas, Pacaxa, Lipez, Chichas y otros. El proyecto localizado en Codpa, cerca de Arica, estaba orientado a responder las preguntas de Murra, en donde arqueólogos y etnohistoriadores deberían situar ocupaciones Carangas respaldadas por las fuentes escritas. Sin embargo, había algo que JM no sabía (por fin ...), es que el registro arqueológico correspondiente a instalaciones derivadas del patrón vertical no siempre fueron tan potenciales ni ricas en vestigios explícitos, sin que necesariamente se encuentren allí restos culturales vinculables con sus cabeceras de origen. En cierta ocasión le contamos nuestra experiencia de pampa Iluga, localizada muy abajo por la desembocadura de la quebrada de Tarapaca a unos 900 msm. Por el año 1967 observamos el descenso de una caravana aymara que recorrió toda la quebrada hasta radicarse temporalmente allí, entre siembras y cosechas de maíces, a raíz de una avenida de agua que había humedecido este sector. Aquí hemos identificado ocupaciones dispersas con restos de cultivos, correspondientes a poblaciones prehispánicas, hispánicas y subactuales junto a J. Hidalgo y C. Santero. En verdad, es un espacio de uso oportunístico ideal para ser explotado a través del patrón vertical. Sabíamos donde estuvo la instalación: conversamos con los aymarás. No más de quince años después volvimos al lugar y solo encontramos restos que no indicaban, de ninguna manera, que quienes allí estuvieron habían provenido del altiplano tarapaqueño. De inmediato JM nos planteó que a él le parecía indudable que para estas excavaciones se necesitarían metodologías más particulares. Recuerdo haberle dicho algo así como analizar los primeros coprolitos de sus llamas de carga, que podrían presentar un forraje altiplánico distinto al local. Súbitamente su rostro se iluminó con un: "así debe ser", con la certeza de proporcionarnos una tarea correcta.

Otra consecuencia relevante del Congreso del Hombre Andino lo fue Tom Lynch. Cuando conocimos su tesis y sus artículos derivados sobre movilidad trashumántica en el norte del Perú, entendíamos que él observaba a los cazadores-recolectores prehistóricos a través de su movilidad estacional. Por esta misma época los estudios de Virgilio Schiappacasse y los nuestros paralelamente llegábamos a conclusiones similares. Cuando conversamos con John la posibilidad de traerlo a este Congreso, en cuanto ambos eran profesores de la Universidad de Cornell, nuestro homenajeado no tuvo duda alguna en hacer todo lo posible. Estamos convencidos que JM se comportaba, a veces, como un traficante clandestino de talentos y de trámites varios que guardaba celosamente en su maletín de cuero. De allí sacaba postales para algún amigo abatido, sus célebres fotocopias, las pildoras para el buen dormir, el gorro de lana nocturno y otros materiales varios que lo transformaban en aquellos que en nuestros pueblos reciben el don de un ser "servicial". JM fue el responsable en que Tom Lynch se haya involucrado tan fuertemente con la arqueología del norte de Chile: "Some of my best memories of John are from the Primer Congreso del Hombre Andino and the travels that were part of it. We both enjoyed the company of our Andean colleagues and had strong desires to be a part of their fellow ship as well their investigations" (Lynch 2002:141). Sóbrelos estudios arqueológicos tardíos llevados adelante por Lynch se dice que fue motivado por su colega de Cornell, rumor que no se ha puesto en duda, lo cual demuestra la tremenda convicción desplegada por JM para restar un tiempo valioso, hacia estos problemas ante quien era y es un investigador clásico y brillante geoarqueólo-go dedicado a los primeros poblamientos en las Americas. Tom no sólo realizaría en el año 1976 una escuela de campo en torno al Tambo Inca de Catarpe, sino que con la complicidad de J. Hyslop inició una amplia investigación sobre el Camino Inca y, por supuesto, que estuvo desde la partida en el proyecto Codpa (1983). En suma, los vínculos que supo crear John con los investigadores dedicados al norte de Chile, fueron de tal envergadura que, precisamente, los autorizó para que en un rincón sureño y "neutral" del mundo andino lograran editar una notable conversación publicada recientemente (Castro et al. 2000).

Los estudios de JM nos habían insertado en una problemática nueva plena de interdigitaciones y relaciones complementarias, en donde era posible comprender el desarrollo de la sociedad andina desde sus diversos pisos ecológicos. En esta época los arqueólogos normalmente estaban preocupados del establecimiento de secuencias y de la especificidad de ciertos sitios con valores en sí mismos. De tal suerte, que cuando se describe el acceso a la costa y a los cocales del oriente, se nos estaba enseñando que por medio de una arqueología transectual entre costa -tierras altas- yungas sería posible reconstruir un proceso multidirectional, que recién en este último tiempo ha cobrado plena validez. Ocurre que a su paso por Ecuador descubrió algo que es muy visible allí a raíz de la estrechez del territorio, en donde el rol de las yungas se introducía en las tierras altas y éstas en el Pacífico con evidencias de interconexiones muy visibles. Esta visión no es fácil de entenderla en la gran escala del antiguo Perú. De observaciones como éstas surgían los desafíos que él planteaba: "La arqueología hace ciertas cosas y no hace otras" (Ansaldi 1989:11). Entre esas "otras" radicaba precisamente esta visión interpisos con una intensa movilidad transectual, cuya naturaleza caravanera es esencialmente de ida y vuelta (Núñez 2007). Él nos indicaba que se debería: "Dar mucho más paso a la arqueología, no a la arqueología de los monumentos, de los palacios, de los grandes templos, sino a la arqueología de campo" (Ansaldi 1989:7). Entendiéndose por "campo" aquellos vestigios más domésticos y expeditivos que nos podrían acercar mejor al conocimiento del movimiento de gentes entre sus asentamientos fijos a otros más temporarios, desde una perspectiva de arqueología internodal.

De sus conferencias dictadas en el ámbito académico del norte del país nunca llegaremos a saber si fue nuestro brillante antropólogo Gabriel Martínez o John los expositores que con mayor intensidad electrizaron nuestras audiencias. JM era francamente arrebatador, al punto que podía contar sus historias generando aquellos silencios profundos, sin ninguna posibilidad de interrupción, como a él le gustaba. Extrañamente, en primera instancia, se le apreciaba más bien como un ser de pocas palabras, hasta el momento en que se descubría que solamente él era quien autorizaba su derecho al discurso. La diferencia radicaba en que Gabriel tenía un talento sobrenatural aprendido de los artilugios escénicos de su escuela de teatro de la Universidad de Concepción; John, que carecía de este recurso, lo reemplazó con un manejo combinado entre sacralidad y discurso político, puesto al servicio de la captación de discípulos que gradualmente se transformaban en sus devotos en el sentido más amistoso de la palabra. Ciertamente, él revelaba la palabra en torno a una Gran Causa y pienso que durante los veinte años que no pudo salir de los Estados Unidos se introdujo en la misma mente de los cronistas; al llegar a los Andes, había logrado viajar tanto con ellos y vivir junto a sus testimonios, que asumió el derecho de ser su segunda voz, a modo de un lenguaraz coloquial, que se permite ciertas licencias y habla definitivamente por ellos. Una vez dispuesto en el escenario, dejaba gradualmente de ser el catedrático de gloria y fama y a través de un histrionismo metamórfico insuperable pasaba a constituirse en un dignatario del siglo XVI. Por favor, escuchémoslo como habla por Cieza, dirigiéndose nada menos que al Emperador, el cual debe ser tuteado, por supuesto, porque ahora es Cieza-Murra quien ha logrado ese punto de fusión, tanto física como intelectual. Ha clavado su vista sobre un Rey imaginario que es cualquiera de su público que ha quedado absolutamente cautivado y ante el estupor de sus interlocutores nadie ha puesto en duda que entre tantos estudiosos de nuestra disciplina estaba allí sentado, entre nosotros, un Emperador de tomo y lomo, que lo escuchaba absolutamente absorto, como si de cada palabra dependiera el futuro de los Andes:

Con toda tu autoridad, con todo tu poder nunca podrías hacer un camino como el del Inca. ¿Por qué? Porque nosotros, los españoles no tenemos el orden que traen ellos, no es que nos falte capacidad e inteligencia, pero ¡nos hace falta organización administrativa, social, política, religiosa!, que permita la construcción de una carretera de por lo menos 25.000 Km (Ansaldi 1989:6).

A lo largo de esos segundos era efectivamente Cieza-Murra, pero otras veces se levantaba más andino y en los estrados habla por ellos, tanto apoyado en su doctrina como en su perfil medio mestizo que lo acercaba más a la representación de un descendiente de los Incas: "De lo valioso de la época prehispánica queda muy poco. Muchas de las cosas que ellos sabían hacer, nosotros no sabemos hacerlas" ... "El cambio es inevitable, el asunto es juzgar cuál es el cambio que nos conviene",... pero en otro instante él salta afuera del guión y con respecto a la idea de futuro señala lo siguiente: "¡La habrá para ellos, pero no para mí, porque yo no estoy en el interior del sistema, yo solo lo observo!" (Ansaldi 1989:12 y 13).

John fue invitado a coordinar con Jorge Hidalgo la reunión: "Problemática Etnohistórica de la Subárea Circunpuneña: Síntesis Actualizada", que organizamos al interior del Simposio de Arqueología Atacameña en San Pedro de Atacama en el año 1983. Aunque no presentó ninguna ponencia específica, se dedicó a escuchar y aconsejar a tantos "cuadros" jóvenes. Sin embargo, obsérvese la sutileza con que redacta las conclusiones de su evento desde sus propias expectativas: "Bente Bittmann informó que la distribución de grupos costeros llamados Camanchacas, poblaciones de pescadores especializados, se extendía mucho más al norte de lo que se había pensado. Su presencia en territorio hoy peruano es demostrable; el mapa étnico del Kuntisuyo se vuelve así más complejo, ya que la costa la compartían con instalaciones altiplánicas. La interacción entre estos diversos grupos costeros y sus relaciones con los mercaderes de larga distancia de Chicha merece más estudio". Sobre la ponencia de su colega Jorge Hidalgo, comentó lo siguiente: "Analizó los datos proporcionados por la visita en 1683 del duque de La Plata. La visita incluye material sobre los grupos atácamenos instalados en Chichas, Lipez, Tucumán y Salta. En el caso de Atacama la Alta, las proporciones de los ausentes eran muy altas. Hidalgo consideró la posibilidad de que tales ausencias de sus tierras nativas eran inspiradas por un esfuerzo de control complementario y llega a la conclusión de que, probablemente, entraban en juego otros factores de carácter colonial" (Murra 1983).

En cuanto a la cultura altiplánica de Tiwanaku, que se había identificado en los oasis y valles costeros entre el sur peruano y norte de Chile, fue casi natural vincular esta "expansión" con la propuesta de verticalidad. Esto explica que por la década de los 80 interpretaciones basadas en los datos de JM estaban plenamente vigentes. Precisamente, una de las consideraciones finales de Subsimposio: "Secuencia de asentamientos e indicadores del periodo cerámico de la subárea circunpunefia", indicaba lo siguiente: "El Estado de Tiwanaku incorporó varios territorios de la subárea y, en particular, los oasis de San pedro de Atacama, bajo su esfera de interacción durante varios siglos. Se requiere seguir investigando los mecanismos que operaron en este proceso (colonias, red de intercambio, etc.)". Puede apreciarse que las "tácticas" e información de Murra se transferían hacia el pasado prehispánico: "Sobre la base de la información arqueológica disponible y los datos que provienen de la etnohistoria, se habrían constituido Señoríos como los casos reconocidos en la fase Toconce, Atacama, Humahuaca y otros, cuyas características en términos de complementation de recursos, organización social y relaciones interétnicas, es necesario dilucidar" (Llagostera y Tarrago 1984:314).

Hasta ahora las explicaciones para comprender la presencia de componentes Tiwanaku en las tierras bajas representan distintos modelos explicativos. Sin embargo, lo que no ha cambiado es que habría razones ritualísticas y de complementariedad de recursos que sostuvieron estos contactos de larga distancia y que variaron su intensidad de acuerdo a la mayor o menor complejidad local y capacidad de alianzas.

Por otra parte, con esta misma inspiración basada en los escritos de JM, se dio un paso aún más audaz, al interpretar la presencia de textiles con motivos Pukara y Chiripa en contextos locales de la fase formativa Alto Ramírez de los valles de Arica. Así, se propuso que estas relaciones representarían instalaciones derivadas del núcleo circuntiticaca durante tiempos pre-Tiwanaku, cuyo debate se mantiene hasta la actualidad (Mujica 1978; Rivera 1976).

Su influencia en sus estudios etnohistóricos fue relevante para la consolidación de esta disciplina en el ámbito andino del país, la cual será abordada por sus amigos y colegas J. Hidalgo y J. L. Martínez, quienes desde esos tiempos no han dejado de estrechar filas con las "tácticas" arqueológicas.

Hay un aspecto que, si bien se excluye de sus andanzas y apariciones sobre nuestro desierto, guarda relación con su gran amigo José María Arguedas y la presencia de ambos en Santiago de Chile. En la mayoría de sus entrevistas John reconoce su sólida y necesaria amistad con José María. Y algún día sabremos cuánto de Murra tiene su decisión de instalarse en el pueblito español de Sayago, cerca de la frontera con Portugal, donde el "caballero peruano", como allí se le recuerda, se desempeñó como un cronista, en esa magnífica idea de replicar a aquellos españoles que lo hicieron durante el proyecto colonial. Ambos tenían, además, un secreto que se hizo público en ciertas entrevistas de JM en relación a la cercanía con "Doña" Lola Hoffmann (Vergara 1989), quien por un largo tiempo los asistió con consejos de su especialidad. John comentó que José María estableció los primeros contactos con esta distinguida siquiatra, de modo que: "Durante los últimos diez años de su vida fue la persona que lo mantuvo vivo, pues él no se mató antes, porque Doña Lola lo cuidó" (Ansaldi 1989:8). Sin embargo, JM no fue muy explícito sobre sus permanentes visitas al estudio de "Doña" y, por supuesto, que estas son materias que cada ser humano sabe mantenerlas en su región más privada e inaccesible, pero es muy seguro que lo ayudó a estirar su vida hasta donde John quiso conducirla de una manera única e irremplazable. Puesto que "Doña" Lola se nos presentaba como un ser casi sobrenatural, plena de alabanzas, decidí un día conocerla. Tenía una mirada más cercana a una águila en vuelo, sumada a un manejo del silencio profundo cercano a la agonía, hasta el punto que solo atiné a decirle lo siguiente: "Soy un arqueólogo del desierto y tengo un gran amigo que me ha hablado muy bien de Ud. y vengo aquí a conocerla y, por supuesto, a decirle que nosotros la apreciamos y, si Ud. llega por el norte, quisiéramos invitarla para que vea lo que allí hacemos, ya que Ud. se interesa por la antropología ...", cruzó lentamente las manos y en un tono de enorme tranquilidad alemana logró crear una frase con una fuerza arrebatadora: "¿Acaso Ud. también cree que el único mundo que existe es el andino? ¡Es que no le basta leer los diarios para entender que hay otros mundos con problemas gigantescos y que la crisis es verdaderamente planetaria! ¡No ve que estamos en la puerta de volar en pedazos! Por favor, tenga la bondad de retirarse, hoy no puedo atenderlo". Y con mucha delicadeza y hasta con una leve sonrisa me acompañó a la puerta. Fue entonces que me pregunté si "Doña" Lola no sería aquella madre fuerte, viva, justa y necesaria que requerían nuestros dos amigos cada cierto tiempo, cuando retornaban de sus largos y mitológicos periplos por aquellos mares tenebrosum que solían inventarse y que como hijos atribulados advertían con todos sus sentidos que vivían en un mundo andino a punto de estallar.

Epílogo

Muchos de los escritos que surgieron en este desierto provienen de la inspiración de John. Por lo mismo, quisiera destacar el ensayo que escribimos con Tom Dillehay (1970), hace treinta años, sobre pasado y presente de las caravanas andinas y su movilidad giratoria y, por cierto, mi propia tesis doctoral sobre tráfico caravanero en el desierto chileno (Núñez 1985). No obstante, siempre me pregunté por qué nuestro amigo no utilizaba el concepto "caravana". Él estaba consciente de la importancia de esta otra vieja invención andina, cosa que le gustaba de verdad, porque me decía, con su particular sentido de humor, que la mayor ventaja era que las llamas cargueras no se sublevan..., pero un buen día me respondió con un tiro al pie: "No me gusta, suena a Sahara..." Pasó mucho tiempo hasta que lo vi en una entrevista televisada en Lima que por su edad debió ser, tal vez, durante su último viaje al Perú. Allí explicaba que los pueblos andinos habían coexistido fuera de sus cabeceras con otros, en las tierras bajas, y otra vez advertí que mantenía su táctica de involucrar a su interlocutor muy dentro de su relato: "Entonces, tú podrías ver cómo las caravanas pasaban sin ningún problema por tierras lejanas, así, al lado tuyo".

Desde la década de 1980 hasta ahora, qué duda cabe, sus estudios se mantienen vigentes y tienden a perfeccionarse, aunque nos recordaba que había otros temas pendientes que también marcaron a nuestra generación. Estamos hablando de la riqueza alimentaria como un gran logro civilizatorio que sustentó el crecimiento de las poblaciones andinas y que merece retomar aquel pensamiento de Childe (1960:21): "La ampliación de la provisión de alimentos fue, por lo consiguiente, presumiblemente la condición indispensable para el progreso humano". Ciertamente, estamos en deuda por no haber avanzado lo suficiente a través de una arqueología más fina que nos permita documentar la complejidad y los alcances de la subsistencia andina.

Entre otros atributos de carácter más personal quisiéramos hacer notar que su precisión en los escritos y en sus discursos proviene de su gran convicción por el habla española: "Mis cosas se escriben y se pueden leer tan fácilmente en Jujuy como en Sucre ... lo cual es distinto a otros gringos, porque he publicado en castellano ... lo que es accesible a la gente de los países andinos" (Ansaldi 1989:13). Para los arqueólogos andinos fue muy importante aplicar sus propuestas que gracias al montaje de su red académica logramos referir sus estudios mucho antes que los investigadores anglosajones, porque veíamos allí la posibilidad de una creatividad teórica que podría surgir de la propia praxis andina. Recientemente y cada vez que se establezcan relaciones de interacción entre las tierras altas y las bajas del oriente y occidente, JM será un referente obligado, incluyendo, por qué no, al creciente interés por estas materias de los investigadores del primer mundo (v.gr. Zaro 2007).

Finalmente, guardo de John una imagen muy especial de aquel momento en que me regala la visita de Huánuco, sosteniéndola algo elevada con su mano derecha, mientras que con la otra mantenía el tono de sus palabras... Yo lo veía como aquella lámina de Guarnan Poma, cuando el misionero jesuita alza su Biblia como su única doctrina. Por supuesto, que nuestro gran amigo estaba muy lejos de la evangelization, pero reconozco en él una extraña cuota de misionero y miliciano que encontró en la antropología su mejor lugar para vivir en estado de pasión. No será fácil ubicarlo ahora, a no ser que visitemos algún lugar de África, tal vez el Tibet, o por el Sahara, puesto que, si existe otro lugar donde la sociedad percibió su progreso social a través de la articulación de recursos complementarios distribuidos a lo largo de un paisaje contrastado, allí lo encontraremos instalando su famosa fotocopiadora para reproducir otra vez sus apariciones inolvidables.

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