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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.37 n.2 Arica dic. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562005000200008 

 

Volumen 37, Nº 2, 2005. Páginas 225-243
Chungara, Revista de Antropología Chilena

REPORTES MONOGRÁFICOS

 

TRÁFICO DE CARAVANAS, ARTE RUPESTRE Y RITUALIDAD EN LA QUEBRADA DE SUCA (EXTREMO NORTE DE CHILE)

CARAVANS, ROCK ART AND RITUALISM IN THE QUEBRADA SUCA (NORTHERN CHILE)

 

Marcela A. Sepúlveda R.*, Álvaro L. Romero Guevara** y Luis Briones***

* Máster en Prehistoria, Etnología y Antropología. UMR 8096: Recherche sur les Amériques, Université Paris La Sorbonne. marcelaasre@yahoo.com
** Programa Magíster en Antropología, Universidad Católica del Norte y Universidad de Tarapacá. Casilla 6D, Arica, Chile. aromero@uta.cl
*** Departamento de Antropología, Universidad de Tarapacá. Casilla 6D, Arica, Chile. lbriones@uta.cl


A partir de la frecuente relación entre arte rupestre y rutas de tráfico en el desierto de Atacama, efectuamos un análisis del modelo de movilidad giratoria y su relación con algunos aspectos de la ritualidad andina, basado en el registro de dos yacimientos de la quebrada de Suca (Suca 7 y Suca 13), al sur de la hoya hidrográfica del río Camarones (subárea de Valles Occidentales, norte de Chile). Estos sitios se seleccionaron por su emplazamiento significativo y sus asociaciones contextuales. Primero se detallan los materiales y rasgos arqueológicos encontrados en cada sitio, y luego se describen sus manifestaciones rupestres. Con ello se plantea que los sitios presentan, además de posibles funciones logísticas dentro del modelo de movilidad giratoria, diferencias atribuibles a los distintos tipos de tráfico implicados: tráfico interregional y tráfico local, además de aspectos ligados a la apropiación del espacio y la ritualidad asociada a cada sitio. Este conjunto de variables permite avanzar en la caracterización de interacciones económicas e ideológicas en el desierto entre diferentes poblaciones prehispánicas tardías (1.000 a 1.350 d.C.).

Palabras claves: arte rupestre, movilidad giratoria, ritualidad, período Intermedio Tardío, desierto de Atacama.

This work analyses the strong and recognized relationship between rock art and traffic routes witin the Atacama Desert. The model of circuit mobility is analyzed and in addition Andean ritualism is considered. We describe the architectural, ceramic and rock art evidence from two adjacent sites in the interior of the Quebrada Suca, in the Valley of Camarones (Northern Chile). The sites Suca 7 and Suca 13 were selected for their significance within the landscape and contextual associations. The two sites present different logistical functions within the model of circuit mobility, for distinctive traffic, one being interregional and the other local and circumscribed to the gorge and adjacent valleys. Furthermore, the analysis of rock art permits observations about spatial appropriation, ritualism, and economic and ideological interactions among different late pre-Hispanic populations (A.D. 1,000 to 1,350) within the desert.

Key words: Rock-art, circuit mobility, ritualism, Late Intermediate Period, Atacama Desert.


Las características desérticas de la subárea de Valles Occidentales en el extremo norte de Chile han condicionado una utilización recurrente y significativa, por parte de las poblaciones prehispánicas, de los escasos espacios dotados de recursos hídricos, sean éstos permanentes o estacionales. Por esta razón no es casual que se haya privilegiado el estudio arqueológico de los valles principales donde la mayor intensidad de actividad cultural da cuenta de yacimientos más densos. Pero, al igual que en otras áreas de los Andes, el panorama del desarrollo cultural prehispánico no estaría completo si obviáramos yacimientos de menor complejidad y espacios considerados como marginales en variedad y densidad de recursos (Nielsen et al. 1997). En el desierto de Atacama estos espacios marginales cobran mayor importancia ya que articulan funcional e ideológicamente un vasto paisaje cultural (Díaz y Mondaca 1999).

En este gran despoblado interfluvial, al exterior de los valles costeros, el registro arqueológico casi siempre toma un semblante minimalista. En medio del desierto los senderos y refugios temporales asociados a la movilidad caravanera tienen una mínima visibilidad. La mayoría de las rutas e infraestructuras en el desierto prácticamente pasarían desapercibidos si no fuera por su reiterada asociación con las manifestaciones de arte rupestre (Briones y Chacama 1987; Muñoz y Briones 1996; Núñez y Briones 1967-68; Núñez 1976, 1985), que toman en ciertas ocasiones formas monumentales. Esta correlación entre arte rupestre y senderos es común en muchas áreas desde el sur peruano hasta el noroeste argentino (Aschero 1996; Berenguer 1994a y b; Gordillo 1992; Muñoz y Briones 1996; Núñez 1976, 1985; entre otros). Incluso, en ciertas ocasiones las manifestaciones rupestres se concentran en puntos del desierto que ofrecen una importancia vital dentro de la logística de un recorrido (p. ej. Ariquilda, en Briones y Chacama 1987). Esta relación fue la que permitió proponer que el arte rupestre tarapaqueño tendría una función señalética de los rumbos en el sistema de rutas de caravanas (Núñez 1976, 1985; Muñoz y Briones 1996). Esta distribución del arte rupestre sería una forma de apropiación simbólica de un extenso territorio cuya ocupación efectiva habría sido imposible e innecesaria.

Dicha propuesta señalética ha sido ventajosa para el estudio del arte rupestre, principalmente planteando una alternativa de interpretación más allá de su análisis estilístico o simbólico. Sin embargo, tras más de 20 años de investigación empiezan a delinearse algunas limitaciones. En primer lugar, el planteamiento de señalética rupestre ha significado un marcado énfasis en el estudio de conjuntos rupestres adyacentes a las rutas de tráfico; por otra parte, las descripciones de sus contextos muestran escasa atención a otros rasgos, como bienes muebles e inmuebles, salvo algunas excepciones. Hasta ahora, se tratan ambos tipos de evidencia -arte rupestre y otros componentes culturales- por separado, y sólo en escasas ocasiones se ha intentado relacionarlos (Berenguer 2004; Muñoz y Briones 1996; Niemeyer 1969; Núñez y Briones 1967-68).

Un segundo problema, de índole teórico, tiene que ver con la condición del arte rupestre como una manifestación mucho más compleja y multifacética que la mera demarcación de rutas (Chacama y Espinosa 1997; Espinosa 1996; Romero 1996; van Kessel 1976; entre otros). La variedad de formas, temáticas y contextos culturales sugieren que el arte rupestre del desierto participa en una serie más amplia de prácticas simbólicas, las cuales podrían relacionarse, por ejemplo, con la culturización del paisaje, la transmisión de mensajes de orden ideológico, representación de ciertos principios socioculturales o hechos históricos, entre otros.

En este trabajo sugerimos que arte rupestre y los otros componentes culturales deben ser integrados para avanzar en la comprensión de los procesos socioculturales ocurridos en el norte de Chile. Para esto se presentan algunos alcances al modelo de movilidad giratoria (Núñez y Dillehay 1995), en términos de las formas de desplazamiento y de interacción de las distintas comunidades implicadas en este proceso, así como de los tipos de yacimientos usados por ellas. Además, tratamos de distinguir diferentes modos de expresiones rituales de la ideología andina prehispánica.

Desde esta perspectiva se presenta un estudio de dos yacimientos contiguos -Suca 7 y Suca 13- en la pequeña quebrada de Suca. Este curso irregular de agua se convierte en un importante punto de conexión de diferentes rutas de interacción humana en medio de uno de los desiertos más áridos del planeta (Sepúlveda et al. 2003). Estos yacimientos presentan, además de la asociación de arte rupestre y rutas de tráfico, una ocupación humana evidenciada por restos arquitectónicos y cerámicos, asignables principalmente al período Intermedio Tardío (1.000 a 1.350 d.C.).

En tales términos de movilidad y ritualidad en el área Centro Sur Andina, analizaremos las asociaciones culturales muebles e inmuebles de dos yacimientos arqueológicos adyacentes con arte rupestre y rutas de tráfico. Ampliaremos este análisis hacia otras asociaciones arqueológicas registradas en los sitios, que podrían avalar distintas formas de participación en el tráfico prehispánico, constituyendo sitios con funcionalidad diferencial. Al mismo tiempo, insistiremos en que el arte rupestre asociado da cuenta de la amplitud de la ritualidad andina en distintos contextos sociales, tales como actos votivos, reproducción social e interacción de diferentes grupos.

TRÁFICO CARAVANERO, TRÁFICO LOCAL Y RITUALIDAD

El modelo de movilidad giratoria (Núñez y Dillehay 1995) fue desarrollado y planteado para comprender la distribución de las ocupaciones prehispánicas, la interacción y el desarrollo social de las diferentes sociedades del área Centro Sur Andina1. Pese a que los mismos autores han observado ciertas limitaciones e imprecisiones de este modelo (Dillehay y Núñez 1988:621; Núñez y Dillehay 1995:150), las evidencias arqueológicas en el desierto de Atacama siguen apoyando su vigencia para la comprensión de los procesos socioculturales ocurridos en diferentes períodos prehispánicos.

Según sus autores, la movilidad giratoria implica un conjunto de rutas fijas que unen dos o más asentamientos-ejes ubicados en zonas ecológicas distintas (costa-puna, puna-puna, puna-selva), definiendo su movimiento en vastos territorios elongados (Núñez y Dillehay 1995:27). Un aspecto importante es que el trazado de las rutas estaría determinado por las necesidades logísticas impuestas por el uso de caravanas de llamas (Núñez y Dillehay 1995:27-28).

El tráfico dependía en gran medida del equilibrio entre los ejes, es decir, la similitud en el tamaño y jerarquía económica y política de los asentamientos, así como también de la equivalencia entre los recursos intercambiados. En este esquema, los asentamientos-ejes son definidos como polos de estabilidad. Independientemente de ser sitios con ocupaciones semisedentarias o aldeas sedentarias agrícolas, cada eje cumpliría dos funciones importantes para el sistema global de rutas. En primer lugar, habrían servido como "sitios de trasvasije" de recursos específicos que se transportaban por medio de caravanas, actuando como nexos con otras rutas locales o regionales (Núñez y Dillehay 1995: 156). Otra función de estos asentamientos era facilitar el apoyo logístico necesario para que las caravanas pudieran continuar el movimiento giratorio (Núñez y Dillehay 1995: 27 y 156).

En el desierto de Atacama, un aspecto importante, pero escasamente destacado, es la posibilidad que no todos los asentamientos permanentes tuvieran una relación directa con la movilidad giratoria. En otras palabras, sólo ciertos yacimientos con algún grado de sedentarismo fueron ejes con alguna de las funciones antes señaladas (Núñez y Dillehay 1995:157). En relación a esta observación y a partir de un estudio de caso en el Alto Loa, Berenguer (1994a, 2004) plantea que la evidencia arqueológica podría permitir distinguir con más detalle diferentes tipos de asentamientos. De esta forma, postula que aparte de los poblados complejos que funcionaron como ejes principales y de los refugios diarios (paskanas o jaranas, Nielsen 1997; Núñez 1985), habrían existido otros asentamientos de funciones más especializadas en relación al tráfico caravanero (Berenguer 1994a). Unos, como las estancias, no estarían en plena ruta de tráfico, sino que en espacios adyacentes a los ejes, cumpliendo una función productiva relativa a la ganadería o el pastoreo. Otros tendrían un rol principalmente ceremonial concerniente a la apropiación cultural y simbólica de los espacios elongados de los circuitos (Berenguer 2004:528).

La tipología y funcionalidad de los yacimientos cobra importancia cuando intentamos precisar la amplitud y operación de los circuitos de movilidad, un aspecto sólo implícitamente discutido en el modelo de la movilidad giratoria. Al respecto, siguiendo a Dillehay y Núñez (1995: 27) entendemos movilidad giratoria como el tráfico de larga distancia que une zonas ecológicas extremadamente contrastadas, como costa, puna y selva, y que, por tanto, implica una logística compleja relativa a caravanas de llamas de cierta envergadura. De este modo, la movilidad giratoria mediante el tráfico de caravanas de larga distancia constituiría el proceso de distribución de bienes a nivel regional en donde habrían participado sólo ciertos yacimientos, probablemente los más grandes y de mayor jerarquía.

Siguiendo a Núñez y Dillehay (1995:156), se agrega otro tipo de tráfico de menor envergadura, que denominamos tráfico local. Si bien pudo funcionar indirectamente gracias a la movilidad giratoria que les permitía incluir ciertos productos, se constituyó con una lógica distinta, que implicaría desplazamientos a menor distancia, efectuados entre los asentamientos-ejes principales y espacios del desierto (Sepúlveda et al. 2003). Pero no se trata de una situación dicotómica; por el contrario, consiste en un continuo entre dos extremos ideales: yacimientos que participaron principalmente del tráfico local; y otros en mayor medida del tráfico de larga distancia. Existieron asentamientos ejes que participaron tanto en la redistribución local de bienes, como del movimiento caravanero (Núñez y Dillehay 1995:156).

La mayor o menor participación de los yacimientos en la movilidad giratoria podría ser estimada de acuerdo a las proporciones de bienes exóticos presentes, la infraestructura disponible y su asociación a otros yacimientos a través de las rutas. Además, ciertos sitios vinculados al tráfico local se hallarían en espacios productivos considerados como "marginales". Con respecto a los yacimientos de arte rupestre, se ha sugerido que aquellos con mayor diversidad de estilos y motivos estarían asociados a la movilidad giratoria (Núñez y Briones 1967-68), en tanto que sitios con mayor homogeneidad servirían a otras funciones.

Recientes estudios etnográficos (Lecoq 1987; Lecoq y Fidel 2003; Nielsen 1997) han especificado aspectos funcionales y materiales de las caravanas, los asentamientos temporales y los rituales relacionados con la movilidad de larga distancia. Esto ha permitido establecer ciertas expectativas sobre lo que se podría encontrar arqueológicamente (Berenguer 2004:58-60, 68-70). Sin embargo, muchas de las evidencias materiales asociadas al tráfico actual son efímeras o relativamente discretas, debido al pragmatismo del viaje y al limitado número de animales y personas participantes. Incluso las ceremonias rituales realizadas por los caravaneros, tales como apachetas (Galdames 1990; Girault 1958), pero sobre todo las mesas rituales (Lecoq 1987; Nielsen 1997) son extremadamente precarias en sus deshechos materiales. En este contexto, es relevante que en la arqueología se hayan identificado circuitos caravaneros principalmente a partir de manifestaciones rituales como geoglifos, petroglifos y sitios de muros-y-cajas (según Berenguer 2004).

El arte rupestre, dentro de la perspectiva de la movilidad, ha sido explorado como señalador de rutas (Núñez 1976), y también ha sido ligado a una ritualidad votiva relacionada con el éxito de la actividad caravanera (Núñez 1985; van Kessel 1976). Este pensamiento se ha sustentado en la asociación ya señalada de arte rupestre con distintas rutas en el desierto. También la presencia de varios motivos asociables al tráfico, tales como: hileras de camélidos, camélidos cargados y hombres guiando animales, han servido para reforzar esta asociación. Sin embargo, se reconoce la existencia de yacimientos de arte rupestre más complejos asociados a diferentes rasgos arqueológicos, y con una mayor variedad de tipos de representaciones, las cuales podrían apelar a la existencia de actividades o funciones más diversas.

En general, el arte rupestre es una actividad simbólica bastante frecuente en la prehistoria del desierto andino. No debe olvidarse que una de las características del ceremonialismo andino radica en la recurrente representación de deidades, y la diversidad de instancias de diálogo con ellas (Kuznar 2001). De esta forma, el arte rupestre podría también ser investigado como una evidencia material del panteísmo y las relaciones recíprocas entre humanos y las diversas deidades que dan cuenta de las múltiples fuerzas que gobiernan el universo. Esta interpretación no descarta la propuesta del arte rupestre en directa asociación a ritos relativos a la movilidad caravanera (Muñoz y Briones 1996:78; Núñez 1976:180), sino que la complementa. Considerando todas estas alternativas deberíamos clarificar la diversidad de representaciones rupestres y la variabilidad en sus emplazamientos, para entender los diferentes ritos y actividades humanas implicadas en su realización y uso.

En este sentido, coincidimos en que las representaciones de caravanas pudieron ser manifestaciones votivas relativas al éxito de esta actividad humana (Núñez 1985; van Kessel 1976). En este contexto, incluso podríamos anticipar que la asociación de tales diseños icónicos con otros ampliaría nuestro conocimiento del imaginario visual del caravanero prehispánico. Otras manifestaciones rituales serían los depósitos en formas de cajas, la formación de apachetas y las quemas de ofrendas, algunas de las cuales aún siguen vigentes (Lecoq 1987; Nielsen 1997; Núñez 1976; entre otros).

Por otro lado, otro conjunto de motivos rupestres no ligados directa o indirectamente al tema caravanero pueden estar conectados a otras actividades como la sacralización de espacios, o quizás para simbolizar relaciones de reciprocidad con deidades del panteón andino.

ESPACIO Y ASENTAMIENTO EN LA QUEBRADA DE SUCA

La quebrada de Suca, junto con la de Chiza, forman la sección meridional de la hoya hidrográfica del río Camarones (Figura 1). El tramo actualmente habitado se ubica entre los sectores de Liga y San Antonio, a unos 50 km al este del océano Pacífico con una altura promedio de 950 msm. En general la quebrada es estrecha, regada intermitentemente por aguas superficiales y con escasas influencias de la nubosidad costera. En el sector medio de la quebrada de Suca se reconocieron 16 conjuntos de petroglifos (Sepúlveda et al. 2003). Nuestro análisis se centra en dos yacimientos adyacentes entre sí, ubicados aguas arriba de la Hacienda Suca ocupando angostas terrazas intermedias, laderas abruptas y la planicie alta de la banda norte de la quebrada. Los yacimientos se emplazan en un ensanchamiento de la quebrada, dominando un amplio espacio de uso agrícola actual. Ambos sitios ocupan un espacio de 700 m lineales de la ladera de la quebrada y se separan por un cambio abrupto de la pendiente (Figura 2). Si bien puede ser considerado como una sola área arqueológica, las características orográficas, tanto como las diferencias en las manifestaciones rupestres y rasgos arqueológicos, solventan una división en términos culturales.


Figura 1. Hoya hidrográfica del valle de Camarones, con la ubicación de la quebrada de Suca y asentamientos humanos actuales.

Hydrographic trench of the valley of Camarones, indicating the position of Suca Gorge and human present-day settlements.

Suca 7

El sitio Suca 7 (UTM 417 189 E, 7 869 245 N2) se sitúa en una terraza fluvial relativamente ancha y plana, una ladera rocosa y la planicie alta de la quebrada. Domina el espacio una pequeña colina que se levanta de manera aislada unos 10 m del nivel de la terraza (Figura 3).

En el espacio donde se emplaza Suca 7 se reconocieron además varios senderos que atraviesan el sitio. El sendero principal cruza el yacimiento en sentido este-oeste, uniéndolo a Suca 13, situado hacia el poniente. La prolongación de esta ruta hacia el oriente llega al yacimiento Suca 8, a 500 m de distancia; más lejos se emplazan Suca 9 y 10. De este camino principal se separan ramales que suben hacia el plano superior norte hasta alcanzar la planicie alta de interfluvio. Siguiendo hacia el nordeste se ubican los sitios Suca 11 y 12, a 1300 m de distancia en una quebrada seca y paralela a Suca. Todas estas huellas permiten reconocer que Suca 7 conforma una importante encrucijada de pequeños senderos que unen diferentes espacios dentro de la quebrada.

Los rasgos arqueológicos que se describen a continuación no denotan una ocupación estable y se agrupan en tres sectores (Figura 2):


Figura 2. Ubicación general de los yacimientos Suca 7 y Suca 13, en el curso medio de la quebrada de Suca.

General position of Suca 7 and Suca 13, at the center of Suca's Gorge.


Figura 3. Panorámica del yacimiento Suca 7. Destaca la explanada, o Sector A, rodeando la colina. En el fondo se observa la estrecha y reseca quebrada de Suca.

Panorama of Suca 7 demostrating the flat surface, or Sector A, surrounding the hill. In the background is seen the narrow and very dry Suca's Gorge.

Sector A: Corresponde a la sección plana de la terraza fluvial, delimitada por la colina y por la ladera rocosa de la quebrada. En esta explanada se registraron bloques dispersos grabados en forma abundante por todas sus caras. Junto a uno de ellos se registró una fosa circular de paredes empedradas, denominada Unidad 1, saqueada. La excavación del depósito y la limpieza del material removido dieron cuenta de una estructura de aproximadamente 1,5 m de diámetro, y de 1,2 m de profundidad, con un muro simple construido con bloques de piedras angulares. El piso de la fosa está conformado por madera de cactus dispuesta en forma horizontal. Si bien no se observaron rasgos o materiales diagnósticos in situ, se registraron restos vegetales (maíces y paja) que sugieren su posible uso como silo. Además, se reconocieron pequeños fragmentos textiles de lana de camélido de color natural y de formas no identificables, junto a una vértebra humana de un individuo subadulto. Esto último podría sugerir un uso previo como estructura funeraria, aunque no es clara la asociación exacta de estos restos con la estructura circular.

Hacia el oriente de la terraza se registró una estructura rectangular (10 x 20 m), usada posiblemente como corral, ya que se observa abundante guano de camélidos y paja en su interior. En algunos sectores de este pequeño recinto se observan excavaciones de posibles saqueos.

Hacia el sur de la colina, en un sector con abundante material cerámico y lítico en superficie, se reconocieron varias hileras de piedras superficiales, de construcción aparentemente reciente.

Sector B: Se ubica hacia el nororiente de la terraza, sobre la ladera de la quebrada que forma una especie de "anfiteatro" abierto hacia el suroeste. En este sector se registró la mayor parte de bloques con manifestaciones rupestres, no registrándose otro tipo de evidencias. Se contabilizaron alrededor de 35 bloques grabados, cuyas caras trabajadas están orientadas hacia la terraza, o Sector A.

Sector C: Se localiza en el borde de la planicie alta de la banda este de la quebrada, sobre el conjunto de bloques rupestres que definen el Sector B. Consiste en un extenso espacio de actividad cultural de forma irregular cuyo lado más extenso alcanza 25 m. Esta área está limitada por alineamientos simples, bajos e irregulares de piedra hacia el norte, el noreste y el este, cortado por senderos que los atraviesan. El área está limitada, hacia el suroeste, por el borde de la planicie alta.

En el interior de este espacio se identificaron varias estructuras rectangulares y semicirculares pequeñas, semejantes a abrigos o reparos, conocidos como paskana, empleadas en el tráfico para el descanso diario o planificar la llegada a la quebrada (Núñez 1985). Destaca la presencia de una pequeña estructura rectangular abierta hacia el norte, conformada por 3 bolones medianos, dispuestos de canto y que recuerdan los sitios de muros-y-cajas descritas para el Alto Loa (Berenguer 1994a; Sinclaire 1994), con la diferencia de que en esta última área son más frecuentes y complejas siendo formadas por un muro principal y múltiples cajas alineadas.

Suca 13

Suca 13 (UTM 416 989 E, 7 869 430 N) se ubica aproximadamente a 250 m hacia el oeste de Suca 7, donde la terraza fluvial se eleva, marcando un mayor desnivel con el fondo de la quebrada, donde se ubican las actuales zonas de cultivo (Figura 4). Este emplazamiento permite una amplia visibilidad hacia el suroeste; en tal sentido, es posible avistar perfectamente los senderos de la ladera opuesta, que provienen desde quebradas al sur, como Calatambo (Camiña), Tana y Tiliviche. En términos generales Suca 13 posee un sector con arquitectura bien elaborada y otro sector de manifestaciones rupestres (aproximadamente 65 bloques) (Figura 2).


Figura 4. Panorámica de Suca 13. En primer plano algunos bloques con petroglifos del Sector B, en el centro las evidencias arquitectónicas rectangulares del Sector A.

Panorama of Suca 13. In the foreground are panels with petroglyphs from Sector B, and in the center are rectangular architectural structures the Sector A.

Sector A: Se emplaza sobre una pequeña terraza saliente de la ladera. Comprende dos grandes unidades arquitectónicas (UA) de patrón rectangular con subdivisiones internas y cuyos muros no superan los 50 cm de altura (Figuras 4 y 5). Fueron construidas mediante muros pircados de doble hilera con un relleno central (arena, paja y gravilla), alcanzando un ancho promedio de 90 cm. Se registraron vanos de entrada, de unos 70 cm, generalmente demarcados por dos jambas compuestas por grandes piedras planas dispuestas verticalmente.


Figura 5. Detalle de las unidades arquitectónicas de Suca 13, Sector A.

Detail of architectural units from Suca 13, Sector A.

La UA 1 se encuentra inmediatamente adosada a la ladera ascendente (Figura 5) por lo que su muro norte fue reconstruido para contener la caída de áridos desde la ladera. Esta unidad mide 21 m de largo y presenta en su interior tres subdivisiones rectangulares internas. La subdivisión poniente se orienta de manera opuesta a las dos restantes ubicadas al oriente, además las subunidades van disminuyendo su área desde el oeste hacia el este. Al interior de las subdivisiones se registraron evidencias de postes y material arrumado que alcanza 90 cm de altura.

La UA 2 se encuentra separado de UA 1 por un pasillo de 2 m de ancho por donde atraviesa el sendero que viene desde Suca 7 (Figura 5). Esta segunda unidad arquitectónica es levemente más pequeña (17 m de largo), y presenta dos subdivisiones. La subunidad poniente es de mayor tamaño y presenta pequeñas estructuras adosadas, una de ellas se proyecta al sur como un apéndice y presenta un pequeño bloque grabado, con tres líneas serpentiformes muy delgadas. En tanto, la subunidad oriente posee muros incompletos, destruidos o tapados por el material arenoso de la ladera.

Los pozos de sondeo realizados en el interior de ambas unidades arquitectónicas sólo nos permitieron determinar que el relleno de arena, posterior al abandono de los recintos, alcanzó en ciertos sectores unos 70 cm de profundidad.

Sector B: Se ubica en la ladera rocosa de la quebrada, ascendiendo hacia el nordeste y noroeste desde el Sector A. En este lugar se localizan 40 bloques grabados. Los otros bloques de Suca 13 se encuentran agrupados en un sector pequeño situado al occidente. En la parte inferior del principal conjunto de bloques, se registró una estructura rectangular, de características constructivas más toscas que las del Sector A. Presenta muros de una sola hilera de piedras apiladas sin utilización de argamasa, y mide 16 m de largo, dividido en dos subunidades. La presencia de una gran cantidad de guano y paja en su interior sugiere que estas construcciones fueron usadas a modo de corrales, en un período posterior al uso de las unidades del Sector A. En varias piedras que conforman los muros de esta unidad se apreciaron múltiples grabados representando figuras antropo y zoomorfas lineales y dos camélidos, además de otros signos geométricos no identificables.

Adosada a la misma unidad, detrás de un gran bloque en la esquina nordeste, se reconoció otra estructura circular pequeña de 1 m de diámetro, con un muro construido mediante una hilera de piedras. Al estar completamente rellena por arena, no fue posible determinar su funcionalidad. Además, se registró una especie de altar de piedra con una cruz de madera y restos de flores de papel, utilizado para la actual festividad de la Cruz de Mayo.

CERÁMICA

Se presenta un análisis a nivel macroscópico de la cerámica superficial recolectada solamente en los Sectores A y C de Suca 7 y el Sector A de Suca 13, puesto que los sectores que concentran petroglifos en ambos yacimientos no presentaban ningún resto cultural en superficie. En estos términos, la muestra de 245 fragmentos es muy pequeña para elaborar una tipología específica para los yacimientos de Suca, por tanto, nos basamos en clasificaciones establecidas para el valle de Lluta y la precordillera de Arica (Romero 2002). La evidencia en Suca presentaría ciertas diferencias con la tipología original, principalmente porque se ubica en el valle más meridional, antes del desierto de Tarapacá, donde se ha descrito una formación política independiente durante el período Intermedio Tardío, denominada Complejo Pica-Tarapacá (Schiappacasse et al. 1989).

Dentro de este esquema, en Suca 7 y 13 se distinguieron 6 estándares de pasta (Varela et al. 1993). El estándar 210, corresponde a pastas de antiplástico muy fino, casi imperceptible, con cocción completa presentando un tono naranja y generalmente de superficies pulidas. Daría cuenta de alfares producidos en el altiplano. Del mismo modo, el estándar 220 engloba pastas de antiplástico fino de cuarzo anguloso y escasa densidad, cocción completa y color naranja. También corresponderían a piezas confeccionadas en las tierras altas. En los Valles Occidentales el estándar 210 se asocia generalmente a cerámicas con iconografía del período Tardío (Inca o Saxamar), en cambio el estándar 220 corresponde a cerámicas de la tradición negro sobre rojo, especialmente Chilpe (Romero 2002).

El estándar 500 de Suca corresponde a pastas con desgrasante preferentemente blanco en cantidades medianas y densas, de matriz de color café y superficies alisadas. Tanto en Suca como en los valles septentrionales esta pasta se asocia a piezas recubiertas con un engobe rojo burdo, que han sido adscritas a poblaciones de precordillera (Muñoz y Santos 1998; Santoro et al. 2003). El estándar 700 consiste en un estándar escasamente representado en los valles y precordillera de Arica, caracterizado por una matriz de color café claro que, en Suca, se asocia al engobe rojo burdo.

Los mayores problemas de asociación cultural los tenemos con el estándar 400, al igual que en el valle de Lluta, corresponde a pastas con desgrasantes blancos, negros y grises en densidad mediana a alta. En Suca, la diferencia radica en un color de la matriz café o gris, y una superficie preferentemente alisada y brochada. Además, en Suca no se asocia a ninguna decoración o estilo particular, encontrándose escasos ejemplos de engobe o líneas rojas. Se trata de una diferencia significativa si se considera que en los valles del norte existe una alta correlación de este tipo de estándar con los estilos San Miguel y Pocoma (Romero 2002).

Finalmente, fragmentos correspondientes a cerámica posthispana, evidenciada por el uso de torno, registrados preferentemente en Suca 7, Sector C, fueron descartados del análisis cuantitativo.

En términos generales, el estándar más frecuente en los yacimientos de Suca es el estándar 500 (44 %), seguido por el estándar 400 (31 %). Mucho menos frecuente es el estándar 220 (10 %). Esta distribución no es igual en cada uno de los tres sectores (Tabla 1). En Suca 7, Sector A, destaca el estándar 500 (51 %) y es mucho menor la proporción de estándar 400 (15 %) y 220 (11 %). En el Sector C, la pasta mejor representada también es el estándar 500 (33 %), pero seguido por el estándar 220 (26 %), y el estándar 700 (20 %). En Suca 13, la pasta más frecuente también es el estándar 500 (43 %), seguido muy de cerca por el estándar 400 (37 %). En este caso la representación del estándar 220 es relativamente importante (10 %).


Con relación a los fragmentos cerámicos decorados (Tabla 2, ver ejemplos en Figura 6), que alcanzan tan sólo un 17 % de la muestra, también observamos diferencias entre los yacimientos y sectores de Suca. En Suca 7, sector A, destacan los fragmentos con engobe rojos (N =14). En cambio en el Sector C, es decir, la parte alta de Suca 7, dentro de la escasa frecuencia cerámica es importante destacar la presencia de dos fragmentos con decoración negro sobre rojo. Finalmente, Suca 13, presenta una importante presencia de fragmentos con decoración Chilpe (N =11) y otros con engobe rojo (N =6).


A pesar de una pequeña muestra recolectada, destaca en este análisis la relativa diferenciación de los grupos sociales que pudieron ocupar los asentamientos. En primer lugar, la escasa frecuencia cerámica en Suca 7, Sector C, en conjunto con lo improvisado de su arquitectura, da cuenta de una ocupación de mucha menor densidad que los otros sectores analizados.


Figura 6.Cerámica con decoración estilo Chilpe o Chilpe-Carangas: (a) Suca 13A, recinto 4; (b) Suca 7C; (c) y (d) Suca 13A, basural.

Ceramics with style decoration Chilpe or Chilpe Carangas style decoration: (a) Suca 13A, room 4; (b) Suca 7C; (c) and (d) Suca 13A, midden.

Si derivamos nuestros antecedentes de la cerámica y su reproducción social en los valles septentrionales, Suca 7, sector A, da cuenta de una ocupación ligada preferentemente a sociedades de precordillera, donde priman piezas con pastas con desgrasante blanco y recubiertas con engobe rojo, y en mucho menor medida pastas altiplánicas. En cambio, Suca 13, presenta una distribución de pastas que dan cuenta de una interacción más intensa, donde pastas de tierras interiores (estándar 500) aparecen en conjunto con pastas arenosas, esta vez no adscribibles a los desarrollos regionales costeros, sino que sugerimos su adscripción al complejo Pica-Tarapacá, dado su color de pasta y el característico brochado de su superficie (Ayala y Uribe 1995). Pero en este escenario de interacción a nivel local, la cerámica negro sobre rojo se presenta como un bien exótico dentro de la quebrada y especialmente en Suca 13.

ARTE RUPESTRE

La totalidad de los grabados de Suca 7 y 13 fueron realizados mediante la técnica de piqueteado, variando desde un punteado fino hasta muy grueso, y con distintas profundidades. La realización de figuras aprovechó el color rojizo del soporte rocoso, logrando que las representaciones sobresalgan en un color más claro que el de los bloques.

La descripción y comparación de las manifestaciones rupestres de Suca 7 y Suca 13 se basan en las categorías de motivos inicialmente definidas en el yacimiento de Tarapacá 47 (Núñez y Briones 1967-68), las cuales han sustentado la mayoría de las descripciones rupestres del norte de Chile, y en específico, los análisis iniciales en Suca (Chacama 2003). La Tabla 3 resume la distribución de las categorías de motivos en los dos sitios.


Suca 7

Los bloques se disponen sobre un afloramiento rocoso de pendiente abrupta que rodea la terraza del Sector A de Suca 7, y en especial la formación orográfica denominada colina. Tanto desde la explanada como desde la colina, este conjunto de rocas grabadas se muestra como un anfiteatro, como un inmenso "retablo", en el cual ciertas figuras (hombres-cóndores, músicos y otros personajes ricamente ataviados) ocupan un lugar central.

Destaca la presencia de diseños geométricos (44,6 %). Entre ellos, sobresalen particularmente los diseños definidos como líneas serpenteadas (que bien podrían corresponder a representaciones de serpientes dentro de la categoría zoomorfa, pero que por precaución separamos), distintos tipos de círculos, además de puntos (Tabla 3). También destacan los diseños rectangulares con apéndices por los cuatro costados (definidos como composiciones siguiendo a Chacama 2003), que recuerdan fuertemente ciertos textiles (Figura 7b, detalle), como ha sido señalado para algunas representaciones de la cuenca del río Salado en la región de Antofagasta (Sinclaire 1997).


Figura 7. Diseños rupestres de Suca 7: (a) Bloque 11, motivos antropomorfos simétricos; (b) Bloque 19, “hombre-cóndor” y detalle de figura geométrica; (c) Bloque 15, “músicos”; (d) Bloque 21, “hombre-cóndor”.


Rock art Suca 7 designs: (a) Block 11, symmetric anthropomorphic motives; (b) Block 19, “man-condor” and detail of a geometric shape; (c) Block 15, “musicians”; (d) Block 21, “man condor”.

Sin embargo, aunque los diseños geométricos constituyan la mayoría de los grabados, más relevantes parecen ser, las figuras antropomorfas (30,4 %). Sean éstas con escasos o ningún atuendo, se presentan en actitudes dinámicas (músicos y danzantes, Figura 7c), o bien representan "hombres cóndores", ricamente ataviados y dibujados de frente simétricamente (11,5 %, Figuras 7a, b y d). Este último conjunto de figuras se sitúa en primer plano, pues además de su relativo gran tamaño, que permite su alta visibilidad desde la parte inferior de la ladera, su reproducción masiva revela un significado particular en Suca 7.

En el caso de las figuras zoomorfas (25 %), estas aparecen generalmente aisladas, o bien si se hallan sobre bloques con otras figuras no parecen conformar ningún tipo de escena particular. Es así como no se observan representaciones de camélidos atados o con cargas que nos remitan al tráfico caravanero (Núñez y Briones 1967-68; Núñez 1985).

Suca 13

Los bloques grabados se disponen mayoritariamente en el sector B de Suca 13, en un afloramiento rocoso disperso sobre una ladera abrupta.

En Suca 13, al igual que en Suca 7, los diseños geométricos son también mayoritarios (58,3 %)3. Acá destacan igualmente las figuras basadas en círculos y las líneas serpenteadas. Es común hallar grandes paneles con múltiples grabados geométricos, donde se puede evidenciar un uso y reutilización recurrente de algunos bloques (Figuras 8d y 8f), observación que no se aprecia en Suca 7, donde los motivos se presentan aisladamente en cada panel o bloque (Tabla 3).


Figura 8. Diseños rupestres de Suca 13: (a) Bloque 47, camélidos de pezuñas destacadas; (b) Bloque 34, camélido con pezuñas destacadas; (c) Bloque 40, figuras antropomorfas atacando a aves alto-andinas; (d) Bloque 17, motivos geométricos abstractos y punteado; (e) Bloque 10, antropomorfos con camélidos atados; (f) Bloque 32, diseños serpentiformes, líneas y puntos; (g) Bloque 37, personajes enfrentándose con arcos y flechas.

Rock art Suca 13 designs: (a) Block 47, camelids with highlighted hoofs; (b) Block 34, camelid with highlighted hoofs; (c) Block 40, anthropomorphic figures attack to highland birds; (d) Block 17, geometric abstract motives and dotting; (e) Block 10, anthropomorphs with tied camelids; (f) Block 32, serpentine designs, lines and dotted designs; (g) Block 37, characters that are attacked with bows and arrows.

Respecto de las figuras antropomorfas (19,5 %) también hay diferencias. Si bien, acá se observan algunas representaciones de hombres cóndores, los grabados de figuras conocidas como arqueros son los más recurrentes (5,5 %, Figuras 8c y g). Además, estas representaciones suelen asociarse en un mismo panel a figuras de aves, de patas largas y delgadas (Figura 8c), asignables a parinas (Phoenicopterus sp.) o suris (Rhea sp.). Su presencia es particularmente relevante al hallarse representadas en un piso ecológico ajeno a su hábitat natural, ya que se trata de aves altoandinas.

Otras escenas recurrentes, que no fueron identificadas en Suca 7, se refieren a paneles que relacionen figuras antropomorfas de frente sin rasgos de animación con camélidos (Figura 8e). Además, en algunos casos los camélidos portan cargas sobre sus lomos. Estas escenas tienen directa relación con el tráfico de caravanas (Núñez 1985). Apoyan esta relación la frecuencia de motivos geométricos asociados con huellas de camélidos (Figura 8f) y camélidos con pezuñas destacadas (Figuras 8a y b).

Otro motivo reconocido son las denominadas chacras o líneas rectas simétricas asociadas a líneas serpenteadas y puntos que representarían sistemas de regadío (Figura 8d, Briones et al. 1999). Las líneas extremadamente sinuosas o aberrantes también son mucho más frecuentes en Suca 13, denotando una recurrencia en el uso de los bloques (Figura 8f).

DISCUSIÓN: RITUALIDAD Y TRÁFICO EN SUCA

A pesar de su proximidad y de compartir senderos de movilidad, las evidencias arqueológicas de los sitios Suca 7 y Suca 13 permiten definir grandes contrastes entre ellos. Suca 7, en especial los Sectores A y B, se encuentran en un espacio parcialmente cerrado y relativamente escondido detrás de una pequeña colina que forma un hito particular del paisaje, y le confiere al emplazamiento un indudable valor simbólico. Se observan, además, diversas estructuras y rasgos que evidencian una ocupación relativamente efímera. Destaca un pozo revestido de piedra de posible origen funerario, reocupado como silo. La cerámica permite identificar una ocupación de una comunidad mayoritariamente de origen local (cerámica de pasta estándar 500), vinculadas a las poblaciones descritas para la precordillera de Arica (Santoro et al. 2003).

El emplazamiento de los bloques grabados dominando visualmente la explanada y la colina, un rasgo que distingue al lugar, así como el tipo de motivos representados confieren un significado particular al sitio. Entre las figuras grabadas predominan las representaciones de "hombres-cóndores", músicos, danzantes, todos ellos de grandes dimensiones y dispuestos en bloques con alta visibilidad.

Las representaciones del "hombre-cóndor" u hombres representados de frente con varios elementos de atuendo, han sido interpretadas como representaciones de Tarapacá o Tunupa (Chacama y Espinosa 1997), deidad ordenadora del mundo, desde la región altiplánica hacia el norte de Chile (Bouysse Cassagne 1997:173; Wachtel 1990:536)4. La relación entre la ruta de Tunupa y las rutas de caravanas permite sustentar una posible función simbólica de los sitios de arte rupestre, donde se evidenciaría "un patrón de intercambio-colonizador con función sociopolítica en que la expansión Tiwanaku tiene importancia" (Chacama y Espinosa 1997:788). Siguiendo los planteamientos sugeridos por Chacama y Espinosa (1997) en relación a la figura del "hombre-cóndor", la representación de deidades asociadas a Tiwanaku, la posibilidad de un espacio funerario y un conjunto de rasgos de materialidad local podrían hacer referencia a ritos de "fundación", de apropiación de un espacio particular. La presencia de representaciones de músicos o danzantes confirman un carácter eminentemente ceremonial de Suca 7 (Espinosa 1996). Más allá de las representaciones, el emplazamiento de los bloques en una especie de "anfiteatro" es un argumento más a favor de esta interpretación. Este altar o "retablo" daría cuenta de algún tipo de diálogo simbólico entre hombres y deidades, mediado por ritos en el cual participan representaciones míticas sobre un paisaje cultural donde destaca la colina, una formación orográfica particular, asimilable simbólicamente con los mallku, de gran importancia en la ritualidad andina5. Las características de Suca 7, su reiterada representación de falcónidas y su particular arreglo orográfico, nos sugerirían una apropiación ritual del territorio. Las escasas evidencias cerámicas y arquitectónicas dan cuenta que dicha apropiación mítica y ceremonial habría sido realizada por poblaciones de la precordillera y el desierto.

Suca 13, en cambio, ocupa un espacio abierto con gran visibilidad hacia el sur y el poniente. Los restos de recintos arquitectónicos rectangulares de construcción bien elaborada dan cuenta de una ocupación planificada. Además, la presencia de restos malacológicos costeros y cerámica altiplánica nos permite sugerir para Suca 13 la existencia de una función vinculada al tráfico de larga distancia. Podemos agregar el Sector C de Suca 7 dentro de la actividad caravanera de Suca 13, caracterizado por una dispersión de materiales culturales en superficie y una pequeña estructura rectangular que recuerda a las estructuras de muro-y-caja descritas en el Alto Loa.

Al igual que en el Alto Loa, en Suca 13 estas evidencias se caracterizan por una particular ubicación dentro del paisaje cultural. Berenguer (2004), menciona que se hallan siempre en espacios separados de otras áreas de actividad, lo cual denota una intención de delimitar simbólicamente el acceso al espacio de muros-y-cajas, usando de preferencia lugares altos, "localizaciones con una amplia visión del entorno" (Berenguer 2004:398). Este conjunto de características ha servido a Sinclaire (1994) y Berenguer (2004) para señalar que se trata de espacios ceremoniales relacionados directamente con "rituales de viaje practicados por caravaneros en tránsito" (Berenguer 2004:401).

Las evidencias de Suca 13 y Suca 7 sector C, supondrían la existencia de un pequeño "puesto estratégico" que sirvió como "sitio de trasvasije" o "de apoyo logístico"6 en actividades de intercambio de larga distancia. Suca 13 se convierte en un punto intermedio en los circuitos entre la costa y las tierras altas. Este planteamiento de funcionalidad relativa a la interacción económica y social se respalda además con el análisis de la cerámica. En Suca 13, las proporciones cerámicas darían cuenta de relaciones entre comunidades locales de precordillera y del desierto meridional (Complejo Pica-Tarapacá) (cerámica de pastas estándares 500 y 400), con otras sociedades altiplánicas (pastas estándares 220 y 210). La presencia de cerámica decorada altiplánica (Chilpe o Chilpe-Carangas) y la ausencia de cerámica de la Cultura Arica podría evidenciar particulares esferas de interacción y prestigio que estarían funcionando en Suca 13, donde habrían intervenido intereses de las comunidades locales y también énfasis regionales de intercambio y movilidad. Más aún, una importante frecuencia de cerámica altiplánica y una arquitectura sin precedentes en la quebrada dejan abierta la posibilidad que personeros altiplánicos estén a cargo del tráfico en Suca.

En este contexto, las manifestaciones rupestres de Suca 13 permiten reforzar estas interpretaciones. Son frecuentes los motivos ligados a tráfico, tales como camélidos cargados, hombres asociados a camélidos, camélidos con grandes pezuñas y huellas de camélidos. Destacan también las escenas de enfrentamientos ya sea entre hombres u hombres "atacando" aves probablemente altiplánicas, tales como suris y parinas. Es posible que tales diseños señalen una solución simbólica a conflictos sociales o políticos ocurridos por la interacción entre las sociedades locales con sociedades meridionales (Complejo Pica-Tarapacá) y altiplánicas7, éstas últimas representadas por las aves altoandinas. Estas acciones definirían un posible interés, por parte de los grupos involucrados, por apropiarse política e ideológicamente de un espacio de encuentro e interacción entre diversas poblaciones.

Otro fenómeno interesante es la profusión de grabados en los bloques de Suca 13, donde lo importante no es el diseño final, sino el acto individual de esculpir en piedra, que en conjunto con los diseños señalan una reiterada actividad votiva, posiblemente ligada al imaginario productivo ya sea agrícola como caravanero (van Kessel 1976).

CONCLUSIONES

Con este trabajo hemos contribuido a la reflexión sobre las manifestaciones rupestres del norte de Chile y el tráfico de caravanas. Nos centramos en la relación entre asentamientos, paisaje y ritualidad dentro del sistema de la movilidad caravanera y tráfico local. Siguiendo a Berenguer (1994a, 2004), sostenemos que el planteamiento conceptual de la movilidad giratoria es un buen punto de partida para avanzar, por un lado, en el entendimiento de la interacción de las poblaciones del sur andino; y, por otro lado, en el entendimiento de los aspectos de la ritualidad ligadas al tráfico.

También sostenemos que la exploración de quebradas secundarias puede ser tan relevante como el estudio de los valles mayores (p.ej. Azapa, Camarones, etc.), para comprender más plenamente los procesos socioculturales de la prehistoria del Norte Grande. Planteamiento similar ha sido propuesto en el Alto Loa por Berenguer (2004), quien apela por un mayor énfasis en el estudio de los espacios elongados de los circuitos giratorios, situados entre los asentamientos-ejes.

La relación entre arte rupestre y tráfico de caravanas ha sido ampliamente aceptada, sin embargo, vemos que la relación es mucho más compleja y requiere del entrecruzamiento de la mayor cantidad de información disponible. El arte rupestre como imagen visual sirve para denotar la apropiación cultural de un espacio natural, organizándolo conceptualmente, en donde el mensaje transmitido no tiene una relación exclusiva con el tráfico caravanero (Muñoz y Briones 1996). Sin embargo, a través de este tipo de movilidad se efectúan diversos grados de influencias entre diferentes grupos (Berenguer 1994b), y, con esto, la transferencia de los mensajes más elaborados.

En definitiva hemos descrito la coexistencia en un mismo espacio de ocupaciones prehispánicas con diferentes participaciones dentro del tráfico prehispánico. Suca 7, con una serie de evidencias que muestran el interés de poblaciones locales en la elaboración de un espacio sagrado, da cuenta de un área de eminente función microrregional, relacionada con los procesos culturales específicos ocurridos en el interior de la quebrada mediante la apropiación de determinados espacios (Sepúlveda et al. 2003). La presencia de otros 14 sitios con manifestaciones rupestres en el sector medio de la quebrada de Suca evidencia una ocupación intensiva, que aún no podemos precisar.

En tanto Suca 13, en conjunto con Suca 7C, poseen una serie de rasgos que indican una participación más activa en el tráfico caravanero, como asentamiento intermediario de los circuitos realizados entre asentamientos ejes principales dentro del modelo de la movilidad giratoria.

Entonces, se reconoce, desde el arte rupestre y otros rasgos culturales, que ambos sitios marcan una apropiación ceremonial de un espacio en relación a dos tipos diferentes de actividades o interacciones. Estas apropiaciones se hacen bajo distintas normas y/o lógicas, expresadas en las diferentes manifestaciones arqueológicas presentes en cada caso. En la quebrada de Suca, independiente de la relativa baja densidad de sus yacimientos arqueológicos, se presenta como un punto de conexión (Sepúlveda et al. 2003), cuya importancia cultural no radica en la frecuencia o duración de la ocupación humana en términos físicos y de deshechos, sino en el diálogo constante y disputa ideológica por medio de diseños visuales y la transformación cultural del paisaje.

Agradecimientos: A quienes compartieron trabajo en Suca: Rolando Ajata, Rosa Álvarez Juan Chacama, Carlos Mondaca, Raúl Rocha y Daniela Valenzuela. A los editores de Chungara, a los evaluadores anónimos del manuscrito, y a los no anónimos don Oscar Espoueys y Patrice Lecoq, todos ellos buscaron mejorar la calidad de esta entrega. Resultado proyecto FONDECYT 1020491.

 

NOTAS

1 El modelo de la movilidad giratoria (Núñez y Dillehay 1995) fue planteado como una alternativa de explicación de los procesos de interacción e intercambio ocurridos en el área Centro Sur Andina, tras los modelos de "verticalidad" de Murra (1975, 1985a y 1985b) y el "modo altiplánico" de Browman (1984). La verticalidad, formulada a partir de textos etnohistóricos, implicaba la existencia de grupos de colonos enviados a diversos pisos ecológicos para la explotación directa y la obtención de recursos variados. El modo altiplánico, basado en estudios etnográficos y arqueológicos, en cambio, insistía mayoritariamente sobre la existencia de alianzas establecidas por distintos grupos especializados en una actividad productiva particular, pero coexistiendo en un mismo espacio. Las alianzas se establecerían a nivel regional, pero también entre diversos grupos socioculturales, formando alianzas interétnicas. El modelo de la movilidad giratoria fue formulado a partir de diversas evidencias arqueológicas integradas dentro de un principio flexible de ingeniería mecánica. En él los autores pretendieron integrar los diversos mecanismos de movilidad planteados en los modelos de la verticalidad y modo altiplánico, como formas de interacción complementaria entre grupos móviles y sociedades sedentarias, ubicadas en diferentes zonas ecológicas (Núñez y Dillehay 1995:24).

2 Todas las georreferencias corresponden al sector 19 del Datum Provisorio Sudamericano de 1956.

3 Cabe hacer notar que en Tarapacá- 47 las categorías de diseño representaron similares proporciones (Núñez y Briones 1967-68).

4 Los trabajos de Wachtel (1990) y Bouysse Cassagne (1997) analizan varias fuentes etnohistóricas referentes a los mitos de Tunupa, Tarapacá y Viracocha. Sus estudios deducen una asimilación o confusión recurrente de dichas deidades y de sus historias, perdurando inclusive en la época colonial. El estudio realizado por Chacama y Espinosa (1997) analiza y compara las representaciones de hombres-cóndores en relación a la figura del Señor de los Báculos de la Puerta del Sol de Tiwanaku. En nuestro trabajo adherimos a sus conclusiones, sin entrar en mayores detalles sobre su análisis, el cual nos alejaría del tema central de este trabajo. Sin embargo, pensamos que un análisis más detallado de la distribución de dichas representaciones en los sitios del norte de Chile, podría permitir evaluar el avance de una iconografía de origen altiplánico en tierras bajas, o el contacto entre poblaciones locales desérticas y grupos foráneos.

5 Existe una amplia constatación etnográfica y etnohistórica de la importancia de los cerros en la ritualidad andina, del mismo modo existen autores que la profundizan hasta sociedades prehispánicas (Berenguer et al. 1984; Reinhard 1983, entre otros).

6 Dada la presencia de cerámica post-hispánica en el sector C de Suca 7, es posible que el uso de dicho lugar como "sitio de apoyo logístico" pudo perdurar hasta tiempos coloniales.

7 En otra ocasión hemos señalado que tales representaciones, en el contexto de la Cultura Arica, representan enfrentamientos rituales (Romero 1996). Los escasos antecedentes que disponemos sobre Suca nos indican la posibilidad de conflictos reales durante el Intermedio Tardío.

 

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Recibido: marzo 2004. Aceptado: julio 2005.