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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.36  supl.espec. t1 Arica sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562004000300030 

 

Volumen Especial, 2004. Páginas 277-281
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO OCUPACIONES INICIALES DE CAZADORES RECOLECTORES
EN EL SUR DE CHILE (FUEGO-PATAGONIA Y ARAUCANÍA)

COMENTARIO AL SIMPOSIO OCUPACIONES INICIALES DE CAZADORES RECOLECTORES EN EL SUR DE CHILE (FUEGO-PATAGONIA Y ARAUCANÍA)

 

Tom D. Dillehay*

* Department of Anthropology, University of Kentucky, Lexington, Kentucky, USA.


La arqueología del período Arcaico en el área Gran Sur de Chile (GSC) ­tal y como fue tratada en este simposio, desde el Río Bío-Bío a Tierra del Fuego y sin implicar ninguna afiliación cultural entre subáreas­ en muchas regiones está todavía en su fase exploratoria, por lo que el descubrimiento de sitios, la construcción de cronologías, el inventario de rasgos de artefactos, el reconocimiento descriptivo de patrones, la afiliación cultural y los sumarios interpretativos son los temas dominantes de estudio. Por esta razón, las ponencias presentadas en este simposio son síntesis regionales de investigaciones recientes que describen cronologías cerámicas, patrones de subsistencia y asentamiento y estilos de artefactos, en lugar de estudios teóricos integradores orientados por problemas. Esta clase de sumarios interpretativos y de reconocimiento de patrones, detallados y penetrantes, son necesarios en el GSC, dado que sólo han pasado cerca de diez años desde que un número mayor de arqueólogos (alrededor de 15) han comenzado a poner seria atención en el área. Cada una de las síntesis regionales de este simposio ha producido la mejor clase de texto, que expresa el contenido intelectual del campo a la vez que presenta a los lectores los datos con los que evaluar las ideas e interpretaciones con las que luchan todos los arqueólogos que trabajan en el área. Pero éste no es un simposio sólo para los arqueólogos que ya están trabajando en la región. Aquellos arqueólogos que quieran comprender el área GSC o que quieran trabajar allí pueden beneficiarse mucho al leer estas ponencias. La mayoría de las subáreas principales del GSC donde se ha hecho arqueología están consideradas en estas ponencias y los sitios enumerados por los autores representan una categoría prácticamente exhaustiva de los más importantes sitios estratificados arcaicos. Los datos provenientes de sitios importante están sintetizados en forma de viñetas, relativamente breves, que incluyen descripciones del ambiente físico, historia de investigación, estratigrafia y fechado, rasgos, restos florales y faunísticos y breves sumarios e interpretaciones de cada uno de esos sitios.

El período Arcaico es importante porque cubre lo ocurrido desde el fin del Pleistoceno hasta el Holoceno tardío, cuando en algunas subáreas se formaron culturas cerámicas y grupos más complejos, presumiblemente sedentarios. Como es dable esperar, el abordaje dominante en todas estas ponencias es el cambio tecnológico y económico, con énfasis en las relaciones entre los seres humanos y sus ambientes. Con estas ponencias, a uno le queda la clara impresión de que existió un amplio espectro de cazadores, recolectores y ­a lo largo de la costa­ pescadores, tanto en períodos tempranos como tardíos, aun en aquellas áreas donde el registro arqueológico no se ha preservado bien y donde poco trabajo se ha hecho hasta la fecha. Brevemente voy a discutir cada ponencia, para luego ofrecer algunos comentarios generales.

Las ponencias de Víctor Bustos y Nelson Vergara para la Bahía de Concepción y de Daniel Quiroz y Marco Sánchez para la costa de Concepción-Arauco, más al sur, confrontan la empobrecida costa oceánica de mediados del Holoceno. Estos autores señalan el impresionante abanico de evidencia que existe sobre conchales arqueológicos que se remontan desde los tiempos históricos hasta cerca de 6.500 a.p. Muchos de estos sitios parecen exhibir evidencias de una explotación de los recursos marinos de tipo multiestacional o anual, lo que sugiere o asentamientos relativamente semipermanentes o el territorialismo en tiempos tardíos.

En su mayor parte, la ponencia de Bustos y Vergara incluye un reestudio de sitios costeros bien conocidos (p. e. Bellavista 1) excavados por Zulema Seguel y Orlando Campana en la Bahía de Concepción y en el Golfo de Arauco, junto a una discusión de localidades recientemente descubiertas y excavadas, con el sitio más temprano habiendo sido fechado alrededor de 4.600 a.p. Lo que hace importantes a estos sitios, más allá de las descripciones sobre la subsistencia, la tecnología o los patrones de asentamiento, es la información poten-cial que ofrecen sobre la adaptación humana a los cambios geomorfológicos de ascenso y descenso de los niveles marinos. Este efecto probablemente no sólo produjo variadas clases de adaptación a los cambiantes microhábitats a lo largo de la costa, sino también nuevos tipos de estrategias costeras e interiores. Bustos y Vergara también ofrecen varias visiones útiles sobre la aparición y frecuencia a largo plazo de tipos específicos de recursos, como la ostra en el sitio de El Visal, las que deben ser consideradas cuando se examinan las cambiantes estrategias de la adaptación costera.

La ponencia de Quiroz y Sánchez está enfocada en la tecnología, la subsistencia y los patrones de asentamiento en sitios arcaicos de la Isla Mocha y en varios otros a lo largo del frente costero continental. Su estudio muestra una ocupación humana temprana alrededor de 6.200 a.p., pero como los mismos autores lo señalan, hay conchales al norte del Río Maule que han sido fechados más temprano, alrededor de 7.500 a.p. Yo me inclino más bien a pensar que los conchales más tempranos y los sitios costeros en general son más escasos y arqueológicamente menos frecuentes y más difíciles de encontrar, en lugar de que estén simplemente ausentes por completo, quizás con su mayor visibilidad arqueológica dándose entre los 7.000 y los 4.000 años atrás. Sin embargo, el que está mejor representado al sur del Río Bío-Bío es el período tardío posterior a los 4.000 años atrás. Como lo señalan estos autores, para entonces los bien desarrollados cazadores-recolectores y pescadores habían desarrollado y explotado recursos complementarios a lo largo de la costa, en estuarios y lagos cercanos y en bosques ubicados bien hacia el interior.

Una de las interesantes observaciones que hace Ximena Navarro en su estudio sobre la costa cercana a Valdivia es su clasificación de varios tipos de adaptaciones tecnoeconómicas de litoral, incluyendo las restringidas a ciertos litorales marginales, las de playas expuestas o terrazas bajas cercanas al mar y las asociadas con las zonas interiores. Estos patrones deberían de aparecer ­y aparentemente lo hacen­ en el tipo y frecuencia de los recursos económicos y en sitios ubicados en esas áreas. Quizás debido al trabajo de largo plazo llevado a cabo por Navarro, ella ha sido capaz de aplicar un modelo espacial y económico sofisticado, para explicar así la variabilidad arqueológica, la visibilidad y la casi invisibilidad del registro local.

Su ponencia me hace pensar que el establecer una tipología de sitios para cada uno de estos modos ­quizás en la línea del modelo de movilidad logística y residencial de Binford­ resultaría útil para integrar la función, la cronología y la ubicación de sitios. Tengo la sospecha que, una vez que ciertos grupos establecieron zonas económicas complementarias en el interior y a lo largo de la costa, quizás comencemos a ver asentamientos más permanentes, en ubicaciones restringidas a lo largo de grandes y pequeñas fuentes de agua y de áreas de bahía. Sospecho también que hay áreas a lo largo de la costa que se caracterizan por una densidad de ocupación baja. Las razones para esto pueden incluir bosques pobres en alimentos en el interior inmediato y un ambiente estuarino empobrecido por niveles marinos rápidamente crecientes. En resumen, el artículo de Navarro da una muy buena idea del desarrollo histórico de la región y muestra cómo la densidad y distribución de los sitios arcaicos afectó hasta a los asentamientos subsiguientes.

La ponencia de Leonor Adán y sus colegas que trabajan en los territorios boscosos y lacustres de la Novena Región ofrece nuevos datos paleoecoló-gicos regionales para ayudar a reconstruir los poco conocidos ambientes y estructura de recursos de la precordillera en las cercanías del sitio Marifilo I en el Lago Calafquén. Lo más significativo, sin embargo, es la larga secuencia estratigráfica del sitio, que documenta una ocupación cerámica muy escasa y otra arcaica muy extensa, que se remontan intermitentemente en el tiempo hasta cerca de 9.500 a.p.A pesar de que los sitios de Cueva Traful, Cueva Huichol y Cueva Epullán en el flanco oriental opuesto de los Andes en la Argentina datan de alrededor del mismo período, los niveles más profundos en Marifilo I constituyen la presencia humana más antigua a lo largo de la precordillera del Distrito de los Lagos chileno. Curiosamente, pocos artefactos líticos fueron reportados por Adán y sus colegas en este sitio precordillerano. ¿Dónde están las herramientas para explotar los recursos de los lagos?

En Marifilo I resulta de particular interés la aparente ausencia de ocupaciones humanas entre alrededor de 9.500 y 5.500 a.p. Este es un patrón que yo había deducido (pero lamentablemente no he publicado) para aproximadamente el mismo período a partir de estratos culturalmente estériles en la Cueva Colico en la IX Región y en varios sitios al aire libre (p. ej. los sitios Trumao cerca de Río Bueno y Quele 6 en la X Región) que yo excavé en los años 70 pero nunca feché. Más aún, Mario Pino y yo sospechamos patrones similares en la estratigrafía de varios sitios a cielo abierto que conocemos a lo largo del drenaje del Río Maullín, al oeste de Puerto Montt, donde parece haber una notable ausencia, si no una redución, en la ocupación humana durante los períodos del Holoceno medio o el Arcaico temprano al medio. Varios otros autores en este simposio (Bustos y Vergara, Quiroz y Sánchez, Navarro) también señalan la ausencia o reducción de la ocupación humana a lo largo de la costa de Concepción, Arauco y Valdivia con anterioridad a ca. 6.200 a.p., que es también el momento de la ocupación inicial del sitio Conchal Piedra Azul cerca de Puerto Montt (ver Gaete y otros en este tomo). Esta reducción en la ocupación humana que se percibe en algunas subáreas durante este período seguramente esté relacionada tanto con sesgos de muestreo y problemas de visibilidad arqueológica como con causas ambientales y posiblemente sociales. Por ejemplo, es posible que conchales más tempranos, del Holoceno medio, preservados a lo largo de la costa dentro de los límites protectores de bahías sumergidas, no hayan sido hallados aún. Si menos gente estuviera presente en el área de GSC, o si estuviera concentrada en ciertos hábitats en lugar de en otros, sospecho que el vulcanismo y quizás la llamada Hipsitermal serían parcialmente responsables, particularmente en las áreas interiores. Al fin de cuentas, sí hay unos pocos sitios costeros fechados alrededor de 7.000 a 6.000 a.p. (ver Navarro en este tomo y la mención por Quiroz y Sánchez de sitios anteriores a 7.000 a.p. a lo largo de la costa central de Chile). Hasta que haya más datos ecológicos y arqueológicos sobre la ausencia, la reducción o la concentración de poblaciones en porciones preferenciales de ciertos hábitats del período Arcaico, estas nociones deben ser tratadas como hipótesis de trabajo que requieren más estudio.

La excavación por Gaete y otros del sitio Conchal Piedra Azul en el Seno de Reloncaví, cerca de Puerto Montt, ofrece importantes nuevas evidencias sobre la explotación aparentemente multi-estacional de plantas y animales, la segregación espacial de actividades, la tecnología y los patrones de enterramientos humanos. Está muy claro que este sitio tiene una historia compleja, con cambiantes usos locales. La discusión que hacen los autores sobre la excavación y su análisis de los datos son directos y muy informativos. Lo que más impresiona de este sitio es el amplio espectro de fauna terrestre y marina que explotaban sus ocupantes, y su tecnología, la que parece apelar tanto a elementos costeros como terrestres. Otra característica de este sitio es que nos da la oportunidad de distinguir entre la adaptación marítima del Pacífico exterior, a la que aluden las ponencias de Navarro, Bustos y Vergara y Quiroz y Sánchez, y la adaptación marítima al canal interior, a la que pertenece el Conchal de Piedra Azul. A pesar de que varios de los mismos tipos de organismos marinos (si bien con diferencias regionales) hayan sido explotados tanto en las áreas interiores como en las exteriores, es probable que algunas especies (p. ej. almejas, pájaros migratorios, leones marinos) aparezcan con frecuencias diferentes, en momentos diferentes, en localidades diferentes, debido a los efectos de los climas oceánicos en las áreas marítimas exteriores y de los climas de los canales en los sitios interiores. Las diferencias entre estos dos modos de adaptación económica ­solapados, pero al mismo tiempo distintos­ requieren más investigación. En este sentido, los autores aparentemente tendrían razón al referirse a los ocupantes del sitio como canoeros, que obtenían recursos a lo largo de las costas interiores y, en ocasiones, probablemente de las exteriores también. Igualmente significativa es la presencia aquí de varios esqueletos humanos, que suministran la única muestra esquelética moderadamente grande para estudios bioantropológicos en toda el área norte de los canales (ver Mena y otros para los canales sureños). Estos restos óseos seguramente se volverán más importantes a medida que se lleven a cabo más estudios de ADN mitocondrial para darnos una mayor comprensión de las afiliaciones biológicas y los eventos migratorios.

Carlos Ocampo y Pilar Rivas presentan nuevos datos arqueológicos y paleoecológicos sobre sus investigaciones en la Isla de Chiloé y en el área de Navarino, dándonos por tanto una visión más completa de los extremos norte y sur de los canales. Para Chiloé, ellos discuten el sitio Puente Quile, un gran conchal que data del Arcaico medio; para Navarino, los sitios Punta Guerrico y Caleta Segura. Además de discutir la tecnología, el clima y los patrones de subsistencia de estos sitios marítimos, los autores incluyen otros sitios en la región, donde han estado llevando a cabo prospecciones y excavaciones por varios años, para discutir modelos de cambio paleoclimático y las respuestas humanas a estos cambios. Los patrones humanos llevan a Ocampo y Rivas a sugerir modelos marítimos de movilidad de poblaciones en las áreas de estudio. Una vez más, sus investigaciones dirigen nuestra atención hacia la probable heterogeneidad en la tecnología de los patrones de subsistencia dentro de las diferentes subáreas de los canales, así como entre los extremos norte y sur de éstos y entre los canales y la costa del Océano Pacífico.

Mauricio Massone y Alfredo Prieto se concentran menos en el período Arcaico y más en la Modalidad Fell I del Pleistoceno tardío en Magallanes. Después de suministrar una buena revisión crítica de toda la investigación sobre sitios tempranos realizada en la región durante los últimos setenta años, los autores definen a la modalidad cultural Fell I como asociada con fauna extinguida y moderna, fogones en cubeta o de otras formas, una tecnología lítica distintiva ­subrayada por la punta "cola de pescado"­, herramientas de hueso retocadas, explotación de aves y otras piezas de caza menor y el uso de pigmentos de color. Otros varios rasgos útiles de esta ponencia son la ubicación de cada sitio en su configuración fisiográfica propia, para darnos una idea de la forma en que se aprovecharon de los recursos circundantes y una evaluación crítica de los contextos más profundos de los sitios adscritos a la Modalidad Fell I, particularmente en relación con los factores que formaron estos depósitos, tanto naturales como culturales ­un tema que no fuera tratado en demasiado detalle por Bird.

Con la excepción de Fell I, el conjunto de herramientas líticas es tal y como se esperaba ­generalizado y adaptado a una dieta de amplio espectro. En casi todos los sitios tempranos descriptos en la Patagonia meridional, ya sea a lo largo de la costa o en el interior, se encuentran pocas herramientas o núcleos formales y pequeñas a grandes cantidades de desecho constituido por rocas locales.

Vale la pena hacer algunas observaciones respecto a la ponencia de Massone y Prieto, basándonos en lo que sabemos sobre registros arqueológicos tempranos en el resto del mundo. Primero, es probable que no todas las ocupaciones tempranas en sur Patagonia pertenezcan a la modalidad de Fell I, si bien por el momento ésta es la dominante. Segundo, hasta que no se hayan excavado más sitios al aire libre, no tenemos otra alternativa que depender exclusivamente de sitios de alero o de cueva para definir las ocupaciones humanas más tempranas en la región. Más sitios al aire libre (particularmente a lo largo de la costa) podrían sugerir una historia diferente. Y tercero, deberíamos prestar más atención al registro arqueológico del Viejo Mundo, para darnos cuenta que las ocupaciones efímeras de entrada inicial a menudo se caracterizan por unos registros arqueológicos muy irregulares, quizás asociados con un fogón ­si acaso­, unas pocas lascas y uno o dos fechados de radiocarbono. Cabe esperar que estos pocos sitios ­o lentes en sitios­ y los restos culturales y fechados de radicoarbono aberrantes que estén asociados a ellos sean levemente más tempranos que la más visible modalidad. A pesar de que estoy de acuerdo con Massone y Prieto en que los fechados anteriores a 11.000 años de la Cueva de Fell, Tres Arroyos y otros sitios, por el momento no resultan muy confiables, deberíamos ser conscientes que la ocupación inicial en un área cualquiera puede no necesariamente estar representada por una presencia arqueológica diagnóstica, extendida y altamente visible como la "cola de pescado".

En resumen, las ponencias en este simposio presentan una importante estimación de la presencia humana a lo largo de la gran zona sur-central de Chile durante el período Arcaico, la que encaja con un escenario crecientemente más complejo de ocupaciones humanas a los ambientes del litoral Pacífico y a los del interior de Sudamérica en general. Sin embargo, existen un número de huecos en la arqueología del GSC, siendo quizás los más notorios la irregular cobertura geográfica de la región y en algunas áreas la falta de atención a los sitios al aire libre, pero estos puntos son claramente compensados por la tremenda cantidad de datos recientemente sintetizados. Más aún, a lo largo de este simposio hay un rico énfasis en el empiricismo, debido al menos en parte a que éste es un grupo de artículos que presentan resúmenes de datos, relativamente cortos pero detallados, provenientes de varias subáreas del área Gran Sur de Chile. Por momentos, sin embargo, este énfasis en el empiricismo obstruye la realización de síntesis más amplias que, donde los datos lo permitan, ayudarían a unir los registros ambientales y arqueológicos dentro de una subárea, o a ligar sub-áreas contiguas pero diferentes, como en los estudios de Bustos y Vergara, Quiroz y Sánchez y Navarro, los que son todos relativamente contiguos en el espacio. En cada una de estas ponencias debería de haberse hecho un esfuerzo mayor en relacionar los hallazgos propios con los de los demás.

Tendría muchas observaciones más que hacer acerca de puntos específicos de cada ponencia, pero es hora de cerrar este comentario y ofrecer una observación final. En el futuro, sería interesante examinar más de cerca el rol que jugaron la intensificación y la especialización en el desarollo de las sociedades marítimas a lo largo de la costa sur de Chile. Seguramente, en cierto momento del espectro temporal del Arcaico debe de haber surgido a lo largo de la costa una identidad étnica definida, asociada a la pesca y a los recursos marinos, que se desarrolló como respuesta a los efectos geomor-fológicos del ascenso en los niveles del mar. Igualmente, muchas de las discusiones aquí presentadas están impelidas por consideraciones tecnoambien-tales. No hay duda que el motor ambiental debe de haber impulsado gran parte del cambio económico y social. Pero debemos mirar también hacia otros factores que hayan podido impulsar y dirigir el cambio social y los variados grados de habitación al interior tanto de sitios individuales como de diferentes hábitats. También sería interesante que en el futuro diésemos una mirada más detallada a la estratigrafia cultural de los sitios descriptos en este simposio para determinar si eventos mayores y a veces catastróficos ­como El Niño y períodos de sequía­ tuvieron impactos diferentes en las poblaciones costeras y en las del interior. Finalmente, es necesario llevar a cabo más trabajo comparativo entre las diferentes subáreas del Gran Sur de Chile, y entre ésta y otras áreas a lo largo de la costa del Pacífico de Sudamérica.

Agradezco a los organizadores de este simposio la oportunidad de leer y de comentar en esta ponencia y a los autores contribuyentes por sus excelentes trabajos.

 

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