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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.36  supl.espec. t1 Arica sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562004000300028 

  Volumen Especial, 2004. Páginas 261-272
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO ARICA PASADO Y PRESENTE, UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA MULTIDISCIPLINARIA

TÚMULOS, IDELOGÍA Y PAISAJE DE LA FASE ALTO RAMÍREZ DEL VALLE DE AZAPA

 

Álvaro Romero G.*, Calogero M. Santoro**, Daniela Valenzuela R.*, Juan Chacama R.*, Eugenia Rosello N.* y Luigi Piacenza***

* Departamento de Arqueología y Museología, Universidad de Tarapacá, Arica, Chile. aromero@uta.cl
** Centro de Investigaciones del Hombre en el Desierto, Departamento de Arqueología y Museología, Facultad de Ciencias Sociales Administrativas y Económicas, Universidad de Tarapacá, Casilla 6-D, Arica, Chile.

*** Centro Italiano Studi e Ricerche Archeologiche Precolombine, Brescia, Italia.


En excavaciones realizadas en el clásico sitio AZ-70, cementerio San Miguel de Azapa, se lograron registrar los rasgos constructivos de un túmulo y el sustrato ceremonial de tales monumentos. Con estas evidencias se propone una interpretación alternativa de la Fase Alto Ramírez (600 a.C.- año 0) en el valle de Azapa, caracterizando a estas construcciones monumentales como importantes componentes ideológicos de modificación del paisaje y de representación del nuevo orden social de estas incipientes sociedades sedentarias y hortícolas.

Palabras claves: Túmulos funerarios, Valle de Azapa, período Formativo, período Intermedio Temprano, Fase Alto Ramírez.

Excavations in the classic Az-70 site, cemetery San Miguel de Azapa, was excavated to register the constructive characteristics of a ceremonial mound. Based on this evidence we propose an alternative interpretation of the phase Alto Ramirez (600 BC-0) in the valley of Azapa, characterized as ideological components that modified the landscape and representation of a new social order.

Key words: Funeral mounds, Valley of Azapa, Formative period, Early Intermediate period.


En los últimos 30 años los estudios arqueológicos acerca del Período Formativo, o Intermedio Temprano1, en específico sobre la fase Alto Ramírez, concentraron el esfuerzo de diversos investigadores en los valles de Arica. Se conceptuali-za como un extenso período de casi 2.000 años en donde las poblaciones, caracterizadas por la caza y recolección, modifican sustancialmente su modo de vida hacia la formación de sociedades agropecuarias, que desarrollaron tecnologías y estructuras sociales más complejas. En el extremo norte de Chile, el inicio del Intermedio Temprano, datado en el 1.400 a.C., coincide con el cese de ciertas prácticas mortuorias, como la momificación artificial, y la aparición de productos agrícolas en los contextos funerarios. Hacia el año 500 d.C., las prácticas funerarias vuelven a cambiar, verificando una intensa actividad social que involucra a las sociedades locales con estructuras sociopolíticas y referentes ideológicos ubicados en pleno altiplano.

En términos histórico-culturales se han identificado tres fases para el Intermedio Temprano de los valles de Arica. La fase más temprana se denomina Azapa y se desarrolló entre los años 1.400 y 600 a.C. (Santoro 1980b), relativa a los primeros grupos sedentarios y hortícolas del valle. La fase clásica se denomina Alto Ramírez, ubicada entre los 600 y 0 a.C., que corresponde a la construcción de túmulos (Figura 1), evidentes contactos con grupos externos y una agricultura consolidada y diversa (Focacci y Erices 1972-73; Muñoz 1980). Finalmente, Focacci ha definido una fase más tardía identificada como San Lorenzo, como la víspera de las sociedades agrícolas locales a las influencias más estructuradas de Tiwanaku (0 al 500 d.C.) (Focacci 1983; Muñoz 1995-96).


 
Figura 1: Sitios de túmulos en el valle de Azapa. A: AZ-70, Túmulo 8 (San Miguel de Azapa); B: Sitio AZ-14 (Pampa Alto Ramírez,); C: Sitio AZ-17 (Pampa Alto Ramírez); D: AZ-70, Túmulo 6 (San Miguel de Azapa).

Los fechados absolutos sustentan plenamente las dos primeras fases en el valle de Azapa. Por un lado, se confirma la contemporaneidad de los sitios costeros formativos del Morro y Playa Miller con AZ-14 y AZ-71 (Fase Azapa) (Santoro 1981). Por otro, se establece que la construcción de túmulos de San Miguel de Azapa fue antes del año 0, algo más tempranos que los construidos en Cobija y Caleta Huelén (Costa Árida) y Moquegua. Pero es notoria la falta de fechas en el valle de Azapa entre el año 0 y 500 d.C. que confirmen la cronología de la ergología poco diagnóstica descrita para la fase San Lorenzo.

En el estudio de este período del desarrollo prehispánico se han confrontado dos interpretaciones. Diferentes autores han señalado que el desarrollo de la agricultura y la vida sedentaria se relaciona directamente a la influencia altiplánica mediante el establecimiento de colonias, migraciones o el predominio tecnológico e ideológico (Mujica 1991:289; Muñoz 1983:22; 1987:97; Núñez 1989:83; Rivera 1980:94, 1994:20). Además, Rivera establece tres fases Alto Ramírez para el norte de Chile, caracterizadas por un incremento sucesivo de la influencia altiplánica en los Valles Occidentales y desierto de Tarapacá, que concluyen con la incorporación de las tierras bajas al dominio político de Tiwanaku (Rivera 1994).

Una visión diferente es aquella que resalta los antecedentes de los grupos locales costeros como base de los logros del sedentarismo y la agricultura (Gordillo 1997:8; Santoro 2000:252; Ramírez et al. 2001:10). De este modo, la evidencia cultural disponible tendería a mostrar un proceso gradual de transformación de las sociedades locales que incorporaron un conjunto de elementos y rasgos (sociales, iconográficos y tecnológicos) como parte de un proceso de transformación de la tradición de caza y recolección. La actual evidencia bioantropológica no es concluyente al respecto. Rothhammer y Santoro (2001) no dan cuenta de la llegada repentina de poblaciones de origen altiplánico a las costas y valles de Arica durante el Formativo, sino más bien de constantes y graduales procesos de miscegenación, a través del flujo de pequeños e intermitentes aportes poblacionales externos. Resultados algo distintos a los de Coccilovo et al. (2001) que señalan una importante diferencia entre los orígenes de las poblaciones costeras y de valle del área de Arica.

Esta interpretación arqueológica puede ser complementada con el marco teórico utilizado por Goldstein (2000) que enfatiza el contexto de las decisiones locales como un importante agente de cambio. En términos específicos, Goldstein interpreta la presencia de objetos de prestigio con iconografía Pukara y Nasca en el formativo de Moquegua como evidencias del manejo del poder en el ámbito local y no como el influjo de hegemonías políticas desde grandes distancias.

Estas dos interpretaciones, la del difusionismo altiplánico y la del desarrollo local, se fundamentan principalmente en los datos entregados por contextos funerarios y poco podremos avanzar al respecto sin la exploración de otros tipos de sitios que amplíen nuestra visión de los procesos acaecidos durante el Intermedio Temprano2. Un extenso contexto cultural, no sólo limitado a los aspectos funerarios, ha permitido notables avances del conocimiento en Conanoxa (Niemeyer y Schiappacasse 1963) y Moquegua (Goldstein 2000; Owen 1993).

Sin embargo, en esta ocasión insistimos en la investigación de un clásico sitio funerario, el cementerio de Túmulos de San Miguel de Azapa, AZ-70, pero desde un prisma que amplía su caracterización como sitio funerario hacia una definición como sitio ceremonial y monumental. Los túmulos formativos han sido profusamente investigados desde Moquegua, por el norte, hasta Cobija, por el sur (Agüero et al. 2001; Gordillo 1993; Goldstein 2000; Moragas 1982; Muñoz 1980, 1983, 1986, 1987, 1995-96; Owen 1993; Rivera et al. 1974; Niemeyer y Schiappacasse 1963), y se constituyen como un buen indicador cultural del período Intermedio Temprano en los Valles Occidentales. Se han descrito muchos contextos funerarios y la composición de su estructura, pero sólo algunas veces han sido destacadas sus características monumentales, en especial su carácter sagrado a través del tiempo y su reutilización como lugares de ofrendas posteriores (Agüero et al. 2001; Goldstein 2000; Muñoz 1980:73).

Se puede decir que el énfasis como indicador cultural otorgado a estos monumentos ha provocado un desmedro en su utilización como un elemento de interpretación simbólica y social de las sociedades del Formativo. Al ser considerados como artefactos, los túmulos pueden ser analizados como portadores de un indudable potencial simbólico e ideológico, que debería trabajarse de manera más integrada al resto del contexto arqueológico.

En este trabajo proponemos una interpretación del Período Intermedio Temprano o Formativo de los valles de Arica centrándonos en las características de los túmulos como artefactos monumentales. Estos artefactos cumplirían un rol explícito de hacer trascender ideas o conceptos, mediante la transformación del paisaje (Bradley 1993). En este esfuerzo de modificación y trascendencia las sociedades formativas sintetizarían una serie de conceptos manejados consciente o inconscientemente por sus miembros. Estos monumentos, además de poseer un significado funerario y ritual, llevaron adherido un significado social mucho más profundo y que tuvo que ver con la coherencia ideológica entre las diversas esferas culturales que se transformaron drásticamente, tales como orden social, productividad económica y relación con el medio ambiente.

Excavaciones en el Sitio AZ-70

En el curso bajo del valle de Azapa se ubica el sitio-tipo Alto Ramírez (AZ-14) y por lo menos otros 10 sitios con túmulos (Figura 2). De estos sitios los estudios arqueológicos se han centrado sólo en tres sitios: AZ-70, AZ-122 (Muñoz 1980, 1983, 1987) y AZ-12 (Muñoz 1986). Se han reconocido otros sitios funerarios formativos, pero sin túmulos, AZ-84 (14)3 y AZ-71, que han sido estudiados por Santoro (1980a, 1980b, 1981) y Focacci. Además, cementerios de la fase San Lorenzo o Formativo Tardío se han reconocido en AZ-115, AZ-75 y AZ-145 (Castro et al. 1988; Focacci 1983; Muñoz 1995-96).


 
Figura 2. Valle de Azapa y ubicación de los principales sitios del período Intermedio Temprano.

El clásico sitio arqueológico denominado AZ-70 se ubica al noreste del pueblo de San Miguel de Azapa, a 12 km de la costa (Figura 3). Originalmente este yacimiento, de una extensión cercana a las 3 ha, debió concentrar más de 40 túmulos distribuidos en forma de media luna abierta hacia el oeste. A principios de los 70, Focacci y Erices (1972-73) excavaron varios túmulos en el extremo oeste del cementerio, que contenían 30 sepulturas. A fines de la misma década, Muñoz (1980, 1983, 1987) excavó el Túmulo 3, de menores dimensiones, ubicado en el extremo opuesto del cementerio. Casi en el mismo tiempo, Santoro y Chacama (1979) excavaron un extenso túmulo, compuesto por más de 20 sepulturas, que se le identificó posteriormente como Túmulo 6. Nuevamente Muñoz (1995-96), a principios de los 90, excava AZ-70, específicamente el Túmulo 7, en el sector oriental, próximo al Túmulo 6.


 
Figura 3. Sitios y rasgos arqueológicos al interior del Cementerio Municipal de San Miguel de Azapa (basado en planos taquimétricos del Departamento de Antropología, Universidad del Norte [1979] y Municipalidad de Arica [2000]).

Hoy en día sólo se conservan 15 túmulos concentrados en una franja occidental al interior del Cementerio Municipal de San Miguel de Azapa, mientras que los que se ubicaban fuera del perímetro se incorporaron a terrenos asignados a comuneros del pueblo. De esta forma desde principios de los años 70 la urbanización, los proyectos agrícolas, la instalación de diversos servicios y por supuesto las excavaciones arqueológicas terminaron por destruir una buena parte de los túmulos del sitio AZ-70 (Figura 2).

En el mismo terreno del Cementerio Municipal hacia el oriente se extendía el cementerio prehispánico AZ-71, en el que se registró una secuencia cultural desde el Formativo Temprano hasta el Intermedio Tardío (Santoro 1980a). Hoy en día dicho sector se encuentra ocupado completamente por tumbas modernas, y aún es común que en la excavación de fosas para entierros actuales se encuentren fardos prehispánicos.

Las excavaciones realizadas durante el año 2000 fueron encargadas por la Municipalidad de Arica, con el objeto de ampliar las instalaciones del Cementerio Municipal. En este contexto se planteó una investigación que compatibilizara el desarrollo comunal, la necesidad de proteger este valioso patrimonio arqueológico y la incorporación de nuevas preguntas y metodologías en el estudio científico de los túmulos formativos. Se pretendió "liberar" de restos arqueológicos un área de 100 m de largo por 5 m de ancho, por tal motivo se excavó completamente el Túmulo 8 y se realizaron pozos de sondeo en la Unidad 11, correspondiente a varios túmulos que resultaron aplanados por diversas actividades posteriores a 1979.

Arquitectura y Ofrendas del Túmulo 8

El Túmulo 8 consistía en una unidad discreta de 7 m de diámetro y de una elevación de 120 cm sobre la superficie. Se trata, entonces, de un túmulo más pequeño que los túmulos 1, 6 y 7, excavados previamente en el mismo sitio. El sistema de excavación consistió en la delimitación de un área de trabajo de 10 x 7 m dividida en 4 cuadrantes de diferentes dimensiones. Estos cuadrantes fueron excavados independientemente en su totalidad siguiendo la estratigrafía de las capas vegetales. Esta metodología se orientó al registro completo del orden y características de la estratigrafía del monumento para tener una idea acabada acerca del sistema de construcción del túmulo.

Se identificaron 6 capas vegetales, todas ellas intercaladas por capas de sedimentos estériles y limpios (Figura 4). Las dos capas más superficiales (CV0 y CV1) se encontraban casi completamente erosionadas en la cima y secciones laterales del montículo, por lo que sólo se evidenciaron en las secciones subsuperficiales del túmulo.


 
Figura 4. Esquema del perfil sur de los cuadrantes E y N del Túmulo 8.

En general, las capas vegetales se presentaron como componentes homogéneos en toda la extensión del túmulo, con similar orientación, espesor y sin discontinuidades o grandes adiciones. Además, todas las capas vegetales estuvieron compuestas por un conjunto similar de especies botánicas (Tabla 1). Podemos distinguir una importante presencia de especies cultivables representadas por Manihot esculenta (yuca), dos especies de Phaseolus: P. lunatus (pallar) y P. vulgaris (poroto) y Canna edulis (achira). Se registraron especies silvestres como Gossypium barbadense (algodón) y Typha angustifolia (totora) que tienen una probable función económica como materia prima; una especie de la familia Amaranthaceae semejante a la quinoa silvestre. También se registraron otras especies silvestres como Petiolata, Pluchea chingoyo (chilcas), Equisetum sp. (cola de caballo), una Malvaceae, probablemente Tarasa y Salix humboldtiana (sauce) y dos especies de Poaceae, aún sin identificar.

Tabla 1. Presencia de especies botánicas en las capas vegetales (CV) del Túmulo 8, a partir de muestras de diferentes volúmenes para cada unidad. Para el reconocimiento de especies de la Capa Vegetal 4 (CV4) se contó con una muestra de menor volumen

Especies CV 1 CV 2

CV 3

CV 4 CV 5

Canna edulis (achira)

x

x

x

x

Manihot esculenta (yuca)

x x x x
Salix humboldtiana (sauce)

x

x

x

Pluchea chingoyo (chilca 1) x x

Baccharis petiolata (chilca 2)

x x x x
Gossypium barbadense (algodón) x x x
Phaseolus lunatus (pallar) x x
Phaseolus vulgaris (poroto) x x
Equisetum giganteum (cola de caballo) x x x
Typha angustifolia (totora) x
Amaranthaceae (quinua silvestre) x x x x
Tarasa sp. x
Cucurbitaceae (Lagenaria?) (calabaza) x
Sp. 1 (Poaceae) x
Sp. 2 (Poaceae) x x

Las especies vegetales de cada capa se disponen siguiendo un mismo orden interno. El orden de disposición de la mayoría de las capas vegetales es el siguiente: Primero, la base de cada capa vegetal estuvo compuesta por ramas y raíces gruesas de al menos 1 cm de diámetro, pertenecientes a yuca, sauce y chilcas. Segundo, le siguen ramas más delgadas orientadas horizontalmente, que pudieron corresponder a algodón, pallar y poroto. Finalmente, una densa capa de hojas sellan cada capa vegetal, correspondientes a achira. Esta cuidadosa distribución interna de las capas vegetales demuestra que la construcción de los túmulos se realizaba bajo un plan bien definido. Las capas vegetales, que en el caso del Túmulo 8 abarcaron al menos 12 m2, fueron preparadas en un área de actividad determinada y posiblemente especializada, para luego ser trasladadas al túmulo, trabajo que debió realizarse en forma colectiva.

Para las capas de arena, se puso especial cuidado en incluir materiales limpios y estériles, es decir, no contaminados con restos de basuras domésticas o de otra índole. Posiblemente, la arena se extrajo de las laderas del valle próximo a los túmulos. Es probable que la especial selección de áridos colocados entre las capas vegetales tuvo como finalidad impedir la pudrición de los elementos orgánicos por medio de un rápido desecamiento de las plantas y con esto conservar la forma y tamaño original del monumento.

La construcción del túmulo se inició con la excavación de un círculo de 5 m de diámetro y unos 50 cm de profundidad. En el centro de dicho círculo se cavó una fosa de forma cilíndrica de 80 cm de diámetro y 80 cm de profundidad, donde se depositó un gran cesto de similar forma y dimensiones que la fosa. En la boca del cesto se encontró un fragmento de tejido muy desintegrado que pudo ser originalmente una gruesa manta afelpada de lana de color café natural jaspeado. La base del cesto se encontraba muy deteriorada por la humedad provocada por la filtración de agua desde un canal próximo; no se pudieron distinguir otros restos orgánicos en descomposición. Es probable que otras ofrendas pequeñas, tales como cestos y productos agrícolas, hayan desaparecido en el sustrato extremadamente húmedo.

A continuación, la fosa fue sellada por arena y se depositaron grandes bolones ovoidales rodeando el centro del túmulo. Entre estos bolones pudimos distinguir tres piedras de moler dispuestas hacia abajo. Sobre dichos bolones se dispuso la primera capa vegetal (Capa Vegetal 5 o CV5), cuidando no cubrir el área donde se excavó la fosa. Entre las gruesas ramas y palos de esta capa se detectaron algunos de mayor extensión con marcas que señalan una probable función agrícola como azadones. Se depositaron, posteriormente, algunos bolones de río y conglomerados de nitratos en un diámetro intermedio entre el centro y los límites externos del túmulo. Sobre y entre estas piedras se puso una gruesa capa de arena limpia que alcanzó un grosor de 50 cm en la parte central.

La capa vegetal 4 (CV4), de similares características que la CV5, fue depositada sobre la capa estéril adquiriendo una suave forma convexa. Al igual que CV5, en la depositación de CV4 se cuidó de no cubrir el centro del túmulo con vegetales, manteniendo despejado el lugar donde se ubicaba la fosa con el entierro ceremonial. Nuevamente se depositaron bloques de nitratos sobre la CV4, esta vez ubicados hacia el borde del túmulo. Estos bloques se caracterizan por tener un volumen considerable siendo muy livianos, y se forman naturalmente por la condensación de humedad o la filtración de agua sobre arena superficial con altas concentraciones de nitratos. Es posible que su disposición específica haya servido para mejorar la contención de la capa estéril evitando que la arena se dispersara; la capa estéril con la que cubrieron los bloques de nitratos y la CV4 alcanzó 50 cm de grosor. Al interior de esta capa estéril y repartidos en los diversos cuadrantes del túmulo se recuperaron 8 cuentas de hueso de forma alargada y sección circular.

La capa vegetal 3 (CV3) contrasta visualmente con las otras, ya que presenta una capa superficial continua compuesta por ramas de color claro y grosor intermedio (5 mm de diámetro) correspondientes a una quinua silvestre (Amaranthaceae), que cubre restos vegetales estructurados de similar forma que las anteriores, compuesta por hojas y ramas de distintos grosores. Además, esta capa es la que muestra más cortes y cambios de orientación, evidenciando una instalación en varias etapas de traslado desde el lugar de preparación de las capas vegetales hasta el túmulo. Con la CV3 se ofrendó un par de cestos en forma de plato de 40 cm de diámetro, instalados juntos en un extremo del túmulo.

Después de la tercera capa estéril se colocaron tres capas vegetales más, intercaladas por capas de arena estéril. Sucesivamente las capas vegetales fueron haciéndose más convexas y algo más delgadas. De manera muy posterior a la conclusión del túmulo una excavación cortó las capas vegetales CV0, CV1 y CV2. Al interior de tales excavaciones se encontraron basuras orgánicas, evidencia del corte y desmembramiento de las capas vegetales, vértebras humanas y bajo el nivel de la capa vegetal 2, un fragmento de tejido de algodón, muy deteriorado y con evidencias de haber estado expuesto al sol. No parece corresponder a una ofrenda ceremonial al túmulo como las descritas para el Túmulo 3, donde un tejido colonial contenía diversos frutos (Muñoz 1980), sino que parece corresponder a los rastros dejados por un intento de saqueo sin éxito.

En resumen, la compleja elaboración del Túmulo 8 fue iniciada con un entierro ritual, de un gran cesto y un grueso tejido afelpado. Se cuidó de no tapar con capas vegetales el centro del túmulo, quizás para facilitar la posterior colocación de algún entierro, cosa que no sucedió. Esta interpretación puede explicar las sucesivas ofrendas y los entierros de cuerpos humanos desmembrados y/o de carácter secundario, sin trazas de descomposición, detectados en otros túmulos (Focacci y Erices 1972-73; Muñoz 1980; Owen 1993; Soto-Heim 1987).

Sondeos en la Unidad 11

La Unidad 11 se compone de leves montículos que conforman una suave topografía que se extiende por un área de 70 x 40 m. Esta topografía correspondería a túmulos disturbados que pudieron ser originalmente unidades independientes. Esta erosión fue producida por ocupaciones domésticas, y el posterior tránsito humano y de vehículos al interior del Cementerio Municipal durante los últimos 20 años.

Se realizó un sistema de sondeo a partir de 77 pozos, escogidos al azar, a partir de una cuadriculación del área a intervalos de 1 m. De las 77 unidades un 95% presentó evidencia de capas vegetales, es decir, restos de túmulos. El material cultural prehispánico asociado a estos túmulos fue, en general, escaso, limitándose a fragmentos de tejidos, lanas, cordelería y cestos.

En dos unidades (F/45-46 y G/27) se encontraron cestos pareados en forma de plato, similares a los hallados en un extremo del Túmulo 8. Uno de estos pares puede estar asociado a un cráneo muy disturbado encontrado a 20 cm de profundidad, ceñido con los restos de un turbante hecho de madejas de lana teñida. Otro contexto funerario, alterado de manera posterior, necesitó de la ampliación de uno de los pozos (Q/18). A pocos centímetros de la superficie se halló un madero que pudo corresponder a la marca de la tumba, como se presenta en otros rasgos excavados en AZ-70 (Focacci y Erices 1972-73; Muñoz 1983, 1987), y junto a ellos se encontraron restos de pieles y huesos de camélido, piezas dentales de un menor de edad y un cesto decorado muy deteriorado y fragmentado. En un nivel inferior se encontraron huesos de camélidos y restos de mandíbula y extremidades inferiores de un menor además de madejas de lana negra que pudieron corresponder a un turbante. Además, en ese nivel se encontró un pequeño tubo de hueso grabado con un diseño antropomorfo repetido cuatro veces (Figura 5).


 

Figura 5. Diferentes vistas de un instrumento tubular de hueso grabado, proveniente de la Unidad 11.

En los márgenes de la Unidad 11 se excavaron dos conjuntos de cuadrículas para determinar la existencia de otro tipo de restos culturales diferentes a los túmulos. El primer grupo de excavaciones exploratorias se concentró hacia el oriente de la Unidad 11 (cuadrículas NÑ/8-7). En ese lugar se encontró, bajo un piso de basura reciente, una fosa aparentemente funeraria de forma cilíndrica de 90 cm de diámetro y 110 cm de profundidad, en cuyo interior se encontraron solamente cuatro cuentas de hueso, de sección circular, similares a las registradas en el Túmulo 8. No se registraron otras evidencias tales como basura y otros materiales orgánicos, que nos sugirieran que se trataba de una tumba saqueada. Por el contrario, la arena de relleno de la fosa se encontraba completamente limpia, lo que indicaría que esta tumba nunca recibió inhumanación.

Por otro lado, el otro sector de excavaciones exploratorias se realizó en el espacio que separa la Unidad 11 y el Túmulo 8 (NÑ/53-54). Allí se encontraron restos de una fosa funeraria, ubicada bajo un estrato de ocupación doméstica subactual. Esta fosa, de forma ovoide y de 120 cm de diámetro, contenía un entierro secundario o disturbado, reducido a unas vértebras cervicales y un cráneo con evidencias de haber estado expuesto parcialmente a la intemperie. Fragmentos de textiles fueron encontrados revueltos en el material que rellenaba la fosa. El cráneo presenta restos de un collar de cuentas líticas a la altura de la boca y un peinado de manojos laterales de pelo, característico del arcaico costero de Arica, datado en Quiani-7 entre el 2.200 y 1.400 a.C. (según tipología de peinados de Arriaza et al. 1986).

En resumen, estos sectores próximos a túmulos funerarios comprenden una continuidad de áreas ceremoniales, pero de características distintas a los túmulos. Uno de ellos parece haber sido un entierro ritual ocupado solamente por cuentas de hueso como ofrendas. El otro puede ser considerado como un entierro secundario, lo que es común en los túmulos, o en un tono más hipotético, como el despeje de un sector de tumbas de un período previo para la construcción de túmulos funerarios.

Túmulos: Monumentos e Ideología

Con la excavación del Túmulo 8 se evidencia un complejo proceso de construcción pautado y desarrollado por diversos miembros de una comunidad. Aunque no tenemos fechados absolutos para corroborar esto, la semejanza en la composición interna de las capas vegetales y estériles y la falta de mayores discontinuidades y cortes en las capas vegetales nos indican su construcción en un solo episodio. Este episodio contó con la participación mancomunada de muchas personas siguiendo un trabajo planificado. Esta planificación debió haber estado dada por tradiciones preexistentes y quizás dirigidas por un especialista.

Se tuvo especial cuidado en crear un monumento que perdurara a través del tiempo, ya que las capas estériles que rodeaban las capas vegetales sirvieron para mantener la estructura y evitar la pudrición de los vegetales. Cada capa vegetal fue preparada con un orden interno y fue trasladada al túmulo con la ayuda de grandes ramas y palos situados en su base. Para evitar que las capas estériles se desmoronaran colocaron bloques de nitratos que contuvieron la arena y que además por ser livianos no aplastaron las capas vegetales inferiores, sin disminuir en definitiva el tamaño total del túmulo.

Los túmulos han sido interpretados usualmente como monumentos funerarios con presencia de objetos de prestigio importados y sacrificios humanos (Focacci y Erices 1972-73:54; Soto-Heim 1987:141). En estos ritos funerarios se marcarían importantes diferencias sociales, con una élite con la capacidad de movilizar una gran inversión de mano de obra, y tener a su disposición bienes suntuarios y vidas humanas. Para algunos esta élite estaba directamente ligada a los desarrollos altiplánicos, incluso a través de mecanismos de complementariedad directos (Rivera 1980, 1994).

Sin embargo, nosotros interpretamos que toda esta labor ceremonial denotada en la construcción del Túmulo 8 no sirvió para ofrendar un muerto, sino que el rito y las ofrendas dispuestas fueron ofrecidos al monumento y a la ideología que daba sustento. Podemos pensar que incluso los entierros en túmulos, no presentes en este caso, por su supuesta característica secundaria4 y muchas veces mutilados, sean todos ellos ofrendas al monumento, y no al contrario como tradicionalmente se ha interpretado el proceso.

Una parte fundamental de la caracterización de los monumentos es la separación entre los ritos y los símbolos que están en juego (Bradley 1993). Hemos detectado que el rito de construcción de los túmulos es complejo y hace necesaria la participación de un grupo humano organizado. Lo que contrasta con lo intrusivo de los ritos posteriores, ya sea de ofrendas de objetos o entierros humanos, que pudieron ser llevados a cabo por un grupo más pequeño sin mayor organización. Incluso se ha detectado que tales ofrendas sucedieron en otros períodos culturales, como el Medio, Intermedio Tardío y Colonial (Focacci y Erices 1972-73; Muñoz 1980, 1983, 1987). Esto señala que, aunque el monumento persiste el paso del tiempo, los ritos son transformados y posiblemente reinterpre-tados. Es frecuente en los túmulos de Azapa la presencia de tumbas y ofrendas del período Medio (AZ-14, AZ-70, AZ-122, AZ-17, AZ-24, etc.) que no se pueden interpretar como la continuidad de un rito sino como la apropiación consciente de un espacio previamente sagrado para nuevos símbolos y sistemas ideológicos (Goldstein 1995-96)5.

El símbolo principal producido por estos ritos es el túmulo mismo, construcción de envergadura y alta visibilidad, que pudo ser reproducido y reinterpretado también por otras sociedades contemporáneas. Se ha establecido el carácter local y una técnica pautada de construcción de túmulos, sin antecedentes provenientes de otras áreas cercanas. El único antecedente que podemos encontrar para estas construcciones es el uso de sellos vegetales durante las manifestaciones funerarias de la fase Azapa (Santoro 1980b, 1981, 2000:246). Por el contrario, los monumentos tumulares del valle de Azapa pudieron ser referentes visuales de túmulos construidos posteriormente en Quillagua (Agüero et al. 2001) o Caleta Huelén (Moragas 1982), al sur de este valle.

Por otro lado, se ha discutido el carácter experimental de la horticultura durante la fase Azapa, arraigada en un fuerte sustrato económico costero local (Santoro 1981:43), que conllevó a una posterior producción agrícola más extensiva y consolidada, y de mayor importancia que el recurso marítimo en la fase Alto Ramírez (Muñoz 1980:71).

Aunque no se dispone de datos cuantitativos que puedan corroborar estos diferentes énfasis de cada fase cultural, existe un importante y extensivo rasgo que podría avalar un cambio de actitud hacia el medio ambiente durante la fase Alto Ramírez.

La presencia de un rasgo de monumentalidad ceremonial anterior a nuestra era, que no tiene antecedentes ni se repite en tiempos posteriores en el ámbito local, está dando cuenta de una particular actitud de este grupo humano hacia la exteriorización de sus logros (Criado 1991). La amplia disposición de túmulos en el paisaje de Azapa nos indica que estas poblaciones ocuparon densamente diversos lugares del valle con disponibilidad de aguas y suelos agrícolas. De esta forma se alteró la topografía para ofrecer un nuevo significado al paisaje cultural. No sólo modificaron los significados del área ceremonial o funeraria, sino que pretendieron exteriorizarse en un área mucho más amplia. Estos montículos que se presentan en agrupaciones de 30 o más, con unidades que alcanzan los 3 m de altura y ubicados en terrazas altas y fuera del cauce del río, ofrecieron una alta visibilidad en el medio ambiente original del valle de Azapa.

Siendo concebidos originalmente como monumentos, los túmulos una vez construidos reprodujeron ciertos símbolos e ideas coherentes con su entorno social. Podemos suponer que los túmulos pudieron ser utilizados para dar coherencia simbólica y social a los grandes cambios que se estaban llevando a cabo en las comunidades de la fase Alto Ramírez. A través de una agricultura cada vez más consolidada y comenzando a diversificar su producción estas poblaciones pudieron estar plenamente conscientes de su capacidad de transformar el paisaje, contrastándose con otras sociedades previas y contemporáneas, de economía y tecnología, más simple que no lograron tal habilidad (p. ej., las sociedades ubicadas en la línea costera: Chinchorro, fase El Laucho, Fase el Morro).

Esta actitud de domesticación del paisaje reforzada por los monumentos es un rasgo coincidente en varias sociedades donde surgen nuevas relaciones de control y dominación de la naturaleza. Si se consideran someramente los desarrollos formativos de Mesoamérica, del área Centro Andina, y las sociedades Neolíticas europeas, podríamos pensar que la asociación de agricultura consolidada y la emergencia de monumentalidad, no es tanto por una relación de causalidad de una sobre otra, sino como parte de un mismo proceso interno de cambio en el ámbito ideológico y social, en donde los monumentos sirven para reforzar y dar coherencia a las nuevas interpretaciones de la realidad.

A pesar de que estimamos que los túmulos tuvieron una funcionalidad principalmente ceremonial y no necesariamente funeraria, esto no contrasta con la identificación de una élite local sustentada en relaciones exteriores y conocimientos esotéricos y técnicos reinterpretados para la realidad local. Así la monumentalidad, independiente de que sea funeraria, doméstica o ceremonial, sirve para implementar estrategias sociales e ideológicas (Bradley 1993; Criado 1991). Es muy probable que un grupo de poder del Formativo reinterpretó con éxito partes del ritual funerario de la fase Azapa (especialmente la preparación de camadas vegetales), modificó radicalmente otros (la probable limpieza de espacios funerarios anteriores) y adoptó nuevos elementos de prestigio (iconografía altiplánica) para conducir un original proceso de reinterpretación ideológica de la realidad.

Santoro (2000) señala que los túmulos pudieron servir ideológicamente para homogeneizar, en la exteriorización profusa de los montículos, importantes diferencias sociales en el seno de la sociedad Alto Ramírez. Sin la ocultación ideológica de tales diferencias la falta de cohesión social hubiera limitado el desarrollo de las comunidades formativas. Dillehay (1995) explica la representación de montículos funerarios en el paisaje mapuche (Centro Sur de Chile) como refuerzos en la legitimización ideológica de derechos territoriales de autoridades locales en un contexto social dinamizado por relaciones de parentesco con grupos externos. En Moquegua, Goldstein (2000) interpreta la presencia de diversas prácticas mortuorias de la fase Huaracane (380 a.C. a 450 d.C.) como el accionar de diversos grupos políticos que disputan ideológicamente. Así los escasos entierros tumulares, que pueden tener referentes costeros en Ilo y Azapa, fueron desplazados en prestigio por otra práctica funeraria local innovadora, los entierros en fosas en forma bota que fueron profusamente ofrendadas por elementos suntuarios de iconografía Paracas y Nasca.

En específico, por ahora poco podemos conocer acerca del detalle de la ideología que sustentaron estas prácticas ceremoniales. Pero podemos asumir que sustentó una complejidad social incipiente en la Fase Alto Ramírez, que a la larga no
pudo contrarrestar un escollo de tipo medioambien-tal. El momento húmedo que coincide con el florecimiento del formativo en el norte de Chile dio paso a estaciones más secas, similares a las actuales, que provocaron graves desestructuraciones de estas sociedades y quizás una menor densidad poblacional hasta el período de plena influencia

Tiwanaku en el valle de Azapa. Al menos en el ámbito funerario las sociedades que siguieron a las poblaciones Alto Ramírez tomaron una trayectoria opuesta. De este modo, la monumentalidad dio paso a entierros prácticamente invisibles en el paisaje, tomando preponderancia otras connotaciones ideológicas.

 

Notas

1 Tradicionalmente en la arqueología de Arica se ha utilizado una cronología de nomenclatura poco coherente internamente. Se utilizan nombres que caracterizan procesos (Arcaico y Formativo) en conjunto con otros nombres que delimitan tiempo sin carga interpretativa (Medio, Intermedio Tardío y Tardío). Sugerimos que los esfuerzos de Rivera por unificar esta nomenclatura (Inicial, Intermedio Temprano, Medio, Intermedio Tardío y Tardío) deben ser considerados, sin por ello aceptar su interpretación de los procesos.

2 Este problema no es exclusivo de los valles de Arica, ya que en general las investigaciones del Formativo se han centrado en sitios ceremoniales monumentales más que en contextos domésticos (Dillehay 2000).

3 El sitio AZ-84(14), registrado por Rivera (1987), corresponde al AZ-14 investigado por Santoro (1980a, 1981), sitio próximo al asentamiento AZ-83 y sin túmulos ubicados en el margen sur de la Pampa Alto Ramírez. Siguiendo la numeración original (Dauelsberg 1995[1959]), Goldstein (1995-96) vuelve a denominar AZ-14, al extenso cementerio de túmulos y tumbas Tiwanaku ubicado en el extremo este de la Pampa Alto Ramírez.

4 Muñoz señala que en el túmulo AZ-122 todos los entierros son secundarios ya que al parecer "fueron depositados en el túmulo después que sufrieron el proceso natural de descomposición (ausencia de larvas) (1980: 68)". V. Standen (comunicación personal) señala que dicha evidencia no es suficiente para corroborar esa aseveración.

5 Cada vez es más notoria la separación cronológica entre Alto Ramírez y Tiwanaku. La fase San Lorenzo aun no completamente caracterizada (Focacci 1983, Muñoz 1995-96) parece corresponder a sociedades con materiales muy poco diagnósticos o dar cuenta incluso de una disminución de la densidad poblacional de Azapa entre el año 0 y el 500 d.C.

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