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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.36  supl.espec. t1 Arica sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562004000300024 

  Volumen Especial, 2004. Páginas 213-225
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO ARICA PASADO Y PRESENTE, UNA VISIÓN ANTROPOLÓGICA MULTIDISCIPLINARIA

EL PERÍODO FORMATIVO EN LOS VALLES DEL NORTE DE CHILE Y SUR DE PERÚ: NUEVAS EVIDENCIAS Y COMENTARIOS
 
 

Iván Muñoz Ovalle*

* Departamento de Arqueología y Museología, Universidad de Tarapacá, Casilla 6-D, Arica, Chile. imunoz@uta.cl


A trece años de haber escrito el artículo sobre el Formativo en el Norte Grande de Chile (Muñoz 1989), en el presente artículo se analiza dicho período considerando evidencias obtenidas en el extremo sur de Perú y extremo norte de Chile, especialmente en los últimos diez años. El análisis de la información ha permitido que se establezcan nuevas hipótesis en torno a la reconstrucción del poblamiento humano durante el período Formativo, destacándose entre otros aspectos la importancia de los grupos locales, conocimiento del espacio, la complejidad que implicó el proceso de sedentarismo en las sociedades nativas y los contactos con poblaciones de otros valles y regiones de la vertiente occidental andina.

Palabras claves. Período Formativo, procesos de sedentarismo.

Thirteen years after our article Formativo en el Norte Grande de Chile (Muñoz 1989), here we reanalyse the period, taking into consideration new evidence obtained in the far south of Peru and far north of Chile particularty during the last ten years. This information permits us to establish new hypotheses regarding reconstruction of society and culture during the Formative period, highlighting the importance of the local population, knowledge of the landscape, complexity of the process of sedentism in the local population and contacts with populations of other valleys and other regions of the Pacific watershed of the Andes.

Key words: Fomative period, process of sedentism.


Las Plantas Cultivadas en el Contexto de las Poblaciones Formativas

Uno de los indicadores que caracteriza la revolución neolítica en el desarrollo de las sociedades humanas, es la agricultura. En diversas partes del mundo ésta comienza entre el año 12.000 y el 8.000 a.C. Entre las plantas ­cereales­ más importantes cultivadas figuran el maíz en Meso-américa, el trigo en el Oriente Medio y el arroz en Asia. (Adams 1969).

Byrne (1988) señala que la agricultura temprana se desarrolló de manera independiente, cuyos centros tempranos eran diferentes tanto ambiental como culturalmente. Señala que tres son las denominaciones comunes más importantes:

­ Durante el período del 12.000 al 8.000 a.C. diversas especies fueron cultivadas en distintas partes del globo terrestre.

­ Estos cultivos fueron anuales adaptados a los regímenes de lluvia temporal, muy marcados sobre la naturaleza del cambio climático que se dio entre el Pleistoceno y Holoceno temprano.

­ Los centros agrícolas tempranos están localizados en la actualidad en áreas templadas.

Sobre las causas de su origen, Minnis (1992) plantea que pueden ser explicadas a través de dos modelos: el de necesidad, es decir, por situaciones de escasez, sequías y hambrunas; y el de oportunidad, manifestado por el mayor control y observación de los recursos vegetales recolectados, lo cual habría permitido un mayor aumento de los alimentos disponibles.

Como en todas las regiones del planeta, en el área andina este cambio generado en la estructura económica de la sociedad se le conoce como período Formativo o período Intermedio Temprano, y constituye uno de los problemas complejos de analizar, más aun cuando se trata de ver la incorporación de las sociedades conservadoras de la costa al proceso de sedentarismo agrícola, generado en los valles costeros que desembocan al Pacífico. En esta región de los Andes el poblamiento humano de caza y recolección comienza a desarrollarse alrededor del 9.000 a. p., constituyéndose en uno de los procesos sociales más antiguos y complejos del cono sur americano; sus escasos cambios en la estructura de su organización sugieren un desarrollo cultural continuo, al parecer económicamente autosuficiente como consecuencia de la producción marina, complementada con recursos de caza y recolección terrestre.

Sin embargo, a partir del 2.000 a.C. esta historia marítima comenzó lentamente a ser interferida por un nuevo desarrollo basado en la experimentación agrícola, lo que permitió un mayor acercamiento del hombre hacia los valles con la finalidad de ocupar estos espacios desde el punto de vista económico (tierras para cultivos) y doméstico (asentamiento para vivir).

Al evaluar la emergencia e importancia de la agricultura en nuestros valles cabe preguntarnos ¿qué hace distinto a este desarrollo agrícola de zonas desérticas con otras regiones de Sudamérica, como, por ejemplo, las tierras bajas tropicales? Pensamos que al comparar dos áreas disímiles como son la selva y el desierto nos llega con mayor profundidad el alcance que tuvo la conquista del desierto por parte de los primeros agricultores, más aún si consideramos que este espacio presenta escasa humedad y los recursos hídricos existentes son consecuencia de los deshielos cordilleranos que bajan por pequeños ríos o napas subterráneas y brotan a través de vertientes que se hallan especialmente en los sectores bajos de los valles que desembocan en el Pacífico.

Sobre el origen y domesticación de plantas en los valles desérticos, no se advierte que las plantas cultivadas provengan de ancestros locales o centros prístinos de domesticación, como lo define Minnis (1992). Por el contrario, todas se habrían controlado fuera de los límites, hasta donde alcanzaron los circuitos de cazadores. Las experimentaciones agrícolas hechas en estos valles desérticos parecen corresponder a centros secundarios o de transdomesticación, donde se habrían readecuado en la diversidad territorial enmarcada entre los Andes y el Pacífico donde se hallan valles de estrechas laderas y clima mesotérmico (Núñez 1989).

El origen de las tempranas plantas halladas en los valles del Pacífico es posible que sea de las regiones tropicales donde se han encontrado evidencias de fitolitos y polen de plantas, probablemente cultivadas entre el 8.000 al 9.000 a.C. (Pearsall 1992). Además es una zona donde llueve permanentemente, con un suelo fértil, abundante tierra, por lo que la vida vegetal nunca está en riesgo de morir y en donde además se hallan muchos de los ancestros salvajes de las plantas actuales, los que se reproducen exitosamente sin la intervención del hombre.

De esta manera, surge como diferencia el hecho de que los productos cultivados en las regiones de los valles orientales correspondieron a centros de cultivos de primera instancia a diferencia de los valles desérticos que respondieron a centros secundarios.

Del proceso agrícola generado en las tierras bajas tropicales a partir del 6.000 a.C., es posible que determinados cultivos hubiesen sido trasladados por poblaciones selváticas hacia la vertiente occidental andina, a través de vías directas o indirectas, constituyéndose tal vez evidencias de éste proceso los registros de maíces de la variedad Piricinco coroico encontrados en Huachichocana en la puna de Jujuy (Argentina), junto a los de Tiliviche y Quiani; además de los Phaseolus de San Pedro Viejo de Pichasca, los cuales constituyen las evidencias más tempranas halladas entre los 6.000 al 4.000 a.C. en la región norte de Chile (Núñez 1989).

Sin embargo, tanto los centros de cultivos secundarios como primarios pueden presentar características únicas, como la disponibilidad y la adaptación de técnicas de cultivos, lo cual para evaluarlas es necesario considerar la variedad de factores responsables de la dispersión de las plantas domésticas, las técnicas utilizadas para cultivarlas y las relaciones específicas que dieron origen a los procesos de domesticación (McClung 1992). Sobre este último planteamiento es interesante resaltar la importancia que tuvo el conocimiento del medio para realizar las primeras prácticas agrícolas. Señalemos que, a pesar de la aridez del desierto, la ocupación de la costa del Pacífico se remonta 9.000 a.p., lo cual implica que las poblaciones locales gestoras del proceso agrícola temprano tenían una larga historia cultural y una base económica sustentable, a pesar de los trastornos ambientales propios de la naturaleza del Pacífico. Esta experiencia habría ayudado a que el hombre conociera los factores medioambientales en el momento de experimentar con las primeras plantas en los valles costeros.

Importancia del Mar en este Proceso

La costa norte de Chile fue un medio natural que proporcionó una gran cantidad de recursos económicos a las tempranas comunidades de cazadores-recolectores que poblaron dicho espacio; esta situación permitió que los asentamientos, especialmente los que se ubican en zonas de desembocadura de ríos, fuesen más permanentes, considerando que eran ecosistemas de múltiples recursos. Frente a este escenario natural, las bandas de cazadores, pescadores y recolectores establecieron una fuerte relación de dependencia con el medio, tanto en la obtención de alimentos como para establecer sus moradas. Sin embargo, desde los períodos más tempranos podemos observar la intención del hombre por modificar las condiciones naturales que ofrecían los refugios, construyendo muros de canto rodado con el propósito de alcanzar una mejor protección frente a los rigores del clima.

En cuanto a la explotación de los recursos costeros en uno de los mares más ricos en fauna del mundo, como ocurre en el norte de Chile, Llagostera (1989) postula que el acceso a los recursos fue progresivo, logrando sucesivas conquistas de dimensiones físicas y energéticas del mar. En lo que corresponde a las poblaciones de caza y recolección marina como las denominadas Chinchorro, es posible que hayan desarrollado la dimensión longitudinal ­captura de fauna a orillas del mar con uso de redes­ y la dimensión latitudinal ­captura de peces con tecnología de anzuelos­. Llagostera plantea que en esta última dimensión hay un mejoramiento de la producción como consecuencia de la innovación tecnológica del anzuelo de concha y del anzuelo de espina de cactácea. Algunos asentamientos donde se han hallado estas evidencias ­redes y anzuelos­ lo constituyen Quiani en la costa de Arica, Acantilados Sur en la Desembocadura del río Camarones y en la costa de Pisagua, registros que han sido datados entre el 6.000 al 3.000 a.C.

El conocimiento del espacio y la riqueza marina fue un elemento de real importancia durante el proceso de agriculturación, en el sentido de que, por un lado, el hombre conocía de las bondades y complejidades del medio y, por otro, tuvo en los recursos marinos su mejor aporte dietético en los momentos en que hubo trastornos con los cultivos experimentales.

El Período Formativo en el Extremo Sur del Perú: Antecedentes

En el valle de Moquegua se ha hallado una serie de evidencias correspondiente al período Formativo; una de ellas corresponde a la fase Huacarane, cuyo sitio tipo se halla en Pampa Huacarane (M22, M26, M29 y M30) y en el sitio de Yaway (M35). De las excavaciones de prueba realizadas por Feldman (1990), se ha logrado definir restos de habitaciones conformadas por estructuras de plataforma terraplenada de mampostería. A diferencia de Pampa Huacarane, que es un sitio abierto, Yaway se ubica sobre una inclinada ladera. Respecto a la cerámica que aparece en estratigrafía, fue hecha con antiplástico de fibra vegetal, elemento que es visible en la superficie interior del alfar; tiene un rango de espesor de 4 a 12 mm, presenta un fondo oscuro reducido en su núcleo. Las superficies son suaves, alisadas pero no pulidas y tienen un color marrón.

Según Feldman, en términos de correlación la cerámica de Huacarane se relacionaría con la alfarería Circumtiticaca del asentamiento de Chiripa 2 (Llusco) a través de la fase Chiripa 3B ubicada dentro de un rango que va desde los 800 a.C. a 300 d.C. También presenta similitud con la cerámica de Wankarane (Muñoz 1989). Otro elemento diagnóstico del período Formativo hallado en Pampa Huacarane en el área del cementerio ­M30­ son los adornos tubulares en cuenta de hueso, similares a los que aparecen en Faldas del Morro en la costa de Arica.

La fase Trapiche constituye el momento tardío del período Formativo en Moquegua, 300 a.C. al 200 d.C. El sitio tipo de esta fase se ubica en la base del cerro Trapiche y corresponde a un asentamiento habitacional. En las excavaciones de sondeo practicadas en estructuras de piedra se hallaron fragmentos de cerámica en el interior de éstas. También fueron encontradas estructuras amuralladas ubicadas en el sector alto del montículo rocoso, correspondiente al mismo asentamiento Formativo.

En el asentamiento también fueron registrados fragmentos de cerámicas decoradas, las que constituyen dos tipos. El primero denominado Trapiche Polícromo, tiene espacios decorados de color amarillo y negro; están demarcados por líneas incisas sobre un engobe marrón rojizo. La pasta es lisa y arenosa. La vasijas tienen el fondo plano, forma globular y cuellos rectos. La decoración incluye el modelamiento de felinos, rombos y rectángulos con franjas negras.

El segundo tipo corresponde al denominado Trapiche Negro sobre Rojo. Se emplearon colores en negro y rojo; estos fragmentos presentan una pasta arenosa, los diseños incluyen el rostro de un felino con caninos atravesando el labio inferior. Estos diseños son similares a los de la cultura Pucara del lago Titicaca, lo cual hace pensar a Feldman (1990) en indicadores de una interrelación cultural. En cerro Trapiche también se hallaron cestos enrollados y tapicería de lana. La última tiene urdimbre pareada, similar a la encontrada en la fase Alto Ramírez en el valle de Azapa alrededor del 300 a.C.

Otra área de estudio ubicada a 20 km al norte de Ilo la constituye el sistema Carrizal; allí se han hecho una serie de estudios correspondientes a distintos períodos del desarrollo prehispánico. En lo que concierne al período Formativo, éste está representada en el sitio 76 que, de acuerdo con las evidencias de Bawden (1990), correspondió a una zona residencial posiblemente de caza temporal. Allí se han encontrado fragmentos de cerámica no decorados de manufactura gruesa, con fondos redondos y bordes de pasta gruesa; presentan un tosco carcajo mineral, las superficies externas tienen restos de hollín y hay ausencia de asa. El mayor tipo de alfar lo constituye la olla sin cuello, abarcando el 80% de las muestras encontradas. El cuenco representa un 11% de los fragmentos en el sitio. Una muestra tomada del sitio 55 lo sitúa cronológicamente en 190-240 a.C. Bawden plantea que la cerámica temprana en Carrizal representa un desarrollo propio de la costa; esta hipótesis se ve sustentada con la fecha del sitio 55 ­300 a.C.­ que la sitúa contemporáneamente con las cerámicas del período Formativo de los valles de Arica.

En la costa de Ilo, en el sitio denominado Carrizal, Bolaños (1987) señala la existencia de estructuras habitacionales y cerámica temprana. Define siete tipos de vasijas: ollas sin cuello, ollas con cuello, cántaros, escudillas, tazas, tazones y fuentes, todas confeccionadas con pastas gruesas, de color marrón y gris, presentando similitud con las alfarerías Faldas del Morro y Laucho de la costa de Arica (Muñoz 1989). Otro sitio donde se han detectado evidencias del período Formativo lo constituye Pocoma, cuya cerámica es similar con la alfarería Carrizal.

En el valle del Caplina, cercano a la ciudad de Tacna, el período Formativo ha sido reconocido por Gordillo (1997) en el sitio denominado El Atajo. Este asentamiento se caracteriza por una superficie de terreno fluvial plana y abierta de aproximadamente 600 ha. Se define como un conjunto de restos de viviendas y utensilios domésticos (cerámicas, líticos, batanes, instrumentos de tejer, agujas, cuentas de turquesa, peines y otros), los que aún se pueden observar sobre la superficie en directa relación a restos de alimentos marinos y terrestres. En esta misma ocupación se han identificado restos de fogones (cocinas) delimitados por cantos rodados.

En el sector oeste de este sitio existen grandes cantidades de depósitos de arcillas con evidentes indicios de haber sido explotados. Estos depósitos aparecen asociados a "bancos" de fibra vegetal seleccionada, batanes y manos. También se han hallado restos de morteros, carbones y hornos para la cocción de cerámica. En estos hornos se hallan restos de carbón, ceniza y cerámica semicocida, lo cual constituye un antecedente claro para indicar que en el asentamiento se cocía cerámica. Los hornos se presentan como grandes lentes o pequeños montículos circulares de forma ovalada compuestos por arcilla quemada y restos de ceniza y carbón.

En otros sectores del asentamiento se hallaron huellas de postes y estructuras para corrales, lo cual indica que el asentamiento fue sectorizado a través de áreas domésticas y económicas. Al norte del sitio se localiza una cantera de sílice, cuyo material pudo haber sido utilizado por los pobladores del Atajo como desgrasante de las pastas arcillosas. Esta se ubica en un sector favorecido por los vientos.

En el sitio se han definido cuatro grupos de alfares. El grupo 1 se caracteriza por una cerámica semicompacta con deficiente cocción, inclusiones de fibra vegetal, sílice y arena. Las formas de las vasijas son ollas, cántaros con grandes recipientes de boca, jarras sin asa de forma globular y cuencos esféricos. El grupo 2 está constituido por un conjunto de cerámica sin fibra vegetal, con formas de grandes cántaros con asas o falsas asas. Demuestran mejor manufactura de los que utilizan fibra vegetal (grupo 1), aunque, por otro lado, por su irregularidad de las pastas, cocción y las rudimentarias formas de manufacturar el asa y las bases de los cántaros presentan una cierta relación a este grupo. El grupo 3 se caracteriza por dos fragmentos con representación de la cara humana elaborada con incisión y de manera tosca. El grupo 4 define a la cerámica de filiación Tiwanaku V (con forma de vasos tipo kero y tazones).

De acuerdo con el estudio de la cerámica, se reconoce en el sitio un largo proceso histórico que se iniciaría con las sociedades formativas contemporáneas con Faldas del Morro de Arica y que continuaría hasta la época Tiwanaku (Gordillo 1997). Por otro lado, por sus características constituye un sitio diagnóstico para analizar y discutir cómo se originó y organizó la formación aldeana en los valles occidentales, en la perspectiva política económica y social. Por las evidencias que arroja el sitio, estamos frente a un asentamiento que podría entregar aspectos importantes en relación a la división o especialización del trabajo como es el caso de los ceramistas y orfebres que pudieron existir en el Atajo. De la misma manera, el hallazgo de canales y campos de cultivos implicaría según Gordillo que los habitantes de este asentamiento fueron agricultores, actividad económica que en la época Tiwanaku tuvo un gran impulso.

El Período Formativo en el Extremo Norte de Chile: Nuevos Datos

En el mismo lugar donde se halló el clásico sitio Faldas del Morro, correspondiente a la fase temprana del período Formativo, Focacci y Chacón (1989) describieron un cementerio, al cual denominaron Morro 2/2; de él describen 10 tumbas, las que estaban recubiertas por una gruesa capa de arena de 1.50 m. Las fosas eran de formas cilíndricas, ovaladas y redondas con un diámetro de 1 a 1,50 m. Estaban selladas por gruesas esteras y camadas de grama (Cynodon dactylon), cola de caballo (Equisetum sp.), Chilcas (Baccharis sp) y Sorona (Tessaria absinthioides); en tres tumbas se halló la presencia de un palo de huácano puesto verticalmente a manera de señalizador de tumba. Los cuerpos estaban en posición decúbito lateral con las piernas flexionadas, envueltos en mantas de lana de hebras gruesas y esteras de fibras maceradas. Algunos cuerpos llevaban tocados de lana puestos en la cabeza de los difuntos. En el rostro se les colocó ocre y pintura roja. Seis de los cuerpos presentan la ausencia del cráneo, lo que sugiere a Focacci y Chacón (1989) que estas poblaciones practicaban el culto a la cabeza humana. Las ofrendas a los cuerpos las constituyen entre otras: brochitas de ramas, tortero de hueso y arcilla, cuchillo, espátula de hueso, collar de cuentas de madera, calabazas pirograbadas, cestería con formas de puco, escudillas y plato, algunas decoradas con motivos escalerados y sin decoración; cerámicas con formas de jarra globular sin asa, bolsa de lana, tejidos con técnica de punto de red, decoradas con líneas horizontales y triangulares. Los artefactos para la pesca y recolección marina que fueron parte de las ofrendas lo constituyeron: instrumentos de hueso para extraer mariscos conocido como chope cabezal de arpón con barba de hueso y anzuelos compuestos.

Focacci y Chacón (1989) al hacer una recapitulación del cementerio Morro 2/2 señalan que esta población formó parte de las poblaciones formativas Faldas del Morro. Las fechas radiocarbónicas tomadas de los músculos de las momias arrojan dataciones de 800-750 a.C. Sin embargo, por los fragmentos de cerámicas halladas ­superficies engobadas negra y roja­ reconocen que estas poblaciones pudieron haber estado vinculadas a un desarrollo interregional que involucró otras áreas tanto de sierra como altiplano.

En la desembocadura del río Camarones, en los cerros que conforman el acantilado sur de la desembocadura, se ubica el cementerio Camarones 15. Dicha ocupación funeraria presenta varios momentos que van desde el período Arcaico hasta el período Formativo (Muñoz et al. 1991). De los cinco sectores definidos, el A y B corresponden a los de un cementerio del período Formativo en su fase temprana; estos entierros se ubican en el sector norte del cementerio, a mitad de ladera. Se asocian estas tumbas a bolsones con basuras como consecuencia de actividad doméstica generada por las mismas poblaciones. Los enterramientos de los adultos como de los niños se caracterizan por tener un madero señalizador puesto verticalmente. La superficie de los enterramientos está cubierta por finas esteras de totora, algunas de las cuales presentan bordados de lana de colores negro, rojo y café.

Los cuerpos de los adultos aparecen en posición decúbito dorsal y lateral, con las piernas flexionadas, sus cabezas orientadas en distintas direcciones; éstos están cubiertos por gruesas mantas tejidas de lana de camélidos; algunos cuerpos llevan puestas camisas sin mangas y sin decoración. Otros difuntos llevan cobertores púbicos y faldellines confeccionados en fibra vegetal. Tres llevan turbantes y cintillos de lana, los que cubren parte del cráneo.

A diferencia de los adultos, los entierros de los recién nacidos y niños de corta edad se caracterizan por estar depositados dentro de cestos, lo que una vez tapado por otro cesto fue cubierto por una fina estera a modo de urna funeraria. Los cuerpos están en posición fetal cubiertos por una fina manta tejida a telar, con diseños geométricos y de cruces decoradas con una interesante combinación de colores. Esta vestimenta va sujeta al cuerpo mediante finos cordones de lana, teñidos de color rojo.

Algunos cuerpos llevan puestos pequeños taris a manera de cobertor púbico; éstos presentan decoración multicolor en listas verticales con una combinación de colores azul, rojo y amarillo. Los recién nacidos, en la muñeca izquierda de la extremidad superior, llevan brazaletes de lana, con cuentas de collar o en su reemplazo anzuelos de cactos. Las ofrendas de estos lactantes están constituidas por agujas, cuerdas de fibra vegetal, anzuelos de cactáceas y madejones de lana.

La segunda fase del período Formativo la constituye Alto Ramírez que se caracteriza por cementerios con formación de túmulos. Recientemente hemos excavado dos cementerios, AZ-70/6 y AZ-115 (Muñoz 1995/1996), ubicados en el sector medio del valle de Azapa. El primero corresponde a un emplazamiento con característica de sepultura tumular (túmulo 6). En cambio el segundo lo conforma un emplazamiento con características sepulturales en fosas circulares, en un área de reen-terramientos. El patrón de entierro de AZ-70/6 está dado por cuerpos en posición decúbito lateral, extremidades inferiores flexionadas, envueltos con mantas gruesas, tejidas en lana. Estos cuerpos presentan en algunos casos maderos como señalizadores de tumbas. En AZ-115 los entierros presentan una posición decúbito lateral, con las piernas flexionadas, los cuerpos están envueltos en mantas policromas. Al igual que en AZ-70, túmulo 6, aquí también encontramos indicadores de entierros como pequeñas cañas, puestas verticalmente. Estos entierros están delimitados por un círculo de piedras y cantos rodados. También hallamos tumbas de recién nacidos depositados en cestas, los que fueron tapados por cestas similares a las en que fueron depositados y recubiertos por una estera de fibra vegetal.

En relación con las ofrendas, en AZ-70 están relacionadas a piezas de cestería sin decoración. En cambio en AZ-115 las ofrendas están constituidas por piezas tejidas en lana confeccionadas en miniatura. También se hallaron en miniatura piezas confeccionadas en fibra vegetal, algunas de ellas policromas. Otra pieza excepcional lo constituyó un collar conformado por piezas metálicas. La cerámica en AZ-70 es sin decoración, de forma globular, de manufactura tosca. En cambio en AZ-115 las piezas son de forma globular y de tazón, sin decoración, de pastas muy arenosas; en el cuerpo tres se halló una pieza en miniatura de forma globular, la que fue fechada en 340 d.C.

Los textiles de AZ-70 corresponden a mantas de lana tejida a telar; estas piezas cubren totalmente el cuerpo de los difuntos, generalmente presentan decoración listada con tonalidades de color café. En AZ-115 hallamos piezas confeccionadas en lana de camélidos tejidas con técnica de telar, varias de ellas confeccionadas en miniatura; estas pequeñas mantas están decoradas con listas de color verde, rojo y azul. Tienen la particularidad de estar tejidas con el sistema de cadenetas o bordados laterales; sus formas son de inkuñas y taris. En este cementerio también hallamos mantas utilizadas para cubrir los cuerpos; éstas están tejidas a telar y presentan en su superficie un aspecto afelpado.

En cuanto a la cestería, en AZ-70 ésta presenta formas de plato y puco, está tejida en técnica de espiral sin decoración. Este mismo tipo de cestería se repite en AZ-115, aunque el mayor trabajo en fibra vegetal está dado por pequeñas piezas en miniatura, las que se distribuyen a lo largo del estrato en donde fueron depositados los cuerpos.

Otras ofrendas halladas en AZ-70 fueron peines, confeccionados en maderas astiles y maderos para preparar fuego, una bolsa de cuero con abertura bordada, una punta lítica de forma lanceolada y un fragmento de capacho. En cambio en AZ-115 se hallaron dardos, palitos embarrilados con lana, capachos y ovillos de lana; estos tres últimos elementos fueron hechos en miniatura. Algunos productos agrícolas puestos como ofrenda en los entierros los constituyen: calabazas, algodón (Gossipium sp), mandioca, camote, ají, maíz, pallar, además de plantas silvestres que crecen en los totorales y desembocaduras de ríos como Totora, cola de caballo (Equisetum sp), sorona (Tessaria absinthioides) junquillos (Scirpus sp), molle (Lithrea molle), chilcas (Baccharis sp) y sauce (Salix nigra).

Análisis de las Evidencias

De la información de los sitios, se desprenden varios comentarios:

1. Los antecedentes proporcionados por los sitios de la cuenca de Osmore, Moquegua, resalta en primer lugar la presencia de cerámica manufacturada en fibra vegetal propia de la tradición costera del Pacífico; también en esta alfarería habría influencia de la tradición formativa de la cuenca del lago Titicaca como es la fase Llusllo de Chiripa y la fase media de Wankarani. Esto explicaría que al igual que en la cerámica de los valles y costa de Arica, el inicio de la alfarería está dado por una tradición local costera y otra de estilo altiplánico.

La tradición altiplánica alfarera se ve más acentuada en el período Formativo Tardío representado por la fase denominada Trapiche donde habría registros de alfarería Pukara. La decoración de estas piezas incluye como una primera variante el modelado de felinos, rombos o rectángulos diseñados con franjas negras. Una segunda variante incluye felinos con caninos atravesando el labio superior. Según Feldman es probable que la producción de cerámica estilo Pukara haya sido confeccionada por la población local moqueguana, la que estuvo en contacto con el sitio epónimo de Pukara. Esta población tal vez alcanzó a conformar una elite local que mantenía contacto con el altiplano. Sugerimos esta hipótesis, puesto que la alfarería trapiche aparece asociada a estructuras de plataformas monumental con mampostería, lo cual indicaría que a su vez mantuvieron el poder político y administrativo en el valle de Moquegua. El hallazgo de tejidos con técnica de tapicería y otros decorados con emplumados aúnan mayores antecedentes para plantear la presencia de una elite local asentada en la cuenca de Osmore antes de la llegada de Tiwanaku.

Este tipo de arquitectura, compuesta por plataformas elevadas en Moquegua, quizás tenga su mayor expresión arquitectónica en el sitio Omo correspondiente al período Tiwanaku, lo que para Goldstein (1990) sería un centro administrativo provincial de Tiwanaku. Esta conformación de asentamientos administrativos cuyos inicios parecen estar en la fase Trapiche implicaría, además, un dominio directo de la población altiplánica, a través de pequeños grupos de elite. Según Feldman, este dominio estuvo dado por poblaciones Pucara y de la zona sur del altiplánico tanto de Chiripa/Wankarani y posteriormente por Tiwanaku, las que habrían ejercido un control directo sobre el valle de Moquegua.

2. En la costa de Ilo, Bawden (1990) ha definido una población de tradición cultural costera similar a Faldas del Morro y Playa Miller 7 de la costa de Arica. Su bagaje cultural está constituido por una serie de artefactos empleados en las actividades marítimas tales como: pesas, barbas para arpones, anzuelos, chopes, lienzas, claros indicadores de la especialización a la vida marina. Bawden señala que estas poblaciones mantuvieron pequeñas áreas residenciales, a manera de campamentos, en los sectores de la desembocadura del río Moquegua. También plantea la posibilidad de que estas poblaciones hayan incursionado hacia los valles interiores en búsqueda de recursos complementarios, quizás el sitio Wawakiki podría corresponder a uno de estos testimonios, en el sector bajo del valle de Moquegua, donde se habrían establecido en búsqueda de materias primas y recursos de caza y recolección.

3. En Tacna, los antecedentes que arroja el sitio El Atajo evidencian un asentamiento ocupado desde el período Formativo Temprano, hasta la consolidación del proceso aldeano durante el período Medio. Según Gordillo (1997), la población de El Atajo se habría asentado con el propósito de desarrollar actividades agrarias, hipótesis que se sustenta por la presencia de instrumentos para el trabajo de la tierra en el sitio; además su emplazamiento en un área de tierras cultivables les posibilitó la irrigación a través del desagüe del río Caramolle. La presencia de canales y campos de cultivos en el asentamiento aúnan mayores evidencias para inferir la actividad agrícola de parte de los pobladores que se asentaron en este asentamiento.

Por otro lado, varios son los elementos que nos diseñan una especialización del trabajo en El Atajo. En primer lugar, la de un grupo alfarero; planteamos esto por la presencia de depósitos de arcilla: cerámica sin cocer, desgrasantes, hornos, manos, etc. Además, la cerámica presenta distintas formas; desde cántaros, olla y cuenco con desgrasante en fibra vegetal, pasando por una cerámica escultórica sin fibra vegetal, hasta alfarería representativa del estilo Tiwanaku en su fase V con formas de vasos y tazones. Esta amplia variedad de formas y diseños pensamos que fueron confeccionadas y diseñadas en el asentamiento como consecuencia de un desarrollo tecnológico alfarero local apoyado por artesanos que trajeron diseños y pastas foráneas.

En segundo lugar, otro grupo especialista pudo haber sido los(as) tejedores(as) sustentado por la presencia de objetos para tejer (ovillos, agujas, torteros). Se sugiere esta hipótesis pensando en un grupo familiar que hiló y tejió ciertas vestimentas de uso cotidiano para ceremonias fúnebres y religiosas.

En tercer lugar, la de un grupo menor de orfebres, los cuales habrían sido los que confeccionaron láminas de cobre, adornos e instrumentos tecnológicos como palas para azadones y agujas para tejer. Esta hipótesis la sustentamos en base a las condiciones ideales que ofrece el sitio: espacio abierto para fundir y trabajar pequeños objetos en metales.

4. En el valle de Azapa los asentamientos funerarios estudiados en la última década han aportado nuevas evidencias relacionadas con la fase tardía del período Formativo. Uno de ellos lo constituye el cementerio AZ-70, túmulo 6, con los entierros clásicos de este período en posición decúbito lateral con las piernas flexionadas. Sin embargo, las ofrendas, mortajas y vestimentas que envuelven los difuntos apuntan a reconocer una manufactura local propia de la tradición costera. Así por ejemplo, en las ofrendas de estos entierros no se hallaron íconos que asemejen a los hallados en la cuenca del Titicaca como Pucara o Wankarani. Los contextos más bien nos recuerdan elementos asociativos tales como: mantas afelpadas, taparrabos, cobertores púbicos, arpones, chopes, etc., manufacturas características de las sociedades formativas tempranas de la costa de Arica, como es el caso de Faldas del Morro y AZ-71 (Muñoz 1989).

A su vez, el cementerio AZ-115 representaría en el contexto cronológico el momento final del período Formativo y comienzo del período Medio. Desde el punto de vista de la población pareciera corresponder a un grupo local, distinto a Cabuza, con quien tiene fechas contemporáneas (320 d.C.); sin embargo, este último se vincularía más bien a un grupo serrano asentado en el valle. AZ-115 presenta un estilo alfarero sin decoración con gran énfasis en las representaciones en miniaturas y textiles de tipo ceremonial como: cintillos, finas camisas, fajas y mantas; además de sandalias y ofrendas de maíz. Según Muñoz (1995/1996) estos contextos presentan más bien semejanza con la población AZ-75. Los contextos más representativos de AZ-75 lo constituyen objetos e íconos donde se representa la figura del sacrificador, keros de madera con diseños geométricos, faja de tejido de lana de variados colores, decorada con motivos escalerados, estilizaciones de rostros humanos, perfiles de llama y figuras de batráceos, pequeños collares de cuentas de concha y lapislázuli, y objetos de cobre con diseño de estrellas de cuatro puntas. Varias de estas ofrendas aparecen representadas en objetos en miniaturas, los cuales son diagnóstico del período Formativo tardío, muy semejantes a los hallados en AZ-115.

Si consideramos la hipótesis anterior, en el contexto de que Cabuza representado por el sitio AZ-6 y San Lorenzo representado por los sitios AZ-115 y AZ-75 fuesen dos grupos distintos, éstos habrían coexistido a fines del período Formativo y comienzos del período Medio en el valle de Azapa (0 al 360 d.C.), dando origen quizás a una interacción social entre gente del valle de Azapa y la costa con grupos serranos.

5. En la costa de Arica, los trabajos realizados en la población Morro 2/2 sitúan este cementerio durante el período Formativo Temprano; las dataciones obtenidas de los entierros han permitido conocer la edad absoluta de las poblaciones Faldas del Morro (800 a.C.). Otro aspecto interesante de esta población está dado por la cerámica en donde por primera vez encontramos la presencia del asa plana unida al labio de la vasija y a la base del cuello; la alfarería es engobada y pulida. También resalta la técnica del pirograbado en objetos para al absorción de alucinógenos y en fragmentos de calabazas.

Ambos elementos ­alfarería y técnicas de pirograbado­ refuerzan la tesis de que esta población se hallaba en un proceso de cambio que involucró lo económico (agricultura), ideológico (cambio de patrón entierro) y tecnológico (cerámica, objetos ceremoniales e instrumentos tecnológicos). De tal manera que con los antecedentes que nos ha proporcionado la población Morro 2/2 podemos señalar que correspondió a un grupo de pescadores que se situaron en zonas de ciénagas (faldeos del Morro de Arica) cercanas al litoral, constituyéndose éstos en los espacios más favorables para su economía de subsistencia. Su cultura en general está asociada a los grupos costeros de tradición arcaica quienes evolucionaron hacia el desarrollo formativo costero, teniendo su base económica en los recursos que les proporcionaba el mar.

6. En la desembocadura del río Camarones los estudios desarrollados en el cementerio Camarones-15 (sectores A y B), al margen de proporcionar información referente a una población de pescadores y recolectores marinos contemporánea con Faldas del Morro de la zona de Arica, también proporcionan información de haber sido un grupo que tuvo contacto o relaciones con el área de Pisagua y Tarapacá. Así lo sugieren algunos motivos hallados en la cestería y en los textiles (figuras escaleradas, tapizadas en rojo, azul y negro). En cerámica, si bien presenta formas globulares similares a las halladas en la costa de Arica, algunos tiestos nos recuerdan la cerámica de Pisagua (Muñoz 1989). Sin embargo, al margen de estos probables contactos, la población ­Camarones 15 A y B­ se estructuró, al igual que Morro 2/2, sobre la base de poblaciones preexistentes vinculadas con la tradición Chinchorro.

Sobre la Reconstrucción Histórica del Proceso Formativo

Es evidente que con el hallazgo de las evidencias descritas en el presente artículo la problemática del período Formativo se ha enriquecido para los valles costeros de la vertiente occidental andina, permitiendo el planteamiento de nuevas hipótesis y comentarios.

En primer lugar nos referiremos al conocimiento del medio, aspecto que nos permite entender cómo fue explotado el espacio, a partir de las primeras sociedades de caza y recolección asentadas en la costa y cómo estas experiencias habrían ayudado al desarrollo de las primeras prácticas horticultoras en los valles bajos.

En segundo lugar nos interesa conocer el estado de salud de las poblaciones, puesto que entendemos que la introducción de un nuevo sistema de subsistencia seguramente afectó a la población que participó de dicho proceso, a través de enfermedades que mermaron la población local.

En tercer lugar la movilidad y contacto poblacional, que se habría generado como consecuencia de una mayor interacción social que involucró gentes de distintos valles costeros del Pacífico, así como de otras regiones de los Andes en las que se incluye el área Circumtiticaca.

En cuarto lugar el patrón habitacional, que en la medida que se van encontrando nuevos sitios permite plantear una diversidad de asentamientos con distintas funciones, lo cual nos ayudará a futuro a establecer categorías funcionales y sociales en relación a la población que los ocupó.

Conocimiento del medio

Los estudios arqueológicos sugieren que el proceso agrícola temprano en nuestra región habría tenido sus causas como consecuencia de una larga historia de caza y recolección marítima, contactos con otras áreas culturales, específicamente el altiplano Circumtiticaca y fundamentalmente un profundo conocimiento del medio.

Esta dependencia del mar, como fuente básica de alimentos, habría permitido a las poblaciones arcaicas de Camarones tener una concepción territorial seminómada, en el sentido de mantener campamentos a lo largo del litoral, con marcado interés por las zonas de desembocadura de ríos, las que eran explotadas periódicamente. En este contexto el sistema organizativo de estas poblaciones remarca dos aspectos interesantes de analizar:

Recurrencia y homogeneidad de hábitos. Los depósitos de residuos marítimos procesados y acumulados en sucesivas capas (concheros) señalan el uso de un mismo lugar para una misma función, durante miles de años. Tales depósitos, localizados en costas rocosas con abundancia de moluscos y crustáceos, sirvieron como lugares destinados a la preparación de estos productos.

Espacio social. Tanto las áreas de procesamiento de moluscos como las zonas de residencia e incluso las áreas funerarias se encuentran en espacios relativamente cercanos, definiendo el espacio social del grupo. En lo específico, el lugar de residencia estuvo constituido por campamentos cuyas viviendas se ajustaban a un patrón común disperso, es decir, separadas unas de otras. Este modelo habitacional simple constituye un antecedente que nos permite concebir que su espacio habitacional tenía un carácter temporal, especialmente en los valles.

No obstante lo anterior, estas tempranas poblaciones tuvieron acceso y manejo de recursos en ambientes de valles costeros. Tras la búsqueda de recursos alimenticios complementarios y materias primas necesarias para su modo de vida, incursionaron hacia los valles interiores y cabeceras de éstos, logrando recursos de orden vegetal, los que fueron utilizados para vestimenta (totora y junquillos), construcción de viviendas (troncos de sauce), alimento (harinas de raíces de totora) e incluso en los ritos mortuorios a través de la confección de esteras con las cuales cubrían los muertos. Otros objetivos de estas incursiones fueron la explotación de materias primas, especialmente vetas de calcedonia, utilizadas en la fabricación de la industria lítica de pesca/caza y la caza terrestre, especialmente de guanacos y cuyes, animales que formaron parte del recurso alimenticio complementario (Núñez 1989).

Sin embargo, de los datos obtenidos de las excavaciones se desprende que estas incursiones a lo largo de las quebradas interiores debieron haber estado organizadas, considerando aspectos tales como conocimiento del medio, biología animal en términos de reproducción y hábitat, caza de guanacos, posiblemente vizcachas y áreas de explotación de materiales. Al respecto, interesantes resultan las observaciones hechas por Muñoz et al. (1991) respecto a la movilidad que ejercieron las poblaciones del período Arcaico Tardío en Camarones. Señalan que como una manera de no agotar los recursos del litoral y aprovechando los recursos de caza y recolección que proporcionaba el valle en sus diversos ecosistemas, los grupos arcaicos tuvieron que ejecutar expediciones de mayor aliento hacia el valle interior; el manejo de estos circuitos de caza y recolección permitió ampliar el conocimiento del paisaje, sus características y cambios, además de complementar la dieta en términos de calorías y proteínas, con lo cual las poblaciones supieron suplir el déficit nutricional.

En síntesis, el análisis de las evidencias nos habla de una población que debió haber conocido su hábitat y que, a pesar de que los ejes conductivos para organizar la economía se situaron más en la costa que en el valle interior, el conocimiento de plantas, animales y recursos naturales fue parte esencial de su existencia.

La introducción de cultígenos que al parecer fue gradual en el tiempo, hasta lograr consolidar una línea de rendimiento productivo en el valle, debió considerar toda la experiencia previa que se tenía del medio, haciendo hincapié además en las características climáticas y recursos de agua como las riberas del ríos o zonas de vertientes donde se concentra el mayor bioma vegetacional de los valles costeros del Pacífico. Posiblemente fueron estos espacios acuosos donde se hicieron las primeras prácticas de cultivos. De tal manera, el proceso de sedentarismo aparece como resultado lógico del conocimiento de la naturaleza y de los procesos culturales que tienen lugar en un espacio dado. En el caso de los valles de los extremos del sur de Perú y norte de Chile este proceso vino a conceptualizar las bases de un desarrollo más estable a partir del 1.000 a.C. cuando el hombre logró explotar la tierra, lo cual fortaleció la estructura económica de las poblaciones del Pacífico, generándose una organización en términos aldeanos más sólida y estable.

El estado de salud de la población. El análisis bioantropológico realizado a poblaciones Camarones-15, AZ-70, AZ-122 y Morro 2/2 ha detectado una serie de patologías que nos permiten visualizar aspectos del cuadro clínico de estas poblaciones formativas. Las artropatías son bastante severas y los hombres aparecen más afectados en la columna lumbar que las mujeres. Los cambios de altitud y las características abruptas que ofrece el terreno implican que la movilización del hombre en estos espacios debió repercutir considerablemente en su estructura esquelética.

En relación a las lesiones traumáticas, los hombres están más comprometidos que las mujeres, algunas corresponden a fracturas en el cráneo, nasales y malares probablemente como resultado de riñas locales.

Otro tipo de enfermedades detectadas son de carácter infeccioso como tuberculosis y neumonías, estas últimas se constituyeron en la mayor causa de muerte de esta población; el cuadro infeccioso atacó los bronquios y pulmones (Allison 1989). Las enfermedades gastrointestinales también formaron parte de los problemas de salud de estas poblaciones, atacando a los lactantes e infantes de corta edad preferentemente.

Con respecto a las lesiones óseas de origen infeccioso, dos casos muestran fuertes evidencias de que la enfermedad que gatilló la alteración de los huesos fue probablemente un tipo de trepone-matosis (conocido como yaw, que no es de transmisión venérea). Esta enfermedad se ha identificado también en los grupos costeros del período arcaico en la zona de Arica, por lo que no sería una enfermedad nueva en la zona.

Respecto a la mortalidad, vemos una alta frecuencia en la población infantil, especialmente lactantes e infantes de primeros años. Estos antecedentes los hemos observado en el cementerio del período Formativo 2/2 del Morro de Arica y en la desembocadura del río Camarones en las poblaciones Camarones-15 (Allison 1989). Las razones de estas muertes las entendemos en el sentido de que las poblaciones estaban en proceso de adaptar una nueva economía de recursos, lo cual implicó una serie de factores de riesgo como consecuencia de los cambios ambientales y culturales.

En síntesis, podemos señalar que el estado de salud de las poblaciones formativas fue precario, con enfermedades broncopulmonares y gastrointestinales que causaron la muerte en especial a los niños y recién nacidos. Esta situación demostraría lo complejo que fue para las poblaciones locales cambiar los hábitos alimenticios, o insertarse en nuevas áreas de asentamiento como consecuencia del trabajo agrícola. Esto habría traído consigo una serie de enfermedades contagiosas provocadas por parásitos, y otro tipo de agente nocivo propio del valle. Por otro lado, el traslado de comidas hacia la costa y el valle habría sido otro factor de enfermedades y muertes provocado por la descomposición de los alimentos.

Movilidad y contacto. Tal como lo postula Feldman (1990), el valle de Moquegua pudo haber constituido un área de desplazamiento directo de las poblaciones altiplánicas, especialmente las asentadas en el área sur del lago como: Pucara, Chiripa y posteriormente Tiwanaku. Las evidencias ceramológi-cas y arquitectónicas halladas en el cerro Trapiche podrían constituir indicadores de estos asentamien-tos, las que a través del tiempo se fueron consolidando hasta llegar a conformar un gran centro administrativo de las características de Omo vinculado a una ocupación Tiwanaku de tipo administrativo provincial, cuyo máximo desarrollo lo habría alcanzado alrededor del 600 d.C (Goldstein 1990). Estas poblaciones altiplánicas en sus comienzos no sólo se asentaron y controlaron el valle de Moquegua, sino que su esfera de influencia cultural abarcó otros valles del sur del Perú como Sama y Caplina, teniendo tal vez alguna responsabilidad en la construcción del asentamiento de El Atajo, si consideramos que la cerámica del sitio tiene similitudes con las cerámicas de Llusllo de Chiripa y las de Tiwanaku III (Gordillo, 1997). También es posible que hayan participado en las construcciones de túmulos funerarios, cementerios que se hallan en la cuenca del Caplina, especialmente en los sectores de Magollo y Caliente. En el Caplina (Tacna) esta influencia pudo haber continuado durante el período Medio, con Tiwanaku, si consideramos que este valle fue ampliamente explotado por dichas comunidades. Es probable que esta experiencia la hayan tomado de los grupos que los precedieron como fueron Pukaras, Chiripa o Wancarani.

Estas evidencias son de mucha importancia pues nos estarían entregando elementos para sugerir un desplazamiento poblacional a través de una vía norte-sur anterior a Tiwanaku. A través de este circuito de movilidad es posible que objetos o tal vez poblaciones altiplánicas hayan llegado inclusive al valle de Azapa. La presencia de tejidos con algunos rasgos iconográficos como los motivos escalerados y figuras de batráceos y llamas podrían corresponder a los bienes que posiblemente arribaron y que incrementaron el acervo cultural de las poblaciones azapeñas.

Otra área de movilidad e interrelación cultural posiblemente fue la desembocadura de Camarones; en ella, en el período Formativo, encontramos motivos muy similares a los hallados en Tarapacá y Pisagua, especialmente los de tipo geométrico pintados de rojo, anaranjado y negro en objetos de cesterías y textiles. Estas similitudes se repiten en la forma de entierros, los que presentan superficialmente cubiertas de esteras con grandes cestos que cubren los cuerpos. En esta desembocadura también hallamos la presencia de rasgos similares a los encontrados en Arica, como es la cerámica globular con antiplástico de fibra vegetal, las mantas y camisas de trama gruesa listadas que cubren y visten los cuerpos. Toda esta parafernalia ritual compuesta por objetos, iconos, motivos y formas de entierros nos sugiere que la desembocadura del río Camarones fue un espacio de contacto donde se articularon ideas que llegaron de diversos lugares como Arica y su entorno por el norte y las quebradas intermedias que van desde Camiña al sur y desde la costa de Pisagua.

Modelo de asentamiento. Durante el período Formativo surgen algunos indicadores que bien vale la pena analizar, uno de ellos corresponde a los asentamientos habitacionales; en éstos, hasta antes que se estudiara Cerro Trapiche y El Atajo, se pensaba que el modelo habitacional más representativo para la primera fase del período Formativo en los valles occidentales era el de un sistema constructivo muy liviano, a base de ramadas o chozas perecibles, lo que implicaba una aldea primaria con elementos constructivos muy frágiles que lógicamente quedaron cubiertos o que se erosionaron a través del tiempo. La idea de este modelo habitacional se basaba en los antecedentes constructivos que entregan los túmulos: camadas de fibra vegetal, piedras y troncos de árboles y la excavación de pisos habitacionales (Muñoz 1989). Este sistema constructivo se planteó para la costa del Pacífico, reconociéndose que en las quebradas intermedias en los asentamientos, los poblados como Caserones y Guatacondo, a fines del período Formativo, se construyeron con una arquitectura más sólida, con una distribución del espacio más definida en relación a áreas económicas, domésticas y ceremoniales, lo que habría implicado un mayor número de recintos y por ende un mayor número de población.

A la luz de los trabajos en Cerro Trapiche, El Atajo y AZ-83 (este último sitio detectado en el valle de Azapa a comienzos de la década de los setenta y destruido en 1975 para desarrollar labores agrícolas) la discusión sobre los asentamientos poblaciones ha adquirido mayor relevancia, especialmente en el área nuclear de los valles occidentales, como es el extremo norte de Chile y extremo sur del Perú. En la costa, si bien es cierto el modelo de construcción liviano se manifiesta hasta fines del período Formativo, en los valles, tal vez como consecuencia de una mayor presencia de población, se habrían empezado a construir asentamientos más estables ­aldeas­, con la idea de albergar a gente especializada como agricultores, artesanos, alfareros, tejedores y orfebres. Esta especialización del trabajo habría sido, entre otras, la causa de que los campamentos o aldeas primarias establecidos en la costa derivaran hacia aldeas más consolidadas con mayor densidad de población y constructivamente más sólidas, con espacios funcionales de acuerdo con la especialización del trabajo. Quizás el asentamiento de El Atajo sea lo más representativo en relación a la hipótesis anteriormente planteada. En el valle de Azapa, el asentamiento AZ-83, por la gran cantidad de recintos que presentaba esta aldea y la variedad de tipos de cerámicas halladas en superficie sugieren que en dicho asentamiento pudo haber existido un grupo de alfareros paralelo a las actividades agrícolas que generaban los pobladores de AZ-83.

En la cuenca de Osmore, los estudios en los emplazamientos habitacionales, al margen de detectar áreas de especialización, han podido definir ciertas diferencias entre ellos. Por ejemplo, las características que ofrece Cerro Trapiche con una estructura arquitectónica bien definida compuesta por plataformas aterrazadas y elevadas, asociadas a objetos y prendas traídas desde el altiplano, hacen pensar en un probable centro administrativo. Este asentamiento, a su vez, difiere de otros que presentan estructuras de menor complejidad arquitectónica asociada con cerámicas locales. Estas diferencias también las vemos en la costa, en Ilo, donde se hallan estructuras de material ligero con cimientos de piedra, lo que indicaría que éstas fueron hechas para pernoctar un tiempo limitado. Estas aldeas primarias o campamentos se levantaron en espacios donde fue posible explotar recursos para alimentos como materias primas para la fabricación de objetos; por sus características constructivas y el espacio ocupado sugieren un tipo de campamento semiestable que en la medida en que se agotaron los recursos la gente se desplazó a otros lugares.

En síntesis, en el sector medio del valle de Moquegua (cuenca de Osmore) es posible visualizar una jerarquía de asentamientos que van de lo estrictamente funcional para albergar (dormir) al individuo a otros donde se constata el germen de lo que más tardíamente pudo ser un gran centro administrativo, en el cual el manejo y control de la cuenca estuvo dado por una elite local influenciada por poblaciones altiplánicas; es interesante hacer notar que cuando comienza este proceso administrativo y de control se constata el hecho de que las aldeas de los valles interiores y costeros gradualmente crecen en términos de recintos de ocupación, como consecuencia de un mayor desarrollo agrícola y tal vez de una especialización artesanal.

Sin embargo, al margen de este desarrollo gradual, el mar y los recursos de caza, pesca y recolección terrestre siguieron siendo fundamentales en el contexto de la economía de estas poblaciones formativas de los valles occidentales. Este planteamiento se ve corroborado en los asentamientos de Ilo, Quebrada de los Burros y El Atajo en Tacna, Azapa, Faldeos del Morro de Arica y la desembocadura de Camarones, donde, además, es posible visualizar que varios elementos de la cultura material como tecnologías, artesanías e incluso vestimenta presentan similitudes a los elementos que identificaron las poblaciones arcaicas costeras, demostrando con esto que a pesar de que en el período Formativo las sociedades se encaminaban hacia el cambio agrícola aldeano, la costa bajo el concepto económico y cultural siguió siendo la base sobre la cual estas sociedades formativas de los valles occidentales se proyectaron a través del tiempo.

Agradecimientos: Fondecyt 1990168, jefe de proyecto Carolina Agüero.

 

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