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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.36  supl.espec. t1 Arica sep. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562004000300016 

  Volumen Especial, 2004. Páginas 131-139
Chungara, Revista de Antropología Chilena

SIMPOSIO ESTADO ACTUAL DE LA ARQUELOGÍA HISTÓRICA EN CHILE: TEORÍA Y MÉTODOS

ARQUEOLOGÍA DEL SIGLO XX: EL CASO DE ISLA DE LOS MUERTOS, PATAGONIA OCCIDENTAL, AISÉN

Omar Reyes*, Francisco Mena**, Héctor Velásquez*** y Valentina Trejo****

* omarreyesbaez@vtr.net
** Museo Chileno de Arte Precolombino; Bandera 361, Santiago. fmena@museoprecolombino.cl
*** hectorvelasquezcl@yahoo.es
**** valentinatrejo@123click.cl


En la desembocadura del Río Baker (Novena Región) existe un antiguo cementerio cristiano acerca de cuyo origen se han tejido las más diversas historias. La excavación limitada de este sitio y el análisis sistemático de las evidencias materiales recuperadas en ella, han contribuido significativamente a esta discusión. Las excavaciones arqueológicas en el cementerio histórico de Isla de los Muertos destacan en el concierto de la arqueología histórica nacional por la relativa pobreza de los restos materiales recuperados en ellos (lo que contrasta, por ejemplo, con la cantidad y tamaño de las evidencias recuperadas en contextos urbanos y/o monumentales) y por referirse a un período relativamente moderno (a diferencia de la mayoría de las investigaciones en arqueología histórica, referidas al período colonial). Creemos que la principal diferencia radica, sin embargo, en el hecho de que estas excavaciones fueron motivadas y guiadas por hipótesis surgidas de la documentación histórica, en circunstancias de que por lo general ésta se utiliza "a posteriori" como una manera de enriquecer la discusión de la evidencia material conocida de antemano. Por último, estas investigaciones difieren también de la práctica común en Chile en el sentido de que fueron instigadas y financiadas por la municipalidad y la comunidad local, que ha hecho de este sitio un elemento más de su identidad patrimonial y atractivo turístico, preservándolo ejemplarmente de cualquier destrucción vandálica o excavación ilegal. Creemos que este estudio forma parte de un proceso que ha llevado a declarar el sitio Monumento Histórico y a tramitar acciones orientadas a su adecuada puesta en valor.

Palabras claves: Arqueología histórica, colonización de Aisén, cementerio, fluorescencia de rayos X.

There is an old Christian cemetery on the mouth of the Rio Baker (IX Region) that has nourished the most disparate stories about its unknown origins. Limited archaeological excavations at the site and the systematic analysis of the recovered material remains have made a very valuable contribution to the discussion. The archaeological excavations conducted at the Isla de los Muertos historical cemetery stand out in the context of chilean historical archaeology because of the sparseness of the material remains they have rendered (in contrast, say, to the magnitude of cultural material recovered in urban and/or monumental settings), and because they deal with a modern time-period (contrasting, again, with most national Historical Archaeology, which focuses on the colonial times). We feel, however, that the main difference between this and other research projects in historical archaeology, is that it was led from the outset by ideas and hypotheses taken from written documents, instead of using it as a means to enrich the discussion of previously known archaeological materials, as it is often the case. The study differs also from common archaeological practice in Chile in having been motivated and funded by the local community, which values Isla de los Muertos as a central element of their cultural heritage and as a touristic attraction. This attitude has helped to preserve the cemetery from any destruction or intervention, and our research should be regarded as one step on a long process towards the recognizion of the site as a National Historical Monument, geared towards its future habilitation for touristic and educational visits.

Key words: Historical Archaeology, Aisen colonization, cemetery, X ray fluorescence.


La arqueología histórica ­siendo en Chile una subdisciplina de reciente desarrollo­ se ha centrado en el estudio de sitios urbanos y/o monumentales de tiempos coloniales. Este tipo de sitios entrega, por lo común, una gran riqueza de colecciones (tanto en cantidad como en tamaño), y suele ser excavado con el fin de obtener objetos que puedan exhibirse mediante muestras museográficas, contribuyendo a la sensibilidad patrimonial de la comunidad en que se encuentran. En la mayoría de los casos, además, estos sitios son excavados en el marco de programas de mitigación de impacto ambiental, recurriendo posteriormente a las fuentes históricas, como una manera de enriquecer y contextualizar la discusión de las evidencias arqueológicas ya "rescatadas". Es raro que el análisis de las fuentes históricas sea previo a las excavaciones, o que éstas se orienten a la contrastación de hipótesis derivadas de una investigación documental anterior.

Antes de nuestras excavaciones en Isla de los Muertos tampoco conocíamos en profundidad las versiones orales y escritas acerca de los eventos que condujeron a la formación del cementerio, pero esta investigación fue desarrollada a instancias, y con el apoyo directo, de las autoridades locales, como una contribución explícita e intencional a una antigua discusión acerca del tema en la comunidad. En otras palabras, el sitio no estaba amenazado por alguna obra de ingeniería o vialidad, y no había ninguna razón para practicar excavaciones allí, aparte de la auténtica curiosidad por conocer más de un evento del pasado en la zona. No había sospecha alguna de recuperar piezas de especial valor o interés museológico y, puesto que se sabía que el sitio tenía menos de cien años, tampoco había el atractivo por lo antiguo que rodea los trabajos en sitios coloniales.

En perspectiva regional, sin embargo, el "misterioso" cementerio de Isla de los Muertos no sólo constituye por sí un atractivo turístico indiscutible, sino que representa la evidencia más antigua conocida de un asentamiento "occidental", no indígena. Aisén corresponde, de hecho, al último territorio nacional en ser colonizado de manera efectiva. La situación de aislamiento geográfico y el riguroso clima imperante desmotivaron un pobla-miento que se hizo efectivo, y de manera marginal, sólo desde principios del siglo XX (Figura 1). Aunque el litoral de Aisén fue visitado por los navegantes europeos desde el siglo XVI, su interior permaneció prácticamente desconocido hasta el siglo XIX. Las expediciones en el marco de las Comisiones de Límites para dirimir la soberanía entre Chile y Argentina fueron llevadas a cabo por Hans Steffen en el verano de 1898-1899, y por Ricardo Michell en el verano de 1901-1902, elaborando el primer mapa riguroso de la región. Estas expediciones coincidieron con las nacientes y exitosas empresas ganaderas de Magallanes y Tierra del Fuego (Martinic 1977). Es así como el Gobierno de Chile incorpora las tierras de Patagonia Central para concesionarlas a inversionistas privados. Aparte de los capitales requeridos, existía el compromiso de habilitar los terrenos cedidos con caminos, vías de acceso expeditas e infraestructura que permitieran sacar la producción de las estancias por el Pacífico. Las primeras concesiones otorgadas por el Estado de Chile en los terrenos comprendidos entre los paralelos 46° y 47° S ocurrieron entre 1893 y 1903, primero a Julio Vicuña Subercaseaux, quien obtuvo el arrendamiento de 300.000 hectáreas en la hoya del río Baker. Este contrato fue caducado por la imposibilidad de Subercaseaux de cumplirlo a cabalidad (Martinic 1977). Posteriormente, éste, junto a otras personas en similar situación en la zona (ej. Juan Tornero y Juan Contardi), lograron interesar en ella al poderoso empresario Armando Braun, transfiriendo sus derechos a la Compañía Explotadora del Baker (la "compañía vieja"), sociedad que se formó en 1904, con una concesión de veinte años sobre un área que comprendía, desde la ribera sur del lago General Carrera (por el norte) hasta el fiordo Baker (por el sur) y desde el río Baker (por el oeste) hasta el límite con Argentina (por el este). Durante los primeros años de funcionamiento de "la compañía" los trabajos se dirigieron a habilitar casas y construir sendas y caminos, hechas sobre la apertura que habían realizado las comisiones de límites y ampliándolas hacia el interior. El pequeño puerto de Bajo Pisagua conectaba los trabajos que se realizaban en la desembocadura del Baker con el exterior. Todas estas obras se tradujeron en costos muy superiores a lo estimado, lo que, unido a los riesgos implícitos a una empresa de esta naturaleza, condujo a la quiebra de la compañía en 1908.


 
Figura 1. Ubicación geográfica sitio Isla de los Muertos, Patagonia Occidental.

Es en este contexto que se produjo la mortandad masiva que dio origen al cementerio de Isla de los Muertos, motivo de nuestras investigaciones.

Arqueología en Isla de los Muertos

Aparentemente, la primera noticia impresa sobre una muerte masiva a principios de siglo en la desembocadura del Baker fue dada a conocer simultáneamente por el padre salesiano Alberto Agostini (1945) y el explorador A. F. Tschiffely ([1945]1996) quienes mencionan la muerte de 120 y 79 hombres, respectivamente, por causa del escorbuto y aislamiento en tiempos de la Sociedad Explotadora del Baker (1904-1908). Durante los años siguientes el tema prácticamente desapareció de la discusión, y las pocas versiones impresas de los "sucesos del Baker" se reducen a medios eruditos o de escasa circulación (Martinic 1977; Soto 1976), repitiendo la misma versión o, en todo caso, explicando las muertes como efecto no-intencional del abandono de trabajadores en la desembocadura del río Baker. La discusión sobre estos sucesos reflota a comienzos de la década del 1980, ligado a la mayor difusión e interés por la zona de Tortel y ­sobre todo­ a versiones sobre un envenenamiento masivo intencional y la cristalización del nombre "Isla de los Muertos". De hecho, los aportes más valiosos a este estudio han sido hechos recién en los últimos dos años, correspondiendo a una recopilación y análisis comparativo sistemático de la documentación, complementario a nuestras excavaciones (Mena y Velásquez 2000) y, sobre todo, a la publicación del único documento conocido escrito por un testigo directo de los hechos, en su momento y lugar (Norris, en Ivanoff 2000)

Una interpretación global de los "acontecimientos del Baker" y el cementerio de "Isla de los Muertos" requiere no sólo del estudio de los restos materiales mismos (campo propio de la arqueología, que en este caso se traslapa también con análisis más propios de la investigación forense), sino de la cuidadosa consideración de toda la evidencia documental (tanto escrita como oral). Por otra parte, el uso y evaluación crítica de testimonios orales constituye también un modesto aporte a una mayor reflexión sobre la "historia oral" (Meyer y Olivera 1971) y su integración con otro tipo de fuentes de información. La comparación de estos testimonios revela un contraste entre versiones "prudentes" (quizás excesivamente "cautas", de parte de una "historia oficial") y versiones "sensacionalistas" y "truculentas", propias de entrevistadores que buscan noticias llamativas (ej. hay pobladores que relatan historias oídas, cayendo muchas veces las versiones escritas en confusiones de fechas y actores, o en relatos que hilvanan sucesos no relacionados como si fueran parte de un solo evento).

La mayoría de los relatos disponibles se basa en testigos que parecen ser fidedignos, pero al ser comparados entre sí revelan importantes contradicciones. A riesgo de simplificar, y con el único fin de sistematizar su análisis, sin embargo, es posible distinguir entre aquellos relatos que explican las muertes en términos de una causa "natural" no-intencional (ej. hambruna, escorbuto, envenenamiento accidental) y aquellos que las consideran consecuencia de un asesinato masivo intencional por envenenamiento (arsénico, estricnina o cianuro), ya sea para aplacar un violento motín inminente, robar el dinero para pagar a los trabajadores o para cobrar indemnización fiscal. Cada una de estas versiones o sus componentes (conductas particulares) debió dejar evidencias materiales distintivas susceptibles de ser contrastadas arqueológicamente (Mena y Velásquez 2000), pero ­como veremos­ las condiciones de preservación apenas permiten descartar algunas, sin que sea posible decidir entre varias alternativas hipotéticas que han quedado como "posibles", aun después de las excavaciones. Para complicar aún más las cosas, es preciso considerar la posible intervención de otras personas en el cementerio con posterioridad a su formación. Es muy probable, por ejemplo, que algunas de las tumbas hayan sido reparadas y "embellecidas" por devotos que visitaron el lugar durante las últimas décadas (ej. cerco individual en la primera tumba, colocación de un rosario sobre la cruz 14) y que hasta hayan puesto o extraído placas de las cruces (en el primer caso, sería imposible que hayan identificado a los muertos bajo tierra por sus nombres; en ambos casos podría haber intenciones fraudulentas). Debemos agregar, además, que las crecidas del río aparentemente habrían erosionado y socavado parte del sitio.

Todos estos factores confabulan contra una interpretación simple del sitio, existiendo dudas acerca de temas tan básicos como la edad del cementerio, la naturaleza de las muertes o el número de individuos fallecidos.

Es así como se desarrolló en noviembre de 1998 una breve pero intensa campaña de investigaciones arqueológicas en el cementerio histórico Isla de los Muertos (Mena et al. 1999). Estos trabajos consistieron en el levantamiento planimétrico y fotografía de la superficie del sitio, la excavación de pozos de sondeo, registro estratigráfico y toma de muestras de tierra de los alrededores del cementerio y la excavación sistemática de una de las tumbas.

La Isla de los Muertos se encuentra en la desembocadura del río Baker, cerca del antiguo asentamiento de Bajo Pisagua, a unos 6 km al noroeste del actual poblado de Caleta Tortel. Al norte de la isla (47°46´ S, 73°36´ W) se emplazan dos hileras de cruces casi cubiertas por una exuberante selva fría formada por la lluvia permanente (4.000 mm anuales aprox.). Lo remoto de su emplazamiento, en una zona que aún hoy es accesible sólo mediante la navegación del río, contribuye a este halo de misterio.

Actualmente el cementerio ocupa una superficie de 248 m2, definida por un cerco que erigió la I. Municipalidad de Tortel y que circunda dos hileras de cruces de ciprés ubicadas en dirección general 65° NW (Figura 2). Se observan 33 cruces relativamente completas (Figura 3) y considerando la extraordinaria capacidad de conservación del ciprés y los resultados del sondeo fuera del cerco perimetral actual, no creemos que existieran antes más cruces o tumbas en estas hileras. Sin embargo, es muy probable que haya habido originalmente una o más hileras de tumbas con cruces (paralelas a las que se observan hoy) más al norte, las que pudieron ser arrastradas por las aguas del río, que en algunos puntos alcanza hoy hasta 1,5 m del cerco que rodea al cementerio.


 
Figura 2. Cementerio Isla de los Muertos.

Se efectuaron dos pozos de sondeo, uno en el sector de la tumba (cruz superficial) 4 y otro fuera del cerco del cementerio, pero siguiendo la línea de proyección de las hileras de cruces. Con este sondeo se pretendía descartar o confirmar la existencia de entierros sin señales superficiales. El pozo de sondeo exterior presentaba una primera capa orgánica intacta que da paso al nivel de ripio fluvial. No se registraron evidencias de inhumaciones o movimientos de tierra.


 
Figura 3. Distribución cruces de ciprés en el cementerio Isla de los Muertos.

La excavación realizada en el interior, sobre la tumba 4, en cambio, reveló signos evidentes de remoción del sedimento orgánico y permitió el descubrimiento, a los 83 cm de profundidad, de la cubierta de un ataúd de ciprés. La ampliación de la excavación de la tumba 4 permitió limitar una inhumación compuesta por un cajón sexahédrico de 177 cm de largo, 53 cm de ancho máximo (a 43,5 cm de la cumbrera), 24 cm de ancho en la base y 30 cm de ancho en la cumbrera, con un espesor promedio de 27 cm (Figura 4). El cajón está construido con tablones de ciprés (Pilgerodendron uvifera) labrados artesanalmente a hacha, de un espesor variable entre los 2,8 y 3,5 cm. La tapa del ataúd está construida de dos tablones. La base, en cambio, está construida de tres tablones longitudinales y un cuarto tablón ­a modo de "cabecera"­ que cruza de lado a lado toda la parte superior del cajón. Los clavos que sirvieron para unir esta obra de carpintería están representados sólo por manchas de óxido.


 
Figura 4. Ataúd de ciprés labrado a hacha.

Al abrir el ataúd, nos encontramos con que la acidez y permanente humedad de la matriz consumieron prácticamente todos los restos orgánicos depositados en su interior. A menos de 100 años de ocurrido el evento, los cajones y cruces de cipreses son los únicos que han resistido en perfecto estado el paso del tiempo. Dentro de la urna se encontraron algunos fragmentos dentales (ocho fragmentos de coronas, habiéndose descompuesto dentina, raíces y pulpa) correspondientes a un solo individuo. También se hallaron tres fragmentos de botones y tres fragmentos textiles. En el perfil que da hacia la tumba 5 adyacente se observó otro ataúd elaborado en ciprés y con el mismo tipo de factura.

La alta inversión de trabajo se refleja en lo elaborado de los cajones descubiertos, la profundidad de las inhumaciones y la manufactura, y el hecho de haber enterrado los postes que sirvieron de cruces (2,10 m de largo) hasta la misma profundidad donde se depositó el ataúd, alrededor de un metro bajo la superficie. No hay motivos para dudar de la validez de extrapolar estas observaciones al resto de las señales visibles, por lo que descartamos aquellas hipótesis alusivas a una mortandad muy rápida (no habría habido quien elaborara los entierros) o a un entierro expeditivo y semiclan-destino (en cuyo caso una especie de "fosa común"), siendo quizás éste el principal aporte de las excavaciones arqueológicas a la discusión del tema.

Paradójicamente, de lo otro que estamos seguros es de que las muertes ocurrieron en el invierno de 1906, en circunstancias de que las técnicas arqueológicas de fechación conocidas (ej. radio-carbón, dendrocronología) no permiten discriminar entre fechas cercanas (ej. diez o veinte años), que afectarían significativamente la interpretación del sitio. Desde un punto de vista arqueológico, sólo podemos afirmar que el cementerio se formó relativamente rápido. La ausencia de intrusiones por parte de entierros de diferentes épocas, por ejemplo, permite descartar de entrada la idea de que se trate simplemente del cementerio asociado a las instalaciones que existían entonces en Bajo Pisagua, resultado de la "mortandad natural" de esta pequeña población. El hallazgo de tres botones en la tumba excavada confirma que se trata de un evento de principios de siglo (Mena 2000). Las tres piezas corresponden a lo que se conoce como "utilitarian china buttons" (Lamm et al. 1970, Hughes y Lester 1981), botones de porcelana hechos mediante un procedimiento industrial desarrollado en Inglaterra por Richard Prosser en 1840 y popularizado en Francia por la empresa de Jean Felix Bapterosse. Antes, este tipo de botones eran confeccionados manualmente uno por uno, siendo elementos caros y lujosos. Durante la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, se fabricaron en grandes cantidades y su uso se popularizó en todas las clases sociales. Es perfectamente razonable que los trabajadores de Bajo Pisagua hayan usado este tipo de botones, aunque ello sólo permitiría acotar la cronología de los eventos a un período relativamente prolongado (entre 1870 y 1920, aproximadamente). Estas piezas están suficientemente bien conservadas como para pensar que hayan existido otras de este tipo que se desintegraron con el tiempo y, aunque las vestiduras de los individuos inhumados hayan incluido botones de hueso u otro material degradable, el hecho de que todos sean diferentes respalda la hipótesis de que estamos ante los restos de personas muy pobres y marginadas de los circuitos de abastecimiento de bienes industriales, debiendo quizás vestirse precariamente. El análisis dental, por otro lado, muestra un notorio desgaste de las piezas (incisivos, caninos, premo-lares y molares) en las caras masticatorias (oclu-sales), reflejo de una vida más rigurosa, carente de elementos aptos para un cuidado bucal y de recursos mínimos para una dieta adecuada y poco abrasiva.

Es más difícil saber si efectivamente la causa de las muertes fue un envenenamiento intencional. Para tratar de obtener más información respecto a este tema se realizó una pericia técnica en el Departamento de Ciencias Físicas de la Universidad de Chile (Avila 1999). El método empleado consiste en realizar una fluorescencia de rayos X, inducidos por una fuente que emite radiación gamma de energía suficiente para lograr la excitación de los átomos presentes en la muestra, generándose en éstos radiación de rayos X característica. Cada energía de esta emisión proviene de un elemento específico presente en la muestra, el cual es de energía conocida y estandarizada. El análisis de fluorescencia de rayos X, realizado sobre la base de parte de los restos dentales, de la tierra que se encontraba dentro de la urna y a una muestra de tierra del exterior, no detectó la presencia de arsénico, siendo insensible a la detección de otras moléculas (ej. cianuro) o tóxicos orgánicos (ej. estricnina). Está claro que las muertes no pudieron ser producidas por el uso de arsénico o cianuro (hipótesis incompatible con la relativa extensión del período de mortandad y con los síntomas reportados), pero tampoco podemos descartar que el agente tóxico fuera estricnina y, en este caso, si se trató de un asesinato o de un accidente. La interpretación más convincente a la luz de la información disponible es que las muertes se debieron a un brote de escorbuto que, por lo demás, es lo que reportan casi todas las fuentes publicadas. Tanto la inversión de trabajo en los entierros como su señalización visible (p.e. grandes cruces, presuntamente varias de ellas con placa identificatoria) sugieren más bien una muerte accidental, aunque no podemos descartar que el cementerio se haya hecho precisamente para disimular un crimen, ante el riesgo de una investigación (p.e. policía, inspectores de seguros). Sin embargo, esta versión ha perdido notoriedad frente a la hipótesis (más sensacionalista) de un envenenamiento intencional, difundida mediante rumores, versiones orales y medios de prensa.

El número de muertos debe haber fluctuado entre 60 y 80, y es probable que la cifra inferior corresponda mejor a los que quedaron efectivamente en la zona del Baker. Al parecer no todos fueron enterrados en la Isla de los Muertos, y aunque el río Baker haya arrasado con una hilera de tumbas, es poco probable que allí se hayan dispuesto originalmente más de 50 ó 60 tumbas.

No se sabe si las muertes fueron relativamente simultáneas, o diferidas en varios meses, aunque la calidad de los entierros sugiere la acción de los mismos compañeros de labores y, por ende, un período de mortandad relativamente prolongado, que permitió entierros individuales laboriosos en vez de, por ejemplo, una tumba colectiva "de emergencia" (o ­alternativamente­ un entierro formal posterior a la muerte simultánea y disposición expeditiva).

Discusión Integrada

Sabemos que las escasas evidencias arqueológicas no pueden explicar por sí mismas los acontecimientos de Isla de los Muertos. Más aún, las abundantes versiones surgidas en las fuentes documentales no son claras en muchos aspectos. Sin embargo, la consideración de toda la información permite aventurar algunas interpretaciones que nos parecen más válidas.

En primer lugar, la fecha de los eventos se puede establecer con mayor seguridad en el invierno de 1906, como sugieren todas las fuentes escritas. La única fecha inscrita en una placa de una de las tumbas coincide con esta determinación, lo que se encuentra en contraposición con las versiones surgidas de las historias orales que sitúan dichos eventos como parte de la colonización posterior en el Baker (participación de Lucas Bridges, encuentros violentos con "chonquies" o chonos, etc.). El hecho de que la formación del cementerio fuera un evento único (sin intervención posterior) permite descartar su asociación con las ocupaciones de Bajo Pisagua, punto poblado de la segunda etapa de la colonización del Baker.

En cuanto a las causas de las muertes, éstas son más coherentes con un brote de escorbuto (motivado por el abandono) y la ingesta de alimentos en descomposición (harina abandonada por las Comisiones de Límites en 1901) como lo sugiere la mayoría de las fuentes escritas confiables, especialmente el testimonio de W. Norris (en Ivanoff 2000). El presunto envenenamiento intencional no parece coherente, debido principalmente a que la utilización de arsénico o cianuro provocaría períodos de muertes muy rápidas, incompatibles con las descripciones de las fuentes escritas y la evidencia arqueológica. Así también lo demostró el análisis de fluorescencia de rayos X que buscaba la presencia de arsénico (a pesar de que éste es un arsenato posible de diluir por las condiciones de humedad). No puede descartarse la presencia de otro veneno más liviano, como la estricnina, en cuyo caso apuntaría a envenenamiento no intencional (derrame de antisárnico Cooper en las bodegas del barco de aprovisionamiento). No obstante, los relatos escritos indican que dicho abastecimiento se hacía exclusivamente desde Puerto Montt a la desembocadura del Baker, en donde la ganadería de ovinos no habría comenzado aún, por lo que dicho antisárnico no sería todavía utilizado, y no hay motivos para pensar que la embarcación que trasladó a los trabajadores haya llevado este tipo de insumos hacia zonas donde ya había ganadería ovina desarrollada (ej. Magallanes).

Sobre la base de la interpretación integrada de la evidencia arqueológica y la documental nos parece poco probable que el número de tumbas (y correspondientes individuos) en el cementerio de Isla de los Muertos haya superado las 60, aunque las crecidas del río Baker hayan arrastrado una o dos hileras. Debemos considerar que es muy posible, entonces, que si murió más gente, ésta haya sido enterrada en otro sector, como lo mencionan Agostini (1945) y Sandoval (Hartmann 1984).

Con respecto a ciertas versiones que indican el envenenamiento intencional en procura de cobrar cierto seguro obrero, debemos aclarar que la legislación laboral en relación a este tema sólo comenzó a regir años más tarde (Munizaga 1908), dato referido a "intenciones" que ­obviamente­ no tienen un correlato material directo.

El estudio de Isla de los Muertos revela, en definitiva, que la evidencia material difícilmente puede iluminar todos los aspectos del pasado. Nuestra tímida e inusual incursión en la arqueología histórica nos ha dado la oportunidad de explorar sistemáticamente la documentación escrita y los relatos orales registrados sobre este caso, llegando a la conclusión de que todas las vías de información sobre el pasado son útiles, aunque ninguna de ellas debe ser privilegiada. Lejos de usar la evidencia "histórica" como simple fuente de hipótesis a contrastar arqueológicamente (como si sólo lo material fuera garantía de "verdad"), toda vía de evidencia (ej. escrita, oral, material) debe considerarse necesariamente complementaria y evaluarse en forma integrada. Es probable que algunos datos ­como la fecha de las muertes en el caso de Isla de los Muertos­ sean imposibles de refinar con medios arqueológicos más allá de lo que ofrecen los documentos históricos o la escritura, pero es igualmente cierto que la arqueología puede llegar a "desmentir" versiones confusas y/o exageradas, motivadas por afanes turísticos o el natural sensacionalismo del rumor. De no haberse confirmado por medio de la excavación, por ejemplo, la existencia de ataúdes individuales y bien elaborados bajo las cruces del cementerio, seguiríamos en la duda respecto a si la mortandad fue súbita y las cruces superficiales sólo un "maquillaje encubridor". De no haberse descartado mediante el análisis químico de los fragmentos dentales y muestras de tierra recuperadas a través de la excavación, podríamos seguir sospechando en el uso de cianuro, y por ende el asesinato intencional. Nuestras investigaciones nos invitan a considerar que, más allá de las fronteras disciplinarias o metodológicas, historia y arqueología son vías complementarias para el conocimiento del pasado, ambas con sus respectivas fortalezas y debilidades, al punto de que no bastan muchas veces para dirimir con certeza entre hipótesis alternativas. Tal es el caso de los sucesos que crearon el cementerio de Isla de los Muertos, los que permanecerán necesariamente en el misterio, pese a haberse desarrollado hace menos de cien años.

Agradecimientos: a la Ilustre Municipalidad de Caleta Tortel por su entusiasta apoyo y colaboración en esta investigación.
 
 

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