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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.33 n.2 Arica jul. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562001000200011 

LA MUERTE EN EL CONTEXTO URU: EL CASO CHIPAYA

Orlando Acosta Veizaga*

*Casilla 434, Oruro, Bolivia.

Describe estos ritos pasando sucesivamente por las fases de: la expiración; el velatorio; el entierro; el lavatorio; los tres primeros días; la misa de los nueve días; y "todos Santos" del primer año, luego del segundo y del tercer año.

Palabras claves: Escatología, ritos mortuorios, Día de Todos los Santos.

Describes rites passing successively through the phases of: the expiration; the vigil over the deceased; the burial; the cleansing; the first three days; the nine day mass; and "all Saints" of the first year, then second and third years.

Key words: Scatology, mortuary rites, All Saint's Day.

Los rituales mortuorios son aspectos importantes en la historia de los pueblos originarios y expresan la manera de vivir. Mientras exista actividad productiva del hombre existirá cultura. La muerte está en la naturaleza y por lo mismo en la cultura de los pueblos.

En los urus los rituales mortuorios ayudan a manejar con cuidado ese entorno natural. Desde antes _otros pueblos_ les consideran y ellos mismos se consideran ser los herederos, por descender de los antepasados. Cuando hablan de su origen se identifican con los Chullpas con las formas de momificación de nuestros antepasados, sus técnicas y conocimientos de tratar a los difuntos para mantenerles y para coexistir con ellos. No dudan en afirmar lo siguiente: "Somos chullpapuchus", es decir, los descendientes de la gente que desde tiempos inmemoriales habitó la geografía andina.

Los urus con paciencia y actividad creativa se adaptaron al altiplano. Se caracterizan por su gran movilidad, nómadas que se desplazan por mantener y mejorar la producción de la pesca, de la caza y de la recolección. Aunque en el presente estas acciones de vida y de muerte no son bien comprendidas, sin embargo, su presencia y su forma de vida es la mejor manera de expresar su libertad.

Los chipayas son parte de la Nación Originaria Uru la que incluye también los muratus, iruhitus, quienes tratan de reivindicar a sus otros hermanos: los coros, los capillus, los uros, los islugas, etc. por eso hemos tratado de acompañar y destacar el complejo ritual mortuorio de los chipayas, como parte de la historia de los kjot suñi u hombres del agua. De todos modos la muerte está presente en la vida y ayuda a recrear nuestra cultura.

Vida y Muerte

En la cultura de los urus de Chipaya los muertos son parte importante de la comunidad. El contexto originario destaca la presencia e influencia en todas las actividades: trabajo y producción, enfermedades, fiestas, problemas de conducta social.

Con respecto a este punto, los difuntos conocen el comportamiento de cada originario. Cuando a algún miembro de la comunidad le roban animales, objetos o dinero puede advertir al o a los ladrones que revisen su conducta, devolviendo los bienes ajenos. Cuando el daño no es reparado, las víctimas acuden al yatiri (sabio del pueblo cuyo poder de comunicación con los ancestros busca establecer la vida alejando a los males y a las desgracias). Este traerá una calavera del cementerio de la capilla de los muertos o del campo santo, en cuyo interior se guardan los huesos de los ancestros. El cráneo de uno de ellos es llevado hasta el sitio donde ocurrió el delito. Durante tres días el yatiri y las víctimas conversan con el t`ojlu "tatarabuelo, nuestras cosas se han perdido, tú sabes quién es el ladrón; haz que se arrepienta y devuelva". Durante esos días, se atiende con mucha confianza y cuidado el cráneo, el mismo que se encuentra rodeado de pastereos y tablillas de los difuntos (elementos rituales que simbolizan la presencia de los antepasados invocados), de incienso, de copal, de k`oa (mesa ritual) y de velas. Los que efectúan el rito, también piden permiso del mayordomo para tocar las campanas del templo. De esta manera, el difunto invoca al espíritu del malhechor para que devuelva. Los que se arrepienten dejan los objetos en el patio o cerca de la vivienda, pero los que se resisten y no lo hacen no pueden dormir en la noche, padecen de enfermedades y mueren de tanto sufrimiento: "lo que se pierde, se pone a la calavera". Cuando aparece los bienes robados, el dueño no vuelve a usar de ellos; de acuerdo al valor los vende o los regala a otros originarios.

En la cosmovisión originaria, se trata a los difuntos con cariño, con poca pena, pero con profundo respeto y consideración. Todos conocen el poder que tienen.

Cuando el rayo cae sobre la vivienda y causa daño a la familia, los afectados solicitan la presencia del yatiri, quien verifica la posición del impacto. Si el rayo entró por el lado izquierdo de la vivienda, significa que es castigo del alma. En este caso, el yatiri realiza el rito de la jayricha con el fin de salvar a la familia. Si el rayo mató a alguna persona, lo entierran a los dos días en las afueras del cementerio. Hacen lavar ritualmente su ropa con otra persona, en una ceremonia llamada "lavatorio". La comida y los bienes se regalan a los más pobres entre los pobres. El yatiri habla con el rayo y con las almas, para que no haga llorar a esa familia: "Hay que darle cariño al rayo". La mesa de ofrendas para el rayo tiene los siguientes elementos:

_Piedra de rayo
_Maíz negro molido (kulli)
_Maíz blanco molido (llumpaqa)
_Pastéreo para rayo
_Pastéreo para Tata Santiago
_Pastéreo para San Gerónimo
_Pastéreo para San Felipe

Se reúne toda la familia, se queman en el lugar del suceso las ropas y los enseres, rogando al rayo y a los difuntos que salven a la familia. Wilanchan (sacrifican), de acuerdo a la economía familiar: un chancho, un cordero o una llama. Comen sin sal y empiezan a desatar la vivienda afectada. Mientras tanto, el yatiri hace sumergir la piedra de rayo en agua de la lluvia, le añade los dos maíces molidos: kulli y llumpaqa y los pastéreos y les da de beber a los enfermos. Finalmente bendice el hogar y el lugar donde impactó el rayo.

Si el rayo penetró por el lado derecho de la vivienda es para bien de la familia, porque viene de Dios, en agradecimiento se realiza el mismo rito anterior.

Los cambios se efectúan a nivel de la ubicación de los panteones en el desarrollo histórico del pueblo. Cambian de lugar de acuerdo al aumento poblacional. También provocan cambios

el contacto con las nuevas costumbres y las formas de vida modernas. Por ejemplo, los automóviles y otras conquistas mecánicas del presente, dan nuevas señas para anunciar la muerte. Por eso que "la otra vida es un pueblo donde todos, por cualquier medio tenemos que llegar". Este pueblo está ubicado en el punto cardinal del Oeste.

Anuncios de Muerte

"Las enfermedades y la muerte no vienen así no más; se anuncian"; este testimonio se refiere a que los urus en general encuentran señas con significados profundos en los sucesos del día. La existencia de este pueblo inmemorial está ligada a la vida de la naturaleza altiplánica, y de las pampas circunslacustres, de los ríos y de los lagos. Los originarios obtienen de esta geografía, sus alimentos en actividades de cacería, de pesca y de recolección. Estas actividades, como otras, tienen sus riesgos que en algunos casos empujan hacia la muerte. Los uru chipayas muestran a través de gestos, posiciones, signos y símbolos que la muerte es un aspecto natural de la vida, a la que hay que mostrar respeto y sensibilidad. "La enfermedad camina, la muerte también". Para la gente lacustre este hecho está en el entorno cultural. Enfermedad y muerte se anuncian generalmente a través de los sueños, de los objetos del hogar, de los animales, etc. No importa en qué circunstancias ocurra el desenlace hacia el deceso; queda claro, que hay señales que ayudan a entender y familiarizarse con los que pasaron a la otra vida.

El hecho de que un originario _involuntariamente_ se siente con vista al Oeste, es anuncio de muerte para él: "es la posición de sentarse de los muertos".

La persona que anuncia su fallecimiento, se muestra en los sueños sacando agua de un pozo en el medio de una casa en construcción, también cuando posteriormente este líquido servirá para cocinar.

La persona que va morir aparece en los sueños caminando por el río, por el lago, o por los charcos de agua. Cuando el que sueña aparece entrando en un pozo con agua y en medio del sueño súbitamente despierta, es anuncio de su muerte.

Cuando aparece una persona conocida construyendo su vivienda a toda prisa, dicen que está haciendo su casa en el cielo.

Cuando en los sueños se ve a un camión estacionado en el patio de la casa de uno mismo o de otro originario, es anuncio de su viaje al otro mundo.

Cuando una persona aparece subiendo por una escalera, significa que su alma está subiendo al cielo.

Cuando a una persona conocida se la ve volando, es por que se despide del pueblo; de esa manera anuncia su muerte.

Si durante la visita de algún amigo de la familia caen objetos inesperadamente, es anuncio de muerte.

Cuando se rajan las campanas del templo, significa que están enfermas y que por este mismo hecho llegarán enfermedades mortales al pueblo. Un originario cuenta: "Entre 1961 a 1964 habían muchos niños que morían a causa de enfermedades epidémicas. De cinco a ocho niños se enterraban por día, entonces a algunas personas se les reveló en los sueños "que las campanas estaban enfermas y que pedían atención urgente, entonces, fueron a consultar a un originario aymara, que conocía trabajos de fundición. Este les pidió mucho bronce para volver a fundir las campanas. Las campanas de la torre tienen un poder fuerte para anunciar la muerte de los originarios. Ese año, se encontraron rajadas hasta llegar al corazón. Bueno, por estar nuevamente fundidas y esta vez en territorio de los carangas les hemos llamado pusicaranguiñus. De esa manera pudimos evitar más muerte en el pueblo".

Cuando una mariposa nocturna llamada `jesko' ingresa al hogar, anuncia la muerte. Si la mariposa es hembra anuncia la muerte de la mujer; si la mariposa es macho anuncia la muerte del hombre.

Cuando la lechuza quzqa se posa encima de la vivienda y emite sonidos por el pico: "... qusquu ... qusquu ..." es señal de muerte para algún miembro de esa familia. También cuando este animal al estar encima de la vivienda pone su cuerpo y su mirada hacia el Oeste.

Cuando la lechuza juku entra al pueblo y se queda por varias horas, es señal de muerte para algún originario. Para romper esa sentencia o maldición los chipayas persiguen a este animal hasta darle muerte, cuando menos hasta que salga del pueblo.

Cuando el búho o la lechuza se aparecen en el camino de las personas, volando por encima de ellas o cayendo en su delante es señal de muerte.

Cuando cualquier animal raro entra al pueblo anuncia la muerte de varias personas.

Cuando el ave `leqe leqe' se pone a descansar cerca a las casas y se pone a cantar anuncia la muerte de algún miembro familiar. "Es pájaro maldito que con su presencia y su canto se lleva el alma de las personas".

Cuando el zorro qiti entra al pueblo, anuncia la muerte de muchos originarios en poco tiempo. "En 1964, en una mañana entró el qiti por el lado del cementerio. Le perseguimos hasta alcanzarle y darle muerte, pero igual, enfermaron y murieron muchas personas. Es que el zorro vino a anunciar la muerte. Sin embargo, cuando el zorro entra al corral de los ganados, no hay que enojarse por sus fechorías; más bien le ahuyentamos con cariño y respeto, con k`oya y con oraciones a la madre tierra, diciéndole: "Virgencita, amarra a tu perrito".

Cuando el zorrino entra al pueblo, es anuncio de muerte para varias personas.

Cuando el perro llora o aúlla en horas de la noche, anuncia la muerte de algún originario. "Para que no se cumpla la sentencia, hay que reñirle: "Vaya a morir a otro lado, perro de mierda".

Cuando el lagarto jaririnku entra en el bulto o entre las ropas, es anuncio de muerte para esa persona o para algún familiar.

Ante las cosas inexplicables, los originarios muestran bastante susceptibilidad y tratan de encontrar significados, para evitar que ocurra la muerte. En algunas ocasiones realizan prácticas rituales de acuerdo al saber del pueblo, actos que rompan y que eviten llegar al encuentro con la muerte. Cuentan: "Hay que cortar el camino hacia la muerte, porque la muerte puede seguir encadenando a los familiares o a la comunidad. En este caso, hay que hacer ritos especiales. Uno de ellos es con dos quirquinchus vivos, macho y hembra, colocados encima de un mantel blanco, donde también, en el centro, se encuentran tres pedazos de hilos de colores, uno rojo, otro negro y otro rosado. Los quirquinchus, deben recorrer a través del mantel, de Oeste (muerte) a Este (vida). Cada vez que llegan a un hilo de color, este debe ser roto por el yatiri, significando que se están rompiendo las cadenas de la muerte y volver a unir a la familia con las cadenas de la vida. Una vez que terminan su trayectoria los quirquinchus, el yatiri amarra con un hilo blanco _que significa vida_ la mano derecha de cada uno de los miembros de la familia. Los hilos rojo, negro y rosado son los medios para comunicarse con la otra vida. Si no realizaríamos costumbres para poner tranca a las desgracias, éstas nos provocan con peligros: accidentes, enfermedades, penas, etc. Los ritos dialogan con la muerte para que se vaya a otro lugar".

El Velorio

Una vez que ocurre el deceso, el velorio durará _en horas_ de acuerdo a las circunstancias que derivaron en la muerte: enfermedades, accidentes, suicidio, rayo, ajusticiamiento, etc. Cuando una persona enferma está en la fase terminal, los parientes no le abandonan; más bien, hacen turnos para acompañarle tanto de día como de noche. Una vez que deja este mundo, se reúne la familia, se trae a una persona como testigo y se prende una vela en el centro de la habitación o cerca del cuerpo. "La vela es la luz para el difunto, que le guía y le enseña el camino al cielo. La oscuridad es la muerte". Al muerto no se deja solo ni un instante, pero tampoco deben estar solos los parientes, sino, acompañados de otras personas adultas que entienden de estos sucesos. Si algún pariente se queda solo junto al muerto, corre el serio riesgo que entre a su vida el lari lari _el Satanás_ que provoque enfermedades, hasta llevarle a la muerte. Las personas que acompañan evitan eso.

Mientras tanto, otros parientes van a toda prisa a llamar al mayordomo, al sanitario o también al registro civil, para que "vean que no haya señales de violencia en el cuerpo", que confirmen y certifiquen la muerte anotando el estado corporal en un cuaderno. El mayordomo inmediatamente, como ve el cuerpo, pide al fabriquero que vaya hasta el templo y suba a la torre a tocar la campana y así comunique al pueblo el deceso. Al mismo tiempo que se toca la primera campanada, otras personas van a la estancia del difunto a traer una llama o un cordero _de acuerdo a la posibilidad económica_ para la wilancha. Todo esto a favor solicitado por los dolientes.

La campana que anuncia tiene que comunicar cuál es el ayllu y el sexo del difunto. Los dos ayllus más antiguos, Manansaya y Aransaya, tienen en la torre del templo sus respectivas campanas; cada ayllu tiene una campana grande y otra pequeña. Las grandes anuncian la muerte de una persona de sexo masculino y las pequeñas anuncian la muerte de una persona de sexo femenino. Es diferente el tañer de las campanas cuando anuncian la muerte de las personas, que cuando convocan a reuniones del pueblo. Cuando anuncia la muerte de una persona en el pueblo, el tañer es: "... tin ... tin, tin ... tin ... tin, tin ..." Pero no es sólo anuncio. "Es también para pedir que el cielo abra sus puertas al finado." El mayordomo o el ex mayordomo o el fabriquero, debe tocar la campana para un muerto. No la puede tocar alguien que no cumplió con cargos originarios porque puede anunciar su muerte: "No cualquiera puede hacer llorar a la campana, porque puede anunciar su propia muerte".

Cuando la campana avisa al pueblo que hay un finado, los habitantes que realizan faenas agrícolas o de otra índole, dejan sus quehaceres. "Cuando no dejan sus trabajos hay castigos y desgracias en la familia; pueden enfermarse y morir los hijos. Pero una manera de evitarlo es haciendo costumbres con los quirquinchus".

Los jilaqatas, cuando escuchan el tañer de las campanas cierran las puertas de sus cabildos con dos candados: uno que representa al macho y otro que representa a la hembra. Se retiran a las estancias para orar y no atienden ningún trámite. Si harían lo contrario, traerían más duelo a su pueblo. Echar llave con dos candados, significa, cerrar el corral de los hombres y el corral de las mujeres para que no entre la muerte.

Entre tanto, inmediatamente el fabriquero se presenta ante el mayordomo y junto a otros ayudantes proceden a lavar el cuerpo con agua fría y sal. "Es el último baño de la persona para limpiar sus pecados y purificarle. Cuando hay violencia antes de la muerte, los signos se presentan en el cuerpo como manchas coloradas. Si hubo violencia, hace tiempo atrás, los signos se presentan en el cuerpo como manchas verdes, algo azuladas". Todos los detalles son anotados en un cuaderno. Con ese informe los parientes van a recabar el correspondiente certificado de defunción.

El mayordomo mide _por brazadas_ el tamaño del cuerpo, poniendo la mano derecha en la cabeza y el izquierdo hasta donde le alcanza. Con esa medición, recomienda a los originarios amigos del difunto y de su familia construir el ataúd. "El cajón es la casa del difunto en la otra vida". Este cajón se construye en el patio de la vivienda del difunto.

En ese momento tocan también la segunda campanada. Inmediatamente el fabriquero y otros originarios se dirigen al cementerio a designar, de acuerdo al apellido del finado ,el lugar donde se excavará la tumba. "Cada familia tiene su parcela en el cementerio, y así era desde antes, cuando nos obligaron a enterrar en el atrio del templo".

En ese momento empiezan a vestirle en el lugar del velorio al difunto con su ropa usada, pero limpia: "Hay que vestirle con ropa vieja, porque en la otra vida llevará ropa nueva". Después le cubren con su cama tejida "para que durante el viaje no sienta el frío. Además, es para que vaya durmiendo, como tuvo sueños en esta vida". Finalmente le envuelven con un manto blanco: "Es señal que el pueblo le está enviando puro, respetando el traje del cielo". De esta manera se cubre casi todo el cuerpo, excepto el rostro, manteniendo el cuerpo sobre "la mesa de la partida". Allí le mantienen hasta que terminen de fabricar "la casa del muerto".

Una vez concluida ésta, proceden a introducir el cuerpo en el cajón. En ese momento toca la tercera campanada. Al mismo tiempo, los dolientes preparan y envían unos costalcitos, taleguitas o bultitos de alimentos y/o comida para el viaje que emprende el difunto. Una de las bolsitas contiene alimentos crudos y secos: chuño, quinua, arroz, trigo, habas, pitos de quinua y cañawa. Otra de las bolsitas, contiene alimento cocinado en el día: trigo, mote o phisara de quinua. Otra de las bolsitas, contiene alimentos como: coca, lejía, azúcar y pastillas. Y finalmente una cuarta bolsita contiene sal. "El primero, es para vivir en el otro mundo, para su depósito, para su mercado. El segundo, es para que coma en el otro mundo. El tercero, es para que consuma durante su viaje, para el camino. El cuarto es porque el muerto se sirve los alimentos con bastante sal". En la primera, segunda y tercera bolsita introducen también pequeños pedazos de carne de cada una de las partes del cuerpo del animal sacrificado en la wilancha. Otros originarios, pero no familiares, aprovechan también la oportunidad para enviar a sus familiares que murieron en otro tiempo, encomiendas, es decir, otras bolsitas con alimentos. "Los difuntos preguntan por las encomiendas que envían los parientes. Cuando no enviamos, se enojan, porque piensan que les hemos olvidado". Los alimentos quedan como cabecera, amarradas al cuello. Los pedazos de carne son de la wilancha de una llama o cordero. "Estos animalitos son también los medios de transporte en la otra vida. El difunto va montado. En lo posible es mejor sacrificar una llama o un cordero de color negro".

Durante el velorio el cuerpo del finado se encuentra ubicado en la siguiente posición: los pies en el lado Oeste de la vivienda y la cabeza en el lado Este, hacia la puerta. Mientras tanto empiezan a llegar, poco a poco, otras personas que acompañan a los dolientes. De esta manera, las horas que dura el velorio están condicionadas de acuerdo a las circunstancias que le llevaron al deceso. Cuando fallece después de padecer enfermedades, el velorio dura pocas horas, entre doce o catorce horas. "Cuando la persona muere después de haberse quejado de enfermedades, su cuerpo está bien cansado. Rápidamente olisca y después de cuatro horas ya empieza a hincharse. A esos difuntos cuanto antes hay que enterrarles porque esos olores son peligrosos a la salud de las personas, especialmente de los niños, les pueden orejar. El olor del difunto entra en el organismo de las personas, especialmente en el de los niños, y les puede provocar enfermedades mortales".

Cuando el fallecimiento es a causa de un accidente, el cuerpo puede ser velado por más de veinticuatro horas. "Si la persona murió estando sana y de repente, su cuerpo es duradero y se puede velar hasta dos días. Todo depende de los parientes". También se afirma que el difunto crece unos cinco centímetros.

En el velorio los parientes se sientan cerca del féretro. Los hombres se ubican al lado Norte y las mujeres se ubican al lado Sur. Los parientes convidan cada cierto tiempo un vasito de canela caliente con un poco de alcohol. Así mismo convidan coca y en algunos casos hasta cigarrillos. En el transcurso de las horas nocturnas, algunas personas adultas narran cuentos a los jóvenes del pueblo, acerca de los muertos. "Dicen que en Chipaya se enamoraron dos jóvenes, hombre y mujer. Los padres no aceptaban esa relación. Un buen día, aprovechando una fiesta importante en el pueblo los enamorados decidieron escaparse hacia el lado de Huarsipita, hacia el lado de Azapa, dirección al mar (que es al Oeste del pueblo). Estando ya lejos del celo de los padres, el hombre decidió retornar al pueblo, argumentando que olvidó algo importante y prometiendo volver el día Lunes y estar por siempre al lado de su amada para continuar viaje. Sin embargo el día Domingo falleció atravesado la cabeza por un palo: la estaca de un telar que habían armado en el suelo; esto, en consecuencia de haber tropezado en una pita del tejido. Así, muerto y con bastantes horas de atraso se presentó el día Lunes a la cita prometida. Llevaba la cabeza vendada y estaba acompañado de una llama negra y también de su perro. En su mano derecha estaba atado la soga de los muertos que es un cabo de lana negra entorcelada hacia la izquierda. Cuando llegó la noche y ya era hora de dormir, el joven se tendió con los pies hacia el lado Oeste y la cabeza hacia el lado Este. La posición del joven al sentarse siempre se orientaba hacia el Oeste. Una vez que amaneció, retomaron el viaje que resultó largo, durante un mes el joven se obligaba a pasar y a perdonarse en todos los calvarios. Antes de finalizar el viaje se encontraron con una viejita del cielo, quien disimuladamente se acercó a la joven para preguntarle: "¿Por qué vienes con este joven que es del otro mundo? El es de los muertos. Eres una chica que todavía no te corresponde estar aquí. No puedes perderte en cuerpo y alma. Debes retornar a tu tierra". En ese momento le entregó dos espinas de cactus para que lleve en su aguayo y también puso en su mano una piedra pulida como espejo. Pese a las advertencias, la chica seguía viajando al lado del joven. Así llegaron a un mar, de cuyas aguas salieron varios perros furiosos, los mismos que le atraparon al joven a la llama y al perro a quienes les arrastraron hasta sumergirles en las profundidades del agua. Cuando la jauría de perros pretendió hacer lo mismo con la joven, las espinas que ella llevaba en el aguayo se hicieron tan grandes y se cruzaron delante de ella, impidiendo que sus pasos siguieran adelante. Del mismo modo la piedra pulida que llevaba en la mano empezó a reflejar una luz que posteriormente generó una niebla para evitar que siguiera viendo a su compañero, quien desesperado y a medida que se alejaba más y más le llamaba a su pareja, gritando: Paisanita, paisanita. Al final la joven, comprendiendo que era el mundo de los muertos, decidió emprender el retorno a su pueblo, es decir, a la vida".

La noche del velorio transcurre entre esos cuentos.

El Entierro

Al día siguiente las personas que hicieron el cajón se encargan de ir al cementerio a excavar la fosa o tumba en la parcela asignada a la familia. "El finado a través de los parientes compra su lote en el cementerio". Aunque no hay tarifa fija sin embargo el pago mínimo que se cancela es de cinco pesos bolivianos (US$ 0,91).

En esas horas matinales los servicios que ayudan en el lugar del velorio alimentan al perro que acompañó fielmente en vida a su amo, ahora difunto, con la mejor comida y con varias presas de carne. Esta atención se realiza con mucho esmero, respeto y cariño. Así el perro lleva su bultito de comida en el estómago.

Las personas encargadas de excavar la tumba una vez concluido la profundidad deseada cruzan las herramientas _azadón y pala_ en la boca de la tumba. "Es la cruz sagrada de la herramienta para que no entre el demonio". La tumba abierta espera la hora del entierro. Se prefiere enterrar los difuntos entre las 10:00 y las 12:00 horas del día.

Los amigos y los familiares trasladan el cajón. En el momento de salir de la vivienda hacen sonar la primera campanada. Cuando sale el cortejo fúnebre los servicios barren apresuradamente la habitación donde se realizó el velorio, toda la basura la recogen en un mantel blanco o en un aguayo y la llevan apresurados hasta alcanzar al cortejo. Simultáneamente otros originarios introducen arena desde afuera hasta el cuarto donde hubo velorio, la echan al piso y la extienden parejo para que pueda marcar el difunto la huella de su acompañante. La habitación es cerrada con candado por los subsiguientes tres días.

Una vez que el cortejo fúnebre llega a los límites del patio del templo, donde paran para la primera estación, se toca la segunda campanada, cuyo tañer sigue hasta que transponga los límites. En ese momento algunas personas llevan de prisa al perro con una soga al cuello hasta las afueras del cementerio, al lado Norte, donde se encuentra la otra parcela de la familia. "Destinada a los que no están llamados por Dios".

Una vez que la comitiva del entierro está entrando al cementerio _la segunda estación_ toca la tercera campanada, cuyo tañer dura hasta que depositen el cuerpo a un lado de la fosa donde los acompañantes rezan. Las personas que llevaron al perro proceden a ahorcarle con la soga y a enterrarle. Inmediatamente llevan la soga para depositarla en el ataúd del muerto. Un pedazo de esa soga o un pedazo de lana negra le amarran en la mano derecha del difunto, significando que el perrito está amarrado a su amo e irá delante de él para que no se pierda en el camino. El resto de la soga va junto a la cabeza. "En la oscuridad de la muerte el perrito dirige al alma por el camino y la ayuda a pasar por las qutas _las lagunas_ hacia el otro mundo".

Una vez que terminan los rezos se despide a los dolientes, poniendo las manos sobre su cuerpo en cruz. Su amargura suele ser fuerte. A los dolientes más acongojados, los amigos les dicen: "No llores hermano (a), más bien hay que ch`allar el camino, hay que pedir que haga multiplicar la vida de nosotros y de nuestro ganado y de nuestra chacra, que no nos haga faltar comida y salud, que nos proteja. Si lloramos mucho Dios no abre el cielo".

El cadáver es introducido en la fosa por los amigos de la familia. En el cementerio los parientes se despiden de su difunto, augurándole buen viaje, también piden que no se lleve a nadie más de la familia.

Cuando muere el padre o la madre, a la hora del entierro no dejan que los niños entren al cementerio por temor a que el alma les lleve. "De esta manera también no dejamos que sean orejados por el cadáver". A los menores se les permite esperar fuera del cementerio. Otras personas mayores les entregan en las manos excremento de burro o de otro animal para que lo arrojen hacia adelante en el momento del entierro. "Así botamos y alejamos a las enfermedades y a la muerte".

Los parientes se van a su casa donde esperan al mayordomo, al fabriquero, a los servicios y a los acompañantes. Los que introducen el cuerpo en la fosa, ch'allan con bebida el ataúd o `casa del cielo'. El mayordomo echa la primera mano de tierra para que no sigan las penas. "La arena aplasta todas las penas y no las deja volver". Sucesivamente continúan los presentes echando arena. Luego con una pala apuran el trabajo. Una vez llenado la fosa con la arena sobrante y con la pala moldean la tumba hasta darle forma de ataúd. Finalizado el acto, van a casa de los dolientes a compartir la comida ofrecida por la familia. "El mayordomo, el fabriquero y los demás servicios tienen su ganancia que puede ser de diez pesos bolivianos, o algo más; eso depende de la posición económica y de la bondad de los dolientes". Las personas que hacen el servicio en la cocina también tienen su ganancia que puede ser un cordero, y si no es así, con seguridad que se quedan con el cuero del animal sacrificado en la wilancha y con la grasa, con el que harán chicharrón.

La comida, un plato ritual, es servida en el patio de la vivienda. Una vez que todos los presentes terminan de comer, los encargados del servicio recolectan y reúnen todos los huesos y arman la figura del animal en el suelo. "Los huesos enteros, sin romper se juntan en un solo lugar. Los que cocinan se encargan de contarlos. No hay que llevarse a la casa ni siquiera la carne y menos los huesos porque se paga con la vida". Y así arman la figura del animal: primero la cabeza, luego el cuello, el cuerpo, las patas y finalmente la cola. Inmediatamente se reúnen en el siguiente orden, estos elementos: la basura del cuarto del velatorio, k`oa, copal, incienso, untu (grasa) , azúcar y sullu (feto) de llama. A esto se añade alcohol, coca, cigarrillos y los huesos. Esto se entrega junto con cierta cantidad de leña a algunas personas de confianza y de respeto, quienes en horas del crepúsculo llevan todas esas cosas hasta el lado Norte, detrás del cementerio para encenderle fuego. "Aquí te traigo tu llamo, para que montado en él vayas al cielo". Algunas veces se anuncia la muerte de la persona cuando su figura se dibuja entre las penumbras de la noche y la luz del fuego. También se afirma que los difuntos vienen a calentarse en la hoguera.

En la casa de los dolientes, muchas personas que acompañan empiezan a retirarse a sus respectivas viviendas, pero algunas todavía se quedan, especialmente si algún doliente no contiene su llanto y su tristeza. En estos casos prefieren estar junto a esa persona porque se cree que el muerto le puede aparecer y hacer enfermar. Dicen que a estas personas, cuando sueñan con el difunto contraen enfermedades. "Después de algunos días le salen ampollas en el cuerpo. Para que sanen deben ir con otro pariente o con el mayordomo al cementerio, llevando dulces y comida para dejarlo en la tumba, pidiendo al difunto que les sane y que no se lleve a nadie. Para asegurarse de la curación el enfermo puede comprometerse a colocar en la tumba una cruz o hacer dar una misa." Si es cruz hay que hacer bendecir ".

El Lavatorio

En la madrugada del día siguiente, los familiares llevan comida a la tumba para invitarle al muerto, luego retornan a la casa para alistar el lavatorio. También van a suplicar a un yatiri o a otra persona con experiencia en estas costumbres pidiéndole que asista y preste sus servicios. Se reúnen las pertenencias que sólo le servían al finado y en presencia de estos conocedores se realiza el inventario. "Los difuntos pasan sus bienes a su esposa y a sus hijos. Estos bienes son los animales y la vivienda". El inventario consiste en reunir las ropas nuevas y las ropas viejas: las nuevas para guardarlas y las viejas para quemarlas. Si hay harta ropa también solicitan a más personas para que se encarguen de lavar y posteriormente quemar. Al lugar del lavatorio no pueden ir los parientes del difunto, pero sí las personas encargadas. Pasado el mediodía éstos se dirigen al río de los muertos que se encuentra al lado Norte del pueblo. Este río también es conocido por los siguientes nombres: `Chunanchipuju'; `Florillani'; `Thuska Jawira'; `Mojon Inca'; `Río de los Muertos' o `Río de las Almas'. "Los días Martes y Viernes y en horas malas, este río tiene sus encantos y ocurren extrañas apariciones de demonios y animales como sapos. Es peligroso para las personas que no son de Chipaya porque podría hacerles enfermar y matarles". Una vez en el sitio los encargados de lavar, antes de iniciar el trabajo le ofrecen una k'oa "para que la Pachamama no se enoje y para evitar que las personas que participan del lavatorio no se enfermen ni tengan desgracias. Si no preparamos bien este rito, nos enfermamos con dolores en la mano, en el estómago o en la cabeza. Lo más común es que nos dé reumatismo. Estos males son enviados por el difunto, porque busca a su acompañante". A medida que se consume la k`oa alistan las bateas, sacan agua del río y se comienza a lavar. "Todo lo que se lava se entrega al agua y todo lo que se quema se entrega al difunto para su viaje. La ropa nueva lavada se entrega a los parientes". Llevan la ropa lavada a la casa donde la ponen a secar hasta avanzadas horas de la tarde. En este momento reciben su pago los que la lavaron.

Los parientes escogen la ropa nueva y la guardan durante tres años. La expondrán solamente en Todos Santos, la ocasión de armar una tumba para rezar y compartir con el difunto. Una vez que la ropa está seca, el yatiri con ayuda de algunas personas llevan las prendas hacia el sector Norte del pueblo donde el día anterior sacrificaron el perro. El bulto que trasladan contiene también la `mesa' del lavatorio, preparada encima de una hoja de papel periódico con los siguientes elementos: k`oa (una `mesa' ritual); untu (grasa del pecho de la llama); pastéreos de colores amarillo, verde y rojo; sullu (feto de llama); copal (una yerba aromática); incienso; azúcar o `dulce del muerto' y una botella de alcohol.

"La preparación de la ofrenda es para pagar al agua, a las pampas, a los cerros, a los ríos y a los lagos por donde caminó el difunto cuando estaba en este mundo. Para calmar los sustos que pudo haber pasado y para que su viaje esté libre de tormentos y penas". Así se empieza a quemar: primero las ropas y pertenencias y encima de éstas la `mesa' del lavatorio. Para que el fuego consuma rápido le echan leña y kerosene. "Si no quemamos bien la ropa, penaría el difunto". Cuando la hoguera empieza a apagarse vuelven a la casa de los dolientes. El yatiri y las personas encargadas del lavatorio, hacen formarse a los dolientes en un círculo humano en el patio de la vivienda _las mujeres más hacia el lado Oeste y los hombres al lado Este_ y todos se arrodillan en el suelo. En ese momento el yatiri empieza a romper sobre la cabeza de los dolientes, por orden, tres hilos de colores: primero el rojo, luego el negro y luego el rosado. Un cuarto hilo de color blanco se amarra en la mano derecha de cada uno de ellos. Con este acto rompen el contacto con la muerte y esperan también seguir unidos a la vida.

Algunas personas de las que acompañan la familia doliente ya se van retirando, pero los dolientes aprovechan este momento para organizar por turnos la espera del primero, segundo y tercer año de Todos Santos. Generalmente estos acuerdos son en base a la jerarquía familiar, si el difunto es el padre, el hijo mayor se puede hacer cargo del primer año, pero los acuerdos también pueden tener como base las posibilidades económicas y de tiempo de los parientes. La solidaridad es un gesto propio de los originarios. Una vez concluido el acto la gente se retira a sus hogares.

Después del Entierro

Al día siguiente, sólo los dolientes van al cementerio en horas de la madrugada y dejan al difunto un plato de comida en la tumba. Al tercer día, después del entierro, realizan la misma entrega de alimentos en el cementerio.

Sin embargo, para el medio día solicitan la presencia del yatiri o de otra persona con mucha experiencia y respeto para abrir la puerta de la habitación donde ocurrió el velorio. De esa manera constatan el anuncio que el difunto puede haber dejado, señalando en la arena las huellas de los pies de la persona que le acompañará en su viaje al otro mundo. Cuando ocurre esta señal, todos los presentes realizan oraciones al difunto para que no se lleve a la persona señalada. Posteriormente barren el cuarto y le vuelven a cerrar con candado hasta el próximo Lunes, por que se afirma que es el día de los muertos. "Cuando en los sueños de algún doliente se le presenta la persona del difunto, en el próximo día Lunes hay que ir al cementerio, llevando agua y el azúcar de los difuntos. Este azúcar se prepara con dos tablillas: una blanca y otra rosada, ambos diluidos en agua".

Después del tercer día los dolientes esperan la misa de los nueve días. Cuando llega ese día, en horas de la madrugada, poco antes de la misa, van al cementerio y poniéndose de rodillas ante la tumba le invitan al difunto. "Ahora es tu misa acompáñanos al templo". Y así se trasladan hasta el interior del templo, para ofrecer en su honor el acto religioso o celebración de la palabra a cargo de los catequistas de la comunidad. Pasada la ceremonia se retiran a su vivienda, acompañados de parientes y amigos, con quienes comparten un almuerzo o banquete en honor del difunto.

El último día de las fiestas de Julio _las fiestas de San Felipe, San Gerónimo, San Joaquín, Santiago, Santa Ana, etc._ ocurre el despacho, también denominado Japac Mallku y Japac T`alla que está a cargo de los pasantes, mayordomo, autoridades originarias y pueblo en general. "No sólo es el final de las fiestas, también es el día para despachar a los difuntos, quienes también fueron parte de nuestra alegrías". En horas de la tarde, después de una atención de comida que está a cargo de los jilaqatas, se eligen a ocho personas en las proximidades de la capilla de Santiago (de Aransaya, el Ayllu de Arriba): cuatro yatiris o personas adultas de mucha práctica y respeto a la cultura, dos ecónomos y dos mayordomos, quienes de acuerdo con las costumbres del pueblo preparan unos bultitos o taleguitas o ataditos, que contienen comida y k'oa o mesa del difunto para despachar las enfermedades y las penas del pueblo.

Estas personas se reparten de dos en dos y llevando en las manos banderas blancas se dirigen a toda prisa hacia los cuatro puntos cardinales. Cada pareja con su atadito, llevando fuera del pueblo las enfermedades y la muerte. "Como también las enfermedades y las almas ya visitaron el pueblo, ahora deben pasar a otros lugares". Así se cumple la afirmación uru: "las enfermedades caminan, la muerte también".

En el desierto se queman esos bultitos, en medio de rogaciones y libaciones con alcohol y con temor a la aparición del alma en pena. "Al volver al pueblo no hay que mirar a los costados; sólo hay que mirar hacia adelante, porque al lado del camino sabe estar el alma penador con ropa típica de Chipaya y con su llanto anuncia y dibuja la figura de la persona que va a morir".

"Durante los primeros seis meses del cargo, los jilaqatas no pueden ver muertos". En la medida de lo posible evitan asistir a levantamientos de cadáveres, a velorios y a entierros, aun si se trate de sus parientes. "De esta manera nuestras autoridades no traen más muerte al pueblo". Las autoridades echan al aire manojos de maíz blanco (llumpaqa) y maíz negro (kulli), simbolizando el cierre de las puertas del pueblo y cortan el ingreso tanto de las enfermedades como de la muerte. Este acto se realiza en las afueras del cementerio y del pueblo.

Todos Santos

Una fiesta importante es la recordación de Todos Santos, tanto en familia como a nivel de la comunidad y las autoridades originarias. El difunto tiene derecho a reunirse con su familia durante los primeros tres años. El primer año es el que concita la mayor atención y preparación porque se trata de una `alma nueva'. "Todavía no está acostumbrado en el otro mundo. Parte de su comida y de su trabajo siguen en este mundo, y también de su ganado y su ch`ia (parcela) de quinua y de cañawa. El finado todavía está en esta tierra. Por eso hay que amarlo y darle su comida".

Faltando dos semanas para el primero de Noviembre, se pone sobre una mesa flomis o visrrus _plantas acuáticas_ , pitos de cañawa o de quinua y otras comidas. "En esos días empiezan a venir los difuntos".

El treinta y uno de Octubre se espera a los angelitos difuntos, es decir a los niños que se fueron al otro mundo.

El primero de Noviembre, al mediodía las familias van al cementerio a recibir a los difuntos. Llevan un vaso de agua para calmar la sed de los difuntos, quienes hicieron una caminata de dos semanas.

Cuando se espera al difunto en el primer año _o sea, un `difunto nuevo'_ las familias arman en sus casas una `mesa de rezar' llamada también `tumba'. Sobre esta mesa exponen dos o tres prendas de vestir del finado. Durante dos días compartirán así su presencia. Las visitas que llegan esos días se acercan a la `tumba' a rezar. Dentro de la habitación donde se espera al muerto, los varones se ponen al lado Norte y las mujeres al lado Sur de la `tumba'. Pese a que algún familiar es el encargado de recibir al difunto, realzando la fiesta con una mesa o tumba, cada pariente coloca su aporte en el acontecimiento. No faltan nunca una o dos velas encendidas en la mesa.

Las personas que asisten a rezar son bien atendidas y agradecidas con comida, con t`antawawa (ofrendas en forma de panes con figura humana), con cebollinas y con algo para beber.

Al siguiente día, dos de Noviembre, desde las siete de la madrugada se visita el cementerio y encima de la tumba de arena tienden un mantel blanco, donde se colocan t`antawawa, refrescos, pitos, phisara, cebollina, dulces, etc. Durante la mañana permiten que la gente se aproxime a rezar y finalmente solicitan a alguna persona que levante la tumba, acto que se realiza con varios rezos. La persona señalada al final se queda con todo lo expuesto en el mantel como pago y cariño del difunto y de su familia. Al finalizar la mañana de ese día se retiran a sus hogares.

El segundo año se prepara como el año anterior. "Al difunto hay que pedir con rezos que deje la herencia porque él pertenece al cielo. Su ganado y su chacra pasa a la familia". En las tumbas de los difuntos del segundo año aún se dejan encendidas un par de velas. La muerte también significa herencia, es decir, hay una relación de dar y recibir entre vivos y difuntos.

El tercer año es el año del despacho _también dicen despedida al difunto_ "...para que le vaya bien y esté feliz en su casa en el otro mundo".

A propósito del dos de Noviembre narran el siguiente cuento: "Antes venían los muertos y visitaban el pueblo. Traían cebollas y locotos. Una vez que ingresaban en las viviendas se sentaban con vista al Oeste. Comían siempre agachados, sin mirar a los dolientes. Su fiambre se cargaban en los tallos de la totora. Ahora siguen cargando en los huecos de las hojas de las cebollinas. Al ver todo eso, el ratón se burló y le desafió al alma del purgatorio diciendo: " Ustedes, los difuntos, se vienen cada año. Si quieren morir deben morir en serio como yo. Así se muere ". Acto seguido el ratón se murió. Entonces el difunto muy disgustado dijo a sus parientes: " Ya no voy a venir más ". " Por eso, en Chipaya odiamos a los ratones porque es un animal que muere rápido y tiene vida delicada. Sin embargo, seguimos esperando a los difuntos y compartiendo con ellos nuestras comidas preferidas". El tercer año ya no se prenden velas en las mesas o tumbas.

El dos de Noviembre cuando la gente visita el cementerio, muchos de los que despachan a sus difuntos van ebrios y llevan música bailable en sus grabadoras. Es símbolo de prestigio familiar y de prosperidad contratar a un músico de los que tocan en alguna banda de instrumentos metálicos, para que haga escuchar alguna melodía fúnebre frente a la tumba. "Antes no se hacía mucho ruido. Claro que había música, pero era después de visitar el cementerio en que los familiares que despacharon pedían a los amigos tocar sus tarkas para ir a visitar a otros que también armaron tumbas. Nos ponemos alegres por que el difunto nos dejó el ganado, la vivienda y la chacra. El también en el otro mundo ya tiene su vivienda y es feliz. De la misma manera nuestras autoridades casi ya terminan de cumplir con sus cargos y con su pueblo, porque en Carnavales dieron de comer y se alegraron con los vivos y en Todos Santos dieron de comer y se alegraron, agradeciendo a los difuntos".

Este día toma una importancia singular a nivel de las autoridades originarias, porque de su compromiso y su ritualidad depende la vida de los habitantes. "Los jilaqatas son las llaves del cementerio o las llaves de los muertos, porque abren el primero de Noviembre y cierran el dos de Noviembre. La fiesta de Todos Santos tiene una connotación que ayuda a integrar mejor a la comunidad con los difuntos más antiguos; con los hombres legendarios que fundaron este pueblo uru: Ch`akulla (varón) y Wak`alla (mujer). Otros originarios también afirman que estos dos cráneos son de los legendarios José Ankuira y María Mercedes. A sus osamentas posteriormente se añadieron los cráneos de María Angola y de María Merced. Algunos originarios los llaman a éstos también `Mundu-Alma'. En fecha primero de Noviembre a mediodía, los jilaqatas con sus respectivas mamat`allas y los kamayu _las autoridades encargadas de las chacras de cada ayllu y del ciclo agrícola_ junto al mayordomo de la mamita Santa Ana, portando una bandera negra se trasladan al cementerio, al encuentro de los fundadores. Con mucho respeto toman de la capilla de los abuelos, t`ojlus de esos antiguos hombres; ellos fundaron un pueblo único, sin desear la actual división en ayllus. Las autoridades llevan agua bendita y agua endulzada con el azúcar de los difuntos (tablillas de color blanco y rosado), porque tuvieron sed en el camino. También llevan dos velas, una botella de alcohol y ch'uspas de coca. Postrándose de rodillas conversan con los cráneos. "Abuelito, has venido a tu pueblo con todos los Mundu Alma; puedes pasar a visitarnos". A su vez los kamayu también hablan con los cráneos pidiendo lluvia y producción.

Una vez que termina la conversación, un jilaqata mayor y su t'alla sacan una cruz de madera y otro jilaqata con su t'alla sacan otra de fierro. La de madera va hasta el cabildo u oficina de las autoridades y la de fierro va hasta el templo. En ambos lugares la dejan descansar junto a las velas encendidas.

A partir de ese momento, las personas del pueblo empiezan a asistir al cementerio para darse el reencuentro con sus familiares difuntos y también empiezan a tañer las campanas de la torre del templo. A las 17:00 horas las autoridades originarias nuevamente se presentan en el cementerio, esta vez para recoger los cuatro cráneos y llevarles al templo donde les convidan comida. La mamat'alla le sirve en su plato y el jilaqata le entrega con la mano, es decir se deposita la comida en el suelo. Luego le prenden velas. Las autoridades en sus cabildos también preparan'tumbas' para que la gente del pueblo vaya a rezar y a encomendarse a los Mundu Alma. De esa manera transcurre la noche.

El día siguiente, dos de Noviembre, a las cinco de la madrugada, las autoridades originarias se trasladan al templo para dar comida a los cráneos. Los jilaqatas entrantes, que dentro de un mes asumirán el cargo también se hacen presentes en el lugar y les piden llorando que su gestión depare un buen año para su pueblo. De la misma forma los jilaqatas salientes les agradecen a los cráneos por la gestión que concluirán dentro de un mes. A partir de ese momento pasiris y caturiris _los jilaqatas entrantes y los salientes_ caminan juntos. Una vez que dieron comida a los cráneos los jilaqatas salen a invitar comida a los wataqu _los encargados de tocar las campanas_ y luego retornan al cabildo a continuar con la atención de comida a las personas que rezan y acompañan.

Cerca el mediodía las autoridades se trasladan al templo, recogen los cuatro cráneos, se dirigen al cementerio y se ubican en medio del Campo Santo para realizar los ritos. Finalmente se dirigen hasta la capilla de los ancestros para devolver los cráneos. Los depositan allí junto con bastante comida, coca y cigarros. Las autoridades son las últimas personas en abandonar el Campo Santo. "El difunto es el segundo Dios Purgatorio. Tiene poder de llamar a la lluvia. Por eso, cuando la sequía es constante los jilaqatas van al cementerio a llorar a las almas. Desde el panteón llaman a la lluvia, de rodillas y con la vista al noreste. En esos momentos hay que prenderles velitas y hacerles humear con k'oyita (k'oa) del alma y de la virgen. También hay que hacer wilancha con chanchito.

Los chanchos son para el sacrificio ofrecido a los tatarabuelos. Es la comida de los muertos. Sacamos pedacitos de la carne de todas las partes del cuerpo del animal y se da en el sahumerio. De esa manera las almas comen y llaman a la lluvia".

A nivel de la población en general, la muerte está presente de muchas maneras. "La muerte es parte de nuestra vida". Los originarios con confianza y con respeto coexisten con sus difuntos. "Cuando un enfermo no puede sanar envía con el mayordomo comida al cementerio, puede ser que algún finado de su familia le esté atormentando. Hay que reconciliarse con los finados, porque las enfermedades graves son también la maldición del alma".

A los originarios la muerte suele también presentarse en forma de un viento extraño o de remolinos que se forman en la tranquilidad del día. Cuando ocurre esto dibujan con la mano en el aire señales de cruz. "Cuando los animales enferman y mueren hay que ir el día Lunes al cementerio a charlar con los muertos".

Reflexiones Finales

La explicación del tema de la muerte se realiza desde la experiencia originaria de la gente lacustre. Es uru _es chipaya_, pero sobre todo es andino porque muchas cosas se dan también en otras partes de esta amplia geografía. Claro está también que la religión cristiana tuvo poco impacto en la visión uru sobre los muertos, si bien es cierto que los originarios asumieron no pocos ritos y símbolos del cristianismo, previa andinización.

Los vivos viven con los muertos como con parientes que han ido a vivir a otra parte. Los difuntos, de esa manera se constituyen en migrantes al otro mundo. Por lo mismo al momento de emprender su viaje les dan de comer, les dan de beber, les dan vestido, les dan una parcela y les hacen participar de sus fiestas, es decir, les dan lo necesario para que se realicen en esta como en la otra vida. Así mismo, cuando un pariente se muere, aprovechan su viaje para enviar mensajes y alimentos a otros difuntos que se adelantaron en el viaje. Este sentimiento de respeto es tan grande que los difuntos durante las visitas que realizan al pueblo son bien recibidos.

El ritual fúnebre de los urus expresa o reafirma una relación con los antepasados que fundaron el pueblo y que le dieron el orden social. Con su poder pueden ayudar a los disciplinados y castigar a los rebeldes que no cumplen.

Hay cambios, pero relativamente pocos, en comparación con otros aspectos de la cultura de los urus: la vivienda, la religión, la economía, etc. La muerte es algo profundo en la cultura.

Los chipayas _como asentamiento uru_ leen permanentemente los signos que se constituyen en anuncios de muerte. También le dan importancia a las cuatro direcciones cardinales: Oeste es el lado de los muertos. Entorcelar hacia el lado izquierdo o al realizar acciones al revés es referirse a los muertos. Con esto, indudablemente, se busca la separación entre los dos mundos.

Es importante la consideración que tienen a algunos animales, como el perro y la llama negra, porque se les da el rol de fieles acompañantes del alma en su viaje al más allá..

Por la relación que existe entre vivos y muertos y mediante los diferentes rituales que expresan la conversación, la interacción y el intercambio entre ambos, es posible provocar la muerte y también evitarla.

Recibido: septiembre 1999. Aceptado: diciembre 2000.