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Chungará (Arica)

versión On-line ISSN 0717-7356

Chungará (Arica) v.33 n.2 Arica jul. 2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-73562001000200006 

EL RITUAL MORTUORIO DE LOS AYMARA DE TARAPACÁ
COMO VIVENCIA Y CRIANZA DE LA VIDA

Juan van Kessel*

*IECTA, Casilla 135, Iquique, Chile. E-mail: iecta@chilesat.net.

Describe los momentos culminantes del ritual mortuorio y los símbolos más expresivos, destacando luego: la relación que expresan entre vida y muerte; vivos y muertos; tierra y muertos; los lazos que con el rito se cortan y los que se estrechan; el paralelismo entre ritos de nacimiento y ritos mortuorios: "ayudar al naciente/agonizante en el paso a otro estado de vida y apoyar a su familia/ayllu/tierra en este trance".

Palabras claves: Ritos mortuorios, el Día de los Muertos, el Más Alla.

Describes the culminating moments of the mortuary ritual and the most expressive symbols, emphasizing: the relationship that is expressed between life and death; the living and the dead; the land and the dead; the ties that with the rite are cut and those that are tightened; the pararellism between birth rites and funeral rites: "help the newborn/sufferer in the passage to the other state of life and support the family/ayllu/land in this predicament.

Key words: Mortuary rites, The Day of the Dead, The Hereafter.

Los aymaras de Tarapacá hacen una clara distinción entre la muerte repentina y no prevista (un accidente que se considera como castigo o como el efecto de un poder maligno, diabólico), y la muerte tranquila, prevista, que se reconoce como completamente natural. La primera es "del diablo", la segunda es la "muerte llamada por Dios" y en consecuencia completamente humana y por decisión de Dios o "como Dios quiere". La muerte "como Dios quiere" no es considerada como trágica, ni como resultado de una maldad o maldición.

Fuera de estas dos categorías de muerte, se distinguen otros casos especiales de fallecimiento, a saber: aquel causado por el rayo, que es un castigo, sin duda alguna y más claro que ninguna otra forma de muerte repentina. En caso que el tocado por el rayo no muere se trata indudablemente de un llamado, una vocación. El homicidio, que trae por consecuencia que el espíritu del difunto no descansa hasta que el asesino haya sido castigado y, muerto también, haya pasado a la eternidad como "condenado"; y finalmente, la muerte por embrujo, que generalmente es un fallecimiento tras breve enfermedad, extraña y desconocida y aún dolorosa, de una persona joven o madura, en la plenitud de sus fuerzas.

En lo que respecta a la muerte infantil, la vida de un niño, y más aún de una "uma guagua" _un bebé menor de un año_ no es todavía muy segura y así lo enseña la experiencia en los frecuentes casos de muerte infantil. Hasta sus siete años, podría decirse que la guagua "sigue naciendo", y su vida sigue en la primera "crisis de paso". Es doloroso pero "normal", no trágico, si un niño muere antes de los siete años. El cadáver del niño se llama: "cuerpo menor". Tanto el pequeño cadáver como la animita son llamados "angelito". El angelito _la animita de niño_ es tierno, amable y bueno, inocente y jamás agresivo ni peligroso, y ni siquiera molesto. Visita de vez en cuando la casa de sus padres, esperando recibir algunos dulces o frutas, para en seguida partir contento y alegre. La muerte de los niños que no alcanzaron el bautismo _ni siquiera "el agua"1_ es preocupante. Los padres y la comunidad en general pueden ser castigados por su irresponsabilidad. Estos niñitos "moros" pasarán a las cumbres nevadas, donde se divierten haciendo bolitas de hielo, un juego que puede resultar en tremendas granizadas precisamente con significado de castigo o de venganza por la deficiencia de los humanos en la crianza de la vida tierna (de niños, de ganado nuevo, y cultivos tiernos). Por eso se dice que la granizada ataca la vida de la chacra.

La muerte por accidente es siempre causada por algún poder real y concreto: sea castigo de Dios, sea como efecto de los poderes enemigos al hombre, el diablo o el maligno. Esta última interpretación de muerte repentina es la más frecuente:

"La muerte repentina casi sería causada por el diablo... por efecto del diablo... por ejemplo en un accidente o supongamos el caso que yo voy caminando. Me entusiasmo en cualquier cosa; voy en un camino malo y ni siguiera me acuerdo de Dios para pasar ese camino... me entusiasmo en cazar una vizcacha, supongamos, y entusiasmao... y de repente me voy de la peña p'abajo, y listo... hasta ahí no más llego. Así como por brujería, dije, también qu'es causao por efecto del diablo... y bueno, la mayoría de las muertes repentinas serían así, causao por los efectos del diablo".

Según los diferentes modos de fallecimiento, se distinguen las siguientes categorías de espíritus de difuntos o de ánimas:

Los "condenados": que constituyen un peligro y de los que hay que protegerse en el camino y en viaje. Se evita su tumba, el lugar de su fallecimiento, su casa y el lugar donde trabajaba en vida. Los condenados pueden molestar a los hombres asustándolos, y aún enfermándolos, por ejemplo de los nervios, pero "si uno se recomienda a Dios, ellos no pueden hacerte daño".
Los "angelitos": que constituyen una secuencia o romería graciosa en el panteón mortuorio.
Los niños "moritos": que son juguetones y algo caprichosos.
Los "abuelos": los próceres de las familias, ayllu y comunidad. Son aquellos que los vivientes y aún los más ancianos han conocido. Ellos constituyen una ayuda y una intercesión ante Dios para su descendencia. Pero pueden reclamar y aún castigar sensiblemente en caso de dejación, de falta de respeto, o de no observación de las tradiciones y enseñanzas o instrucciones, y del no cumplimiento de su última voluntad, por parte de sus hijos y nietos.
Los "gentiles": son los espíritus de los antepasados pre-cristianos. Ellos constituyen más bien un peligro. Se evita su tumba, porque fácilmente pueden enfermarse y en particular los niños, cuando juegan o pasan sin precaución por allí. En caso de "un gentil muy bravo", que emana muchos males, se puede pedir al sacerdote (o a un reemplazante) que lo "bautice echándole una bendición con agua bendita en la tumba". Si descansan tranquilos, si nadie se les acerca, ni los molesta, no pasa nada.
Las "animitas" en general: Los espíritus de parientes y conocidos, que a veces se presentan en sueños para pedir su parte (una vela, o ceremonia, un recuerdo en su aniversario o en la celebración del "día de los muertos": 1-2 de Noviembre). Estas ánimas también pueden ayudar o "alumbrar" a una persona particularmente en casos que les interesan, por ejemplo por una antigua enemistad en vida, o una predilección que tenía en su trabajo.

Lugares relacionados con la muerte y los muertos son llamados "lugares fuertes" y emanan fuerzas peligrosas y hasta malignas. Estos no son solamente las tumbas, cementerios de cristianos y "gentilares" (cementerios prehispánicos), sino también los sitios donde una muerte abominable o criminal tuvo lugar. A estos lugares se les tiene un cuidado especial. Los que pasan por allí, se recomiendan a Dios. Se pueden conjurar esos lugares de diferentes formas: cumplir con las exigencias de los muertos (con ceremonias autóctonas, o mandar a hacer una misa de difuntos para su descanso), bendiciones de sacerdotes para conjurarlos, o depositando allí algún objeto bendecido por él.

1. Agonía, Fallecimiento y Funerales

La forma más humana, más deseada de morir es a una edad avanzada pero antes que las molestias de la vejez sean muy grandes (sordera, ceguera, parálisis, pérdida de memoria...), y después de una enfermedad "normal", en presencia de sus hijos y nietos y otros parientes. Cuando el enfermo (o aún la persona sana) dice que siente acercarse su fin, generalmente no se equivoca. Conversa con cada uno de sus hijos y hermanos, dándoles indicaciones e instrucciones, a modo de última voluntad o testamento. Tratándose de bienes, estas indicaciones se anotan en un papel; los consejos e instrucciones son recordados de memoria. Cuando se aproximan sus últimas horas, los parientes prenden una vela a su cabecera y empiezan a rezar tres veces el "Padre Nuestro", el "Ave María" y el "Gloria al Padre". La vela es para alumbrar al agonizante en el momento de su partida. De vez en cuando se repiten las mismas oraciones. Momentos después de expirar vienen los vecinos _en lo posible no los parientes_ para lavar al difunto, vestirlo de su mejor ropa ("ropa de fiesta") y extenderlo sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, con los pies hacia el occidente, para el velorio. Al lado de su cabeza se mantiene siempre una vela encendida y hay dos floreros con flores uno a ambos lados de su cabeza. Sobre una mesita puesta a la cabecera se encuentran: agua bendita, con una ramita para rociar el cuerpo a modo de bendición. También hay coca dispuesta sobre una incuña y alcohol.

Los parientes en primer grado se ponen luto. La casa del finado está también de duelo, porque es como "su madre". Se clava un pañito de género negro sobre cada puerta en señal de luto. Los dolientes y vecinos del "acompañamiento" se sientan sobre las bancas de adobe que están contra las paredes, para el velorio que dura de 24 hasta 72 horas. A todos los presentes se les ofrece en la noche "el caliente" (un alcohol calentado con té y con clavos de olor, u otros ingredientes). Alrededor de la medianoche se les sirve una colación en la cocina, por turnos, para que el difunto no se quede solo. Durante el velorio los asistentes toman continuamente la iniciativa de rezarle al difunto tres veces el Padre Nuestro, el Ave María y el Gloria al Padre, poniéndose a su lado. Entonces los demás asistentes se paran también, se acercan y responden a esas oraciones. Antes y después de rezar, la persona rocía con agua bendita el cadáver. Estas oraciones son realizadas con preferencia por los hombres.

Los vecinos excavan la fosa, confeccionan el cajón (si no hay madera se envuelve el cadáver en una frazada) y, momentos antes del comienzo de los funerales lo colocan en el ataúd. Se evita todos estos días el pronunciar el nombre del difunto y se le indica como "el finado". Si hay una iglesia cerca se puede llevar allá el cadáver en su cajón y se pasa la última parte del velorio en el templo. Si se consigue la asistencia de un "cantor", (cuya función es realizar, en ausencia del sacerdote, los cantos religiosos en el templo y en el cementerio), éste canta los "responsos": unos cantos litúrgicos que tienen su origen en el ritual mortuorio gregoriano de la Iglesia Católica, pero que son maltratados hasta tal punto que es muy difícil reconocerlos.

En el cajón del difunto van: un segundo juego de ropa limpia, algunos artículos de uso que el finado en vida usaba mucho, una llijlla blanca o mantel para envolver y llevar a cuesta el equipaje usual de viaje, un poco de maíz tostado y charqui, las insignias de su dignidad o función (por ejemplo, el chal de cacique y un látigo de cuero).

Inmediatamente después de sacar el cadáver de la casa del velorio para llevarlo a enterrar, se borran cuidadosamente todas las huellas de pies en el suelo de la casa (que generalmente es de tierra). La mesa sobre la que descansaba el cadáver es colocada en el centro de la casa, pero al revés, y con las patas hacia arriba. Al lado de la mesa va una fuente, también boca abajo. La explicación de esta costumbre es que el alma del difunto no vuelva a la casa, sino que salga de viaje buscando su destino, más allá del "mar de las tormentas", llamada también "cocha grande", o "laguna grande".

La tumba se excava, si es posible, en el cementerio del pueblo, en la cercanía del templo. Si este cementerio se encuentra a más de tres horas de camino de la casa del fallecido, los dolientes prefieren enterrar a su finado en un cementerio informal en su estancia a pleno campo, pero siempre al lado occidental de las casas. La cabecera de la tumba, marcada con una cruz de madera, está hacia el oriente. Se trata de "construir la casa del difunto". El fondo de la fosa se pavimenta con piedras planas y las cuatro paredes se revisten con una pirca o muro de piedras hasta una altura de 50 a 70 cms. Después de excavar la fosa y "pirquear la casita" se borran cuidadosamente todas las huellas de pies en la tumba y se colocan las herramientas (pala, picota, chuzo) en forma cruzada ante la tumba. Si persisten huellas en la tumba (o si reaparecen inexplicablemente, después de borrarlas), esto significa la muerte próxima de la persona a la que corresponden las huellas.

Los funerales son sencillos. Se coloca el cajón en la tumba que unos vecinos cubren, en seguida, con grandes piedras planas. Los dolientes, uno a uno, toman un puñado de tierra, soplan sobre ella y la dejan caer sobre el "techo" de la casa del muerto. Los vecinos terminan el túmulo. Los dolientes y el acompañamiento intercambian coca con el difunto y entre ellos, y luego también alcohol. Se termina la construcción de la tumba, si es posible, con cal o cemento, generalmente en las semanas siguientes. En la cabecera de la tumba, al pie de la cruz, se construye un nicho. Este nicho que da al oriente, es la "puerta de la casa del difunto". Frente a esta puerta se realizarán posteriormente todas las ceremonias en la tumba y se colocarán allí mismo todo tipo de dones para el difunto. Después de colocar la cruz, que remata la casa del muerto (como también las casas de los vivientes llevan una cruz en el techo), se le adorna con una corona de hojas verdes y flores llamadas "sombrero". Hojas verdes y flores se amarran también a los cuatro palos de la cruz. Se rezan las mismas oraciones (Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre) y al despedirse de la tumba, se habla llorando al difunto, quejándose de su partida de este mundo. Los parientes se quedan hasta el último, para agradecer a los acompañantes y en especial a los trabajadores por su cooperación y para invitarlos a la comida que tiene lugar a continuación. Llegados a la casa, se levanta la mesa y la fuente que quedaron ahí boca abajo, y se observa con atención si ha reaparecido la huella de alguno de los presentes, (los pastores son excelentes reconocedores de huellas en el campo). Si creen reconocer una huella, esto sería una indicación de que esa persona también está por morir. Como hay que salvarlo del peligro que indica ese mal presagio, se le hace hincar en medio de la casa y dos hombres empiezan a pegarle con un látigo de cuero, retándole: "¿Por qué quieres afligirnos?... ¿Quieres irte también?,... ¡Flojo!, ¡quédate a trabajar para tus hijos, con nosotros!..." El castigado no se opone, sino recibe humildemente los latigazos y los retos, y al final agradece a sus castigadores que en este forma lo salvan de la muerte que lo amenaza. En los días siguientes no se vuelve más a la tumba; ni tampoco en los días del "lavatorio" y de la paigasa; solamente aquellas personas que no alcanzaron a asistir a los funerales y que llegan en estos días irán a verlo para rezar a Dios, hablarle al difunto y ponerle una vela y también ofrecerle coca, alcohol y cigarros.

En caso que se trate de los funerales de un angelito, se viste al cadáver con una larga camisa blanca o túnica o se le colocan dos alitas en su espalda (si no hubiera otro material mejor, puede ser papel de diario). La ropa del niño también va en el cajón que se pinta de blanco (si no hay pintura se le cubre con papel de diario), no se celebra velorio en el templo, ni tampoco un lavatorio; estos son ceremonias en uso exclusivamente para los "cuerpos mayores".

2. La octava: Lavatorio y Paigasa

El Lavatorio es la ceremonia de lavar la ropa del difunto, en el cuarto o quinto día de la semana que sigue a su fallecimiento. La "Paigasa" es la ceremonia de quemar esta ropa y los objetos personales del difunto en el octavo día que sigue a su muerte. "Lavatorio" es también el nombre que se usa generalmente para indicar todas las ceremonias del séptimo y octavo día que describimos a continuación. A veces se la indica también con el nombre de "Paigasa o Despacho".

Una semana después del fallecimiento exactamente en el día y la hora de su muerte, se arregla un nuevo velorio en la pieza y sobre la mesa donde siete días antes estuvo el velorio "en cuerpo presente"; pero esta vez están sobre la mesa _arreglados sobre una llijlla, un mantel blanco y un pañito negro_ el sombrero del difunto y su ropa lavada y planchada. Además, se encuentran sobre la mesa: una o dos palmatorias con velas encendidas, platos con la comida preferida del difunto, frutas y galletas (que se cambian por platos frescos a cada hora de comida), cigarrillos y un jarro o vaso para quemar alcohol y hojas de coca, dos floreros con flores frescas y tres caitos que son pequeñas madejas de lana hilada y payada de dos hebras, una madeja blanca, una negra y otra blanca con negra. Estos caitos son hilados al revés y con la mano izquierda, y se llaman lloque. Junto a la ropa del difunto se encuentran reproducciones de aquellos objetos de su uso que no van a la hoguera, sea por su gran tamaño, o porque son de un material no inflamable, o porque son de considerable valor. Ejemplos son: un telar, una bicicleta, un radio-transistor, un fusil, serrucho, pala, mula, etc. Estos objetos son reproducidos en miniatura y en materiales fácilmente combustibles, como madera o cartón. Otras pertenencias del difunto, aún las de bastante valor de uso personal, serán llevados también a la hoguera, como: instrumentos musicales, naipes, rueca, etc. Como la mesa se hace chica para recibir todos los objetos de uso personal: platos, cuchara, cuchillo, cántaro, olla, sogas, chaco, hondas, lazo, látigo, costales, puska, mismilla, etc., se arreglan todos estos objetos en bultos amarrados, y se los ubica debajo de la mesa. A la cabecera se encuentra una mesita con coca y alcohol (para que el acompañamiento se sirva compartiendo con el finado y rindiéndole su respeto) y velas para prender sucesivamente en las palmatorias.

Parientes y vecinos están presentes en este velorio, especialmente aquellos que no alcanzaron a llegar a los funerales. Estos pueden constituir un grupo muy numeroso. El día y la noche transcurre con las mismas expresiones de pena, monólogos dirigidos al difunto y oraciones, según la inspiración de cada uno de los acompañantes. Todo se desarrolla como en el velorio de cuerpo presente, pero esta vez se juega también a los naipes. El juego se llama "rey de espadilla" y se juega solamente en esta oportunidad y en el velorio del "cabo de año" (que es el aniversario de la muerte). Por medio de este juego se reparten todas las tareas y trabajos a realizar en este día: buscar leña en el campo para la cocina y la hoguera gigante, carnear uno (o más) llamos, buscar agua en el río, hacer pan y especialmente orar y cantar para el difunto. Una persona mayor de edad o anciana, se indica como el "rey" del juego. Este recibe los naipes, baraja y reparte las cartas (entre los hombres) guardándose las cuatro cartas de rey. En seguida se desarrolla el juego que imita toda una organización política y una estructura social. El rey del juego dice, por ejemplo: "Hay que payar leña". Uno de los cuatro "caballos" _por turno_ repite la orden a los suyos, por ejemplo el caballo de corazón comunica a todos los que tengan una carta de corazón: "Dice el rey de espadilla que hay que payar leña, que el "8" vaya a payar leña; que traiga bastante leña". La persona que recibió el 8 de corazones puede hacerle caso a la orden o, si no está conforme puede apelar contra la orden recibida ante la "sota" (de corazón), diciendo: "Apelación a la sota". Esta persona decide con un fallo y dice: "Que se cumpla la orden", o bien: "Que no se cumpla". Es probable que el juego tiene su origen en la conciencia del "Juicio Final" y del "Justo Juez", a que se da expresión en esta noche cargada de realidades espirituales.

De esta forma se reparte todo el programa de actividades y tareas jugando, y a veces con gran hilaridad. Se dan órdenes, como "que se rece por el finado", pero también órdenes como "que cante el gallo y que rebuzne el burro en el campo", de modo que se manda a la persona al campo a imitar a estos animales, exponiéndolo al comprensible miedo de salir solo en la noche del velorio al campo. El juego dura toda la noche y se interrumpe continuamente con rezos, con tragos de alcohol caliente. Se toma también del alcohol puro en pequeñas cantidades, pero estos tragos muy fuertes expresan un brindis para el difunto. Expresiones de gran pena, llantos y monólogos de infinita tristeza dirigidos al difunto, se observen en este velorio juntamente con bromas, chistes y risas. Los dolientes y todos los que sienten gran pena por el fallecido, se hacen amarrar en la muñeca izquierda un pedacito de hebra de lana blanca con negro, que al día siguiente se romperá y será llevada a la hoguera para liberarlo de la pena excesiva. También es notorio que solamente los hombres participen en el juego, los rezos y las tareas. Ellos se encuentran en la parte de la casa que está cerca a la mesa del velorio, mientras que las mujeres se sientan en el otro extremo de la pieza. Sin embargo, ellas también se acercan libremente a la mesa, para rezar (en voz baja) y quemar alcohol y coca, y para servirse coca de la mesita de cabecera.

En la mañana muy temprano, los acompañantes se sirven en turnos un desayuno de chocolate en otra habitación o en la cocina. Del corral traen un llamo del difunto, macho, entero (el color no importa) y los llevan al patio, frente a la casa del velorio, donde lo florean abundantemente. Otros sacan todos los bultos del finado de la casa y lo llevan al patio para amarrarlo sobre el llamo, el antiguo animal de carga en todo el mundo andino. Barren la casa dejándola limpia y en su orden normal de siempre, pero en la puerta permanecerá la señal de luto hasta el "cabo de un año".

Uno de los asistentes, pero nunca un pariente del difunto, se pone el sombrero y el poncho del finado y sobre su pecho se cruza el chaco y la honda. Sobre la espalda lleva amarrado un bultito con la vianda, la coca y los instrumentos musicales; amarra el llamo con una soga de lana a la cabeza, para llevarlo de la mano. De la otra mano lleva el perro del difunto con otra soga de lana. Mientras los vecinos adornan y cargan el llamo, los parientes en primer grado _hijos, esposo o esposa, hermanos_ se hincan en una fila mirando hacia el oriente (es el momento que sube el Sol) y levantan por turno un brasero humeante de incienso y rezan al Señor pidiéndole "licencia para proceder" y "que el viaje sea sin novedad".

Cuando el viajero con su carga está listo para el viaje, parte llevando su llamo y su perro, completando la vuelta por el lado occidental de la casa hacia el campo ("para abajo") acompañado por todos los dolientes y vecinos.

A unos 300 ó 1000 metros de la casa, el cortejo se detiene. Se descarga el llamo y se organiza un campamento para pasar allí todo el octavo día. Se hace una mesita con piedras y también un asiento, para colocar los bultos del difunto como respaldo y para atajar los fuertes vientos de occidente, allí permanecerá instalado el representante del finado. La mesita está cubierta con llijlla, mantel y paño negro; encima: vela, coca, alcohol y cigarros. A la hora de comida colocan sobre la mesa del viajero _el difunto_ platos con asado y kalapurka, frutas y galletas, chicha o vino. El representante del finado se sienta, pero no come por el difunto (se supone que el alma del difunto está allí para comerse la esencia de la comida ofrecida). Se arregla un fogón de piedras, usando la leña que los acompañantes trajeron desde la casa en su corto viaje. El llamo es degollado con la mano izquierda, dejándose correr su sangre cuidadosamente en un hoyo excavado en la tierra. Este sacrificio no es una wilancha y la sangre no es para la Pachamama, sino que va "a la Manqhapacha". Todos los presentes observan la escena con atención y profundo silencio. Cuando el animal ya no se mueve y está totalmente desangrado, el sacrificador declara: "ya partió para la cocha grande". En seguida todos continúan con sus actividades de arreglar el campamento y la cocina, y entre todas las vecinas se preparan la comida. El pozo en que se ha juntado la sangre del llamo se cubre con piedras, borrando toda huella y dejando el lugar en su forma natural. Se descuera el llamo y se le carnea con la mano izquierda (solicitando el servicio de un zurdo, si lo hay). El contenido del estómago y el guano de las tripas se guardan en un paño. Todas las tripas y demás menudencias comestibles se sacan para el consumo de ese mismo día, y toda la carne, pero sin remover de su sitio los huesos del esqueleto. La sangre del corazón, estimada como muy alimenticia, se cuece para dársela al perro del finado. Los órganos genitales del llamo se los deja en su lugar, pero se le corta la lengua y se le quitan los ojos. En seguida se rellena la guata del esqueleto con el guano y el contenido del estómago, y se cubre el esqueleto nuevamente con la piel, cosiéndola cuidadosamente para dejarlo lo más natural posible. Finalmente, se deja sentado al llamo fantasmagórico mirando hacia el oriente; su sitio es detrás de la espalda del (representante del) finado que está sentado a su mesa, mirando también al oriente.

De vez en cuando, la gente se acerca a esa mesa para intercambiar trago y coca con el representante del finado. La carne del llamo se asa y se sirve en el campamento, donde todos comen sentados en el suelo. El finado recibe un buen asado y también su perro come asado el corazón del llamo y unas tripas _también asadas_ y la sangre del corazón, cocida. Normalmente, todas estas partes son alimento humano y los mismos pastores se las comen. Después del asado, los dolientes y el acompañamiento se sirven la kalapurka, una sopa de verduras y carne, con mote de maíz, aliñada con bastante ají y cocida con una piedra caliente (kala purka) que se echa en la olla. La comida es muy abundante y los brindis con vino y alcohol siguen todo el día, como también el intercambio de coca acompañada del voto "sea buena la hora, hermanito, (tío, etc.)".

En la tarde, los hombres se dedican a jugar "Palama". Los jugadores se dividen en dos grupos iguales y cada equipo coloca en su cancha una piedra blanca, llamada "la vieja". Las dos piedras blancas distan unos 25 a 30 metros. El primer equipo desafía al segundo, que se dirige a la primera cancha para aceptar el desafío. Los jugadores de cada equipo se ubican en una fila. Las filas se colocan paralelamente a ambos lados de la primera cancha, mirando hacia la segunda. Cada equipo tiene dos piedras planas, que pesan aproximadamente un kilo, llamada palama. El primer jugador del equipo que está en su domicilio tira una palama a "la vieja" de la otra cancha. Luego tira el primer jugador del equipo de visita, a la misma "vieja". El anterior tira la segunda palama y finalmente el primer jugador de visita tira su segunda palama. Esta es la primera jugada y aquel que tiró su palama más cerca de "la vieja", gana un punto para su equipo. Se recogen las palamas para la segunda vuelta, que corresponde a los segundos jugadores de ambas filas. Cuando todos han jugado ambas palamas, corresponde a la visita desafiar al equipo que jugó en su cancha. Las mismas filas se ubican ahora, también en forma paralela, en la segunda cancha y se tiran las palamas desde allí a la primera "vieja". En este juego se reconocen claramente elementos de la estructura social de la antigua comunidad aymara. Palama se juega exclusivamente en la oportunidad del lavatorio, del "cabo de año" y del día de los difuntos (2 de Noviembre). Durante todo el día se desarrollan de vez en cuando, las oraciones (Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre) ante la mesa del finado, por la persona que así desea manifestarse. Pero también se toca música ante la misma mesa para el finado, con un conjunto de lakitas o de bronce.

Al atardecer se carga con los bultos del finado al esqueleto del llamo (que había quedado descarnado y cubierto de su propia piel), mientras otras personas desarman el campamento, desparramando las piedras de la cocina, la mesa y el asiento del finado y dejando el lugar realmente en su forma natural: un pedregal. El representante del finado procede a despedirse de cada uno de los dolientes y de las visitas, intercambiando coca. Esta es una ceremonia de gran fuerza dramática. Entre el viajero y cada uno de los dolientes se desarrolla un diálogo de despedida, en el que el primero deja sus últimos consejos: "Me voy de viaje, hijo; me voy para siempre; pórtate bien; ayuda a tus hermanos; sé bueno para tu señora, no sigas tomando tanto; cuida bien el ganado que te dejo; acuérdate siempre de mi; yo voy a ser un pastor para todos ustedes. Voy a rogar al Señor por todos ustedes, para que tengan suerte y prosperidad..." Con profunda emoción los dolientes escuchan estas palabras, que quedan grabadas en su recuerdo personal, en la memoria y la conciencia colectiva de la estancia o ayllu en que se celebra la ceremonia.

Terminada esta despedida, los dolientes y visitas se colocan juntos mirando hacia el occidente, mientras que el representante del finado con la asistencia de cuatro acompañantes se carga con sus bultos. Uno de estos "amarra" a los dolientes y vecinos, con los tres caitos que estuvieron sobre la mesa del velorio, dando una vuelta con las hebras alrededor de todo el grupo junto, pero en dirección "inversa" (que es en la dirección de los minuteros del reloj, o O-N-E-S-O), y actuando siempre con la mano izquierda. Cuando todos están amarrados en el círculo de estos caitos, el hombre desparrama abundantemente yumpaja _harina de maíz blanco_ sobre los dolientes y las visitas. A continuación procede a romper la amarra, cortándola a mano y recogiendo los pedacitos, haciendo la vuelta nuevamente en dirección inversa. Corta también las amarras de lana que los dolientes llevan en su muñeca izquierda y guarda todos estos pedacitos de caito para llevarlos a la hoguera. Luego manda al grupo darse vuelta y mirar al oriente (es decir en la dirección de donde en la madrugada han venido), sacarse la harina y caminar hacia la casa sin mirar atrás. El grupo se dirige en silencio y se sienta en la casa del velorio a esperar la noche; ya está entrando el sol.

Mientras tanto, el cortejo del viajero se dirige hacia el occidente ("para abajo"), los cuatro acompañantes llevan el llamo cargado, levantándolo por la lana de los hombros y las caderas. El representante del finado lleva sobre el hombro la soga de lana con que tira el llamo, levantándole la cabeza, (que sin eso caería). De la otra mano lleva el perro del finado, amarrado también para que no escape. En el quepe lleva la vianda y los instrumentos musicales.

La hoguera se encuentra a uno o dos kilómetros de distancia. Llegados allá se descarga el llamo, se abre los bultos para colocar los objetos y la ropa sobre la leña. Mientras el representante se saca el sombrero, el quepe y el poncho (del finado) y los coloca también sobre la hoguera, los acompañantes ahorcan el perro. Luego acomodan los cadáveres del llamo y del perro también sobre la hoguera, las cabezas hacia el occidente. A continuación se quema coya y se intercambia coca y alcohol puro, challando la hoguera con estos elementos. La ubicación es al lado Este de la hoguera y mirando hacia el Occidente. Algunas pertenencias del finado de más valor (como reloj, radio, ropa buena) se salvan de ser quemados. Los cinco hombres se los guardan para ser llevados devueltos a la casa en una ingeniosa ceremonia. Entre tanto la noche ya ha caído y se enciende la hoguera. Los cinco hombres se alejan corriendo hacia la casa, pero a una distancia de unos 500 metros se esconden detrás de unas piedras o matorrales para mirar la hoguera que arde. Ponen una atención muy tensa, porque en el fuego se puede distinguir cómo el (alma del) difunto aparece a recoger sus cosas _apurada o tranquilamente_ y partir con sus animales. Pero el mayor interés está en distinguir si el finado va acompañado de algún pariente o vecino, porque en este caso se trata de un mal presagio: la(s) persona(s) que aparece(n) en las llamas con el finado morirá(n), si no se observa un rito similar al castigo de aquel cuyas huellas reaparecieron después del entierro en la casa del velorio. Sugestión colectiva, o no, de los observadores del fuego; "self fulfilling prophecy", o no, lo cierto es que más de una vez las visiones de estos hombres se han realizado, falleciendo las personas entrevistas en la hoguera, pocas semanas o meses después. Por eso se tiene gran preocupación por este detalle y los dolientes escuchan con ansiedad el relato de los cinco hombres cuando llegan a la casa.

La observación de la hoguera demora casi media hora y termina recién cuando solamente quedan unas brasas ardientes. Después los hombres se dirigen a la casa del finado, golpean la puerta y se presentan como viajeros de paso que ofrecen ropa a vender. Se trata de las piezas que se salvaron de la hoguera. Mediante esta ceremonia se pretende despersonalizar estos objetos personales del finado para reintegrarlos a los enseres de la familia. Si el alma volviera para buscar estos objetos no los reconocería como suyos y no penaría a sus parientes por ese motivo. Con mucho humor y fantasía, los cinco "viajeros" se presentan con nombres inventados como: "Chamuyiri" y "Ráscame suave". Se desarrollan unas escenas de gran hilaridad, en que los actores realizan un simulacro, imitando una compra-venta de los objetos del finado a los dolientes, con muchos comentarios y chistes. Finalmente los dolientes convienen un precio y ofrecen trago a los vendedores-viajeros para sellar la compra-venta. El juego continúa con los brindis y la conversación cordial y formal de acuerdo a las pautas de hospitalidad y el buen trato que se da a los viajeros. Finalmente se les ofrece también alojamiento, pero los comerciantes simulan estar apurados y se despiden cortésmente para continuar su viaje. Se retiran de la casa.

Unos momentos después regresan, pero ahora en calidad de su propia persona. Golpean a la puerta y son recibidos nuevamente con abrazos, con respeto y formalidades, porque esta vez traen noticias como los profetas del más allá: comunicarán las visiones que han tenido en la hoguera. Entre las cosas que han salvado de la hoguera está también el látigo de cuero trenzado del finado; pero este látigo no fue "vendido", ni "despersonalizado" en la ceremonia anterior. El que dirige el grupo de cinco hombres (no necesariamente el que representó el finado durante el día), da cuenta detalladamente y con el látigo del finado castiga a la(s) persona(s) vislumbrada(s) en el fuego. Después de esta ceremonia se sirven otros tragos y poco a poco la gente se retira para acostarse.

La mitología fúnebre dice que el alma del difunto en su largo viaje al Señor Dios, finalmente debe cruzar el mar de las tormentas; que su perro lo llevará nadando para cruzar el agua ("el alma se posa en el chuño del perro _su nariz_ para no mojarse"); y que el alma, después del viaje y antes de aparecer ante el "Señor del Juicio", se viste con ropa limpia. Pasado el Juicio el viajero consigue su descanso. Los "condenados" (criminales que cometieron grandes inmoralidades, como asesinato, brujería o relaciones sexuales con compadres o parientes de primer grado), reciben como castigo la condición de alma errante sin alcanzar jamás el descanso.

3. El "Cabo de Año": Primer Aniversario de la Muerte

Luto se ponen los parientes consanguíneos y políticos en primer grado y todos los descendientes, aún los bisnietos. Se enlutan también los niños chicos y la casa misma del finado. Después de 12 meses termina el período de luto. El primer aniversario se recuerda con una ceremonia particular. De nuevo se arma la mesa del velorio en la casa del difunto, pero ahora se deposita en ella toda la ropa negra de luto, con una vela, a la hora del fallecimiento. El velorio transcurre de la misma manera y se reúne gran número de parientes y vecinos. En la noche se juega nuevamente a los naipes, al "rey de espadilla", como en el velorio del lavatorio. A la hora de media noche hay una colación en que se toma té y pan. En la mañana siguiente se sirven un desayuno muy contundente de kalapurka en el que todos aportaron con algún ingrediente. Para el "cabo de año", se ha preparado también chicha de maíz. Es una verdadera fiesta, con abundante comida y bebida, con alegría y buen humor. En el día se juega a las palamas. En la tarde, todos visitan colectivamente la tumba, donde se quema la ropa de luto. Se prenden velas en el nicho de la tumba. Se coloca una corona fresca a la cruz diciendo: "le regalamos un sombrero nuevo" y los cuatro extremos de la cruz son revestidos con ramos verdes y flores frescas. Cada uno de los presentes ofrece coca y alcohol puro al difunto, sirviéndose asimismo también e intercambiando trago y coca con los dolientes. Para el difunto se vierte agua al pie de la cruz y a veces se le deja también un poco de agua en un tarro. El encargado del culto, cantor o sacristán, canta nuevamente sus responsos. La esposa (o madre, o hija) del difunto, que solía prepararle sus comidas, coloca algunos alimentos preferidos del finado, a la cabecera de la tumba. Se reza por el descanso del difunto. En toda la ceremonia suele haber músicos. Estos tocan también una música en su honor y para alegrarlo. No es una reunión triste, sino más bien una reunión social y ceremonial en familia. Después de las ceremonias en el cementerio, la familia puede invitar a comer a los vecinos que asistieron, pero esto no es obligación.

El primer aniversario de la muerte se celebra con todo esmero; el segundo y tercer aniversario también es atendido con particular cuidado; posteriormente el difunto pasa a formar parte del conjunto de los "abuelos", las almas en general, que son recordados en los días 1-2 de Noviembre; y en otras oportunidades y festividades de la comunidad (como fiestas patronales, limpia de canales, carnavales, etc.) y de la familia (matrimonios, nacimientos, desgracias).

4. El Culto de la Comunidad a sus Muertos: 1 y 2 de Noviembre

En el calendario litúrgico romano, figuran los días 1 y 2 de Noviembre como el día de Todos Santos y de Todos los Difuntos, respectivamente. En la comunidad aymara se celebra en esa oportunidad simplemente "la fiesta de los muertos". En el primero de estos días no recuerdan los Santos, sino las animitas de los niños, los angelitos. En el segundo día _que comienza con la víspera, a mediodía del día primero_ se festejan los demás muertos. Estos son el alma mundo o los fundadores de la comunidad, los abuelos o antepasados de las extensas familias, y las animitas que son los espíritus de los adultos difuntos. Entre estos últimos se recuerdan muy en particular aquellos que todavía no cumplen un año de defunción.

En el cementerio del pueblo central se distinguen varios campos, que repiten la división geográfica y social de los ayllus de la comunidad y su territorio. En los cementerios de los pueblos circundantes, que pertenecen a la misma comunidad y que poseen templo propio, pero que constituyen un nivel inferior en la jerarquía urbanística, descansan solamente los miembros de ese ayllu. Las diferentes estancias, que pertenecen a un determinado ayllu, pero que no poseen un templo propio, solamente disponen generalmente de un cementerio sencillo y sin cercado en el campo abierto, donde se realizan solamente funerales más humildes de niños, de huachos _pobres solitarios_ y forasteros, como viajeros, medieros y arrendatarios de otros pueblos. En estos cementerios semi-abandonados "da pena", para el aymara, que los finados están "solos y abandonados" y separados del cementerio comunitario.

Un cementerio formal siempre tiene una tumba principal, o un túmulo coronado con una cruz en el centro del "Campo Santo", que pertenece al "alma mundo" (o "mundo alma"). Esta tumba coincide con el Calvario de los cementerios católicos particulares. Los aymaras, sin embargo, no recuerdan con esta tumba lo sucedido en el Gólgota, sino a los fundadores de su comunidad o ayllu. La persona que visita la tumba de su pariente difunto, nunca debe olvidarse a saludar también al "alma mundo". Las calaveras de los fundadores de la comunidad (llamadas igualmente "alma mundo") se guardan, envueltas en una llijlla, en un nicho especial en la sacristía del templo. En las fiestas patronales de la comunidad, cuatro veces al año, el sacristán mantiene una vela encendida en ese nicho.

Las diferentes categorías de muertos son atendidos con ceremonias algo diferentes que todas siguen el mismo esquema básico que va desde la víspera hasta el medio día siguiente. Sus partes son: espera y recepción de las almas en la casa, festejo y convivencia con los parientes o descendientes y despacho en el cementerio. Las ceremonias para los angelitos comienzan a mediodía del 31 de Octubre. Los padres y hermanos les esperan en la casa con almuerzo. Allí pasan el resto del día con sus compañeritos invisibles y hasta que el día siguiente los padres y hermanos los acompañan a su tumba para despacharlos allí alegremente. Las ceremonias para el alma mundo y los demás difuntos comienzan a mediodía del 1 de Noviembre y siguen el mismo esquema. Las ceremonias del alma mundo tienen un carácter comunitario y comienzan en el templo.

La idea central en el culto mortuorio de los días 1 y 2 de Noviembre es que en estos días, los muertos vuelven a la comunidad y a la casa para visitar sus parientes y su pueblo. Estos los halagan con un festejo, como debido entre parientes, cuando llegan en visita. Los parientes acompañan a su animita al término de la recepción a su casa en el cementerio, dejándole un viático. Así las ánimas parten alegres y contentas, los lazos de la familia se han estrechado entre vivos y muertos y los vivos siguen confiados en la protección, ayuda e intercesión de los difuntos.

Los angelitos gozan en su día de una recepción alegre. A mediodía del 31 de Octubre se les "regalonea". En las casas donde vivieron los niños muertos, se les sirve sobre la mesa cubierta con mantel blanco, los cucules, que son pancitos en forma de pajaritos, angelitos, lunitas, estrellas, cruces, escaleritas. Además de "los cucules" se encuentran allí una vela prendida, un florero con flores frescas y un almuerzo para niños con todas las clases de frutas, alimentos y bebidas que les gustan. La familia se reúne para "recibir a los niños" y se desarrolla una pantomima con abrazos y palabras cariñosas de bienvenida, dirigidas a los pequeños e invisibles visitantes. En los momentos siguientes (en que se supone que los angelitos están comiendo y relamiéndose a gusto), se les canta un responso y se reza por ellos. A continuación los vivientes se entretienen conversando e intercambiando coca y alcohol. Finalmente el cantor y los demás asistentes a la ceremonia recibe de manos de la dueña de casa los cucules, como amable regalito que los angelitos traen en agradecimiento por la fiesta y los rezos. El almuerzo infantil queda servido toda la tarde; en la noche, se cambian los platos por otra comida y en la mañana del día 1 de Noviembre se les sirve el desayuno. A media mañana la familia se dirige a las tumbas de los niños para acompañar y despachar a los angelitos. Se les coloca una vela al pie de la cruz _una cruz baja y muy sencilla que cubre la cabecera de la tumba_ para alumbrarlos. Se les deja frutas, agua y un "sombrero nuevo" (una corona) o unas flores como adorno a la cruz. Con esto se termina la ceremonia.

Las ánimas de los adultos reciben un culto similar, pero más detallado. A mediodía del 1 de Noviembre, la mesa está servida para ellos con cucules, vela y flores y un abundante almuerzo con platos que gustaban al finado (o los finados). La pantomima de bienvenida es muy dramática, particularmente cuando hay un "muerto nuevo". Para éstos se sirven alimentos en gran abundancia porque vienen con muchos compañeros a la casa. Las oraciones y cantos en su honor son más largos y se prolongan por más de una hora.

A continuación se sirve coca y alcohol al difunto. En una copa de plata que se encuentra sobre la mesa del alma, se vierte alcohol puro que se enciende y en sus llamas azules se queman hojas de coca. Al mismo tiempo se les pide a las ánimas ayuda en el trabajo, prosperidad con el ganado, suerte con el comercio e intercesión ante Dios. Los asistentes intercambian también brindis y coca, acordándose de Dios y de los Santos y se fuman cigarros en recuerdo de los difuntos. La vela sigue encendida todo el día y la noche. La noche se pasa alegremente. La comida y el desayuno se sirve a las animitas, a su hora. En la mañana del día 2, los hombres juegan a las palamas. A mediodía, se acompaña a los difuntos a la tumba y se les despacha cordial y cariñosamente. Se usa más alcohol y coca a medida que el difunto era más respetado y querido. El cantor o el sacristán que se encuentra a esa hora en el cementerio para el culto final al alma mundo y para los servicios "particulares", reza a solicitud de la familia un último responso para la animita.

El alma mundo recibe, aparte de los saludos individuales, un culto comunitario que es bastante sencillo. En la tarde del día 1 de Noviembre la comunidad se reúne en el templo. Los funcionarios del culto y los pasantes (fabriquero, mayordomos, cantor, alféreces y sacristán) dirigen la ceremonia. El cantor _o en su ausencia, el sacristán_ es el celebrante principal. Según sus indicaciones se coloca en el centro de la nave del templo una mesita cubierta con un paño negro, sobre la que se exponen las calaveras del alma mundo. Se enciende una vela que no deja de arder hasta el día siguiente. A continuación, cada Santo del templo recibe también su vela, pero ésta, una vez consumida, no se reemplaza por otra. El cantor ejecuta sus responsos y reza el rosario. Las otras autoridades colocan coca sobre la mesa del alma mundo. En seguida lo hacen también los demás asistentes al culto. Esta es toda la ceremonia.

Al día siguiente a mediodía, el cantor acompañado de las demás autoridades y de los comuneros, despacha al "alma mundo" cantándole su responso de despedida en la tumba del cementerio. Se le arma una mesa ritual, consistente en una llijlla tendida sobre el suelo, y se realizan los ritos con coca y alcohol, cigarros y agua, en la misma manera como en las tumbas particulares. Dado que aquí se trata de los fundadores de la comunidad, las ceremonias tienen un carácter más oficial y público. Esta ceremonia del despacho puede durar más de una hora y se toma bastante alcohol. Se espera que los fundadores consigan protección y prosperidad para toda la comunidad, que la cuiden de los enemigos y que vigilen por la unidad y la armonía entre los comuneros.

5. El Recuerdo de los Muertos

Durante el resto del año, los antepasados, llamados familiarmente "los abuelos", están siempre presentes, sea en sueños, sea en visitas oportunas a las tumbas, sea en los ritos de producción o los" ritos de paso" que se celebran en la familia:

En fiestas y ceremonias: "Los abuelos" son recordados en todas las ceremonias de alguna importancia: las ceremonias del ciclo agropecuario (floreo, carnavales, Cruces de Mayo y limpia de acequias); las fiestas cristianas (Navidad, Año Nuevo, Semana Santa y fiestas patronales); y las oportunidades (romper sello para construcciones de casa y otras obras, inauguración de una casa, construcción o reparación del templo, por ejemplo). En todos estos casos la conmemoración de los abuelos se realiza en la noche de vísperas y tiene lugar, sea en el círculo de la familia, sea en la casa de las autoridades del pueblo, como en el caso de la antevíspera de las fiestas patronales. En el último caso la ceremonia consigue carácter y rango de recuerdo oficial de la comunidad. Siempre se quema alcohol y coca sobre la mesa ceremonial y se fuman cigarros, soplando el humo sobre la mesa y expresando los votos y oraciones conocidos: "sea buena la hora", "que todos (los difuntos) estén contentos" ,"que nos acompañen siempre", "somos tus hijos, que no nos olvides", "que perdones si hemos cometido un error" (refiriéndose a una omisión o un descuido ritual).

Sueños y muertos: Cuando las ánimas (y aún los condenados) buscan contacto con el mundo de los vivientes, aparecen generalmente de noche y en sueños. Excepcionalmente se presentan en una sombra o visión. El condenado aparece no sólo en forma de una sombra (la sombra de un hombre viajero y atorrante, que inicia una conversación con los viajeros que encuentra), sino también como perro negro y "chascoso" (de pelo abundante y desordenado) o caballo que deja las huellas de sus pisadas en el camino después de desaparecer repentinamente.

Las animitas se hacen presentes ante parientes y amigos para recordarles sus obligaciones (de una vela o ceremonia en su tumba, en determinados días), o _cuando insisten demasiado con sus visitas_ para pedir una "misa de almas". A veces aparecen para dar buen consejo, (por ejemplo: cómo pillar a un enemigo que se sabe, ha robado un llamo de la tropa que dejó en herencia el finado); o para orientar en la solución de un problema (por ejemplo: para encontrar objetos o ganado perdidos); o para castigar o amonestar al hijo o al deudo (por ejemplo: "¿Por qué no cuidaste mejor el ganado que te dejé?"); o bien para llamar la atención en caso de un error u omisión involuntaria (por ejemplo, si alguien sale de viaje y se olvida de cerrar la puerta de su casa). Si este tipo de ideas se le ocurre a alguien, esto sucede "porque su finado se lo dice y lo alumbra".

El animita pide también. Pide por medio de sueños su vela, su comida o su misa. Si no se le hace caso, le quedan otros recursos más fuertes. Un susto repentino, una caída inexplicable, un accidente con un tobillo desgarrado, convencerán finalmente al deudo dejado, que debe apurarse en cumplir con sus obligaciones para con el finado.

Cuando una persona, un pastor, está en apuros, puede pedir también ayuda y auxilio a su finado querido. He aquí un ejemplo:

"Yo voy a contar un caso que sucedió una vez cuando a mi se me habían perdido varios llamos, y yo buscaba, había buscado por muchas partes ya. Y eran casi ya como doce días andando, todos los días desde muy temprano hasta la noche. Ya casi no había esperanza por dónde poder encontrar. No había pa'onde andar cuando... si recorrido estaba todo. Menos una pequeña parte que yo tampoco no me imaginaba que por ahí podrán haber pasado. Y... bueno, yo me recordé de mi abuelo, porque en él tengo bastante fe y rezo para él, o sea, como que me había olvidado un poco de él... Después me acordé y lo hice. Justo con eso completaban trece días o catorce andando. Y... bueno, salí buscando otra vez, por si encontraba huellas. En fin, total que yo recé mucho a mi abuelo para que me ayudara y después salí buscando por allí. No encontré nada por ahí, y ya era más o menos a eso de las cuatro de la tarde, cuando seguía subiendo un cerro. Bueno, yo dije más arriba no pueden haber pasado. Me iba a volver, pero me paré un poco y seguí andando, así involuntariamente y no eran más de cinco metros, unos cuantos pasos que di y justo encontré las huellas por donde habían pasado los llamos que tenía perdidos. Seguí las huellas un poco, después volví por las huellas por donde yo podría contar los rastros para reconocer cuántos eran y ahí estaban los doce llamos que tenía perdidos yo. Y después... bueno, de esa vez ya casi nunca me olvido de él; para hacer mis viajes siempre también pido a él y por intermedio de él, Dios me acompaña en mis viajes, y así en todas mis cosas".

Los difuntos viven y siguen con atención la buena y mala suerte de la comunidad, de la familia y de la persona con quien más estaban vinculados. Siguen íntimamente unidos a los vivientes. Esto quita a la muerte su carácter trágico para el aymara, aunque no la pena que le causa el fallecimiento de un ser querido. La única y verdadera tragedia es de carácter moral y consiste en la condición del "condenado" y su crimen. La muerte de un niño "moro", sin ser una tragedia, es una pena y una preocupación porque no alcanza a llegar a su destino: el Cielo.

6. La Cosmovisión de Fondo: "Vida que Procede de la Muerte"

Los difuntos _"los abuelos"_ constituyen una parte activa de la familia y de la comunidad. Ellos la fundaron, le dejaron sus riquezas, sus costumbres y sus enseñanzas. En breve, ellos constituyen su fundamento duradero. En el concepto de los aymaras, el ciclo de la vida no es la existencia humana individual que comienza, florece y desaparece, sino la vida renovada que procede de la muerte. La extinción de una generación significa la vida de la siguiente generación, tal como en el floreo la muerte del animal sacrificado en una wilancha significa la abundancia de vida nueva en la tropa, y tal como la semilla de la papa y del maíz enterrada en la tierra, muere y produce la nueva cosecha. La expresión de sembrar es: "enterrar papas".

La idea de "la vida que procede de la muerte" pareciera asimilarse a la visión cristiana tradicional de occidente. Allí se conoce también la "resurrección de los muertos", expresada en el antiguo dicho: "La muerte de los mártires es la semilla de los nuevos cristianos", citado ya 20 siglos, y basada en el Nuevo Testamento de la Biblia, que expresa: "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto" (Juan: Cap. 12, v.24). Sin embargo, existen diferencias muy notorias. La primera diferencia aparece en el punto de la visión cristiana de una resurrección personal (aunque: "en Cristo"), donde el aymara visualiza en primer lugar la comunidad, el ayllu, que se renueve en la muerte 2. Desde el s. XVIII, se agudizó la contradicción entre la visión aymara de la muerte y la de occidente, por el proceso de la secularización y la racionalización de la cultura occidental con su filosofía personalista y materialista. En este proceso, la idea de la resurrección fue totalmente abandonada.

Otra diferencia es que el aymara no percibe la vida como un evento único, en que una persona (o un llamo) aparece de la nada, crece, se desarrolla, envejece y desaparece definitivamente en la nada. Esta idea corresponde a occidente con su visión de la persona humana como "histórica y única". La visión aymara _de la vida que nace de la muerte según el arquetipo de la flora natural_ expresa una concepción cíclica y una continuidad en el mundo del Akapacha. El ciclo se concibe como la aparición de las nuevas criaturas que surgen de la muerte del antepasado y que _retomando así el ciclo de la continua repetición_ mantiene en existencia a la especie, a la tropa, la familia y la comunidad. Este concepto del ciclo de la vida coincide con una cosmovisión y una visión del hombre de tipo colectivista, en que la comunidad tiene prioridad con respecto al individuo, y la familia con respecto a la persona.

Cobra interés la iconografía de la Muerte _como personaje mitológico que lleva a los seres humanos de este mundo al reino de los muertos_ como una persona con la cara de un lado de color verde, color que significa la vida, y del otro lado de color rojo, que simboliza sangre y muerte. Su función es ejecutar la ley de la naturaleza decidiendo sobre vida y muerte, no como exterminador de la vida, sino como el marcador del tiempo y del ritmo de aquel ciclo vital universal que gira eternamente. En consecuencia esta figura es tanto el "Renovador de la vida", como el "Compañero de la muerte". La Muerte ejecuta y garantiza el orden fundado "ab origine", según la expresión de Mircea Eliade.

El ciclo de la vida nueva que procede de la muerte es para el pastor aymara, una experiencia fundamental de su propia existencia en la comunidad. El binomio Vida-y-Muerte constituye la síntesis de su existencia, el fundamento de su cosmovisión y el símbolo básico de sus fiestas y sus rituales telúricos. Este binomio se percibe como proceso cíclico y repetitivo, similar a otros como Día-y-Noche; o Siembra-y-Cosecha.

7. Elementos de Interpretación

Los principales pasos en el proceso del ritual mortuorio andino son: 1. la ayuda al agonizante, ayudándolo en su difícil paso al más allá, su segundo nacimiento; 2. el velorio del muerto. También es una ayuda al finado que con pena y posiblemente contra su voluntad se está yendo. Además es para acompañar a su familia, con una convivencia intensa y cariñosa; 3. el entierro, que es la separación física del muerto. Aquí vemos que la muerte es concebida más bien como un sopor, un "sueño sin retorno" y como una siembra de la nueva vida; 4. el lavatorio del octavo día, la paygasa, que es la separación simbólica y el despacho del alma; su traslado e instalación en la vida del más allá y la iniciación de otra modalidad de convivencia (precisamente "entre vivos y muertos"); 5. el culto posterior a los muertos, que es una convivencia permanente con ellos, con momentos fuertes y encuentros intensivos en rituales periódicos.

Quiero pasar ahora a un intento de interpretación del significado de esta muy rica vivencia andina de la vida y la muerte, una vivencia en símbolos y ritos, en que se experimenta la muerte como parte de la vida, como semilla de nueva vida. Por los ritos se persigue la defensa y la crianza de la vida. Lo quiero resumir pasando por los siguientes tópicos:

1. La muerte no es el fin, es el paso a otra vida. Se inicia una nueva forma de existir y un nuevo estado de la vida. El análisis de los rituales mortuorios, la reflexión sobre su sentido, enseña que el ritual que acompaña la muerte y el ritual que acompaña el nacimiento, son muy similares en sus símbolos centrales y en sus objetivos. Efectivamente, la muerte es considerada antes que nada como nacimiento para otra vida; más bien como iniciación de una nueva existencia, y no tanto como el fin de la existencia humana. El entierro mismo tiene figura de siembra de una nueva juventud para la familia y la comunidad.

2. El ritual del entierro y de la paigasa pretenden separar _definitiva y claramente_ los vivos de los muertos. Llama la atención las repetidas expresiones rituales de la unión familiar y comunal: los kuti o contras, las amarras con caito hilado al revés, las caminatas sin mirar atrás, los encierros de los deudos. Las expresiones de unión culminan en: "el abrazo entre vivos" que es el rito final del entierro y de la. De este modo se obliga a los deudos a volver su mirada a la existencia de los jaq'i con sus obligaciones en el más acá: cultivar y criar la vida en la comunidad. El rito los une fuertemente a la comunidad de los vivos y los defiende del abrazo fatal del alma que sufre mucho por su partida solitaria y que quiere llevarse alguno sus seres más queridos.

El ritual del entierro y de la quiere también despistar el alma que sufre por la despedida y que tarda en partir definitivamente. Se despersonalizan las pertenencias del difunto, sea por la quema de sus reproducciones o miniaturas en cartón u otros materiales combustibles, o sea por otros recursos simbólicos en caso que se trata de las cosas que necesariamente quedan en poder de los herederos.

3. Sin embargo, en su nuevo estado de vida y respetando siempre las normas claramente establecidas por su nueva condición, el muerto mantiene una fuerte relación con su tierra; con su casa y su ganado; con su comunidad y su familia; una relación activa, y una relación de complementariedad y de múltiples reciprocidades entre vivos y muertos, entre el "más allá" y el "más acá".

4. La relación entre vivos y muertos se cultiva y se celebra en los rituales fúnebres, en los "recuerdos" y las visitas mútuas. Es una relación de conversación continua, de diálogo y ayuda mútua, en que ambas partes están "criando la vida" de la familia y de la comunidad, de sus chacras y sus ganados, procurando su bienestar y prosperidad, una buena salud, una vida tranquila y armoniosa. Desde el "más allá", el muerto sostiene la vida de la familia y de la comunidad. En los días del recuerdo de los "abuelos" (los muertos), la juventud juega "para los muertos" un juego exclusivo _la palama_ y se corteja, expresando así el brote de la vida que se renueva.

El ritual del entierro _desde el fallecimiento hasta la paigasa_ es concebido también como la despedida para un largo viaje, despedida que va con muchas risas y bromas y con llantos y pena de ambas partes. Se observa también la resistencia indebida de parte del alma que viaja. La despedida del viajero culmina con un testamento del muerto expresado por su portavoz. El testamento, dejado en forma de consejos para los deudos, pretende inculcar las costumbres y la tradición, la ética y cosmovisión andina que están centradas también en "la crianza de la vida". En los rituales fúnebres, el muerto tiene un papel activo: come y toma, habla y pide, etc. en forma simbólica y por su representante, que es un actor ritual que lleva ese día el sombrero del finado. En la paigasa no cabe la melancolía, ni la desesperación.

5. La existencia de los muertos se desarrolla en un lugar fuera del mundo de los vivos, en un lugar no muy definido, y con visitas de allá para acá. Se indica este lugar como: más allá de la gran cocha, o del río de los muertos (el río Jordán); el trono del padre Dios, o del Señor Justo Juez; el cerro nevado. Los muertos van para trabajar allá _¡no para descansar!_ y se llevan todas sus cosas (instrumentos musicales, telares, semillas, sus herramientas, su perro y su llama...). Su trabajo es como en el "más acá": es vida y es criar la vida, incluso apoyan el buen desarrollo de la vida en la comunidad de los vivos. Los muertos siguen perteneciendo a la comunidad total. Se hacen presentes en sus rituales, fiestas y celebraciones colectivas. Por otra parte, en sus condiciones particulares. En el "más allá" continúan de algún modo sus actividades y funciones vitales humanas: beber, comer, caminar y desarrollar una vida laboral, social y familiar. En eso mantienen sus preferencias personales, sus gustos particulares, su carácter y personalidad.

6. Los encuentros periódicos entre vivos y muertos se desarrollan en la casa familiar del difunto, y en su tumba, que es llamada "la casa del muerto". Los muertos se presentan también en el templo en los momentos en que los deudos los hacen "escuchar misa".

Está estrictamente prohibido cada intento de llegar, o visitar al muerto en su lugar en el más allá sabiendo que esto significaría: "morir", sea por suicidio, por melancolía o por dejarse morir de pena. Los muertos pueden volver al lugar de los vivos, pero los vivos no pueden llegar al lugar de los muertos. No hay recuerdo de rituales con alucinógenos que lo permitieran. El intento, real o simbólico, de llegar más allá de la tumba está estrictamente prohibido.

7. Las visitas al cementerio al finalizar una fiesta comunal o familiar, ocurren a modo de despacho y kacharpaya. Son ritos de despedida, en que se encamina al muerto hasta la tumba cuando inicia el viaje de regreso a su lugar. Aparte de estas kacharpayas, ocurren visitas a iniciativa de los vivos, especialmente en el primer año después del entierro. Estas visitas tienen lugar en el cementerio, frente a la "casa del muerto", y precisamente frente a "su puerta" (un nicho en la cabecera). En tal oportunidad los visitantes le lleva "regalitos" como en una visita social entre vivos: coca, trago, comida, agua, luz, flores o coronas, limpian y arreglan "su casa", pueden alegrarlo con su música; entretenerlo con sus conversaciones en alta voz; divertirlo con un juego como "la palama", suplicar al Padre Dios "por su perdón". Esta "puertita del muerto" (el nicho de la tumba) es para los vivos el límite y "el punto de no más allá" y constituye de hecho la línea divisoria entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Es el umbral que los mortales han de cruzar en el día de su propio fallecimiento.

8. Las visitas entre vivos y muertos se desarrollan con un ritual social muy similar a las visitas formales entre vivos. Se usan los mismos gestos, palabras y símbolos, abrazos, saludos de bienvenida y despedida; el mismo coqueo, brindis, música, comida compartida, etc. Las visitas rituales expresan: respeto y cariño, y mantienen la relación de reciprocidad y complementariedad entre el muerto y sus deudos, entre las almas y la comunidad.

9. Las visitas de los muertos a los vivos ocurren siempre dentro de los "permisos" que Dios les da. Ellos visitan a sus parientes sea por su propia iniciativa, sea por invitación de los vivos. Las visitas de los muertos ocurren en días fijos, pero también en momentos y oportunidades imprevisibles. Vienen sin falta en el día de los muertos y el aniversario de su fallecimiento. Vienen también en la oportunidad de los rituales recordatorios, como los que se desarrollan en la noche de la antevíspera de la fiesta patronal, y en toda fiesta o momento fuerte del ayllu, por ejemplo entre agricultores en el ritual de limpia de canales, o en los rituales del día 1 de Agosto y de Carnavales o en los grandes rituales de la "llamada de la lluvia" en tiempos de sequía. Entre pastores las almas se hacen presentes en los rituales del floreo y de la Noche Buena, 24 de Diciembre. Los muertos aparecen también en los momentos fuertes de la vida familiar, como por ejemplo un matrimonio, o un nacimiento. Si hay motivo vienen también en otros momentos, motivados por su preocupación de proteger y ayudar a sus seres queridos, o para pedir la debida atención, o aún por su capricho. Para tales fines se hacen presentes preferentemente por medio de sueños. Las almas vienen también por invitación especial de los vivos, por ejemplo para escuchar la misa que los parientes mandan a decir para su perdón y su descanso, o invitados por el yatiri en los rituales de salud. En todos estos momentos los vivos deben estar atentos y esperarlos con el debido respeto.

10. Objetivo de estas visitas es: compartir, convivir, conversar y dialogar; ayudar, aconsejar a los vivos; reclamarles sus debidas atenciones, regalos y servicios. Los vivos piden a los muertos: consejo, apoyo, ayuda, información sobre ganado extraviado y objetos perdidos, sobre la identidad de enemigos secretos y ladrones y sobre el lugar donde éstos se esconden.

En resumen: entre los aymara de Tarapacá, el culto a los muertos se da como una convivencia permanente con ellos, con momentos fuertes y encuentros intensivos en rituales periódicos; ritos recordatorios en los momentos fuertes de la vida de la comunidad y de la familia. Los muertos visitan continuamente a los vivos y estos los atienden y visitan a su vez a los muertos. Así se desarrolla una relación social bilateral entre la comunidad de los vivos y sus muertos. El objetivo de esta convivencia con los muertos es mantener y practicar la relación de ayuda mútua según las normas éticas fundamentales aymaras de reciprocidad y complementariedad. Su objetivo es en última instancia: "cultivar, o vigorizar, o criar la vida".

Notas

1 El agua' se refiere al bautismo de emergencia que administra el cantor _o el encargado de culto, o un `padrino de agua', y que posteriormente, cuando la guagua se recupera, puede ser completada por `los óleos'. Con este nombre _los óleos_ se indica el bautismo oficial de la Iglesia Católica administrado por el sacerdote que _entre varios otros ritos_ aplica también una unción con `óleo santo' o crisma. En esa oportunidad el niño tendrá su `padrino de óleos'.

2 Con el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, el concepto teológico de `comunidad' perdió definitivamente su dimensión étnica y biológica (de familia), dimensión básica en el concepto aymara de ayllu. En el Nuevo Testamento y la teología cristiana, el concepto de comunidad se ha espiritualizado; se refiere y se limita a: `la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesucristo y Familia de Dios'.

Recibido: septiembre 1999. Aceptado: diciembre 2000.