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Historia (Santiago)

versão On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.50 no.1 Santiago jun. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942017000100012 

RESEÑAS

 

Rogelio Altez y Manuel Chust (eds.), Las revoluciones en el largo siglo XIX latinoamericano, Madrid, AHILA / Iberoamericana-Vervuert, 2015, 266 pp.

 


 

Editado conjuntamente por Rogelio Altez y Manuel Chust, el libro es una colección de once ensayos escritos por trece historiadores procedentes de España, Argentina, Venezuela, Chile, Brasil, Cuba y México. La mayor parte de los textos (nueve del total) se enfocan en el periodo independentista, ya discutiendo la pertinencia de conceptos, periodizaciones y encuadres generales (revolución, independencia, revoluciones atlánticas, modernidad...), ya estudiando casos republicanos concretos o analizando la conmemoración del primer centenario a escala continental (Tomás Pérez Vejo). Los dos capítulos restantes se centran en el México de la Reforma y en el de la Revolución de 1910 y, si bien son congruentes con el tema general de las revoluciones enunciado en el título, restan uniformidad al volumen, pues no lo hacen por ello una discusión cabal del "largo siglo XIX" latinoamericano.

El gran tema del libro es, entonces, la caracterización de las independencias como revoluciones y no tanto, como propone la introducción de manera más restringida, "fundar un debate historiográfico y analítico con las interpretaciones que ven en las revoluciones hispanoamericanas a la modernidad como su fondo más determinante" (p. 16). En efecto, tal propósito no es compartido por todos los autores: de hecho, no es siquiera evocado en la mayor parte de sus capítulos. Así entonces, por cuanto considero que la lectura más fecunda de este trabajo colectivo es, precisamente, la invitación a debatir acerca de la naturaleza y los problemas inherentes a la periodización del proceso independentista, mis comentarios seguirán esta veta, y no el vector propuesto por los editores en la introducción, de discutir algunos de los enunciados de la obra de François-Xavier Guerra.

Manuel Chust abre el volumen poniendo sobre la mesa las implicaciones que han tenido los debates historiográficos anglosajones y franceses sobre el abordaje de las mutaciones políticas hispanoamericanas. En la medida en que terminaron erigiendo modelos revolucionarios normativos, suscitaron comparaciones desventajosas que desconocían la personalidad, rebajaban la dignidad y negaban los alcances de las experiencias de los pueblos de habla española y portuguesa. Durante el siglo XX, las revoluciones rusa, china y cubana, así como la Guerra Fría, significaron un cambio en los paradigmas discursivos, pero, según Chust, perpetuaron la "minusvaloración histórica" del derrotero seguido por la América antes española en el siglo XIX: si en el espejo de las luchas anticoloniales se le vio como una historia de dependencia prolongada, en el de las revoluciones atlánticas fue mirado como una lucha imperfecta por la libertad.

Rogelio Altez recuerda en su texto que el término ‘revolución’ carece de "una definición teórica acabada y relativamente consensuada que le confiera utilidades analíticas" y apunta que en el caso hispanoamericano se le ha empleado como sinónimo de ‘independencia’, como meta-concepto incapaz de decodificar realidades y como base del discurso nacionalista. El binomio revolución-independencia, según él, se ha convertido en una "trampa hermenéutica" que centra sus interpretaciones en la coyuntura, en detrimento del "contexto colonial" y de la larga duración.

Ivana Frasquet esboza una respuesta a los interrogantes planteados por Rogelio Altez al asegurar que, más allá de la interpretación nacionalista, las independencias "supusieron el triunfo de una revolución" y que esta "transformó cualitativamente las estructuras políticas, jurídicas, sociales y económicas del antiguo régimen colonial y convirtió a las antiguas divisiones administrativas de las monarquías en Estados-naciones liberales". Propone, por tanto, hacer una distinción entre la separación jurídica de los nuevos Estados de las monarquías ibéricas, el proceso que llevó a la creación de aquellos bajo los parámetros básicos del liberalismo y lo que denomina como la cuestión social.

Raúl Fradkin retoma todas estas cuestiones en el mejor capítulo del libro, que trata acerca de las dificultades y reticencias que ha supuesto la inclusión de las experiencias latinoamericanas dentro del gran ciclo revolucionario occidental de los años 1770-1840. Según asevera, ni el paradigma de "revoluciones burguesas" ni los de "revoluciones atlánticas" o "hispánicas" saldan la cuestión, por mucho que hayan permitido desacralizar las narrativas nacionales. Las críticas con respecto al último modelo son, a mi modo de ver, especialmente interesantes: la elección de 1808 y de la crisis de la monarquía como "causa primera y eficiente de los procesos revolucionarios" es congruente con una "imagen del imperio plagada de nostalgia" y con una recepción exitosa que el autor achaca a un contexto de "conservadorismo ideológico" y de "concepciones neoliberales" en el pensamiento político latinoamericano. El resultado, en su opinión, es una visión de las independencias como revolución política que prescinde de considerar el que a la postre fue su principal resultado: "el primer gran proceso de descolonización". Concretamente, invita a examinar aquellos años como parte de una larga era de insurrección que incluya a los movimientos andinos de fines del siglo XVIII (tras la senda de Sergio Serulnikov) y atienda a la función histórica de los sectores populares y de los conflictos sociales y étnicos (lo que permite también, en su opinión, recuperar el sentido anticolonial de las independencias).

Las revoluciones en el largo siglo XIX latinoamericano no solo plantea filosófica e historiográficamente el problema de la naturaleza de las independencias, también responde a dicha interrogante mediante la confrontación de las diversas experiencias latinoamericanas. Así, Juan Luis Ossa retoma el problemático binomio revolución-independencia a la luz del caso chileno y de sus tres corrientes historiográficas principales. El trayecto le permite distinguir una "revolución sin independencia" (acaecida entre 1810 y 1814 y caracterizada por "cambios sustanciales en la constitución del poder político") de una "guerra civil revolucionaria" (que enfrentó a los autonomistas chilenos con el virrey José Fernando de Abascal y Sousa y líderes fidelistas provenientes de familias criollas acomodadas) y de una "revolución separatista", desencadenada por la restauración de Fernando VII, la política desarrollada por sus agentes y la experiencia de emigración de Bernardo O’Higgins y sus copartidarios en Mendoza. Por su parte, João Paulo Pimenta y Mariana Ferraz Paulino establecen, a través de hitos bibliográficos que abarcan el periodo 1826-1970, una genealogía de la difundida idea de "no independencia" de Brasil, esto es, de la negación de que la separación de Portugal en 1822 fue un "proceso radicalmente transformador". El tópico marca un fuerte contraste con la experiencia hispanoamericana cuyo tenor es, según indican varios de los capítulos del libro aquí reseñado, la equivalencia (y aun la sinonimia) de revolución e independencia. Por el contrario, en Brasil, el énfasis se ha puesto en la independencia como emancipación, lo que supone privilegiar la clave de la continuidad: de la dinastía Braganza, del régimen monárquico y de la cohesión territorial. Inés Quintero y Ángel Almarza estudian la creación de la República de Colombia y el establecimiento de un sistema representativo para sondear los alcances de la transformación y la ruptura de la legitimidad monárquica. Antonio Santamaría García y Sigfrido Vázquez Cienfuegos aprovechan el caso cubano -leído como un ejemplo del perdurable colonialismo antillano y como saldo favorable para la elite habanera de las negociaciones con la corte española- para recordar que la independencia (y aun la revolución) no eran una fatalidad en la América ibérica.

Los comentarios anteriores solo aspiran a dar cuenta, a grandes rasgos, de un volumen que contiene una gran diversidad de casos y de enfoques y cuyas conclusiones no siempre apuntan a un mismo lugar. Por ello, es realmente una pena que los editores no hayan escrito un capítulo final de conclusiones donde trataran de recoger y de relacionar entre sí los diversos textos.

 


Daniel Gutiérrez Ardila
CEHIS-Universidad Externado de Colombia

 

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