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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.45 no.1 Santiago jun. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942012000100031 

HISTORIA N° 45, vol. I, enero-junio 2012: 325-328
ISSN 0073-2435

RESEÑAS

 

PATRICIO RIVERA OLGUÍN, La Guerra de 1879 y la Integración: desde la enseñanza de la Historia, Iquique, Universidad Arturo Prat y Gobierno Regional de Tarapacá, 2012, 171 páginas.


En la cultura y mentalidad de la sociedad del Norte Grande está grabado el sonido de clarines y bombos que acompañan cada domingo los desfiles marciales de los estudiantes que, vigorosos, recorren las callejuelas polvorientas de las ciudades nortinas, conmemorando en un rito homérico el sacrificio de los héroes de la guerra del Pacífico (1879-1883), que sacrificaron sus vidas por la patria lejana, entre las arenas de la pampa o en el litoral desértico de los atacamas.

La hagiografía de Prat, Condell, Serrano, Aldea o Ramírez, además de sus altares, monumentos y sacros emblemas desplegados en las plazas de Iquique o Arica, poseen un valor simbólico que orienta el ritmo de la vida cotidiana de su población. En otras palabras, las batallas, combates, triunfos y derrotas de la guerra del 79 llevan el compás de una memoria social que permanentemente se reedita entre los tarapaque-ños, erigiendo este evento decimonónico como un punto de inflexión que ha marcado en un antes y un después la historia regional. Así, el conflicto entre Bolivia, Perú y Chile redireccionó los ejes de la identidad cultural de la población local, la cual se asimila como nortina en perspectiva hacia la metrópolis santiaguina, pese a que antes de la guerra se adscribía como sureña, al formar parte de los distantes territorios de la República peruana, cuyo centro estaba en Lima, la otrora ciudad de los Reyes.

Si los episodios bélicos son tiempo presente en Arica y sus valles andinos o en Iquique y la pampa del Tamarugal, entonces ¿cómo se reproducen los hechos de la guerra del Pacífico en la sociedad regional y qué papel cumple la institución escolar como dispositivo que articula las "historias oficiales" de los países que colisionaron sus armas en la segunda mitad del siglo XIX, y, asimismo, cómo son venerados y conmemorados los héroes nacionales entre prácticas cívicas y programas educativos?

Estas y otras interrogantes son las que alimentan las motivaciones de Patricio Rivera Olguín, historiador iquiqueño de la Universidad Arturo Prat, quien, con una mirada sustentada en lecturas teóricas de Carl Schmitt, Eric Honsbawm, Michel de Certeau y Pierre Bourdieu, entre otros, se detiene a reevaluar los sucesos bélicos para explorar los rincones que se acercan a la construcción de imaginarios nacionales y representaciones polifónicas tanto de los héroes de la élite como de soldados o marineros desconocidos.

Bajo estos parámetros, Patricio Rivera expone que Prat "representa al ícono del sacrificio guerrero, chileno ejemplar e inmortal en la Historia y la literatura; claramente responde a esta intención mítica, como una imagen de una iconoclastia heroica [...] a modo de ejemplo, la primera plaza de la ciudad de Alto Hospicio, llamada del Encuentro de Naciones, el primer busto o escultura a inaugurar en 1998 fue un busto del Capitán Prat" (p. 28). El estudio de los héroes como arquetipos de santidad, que activan memorias locales y que engalanan los actos cívicos, son las esferas del poder simbólico que el autor analiza, entregando detalles privados y públicos en torno a la guerra, como un sinnúmero de ejemplos de la vida cotidiana de la población nortina. Paradójicamente, Rivera pertenece a una institución que lleva el nombre de un "héroe patrio".

Pero sus intenciones, al igual como sagazmente nos ha advertido Milton Godoy (Historia 44:II, dic. 2011), no son replicar los modelos descriptivos que en antaño mitificaron las figuras del ejército vencedor vestido de rojo y azul, sino, por el contrario, problematizar sobre la base de nuevos antecedentes archivísticos y fuentes documentales una historia social y cultural de la guerra y sus silencios, distanciándose de una tradicional versión de la historia militar que se apasiona por revestirse en sus páginas de gloria, valor y nacionalismo.

Dicho sea de paso, las intenciones del profesor Rivera Olguín buscan transitar no solo los senderos de la discusión historiográfica propiamente tal; para aquello, demuestra conocer profusamente la documentación e in extenso la literatura formulada tanto en Chile, como en Bolivia y Perú sobre la guerra del 79, además de exponer con pluma certera algunos acápites y eslabones desconocidos sobre héroes y villanos o batallas y saqueos. De esta forma arguye Rivera, con cierta redundancia escritu-ral, que "la guerra ha sido mitificada y ha quedado en la memoria de la población de los tres países adosada de múltiples interpretaciones dotadas de variadas cargas valóricas. Habitan en ellas -entre visiones de vencedores y vencidos-, zarandeados soldados de las tres naciones y así son homenajeados o abucheados. Esta visión se repite como ritual de permanencia que continúa tradiciones en las escuelas y actos de recordación, ejerciendo de esta forma lo que es en realidad un culto oficial de identidad, un culto del Estado" (p. 15).

Sin perjuicio de lo anterior, este libro intenta materializar los vínculos entre la Historia como disciplina y la enseñanza de la Historia en las escuelas chilenas, peruanas y bolivianas. De acuerdo a los parámetros que Patricio expone, se trata de una propuesta metodológica de "integración" entre los tres Estados, mediante una didáctica educativa que releva las acciones del "otro" (el "enemigo"), siendo una oportunidad para valorar la diversidad y la tolerancia en un espacio de frontera cultural como es el actual norte chileno.

Ahora, si marchamos por los capítulos que abordan a la historia como problema, Rivera nos refrendará: ¿cómo enfrentar la Historia de la Guerra? Para dicho efecto, el autor realiza un interesante diagnóstico sobre los distintos textos escolares de los países comprometidos, identificando las versiones que son utilizadas en el ámbito docente de la Pedagogía en Historia y los matices e interpretaciones que abundan en la bibliografía escolar. Esboza así que "en todos los casos vistos de la escritura del conflicto, el mecanismo ritual continuista de las tragedias bélicas y heroicas, se activa personificado con los héroes míticos: Arturo Prat y su tripulación caída en Iquique y los 77 soldados del poblado de La Concepción, muertos en el Perú. Ambos casos, sin rendirse. En tanto, existen Miguel Grau, Leoncio Prado y Francisco Bolognesi en Perú y, por otra parte, Eduardo Abaroa en Bolivia, que de la misma forma no se rinden ante un enemigo" (p. 33).

El acercamiento metodológico se concentra claramente en dos puntos. A saber, uno que deconstruye (siguiendo a Todorov y Derridá) la narrativa tradicional sobre los sucesos bélicos que invisibilizan a los "otros"; y, en seguida, el otro escudriña la técnica pedagógica, permitiendo formular propuestas concretas, como guías de trabajo con fuentes documentales, periódicos, bibliografía de la época, análisis de casos, etc. Sus intenciones son establecer espacios de práctica para el ejercicio de la docencia en Historia y que los profesores no sean rotulados como meros reproductores en las aulas de una historia oficial.

Patricio Rivera propone que los docentes en este ámbito deben ser activos, buscando interpretar en conjunto con los estudiantes los hechos históricos, aunque aquello pueda generar conflictos con unidades técnicas pedagógicas aletargadas. Sus planteamientos en el campo de la didáctica propiamente tal sostienen que debe existir una convergencia entre la "Historia enseñada" y la "Historia investigada", en tanto prácticas pedagógicas de investigación-acción, peregrinando por un sistema de autoaprendizaje que valora la permanente construcción de las historias nacionales (y regionales), así como la crítica desde el ejercicio de la pedagogía social de nuestra disciplina a las historias oficiales.

Sin lugar a dudas, más que forjar ciertos cerrojos a la historia de la Guerra del Pacífico y la enseñanza de esta en las escuelas peruanas, bolivianas o chilenas, donde las estructuras administrativas educacionales cercenan las posibilidades de cambios de los contenidos sobre el pasado (sobre todo en el ámbito de la integración), el autor invita a los historiadores a que nos detengamos a examinar cómo llegan nuestras problemáticas, conjeturas e hipótesis a los segmentos escolares, donde el "traductor", en este caso el profesor, está al parecer distanciado de lecturas o conceptualizaciones propias de la academia y sus circuitos de discusión. De ser así, seguramente por la anomia generada en el ejercicio de la docencia o por la inexistencia de redes o nodos que permitan converger los avances disciplinarios, la enseñanza de la Historia en lo general, y de la guerra en particular (como lo constituyen los ejes de análisis del texto aquí reseñado), seguirán siendo un desafío permanente para el quehacer académico e historiográfico, materia que Patricio Rivera Olguín, siguiendo los sones de las bandas de guerra de las escuelas que al unísono interpretan marchas prusianas, nos advertirá con el sonido del tambor que aún falta por escribir la historia de los que no cuentan, de los héroes olvidados o de los que habitan entre las cumbres andinas del norte chileno.

ALBERTO DÍAZ ARAYA
Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas
Universidad de Tarapacá