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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.45 no.1 Santiago June 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942012000100030 

HISTORIA N° 45, vol. I, enero-junio 2012: 321-325
ISSN 0073-2435

RESEÑAS

 

STEPHEN G. RABE, The Killing Zone: The United States Wages Cold War in Latin America, New York, Oxford University Press, 2011, 247 páginas.


Stephen Rabe es uno de los más connotados historiadores de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina durante la Guerra Fría. Entre sus publicaciones más importantes se cuentan libros sobre las políticas de las administraciones de Eisenhower y Kennedy hacia la región (Eisenhower and Latin America: The Foreign Policy of Anticommunism, 1988; The Most Dangerous Area in the World: John F. Kennedy Confronts Communist Revolution in Latin America, 1999) y la obra más exhaustiva sobre la intervención de Estados Unidos en Guyana, U.S. Intervention in British Guiana: A Cold War Story, 20051. Dados su conocimiento en el área y su merecida reputación entre los historiadores de las relaciones exteriores de Estados Unidos, Rabe reúne todos los méritos y capacidades necesarios para haber emprendido la elaboración de una historia general de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina durante la Guerra Fría, como es The Killing Zone: The United States Wages Cold War in Latin America.

Como el título del libro lo indica, The Killing Zone es una historia de las políticas estadounidenses hacia América Latina durante la Guerra Fría, basada principalmente en fuentes primarias publicadas y fuentes secundarias mayoritariamente en inglés. El primer capítulo es una sintética y acertada revisión de la historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Rabe señala correctamente que las intervenciones de Estados Unidos en países latinoamericanos hunden sus raíces en una realidad histórica anterior a la Guerra Fría. Hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX, América Latina se convirtió en esfera de influencia de Estados Unidos, y varios presidentes republicanos y demócratas ordenaron la ocupación de países nominalmente independientes en América Central y la cuenca del Caribe en decenas de ocasiones entre 1898 y 1933. Las intervenciones de la Guerra Fría, aunque diferentes en sus justificaciones e implemen-tación, fueron expresiones de la misma visión "imperialista" que se había asentado como uno de los principales fundamentos ideológicos de las políticas y actitudes del gobierno y gran parte de la sociedad estadounidense hacia América Latina, desde la formulación de la Doctrina Monroe en 1823 (pp. 7-8).

El segundo capítulo explora la formulación de la política estadounidense hacia América Latina en los primeros años de la Guerra Fría. Esta sección ofrece una de las contribuciones más originales de la obra al estudio de las relaciones entre Estados Unidos y el resto de los países del continente. Según Rabe, América Latina ocupó un lugar secundario en la estrategia de la política exterior norteamericana de comienzos de la Guerra Fría, no solo debido a consideraciones geopolíticas. Citando a actores de la talla de Harry Truman, Dean Acheson y George Kennan, Rabe arguye convincentemente que un poco velado desdén hacia los pueblos de la región, muy extendido entre las élites que tenían a su cargo la elaboración de la política exterior norteamericana, actuó como factor condicionante en la toma de decisiones respecto de las relaciones con América Latina (pp. 23-28). Aunque resulta difícil establecer una medida objetiva de su influencia concreta en la formulación de la política exterior norteamericana, esta actitud despectiva hacia la región se mantuvo como uno de los principios ideológicos más arraigados entre las élites de la diplomacia estadounidense durante la Guerra Fría.

Los siguientes capítulos del libro ofrecen una relación relativamente convencional de las intervenciones norteamericanas en Guatemala, Guyana, Brasil, la República Dominicana, Chile, El Salvador y Nicaragua y el apoyo brindado por Estados Unidos a diversos dictadores en la región durante la Guerra Fría. Rabe sugiere que ninguna de esas intervenciones puede ser explicada exclusivamente en términos de los objetivos y acciones de Estados Unidos. A diferencia de la mayoría de los académicos de las relaciones exteriores norteamericanas que tienden a atribuir situaciones de política internacional a las acciones ordenadas unilateralmente desde Washington, Rabe sostiene que los conflictos políticos propios de la Guerra Fría que asolaron América Latina y el daño terrible que le fue infligido a gran parte de su población fueron el resultado de una combinación de factores y no solo la consecuencia de la intervención norteamericana (p. 30). Este argumento es una saludable contribución a los estudios desarrollados en Estados Unidos sobre las relaciones entre la super-potencia norteamericana y América Latina durante la Guerra Fría. No obstante, la narración de Rabe, al enfocarse principalmente en políticas y operaciones diseñadas en Washington, mantiene el tono de unilateralidad que caracteriza la mayoría de los trabajos sobre este tema publicados en Estados Unidos.

The Killing Zone no es un análisis desapasionado y distante de la Guerra Fría en América Latina. Muy por el contrario, el hilo argumental de este libro gira en torno al alto costo humano que muchos países de la región pagaron durante la segunda mitad del siglo XX. La responsabilidad por dicho costo debe ser atribuida, en gran medida, a las acciones emprendidas por diversos gobiernos norteamericanos en función de la consecución de los objetivos de la política exterior estadounidense durante la Guerra Fría. El ejemplo más claro de esto es Guatemala. En las décadas que siguieron al derrocamiento de Jacobo Arbenz, en 1954, el país se vio sumido en una espiral de violencia del que hasta el día de hoy no puede escapar del todo. Cientos de miles de personas murieron asesinadas a sangre fría o como víctimas de la guerra civil que asoló al país en las décadas de 1970 y 1980. La responsabilidad que le cupo a Estados Unidos por esta realidad de caos y violencia es insoslayable. Como correctamente sostiene Rabe, la intervención en Guatemala en 1954 fue "la madre de todas las intervenciones" y, como tal, sentó un precedente nefasto para el manejo de las relaciones de Estados Unidos con América Latina durante la Guerra Fría (p. 36).

La evidencia presentada por Rabe para sustentar sus juicios de valor es, por supuesto, irrebatible. Las atrocidades cometidas por diversos gobiernos autoritarios de la región en nombre de la lucha contra la revolución, la insurgencia y el marxismo son de conocimiento masivo y el autor se limita a presentar hechos ampliamente sabidos y explorar su significado histórico, con una sobriedad alejada del tono militante que caracteriza a tantos trabajos sobre este tema. En este sentido, resulta virtualmente imposible estar en desacuerdo con su análisis y juicios. El costo humano pagado por varios países de América Latina durante la Guerra Fría no puede ser excusado por los logros institucionales, económicos o sociales que puedan haberse alcanzado al mismo tiempo que las fuerzas de seguridad y los escuadrones de la muerte contrarrevolucionarios llevaban a cabo lo que en algunos lugares fue, sin lugar a dudas, un genocidio. Además, no es posible argumentar que la violencia contrarrevolucionaria fue solo una respuesta a la amenaza supuesta por las fuerzas revolucionarias. En virtualmente todos los casos analizados, la violencia fue administrada por gobiernos dictatoriales de manera arbitraria y absolutamente desproporcionada respecto de las amenazas que supuestamente implicaban los movimientos y sensibilidades políticas contra las cuales se dirigió la fuerza represiva del Estado.

La responsabilidad de Estados Unidos en el derramamiento de sangre en América Latina no debe ser exagerada. La violencia y la sinrazón corrieron por cuenta de actores latinoamericanos dominados por fanatismos ideológicos que en muchas ocasiones excedían el celo de sus pares norteamericanos. No obstante, el reconocimiento de la importancia fundamental de los actores locales en el desarrollo de la Guerra Fría en América Latina no debe oscurecer la responsabilidad que sí le cupo a los gobiernos norteamericanos en la violencia que azotó a muchos países de la región durante los años de la confrontación bipolar. El anticomunismo primitivo de muchos actores de la política exterior norteamericana se sumó a una rudimentaria interpretación histórica y antropológica de América Latina, que sostenía que el caos y la violencia eran elementos intrínsecos a las sociedades de la región (p. 194). Por lo mismo, las atrocidades cometidas en nombre de la contrarrevolución fueron racionalizadas, en innumerables ocasiones, como necesarias en la persecución de los objetivos establecidos por la gran estrategia de la política exterior norteamericana e inevitables debido a la naturaleza inestable, pasional y violenta de los pueblos de América Latina.

El mayor riesgo de elaborar una narración histórica otorgando un lugar tan preeminente a juicios de valor es que el análisis académico de una realidad se vea distorsionado por las preferencias morales del historiador y, como consecuencia de ello, la interpretación tome precedencia respecto de los hechos. La mayor parte de The Killing Zone no llega a caer en esto, a pesar de la importancia que tienen en la narración los juicios morales del autor. Hay un aspecto de la realidad de la Guerra Fría, sin embargo, en el que la interpretación de Rabe parece ir más allá de lo que los hechos sugieren. Según este autor, "los latinoamericanos decentes están marcados por los horribles recuerdos del pasado y deben arreglar cuentas con aquellos que perpetraron crímenes monstruosos y aún viven entre ellos" (p. xxix). En su reseña del libro Latin America's Cold War, de H. W. Brands, Rabe sostiene que "el juicio del mundo civilizado es que los gobiernos de derecha [latinoamericanos], los aliados anticomunistas de Estados Unidos, perpetraron crímenes contra la humanidad durante la Guerra Fría" (Diplomatic History 36:1, January 2012). Para apoyar esta afirmación, Rabe señala que varios países latinoamericanos, entre ellos Chile, han elegido como mandatarios a hombres y mujeres que de alguna manera fueron víctimas de la represión de los gobiernos militares de derecha que gobernaron la región durante buena parte de la Guerra Fría. Entre dichos ejemplos está Michelle Bachelet, presidenta de Chile entre 2006 y 2010.

Chile es, precisamente, el caso más ilustrativo respecto de la incorrección de este juicio de Rabe. En 1988, Augusto Pinochet obtuvo el 44% de los votos en una elección en la que él fue el único candidato. Salvo por las elecciones de 1990 y 1994, la derecha chilena, identificada claramente con la dictadura militar, nunca obtuvo menos del 40% de los votos en elecciones presidenciales y parlamentarias. El partido individualmente más votado desde hace ya varios años es la Unión Demócrata Independiente, la entidad más claramente identificada con la figura de Augusto Pinochet y la más acérrima defensora de la institucionalidad política y económica diseñada por el régimen militar. Finalmente, el actual presidente de Chile es un hombre de centroderecha, apoyado por una coalición de partidos de esta sensibilidad.

La violencia que asoló muchos países latinoamericanos durante la Guerra Fría no fue producto exclusivo de decisiones tomadas arbitrariamente por aquellos que tenían acceso a un poder militar suficiente como para infligir un daño terrible y en la mayoría de los casos incontestable entre sus compatriotas. La polarización ideológica que caracterizó a la Guerra Fría global, aunque desbalanceada en términos de poder, fue una realidad prácticamente omnipresente en todos los países latinoamericanos que sufrieron las peores consecuencias del conflicto. En Chile, Brasil, Argentina, Nicaragua y El Salvador, una fracción considerable (incluso mayoritaria en algunos momentos) de la sociedad, estuvo de lado de los regímenes que cometieron las atrocidades que Rabe y este autor condenan sin ambigüedades. Más aún, una vez terminado el conflicto global que alentó gran parte de la violencia que afligió a la región, muchos ciudadanos latinoamericanos optaron por apoyar electoralmente a quienes estuvieron del lado de la violencia del estado. En Bolivia, un ex dictador fue elegido Presidente de la República en 1997. Por supuesto, cuando se habla de cifras electorales de magnitudes por sobre el 40%, ya no es posible sostener que se trata de minorías sociales pertenecientes al polo más acomodado del espectro social. Y sostener que un 44% de la población cae en el estándar de indecencia sugerido por Rabe en la redacción de su juicio implica graves dificultades para la convivencia de una sociedad y establece un criterio de responsabilidad moral con el que, si se aplicara estrictamente, muy pocos podrían cumplir.

Parte importante de una narración histórica sólida es el reconocimiento de la complejidad que toda realidad posee. En el caso de la Guerra Fría en América Latina, el juicio de valor sobre los crímenes y la violencia que marcaron este período histórico es inevitable y, cuando se sustenta en un análisis como el presentado por Rabe en The Killing Zone, bienvenido. Sin embargo, por contradictorio e indignante que parezca, el análisis de esta realidad histórica -y de la coyuntura presente que es su legado- debe reconocer como hecho indisputable que grandes fracciones de las sociedades latinoamericanas prefirieron (y aún prefieren) ponerse del lado de quienes cometieron atrocidades contra sus compatriotas. Y estas personas, hombres y mujeres de diversas condiciones sociales, culturales y étnicas, fueron y son parte del tejido social de los países de la región con el mismo derecho con el que fueron y son parte de él quienes fueron víctimas de la violencia y repudiaron los crímenes cometidos en el nombre del orden y la patria. Estas consideraciones, por supuesto, no le restan valor a la obra de Rabe. Sin embargo, parece preciso hacer notar que, en contra de lo que la academia se ha atrevido a sostener hasta ahora, los victimarios de América Latina durante la Guerra Fría fueron y continúan siendo más populares de lo que un relato relativamente convencional como el de Rabe sugiere.


1 En Estados Unidos, el concepto América Latina incluye a todos los países americanos desde México hacia el sur, independientemente de su lengua.

SEBASTIÁN HURTADO TORRES
Ph. D. in History candidate Ohio University