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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.45 no.1 Santiago June 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942012000100024 

HISTORIA N° 45, vol. I, enero-junio 2012: 297-301
ISSN 0073-2435

RESEÑAS

 

CARMEN McEVOY, Armas de persuasión masiva. Retórica y ritual en la Guerra del Pacífico, Santiago, Centro de Estudios Bicentenarios, 2010, 348 páginas.


La Guerra del Pacífico sigue siendo una espina clavada en la historiografía peruana. Desde la crónica impulsiva de Mariano Felipe Paz Soldán, hasta el día de hoy, en trabajos pobremente elaborados, los estudiosos peruanos han dado vueltas al asunto para presentar a Chile como un agresor movido por oscuros designios y ahora complejidades míticas, que desde entonces habrían robustecido el nacionalismo y una actitud despectiva.

Carmen McEvoy es una distinguida y meritoria historiadora peruana cuya visión de la historia, con afán renovador, descansa en obras generales como las de Benedict Anderson y Roland Barthes, que apuntan al imaginario, la conciencia nacional y el mito, que están de moda en el ajetreo historiográfico.

McEvoy se deja llevar por aquellas sugerencias y se desarraiga de los hechos concretos, para especular gratuitamente en interpretaciones que distan de las realidades. Personalmente estamos convencidos de que el positivismo no basta y que por último tenemos que abordar la interpretación -así lo hemos expresado hasta el cansancio-, pero el vuelo del pensamiento no puede desprenderse de la realidad específica, porque esta es, en definitiva, la que determina el conocimiento verdadero. Cuando los hechos dicen no, la interpretación es antojadiza. Reconocemos, también, que la objetividad absoluta no existe y, sin embargo, debemos buscarla, porque sin ella estaríamos sujetos a todas las arbitrariedades del pensamiento. Es una de tantos ideales, como la justicia y la belleza, que nos mueven en el deseo de lograrlos.

La autora, en una breve presentación, nos plantea su punto de vista: "El análisis del discurso nacionalista que emerge en Chile a partir de la Guerra del Pacífico y la función que en su diseño conceptual cumplieron los hombres de palabras es el tema central de este trabajo. Los encuentros entre guerra y memoria se han convertido en materia de una renovada reflexión historiográfica. Trabajos recientes muestran cómo la exacerbación de la memoria y la experiencia de la guerra son fenómenos inseparables. Así, guerra, memoria e historia conforman una trilogía que evoca relaciones tendientes a construir identidades colectivas".

En esas palabras hay algo de realidad y, a la vez, conceptos equivocados si se aplican al conflicto de 1879. En el ángulo opuesto, el del Perú, resulta que el discurso y la retórica, que se prolongan hasta el día de hoy, conforman un nacionalismo lacerante, nutrido en el dolor y el fracaso, aunque decreciente, que aleja a los peruanos de sus vecinos del sur. Es la contrapartida lógica y comprensible del libro.

La señora Mac Evoy confiere una importancia desmesurada a la retórica y el ritual en la Guerra del Pacífico, porque no ha tomado en cuenta el nacionalismo previo de carácter pacífico y muy constructivo. En primer lugar, la lucha de la Independencia exaltó el amor patrio, luego la Guerra con la Confederación Perú-Boliviana y la Guerra con España en defensa del Perú significaron fuertes bases del sentimiento patrio.

Tanto o más importante que esos éxitos fueron el imperio de la estabilidad política y la existencia de una institucionalidad no perturbadora. Desde los gobiernos de Bulnes y Montt el desempeño de la autoridad fue imperturbable y esa realidad continúo hasta la Guerra del Pacífico y después de ella por largos años. En Chile se vivió la conciencia de esa realidad y se contó con el elogio general de los extranjeros y de algunos personajes sobresalientes, como Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez, José Joaquín de Mora y Guillermo Rawson, entre otros. El éxito económico fue otro motivo de seguridad nacional y la poderosa influencia en el Pacífico sudamericano, incluido el litoral y los mercados de Bolivia y el Perú.

Chile se constituyó desde temprano como una nación perfectamente delineada. Su composición racial derivó con rapidez en un mestizaje con predominio de rasgos blancos, sin diferencias abruptas, que abarcó todo el territorio, creando una unidad cultural en la esencia y con desarrollos productivos complementarios de norte a sur. La ocupación del territorio a partir de la región central se efectúo mediante tareas espontáneas y a veces con el apoyo del Estado, que constituyeron una tarea épica esforzada y pacífica, con excepción eventual de La Araucanía, que enorgullecieron a las regiones y a la totalidad del país como expresión de unidad. Nos hemos referido a estos aspectos en "Conformación histórica del centralismo" (Estudios y ensayos en torno a la historia de Chile, Santiago, 2010).

En el plano de la política y del Estado jugaron conceptos elevados y no bandos de estrecho partidismo ni caudillismos personales de carácter egoísta. También nos hemos referido a esta materia en La virtud republicana, dada a luz en 2010 en una publicación colectiva de la Universidad Católica de Concepción.

La estabilidad institucional se manifestó plenamente durante la Guerra del Pacífico: hubo una elección de presidente, dos de parlamentarios, no fue necesario implantar un régimen de excepción, en el Congreso y en todas partes se debatían los asuntos de la guerra, la libertad de imprenta no fue restringida y ni siquiera hubo control ni persecución de los peruanos y bolivianos. Durante el conflicto el gobierno actuó con regularidad y honestidad. Don Aníbal Pinto bajó de la presidencia en la mayor pobreza y tuvo que ganarse la vida con gran modestia. En contraste, es bastante significativo el hecho de que, mientras duró el conflicto, el ambiente peruano fue turbio y que el presidente Mariano Ignacio Prado fue derrocado, para luego ser comisionado en el exterior para adquirir naves de guerra, dotado de una fuerte suma de dinero de la que jamás se supo nada.

La historia republicana del Perú es absolutamente distinta a la chilena. Se desenvolvió entre cuartelazos y golpes de Estado. Ahí estuvo la diferencia entre la costa y la sierra, la eterna disputa entre Trujillo, Lima y Arequipa, una sociedad mal integrada de quechuas, españoles, negros y chinos; una capital culta y progresista y un interior atrasado y retrógrado; las actitudes de caudillo levantiscos, como Torre Tagle, Orbegoso, Salaverry, Santa Cruz, Gamarra, Pezet y tantos otros; los hermanos Gutiérrez que terminan colgados de las torres de la catedral limeña y quemados en una hoguera; el permanente inquieto Nicolás de Piérola y la sublevación del Huáscar; y, en fin, los negocios oscuros del huano, los contratos ferroviarios y las operaciones del Credit Lyonnaise y de la firma Dreyfus.

Hubo dos historias absolutamente diferentes y ello explica el resultado de la Guerra del Pacífico. Es inútil, por lo tanto, que Carmen McEvoy presente el episodio relatado por Gonzalo Bulnes sobre la supremacía del soldado chileno como causa del triunfo, como una anécdota prejuiciosa. Aquel soldado, como todos sus compañeros, era el resultado de un trayecto histórico nacional exitoso. Si no bastase lo que hemos escrito, bastaría leer los Recuerdos de la Guerra del Pacífico de Hipólito Gutiérrez, aquel pobre campesino de Chillán, casi analfabeto, pero que vivía a pulmón lleno el patriotismo nacional y que creyó digno dejar el recuerdo de sus hazañas.

Esas fueron las razones de la victoria chilena y del orgullo que continuó guiando los pasos de la nacionalidad. Creemos, por lo tanto, que la señora McEvoy se engaña al poner énfasis en la retórica y el ritual desatado por el conflicto, aunque no dejó de influir. El discurso fue menos importante que el encadenamiento de hechos palpables.

La autora cae, también, en dos visiones equivocadas en su enfoque. La primera es ignorar el aporte de Lawrence Le Shanz, La psicología de la guerra, que en forma muy juiciosa expone una tendencia universal de los países que entran en guerra para elaborar un mito acerca de la justicia de la propia causa, atribuirse grandeza propia y señalar como vituperables todas las acciones del enemigo. En tal sentido, tanto Chile como Perú y Bolivia impulsaron sus fantasías con el propósito de animar a su gente. No hay rincón del mundo en que eso no haya ocurrido.

Una segunda equivocación fue describir el desarrollo de la oratoria y la retórica en Chile a partir de la Independencia. La verdad es que el fenómeno existió en todas partes desde mucho antes. Nació en la antigua Grecia, en Roma, en la Europa Medieval tomó vuelo durante el Renacimiento y adquirió formas ornamentales durante el Barroco. La misma autora debe conocer el cultivo agudo de la retórica en el Perú colonial, en su vida académica, en los actos públicos, las obras impresas y en los elogios a los virreyes y autoridades. La verdad es que el uso de la palabra, sustentadora de mitos, fue universal y muy clara en nuestros países, aunque probablemente más mesurada en Chile que en los vecinos del norte. Hasta la literatura tuvo formas recargadas y fastidiosas con su moda altisonante. Todavía podemos agregar que en la prensa y los papeles de Lima, el carácter mítico, soberbio y desafiante fue creciendo a medida que se sumaban las derrotas.

No deja de ser interesante comprobar que en la recopilación de la profesora McE-voy el tono es de exaltación de los valores propios y que no se encuentran críticas ni dicterios contra el enemigo. Este casi no aparece. Es una prueba de la altura con que fueron llevadas las cosas.

Al margen del tema central podemos agregar algunos pequeños escolios. Un señor de la Universidad de Quilmes, República Argentina, llamado Elías J. Palti, en la contratapa del libro comenta con todo desparpajo que la guerra fue de "dudosa legitimidad" y originó "lógicas tortuosas". Realmente se trata de una ignorancia supina y bien podría señalársele una bibliografía abundante.

En la recopilación de Carmen McEvoy no hay novedad ninguna, el discurso era ampliamente conocido y más aún, la documentación había sido editada en gran medida en tiempos viejos y recientes, en el Boletín de la Guerra del Pacífico, El estandarte Católico y en la recopilación de Pascual Ahumada Moreno. No entendemos Retórica y ritual en la Guerra del Pacífico, que no ha aportado nada nuevo y nos ha fastidiado con escritos altisonantes, aburridos y repetitivos.

Aparentemente, el libro que comentamos ofrece ecuanimidad y altura en el punto de vista, pero en el estudio preliminar hay un párrafo muy crudo que revela las intenciones. Citando a Jay Winter, Site of Memory, se anota que la oratoria es una memoria asociada "a la manipulación y las mentiras, pilares de la maquinaria propagandística que todo conflicto bélico requiere para captar adeptos y para justificarse". No sabemos cuál podría ser la opinión de la autora sobre la retórica bélica en su propio país, pero si se leen los periódicos, los escritos de intelectuales y gobernantes, el juicio debería ser más duro aún, con el agregado del resquemor causado por la derrota. Las palabras son vehementes, altisonantes y fantasiosas.

La historiadora McEvoy busca ángulos ignorados del pasado y tiene afición por aspectos psicológicos, el mundo de las ideas y el imaginario. En las propias páginas de su recopilación se pueden descubrir vetas interesantes sobre las actitudes de sus compatriotas en 1879, donde se destaca el resentimiento como factor que condujo a la guerra. Unas palabras de Miguel Emilio Letelier son muy claras al señalar las causas del conflicto: "En primer lugar la envidia. No pueden soportar nuestros vecinos que tengamos un grado de civilización tan superior a la que ellos poseen. Nos envidian la paz y tranquilidad en que vivimos, porque ellos están siempre en continuas luchas interiores que atrasan considerablemente la marcha de su progreso".

Podría plantearse que esa idea es el resultado del patriotismo exacerbado de un chileno, pero hay otro juicio de un extranjero, al que no se puede atribuir tal defecto. Son las palabras del embajador alemán en Santiago, barón Von Gülich, dirigidas a Bismarck: "El asunto del salitre dio ciertamente el último impulso exterior a la guerra actual entre Chile y Bolivia. La causa de la guerra es sin embargo mucho más profunda; es la amarga envidia, el odio vivo, que impera contra Chile, desde hace muchos años, en Perú y Bolivia. Ambos países, destrozados continuamente por revoluciones bajo pésima administración, envidian el progreso material de Chile, su vida política ordenada, sin ser alterada por insurrecciones, su alejamiento de los excesos entre anarquía y despotismo y su ascenso sin impedimento a un peldaño cultural más elevado".

No dudamos de que tales testimonios pueden dar base a la señora McEvoy para realizar una interesante investigación. Creemos que el discurso peruano desatado durante la guerra y hasta el día de hoy ha sido más crudo, irracional y fantasioso que el chileno; en el fondo están la amargura y el resentimiento, por razones obvias.

SERGIO VILLALOBOS R.
Universidad de Chile