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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.45 no.1 Santiago jun. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942012000100010 

HISTORIA N° 45, vol. I, enero-junio 2012: 252-256
ISSN 0073-2435

RESEÑAS

 

GABRIEL CID, La Guerra contra la Confederación. Imaginario nacionalista y memoria colectiva en el siglo XIX chileno, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2011, 240 páginas.


Los procesos de formación de las naciones en Hispanoamérica han sido un tema privilegiado de la historiografia de los últimos veinte años. Durante el siglo XIX predominó una retórica nacionalista que, a decir de Ernst Gellner, en Nations and Nationalism, sostenia que la unidad politica y nacional eran congruentes. En consecuencia, la formación de los estados y la consolidación de las naciones aparecian como fenómenos no solamente contemporáneos, sino también perfectamente homogéneos. Con la excepción probablemente de la famosa conferencia de Ernst Renan, pronunciada en la Sorbonne en l882 con el titulo "¿Qué es una Nación?", la historiografía eludió la pregunta sobre la naturaleza de la nación, evitando asi una de las definiciones más complejas para la modernidad politica, especialmente desde que se pretende comprender y fijar como una unidad la dualidad Estado-nación.

En parte debido al desarrollo de la historia social y de los estudios culturales, se han iniciado nuevos estudios que permiten que el concepto de nación se reseman-tice, de manera de que el esencialismo que caracterizó su definición ceda el paso a diversas miradas que, en primer lugar, reconozcan su calidad de constructo. Desde la politica, desde la institucionalidad, desde la economia, la geografia, la sociedad y la cultura, la nación va definiéndose históricamente en contextos cambiantes. No es, en consecuencia, una entidad primaria ni invariable. Nuevamente, como escribe Gellner, "las naciones como medio natural, otorgado por Dios, de clasificar a los hombres como inherente [...] destino politico, son un mito: el nacionalismo, que a veces toma culturas que ya existen y las transforma en naciones, a veces las inventa, y a menudo las destruye" (pp. 48-49). En resumen, el nacionalismo antecede a las naciones. Las naciones no construyen Estados y nacionalismo, sino que, a menudo, ocurre justamente lo contrario.

El libro de Gabriel Cid se incorpora justamente al intento por comprender esa compleja interacción entre nación, Estado y nacionalismo, desde una arista imprescindible y de alto valor explicativo: la guerra. Para lograr su propósito, el autor inserta su investigación en las discusiones y reflexiones teóricas que han animado la discusión historiográfica en las últimas décadas, incluyendo el análisis crítico de la obra de, entre otros, Miguel Ángel Centeno, Fernando López-Alves y Charles Tilly, quienes iluminan su presentación y le otorgan mucha consistencia.

La temática de la guerra y su relación con los procesos de formación de identidad nacional en América Latina ha sido recurrente en los últimos años. Los trabajos de Clement Thibaud, Brian Loveman, Carmen McEvoy y Ricardo Salles, por citar solo algunos, son el resultado de investigaciones realizadas a partir de los nuevos paradigmas interpretativos, entre los cuales destaca la definición cultural de nación que propone Anthony D. Smith, según la cual esta es una comunidad que posee, entre otros, mitos e historias comunes. También son relevantes las reflexiones sobre identidad nacional de Adrian Hastings, que enfatiza que la pertenencia a una nación es una entre muchas identificaciones y no necesariamente se manifiesta vitalmente en forma permanente ni tampoco es asimilada homogéneamente por todos los ciudadanos. Desde esta perspectiva, el nacionalismo seria una exacerbación del vinculo con la nación, la cual se desataría ante la presencia de un conflicto bélico.

Hasta la publicación del libro que reseñamos, la historiografia chilena no ha otorgado una atención preferencial a la historia de nuestras guerras desde la perspectiva descrita. La afirmación de Mario Góngora respecto de que la guerra ha sido un elemento fundamental en la historia de Chile, donde cada generación vivió una guerra durante el siglo XIX, y su asociación de la identidad nacional con una "tierra de guerra", cuyos orígenes se remontarían al siglo XVI, ha aportado una mirada sugerente para complementar su tesis de que el Estado chileno antecedió y formó la nación. Sin embargo, existían pocos trabajos empíricos para sostener y demostrar sus hipótesis. El libro de Gabriel Cid no solamente indaga en la relación entre Estado, formación nacional y guerra, sino que agrega una nueva faceta al incluir la simbología, la construcción de rituales y mitos patrióticos y el análisis de discurso, lo cual se torna un aporte relevante para la comprensión del proceso de construcción del imaginario nacional chileno y, eventualmente en el tiempo, de su nacionalismo.

Su propuesta, lograda con gran acierto, es analizar los aspectos socioculturales que se dan en la elaboración y reelaboración del mito de Yungay, constituido en un hito explicativo, vinculándolo con los procesos de conformación de la identidad nacional. La victoria en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, desarrollada en un período de vínculo "precario" (p. 25) de la mayoría de la población con la idea de nación, abrió el camino hacia la consolidación de un sentimiento nacional más nítido, según el autor. Para probar el punto, Cid estudia "la trayectoria del legado de esta guerra en el imaginario nacional chileno", más allá del campo de batalla.

La guerra misma es relatada en toda su conflictividad, que se relaciona directamente con el temor de Portales tanto a la disidencia interna del país como a la nueva entidad política surgida en el límite norte de la república. El enfrentamiento chileno-perú-boliviano puede entenderse como el resultado de las tensiones que enfrentaba el régimen portaliano en su proyecto de consolidar un orden social en el marco de un estado de derecho. El escepticismo portaliano respecto de la virtud cívica chilena sin duda inspiró su deseo de imponer una "virtud épica", para lo cual la guerra externa era funcional y permitía, además, mantener estados de excepción a la vez que desviar las inseguridades hacia la inferioridad del vecino.

Sin embargo, esa visión no era consensual ni entre la clase dirigente ni entre los sectores militares. El recuento del conflicto mismo, bien sintetizado con una buena pluma, abarca las distintas etapas del conflicto, enfatiza el incentivo que tuvo el Tratado de Paucarpata (l837) para cohesionar a la clase dirigente en torno a la necesidad de la guerra y culmina con la Batalla de Yungay, desde donde se despliega tal vez lo más interesante del libro.

Los capítulos 3 y 4 hacen de Yungay un hito en la ritualización de la memoria de la guerra. No se escatimó en la búsqueda de expresiones donde esta memoria pudiera estar plasmada: la toponimia, los manuales escolares, la pintura, las fiestas y los discursos religiosos que dieron una dimensión casi trascendente al triunfo se recogen de manera ágil, demostrando la adhesión eclesiástica a poner la religión al servicio de las luchas que emprendía el Estado chileno fuera de su territorio y asegurando la complicidad de la divinidad con la patria.

En estos capítulos queda claro que la sugerencia contenida en la obra de Michael J. Schapiro, de cambiar el foco de la lectura de la guerra desde la clave estratégica hacia la antropológica, inspiró al autor para prestar atención al impacto social y cultural del enfrentamiento como complemento a sus consecuencias políticas.

Asimismo, el capítulo 5, dedicado al recorrido hacia el panteón de los héroes, gracias a "complejos procesos discursivos, estéticos y políticos", del general triunfante de Yungay, Manuel Bulnes, de un oficial araucano del ejército, Juan Colipí, y de la más famosa sargento Candelaria es una excelente demostración del proceso constructivo de héroes que desencadena y facilita la guerra para la posteridad.

Como afirma Carmen McEvoy en su prólogo, los capítulos finales, "El retorno del mito" y "El roto en Yungay", son el broche de oro del libro. Antes de ellos, el lector ha seguido el itinerario de la decadencia de la importancia festiva de Yungay. Factores políticos y culturales, como el auge del americanismo en la década de l860 estuvieron tras un discurso explícitamente pronunciado por Manuel Antonio Matta, que, temporalmente, lo sabemos hoy, proponía el abandono de expresiones nacionalistas, en pos "[. ] de los sentimientos de fraternidad y de unión ante los cuales deben callar todos los de un falso amor propio nacional" (p. 112).

Lo interesante de esos capítulos finales es que dan una proyección al discurso nacionalista en torno a Yungay, facilitando además por esa vía la confirmación de la tesis inicial del libro: la guerra desata un nacionalismo que el Estado requiere para llevar a cabo su proyecto. En tiempos de paz, este se repliega en función de otros intereses y motivaciones. Sin embargo, una nueva guerra, la del Pacífico de l879, dará la espalda al americanismo y reposicionará el discurso nacionalista. La reconfiguración del escenario político en las décadas de l860 y l870 y una crisis económica que en parte hace necesario emprender esa nueva empresa bélica permiten y exigen que la clase dirigente chilena encare este nuevo frente de guerra sin las divisiones que enfrentaron en los años 30, y que los portavoces de la patria olviden sus antiguas rencillas. El ejemplo de Vicuña Mackenna, quien a pesar de su radicalismo liberal de los años 50 termina escribiendo una biografía de Portales como gran patriota y constructor de la nación, es suficientemente gráfico.

Yungay retornó en gloria y majestad como inspiración y fuego que debía atizar los ánimos nacionalistas. Como reza el título de una sección del capítulo 6, "la fiesta [de Yungay], debe revivir, más entusiasta y más popular que nunca". La conmemoración del 20 de enero volvió a servir el propósito de afirmación de una identidad nacional que requería de mitos fundacionales y de acicates para su despliegue. En este punto, es interesante que Gabriel Cid complete su análisis haciendo hincapié en la diferencia de mirada ante el conflicto entre las clases dirigentes y los sectores populares. Su capítulo final, dedicado al "roto", enfatiza cómo esta figura debió ser retomada y reinventada en la Guerra del Pacífico, de manera de atraer en torno a él a los marginados, a quienes siendo "carne de cañón" requerían también un lugar en la historia. Con este cierre, el libro confirma plenamente que "uno de los principales legados de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana fue aumentar de forma particularmente importante el sustrato de estereotipos, mitos y discursos en torno a la identidad nacional chilena", en incorporar en torno a ellos a grupos que hasta ese momento no habían tenido parte en la construcción y participación de los rituales de la patria (p. 226).

Para finalizar, una mención a las fuentes. Es importante destacar en este libro no solamente la gran cantidad consultada y su pertinencia en general, así como el manejo ágil y certero de las mismas, sino también un minucioso análisis historiográfico. Todo ello convierte La Guerra contra la Confederación. Imaginario nacionalista y memoria colectiva en el siglo XIX chileno en materia fundamental, tanto para la docencia como también para inspirar nuevas investigaciones en un tema que aún tiene mucho campo. No en vano, las tropas chilenas abandonaron 3 veces su territorio para combatir en suelo extranjero durante el siglo XIX, convirtiendo cada una de esas empresas en momentos clave de Chile para la formación de su identidad nacional. Este libro convence sobre el papel atribuido a Yungay en ese proceso y apoya lo que escribió a propósito de un aniversario de la declaración de la Independencia Nacional chilena El Doce de Febrero en plena guerra: "Nunca mejor que ahora podemos dar pruebas de nuestro patriotismo: la guerra declarada al general Santa Cruz es tan nacional como la que se ha tenido con los españoles. Se halla en consecuencia, todo ciudadano en la obligación de ofrecer sus servicios, y el gobierno en la de ocupar en los destinos a los que crea útiles [. ]".

ANA MARÍA STUVEN
Instituto de Historia,
Pontificia Universidad Católica de Chile
Programa de Historia de las Ideas Políticas,
Universidad Diego Portales