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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942010000100021 

HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 298-300

RESEÑAS

 

PATRICIO SILVA, In the Name of Reason: Technocrats and Politics in Chile. Filadelfia, The Pennsylvania State University Press, 2009, 254 páginas.

 

Hasta ahora, en la literatura académica dedicada al estudio del sistema político chileno ha predominado, como foco de atención y clave de inteligibilidad histórica, el rol de los partidos. En sus actuaciones como fuerzas de gobierno u oposición, en sus relaciones de conflicto y colaboración y en sus respectivos posicionamientos ideológicos, se ha discernido el gran eje estructurante de la historia política e incluso social del país.

Patricio Silva no pretende desacreditar o invalidar esa eminente tradición de análisis multidisciplinar, pero sí busca ampliar y diversificar los enfoques consagrados, bajo la premisa de que la política chilena del siglo XX, y por tanto su análisis histórico, no se agota en el estudio de los partidos. ¿Qué ha quedado fuera? ¿Qué hace falta incorporar para lograr una comprensión más profunda y más compleja de la historia política chilena? Silva centra su atención en el estudio de los tecnócratas, una categoría socioprofesional ligada a la racionalidad instrumental del saber especializado, cuya historia de explícito o encubierto protagonismo político rastrea hasta la década de 1920, siguiéndola sin interrupción hasta el gobierno de Michelle Bachelet.

Se trata de una historia conceptualmente sofisticada y analíticamente rigurosa, que inscribe su objeto de estudio en ámbitos de discusión académica pertinentes, y cuyos puntos de vista han sido puestos a prueba, por el mismo autor, desde los años ochenta. Este libro culmina así una línea de trabajo madurada durante décadas y se instala sólidamente en un terreno de análisis cuyas coordenadas han sido fijadas por los estudios ya consagrados a las relaciones entre tecnocracia y sociedad industrial, clase social y regímenes políticos.

In the Name of Reason no se contenta con documentar la historia de la tecnocracia en la política chilena, trazando inclusive su genealogía intelectual, que hace arrancar del magisterio de José Victorino Lastarria y Valentín Letelier como pioneros de la modernización de la política, conforme a criterios de pretensión científica asociados a la tradición local del positivismo. Adicionalmente, el libro de Silva revisa tesis establecidas o lugares comunes en la literatura sobre tecnocracia, cuestionando o reformulando sus planteamientos mediante la consideración del caso chileno. Por lo mismo, resulta un texto de interés para el lector interesado en la particular historia política de Chile y, en igual medida, para el lector más atento a las relaciones teóricas entre tecnocracia y modernización, o legitimación, conformación y relevo de las élites públicas. En breve, Silva pasa revista a un elenco compuesto, entre otros, por los ingenieros de CORFO, unidos tras la bandera de la industrialización; los economistas asociados a la CEPAL, como artífices de la lucha contra el subdesarrollo; los Chicago boys, como propulsores de la modernización capitalista mediante el predominio del mercado; y los economistas de CIEPLAN, como autoridades técnicas de la crítica a las políticas públicas de la dictadura de Pinochet y, después, como arquitectos silenciosos de la transición a la democracia y la consolidación posautoritaria de la economía de mercado.

Los logros indesmentibles del libro -por de pronto su éxito a la hora de evidenciar la relevancia de la tecnocracia en la historia política del país- se hacen acompañar, en todo caso, de algunas interpretaciones debatibles.

Silva asocia estrechamente la tecnocracia con la clase media, ligando el ascenso de una y otra como la expresión bidimensional de un mismo fenómeno sociocultu-ral. Sostiene que los valores distintivos de la clase media son los propios de la tecnocracia desde sus orígenes más remotos. El problema es que la clase media de Silva es demasiado homogénea, demasiado monolítica, y esto ocurre porque extrapola sus rasgos desde el sector más educado y, a la vez, minoritario: profesionales o intelectuales formados originalmente en la Universidad de Chile, tomando a Lastarria como punto de partida. Por lo mismo, reduce esa clase sumamente heterogénea al padrón uniforme de una élite universitaria y, como consecuencia de esto, magnifica la fortaleza de los lazos entre tecnocracia y clase media, una clase donde los valores de la meritocracia y de la educación, contrariamente a lo planteado por Silva, coexistieron con el poder de las redes clientelares y familiares a la hora de agenciarse el progreso social. Antes que el vínculo de la tecnocracia con la clase media, entonces, habría sido de interés ahondar más en el desenvolvimiento de las disciplinas académicas de referencia, dado que el auge de la tecnocracia es indiscernible de la consolidación de las universidades como mecanismos institucionales para la formación de expertos altamente calificados. El campo acotado de las profesiones, en vez del vasto espacio social referido a los sectores medios, ofrecía mejores puntos de apoyo para dilucidar los valores distintivos de la tecnocracia.

¿Por qué Silva recurre entonces a la clase media?, ¿solo producto de una idealización mesocrática? La respuesta parece provenir de una de sus apuestas interpretativas más fuertes: incorporar los climas de opinión pública al análisis de las relaciones entre tecnocracia y política. Para Silva, los tecnócratas logran posiciones de preeminencia en el Estado a impulsos del descrédito de la política como aparente subterfugio de la mediocridad, los intereses particulares y la ineficiencia. Tanto en la décadas de 1920 como de 1980 los tecnócratas habrían derivado parte de su ascendiente social de las crisis de la política. Es decir, los ingenieros incorporados al gobierno de Ibáñez y los economistas clave del régimen de Pinochet habrían obtenido parte de su poder del hastío generalizado con la política. De estos planteamientos, se infiere que la clase media, presuntamente en sintonía valórica con la tecnocracia, habría sido decisiva al momento de condicionar climas de opinión favorables a su predominio. Esta línea de análisis no solo es débil porque la simbiosis cultural entre clase media y tecnocracia resulta debatible, sino que también pierde fuerza porque Silva tiende a minimizar el impacto de la represión desmovilizadora y la propaganda oficialista, en la creación de climas de opinión pública favorables al predominio de la tecnocracia en perjuicio de la política. A veces parece confundir, de hecho, el asentimiento espontáneo con la forzada resignación ante los hechos consumados.

Lo anterior resulta particularmente evidente en su análisis del ascenso de los Chicago boys. Según Silva, la "amplia receptividad existente entre la población a las soluciones tecnocráticas a los problemas económicos y sociales, luego del colapso del experimento socialista de Allende", respondería, en parte importante, al clima "antipolítico" imperante como resultado de la fatiga ante los excesos previos al golpe de Estado (p. 144). Pues bien, más que de una sociedad predispuesta a recibir gustosa el antídoto suministrado por una nueva generación de tecnócratas, habría que hablar de un país despolitizado a la fuerza y con una esfera pública drenada de vertientes críticas, todo lo cual dejó espacio libre para la prescripción de una ardua modernización capitalista, cuyos elevados costos sociales no habrían sido tolerados de no mediar las fuerzas de contención social del régimen autoritario.

Y esto conduce al último asunto debatible del libro: la relación problemática entre democracia y tecnocracia. Convincentemente, Silva argumenta que los tecnócratas, en determinados períodos, han sido factores de consolidación democrática, ofreciendo una válvula de escape a las tensiones entre los extremos políticos, al actuar como puentes de entendimiento e incluso artífices de acuerdos entre gobierno y oposición.

La afinidad técnica de sus cuadros -esa especie de transversalismo presumiblemente más aséptico en términos ideológicos- habría permitido morigerar la beligerancia política, facilitando la constitución de un proyecto nacional de industrialización en tiempos del Frente Popular, tanto como la transición a la democracia en la década de 1990. Este papel estratégico en la consolidación de la democracia no diluye, con todo, la tensión entre democracia y tecnocracia. Aunque no la ignora, Silva prefiere pasar por alto la cuestión de fondo.

En breve, los tecnócratas pueden actuar como eje de acuerdos nacionales entre las distintas facciones de la élite política del país, pero ese rol articulador, aun cuando beneficioso para diluir conflictos disruptivos a nivel cupular, sigue dejando en pie lo central: invocando la autoridad sin contrapeso de los expertos, se puede sustraer a la deliberación ciudadana un amplio abanico de asuntos públicos, cuyas definiciones, en democracia, cabe preguntarse si no debiesen tratarse a la luz de la política antes de quedar libradas al imperio de los criterios técnicos. Ya Valentín Letelier, gran precursor intelectual del ascenso de la tecnocracia en Chile, juzgaba a la ciencia como una autoridad suprademocrática capaz de zanjar, teóricamente en provecho colectivo, las fastidiosas discrepancias políticas. Esa idea, en cuya base resuena el descrédito de la política deliberativa como algo estéril, ineficiente y perjudicial, resurge una y otra vez en la historia de la tecnocracia en Chile, alentando la tentación de silenciar las cacofonías populares de toda democracia mediante el dictado uniforme de los expertos.

Como sea, In the Name of Reason constituye un libro sumamente iluminador de los entretelones de la política chilena, el desarrollo del Estado como agente moder-nizador y las formas modernas de constitución de hegemonía de la clase dirigente. Sin duda Silva cumple su propósito: de ahora en adelante parecerá insuficiente cualquier historia política del siglo XX chileno que ignore la cuestión de los tecnó-cratas.

Manuel Vicuña
Universidad Diego Portales