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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942010000100020 

HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 295-297

RESEÑAS

 

OLAYA SANFUENTES, Develando el Nuevo Mundo. Imágenes de un proceso. Santiago, Instituto de Historia, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2009, 241 (3) páginas.

 

El descubrimiento de América por los europeos -o "encuentro de culturas", según la expresión políticamente correcta que se impuso en las conmemoraciones con motivo del quinto centenario del acontecimiento- tuvo repercusiones profundas que afectaron tanto a las sociedades aborígenes de este continente como a las de los descubridores. Los cambios más profundos producidos a consecuencia de este acontecimiento demoraron décadas, cuando no siglos, en hacerse sentir en toda su magnitud. El impacto de la aparición de un "nuevo mundo" para la opinión culta europea fue un poco más rápido, pero aun así, esta tardó años en asimilar las implicancias del hallazgo. No era solo cuestión de modificar la idea existente sobre el tamaño del planeta para acomodar en él a estas "tierras nuevas y cielos nuevos"; también había que hacerse cargo de la novedad que representaban estos pueblos desconocidos por los antiguos y las nuevas especies de animales y plantas encontradas. En un sugerente ensayo publicado en 1958, Edmundo O'Gorman usó el término "invención de América" para caracterizar el proceso de adaptación de las ideas geográficas a las realidades del Nuevo Mundo. Con posterioridad, otros autores han estudiado el impacto de la novedad americana sobre Europa desde otras perspectivas

La profesora Olaya Sanfuentes aborda el tema de la revelación del Nuevo Mundo a través de la iconografía, analizando las imágenes visuales generadas por los europeos para ilustrar los nuevos descubrimientos. El libro tiene su origen en la tesis doctoral de la autora en la Universidad Autónoma de Barcelona, pero está dirigido a un público más amplio. De ahí que la primera parte de la obra esté dedicada a proporcionar el contexto histórico de los viajes de Cristóbal Colón, tanto desde el punto de vista de las ideas geográficas de la época respecto del mundo y sus habitantes, como del avance de las exploraciones extracontinentales y los medios técnicos que habían hecho posible las empresas realizadas hasta entonces.

El énfasis de la autora en los relatos de viajes del Medioevo, sean ellos reales o imaginarios, resulta pertinente, en cuanto contribuyeron a asociar la imagen de una gran riqueza a las tierras de Asia oriental, una idea generalizada que no solo constituyó un acicate para la empresa de Colón sino que también condicionó el pensamiento de los descubridores respecto de lo que esperaba encontrar. El propio don Cristóbal fue particularmente pertinaz en este sentido, insistiendo sobre la naturaleza asiática de sus descubrimientos, pese a lo que veían sus ojos, cuando sus contemporáneos ya habían caído en la cuenta de que las tierras a las que había arribado no eran el Catayo, el Cipango o las comarcas vecinas.

El tratamiento de estos temas, así como el de los cuatro viajes de Colón, es necesariamente somero, lo que obliga a pasar por alto algunos matices. Habría que observar que la carta supuestamente escrita por Colón anunciando los descubrimientos del primer viaje y publicada originalmente en Barcelona en 1493 no es obra del almirante. Como ha demostrado Demetrio Ramos, dicho escrito fue elaborado por orden del rey don Fernando como instrumento en sus negociaciones con Portugal, aun cuando su texto está basado en el diario de navegación y la carta que le enviara al monarca. Si bien esta intermediación resta valor a la carta como fuente sobre dicho viaje, no invalida el argumento de la autora sobre el impacto que pudo haber tenido en la generación de la primera imagen de América en los círculos letrados de Europa, vistas las 17 ediciones de que fuera objeto en los años inmediatamente siguientes.

Despachados estos antecedentes, la autora entra a analizar la primera cartografía americana, considerada como expresión de conocimientos y reflejo de poder. No solo trata sobre los cambios en las ideas geográficas, comenzando por la identificación de las nuevas tierras como un continente distinto de Asia y el perfilamien-to de sus costas conforme al avance de las exploraciones, sino que también considera las figuras que decoran los mapas y los textos explicativos en los mismos. Resulta muy interesante la información sobre la publicación en 1524 de la segunda carta de Hernán Cortés a Carlos V, la que iba acompañada de un mapa de Teno-chtitlán que ilustra las noticias del conquistador sobre dicha ciudad. El corto tiempo que media entre la redacción de la carta (1520) y el impreso bien se podría explicar por el impacto y el asombro que produjo al conquistador español, y luego a sus lectores, la primera vista de esa gran ciudad en medio de una laguna, con calzadas que la comunicaban con la orilla.

De la forma de la tierra, pasa a las descripciones del paisaje en su conjunto y a las plantas y los animales. La constante del primero es su naturaleza idílica, quizás porque la autora se centra en la zona del Caribe y la América tropical, que fue la zona primeramente explorada. Colón pensaba que el paraíso terrenal se encontraba en las proximidades de la desembocadura del Orinoco, a la vez que Ponce de León buscaba la fuente de la eterna juventud. Esta visión inicial parece haber perdurado hasta el día de hoy. La imagen de América latina entre el común de los europeos está asociada a cielos diáfanos, mares azules y vegetación exuberante, más que a las estériles costas patagónicas donde Magallanes se vio obligado a invernar en su viaje de circunnavegación. Es posible que a ello haya contribuido el hecho de que la iconografía que ilustra los territorios australes de Sudamérica, en los mapas de mediados del siglo XVI, dista mucho de la realidad, tanto que no faltaron quienes se propusieron poblar estas tierras ignorando los rigores de la naturaleza austral.

Más importante que las plantas y animales, cuya novedad atrajo la atención de los europeos desde un primer momento, eran los habitantes de América. Las imágenes reproducidas muestran a hombres gigantes y mujeres guerreras -las amazo-nas- según resultaba de los relatos llegados de esas tierras, que entroncaban bien con las fantasías europeas respecto de las tierras exóticas. Con todo, las interpretaciones de la realidad americana no fueron unívocas: el "mito del buen salvaje" comparte el espacio iconográfico con salvajes no tan buenos, que realizaban sacrificios humanos y practicaban la antropofagia, aunque la autora no deja de advertir que los europeos también recurrieron a la carne humana cuando apremiaba el hambre. Olaya Sanfuentes nos muestra cómo, a medida que avanzó el tiempo y aumentó el conocimiento del Nuevo Mundo, los estereotipos en las figuras de indígenas van dando paso a una observación más realista de su fisionomía y sus vestimentas.

La reflexión final de la autora sobre el problema de las descripciones trasciende el marco temporal de su libro. A mi juicio la dificultad no deriva solo de la imaginación que se sobrepone a la razón o la realidad. La mente humana aprehende e interpreta lo desconocido a partir de lo ya conocido, sin perjuicio de los agregados y calificativos del caso. Por lo mismo, desde siempre ha sido muy difícil transmitir con palabras una realidad nueva de forma tal que quien escuche o lea dicha descripción pueda diseñar una imagen a partir de la misma. Los elefantes dibujados en el Atlas Catalán de Abraham Cresques de 1375 o en los manuscritos ilustrados del viaje de Marco Polo dejan en evidencia las dificultades de visualizar gráficamente lo que se conoce a través de un texto. Para la época que se estudia observamos el fenómeno en los dibujos del ananás, y más tarde sucederá con las primeras ilustraciones de los marsupiales australianos. No es solo una incapacidad de representar lo que se describe, sino también la dificultad de describir lo que se está viendo. Cuando el libro de Juan de Manderville se refiere a unas manzanas largas de las cuales hay más de cien en un racimo y que tienen grandes hojas de más de dos pies de largo, cuesta imaginar que se trata de bananas.

El agudo análisis iconográfico que hace la autora es fácil de seguir, porque los editores no han escatimado en ilustraciones, y el lector quisiera seguir en este juego de iconografía versus realidad con más ejemplos y variantes, lo que viene a ser una prueba del éxito de Olaya Sanfuentes en su propósito.

Juan Ricardo Couyoumdjian
Pontificia Universidad Católica de Chile