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Historia (Santiago)
versión On-line ISSN 0717-7194
Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010
doi: 10.4067/S0717-71942010000100017
HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 245-247
RESEÑAS
MARCO PALACIOS (COORDINADOR), Las independencias hispanoamericanas. Interpretaciones 200 años después. Bogotá, Editorial Norma, 2009, 414 páginas.
A partir del título de esta compilación es claro que esta comparte y enriquece lo que los especialistas comprenden desde hace algún un tiempo: no hay independencia hispanoamericana sino independencias, con el plural subrayado. No hay una ruta clara desde un afán de libertad contra la opresión colonial a la emancipación, sino que una crisis imperial que genera diferentes procesos locales, pero sobre todo una gigantesca fragmentación. No hay una especie de protonacionalismo o siquiera un ideal de nación que conduce a la creación de Estados modernos, sino un reagrupamiento en torno a pueblos y municipios para enfrentar la defensa de intereses locales. No hay, en definitiva, una independencia hispanoamericana, sino una multiplicidad de procesos dispares que generan nuevas dinámicas sociales y políticas. Solo lentamente se irán configurando aquellos mapas que hacen reconocibles a las naciones. Pero no sin guerras internas y externas, no sin disputas ideológicas en torno a la naturaleza de la organización nacional, no sin fuertes desajustes respecto del ámbito internacional en el que se insertan los nuevos Estados.
Como señala Marco Palacios en su ensayo introductorio, el propósito de esta compilación es dar una mirada nueva a las independencias desde la perspectiva del bicentenario, pero apartándose deliberadamente de un sesgo oficial o de buscar necesariamente balances positivos a partir de aquel proceso que se desató con la invasión napoleónica de España en 1808. Invita a dar nuevas miradas sobre la base de investigaciones independientes, pero al mismo tiempo logra que los autores se expresen con un lenguaje claro para acceder a un público amplio. Este es el gran logro de la compilación, lo que no quita que cada estudio tenga algo novedoso que aportar y mucha investigación para respaldarlo.
Anthony McFarlane abre la colección con una panorámica sobre la crisis imperial y las independencias. Como prácticamente todos los ensayos de esta obra, el autor incluye reflexiones historiográficas que lo distancian de las historias patrias del pasado, o de las más recientes en torno a una relación causal entre reformas borbónicas e independencia. Para McFarlane, es la crisis de 1808 la que transfiere la soberanía al "pueblo", lo que "abrió el camino al gobierno constitucional en España y promovió movimientos autonomistas locales, y luego la independencia, en América" (p. 39). El autor cuestiona también la tesis a propósito de las revoluciones atlánticas, de las que Hispanoamérica sería supuestamente parte integral. McFarlane ve más bien reacciones improvisadas" y caminos muy diferentes de los de las revoluciones en otras latitudes.
Los once capítulos siguientes examinan casos específicos en diferentes regiones, mientras que el final, de Leandro Prados de
El área que corresponde a México y América Central cuenta con tres capítulos, dos sobre el primero, de Roberto Breña y de Eric van Young, y uno sobre la segunda, de Jordana Dym. Breña resalta la importancia de la crisis imperial por sobre el tradicional énfasis en el resentimiento de los criollos hacia los españoles peninsulares. Autor de un conocido estudio sobre el liberalismo español, Breña examina las consecuencias inesperadas del liberalismo doceañista en México, en el sentido de que proporcionó los argumentos jurídicos y políticos para una eventual separación respecto de España. La soberanía popular pasó a ser un tema muy significativo, y el autor lo examina en estrecha sincronía con los eventos de la península, sin por ello desatender las peculiaridades del caso mexicano. En términos historiográficos, se aparta de quienes ven la independencia mexicana como un proceso, cuando él discierne dos: el que va desde 1810 hasta 1815 y el de
La región del Caribe está representada por el ensayo de Christopher Schmidt-Nowara sobre Cuba y Puerto Rico. Dado que los criollos de estas islas se mantuvieron leales a la corona, el autor indaga sobre las raíces de esta fidelidad, que encuentra en la esclavitud y en el comercio de esclavos, en la medida en que era permitida o tolerada por España en circunstancias en que se hacía cada vez más difícil mantenerla por las presiones británicas. Debido a una serie de reformas, las islas experimentaron una prosperidad económica sin precedentes, que las hicieron aún más dependientes de la esclavitud. Los movimientos de independencia en otras partes del continente dieron una mayor capacidad de negociación a los comerciantes y hacendados caribeños para obtener franquicias por parte de la corona, la que así evitaba una expansión del conflicto. Los resultados fueron significativos, puesto que si bien Cuba producía unas trescientas o cuatrocientas toneladas de azúcar al año a principios del siglo XIX, para mediados producía entre dos mil y tres mil, claramente en la vanguardia de la producción mundial, crecimiento debido a la importación de ochocientos mil esclavos desde finales del siglo XVIII hasta la década de 1860. Pero aun siendo parte del Imperio, ni Cuba ni Puerto Rico lograron la representación a la que aspiraban, y que España solo había ofrecido en un contexto diferente, cuando la lucha antinapoleónica así lo requería. Así, se dio en el Caribe una combinación de legitimidad del régimen, gracias a la esclavitud, con autoritarismo, que al final solo postergó la independencia.
La región del virreinato de Nueva Granada está representada por tres ensayos: de Carole Leal Curiel y Fernando Falcón Veloz, sobre Venezuela, de Margarita Garrido, sobre Nueva Granada, y de Federica Morelli, sobre Ecuador. En el caso venezolano, tal como en el mexicano, los autores hablan no de uno, sino de tres procesos de independencia, desde los primeros intentos juntistas en 1808, pasando por la declaración de independencia en 1811, siguiendo con el triunfo sobre las armas españolas en 1821, hasta la disolución de
El colapso del orden imperial en el antiguo virreinato del Perú es tratado por Carlos Contreras y María Luisa Soux. Los autores estudian Perú y Alto Perú en conjunto, buscando superar la historiografía que las divide a pesar de todo lo que comparten, empezando por la alta densidad de la población aborigen. De allí el énfasis de los autores en las rebeliones indígenas y en los temas de clase y etnia que marcan el proceso más allá de los intentos juntistas o las perspectivas criollas. En sintonía con los demás ensayos, los autores insisten en que la independencia en estas regiones tuvo poco de búsqueda planificada o aspiración interna, de modo que terminó ocurriendo por presiones externas, de ejércitos provenientes del norte y del sur.
La zona comprendida por el virreinato del Río de
Pocas veces se habla del caso paraguayo, de modo que la inclusión de un capítulo sobre este país es un aporte, en este caso de Barbara Potthast, quien examina el surgimiento del Estado nacional bajo el liderazgo de José Gaspar Rodríguez de Francia. En particular, enfatiza el que la política de aislamiento ejercida por el Dr. Francia tenía sentido en un contexto de gran inestabilidad regional. Sin tomar partido y reconociendo las posturas historiográficas antagónicas respecto de las políticas de Francia, Potthast subraya el contexto en el que se inscriben. La franca eliminación de una élite comercial tenía por objeto reducir los riesgos de carácter internacional. "Sus rivales políticos", asegura la autora, "provenían sobre todo de la elite comercial y terrateniente, muchos de ellos inmigrantes provenientes de España y Buenos Aires" (p. 193). Francia logró además reducir el poder de
Esta construcción no es de ninguna manera causa de celebración, y el ensayo d e Rafael Sagredo sobre Chile advierte sobre los peligros de una excesiva complacencia al celebrar los 200 años de vida independiente. No todos los horizontes abierto´s por la emancipación han sido explorados o promovidos, y, por el contrario, Sagre-do percibe un efecto de fosilización de los próceres y gestas del período, que dificultan el rescate de aquellos valores que hoy podrían expandir la democratización y la pertenencia a la nación. Su ensayo es al mismo tiempo un ensayo de historia intelectual, en la que se repasa la adopción de símbolos patrios como el himno nacional, el papel de la naturaleza, las concepciones del orden y la historiografía, en la que da un papel importante, si bien no totalmente positivo, a la obra histórica de Claudio Gay. "Junto con su eficacia como instrumento de construcción de la nación", afirma el autor, "la historia también sirvió como medio para ponderar la actuación de las élites en la trayectoria nacional, como herramienta para difundir sus objetivos e intereses, como el orden y la estabilidad, y, en definitiva, como mecanismo de control político y social" (p. 237). Sagredo llama a que el festejo del bicentenario no sea "una celebración vacía y patriotera" y que sirva más bien para actualizar "los valores republicanos que se han materializado en luchas por la justicia y la democracia" (p. 238). La independencia abrió caminos que aún deben explorarse.
Todos los ensayos de esta colección tienen un aporte que hacer, ya sea en el ámbito de la historiografía, del conocimiento específico de las independencias o de los desafíos pendientes. En tanto compilación, su mayor valor reside en abordar llana y claramente un tema complejo, sin desmerecerlo.
Iván Jaksić
Universidad de Stanford











