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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942010000100016 

HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 271-282

RESEÑAS

 

CONSUELO NARANJO OROVIO (COORDINADORA), Historia de Cuba. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ediciones Doce Calles, 2009, 625 páginas.

 

Bajo el título de Historia de Cuba nos encontramos ante lo que aparentemente es un manual de historia, pero no lo es. El libro, coordinado por la antropóloga e historiadora española Consuelo Naranjo Orovio, se divide en seis partes: población, economía, sociedad, política, ciencia y cultura y "Medio siglo de políticas económico-sociales en Cuba socialista". Reúne diecinueve ensayos (conectados por los períodos que analizan) de distintos académicos especialistas en Cuba, que abarcan la historia de la isla desde su ocupación colonial hasta el último período de la Revolución. Se trata, por lo tanto, de un libro que no obedece a una sola escritura. En él cada autor se adentra en aspectos polémicos de cada etapa y perspectiva que analiza, e invita a la discusión con lector.

La primera parte contiene dos ensayos: "Población libre y estratificación social, 1510-1770", del historiador Alejandro de la Fuente; y "Evolución de la población desde 1760 a la actualidad", de Consuelo Naranjo Orovio. Ambos autores refieren a los procesos de poblamiento de Cuba, las circunstancias que lo determinan y su incidencia en la conformación de las sociedades colonial e independiente. Ricos en información, invitan a la reflexión. Por ejemplo, que el encuentro entre los europeos y la población autóctona de Cuba significó para los segundos su casi desaparición física, pero sobre todo su exterminio cultural. Sus hábitos, su idioma, sus formas de vida y su religiosidad no sobreviven al proceso de asentamiento del español. No hay entonces en la isla procesos de transculturación entre europeos e indígenas. Es por ello que en el lento pero sostenido proceso de asentamiento y colonización, los españoles deben apropiarse del nuevo espacio que han conquistado en compañía de otros recién llegados que los acompañan: los negros esclavos. Por otra parte, si el proceso de asentamiento español va acompañado de la temprana demanda (y llegada) de esclavos, que siempre fue creciente -y que alcanza su cenit con el desarrollo de la plantación azucarera-, su presencia modifica notoriamente la composición y distribución étnica de una sociedad que desde sus orígenes se quiso hegemónicamente blanca. Son numerosas las medidas que hasta la independencia toma el poder colonial (el interno y el metropolitano) para controlar y llegado el momento reprimir a la población negra, fuera esta libre o esclava. Sin embargo, una de ellas, destacada por Consuelo Naranjo, adquiere a mi parecer una dimensión que va más allá de su intención de intervenir en la distribución étnica de la población cubana. En la primera mitad del siglo XIX, nuevas políticas respecto al incremento de población blanca se formulan y aplican, en procura de "blanquear" la isla. Para ello se auspició la emigración de colonos blancos, preferentemente españoles, católicos y que tuvieran alguna profesión. No se trataba de reemplazar a la población negra, sino de evitar su supremacía. Sin embargo, lo que resulta interesante en esta política (que se sostendrá de distintas formas a lo largo del siglo) es que en su momento fue auspiciada por la Sociedad Económica de Amigos del País, es decir, por una institución integrada en parte por los representantes de las élites criollas, aquellas que por entonces estaban en proceso de conformar la identidad nacional cubana. Si la iniciativa quiere contribuir a "blanquear" la isla (y desde la perspectiva metropolitana contribuir al control colonial, dado que privilegiaba a los emigrantes insulares), hay en ella una intención "civilizadora", en la lógica de Sarmiento, un deseo de auspiciar el "progreso" de la isla y de "civilizar" una sociedad que tiende a la "barbarie" (negra). Llama la atención esta visión sarmientiana que proyectaron para el desarrollo de Cuba grupos criollos que se encontraban en proceso de construir, parafraseando a Benedict Anderson, su "patria imaginada". Sería interesante saber cuánto de ella finalmente se alcanza a inicios del siglo XX, cuando Cuba alcanza su independencia. Además, De la Fuente y Naranjo analizan uno de los resultados relevantes de la emigración y asentamiento de blancos y negros: el surgimiento del mestizo o mulato. No obstante, su análisis nos lleva a pensar en que las categorías blanco, negro y mestizo (o mulato) requieren de una constante revisión, que en estos autores no parece evidente. Si las dos primeras categorías son generadas necesariamente desde un molde colonial (y blanco), ya en el siglo XX estos conceptos se vuelven más complejos. ¿Qué se engloba en cada uno de ellos cuando un nuevo marco de modernidad subordinada determina las "construcciones" raciales en Cuba? No se trata de cuestionarlos al punto de invalidarlos, sino de señalar que el mestizaje, la negritud y la noción de "blanco" aún restringido a los rasgos somáticos, en su desarrollo (que por lo demás, es también y necesariamente cultural) hace que sus fronteras sean cada vez más difusas.

La segunda parte de Historia de Cuba se introduce en su economía. Dos ensayos la abordan: "Economía, 1500-1700", de Alejandro de la Fuente, y "Evolución económica, 1700-1959", del historiador Antonio Santamaría García. Ambos trabajos aportan contundentes datos acerca del desarrollo económico de la isla y enfocan sus análisis a ciertos aspectos polémicos y poco tratados en la historia económica cubana. De la Fuente, por ejemplo, destaca la importancia de la ciudad y el puerto de La Habana para el desarrollo de la isla en sus primeros dos siglos como colonia. Ciertamente, no es posible explicarse cómo la isla se transforma en "la llave del Golfo" sin comprender la singularidad que adquiere su capital dentro del Caribe y América. El sistema de Flotas contribuye al desarrollo y preeminencia del puerto y su urbanización. Desde allí se generan todo tipo de servicios necesarios para el funcionamiento de este sistema de transporte, pero también se fomenta el desarrollo interior de la zona occidental de la isla, que pasa a abastecer a la ciudad con diversos productos, y que incluso permite la existencia de un excedente -particularmente productos ganaderos, como el cuero- que es exportado a España y hacia otras colonias de la región caribeña. Por su posición estratégica como punto de tránsito para las Flotas, porque alberga la principal urbe del Caribe, y porque esta despliega tempranamente un red comercial regional, La Habana se constituye tempranamente en un espacio de riqueza singular, que explica en parte la especificidad de su élite, que a inicios del siglo XIX, cuando la mayoría de las colonias se rebelen contra España, se conducirá de manera autónoma respecto a sus pares del continente. Por otra parte, siempre desde una perspectiva económica, Santamaría García va a dar cuenta de las circunstancias particulares del desarrollo de la isla en los últimos tres siglos. El autor nos plantea que si bien con el siglo XVIII desaparece el sistema de Flotas, la isla, y especialmente La Habana (y en menor medida Santiago de Cuba), sigue siendo un referente relevante dentro del comercio entre América y España. A ello contribuye la influencia de tres acontecimientos externos, que van a modificar y potenciar su desarrollo económico: la independencia de Estados Unidos (1776), la Revolución haitiana (1804) y la independencia de Hispanoamérica continental. El primero abre su mercado a los productos cubanos, sobre todo al café, tabaco y azúcar. El segundo favorece el traslado a Cuba de parte de los plantadores haitianos (blancos), que van a aportar capital y esclavos a nuevas plantaciones de azúcar y café (además, al menos por un tiempo, el azúcar cubano ocupará el mercado europeo que antes abastecía la colonia francesa de Haití). Finalmente, la independencia de Hispanoamérica significará para la isla la liberación de buena parte las restricciones comerciales y de gestión productiva que hasta entonces la metrópoli imponía al resto de sus dependencias. Respecto al siglo XIX, también el autor destaca el relevante desarrollo que adquiere la producción de azúcar como eje de la economía colonial de la isla. Un desarrollo que simultáneamente se apoya en mano de obra esclava y en un sostenido proceso de inversión de capital por parte de los plantadores, tanto en la modernización de los ingenios como en el desarrollo de la infraestructura de transporte, en especial de los ferrocarriles. Sin embargo, creemos que Santamaría García pasa por alto ciertas restricciones de este singular desarrollo económico cubano. Este autor fija como límites para el crecimiento de la economía de la isla los términos de su relación colonial con España; es decir, el monopolio que esta ejerce para las exportaciones del dulce y otros productos y sobre la importación de aquello que no producía la isla. Nos parece que ello solo es una parte de las razones por las que, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, y no obstante el empuje de la élite plantadora, la economía basada en la producción azucarera tiende a estancarse. Creemos que también dicho estancamiento está determinado por la existencia de la esclavitud. El esclavo de plantación tuvo siempre una productividad muy baja. Es cierto que durante cierto período esta mano de obra fue abundante y barata, pero conforme el plantador invertía en el mejoramiento técnico de la fabricación de azúcar (máquina a vapor) el esclavo no estuvo en capacidad (ni tuvo la voluntad) de seguir el ritmo productivo cada vez más acelerado que imponían las nuevas tecnologías. El esclavo, entendido como un componente esencial del proceso de creación de riqueza en la Cuba decimonónica, fue también el que limitó la creación de dicha riqueza. Finalmente, para el último tercio del siglo XIX Santamaría García destaca cómo se desarrolla un creciente flujo de capital extranjero, inglés y norteamericano, hacia las empresas ferrocarrileras y hacia los ingenios cubanos. Esto se refuerza con la ocupación norteamericana que termina la segunda guerra de independencia de Cuba (1898) y constituye un nuevo punto de partida para la dependencia económica de la isla. Para la economía cubana, ya no solo pasa a ser relevante el mercado norteamericano (que desplaza al inglés), sino también las inversiones de este país, que se extienden a partir de entonces hacia la industria azucarera y el banano.

Por último, Santamaría García se introduce en la historia económica del siglo XX cubano (aunque solo hasta 1959). Al respecto, llama la atención que si bien el autor no desea analizar este período solo desde la lógica de la dependencia de Cuba de Estados Unidos, si algo se desprende de su ensayo es la creciente y casi insalvable subordinación que la isla adquiere de su vecino del norte. En este sentido, no escapan a su interés las oscilaciones de la economía cubana conforme evolucionan los términos de su relación con Estados Unidos (tratados de reciprocidad, asignación de cuotas para el mercado azucarero norteamericano, etc.). Tampoco desconoce que el acontecer político y social cubano determina a Estados Unidos a condicionar su relación económica con la isla, como acontece en la crisis del 30 y el derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado. Finalmente, no obstante esta dependencia, que se construye a lo largo de casi cien años, el autor muestra y analiza, a nuestro juicio acertadamente, las complejidades internas de una economía que, pese a su subordinación, es altamente dinámica y demanda de capital, modernizaciones y reformas que la adapten a los cambios del mercado norteamericano. Resulta obvio, después de leer el ensayo, que la economía cubana se estructura alrededor de un producto (el azúcar), que compele a quienes disfrutan directamente de su riqueza a reformular constantemente las condiciones por las que es este el eje de la sustentabilidad de la isla. Sin embargo, se tiene la impresión de que el autor considera que esta era una deriva inevitable en la historia económica de Cuba, y que no había otra alternativa. En este sentido, se echan de menos en el ensayo referencias a las alternativas que se formularon en el curso de la historia cubana de la primera mitad del siglo XX. No es posible desconocer las reformas radicales que infructuosamente impulsó Antonio Guiteras en su breve paso por el denominado Gobierno de los cien días, tras la caída del dictador Machado. Junto con medidas sociales, Guiteras apuntó a la rebaja de precios de artículos de primera necesidad y a la intervención estatal de ciertas empresas norteamericanas. Es verdad que Guiteras es sobre todo un actor político, pero no es menos cierto que formaba parte de un movimiento que también apostaba a transformaciones relevantes en la economía cubana. Tampoco refiere Santamaría García al denominado "Programa del Moncada", enunciado por Fidel Castro en 1953, el que es un programa político, pero también ataca algunos problemas fundamentales de la economía cubana de entonces, entre ellos el problema de la tierra y el de la industrialización. Sin dudas, el autor quiere centrarse en la historia económica de Cuba, y en ella, en lo que efectivamente aconteció y no en lo que pudo ser. Sin embargo, la historia económica difícilmente se puede desentender de la historia política, en tanto que esta también apunta a sostener, desarrollar o reformar las bases de la sustentabilidad de la sociedad. Así acontece en Cuba. El decursar del capitalismo cubano de la primera mitad del siglo XX no solo es complejo, discontinuo y estructurado alrededor de la dependencia de Estados Unidos. Es también un ámbito de debate, de propuestas y contrapropuestas, a veces evidentes y otras veces subsu-midas en debates políticos. Esta confrontación trasunta la historia de Cuba entre 1902 y 1959, y es la que echamos de menos en el ensayo de Santamaría García.

La tercera parte de Historia de Cuba nos propone adentrarnos en la conformación y evolución de la sociedad cubana. Para ello nos presenta cuatro ensayos: "Esclavitud, 1510-1886" y "Sociedad, 1510-1770", de Alejandro de la Fuente; "Sociedad no esclavizada, grupos y vida cotidiana. Entre las reformas borbónicas y la independencia, 1770-1902", del historiador Joan Casanovas Codina; y "Sociedad, 1902-1959", del politólogo Vanni Pettina. En el ensayo de De la Fuente se aborda la esclavitud como un fenómeno social complejo. No se trata solo de una vasta comunidad cosificada y subordinada. Son hombres y mujeres que deben interactuar con la comunidad blanca, no obstante su asimetría con ella, para negociar sus condiciones de subordinación o para eventualmente lograr su libertad. En este sentido, es relevante que el autor destaque que la sociedad colonial cubana fue siempre una sociedad esclavista. Ello significa que siempre hubo esclavos, más allá de que fueran o no determinantes (como finalmente lo fueron, desde fines del siglo XVIII) dentro de la economía de la isla. El planteamiento no es menor si se toma en cuenta que parte de la historiografía cubana y antillana asocia el desarrollo de la esclavitud con la plantación azucarera, que por lo demás no siempre fue temprana, como en el caso de Cuba. Por otra parte, De la Fuente describe la diversidad que adquiere la esclavitud en la isla. Un número importante de esclavos trabajaba en las ciudades prestando servicios de todo tipo. Sobre una parte de ellos se ejerció una modalidad de esclavitud por la que se les transformó en una suerte de jornaleros. Este tipo de esclavo urbano debió laborar para pagar una renta a su dueño. Ello implicó por lo tanto que dichos esclavos llevaran en la práctica una vida como "libres", dentro de las restricciones de su cosificación. Si tenemos presente que dentro de las grandes ciudades desde el siglo XVI es distinguible la existencia de negros libres (y de esclavos "cimarrones" que escapaban a las ciudades y se hacían pasar por libres), pareciera entonces evidente que también tempranamente surge y se desarrolla una sociabilidad negro-blanca (especialmente en La Habana), que determina el gradual mestizaje de la sociedad. No obstante, será el desarrollo de la plantación el que va a desencadenar una entrada sin precedentes de esclavos a la isla. De la Fuente señala que en 1774 se estimaba que su número era inferior a 50 mil; sin embargo, en 1841 era superior a 400 mil. Para el autor, uno de los efectos de este crecimiento fue que el miedo al negro se incrementara dentro de la sociedad colonial blanca. Es cierto que el aumento de su número acrecentó las manifestaciones de insubordinación y resistencia por parte de los esclavos, sin embargo, nos parece que el temor blanco no solo obedecía a esta mayor rebeldía. La cosificación del negro requirió, además de elaborados mecanismos de control y represión, de una justificación ideológica. La sociedad cubana era, desde sus orígenes, hegemónicamente blanca. Ello significó que desde una perspectiva cultural, el poder colonial necesitó de la conformación de una cosmovisión de mundo donde la condición de ser blanco fuese parte de la superioridad de los que administraban y disfrutaban de la colonia. Al mismo tiempo, también era necesario generar dentro de esta cosmovisión un lugar para el individuo cosificado. Para los negros, dicho lugar no estuvo dado necesariamente por su condición de esclavo, sino por su predeterminación: el color de su piel. Por ser negro su lugar era necesariamente inferior, más allá de que fuera esclavo o libre. Dado que los esclavos de distintas maneras tendieron a buscar la libertad, ya fuese rebelándose o negociándola con su dueño, aun cuando alcanzaban la libertad continuaban ubicados dentro de la sociedad colonial en el rango de individuos inferiores desde la perspectiva del "blanco". De hecho, sobre los negros libres urbanos, no obstante tendieron a especializarse en labores artesanales y en algunos casos a ilustrarse, la sociedad blanca cubana desarrolló crecientes políticas de segregación, limitando su acceso a ciertas profesiones y potenciando en definitiva al racismo, componente imprescindible en la cosmovisión "blanca" hegemónica. Por lo tanto, siempre hubo en Cuba, desde su génesis como sociedad colonial, políticas y sensibilidades que apuntaron a ubicar al negro (fuera o no esclavo) en la condición de individuo inferior y necesariamente segregado y discriminado. Parte de este racismo, por supuesto, se estructuraba a partir del miedo, dado que sin importar su número, siempre hubo esclavos que intentaron rebelarse o, siendo libres, exigieron la abolición de las medidas que los segregaban. Si este temor llegó a su paroxismo con la Revolución haitiana (1791-1804), este nacía del racismo incorporado a la sociedad colonial cubana desde su fundación.

Por otra parte, el impacto del temor que desata la Revolución haitiana es retomado por Joan Casanovas, pero desde otra perspectiva: para este autor la rebelión de la isla vecina alineó a la élite cubana alrededor del poder colonial. Ello y la bonanza económica que caracteriza el inicio del siglo XIX en la isla, son parte de los componentes que determinan que permanezca al margen del proceso de independencia hispanoamericano. Sin embargo, lo que más llama la atención del ensayo de Casanovas es que intenta comprender las dinámicas que acontecen entre los sectores populares no esclavos cubanos. En un contexto en que la marea indepen-dentista del continente no alcanza a la isla, los procesos de gestación y desarrollo de la identidad cubana no se detienen. En el plano político el autonomismo, el anexionismo y el independentismo interpretan las contradicciones, intensidades y variables que atraviesan la conformación de la cubanidad que se desarrolla a lo largo del siglo XIX. Sin embargo, Casanova comprende que en los procesos de construcción de identidades, la colonialidad también opera tensionando esta cuba-nidad en desarrollo. Ello se refleja en los sectores populares libres de la isla. El lugar de privilegio o de detrimento en que se ubican los sujetos del "bajo pueblo" dentro de la sociedad colonial influye en los términos de su cubanidad (y eventualmente en su adhesión a España). Aun cuando los individuos se encuentren muy cercanos a la base de la pirámide social (libre), es este lugar lo que los acerca o aleja de la cubanidad. Acontece así entre la incipiente clase obrera. En Cuba no será lo mismo ser seleccionador de tabaco, puesto ocupado predominantemente por españoles, que "torcedor" (el obrero que elabora el habano). Asimismo, las guerras de independencia escindirán a parte del mundo popular: serán de ese origen tanto los soldados del Ejército Libertador como la tropa que conforma a los "voluntarios" que combatían del bando español. En definitiva, la conformación de la identidad cubana en el contexto colonial decimonónico no será solo un ejercicio reflexivo y político asociado a las élites. Fue un proceso vivido por todos dentro de una cotidianidad llena de contradicciones, que llevaron a los sujetos populares a reali-nearse de distintas maneras ante una cubanidad a veces inconveniente, más allá de que en dos oportunidades terminara por canalizarse a través de sendas guerras de independencia.

Finalmente, el ensayo de Vanni Pettina comprende el período republicano de la historia de Cuba, hasta el triunfo de la Revolución. El autor destaca partic´ularmen-te el surgimiento y desarrollo de los sectores medios dentro de la sociedad cubana, un tema poco estudiado hasta ahora. La clase media cubana debe su surgimiento, como acontece en buena parte de América Latina, al Estado y al desarrollo de los aparatos administrativos que lo sustentan. Ella se potencia, además, gracias a las políticas de protección social que desarrollaron los gobiernos de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y Carlos Prío Socarrás (1948-1952). No obstante, también Pettina plantea que esta clase media a inicios de los años cincuenta se encuentra en situación de descenso social. Reflejo de ello es el hecho de que hacia mediados de esa déc´ada los desempleados llegaban en Cuba a 665 mil personas; algo más del 30% de la fuerza laboral. Aunque el autor no se adentra en la Revolución cubana, aporta algunos elementos para comprender su génesis: la crisis social que atraviesa la sociedad cubana en los cincuenta y la fortaleza cultural y política que no obstante ha adquirido su clase media, de la que saldrán los principales líderes de la Revolución.

La cuarta parte del libro está dedicada a la política en Cuba. Nos propone los ensayos "Cuba en el contexto internacional", del historiador Josef Opatrny; "Organización político-administrativa y mecanismos del poder colonial, siglos XVI-XVIII", de la historiadora María Dolores González Ripoll Navarro; "La vida política entre 1780-1878", del historiador José A. Piqueras; "Un nuevo orden colonial: del Zanjón al Baire, 1878-1898", del historiador Luis Miguel García Mora; y "El desarrollo político, 1898-1962", de Vanni Pettina. Esta sección de Historia de Cuba es quizás la que mejor explica las complejidades y singularidades de la historia de la isla, aquellas que determinarán que siga un camino distinto al resto de las naciones latinoamericanas. Por una parte, tal como lo plantea el ensayo de Opatrny, la isla es en el largo tiempo objetivo permanente de intereses foráneos. Dentro del proceso de colonización de las Antillas, en los siglos XVI y XVII, es víctima de piratas, corsarios y del contrabando europeo. En el siglo XVIII es Inglaterra la que intenta conquistarla, de hecho en 1762 ocupa su parte occidental durante casi un año. En el siglo XIX es Estados Unidos el que abiertamente proclama su interés por la isla (a través de la llamada política de "la manzana madura", enunciada en 1823 por el secretario de Estado norteamericano John Quincy Adams). A mediados de siglo los estados del sur auspician acciones para su anexión (idea que encuentra eco en parte de la élite esclavista cubana). Finalmente, es en 1898 cuando Estados Unidos se decide a intervenir en Cuba, interrumpiendo su segunda guerra de independencia. De esa nueva ocupación nacerá en 1902 la república de Cuba, con una enmienda en su Constitución que autorizaba a Estados Unidos a intervenir en la isla con sus tropas si así lo aconsejaban sus intereses. Medio siglo después, ante la Revolución cubana, Estados Unidos establecerá un embargo económico vigente hasta ahora. Podríamos agregar, además, que a partir de 1959 la isla pasa a formar parte de los intereses de la extinta Unión Soviética. Ahora bien, ¿qué determina que Cuba, a lo largo de su historia, sea de manera relevante objeto de los intereses de otras naciones (casi siempre las más poderosas)? Y por otro lado, ¿cómo a pesar de estos intereses se sostiene como colonia español´a durante casi cuatro siglos y luego como república independiente? A la primera pregunta podríamos responder que la isla en los siglos XVI y XVII es ambicionada por la riqueza que genera para España. Pero también se trata de la isla grande de las Antillas, por lo que constituye un espacio enorme de potencial colonización para algunas naciones europeas (Inglaterra, Francia, Holanda), que por entonces solo ocupan las Antillas Menores. Para la Inglaterra del siglo XVIII también Cuba representa una fuente de riqueza, sobre todo por su potencial azucarero, pero además es relevante por su ubicación. Ella es "la llave del Golfo"; quien la controle, controlará el paso del creciente comercio entre el Atlántico y el Pacífico. Así también lo entiende Estados Unidos en el siglo XIX. Pero esta nación además colocará a Cuba en el centro de su gradual y consistente política de expansión económica y política sobre América Latina. Finalmente, en el siglo XX, al transformarse Cuba en el primer país socialista del hemisferio occidental, se constituye en el objetivo a destruir para Estados Unidos y en una pieza clave para la Unión Soviética, en el contexto de la Guerra Fría. No obstante, la respuesta a la segunda pregunta nos parece que es más compleja. Creemos que en parte la encontramos en los ensayos que siguen al de Opatrny.

Tanto González Ripoll como Piqueras relevan el proceso por el cual, a pesar de los intereses foráneos que convergen en Cuba, gradualmente esta se constituye en una sociedad colonial con élites muy conscientes de la relevancia del territorio que dominan, tanto a escala local como regional. Dicha conciencia es compartida por España. Ello, a nuestro modo de ver, se refuerza por la capacidad de negociación que despliegan los criollos y la metrópoli respecto a sus conflictos de intereses económicos y políticos, y les permite enfrentar, más o menos mancomunados, los embates que provienen del exterior. De hecho, más allá de las ambiciones externas, entrado el siglo XIX élites y metrópoli negocian distintas formas de reacomodo de su desigual relación (ya que se da en un marco colonial). El reformismo y el autonomismo cubano encuentran espacios de diálogo en determinados momentos con las autoridades españolas. Incluso ante la primera guerra de independencia (1868-1878), España mantiene canales abiertos para la negociación con los rebeldes (quizás con lo único que la metrópoli se mostró inclaudicable fue con el anexionismo). No es extraño que el fin de ese primer esfuerzo emancipador culmine con una capitulación pactada entre la metrópoli y los insurrectos. Terminada esa guerra, para García Mora mayores espacios de libertad política se abren en la isla, donde se manifiestan autonomistas (liberales) e integristas (españolistas) en diálogo con España. No es que en esta etapa desaparezca el independentismo. Al contrario, sigue vigente, en la clandestinidad o en el exilio. Hacia mediados de los ochenta se conspira nuevamente y comienza a adquirir relevancia la figura de José Martí. En 1892 surge el Partido Revolucionario Cubano, encabezado por Martí, que poco a poco reúne a la inmensa mayoría de los independentistas. El sello de este partido y de su principal dirigente no es solo su aspiración separatista. Para Martí, que percibe claramente las intenciones expansionistas de Estados Unidos sobre su patria, la nueva guerra de independencia (que se iniciará en 1895) debe ser también el freno que detenga dicha expansión. Un deseo infructuoso, pues finalmente Estados Unidos interviene en 1898 sobre la isla y sobre la nueva guerra de independencia. Como lo plantea Vanni Pettina, el efecto de esta nueva ocupación es que Cuba nace en 1902 a la vida independiente con su soberanía condicionada. Estados Unidos introduce en su Constitución la "Enmienda Platt", por la que la nueva república concede a su vecino, además del territorio de la bahía de Guantánamo (para que instale una "base carbonera"), el derecho a intervenir militarmente sobre ella si así lo considerase conveniente. De hecho, así lo hace en 1906 y 1917. Claro está, no es que la nueva república carezca de una dinámica política propia. Como lo reseña Pettina, cierto caudillismo, que se canaliza a través de los partidos liberal y conservador, caracteriza sus primeros años. Las tensiones se agudizan entre los sectores más desposeídos y discriminados (que en su mayoría son negros) y las élites. Luego hay un momento de inflexión política con la crisis del año de 1933, que lleva a la caída de la dictadura de Gerardo Machado y abre una etapa de democratización de la política cubana. Pero todos estos procesos se desarrollan siempre bajo el ojo vigilante de Estados Unidos, que inicialmente se apoya en la "Enmienda Platt", y a partir de 1933 en la "política del buen vecino". A partir de 1940 una nueva Constitución permite la irrupción de nuevos partidos, donde los sectores medios tienen un peso relevante. Pero la crisis social de los años cincuenta y la corrupción generan nuevamente una crisis de gobernabilidad que será resuelta en 1952 con un golpe de Estado encabezado por Fulgencio Batista (una figura relevante ya en la crisis de 1933). La resistencia a la dictadura de Batista la va a encabezar el Movimiento 26 de Julio, dirigido por Fidel Castro. Finalmente, con la expulsión de Batista se inaugura la Revolución cubana, que lleva a un vuelco radical en las relaciones de la isla con su vecino del norte. Si el siglo XX se había inaugurado para Cuba bajo la supervisión armada de Estados Unidos, a partir de 1959 nuevamente debe enfrentar el carácter imperial de su vecino. La respuesta cubana a las agresiones e intentos de desestabilización que a partir de entonces despliega Estados Unidos será un fuerte nacionalismo, que apelará a la vindicación de la propia historia de la isla. En el contexto de la Guerra Fría, con el apoyo interesado de la Unión Soviética, Cuba, como en tiempos de la Colonia, como durante su segunda guerra de independencia, apostó a defender su soberanía, en medio de un precario equilibrio entre los enormes poderes que ambicionaban controlarla.

La quinta parte de Historia de Cuba propone un panorama de la historia de la cultura y la ciencia en la isla. Encontramos esta vez los ensayos "Apuntes para una historia intelectual", del filósofo e historiador Rafael Rojas; "Literatura", de la filóloga Françoise Moulin-Civil; "Prensa y Cine", de la historiadora María Dolores González Ripoll Navarro; "La arquitectura, las artes plásticas y la música en la cultura cubana", de la historiadora y documentalista Zoila Lapique Becali; y "Ciencia", de los historiadores de las ciencias Leida Fernández Prieto y Armando García González. Los cinco ensayos presentan un recorrido muy documentado acerca de la producción cultural de Cuba. De su lectura resulta evidente que cada ámbito de esta producción está marcado en su evolución por las fuertes y sistemáticas tensiones políticas que atraviesan la historia de la isla. Así, la literatura se enlaza con los procesos de construcción de la identidad cubana en el siglo XIX, como con la decepción ante la república que nace tras la ocupación norteamericana. También la literatura que se desarrolla con la Revolución se debate entre la adhesión militante, la autonomía creativa, el desencanto y la disidencia (esta última casi siempre en el exilio). Lo mismo acontece con la prensa. Llama la atención la creciente abundancia de periódicos y revistas que caracterizan los siglos XIX y XX cubanos, que canalizan la opinión y la crítica. Aun bajo la Revolución (que lleva a la desaparición de la prensa "burguesa"), sobre todo en la década de los sesenta, se encuentran revistas de crítica y reflexión (aunque enmarcadas en el "proceso revolucionario"). Es cierto que a partir de los setenta la prensa cubana cambia, y queda más al servicio de la información partidista y la "educación de las masas", sin embargo, también renacen o se reformulan en los ochenta publicaciones críticas, sobre todo en el ámbito cultural. Distinto es, a nuestro parecer, lo que acontece con el cine cubano en el contexto de la Revolución. Su tendencia, más que a la complacencia con el sistema político, es la de reflejar sus contradicciones y tensiones, desde la ficción. Por otra parte, si el cine conserva una cierta autonomía respecto al sistema y sus discursos, ello resulta mucho más marcado en la plástica, la arquitectura y la música. Estas tres manifestaciones tienen además raíces en los siglos XVII y XVIII, donde ya son expresión del naciente criollismo cubano. Finalmente, en cuanto al desarrollo de la ciencia en la isla, llama la atención el esfuerzo que se realiza, en el contexto de la Revolución, por generar una producción científica propia, que al menos durante cierta etapa (años ochenta) supera las capacidades latinoamericanas en ese ámbito.

Ahora bien, si como hemos dicho, el arte y la literatura cubana interactúan con las tensiones y derivaciones de los procesos políticos que acontecen en la isla, el primer ensayo, de Rafael Rojas, quiere hacer un balance de la conducta de los actores de la creación cultural cubana frente a estas tensiones y derivaciones, especialmente en el contexto de la Revolución. Para este autor con la Revolución se inicia la institucionalidad soviética de la cultura. El orden revolucionario prima sobre la creación. Ella está sujeta a la crítica guevarista de que los intelectuales no son "genuinamente revolucionarios". Rojas reconoce que existió un debate acerca de la cultura a fines de los sesenta, pero este sería la expresión del choque entre estalinismo y heterodoxia, y los mejores ejemplos serían el llamado Caso Padilla (la detención en 1971 del escritor Heberto Padilla y su posterior "autocrítica" ante los intelectuales cubanos alineados a la Revolución) y el "Congreso Nacional de Educación y Cultura" de 1971, donde Fidel Castro hizo una fuerte crítica a los intelectuales latinoamericanos y europeos que cuestionaban el proceso revolucionario. A nuestro modo de ver, es cierto que especialmente en los años sesenta entre la comunidad intelectual cubana hay una aguda discusión acerca del rol de la cultura en el contexto de la Revolución. Este debate aparentemente se cierra con el llamado "quinquenio gris" (aproximadamente entre 1971 y 1976), período en que el Estado inhibe la producción artística y literaria que no contuviera un mensaje explícito de adhesión a la Revolución, y que significó para los creadores homosexuales su marginación del sistema cultural y a veces la prohibición de sus obras. Sin embargo, Rojas no profundiza en las múltiples razones (que no solo eran "ideológicas") que motivaron los debates y el propio "quinquenio gris". Más aún, al detener su análisis a fines de los setenta deja la sensación de que todo termina mal para los intelectuales cubanos. Cabría señalar que, por un lado, buena parte de los intelectuales enfrentó los discursos dogmáticos alrededor de la cultura y defendió su derecho a la creación sin moldes preconcebidos. En rigor, dicho enfrenta-miento terminó con el abandono de los discursos esencialistas por parte del Estado a fines de los setenta. La propia creación intelectual y artística posterior así lo muestra (y lo muestran también algunos de los ensayos que vienen a continuación del de Rojas). A mediados de esta década esta misma comunidad intelectual sometió a una fuerte crítica el llamado "quinquenio gris". Por supuesto, no se trata de afirmar que en Cuba existe hoy la más amplia libertad para la creación, pero sí creemos que los procesos de discusión alrededor de la cultura en la isla son bastante más complejos de lo que los presenta Rojas; complejidad, por cierto, que no significa que todo esté ganado a favor de la libertad de creación.

Finalmente, la sexta parte de Historia de Cuba nos propone adentrarnos en la historia económica y social de la Revolución. Para ello contiene un único ensayo: "Historia y evaluación de medio siglo de políticas económico-sociales en Cuba socialista", del abogado y economista Carmelo Mesa-Lago. El autor, en un ensayo rico en información, identifica a lo menos nueve ciclos en la historia económica de la Revolución cubana, que divide en "idealistas" (o antimercado) y "pragmatistas" (u orientados al mercado). Aunque pudiera ser cuestionable esta segmentación (y los conceptos asociados), refleja la tensión que se genera entre los distintos ensayos que se realizan en la isla para dar sustentabilidad económica al socialismo a lo largo de cincuenta años. Carmelo Mesa-Lago no desconoce los efectos en la isla del fin del socialismo real (europeo y soviético), así como las consecuencias del embargo norteamericano, especialmente a partir de su endurecimiento en 1996, cuando el Congreso de Estados Unidos aprueba la Ley Helms-Burton. Sin embargo, el autor no oculta sus simpatías por los ciclos "pragmatistas", ya que para él resultan los más (moderadamente) exitosos dentro de la historia económica de la Revolución. Al contrario, considera que el "exagerado igualitarismo" se encuentra a la base del fracaso de los ciclos "idealistas". Por otra parte, todo el ensayo está atravesado por su convicción de que Fidel Castro es la razón y causa del freno a los proyectos "pragmatistas" que se implementan, y aventura que su muerte permitiría al fin iniciar una etapa de cambios económicos y políticos. Es indudable la gravitación de la figura de Castro en el acontecer social, político y económico de Cuba, pero nos parece un reduccionismo adjudicarle solo a él todas las razones y sinrazones de la Revolución cubana, y más aún en su compleja economía. En muchos aspectos es este un ensayo discutible, sin embargo, su mayor debilidad se encuentra en este reduccionismo.

En resumen, Historia de Cuba es un libro documentado, donde sus quince autores escarban en aspectos poco conocidos o polémicos, desde la perspectiva de la historia de la isla. Por ser polémicos, cada ensayo invita a la discusión y eventualmente a la crítica académica. Son estas buenas razones para leerlo y tenerlo a mano para su consulta.

Ricardo López
Universidad de Chile