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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942010000100015 

HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 268-271

RESEÑAS

 

JORGE MOLINA, Vida de un soldado. Desde la toma de Valdivia a la victoria de Yungay, Antonio Barrena Lopetegui. Santiago, RIL editores, 2009, 274 páginas.

 

Las fuentes para estudiar la guerra de la Independencia y la guerra de Chile contra la Confederación son escasas. La mayoría de las historias se han construido en base a documentos oficiales, la incipiente prensa de la época y, en menor medida, cartas y memorias, escritas en su mayoría por quienes detentaban el poder.

Relatos de oficiales de menor rango hay muy pocos. Es por esto que este trabajo, que viene a ver la luz después de casi dos siglos de acontecidos los hechos, es un aporte significativo al estudio del período.

La forma como se consigue esta memoria es tan fabulosa como los hechos que en ella se narran: "ha sido una suerte la del autor -Jorge Molina- recibir de su madre, por mayorazgo, apuntes inéditos de su tatarabuelo, escritos de su puño y letra".

El autor de la memoria es Antonio Barrena, quien nació en Valdivia el año 1820 y fue testigo de hechos trascendentales, como la Batalla de Lircay y la Guerra de la Confederación, todos acontecimientos que dejó registrado con una hermosa caligrafía, varios años después de que estos ocurrieron, a fines del siglo XIX.

Sin embargo, la narración es mucho más que una cronología de batallas. Es la historia de los primeros veinte años de su vida, que, de haber sido tal como él la cuenta, resulta verdaderamente fascinante.

Su nacimiento coincide con las últimas escaramuzas de la independencia y marcaron para siempre su vida. El miedo de su padre español a los patriotas lo llevaron a escapar de Valdivia y establecerse en Lima, dejando atrás a su esposa y a su hijo -autor de las crónicas-. De la misma forma, la muerte de su abuelo materno estuvo vínculada a estos hechos, pues pese a ser chileno murió a manos de uno de los patriotas a cargo de la toma de Valdivia, que lo mató con el fin de robarle un anillo de oro. Posterior a la muerte de su padre en Lima, su madre conoció al estadounidense Daniel Carson, que llegó junto Georges Beaouchef a pelear por la Independencia, y se casó con él. Impacta a los ojos contemporáneos la naturalidad con que el autor cuenta que fue encargado por un tiempo a una lavandera, una vez que el estadounidense tuvo un hijo propio. Solo tiempo después reconocería a Antonio, hasta llegar a ofrecerle su apellido.

De estos primeros años, que dan vida al primero de los tres capítulos que componen la obra, llaman la atención las restricciones económicas que vivió junto a su padrastro, pese a la participación de este en las distintas campañas de la Independencia. Igualmente resulta interesante la descripción de las casas, los costos de la cosas, las costumbres, los horarios, las comidas, la visita de los indios a las ciudad, etc. En ese sentido se agradece la memoria de Barrera y el interés por detenerse en cada uno de estos detalles en los que rara vez los historiadores reparan.

Sin embargo, no solo hay descripción, también hay reflexión y crítica, por ejemplo al Estado y la forma que tuvo de enfrentar a los indios: "los pobre nativos no solo han sido despojados de sus propiedades, sino que sus mujeres han sido violadas por los soldados, y sus hijos pequeños arrebatados por oficiales, para obsequiarlos en los pueblos con el interés que se tendría en obsequiar un perro de caza".

Sorprende también el relato de la batalla de Lircay visto, literalmente, desde la terraza de su casa, recibiendo de vez en cuando, los disparos de la artillería, y luego el recorrido por el campo de batalla con los cuerpos desperdigados, siendo Barrena tan solo un niño.

El capítulo número dos está dedicado a narrar su llegada a la recientemente creada Academia Militar, por Diego Portales, y su vida como cadete. De este relato llama la atención la férrea disciplina aplicada a los cadetes en un período donde la formación de los ejércitos sudamericanos era bastante precaria.

No obstante, uno de los aportes más importantes está relacionado con el tercer capítulo, dedicado a la Guerra contra Bolivia, "o la mal llamada Confederación Perú-Boliviana", como él destaca. Hijo e hijastro de comerciantes que vivieron del intercambio con El Callao y conocedor del Perú, no tiene problemas en afirmar que la guerra fue un intento de Portales por frenar el desarrollo que había tenido el principal puerto peruano en desmedro de Valparaíso y, a través de aquella, lograr un clima de unidad que permitiera frenar las numerosas revoluciones que se sucedían contra el gobierno.

Sobre el conflicto, los recuerdos de Barrena respecto a la indiferencia con que la gente observó la partida de los ejércitos que fueron enviados a derrotar a la Confederación contrastan con los relatos tradicionales que se han hecho sobre ambas expediciones.

Del enfrentamiento con las fuerzas del mariscal Santa Cruz, hay un rasgo que hace de esta obra un texto relevante para el estudio de la guerra en general: la humanidad del relato. La sinceridad con que cuenta cómo se entregaban valientemente a la lucha para, después de esta, reflexionar sobre lo sucedido y llorar junto a sus compañeros de armas por el horror de lo vivido.

Existen igualmente otros antecedentes que resultan del todo novedosos, también relativos a la guerra: la miseria de los viajes, las entretenciones de la tropa, la relación con los peruanos, las celebraciones, el fragor de la batalla, etc. Igualmente interesante es la descripción de las celebraciones en Perú y Chile, como también el recibimiento al ejército en Valparaíso y Santiago que sí coinciden, en buena medida, con otros relatos similares, por ejemplo, los recuerdos de niñez de Diego Barros Arana.

Entre estos antecedentes destaca por su curiosidad la celebración del 18 de septiembre realizada por el Estado Mayor chileno en Lima, el año 1839. A cargo del recinto donde se efectuó la fiesta, Barrena cuenta que luego de la comida los valientes soldados -seguramente excedidos en copas- bailaron entre ellos ante la ausencia de mujeres. Entre los personajes ilustres de esta celebración destacan Bulnes y el mismísimo Bernardo O'Higgins a quien, una vez terminada la fiesta, lo acompañaron con banda y todo hasta su casa, donde continuó la celebración.

Más allá de estas sabrosísimas anécdotas, hay que tener cuidado respecto a la veracidad de los hechos, ya que Barrena los escribe a fines del siglo XIX, siendo estos, seguramente víctimas de la deformación natural del recuerdo. Hay, como dice su descendiente, una insistencia de Barrena por idealizar su época y revalorizar la guerra, especialmente al compararla con la del Pacífico.

Sobre el promotor de esta publicación, Jorge Molina, hay que señalar que las notas son bastante pobres y que estas aportan poco al escrito, más por la gracia con que describe todo Barrena que por una carencia de su descendiente. Esto, de todas formas, no le resta mérito a Molina, en el sentido de que gracias a él, podemos revivir una parte trascendental de nuestra historia.

En definitiva, podemos asegurar que el texto de Antonio Barrena es un nuevo impulso para los estudiosos de esta guerra, que han proliferado en este último tiempo, y será una referencia obligada para quienes investigan este período, por los innumerables datos que aporta desde el punto de vista militar, político, económico y social.

Gonzalo Serrano del Pozo
Universidad Nacional Andrés Bello