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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.43 n.1 Santiago jun. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942010000100011 

HISTORIA N° 43, vol. I, enero junio 2010: 259-261

RESEÑAS

ELIZABETH DEL SOCORRO HERNÁNDEZ, La elite piurana y la independencia del Perú. La lucha por la continuidad en la naciente república (1750-1824). Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Instituto Riva-Agüero, Universidad de Piura, 2008, 476 páginas.

 

El tema de la postura de la élite peruana respecto de la independencia americana es un tópico ineludible para cualquiera que se adentre en el estudio del proceso de emancipación americana. Como es conocido y ha sido ampliamente documentado, la actitud del patriciado virreinal respecto de la emancipación americana osciló desde la abierta hostilidad hasta una lánguida adhesión, pasando por un mal disimulado desinterés -dependiendo de las circunstancias-, la correlación de las fuerzas militares en pugna y los cálculos coyunturales sobre el mejor camino para conservar sus privilegios.

Varios autores han ofrecido explicaciones a esta conducta que costó a la clase dirigente peruana extraviar su legitimidad política durante las primeras décadas del período republicano. Entre ellos, John Lynch (The Bourbon Peru), quien afirma que el recuerdo de la sublevaciones indígenas de 1780-1782 infundió un enorme temor en la élite respecto de las otras castas, mayoritarias demográficamente, y la imperiosa urgencia de mantener el orden público y la estabilidad política, ya que cualquier alteración podría provocar convulsiones sociales que amenazaran su propia supervivencia física, de modo que cuando el régimen colonial no pudo continuar garantizando el imperio del orden, luego del golpe de estado del general La Serna contra el virrey Pezuela, no dudó en apoyar al general San Martín y su protectorado. John Fisher (The Hispanic American Revolutions) y Timothy Anna (The fall of the Spanish goverment in Peru), en cambio, han analizado el proceso de pérdida de gravitación económica y política de la élite peruana, como consecuencia de las reformas introducidas por los ministros de Carlos III a partir de la década de 1770. Este deterioro, que la pudo haber conducido a adoptar una posición anticolonial, se tradujo en un entusiasta respaldo a la monarquía cuando comenzaron a tomar forma los movimientos emancipadores en otros lugares del continente, ya que consideraban que solo bajo el orden colonial podrían recuperar los privilegios perdidos. Finalmente, Gustavo Montoya (La independencia del Perú y el fantasma de la revolución) examina la actitud de la clase alta durante el protectorado del general San Martín, la que inicialmente fue favorable gracias a las ideas monarquistas sustentadas por el militar rioplatense y a la repugnancia que despertaba el liberalismo del virrey La Serna y los oficiales que lo rodeaban, pero que lentamente se transformó en rechazo, producto de la conducta arbitraria del ministro Monteagudo, su insistencia en formar milicias íntegramente plebeyas y la sistemática persecución que emprendió contra los peninsulares, especialmente aquellos que contaban con una holgada posición económica y, en la práctica, formaban parte del patriciado virreinal.

Los estudios mencionados se basan en aproximaciones a la aristocracia limeña, siendo muy escasas las investigaciones particulares que se han preocupado de las élites regionales. Sin embargo, varios han abordado el tema, como John Fisher ("Royalism, regionalism and rebelion in Colonial Peru, 1808-1815"), que ha interpretado las insurrecciones de Tacna (1811 y 1813), Huánuco (1812) y El Cuzco (1814), más como movimientos antilimeños que como alzamientos propiamente anticoloniales. Scarlett O’Phelan también se ha referido a las juntas locales ("De las reformas borbónicas a la formación del Estado en Perú y Chile"), distinguiendo el movimiento cuzqueño de los demás por su declarado liberalismo y su proyección extrarregional. Por nuestra parte ("El comercio tacneño frente a la independencia del Perú"), hemos indagado las sublevaciones tacneñas, constatando que ellas fueron instigadas por la Junta de Buenos Aires con objeto de facilitar las campañas militares rioplatenses en el Alto Perú, y que la actitud asumida por los principales comerciantes de la plaza fue, inicialmente de prudente indiferencia, para luego sumarse a la triunfante restauración colonial. Para el Perú septentrional, el tema la postura de la élite durante la independencia ha sido abordado tangencial-mente por Susana Aldana ("La independencia de un gran espacio"), en un estudio que enfatiza la integración económica entre el norte peruano y Ecuador. La prolija investigación de Elizabeth Hernández puede considerarse un complemento de esta investigación y contribuye a esclarecer el trasfondo de las diversas posiciones que asumieron las aristocracias americanas durante la crisis colonial y sus consecuencias en los inicios de la república.

El trabajo comentado comienza describiendo el escenario físico y el contexto institucional en que se desenvolvió la élite piurana durante la última etapa del período colonial. Luego caracteriza la estructura económica regional, en la que el patriciado fundamentaba su poder. Su base estaba en el cultivo de algodón y azúcar, la ganadería destinada a la producción del jabón y el comercio interregional, que aprovechaba las facilidades del puerto de Paita y su ubicación intermedia entre el eje Lima-El Callao y la Audiencia de Quito, lo que le otorgaba una condición de relativo aislamiento del influjo del comercio limeño y la proximidad al lucrativo circuito de la cascarilla, producida en los partidos de Cuenca y Loja. Este núcleo hacendado-mercantil extendía sus lazos comerciales hasta Panamá y Nueva España y sostenía una relación equilibrada con el comercio de la capital virreinal, a diferencia de otras provincias peruanas, cuyas actividades normalmente estaban subordinadas a los intereses del Tribunal del Consulado de Lima.

Salvo el marquesado de Las Salinas, la nobleza piurana no era titulada y su poder local y regional descansaba en la diferenciación que sostenía y ejercitaba sobre los demás estamentos. El hecho de haber formado el primer cabildo del virreinato, la antigüedad de su presencia en el territorio, su ascendencia española y la limpieza de sangre eran los puntales de su legitimidad, y su continuidad obedeció a las prácticas endogámicas, al establecimiento de vínculos familiares con otras élites provinciales, a la incorporación de peninsulares a través del matrimonio de sus hijas y la formación profesional de sus hijos para incorporarlos en la burocracia colonial, extendiendo así la influencia del grupo. Esta primacía se expresaba en que no más de doce familias copaban los cargos municipales y el mando de las milicias locales.

Al producirse el vacío de poder producto de la invasión napoleónica a la península, la nobleza piurana siguió el mismo camino fidelista que las demás aristocracias hispanoamericanas, respaldó a la Junta Central y designó un diputado para que la representara en las Cortes de Cádiz. Su apego al régimen monárquico quedó en evidencia con las manifestaciones de repudio contra la Junta de Quito, de agosto de 1809, su apoyo moral y económico al virrey Abascal y su política antiamericana, y en nada resintió la restauración absolutista de Fernando VII en 1814. Hasta entonces, la crisis del sistema colonial, la revolución y las convulsiones que las acompañaron fueron vistas desde lejos por el puñado de familias dominantes en el partido de Piura, por lo que su opción a favor de la monarquía no era otra cosa que la respuesta natural de un grupo que había germinado y florecido al alero del Imperio español. Solo comenzaron a dimensionar lo delicado de la situación y su verdadera magnitud en abril de 1819, cuando la escuadra chilena, comandada por Thomas Cochrane, ocupó el puerto de Paita durante seis días. El evento no solo dejó en evidencia para la élite piurana su débil posición frente a la flota chilena que asfixiaba su comercio en el Pacífico, sino que además reveló su fragilidad frente al peligro que representaban las comunidades indígenas del partido, que habían apoyado abiertamente a los invasores.

La situación se agudizó al año siguiente, cuando el general San Martín ocupó Lima y el ejército del intendente de Trujillo, Bernardo de Torre Tagle, los forzó a pronunciarse a favor de la independencia. La llegada de nuevas autoridades y la designación de representantes en el nuevo Estado originaron las primeras fisuras al interior del patriciado piurano, que ensayó distintas fórmulas para mantener y ampliar sus privilegios en el naciente orden republicano. Su falta de convicción libertaria y extremo pragmatismo político se combinaron para alcanzar estos objetivos, al costo de enajenar su credibilidad y prestigio.

Jaime Rosenblitt B.
Universidad Nacional Andrés Bello