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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.41 n.1 Santiago jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942008000100024 

 

HISTORIA N° 41, Vol. I, enero-junio 2008: 263-265

RESEÑAS

 

MARÍA SOLEDAD ZARATE, Dar a luz en Chile, siglo XIX: De la "ciencia de hembra" a la ciencia obstétrica, Santiago, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos y Universidad Alberto Hurtado, 2007, 547 páginas, ilustraciones.

 

Este es un libro destacable y magistral. Sus más de 500 páginas cruzan por completo la historia de la ciencia y de la medicina con aquella de género y de las mujeres. Soledad Zarate describe la transformación del parto desde un proceso en el cual la madre era atendida en su casa por parteras populares, hasta un proceso mayoritariamente presidido por médicos hombres y matronas con entrenamiento académico, quienes normalmente atendían a mujeres en hospitales. Si el parto es un "evento biológico" asociado con el género femenino, Zarate revela con destreza que tiene también una historia social y política. El parto ha cambiado en el tiempo en significado y práctica, y ha involucrado a mujeres y hombres en relaciones cambiantes de poder.

Dar a Luz comienza como una historia de la medicina obstetra y la profesiona-lización de los médicos. Con el propósito de organizar la primera Escuela de Matronas en 1834, el gobierno de José Joaquín Prieto gestionó el arribo del médico francés Lorenzo Sazié, quien también se encargó de la formación obstétrica de las primeras generaciones médicas en la Universidad de Chile. Sorprendentemente, entonces, el libro de Zarate revela que los temas concernientes al parto eran absolutamente centrales para el desarrollo institucional e intelectual de la medicina y la ciencia chilena en el siglo XIX. Mejorar y manejar la llegada de la maternidad era una estrategia clave para la modernización.

La segunda parte del libro se refiere a la irrupción de la matrona como una profesión formal en la cual mujeres eran entrenadas por profesores hombres y trabajaban bajo el mando de médicos hombres. Al examinar este proyecto de educación sanitaria femenina, el oficio de matrona era pionero entre los paramédicos y nació para regularizar la asistencia del parto, mayoritariamente en manos de las parteras conocidas también como practicantes de la ciencia de hembra. El análisis de las diferencias prácticas entre parteras y matronas y las disputas por un mercado asistencial, en ocasiones compartido, son algunos aspectos que dan cuenta de una relación no solo de confrontación, sino también de colaboración.

Aquí, Dar a Luz se transforma en una fascinante historia del trabajo que consigna el advenimiento del trabajo femenino protoprofesionalizado varias décadas antes del siglo XX, periodo en que convencionalmente se ha situado, y en el emergente campo de la medicina,. El número de matronas consignado por los censos era en 1854 de 317, aumentando a 837 en 1885 y llegando a 1.709 en 1907. La cantidad de médicos cirujanos hombres en ese mismo periodo subió de 129 a 1.001. Ciertamente se trata de cifras que agrupaban, sin distinción, tanto a agentes sanitarios que contaban con certificación como a quienes ejercían sin ella. Aunque tal crecimiento es impresionante, Zarate nota que el número total de médicos y matronas entrenados científicamente era ínfimo comparado con las necesidades de la población en general. Esto significaba que, en la práctica, las matronas solían trabajar con una considerable independencia de los médicos, a pesar del ideal de supervisión masculina. También significó que la vasta mayoría de las mujeres chilenas continuaron siendo asistidas por parteras hasta bien adentrado el siglo XX. Sin embargo, los ideales habían cambiado. Ya en la década de los 1880, una atención por parte de médicos hombres o matronas con entrenamiento profesional era considerada no solo legítima, sino también científicamente superior y moral-mente preferible.

Este es un argumento altamente matizado. Zarate plantea un reto importante al conocimiento existente en los estudios de la mujer, especialmente aquel de EE.UU. y Europa, que generalmente ha argumentado que el siglo XIX fue una época en la que médicos hombres movilizaron discursos científicos para usurpar el mundo femenino del parto, tradicionalmente una fuente de autoridad y comunidad femenina. Zarate evita la descripción de "la mujer como víctima" de la ciencia o del hombre. Las mujeres claramente no fueron desplazadas por médicos hombres, dado que la mayoría de las mujeres chilenas continuaron siendo atendidas por mujeres, fuesen estas parteras o matronas. Algunas matronas valoraban significativamente su entrenamiento académico en la medicina y descartaban resueltamente a las parteras como meras curanderas. Y si bien las matronas estaban subordinadas a los médicos, eran igualmente consideradas agentes científicamente entrenadas. Aquí, la historia se convierte en la historia de un grupo de mujeres desplazando a otras mujeres.

Sin embargo, Zarate igualmente aclara que la profesionalización de la obstetricia profundizó principios de autoridad masculina sobre las mujeres. Los médicos hombres se rehusaron a reconocer la legitimidad o el valor de los conocimientos cotidianos acumulados por las parteras, y definieron a las matronas como auxiliares firmemente subordinadas a su autoridad. Profesionales médicos (hombres y mujeres) regularmente descartaban las opiniones de pacientes mujeres como inconsecuentes y las sometían a un tratado autocrático y a veces brutal. La transición de la asistencia del parto desde una "ciencia de hembra" dirigida por mujeres, a una "ciencia obstétrica" supervisada por hombres es segregada en género y jerárquica.

La última parte de Dar a Luz se dirige al uso extensivo de hospitales y otros espacios institucionales para la atención del parto. Es importante notar que Zarate recalca que el cuidado institucional del parto estaba abrumadoramente enfocado en mujeres pobres y de clase obrera, debido a que, por el pudor femenino y la privacidad familiar, tal "cuidado público" era considerado no apropiado para mujeres de élite. Un importante precedente para las salas de maternidad en los hospitales fue aquel de la Casa de Huérfanos, una institución fundada en tiempos coloniales preocupada por la alarmante cantidad de mujeres pobres que abandonaban a sus hijos. A fines del siglo XIX y comienzos del XX la expansión del cuidado hospitalario para madres pobres estaba unido muy de cerca a la creciente preocupación por "el problema social" generado por la urbanización y la industrialización. Aquí Zarate destaca la conexión de la historia de la obstetricia con los más amplios esfuerzos del Estado y las élites para regular a los pobres.

Dar a Luz se sostiene en una asombrosa cantidad de fuentes primarias. Zarate emprendió un exhaustivo examen de revistas científicas y médicas, literatura educativa, expedientes judiciales, periódicos y materiales censales. El libro combina las mejores técnicas de investigación empírica con una sofisticada incorporación de los debates sobre género e historia social. Hace de la mujer la figura central en la historia de la ciencia y del género un elemento crucial para la comprensión de la relación del hombre (y la mujer) con la medicina. Dar a Luz representa un excelente ejemplo de algunos de los estudios más emocionantes y actualizados en la disciplina de la historia.

 

Heidi Tinsman
University of California Irvine