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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.41 n.1 Santiago jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942008000100022 

 

HISTORIA N° 41, Vol. I, enero-junio 2008: 255-258

RESEÑAS

 

CARLOS SANHUEZA CERDA, Chilenos en Alemania y alemanes en Chile. Viaje y nación en el siglo XIX, Santiago, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos y LOM Ediciones, 2006, 270 páginas, ilustraciones.

 

El libro que comentamos no es una obra más sobre identidad nacional. En medio de la sobreabundancia de literatura que busca fijar el ser de Chile en la proximidad de las conmemoraciones del bicentenario de la República, la obra de Carlos Sanhueza destaca por aportar una reflexión que escapa a la búsqueda de las esencias nacionales, tan peligrosa en estas fechas. Reconociendo la pregunta permanente que surgió con la creación del Estado y la formación de la nación, el autor indaga en torno a las respuestas que provinieron desde "...el choque con lo distante y lo extraño...". Su interés principal es conocer las "fronteras culturales y simbólicas" que iluminan los viajes, convirtiendo la identidad nacional en "... un campo de dispersión simbólica". Es refrescante comprobar la nueva mirada que aporta este libro al trasladar el foco de la construcción cultural y política de la nación en el siglo XIX desde el proyecto que la clase dirigente diseñaba e implementaba al interior del país, hacia el exterior del mismo, incorporando la visión de propio desde lo ajeno. En este caso, ese ajeno es lo alemán, lo que ya de por sí es una novedad si se considera que en los inicios de la república la mirada intelectual estaba especialmente orientada hacia Francia, Inglaterra, los Estados Unidos y España, esta última como cordón umbilical que había que cortar o reforzar, según el cristal con que se observara.

La temática del libro es bastante más amplia que lo que da cuenta su título. De hecho, de sus aproximadamente 250 páginas, los chilenos en Alemania aparecen ya transcurrida la mitad de la lectura y los alemanes en nuestro país en las últimas 50 páginas. Sin embargo, esta no es una limitación del libro ya que este es en realidad una reflexión más general sobre el sentido del viaje decimonónico, sus propósitos, y sus aportes al conocimiento del mundo, esto último expresado en dos interesantes capítulos sobre viajeros alemanes y chilenos a diversos destinos. El primero de ellos está dedicado especialmente a Alexander von Humboldt, como bien dice Sanhueza, bajo cuya sombra se realizaron todos los demás viajes desde Alemania. Sin embargo, la pregunta principal del libro gira en torno a la influencia del viaje en la conformación nacional de Chile y Alemania. Talvez, por lo mismo, el título del libro podría haberse invertido y su parte principal ser "Viaje y Nación en el siglo XIX".

La discusión que se inicia en la Introducción es un aporte significativo hacia el universo intelectual de los relatos de viaje y su confiabilidad como fuente historio-gráfica y como medio para conocer los procesos de construcción nacional. En realidad el autor comienza preguntándose si la nación es o no una construcción histórica, lo cual le permite hacer una crítica bien fundada a las fuentes teóricas de esta discusión más en boga, como son las obras de Benedict Anderson y Eric Hobsbawm, permitiéndose cuestionarlas, establecer sus limitaciones desde las refutaciones de Anthony Smith y Mónica Quijada, y concluir por proponer la matiza-ción del concepto de construcción nacional para incluir la dimensión dialogal, las transacciones culturales y las traducciones presentes en toda conformación nacional. Esta crítica es ya de por sí un aporte sustantivo para desmitificar el alcance otorgado por la historiografía latinoamericana a ciertas obras de validez muy cuestionable para la historia de las ideas en nuestra cultura.

Respecto de las fuentes, Sanhueza propone una visión que da mucha consistencia a su trabajo. Los diarios de viaje no serían solamente un asunto autobiográfico ni tampoco una descripción que debiera considerarse objetivamente. Ellos son testimonios que abren una ventana hacia el pensamiento del autor e indirectamente hacia la mentalidad de su país de origen. Así, los diarios de viaje se convierten en fuente importante para la historia social e incluso para la historia política, porque en esa vitrina que va mostrando el recorrido, también se exponen las estructuras de poder vigentes en los lugares visitados. Tratándose de viajeros, Carlos Sanhueza tuvo especiales fortalezas para realizar su trabajo. La primera y más obvia es que este libro es el producto de un largo viaje para realizar su tesis doctoral, justamente en Alemania. Por lo tanto, él mismo es en parte el tema de su libro, aunque sus interlocutores sean principalmente Benjamín Vicuña Mackenna, Isidoro Errázuriz y Vicente Pérez Rosales en su estadía europea, y Eduard Poeppig y Paúl Treutler en su paso por Chile.

El análisis de estos viajes justifica que Carlos Sanhueza confíe en los relatos de viaje como fuente. Su libro muestra que sometiendo a las fuentes a las preguntas adecuadas, y recogiendo las expresiones de la sensibilidad humana como fuente de conocimiento histórico, en tanto relato sobre la relación del hombre con su cultura, se puede trabajar con rigor historiográfico y contribuir al conocimiento de lo que finalmente más importa a la historiografía: el recorrido del hombre en el tiempo; cómo ha ido percibiendo el mundo que le rodea y el nuevo que se abre ante sus ojos, y cómo ha ido construyendo su identidad en ese proceso. La finura de este libro destella justamente en que logra mostrar cómo el viajero, sometido al cuestionamiento de sus certezas, cotejadas con la alteridad del otro mundo, y a la novedad que requiere nombrar y otorgar significado, se convierte en un intérprete de su mundo cuando está fuera de él, y así precisa su definición del mismo. Como nos muestra el libro, Andrés Bello concibió su revista Repertorio Americano, publicada en el destierro en Londres, desde una doble lectura: como intérprete de la realidad americana enriquecida no solamente con su vivencia del exilio, sino con la mirada que le proporcionó la lectura de Alexander von Humboldt en su estadía en América. Si Bello había visto los colores americanos con sus ojos, los de Humboldt le revelaron la disponibilidad del territorio, sus habitantes y sus riquezas. Esa nueva mirada asienta en Bello la idea de América como proyecto a construir y por lo tanto enriquece su pensamiento sobre lo que deben ser las naciones americanas. Todo lo anterior, que culminará en reflexiones tan racionales como las que Bello publicará en El Araucano sobre la necesidad de transitar conservadoramente hacia la república y la constitución de la nacionalidad, había surgido sin embargo, de intuiciones poéticas transmitidas por un viajero científico, de mirada tan aparentemente distinta a la de él. Algo semejante le ocurre a Vicuña Mackenna ante el Rhin: si los alemanes lo han convertido en símbolo de su identificación con ese territorio, por qué, se pregunta el chileno, no hemos visto el significado que tiene el Biobío para nuestra historia? Carlos nos habla de la vista del Rhin desde el Biobío como forma de articularse con Chile desde Alemania; le agrego que también es la vista del Biobío desde el Rhin pues sin este último, el primero no asumiría primeros planos, como tampoco la naturaleza chilena acogedora sin esa imagen fría que Vicuña Mackenna evoca al llamar a Alemania "país de nieve".

Aunque escapando a las visiones esencialistas de la nación, el libro hace bien en relacionar el viaje con el proceso de formación de la identidad nacional chilena. Los viajeros son la opinión pública que se desplaza; la república de las letras que en su encuentro con lo foráneo va dando forma a la comunidad nacional desde sus distintas percepciones sobre la realidad que se conoce, y la realidad que se evoca distante y talvez deformada o "reformada". La libertad formal que permite el relato de viaje lo abre hacia expresiones de los sentimientos, hacia un lenguaje poético que enriquece su valor testimonial.

Los viajeros del siglo XIX mostraron un camino de reconocimiento de la identidad nacional como identidad cultural. Sus viajes les mostraron que las diferencias culturales no operan solamente entre las diferentes sociedades sino dentro de ellas: así apareció, por ejemplo, la diversidad étnica para Vicuña Mackenna, la diversidad de género para Maipina de la Barra. De este modo, Carlos Sanhueza cree contestar a quienes conceden primacía al Estado como constructor nacional. Efectivamente, el contacto con lo ajeno agregó una visión de lo propio que demuestra la existencia y fortalece toda una cultura; no obstante lo anterior no niega que el viaje también contribuyera a quienes pensaban lo institucional. Las reflexiones negativas sobre el sistema parlamentario inglés que hizo Vicuña Mackenna indudablemente influyeron sobre su posición frente al ordenamiento constitucional de Chile. El pensamiento sobre las formas que debía tener el Estado chileno acompañaban a los viajeros siempre, aquí y allá.

"El asunto de toda exploración será volver a nuestro punto de partida, al propio jardín, y mirarlo por primera vez". Así escribió en alguna parte T. S. Elliot, invitándonos con poesía a comprender el viaje como una experiencia de identidad en movimiento. Es el mismo jardín, somos los mismos, pero nuestra mirada está transformada, en la medida que al intentar definir lo ajeno también redefinimos lo propio: tanto lo exterior como lo interior a nosotros mismos. El libro de Carlos Sanhueza nos anima para observar que, en lo que a nosotros respecta, el viajero decimonónico chileno no siempre volvía a su punto de partida mirándolo con ojos de inferioridad. Muchas veces, por el contrario, la experiencia con lo ajeno servía para valorar lo propio y negar nuestra "mentada 'barbarie'". Y también para comprender que los llamados países "centrales" tenían, y talvez aún tienen, mucho que aprender de esta "periferia".

 

Ana María Stuven
Pontificia Universidad Católica de Chile