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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.41 no.1 Santiago June 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942008000100018 

 

HISTORIA N° 41, vol. I, enero-junio 2008: 244-248

RESEÑAS

 

JONATHAN LITTELL, Las benévolas. Traducción de María Teresa Gallego Urru-tia, Buenos Aires, Editorial del Nuevo Extremo, 2007, 991 páginas.

 

Uno de los ámbitos dotado de mayor dinamismo en el campo historiográfico actual es aquel representado por los estudios vinculados a la sociedad nacionalsocialista, la Segunda Guerra Mundial y las políticas de exterminio masivo de personas aplicadas por el Estado alemán en el contexto de dicho conflicto. La persistente ampliación del espectro de problemas de los que ha querido dar cuenta la investigación, así como la multitud de enfoques de comprensión que han sido puestos en juego, se ha traducido en que año a año se multipliquen las obras historiográficas que desde distintas latitudes han abordado diversas facetas de la experiencia nacionalsocialista y sus programas de aniquilación. Así, uno de los temas más complejos y abundantemente debatidos ha sido aquel que problematiza la misma posibilidad de comprensión que el fenómeno de las políticas de destrucción de poblaciones (en particular aquellas de origen judío, eslavos, sin ti y roma, testigos de Jehová, discapacitados mentales, opositores políticos, etc.) llevada adelante por el Estado alemán y sus ciudadanos representa para la historiografía. Obviando por superficiales las polémicas relativas al negacionismo, los frentes del debate historiográfico se han profundizado en torno a las efectivas posibilidades que tenemos así de comprender, como de narrar o representar la experiencia traumática del genocidio y la sobrevivencia a los campos de exterminio nazis.

El concepto de la opacidad ha sido uno de los más recurridos por la reflexión historiográfica contemporánea, en términos de que la ingente información disponible sobre el Estado nazi y sus programas criminales -ampliada aún más por la reciente apertura del los Archivos de Bad Arolsen en Alemania, que conservan información individualizada de millones de personas perseguidas y exterminadas por el régimen nacionalsocialista- no hace sino describir puntillosamente un cómo se perpetraron las políticas de aniquilación, pero muy poco aportan al por qué de las mismas, a sus causas últimas y determinantes. Tras más de sesenta años de interpretación historiográfica, y ante la impresionante magnitud de relatos, restos y evidencias del proceso, las preguntas esenciales siguen pendiendo, oscilando, refractarias a la luz que la investigación de la mecánica del exterminio arroja, opacas en definitiva a la comprensión. Obras de reciente traducción debidas a Saúl Friedlander (En torno a los límites de la representación. El nazismo y la Solución Final, Universidad Nacional de Quilmes, 2007) y a Dominick LaCa-pra (Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría crítica, FCE, 2006) sistematizan los principales focos de discusión teórico-historiográficos sobre el particular, insistiendo en la necesidad tanto de desarrollar herramientas conceptuales y heurísticas precisas y específicas para el intento de comprensión del trauma desde una perspectiva histórica, como en las fronteras que la reconstitución historiográfica del pasado toca al momento de adentrarse en el campo de los relatos y las experiencias de los protagonistas -víctimas y perpetradores- del proceso. Y esta reflexión no se ha centrado solo en el problema de la intencionalidad o la culpa (motivos significativos del debate historiográfico detonado primero por las tesis de Ernst Nolte en los 80 y luego por el impacto de la interpretación de Daniel Goldhagen en los noventa), sino que también en las facultades de comprensión y relato que la historiografía poseería. Es más, la pertinencia de la historiografía como estructura de comprensión es discutida, en tanto que al enfrentarse a lo incomprensible (el mal radical representado por el genocidio nazi), sus pertrechos conceptuales aparecerían como inútiles, limitados en esencia al cómo, siempre vedados al por qué.

En este contexto, la lectura de una novela como Las benévolas -escrita como opera prima por un autor estadounidense en francés, ganador por ella del principal galardón literario de Francia, ambientada en la Segunda Guerra Mundial y protagonizada por un doctor en Derecho reclutado y convencido oficial alemán de las SS- aporta de forma significativa a dimensionar cada uno de los aspectos que la reflexión historiográfica ha discutido por décadas, y ello sin las reglas del debate historiográfico, sin la seducción del deber ser o el pudor de la academia. En sus casi mil páginas, lo que Littell emprende es una narración ontologizada de la experiencia histórica de la Alemania nacionalsocialista, es decir, un relato emanado estrictamente desde la vivencia y el juicio (esa mediación entre la facti-cidad brutal de los eventos y su codificación por parte de la conciencia de cada cual) de un personaje de ficción que, a lo largo de su tortuosa biografía y de la transparencia de sus convicciones políticas, se anima a contar su participación en los procesos, tareas y conflictos que caracterizaron a la sociedad alemana durante los años de la guerra. Sin escrúpulos, impertérrito, confiado del poder explicativo de la sola exposición de sus actos, el narrador despliega su experiencia desde Berlín a la Francia ocupada, desde Stalingrado hasta Auschwitz, desde los barrios rojos europeos hasta los poblados judíos diezmados por los Einzatsgruppen en Ucrania o Polonia. Sin intención de sintetizar las líneas arguméntales base de la novela, lo que aquí nos interesa es detenernos en dos cualidades esenciales que el texto de Littell posee: por una lado, las estrategias de escritura con las que busca representar su relato del pasado; por otro, la forma en que aborda algunos de los debates claves de la historiografía sobre el nacionalsocialismo y sus programas de exterminio.

Con un efecto a veces agotador -pero insuficiente para desincentivar la lectura-Littell reproduce de forma magistral la textura específica de la lengua nacionalsocialista, del código ideológico de comprensión del mundo que caracterizó al discurso oficial alemán a partir de la toma del poder por el NSDAP. Con la rigurosidad de un erudito, el autor que reseñamos expresa los tópicos de la weltanschauunge nazi por medio de la inclusión en su obra tanto de documentos producidos a partir del saber nacionalsocialista -de base racista y positivista-, como a través de la redacción de disquisiciones y debates políticos que, en boca de personajes históricos como Himmler o Heydrich, busca ser expresiva de la fe criminal de los ejecutores del exterminio y la coherencia de sus proposiciones. Así, la complejidad del problema de la representación del pasado es abordada desde la misma gramática de producción del conocimiento que los nacionalsocialistas constituyeron. El conflicto de la interpretación se resuelve -se supera, o quizás tan solo se desvíe y oculte bajo la alfombra de la semántica- en la misma lengua nazi, en el código de expresión/encubrimiento de la realidad, de la atrocidad. Sin afán de juicio o expiación, el oficial SS que protagoniza el relato se limita a decir, a narrar, a exponer lo acontecido con la distancia formal que la ideología y sus reglas de producción de conocimiento implican. Como mecanismo de desactivación de la inenarrable y opaco denunciado por la reflexión historiográfica, Littell utiliza la jerga nacionalsocialista, entendida como función de adecuación de los datos de la realidad a los esquemas de comprensión/producción que en la historia efectiva fueron implementados para su despiadada transformación. No es el dilema del lector -o del autor- aprobar o disentir de los argumentos de justificación de la masacre; lo relevante es dar cuenta de cómo estos fueron producidos, del orden lógico al que pertenecen, de la cualidad omnicomprensiva que los articulaba.

En segundo término, el texto que aquí comentamos logra -y en este logro evidencia años de concienzuda investigación por parte del autor- pasar revista narrativa a parte importante de los debates historiográficos que se han desarrollado en torno al problema ya no de la historización y representación del pasado traumático europeo, sino que de las responsabilidades históricas que le cupieron a los nacionalsocialistas, los alemanes, los europeos o los contemporáneos en su conjunto, según cual sea el límite de impacto que puede aplicarse a una experiencia histórica de la magnitud de la llegada de los nazis al poder, la Segunda Guerra Mundial y los programas de exterminio a lo largo de ella implementados. En este sentido, baste para ilustrar lo que indicamos dos momentos del relato: en sus primeras páginas, y desde la siempre aséptica estabilidad del presente, con el auxilio prestado por las décadas pasadas tras la borrasca de la historia y la vejez del personaje, la narración en primera persona se esfuerza por plantear los acontecimientos que se relatarán como un espacio de experiencia por definición impermeable a la posibilidad de un juicio moral. Con una sinceridad aplastante (pero producida en los marcos de la obra de ficción), el protagonista no cuestiona ni sus propios actos -no amparado en la creencia de su positividad, sino que atrapado por sus irreversibles consecuencias- ni la búsqueda de un sentido expiatorio por parte de los sobrevivientes y perpetradores. A su juicio, la naturaleza de los mismos acontecimientos, su confusión determinante con los planos de la vida efectiva que pasará a narrar, imposibilitan la demanda así de un juicio retrospectivo (todos sabían lo que los alemanes estaban haciendo en Europa, la guerra sembró destrucción y llevó a todos los combatientes a posiciones que solo fuera del marco de la guerra podrían haber sido evaluadas de acuerdo a criterios corrientes), como la percepción de autoculpabilidad que los perpetradores, y él mismo en primer lugar, podrían experimentar. Desestimando así tanto la culpa colectiva como el arrepentimiento personal, ante los ojos del narrador solo queda asumir la función del relato: si alguien busca algo más en esta novela -se apresura a indicar- que abandone su lectura.

Un segundo acápite del vasto relato elaborado por Littell que reseña el debate historiográfico sobre la Alemania nacionalsocialista es la escena en la cual, y como parte de sus responsabilidades como oficial de la policía política de las SS, el protagonista establece un diálogo con un comisario político soviético capturado en Stalingrado. En apretadas páginas, ambos hombres, rodeados de escombros y con la derrota como único horizonte, exponen las virtudes del régimen enemigo, saludando su capacidad de afincar compromisos ideológicos en sus poblaciones, la firmeza en transformar a hombres corrientes en verdugos voluntarios. Reunidos en tal consenso, las diferencias políticas son asumidas con escepticismo, anotándose por el contrario una simpatía, una familiaridad estructural que torna aún más inevitable el que uno de los gemelos -nacionalsocialismo/estalinismo- devore al otro para poder sobrevivir. Así, lo que Littell reitera en su relato va más allá de las tesis que buscan hacer comprensible al nazismo como reverso defensivo a la amenaza bolchevique, instalando la comunidad de ambos programas de transformación radical por sobre las variaciones que su implementación efectiva pudo haber representado. Sin cinismo, las formulaciones ideológicas que trasuntan del diálogo entre ruinas hablan a la larga de la inevitabilidad de la destrucción de unos para el bienestar de otros.

Las benévolas debe su título al inagotable campo de tópicos significativos de la mitología clásica. Al igual que el código de producción de lenguaje nacionalsocialista, similar al diálogo escéptico -pero no por ello imposible- de un comisario bolchevique y un oficial SS, para referirse a sus Erinias los griegos las llamaban Euménides. Es decir, a las furias que castigaban a impíos y criminales con la locura, la tortura y la muerte, se les nominaba como benévolas, intentando así apartar la maldición que su existencia y sentido implicaban y, siempre, amenazaban. Para la reflexión historiográfica en torno al siglo XX, el dilema opaco de la culpa y la motivación de los programas de exterminio nacionalsocialistas se ha desenvuelto como eje esencial, llamando a las Erinias por su nombre, sin temerles por ser sus castigos aquellos con los que los hombres no han dejado de maldecirse una y otra vez. La elección de Jonathan Littell juega una y otra vez con el mismo dilema, pero le da -con la herramienta de la ficción- la posibilidad de no evocarlo desde el juicio de la historiografía, sino que con el fondo de la implacabilidad de los hechos, sobre el cual ordena las piezas del relato desde el lugar del protagonista, desde el lugar de las furias.

 

Marcos Fernández Labbé
Universidad Alberto Hurtado