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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.41 n.1 Santiago jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942008000100010 

 

HISTORIA N° 41, Vol. I, enero-junio 2008: 220-223

RESEÑAS

 

ALEJANDRO BANCALARI MOLINA, Orbe romano e imperio global. La romanización desde Augusto a Car acalla, Santiago, Editorial Universitaria, 2007, 332 páginas.

 

Alejandro Bancalari acaba de publicar su libro Orbe Romano e Imperio Global: la romanización desde Augusto a Caracalla (Editorial Universitaria, 2007). Esta obra cuenta con un prólogo escrito por el historiador Cesare Letta de la Universidad de Pisa y una introducción explicativa del autor. El cuerpo del libro se estructura en cinco capítulos, dedicado el primero a "La Romanización como proceso histórico de larga duración: fundamentos teóricos", el segundo a "La teoría y el estudio de la Romanización: pluralidad de modelos", uno tercero a las "Grandes variables y factores del proceso de Romanización". El cuarto aborda los "Distintos testimonios del mundo romano" y, finalmente, uno que presenta el tema "De Roma a la Aldea Global". A estos sigue un apéndice sobre las relaciones de Roma con India y China, así como por una exhaustiva y muy completa bibliografía sobre los temas abordados. En este caso, el autor da cuenta en las páginas de su obra de una efectiva consulta de este vastísimo aparato bibliográfico.

Dos ideas centrales que recorren todo el libro se refieren a los alcances que le otorga el autor al proceso de romanización que se llevó adelante entre finales del siglo I a. C. y el siglo III d. C., así como el postulado de que aquella primera formación de un imperio global permite establecer algunos interesantes paralelos con los procesos actuales de globalización.

La primera idea central de esta obra afirma que hubo un largo proceso de romanización llevado adelante por el poder romano, el cual fue relacionando de manera profunda a conquistadores (romanos) y conquistados (una gran cantidad y variada de sociedades que se incorporaron como provincias) en un imperio que se mantuvo durante una larga extensión de tiempo. Para el autor lo que permitió la mantención de esta estructura imperial durante un arco de tiempo tan dilatado radicó en la transformación de una fase inicial militar de conquista por otra en que se desplegaron "los mecanismos y factores adecuados para incorporar e integrar a las sociedades locales en la cultura y en el mundo de los romanos".

Veamos los contenidos específicos que están involucrados en idea. En primer lugar figura la afirmación de que hubo un proceso de romanización, y que este fue el resultado de una voluntad política y cultural, esto es, que fue diseñada por Roma y que no respondió solo a una voluntad de sus gobernantes sino que fue compartida en términos generales por quienes dirigieron el Imperio, tanto en la capital como por las élites locales de las provincias.

En segundo lugar, se menciona que esta voluntad de romanización formó parte del programa político de los emperadores romanos a partir del siglo I d. C., contrastando con el escaso interés demostrado en este sentido por el senado aristocrático de Roma durante los tiempos de la República.

Esa amplia extensión que se denomina "Imperio romano" y que comprendía pueblos tan variados, con historias particulares y culturas propias, creó un orden común bajo el gobierno y las leyes romanas. Los pueblos conquistados habrían aceptado dicho orden incorporándose en él de manera activa. Todo lo anterior produjo esta romanización en la que unos y otros convivieron en este imperio global.

¿Cómo fue posible algo como esto? Alejandro Bancalari dedica una parte significativa de su libro a demostrar qué sucedió, por qué los romanos incorporaron a las élites locales de cada uno de los territorios sometidos a su dominio, lo cual también se habría extendido, aunque de manera más restringida a "los ciudadanos medios y las clases bajas". Este acuerdo descansaría en dos mecanismos que actuarían de una manera simultánea: la afirmación y potenciamiento de estos grupos dirigentes en sus propios territorios, provincias a estas alturas, más la apertura del sistema y cargos de gobierno central a estos sectores, quienes habrían encontrado espacio de manera creciente en los cargos de la administración imperial, llegando incluso a ocupar algunos de ellos el cargo máximo de emperador.

En este proceso la concesión paulatina, pero sostenida, de la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio aparece como el elemento central que se sirve de hilo conductor para entender la construcción del mencionado consenso imperial. La cara más visible de este proceso se encuentra en la ya mencionada llegada al cargo imperial de ciudadanos nacidos en las provincias, pero también en la incorporación de estos al sistema económico imperial, participando de la "red romana" de negocios y el consiguiente surgimiento de importantes fortunas, aspecto este último que es poco tratado en la obra.

Hay otros dos elementos, debidamente presentados en este libro, a los cuales conviene prestar atención para entender la situación. El primero de ellos es el de la pax romana, según la cual todas las partes del imperio, bajo el estricto y férreo control de Roma, tuvieron una política exterior común. Si la guerra había sido hasta entonces un mecanismo habitual para la solución de los conflictos, a partir del dominio romano, se impusieron reglas por las cuales era la Urbs misma la que mediaba y obligaba a la solución de las dificultades en el marco de su diplomacia. Este largo período de paz posibilitó un bienestar desconocido en muchas de las provincias.

Y junto a la paz, las leyes romanas. Todos los territorios estuvieron por varios siglos sometidos a una misma legislación. Se podía estar más o menos de acuerdo con varias de estas leyes, pero era a través de ellas que se determinaba el comportamiento de las personas y las sociedades.

La descripción de la romanización planteada en estos términos constituye una postura adoptada por Bancalari ante un tema que ha generado y sigue generando debate entre los romanistas. En este sentido recomendamos la lectura atenta del segundo capítulo de este libro, donde al autor describe y comenta cada una de las variadas interpretaciones sobre este tema, el que para muchos autores debe ubicarse como un capítulo de la cuestión del imperialismo. No tenemos noticia de otra obra en que se haga una presentación tan amplia y ordenada sobre el estado actual del debate al respecto.

El orden romano descrito por el autor nos parece acertado y adecuado como una clave para entender el período observado, aunque puedan merecer algunas reservas la insistencia en que se tratara de un proceso cuya dirección era desde el centro (Roma) hacia la periferia (las provincias). La gradual incorporación de nuevos grupos al sistema imperial por la vía de la ciudadanía, la economía, los ejércitos, etc., implicó gradualmente cambios en toda la organización imperial. Se podría decir que "el uso de la ciudadanía" por parte de estos nuevos sectores introdujo novedosos y quizás inesperados elementos en la referida organización, especialmente cuando las demandas de los ejércitos de los límites, dirigidos por comandantes igualmente provenientes de zonas distantes del centro, comenzaron a llegar al poder. Esta apreciación puede verse constatada por el hecho de que en los inicios del siglo III d. C. -momento final abordado por el libro y que aparece como el de mayor logro del proceso de romanización- es justamente aquel en que el sistema empieza a experimentar una crisis y de cambios tan profundos que no serán revertidos en las décadas siguientes.

Una segunda idea central en este libro es que la Roma antigua no solo tiene un interés por sí misma, sino que representa un momento especial de la historia de la humanidad. Este imperio, sostiene Alejandro Bancalari, representó un primer momento de globalización, sirviendo de antecedente o espacio privilegiado para reflexionar sobre algunas de las tendencias consideradas más importantes de los tiempos actuales. Por cierto que se trata de una relación interesante.

Quisiera hacer un breve paréntesis para destacar que esta obra no es solo un documentado y completo libro de historia romana entre los siglos I y III d. C, algo que tiene valor por sí mismo, sino que al plantear la relación entre lo antiguo y lo actual, haciendo entrar en diálogo dos momentos distintos, se ubica en el plano del ensayo histórico.

Hasta aquí se ha hablado de romanización, paz romana, leyes, ciudadanía. Todo esto permite al autor hablar de Roma como un primer imperio global. Este habría sido un imperio intercomunicado, de modo tal que se habría dado una amplia circulación dentro del vasto escenario geográfico imperial, donde se habrían intercambiado, integrado y "globalizado" las experiencias locales. Hubo, de este modo, un elemento de globalización en la Roma antigua, y en esto la ingeniería romana jugó un papel central a través de sus sistemas de carreteras, viaductos y caminos secundarios, que posibilitó que territorios distantes y poco conocidos entre sí llegaran a formar parte de esta unidad político-administrativa, cultural y comercial mayor.

Pero, agrega, que esa primera globalización puede ser motivo de estudio, reflexión y confrontación con la que nosotros estamos viviendo: "desde una perspectiva actual, Roma es el primer gran ejemplo concreto de una "aldea global", de un "imperio global" y, por extensión, del neologismo "globalización".

Los grados de interconexión alcanzados en la antigüedad romana resultan evidentes. Pero ¿corresponde hablar de globalización? La pregunta de Alejandro Bancalari parte del presente y se inscribe en el marco de aquella famosa proposición que hicieran los historiadores de la Escuela de los Annales. Desde la actualidad, entonces, es que busca otro momento en que se hayan dado condiciones de globalización similares, y encuentra la respuesta en la Roma antigua, mutatis mutandis, por cierto. De acuerdo a los resultados que expone en el capítulo quinto puede establecerse un paralelo entre los dos momentos, y el estudio del primero podría dar mayores señas de identidad sobre el actual. Lo más interesante parece ser aquí el carácter de la proposición que se hace, restando por conocer otros aspectos, tales como el espacio que la postmodernidad le otorga a la antigüedad y en qué medida las corrientes de pensamiento que la conforman reconocen un período tan distante como su antecedente. La impresión que uno tiene es que el tiempo actual tiende a presentarse como una novedad radical, y que incorpora la perspectiva histórica, como máximo, a aquella modernidad que la antecede de manera inmediata.

Nicolás Cruz Pontificia
Universidad Católica de Chile