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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.41 n.1 Santiago jun. 2008

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942008000100009 

 

HISTORIA N° 41, Vol. I, enero-junio 2008: 217-220

RESEÑAS

 

ROBERTO AMPUERO, La historia como conjetura. Reflexiones sobre la narrativa de Jorge Edwards, Santiago, Editorial Andrés Bello, 2006, 300 páginas.

 

Roberto Ampuero, a estas alturas un escritor muy consolidado dentro de la narrativa chilena, analiza la figura y obra del novelista y ensayista Jorge Edwards, centrándose especialmente en la relación de este escritor con el espacio público, lo que lo ha llevado a ser uno los rostros más visibles de los intelectuales chilenos en esta esfera; su comprensión de la obra literaria y de la creación misma como una acto de trasgresión y, finalmente, su recurso permanente a la historia con la correspondiente reflexión al respecto. Para esta presentación y análisis, Ampuero se centra de manera preferente en las novelas La Mujer Imaginaria, El Origen del Mundo; El Sueño de la Historia y El Inútil de la Familia, obra esta última que fue publicada solo un par de años antes de la tesis de doctoral de Ampuero que reseñamos.

Hay, en primer lugar, un tiempo literario de Edwards que aparece marcado por la denominada Generación del 50 y su intento por diferenciarse y establecerse con una impronta propia dentro de la literatura chilena. La relación de este autor estará marcada por la relación de "pertenencia independiente" hacia esta generación, actitud que se concreta en su incorporación a la actividad diplomática (1957) con las prolongadas estadías fuera del país, más una larga residencia en España a partir del año 1973 y hasta su vuelta a Chile en el año 1978. Pero -sostiene Ampuero- esta "media distancia" no es solo el producto de una actividad laboral, sino que de la búsqueda intencional de una óptica desde donde poder mirar a Chile y de manera específica a aquel sector social que es el que estará siempre bajo observación crítica en sus relatos. Desde esta ubicación es que se acercará en momentos decisivos para participar en la actividad pública y también será desde ahí donde viajará hasta el centro de la clase alta santiaguina -y por extensión la élite nacional- para observarla a partir de aquellos integrantes que se deciden a cuestionarla y optar por experiencias diferentes a las que les habían sido trazadas desde fuera.

La historia tiene una importancia central en la obra de Jorge Edwards, tanto en el registro personal como colectivo. Además, ha prestado gran atención a la cercanía entre la escritura de la historia y la narrativa a partir de la segunda mitad del siglo pasado, en la medida que la historiografía va asumiendo de manera gradual que lo suyo es también la construcción de relatos.

Varios de los personajes centrales de Edwards se caracterizan por su intenso sentimiento interior de pensar las cosas por sí mismos y establecer un itinerario propio, lo cual derivará en una trasgresión con respecto a aquel otro que habían representado hasta un determinado momento de sus vidas (Inés Elizalde de La Mujer Imaginaria) o hacia aquel que parecía haber sido escrito para ellos desde el principio de los tiempos, tal como se puede apreciar para el caso de Joaquín Edwards Bello en El Inútil de la Familia. En todos los casos, la situación aparece como una revisión traumática del pasado y un tránsito hacia la marginalidad que resultará de esta decisión. En las páginas de la última obra mencionada, se encuentra la siguiente descripción: "Joaquín desafió a la familia Edwards, la suya y la mía, en años en que no era nada fácil desafiarla: Más allá de eso, fue irreverente con respecto a los poderes establecidos en su conjunto, y esto lo llevó a vivir como un ser aparte, un marginal, un excéntrico", (pág. 8). En este caso la tensión con el pasado es con una de las familias que no solo había escrito una "historia oficial" propia, sino con una que había pasado a ser una parte significativa de la "historia oficial" de la nación. El ya mencionado caso de Inés Elizalde, presentado con detención y de manera muy interesante por Ampuero entre las páginas 45 a 118, resulta más significativo aún. La decisión de esta mujer madura fue la de romper con el papel secundario al que ella, como la casi totalidad de sus amigas y conocidas, había sido confinada dentro de su familia. Esta decisión la llevará a permitir que emerja aquella personalidad que había quedado en sordina ante las duras imposiciones familiares. Su proceso de independencia será uno en busca de su pasado, pero este entrará en forma irremediable en conflicto con el pasado familiar, o mejor dicho, con aquella construcción grupal que apuntaba a evidenciar cuan estrechamente vinculada e inserta estaba su familia en aquellos espacios donde importaba estarlo. Una parte significativa de esta trasgresión se consolidará con la apertura de Inés Elizalde a un Chile que ella desconocía y que los miembros de su familia intentaban mantener en la penumbra: el Chile de la época dictatorial que parecía desarrollarse más allá de los límites de la propiedad en que ellos vivían.

En ambos casos los pasos de la ruptura lo dan artistas, esto es, figuras destinadas a introducir una crítica en un ambiente que hasta ese momento aparece sólido y ordenado de acuerdo a las categorías establecidas por sus componentes más fuertes e indiscutidos. Pero es aquí donde vuelve a parecer la referida "media distancia". Los personajes forman parte del grupo con el cual rompen y una parte decisiva de su esfuerzo vital estará destinado a marcar su independencia hacia quienes progresivamente van viendo como a otros, pero esos estarán siempre presentes, angustiándolos y obligándolos a gastar buena parte de sus vidas en definirse en contra de ellos. Es como si el tronco terminara siempre por vencer sobre las ramas centrífugas del árbol familiar. Todo este proceso no es presentado aquí, y tampoco lo será en sus otras novelas, como un viaje hacia lo que efectivamente fue, es decir, como una travesía hacia una historia verdadera. Por el contrario, se constituirá como una visión que si bien tiene gran valor para quien la esgrime, no alcanza un carácter épico de tipo colectivo. Estará destinada a convivir y combatir con otras historias.

La opción por la ruptura personal, marcada en la obra de Edwards por la habitación en espacios separados de los del resto del grupo, puede hacer poco por cambiar la visión del pasado de la familia. La esperanza reside en que otro "rebelde" recupere más adelante aquella serie de rastros que dejó el pariente anterior; pistas que nunca pueden ser borradas del todo, como la escultura del pariente de Inés, o las menciones a la figura de Edwards Bello que a lo largo de su niñez y juventud escuchó Jorge Edwards, quien termina por escribir la biografía del que alguna vez fuera un prohibido.

Lo que sucede a nivel personal-familiar, ¿tiene una réplica en el nivel nacional? Vale decir, ¿hay también aquí una historia oficial que se impone sobre la otra de manera arrolladura? Si bien se puede responder que sí, hay que hacerlo en términos generales y colocando una serie de puntos sobre las íes puesto que aquí Edwards es sutil en sus planteamientos. Roberto Ampuero se refiere al tema principalmente a través de El Anfitrión y El Origen del Mundo, aunque se puedan encontrar una serie de referencias a menciones en Persona Non Grata, Adiós Poeta y El Inútil de la Familia, entre otras. Si la Guerra Civil de 1891, como se aprecia en esta última de las obras mencionada, termina siendo la narración sobre ella llegada hasta nosotros por una de las partes, estará siempre más amenazada y expuesta a su crítica por parte de los intelectuales y artistas que la cuestionen; lo estará más puesto que es colectiva e involucra a más personas, diferentes y que parten de puntos de vista diversos. El esfuerzo solitario del miembro de la familia respecto de su grupo tiene una similitud, aunque no total con el de la colectiva. La similitud está en la soledad del exilio tratado por Edwards primero en El Anfitrión y luego en El Origen del Mundo, aunque ya hay una interesante referencia anterior en La Mujer Imaginaria; la diferencia, en cambio, radica en que el artista, aunque a un alto precio personal, puede incidir de manera importante con su crítica y visión alternativa y esto es algo que Edwards sabe con meridiana claridad a partir de su Persona Non Grata, cosa que de alguna manera había también evidenciado en su poco recuperado El Convidado de Piedra. En suma, la mirada crítica y revisionista de la historia colectiva supone aquella otra personal según se observa en la tesis de Ampuero.

Este es el camino de Edwards y que va plasmando de manera constante a través de muchos de sus personajes centrales.

La historia es un escenario al que Edwards ha recurrido en varias de sus novelas, especialmente en El Sueño de la Historia dedicada a Toesca y ahora en el relato sobre Edwards Bello. A propósito de esta inmersión en el pasado es donde Edwards ha desarrollado con profundidad la idea de que la historiografía y la narrativa de ficción se encuentran en varios puntos que resultan comunes, idea que Roberto Ampuero desarrolla de manera detenida en su libro. En efecto, mientras varios escritores conceden que puede haber una semejanza en el proceso en el nivel metodológico, esto es, en la fase de investigación, marcan una diferencia fundamental e insalvable en el uso y objetivo de la información recopilada. Esta ha sido la postura de L. Doctorow (1931), autor de La Gran Marcha, quien la ha expresado con tonos despectivos hacia el trabajo historiográfico, así como también la de Mario Vargas Llosa (1936), con más esfumaturas, a partir de la publicación de su novela histórica La Guerra del Fin del Mundo. Jorge Edwards (1931), en cambio, ha destacado la convergencia entre ambas respecto del pasado, destacando que el historiador es un también un narrador que construye un gran relato cuando su obra alcanza niveles de calidad al estilo de su tan valorado Michelet. En varias ocasiones ha hecho declaraciones como la siguiente: "El historiador tiene un material caótico a su disposición, que es el pasado, esa realidad que dices tú, que es una realidad huidiza; y hasta que el historiador no organiza esa realidad, la realidad no existe. Lo que hace el historiador es introducir una coherencia estética, y si no lo hace así no le funciona el libro como gran relato histórico. El gran ejemplo está en los historiadores antiguos, sobre todo en los griegos y en los latinos, donde se ve que la historia es pura creatividad". Estas palabras fueron pronunciadas en su polémica con Vargas Llosa en La Semana del Autor dedicada a Edwards en España y publicada en 1998, pero también, y de una manera muy clara en su discurso de recepción en la Academia Chilena de la Lengua en el año 1980. Esta idea de Edwards le ha permitido sostener que tanto la una como la otra no se levantan como relatos fieles de lo sucedido, sino "como una versión tentativa, aproximada, a ratos fantasiosa y libre, especulativa, de lo que pudo haber sucedido" (pág. 92).

Nicolás Cruz
Pontificia Universidad Católica de Chile