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Historia (Santiago)
On-line version ISSN 0717-7194
Historia (Santiago) vol.40 no.1 Santiago June 2007
doi: 10.4067/S0717-71942007000100022
| Instituto de Historia RESEÑA
RAFAEL SAGREDO y CRISTIAN GAZMURI, dirección. Historia de la Vida Privada en Chile. Tomo II: El Chile moderno de 1849 a 1925. Taurus-Aguilar chilena ediciones. Santiago, 2006, 394 pp.
En 1985, hace algo más de 20 años, apareció en Francia la Historia de la Vida Privada, dirigida por Philippe Aries y Georges Duby. El éxito de esta obra fue inmediato y su influencia en los medios académicos universitarios ha sido indiscutible. Podríamos decir que esa obra marcó una reorientación en los estudios históricos. Esta obra dio unidad a un conjunto de problemas y aportó una teoría a estudios que resultaban atractivos pero que sembraban dudas en los medios académicos más tradicionales. El espíritu, los temas y la metodología que esta obra proponía pronto cruzaron el Atlántico y en los distintos países latinoamericanos fueron apareciendo artículos y tesis de grado que se inspiraban en ella. Recientemente han sido publicadas historias de la vida privada, primero en Brasil, luego en Argentina, Uruguay y México. Ahora acaba de parecer el segundo volumen de la Historia de la Vida Privada en Chile. Como en los demás casos, su publicación ha constituido todo un suceso editorial, demostrado en sus rápidas ventas. El primer tomo ya ha alcanzado su tercera reimpresión y este, con toda seguridad, también la tendrá. Como siempre cabe la pregunta, ¿qué poseen estos libros para que la gente acuda entusiasmada a su lectura? ¿Cuál es su diferencia frente a la mayoría de los libros de historia? En general podríamos decir que la materia que tratan, pero también los personajes que incorporan y la manera como los tratan. Evidentemente hay una inquietud con lo que nos es ocultado, con lo no dicho, con lo inconfesado. Pero los temas de la vida privada conforman una materia deleitosa, que solo si se la trata con rigor y altura intelectual contribuye al enriquecimiento de la cultura. Si no, se convierte en algo deleznable, anecdótico, suerte de pasatiempo para ruborizar pudorosas damas. Este reto lo han tenido bien presente los profesores Sagredo y Gazmuri, coordinadores de la obra, que en el prólogo al primer volumen afirmaron los propósitos de su proyecto. Atentos a los más firmes postulados de Aries y Duby se han propuesto alcanzar ese terreno que nos es más esquivo a lo historiadores: los secretos, las pasiones, las emociones. La historia de la vida privada trata un hecho trascendente, la formación de la intimidad. Constituidas en los últimos doscientos años, la noción y la vivencia de la intimidad conforman uno de los elementos constitutivos de nuestras sociedades. Lo intimo, lo privado, es lo que callamos o resguardamos en nuestros domicilios, lo que no exponemos fácilmente a los demás. Pero lo privado no tiene una delimitación precisa. Cuántas formas de intervención ha tenido la comunidad en lo asuntos privados. El derecho liberal elevó a la familia y la propiedad, es decir, al ámbito doméstico, al rango sagrado de lo privado. Pero el dominio privado no es infranqueable, existe una permanente tentación de intervención sobre él. La historia de la vida privada, de alguna manera, no es otra cosa que el estudio histórico de la tensión entre lo público y lo privado. Historia que para Europa posee una cronología y una conformación establecidas, pero qué podemos decir al respecto en América Latina, en un país como Chile. Este tomo trata justamente la época en que el Estado naciente legisla sobre lo público y lo privado, sobre la sociedad y el individuo. Sin embargo, este parecería vivir bajo el peso de la tradición y las costumbres, antes que integrado a los valores de una nueva ideología. La historia de la vida privada es una ilusión. Es el reto asumido por este grupo de historiadores por iluminar algunas de las áreas más oscuras de la historia. No cabe duda que cada uno de los ensayos que conforman este volumen tiene un estimable valor. Especialmente el de su novedad, el de tratar temas que poco o nada se habían estudiado con detenimiento. Además, son textos que revelan fenómenos, tensiones y conflictos sociales de suma trascendencia para la historiografía chilena. Encuentro en este aspecto, la que probablemente es la mayor riqueza del libro. Su trascendental aporte a la historia social. En beneficio del proyecto editorial habría que decir que toda historia de la vida privada es una historia social. Pero no exclusivamente. Y no son pocos los ensayos en los que de manera radical se quiso ir más allá: tanto a través de la narración y la abreviación del tiempo y el espacio, como encarando sujetos específicos. Una historia tal, no es fácil elaborar. No existen archivos ni fondos documentales de la vida privada. Los autores de esta obra exploraron e incluyeron documentos frescos y desconocidos. Sobresale la utilización de relatos de viajes, diarios y correspondencias, textos en los que sus autores exponen sentimientos o se interrogan sobre el significado de su existencia. Otra fuente predilecta de estos autores son los expedientes de los juicios criminales, documentación rica tanto por los asuntos que trata como por la diversidad de individuos que incorpora. Bien en calidad de inculpados o de declarantes, en los documentos judiciales aparecen marginales, gente corriente o notable dando su testimonio sobre un suceso. La multitud y variedad de información incorporada en los expedientes judiciales los ha convertido en el material más valorado y buscado por los historiadores de los últimos tiempos. En verdad, parte de la revolución historiográfica ocurrida en las últimas dos décadas se debe al descubrimiento y explotación de estos formidables documentos. Finalmente, cabe resaltar el acompañamiento iconográfico de los textos. Son ilustraciones, pero muchas veces la fuerza de estas imágenes nos estremece y nos obliga a repensar los textos. Distintas imágenes de este volumen son una verdadera primicia, llenas de significación e inquietud. Resulta imposible comentar extensamente uno a uno los distintos ensayos que conforman el volumen. Sin embargo, intentaré señalar algunos aspectos de los que me han parecido más relevantes. "Nacer para morir o vivir para padecer", de Rafael Sagredo, es una especie de ensayo de síntesis sobre la medicalización de la enfermedad en Chile. Durante el siglo XIX se consolida la Medicina como una ciencia efectiva; no obstante, la miseria, la desnutrición y la falta de higiene, junto a la resignación y el fatalismo, hicieron que la población chilena, incluso la de las ciudades, sucumbiera ante epidemias invasivas. Si la aspiración de los médicos era hacer del enfermo un paciente, es decir, un cuerpo individualizado que podía tratarse, lo que nos sugiere Sagredo es que fue un intento fracasado. O al menos, bastante limitado. En mucho el médico continuó siendo un curador de almas. Aunque el texto nos enseña de manera más íntima la alienación mental. Resulta llamativo que hayan sido dos mujeres las que más comentaron sus aflicciones mentales. Carmen Amagada, a comienzos de siglo, y especialmente Inés Echeverría, en su final, describieron sus angustias, sus delirios y sus obsesiones. Es en esta dimensión en la que el texto consigue abordar un horizonte excepcional: el enfermo (paciente) en su aislamiento luchando con sus sombras. Rene Salinas aborda un tema sumamente complejo: el contenido afectivo de las parejas chilenas del siglo XIX. Todo parecería indicar que la violencia doméstica era un sustrato consolidado. Preceptos tradicionales patriarcales respaldaban una violencia cotidiana contra las esposas y las amantes. Sin embargo, el texto tiene la cautela de no reducir toda la realidad afectiva a los conflictos de pareja. El análisis de cartas y comunicaciones amorosas le permite al profesor Salinas interrogarse sobre el carácter de este discurso afectivo. Ante la diversidad de contenidos tradicionales, nuevos, románticos y burgueses, prefiere reconocer la presencia de un "individualismo criollo". Una afectividad que no negaba la sensualidad ni el erotismo, pero que a la vez aspiraba a cumplir con los convencionalismos familiares y sociales. En un sabroso ensayo sobre la cultura popular chilena, en uno de sus ángulos más ricos, la comida, la música y el humor. Maximiliano Salinas enseña su fuerte vivencia colectiva y comunitaria. En una oposición entre la cultura popular y la cultura occidental -no desarrollada acertadamente por el autor- aparece el carnaval como el evento más peculiar y el roto como su personaje esencial. El roto con su existencia contradice la nueva ideología del orden social. No obstante, habría que recordar -como baño de agua fría- que el roto es también un miserable, un marginado. El roto, la pobreza y la ignorancia fueron señalados como los responsables del atraso, de la postergación de la modernidad. Durante el siglo XIX las naciones occidentales encararon un agudo debate por redefinir el rol de la Iglesia en la sociedad. Los procesos de secularización de la Educación y de recorte de privilegios eclesiásticos estuvieron enmarcados por un discurso que buscaba reducir lo religioso a su dimensión espiritual. Pero, como lo analiza Sol Serrano, la extensión de la Iglesia católica en la vida pública chilena era enorme, por lo que el debate y enfrentamiento con el liberalismo secularizador fue tajante. En ocasiones desgarrador, toda vez que muchas veces ese debate cruzaba el dominio doméstico. El incendio de la iglesia de la Compañía en 1863, con sus más de 2.000 víctimas, la mayoría de ellas madres de familia, puso de presente la red e incidencia de la Iglesia sobre la sociedad santiaguina. La presencia temprana de anglicanos y protestantes, que a su vez reclamaban legitimidad para el ejercicio de su credo, hizo aún más crítico el proceso secularizador. El enclaustramiento del culto religioso en los templos y en los medios domésticos, probablemente fue un proceso más lento e interrumpido que el que finalmente nos indica la autora. Un poco en este mismo contexto apareció el movimiento espiritista, tratado aquí en forma oportuna por Manuel Vicuña. Culto secreto, profundamente doméstico y familiar, el espiritismo tuvo en Chile una difusión excepcional. Anclado de preferencia en sectores elevados y cultos de la sociedad, aunque en ocasiones también en sectores populares, el espiritismo fue algo más que una curiosidad. El rencuentro con los familiares perdidos en sesiones intensas con mediums saldaban el misterio de la muerte para hombres y mujeres. Llama la atención que los propósitos de esa comunicación fuera tan emocional y, por momentos, tan banal. La Guerra del Pacífico, estudiada por Carlos Donoso y Juan Carlos Couyoumd-jian en todo su dramatismo, conforma un capítulo crucial de la historia chilena. No es el propósito expreso de este texto efectuar una revisión de la idealización heroica de los combatientes y la victoria, sino el de mostrar el entorno social y las iniquidades de esta guerra. Las solas respuestas a las preguntas "Quiénes" y "Por qué fueron a esta guerra" que nos ofrece este ensayo, nos conducen a descubrir complejas realidades personales y familiares. Las sorprendentes imágenes que acompañan este texto, fotos de soldados mutilados, conservadas en el Museo Histórico Nacional, muestran tempranamente las huellas físicas de la guerra. Estos y los veteranos sin pensión que inundaban las calles de Valparaíso formaron la más acuciosa memoria de la avanzada sobre el Perú. De otro lado, contrario a lo que pudiéramos pensar, el sistema carcelario anula toda privacidad. Como nos lo enseñan Daniel Palma y Marcos Fernández, al menos hasta mediados de siglo XX, el aumento de la población carcelaria y la precariedad de la institución correctora hicieron del hacinamiento y la miseria sus rasgos más distintivos. Aunque se pregonaba la teoría de que el encierro y la incomunicación eran los mejores medios para conseguir el arrepentimiento y la readaptación de los delincuentes, estas pocas veces podían ejecutarse. A falta de celdas privadas, los presos eran conducidos a enormes pabellones donde llevaban una existencia miserable. La cárcel, como el campo de concentración, ha hecho interrogarse sobre la pérdida no solo de toda privacidad, sino de la misma identidad. Los cuerpos entremezclados, la fisiología corporal expuesta, el imposible pudor... Pero es cierto, aun en esa realidad límite, los seres humanos construyeron formas de sociabilidad que escapaban a la mirada del carcelero. Finalmente, los niños, uno de los sujetos menos presente en nuestras historiografías es incluido aquí con dos ensayos. En el primero, "Civilizar y moralizar en la escuela primaria popular", María Loreto y Mario Monsalve, tratan la conformación del sistema de disciplinamiento de los escolares. Formar un individuo útil a la patria implicaba la enseñanza de un conjunto de valores y normas precisas, que requerían un riguroso sistema de controles y castigos. Pero, en ese entonces, y en ese aspecto, nos atrevemos a pensar, muy poco difería de los sistemas establecidos por las instituciones religiosas o laicas para las élites. En el segundo, Jorge Rojas, en un texto restaurador, analiza la que a su parecer fue una década decisiva para los niños chilenos: la de los años veinte. Fue cuando los juegos y diversiones infantiles empezaron a ser tomados en serio por las instituciones y los medios periodísticos. El recreo infantil era un hecho doméstico, que sucedía en un cuarto o en el patio de la casa. Aunque también muchos juegos, como el recordado de la chapita, ocurrían en las calles. El hecho significativo es que por primera vez se construyeron parques o plazas de juego para los niños. A ello se sumó un particular aumento de la literatura para niños y de la creación del deporte escolar. En suma, la sociedad empezaba a entender que jugar era una condición y una necesidad de los infantes. Que si se quería que los adultos chilenos fueran alegres y felices debía procurarse y enriquecerse el juego de todos sus niños. Este conjunto de ensayos, y otros que no comenté por razones de espacio, conforman una obra que satisface gratamente. Al terminar sus páginas, los nuevos temas, personajes, relatos y problemas quedan como constatación de un momento historiográfico importante en Chile. Esperaremos con ansiedad la aparición de su tercer volumen. PABLO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ |










