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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.39 n.2 Santiago dic. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942006000200003 

 

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile
Historia No 39, Vol. 2, julio-diciembre 2006: 431-475
ISSN 0073-2435

ESTUDIOS

 

EL PESO DE LA MEMORIA EN LOS INICIOS DE LA TRANSICIÓN A LA DEMOCRACIA EN CHILE (1987-1988)

 

CAROLINA GARCÍA GONZÁLEZ1

1 Este artículo en un extracto de la Tesis El peso de la memoria en los inicios de la Transición. Chile,1987-1988, para optar al grado de Licenciada en Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile. 2004. Correo electrónico: cagarcig@gmail.com


El artículo que se presenta a continuación analiza los primeros años de la transición chilena (1987-1988) desde la perspectiva de la memoria histórica, considerando la forma en que los recuerdos de lo que habían sido los gobiernos de Frei y de la Unidad popular, así como los del golpe de Estado y la dictadura, marcaron el desarrollo político y social durante el periodo señalado, es decir, el proceso plebiscitario de 1988. Para ello, se consideran las instancias que hicieron posible dicho proceso electoral, las campañas oficialistas y opositoras que se desarrollaron, y las razones que permiten explicar su resultado y considerarlo el punto de origen del proceso que permitió el retorno a la democracia en Chile, tras diecisiete años de dictadura.

Palabras claves: memoria, transición a la democracia, plebiscito, campañas electorales.

The article that is shown analyze the firsts years of Chilean transition (1987-1988) from the perspective of the historic memory, considering the shape in that the remembers of had been the Frei and Popular Unity government, thus like the military State Stroke and the Dictatorship, signed the politic and social development in that period, specially, in the voting process of 1988. For that, we consider the instances that made that voting process possible, the developed pro-government officials and opponents campaigns, and the reasons that explain the results to consider it the process origin point that it allowed the return to the democracy in Chile, after 17 years of dictatorship.

Key words: memory, transition to democracy, voting process, electoral campaign.


La transición a la democracia es sin duda uno de los hechos histórico más relevantes dentro de la historia reciente de Chile, ya que tras diecisiete años de dictadura el país volvió a la democracia. Sin embargo, no es un caso excepcional en su época, ya que se enmarca dentro de lo que se conoce como la Tercera Ola de Democratizaciones, específicamente en el periodo en que la Guerra Fría comienza a llegar a su fin y los procesos de transición a la democracia empiezan a proliferar en Europa del Este y Sudáfrica. Además, en el ámbito regional, también se daba una tendencia hacia la democracia, habiendo ya caído todas las dictaduras sudamericanas.

No obstante, las características de la transición chilena llaman particularmente la atención a nivel internacional, haciéndola sumamente atractiva y despertando el interés por ella. El hecho de que Chile haya pasado de una dictadura de 17 años de duración a un gobierno democrático, de forma pacífica y consensuada, sin que mediara el quiebre o derrocamiento del gobierno del general Pinochet, como pasó en el caso argentino, o a causa de la muerte del dictador, como ocurrió en la España de Franco, hacen de la transición chilena un caso peculiar.

Estas mismas características determinaron, por otra parte, que muchos elementos de la dictadura siguieran y sigan presentes hasta hoy día en la sociedad y en el sistema político chileno (sistema económico y democracia protegida, principalmente), derivando en una falta de consenso en lo que se refiere a la duración de la transición y a los hechos que habrían marcado su término. En efecto, hay una gran diversidad de posturas con respecto al momento en que habría terminado la transición. Para algunos, la transición concluyó en marzo de 1990 cuando asume el gobierno Patricio Aylwin, poniendo fin al régimen de Pinochet y dando paso a un gobierno democráticamente electo2. Para otros, la transición chilena aún no habría terminado, ya que hasta el día de hoy la democracia está incompleta a causa de la persistencia de los denominados "enclaves autoritarios" heredados del periodo dictatorial, como por ejemplo, el sistema electoral binominal3. Por último, en una posición intermedia, están aquellos4 que proponen que la transición habría terminado el 16 de octubre de 1998 con la detención de Pinochet en Londres, ya que con ella se habría puesto fin a la sensación constante de inestabilidad que experimentaba el régimen político chileno, a causa de su presencia constante en el poder, ya fuera como Presidente, Comandante en Jefe del Ejército o como senador vitalicio. Con su detención, Pinochet dejó de ser intocable, perdió su impunidad, y por lo tanto, el riesgo para la estabilidad del régimen democrático que se veía en él, desaparece.

Más allá de las diferencias sobre la duración y el término de la transición chilena, lo que realmente importa para este análisis, es el alto grado de consenso que hay en torno al hecho que habría marcado su inicio. Prácticamente todos los estudios sobre este proceso señalan que su origen se encuentra en el plebiscito del 5 de octubre de 1988, el plebiscito del y el No.

El tema a partir del cual se pretende analizar este proceso, corresponde al peso de la memoria en los inicios de la transición a la democracia en Chile, reconociendo al plebiscito de 1988 como el punto de origen del proceso de transición chileno, y considerando que sus características tienen mucho que decir a la hora de entender este proceso de transición y el tratamiento que se le ha dado a la memoria desde el retorno a la democracia.

El estudio de esta temática se justifica, en primer lugar, por lo útil que podría ser para la sociedad chilena comprender desde la perspectiva histórica las razones por las cuales los inicios de la transición en Chile se desarrollaron de la forma en que lo hicieron, sobre todo cuando se considera que los estudios historiográficos en este sentido son sumamente escasos. En segundo lugar, por la importancia que tuvo el plebiscito del y el No para el proceso de transición a la democracia. Gracias al triunfo de la opción No, encabezada por la oposición al régimen, se hicieron posibles las reformas a la Constitución de 1980, la realización de elecciones libres y el término de la dictadura del general Pinochet. Y, en tercer lugar, porque la memoria como perspectiva desde la cual se busca comprender el pasado reciente de Chile, casi no ha sido utilizada, aun cuando permite tener una visión bastante amplia del proceso en cuestión, ya que implica un análisis no solo político, sino también social, porque lo que considera son los efectos que tuvo el peso de la memoria colectiva que reinaba en la sociedad chilena durante los últimos años de la década de los ochenta, en la forma en que se concibió y desarrolló el plebiscito del 88 y el proceso de transición chileno.

La relación entre memoria e historia que se ha establecido para esta investigación, plantea que la memoria es un objeto de la historia, es decir, una perspectiva desde la cual también es posible reconstruir el pasado. Por tanto, memoria e historia no son lo mismo. Hasta la década de 1960, para la historiografía "era la historia escrita la que configuraba una cierta memoria de la colectividad, hoy el proceso habitual de acceso a la memoria colectiva del pasado se ha invertido y la memoria se ha situado en la raíz de la historia"5. Esta nueva concepción de la memoria la define como "una forma de distinguir y vincular el pasado en relación al presente y al futuro"6. "La memoria es la herramienta con la cual la sociedad se representa los materiales, a veces fructíferos, a veces estériles, que el pasado aporta para construir el futuro"7. Esto quiere decir que al hacer la historia de la memoria que se tiene en un determinado presente sobre un determinado pasado, no solo se puede comprender y conocer en qué consiste el recuerdo sobre un acontecimiento o proceso en particular, sino que también se puede comprender cómo la sociedad que recuerda organiza su presente y planifica su futuro. Es a partir de la memoria que las sociedades sacan lecciones del pasado y de acuerdo a estas lecciones se puede justificar su repetición o su rechazo, ya sea completo o parcial, a la hora de transformar el presente para construir cierto futuro anhelado8.

En el caso de Chile, hasta el día de hoy los acontecimientos de las últimas cuatro décadas de su historia provocan que este sea un país dividido por su pasado9. No hay un consenso dentro de la sociedad chilena sobre la memoria de este periodo histórico. Se tienen "opiniones distintas sobre las causas de la crisis de la democracia, los factores que llevaron a la intervención de los militares en política, la forma en que ejercieron el poder y los cambios que introdujeron en la economía y en la política. Estas divisiones penetran en diversos temas de la cultura cívica de los chilenos, como el carácter de la política, sus principales instituciones y los valores que deben prevalecer en ellas, incluso sobre el sentido de la democracia"10. Esto se debe a que la tradición democrática que caracterizó a Chile durante el siglo XX, provocó que la crisis, la radicalización y polarización que comenzó a gestarse en el país durante el gobierno de Frei Montalva, alcanzando ribetes impensados durante el gobierno de la Unidad Popular, y derivando en el golpe de Estado de septiembre del 73 y en el quiebre democrático, marcaran de manera traumática la forma en que la sociedad chilena elaboró su memoria de este periodo histórico.

La memoria de los gobiernos de Frei y Allende, pero sobre todo la de este último, quedó irremediablemente ligada a la memoria del golpe de Estado y la dictadura. Estas memorias coexisten hasta el día de hoy luchando por legitimarse como la memoria de la sociedad, poniendo de manifiesto la fragmentación de la sociedad chilena11. Mientras hay memorias dolorosas, otras son triunfantes, sin embargo, ambas tiene en común el carácter traumático que les dio origen. "El 11 de septiembre de 1973 es vivido por los chilenos como una ruptura que -tanto en la vida personal como en la del país- marca un corte tajante entre un antes y un después. La interpretación del golpe varía, pero tiende a entenderlo como una irrupción que lo trastroca todo"12. Se fuera momio, upeliento, derechista, democratacristiano o izquierdista, el golpe fue percibido como algo que lo cambió todo, ya fuera para bien o para mal. Los hechos que lo acompañaron, la escena con la que se lo recuerda, mezcla de grandiosidad y terror, sin duda marcó a la sociedad chilena, incluso a las generaciones que todavía no habían nacido.

Si consideramos que esta división sigue estando presente hasta el día de hoy, no es difícil imaginar la fuerza que la memoria y esta división que la caracterizaba, tenía en 1988.

La hipótesis de esta investigación propone que en el Chile de 1988 el peso de la memoria histórica sobre los hechos que habían, marcado el desarrollo de los últimos veinte años del país era sumamente fuerte y se caracterizaba por el temor a que los lamentables hechos ocurridos durante este periodo, y que quedaron marcados por el golpe de Estado, volvieran a reeditarse. La memoria colectiva que este hecho generó fue traumática, provocando una identificación de la democracia con el "caos" de la Unidad Popular y, a su vez, a este gobierno con el golpe de Estado y la represión y autoritarismo que trajo aparejado. Esta memoria colectiva, que si bien contenía una serie de memorias distintas sobre las causas, consecuencias y significados del golpe de Estado, se caracterizaba precisamente porque todas ellas contaban con este elemento traumático, el que se reflejaba en el temor que reinaba en la sociedad chilena. Prácticamente todos los chilenos le tenían aprensiones a la posibilidad de volver a la democracia. Unos temían que esto significara el surgimiento de una nueva Unidad Popular, otros que pudiera derivar en un nuevo golpe de Estado o que se hiciera un fraude para desconocer el triunfo opositor y se desatará la peor de las represiones contra quienes habían osado votar contra el régimen.

Las campañas del y del No se construyeron en gran medida influidas por esta memoria y el miedo que existía en la sociedad. El gobierno de Pinochet los usó para acrecentar los temores sobre el caos, desorden e inestabilidad que traería el retorno a la democracia. La oposición, en cambio, los usó para concluir que debía actuar de la forma más alejada posible de lo que había sido su comportamiento confrontacional durante la Unidad Popular y la dictadura, dando una imagen de unidad, consenso y orden que despertara en la sociedad la confianza de que el triunfo del NO en el plebiscito y el retorno pacífico a la democracia eran posibles.

Con el objetivo de desarrollar esta hipótesis, la perspectiva desde la cual será analizado el inicio de la transición chilena, corresponde al peso que tuvo la memoria colectiva y la memoria histórica en la forma en que se desarrollaron los principales acontecimientos acaecidos durante este periodo.

Por memoria colectiva entendemos a la memoria propia de una sociedad nacional, la cual implica en sí misma a todas las memorias de los distintos grupos o sociedades particulares que la componen13. Esta se forma a partir de una o dos generaciones de gente que sienten que han vivido una experiencia personal ligada a grandes procesos o hechos históricos, de virajes o rupturas tremendos, que cambian el destino14; y consta del recuerdo que estas generaciones tienen de su propia historia, así como de las lecciones y aprendizajes que, más o menos conscientemente, extraen de la misma. Por tanto, incluye tanto el contenido de la memoria (recuerdo de acontecimientos históricos específicos) como los valores asociados a su evocación (lecciones y aprendizajes históricos), modificados, frecuentemente, por las vicisitudes del presente"15.

En el caso de una sociedad en cambio o transición, como lo era la chilena a fines de la década del 80, "la memoria y las tradiciones históricas juegan un papel fundamental, bien como referencias positivas (evocando acontecimientos gloriosos, o instituciones que funcionaron bien en el pasado) que aportan ejemplos dignos de ser seguidos, bien como referencias negativas (evocando hechos vergonzosos, fantasmas de destrucción, o instituciones que fracasaron estrepitosamente), que indican lo que debe evitarse"16. Es por esta misma razón que, para poder comprender la forma en que se llevó a cabo el plebiscito de 1988, es necesario considerar el peso que tuvo la memoria colectiva de la sociedad con respecto a lo que fueron los dos últimos gobiernos democráticos, el golpe de Estado y la dictadura que lo siguió.

La memoria histórica, en tanto, es entendida como "aquella parte del pasado que, debido a una coyuntura concreta, tiene capacidad de influir sobre el presente, tanto en el sentido positivo (ejemplo a seguir) como en sentido negativo (contraejemplo, situación repulsiva que hay que evitar). Dicha rememoración se debe a la existencia de una analogía, real o imaginada, entre la situación del presente y del pasado vivido; en ocasiones, lo importante no es si las dos situaciones históricas son realmente parecidas, sino que sean percibidas como tales por los actores políticos y sociales"17. Y en el Chile de los inicios de la transición, fueron amplios los sectores políticos y sociales que sintieron que el pasado traumático de la Unidad Popular y el golpe de Estado podían repetirse. La memoria histórica, en este sentido, juega un papel clave dentro de la elaboración de la memoria colectiva que se presenta en los orígenes de la transición chilena. Es más, es precisamente por esta influencia que puede alcanzar la memoria en los procesos de transición, que el conocimiento de la memoria histórica de una sociedad es fundamental para entender su diseño institucional18. Se cree, profundamente, que la memoria tiene mucho que decir a la hora de comprender por qué las elites políticas y la ciudadanía actuaron como lo hicieron frente al plebiscito de 1988, frente a los límites establecidos para llevar a cabo la transición y frente a la necesidad de enfrentar como sociedad los traumas generados por el pasado.

1. EL LARGO CAMINO HACIA EL PLEBISCITO

El plebiscito del y el No es uno de los tantos hitos ocurridos en Chile durante los años de dictadura. Al hablar del largo camino hacia el plebiscito, no se busca desmerecer lo ocurrido en estos años o ponerlo en un lugar inferior a este hecho puntual. Más bien, se usa esta concepción para comprender la serie de hechos, medidas, leyes y situaciones que hicieron cambiar la tradicional forma que habían tenido los chilenos para relacionarse con el sistema político, económico y social a lo largo de su historia republicana, haciendo necesario que ocurriera un hecho como el plebiscito del 5 de octubre de 1988, para que se pudiera iniciar la recuperación de la democracia perdida el 11 de septiembre de 1973.

El golpe de Estado encabezado por Augusto Pinochet y concertado entre el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros no solo puso fin al gobierno constitucional de Salvador Allende, sino que también acabó con la democracia chilena. Desde ese mismo 11 de septiembre se impuso durante varios años toque de queda, se cerró el Congreso, se proscribieron los partidos de la UP y los otros entraron en receso hasta que en 1977 también fueron proscritos; la prensa de izquierda desapareció y se purgó la administración pública, la cual quedó bajo la dirección de oficiales militares o navales al igual que las universidades19. Además, se estableció el Estado de sitio, limitando de manera radical los derechos civiles y sociales, y se declaró que el país estaba en estado de guerra. A pesar de que hoy se sabe que no había condiciones suficientes para que el país enfrentara en el momento del golpe una guerra civil, los militares, dada la polarización a la que había llegado el país y a causa de la demagogia izquierdista, creían que efectivamente estaban en una guerra y que los partidarios de la UP eran verdaderos enemigos a los que había que eliminar20. Actuaron con la brutalidad propia de la guerra, y desde ese día la represión y el miedo se apoderaron del país. El gobierno militar impuso un verdadero estado del terror21 que con el tiempo se fue perfeccionando e institucionalizando en los servicios de seguridad, especialmente en la DINA y, posteriormente, en la CNI. Estas instituciones fueron las encargadas de llevar a cabo la represión en contra de los opositores al régimen, lo que derivó en la violación sistemática de los derechos humanos a lo largo de toda la dictadura22.

El nuevo gobierno que en un comienzo se planteó así mismo como el "restaurador del sistema democrático existente según la Constitución de 1925", al poco tiempo decidió dejar de lado esta misión porque consideraba que era el mismo sistema democrático, que dicha Constitución había impuesto, la causa de la crisis que el país había tenido que enfrentar23. Por tanto, se propuso eliminarlo de raíz a través de una obra de "refundación, reconstrucción y restauración"24. Es decir, se consideraba que había que cambiar a la sociedad chilena, había que construir una nueva institucionalidad que evitara que el país cayera nuevamente en la amenaza marxista, y había que cambiar la concepción de democracia existente y el rol que había desempeñado el Estado hasta ese momento. Esa es la razón por la cual se elaboró una nueva Carta Constitucional y se llevó a cabo una profunda revolución económica, que cambió de manera radical la forma en que se había concebido hasta ese momento el papel del Estado y las prácticas que este tenía para relacionarse con la sociedad. Desde ese momento ya no hubo plazos, sino metas, estableciéndose el gobierno más largo del que Chile tenga memoria.

Uno de los objetivos de la política refundacional que pone en práctica el gobierno militar, fue la elaboración de una nueva institucionalidad política que reemplazara a la existente y que estableciera un nuevo tipo de democracia. Para ellos, la raíz de todos los problemas nacionales no solo se encontraba en el gobierno de la UP, sino "en el conjunto de los procedimientos políticos e institucionales pre-existentes, los cuales habían sido instrumento de ambiciones egoístas y demagógicas y que, llegado el momento, habían sido incapaces de defender al país de la 'amenaza marxista'"25. El gobierno militar rechazaba las disposiciones de la Constitución de 1925 y por esta razón elaboró una nueva Carta Fundamental para reemplazarla.

La nueva Constitución estaba constituida por dos partes. La primera correspondía al articulado permanente, es decir, la Constitución en sí, en el cual se establecía una democracia autoritaria, protegida y, según el gobierno, libre de los vicios de la democracia derrocada26. Para ello imponía un sistema de gobierno sumamente presidencialista, reducía las funciones del Congreso y limitaba la soberanía popular al establecer la designación de un tercio del Senado. Además, prohibía la existencia de partidos que tuvieran una base ideológica totalitaria, entendida como marxista, y establecía la tutela militar sobre la institucionalidad política.

La segunda parte, en tanto, era el articulado transitorio, el cual fijaba el entramado legal por medio del cual Pinochet debería gobernar entre 1981 y 1989, y fijaba el itinerario de sucesión que seguiría una vez que terminara este periodo. La idea original era que Pinochet gobernara hasta 1997, pero era demasiado aberrante establecer de una sola vez que Pinochet se quedara 16 años más de los que ya llevaba en el poder. Para solucionar esta situación se decidió dividir el periodo presidencial en dos. La primera etapa duraría hasta 1989, y un año antes de que se acabara este plazo, los Comandantes en Jefe de las FF.AA., incluido Pinochet en su calidad de Comandante en Jefe del Ejército, deberían seleccionar un candidato único (que podría ser Pinochet), para ser ratificado en un plebiscito. Si el candidato era aprobado, seguiría gobernando hasta 1997, llamaría a elecciones parlamentarias y desde marzo de 1990 entraría a gobernar con el articulado permanente de la Constitución. Si perdía, Pinochet continuaría en el gobierno hasta marzo de 1990 y en este periodo se llamaría a elecciones presidenciales y parlamentarias y el nuevo Presidente asumiría en marzo de 1990, fecha en la que, además, la Constitución entraría en plena vigencia.

Una vez lista, la nueva Constitución fue sometida a la aprobación ciudadana a través de un plebiscito en septiembre de 1980. A pesar de que el plebiscito constitucional dejó mucho que desear en términos de limpieza y legitimidad27, la Constitución fue probada por un 67% del electorado, entrando en vigencia en su articulado transitorio, el 11 de marzo de 1981.

Hacia fines de 1980 el régimen militar estaba en su máximo apogeo. Además de la aprobación de su Constitución, estaba en medio del boom económico que se estaba experimentando desde la aplicación de las reformas neoliberales al sistema económico28. Todo hacía presagiar que las cosas saldrían como el gobierno quería, que el itinerario fijado se cumpliría al pie de la letra, que el proceso refundacional y transformador de la sociedad podría llevarse a cabo sin ningún tipo de inconvenientes, y que Pinochet permanecería en el poder, por lo menos, hasta 1989. Sin embargo, hacia 1982, las cosas comenzaron a cambiar y de ahí en adelante nada sería como se había pensado.

Durante los últimos meses de 1981 había alarmantes síntomas de que el milagro económico alcanzado a fines de la década pasada estaba llegando a su fin. La crisis internacional del petróleo acabó con el asombroso crecimiento económico chileno y demostró que este tenía pies de barro. Gran parte del aumento de capitales experimentado se debía al flujo de préstamos extranjeros, de hecho, Chile se había transformado en uno de los países con la mayor deuda externa per cápita de Latinoamérica. El sistema funcionaba gracias a estos créditos, y cuando dejaron de llegar, la crisis se desató. Quebró gran parte de la banca y numerosas empresas, el desempleo se disparó hasta alcanzar el 30% y el PIB cayó más de un 14%. A pesar de la oposición de los economistas que esperaban que la lógica de mercado regulara la situación, el gobierno se vio obligado a intervenir, comprando la deuda de la banca chilena y de varias empresas, y generando programas de emergencia para generar más empleo29.

El descontento social generado por la crisis económica, sumado al cansancio de casi diez años de dictadura y represión, comenzó a estimular el accionar de los partidos políticos y sindicatos de oposición30. Esta actividad opositora derivará en lo que se conoce como las jornadas de protesta nacional, por medio de las cuales amplios sectores sociales manifestaron su descontento con el régimen militar. Estas protestas comenzaron en mayo de 1983, con la primera protesta nacional organizada por la Confederación de Trabajadores del Cobre, y se extendieron hasta 1986.

Las protestas fueron de especial relevancia para el desarrollo político de Chile en los siguientes años, ya que tuvieron dos importantes consecuencias. En primer lugar, permitieron la resurrección de las fuerzas opositoras, especialmente de las políticas31. Hasta 1983 la oposición política al régimen había sido prácticamente invisible. Los servicios de seguridad habían diezmado a la oposición socialista, comunista y mirista que actuaba en la clandestinidad y muchos de sus personeros políticos se encontraban exiliados. La Democracia Cristiana, por su parte, se encontraba proscrita desde 1977. A esto se sumaba que la oposición se encontraba profundamente dividida, la DC y los partidos de la UP, a pesar de la represión y de la pérdida del sistema democrático que había significado el golpe, no lograban superar las diferencias y la polarización que las había caracterizado durante el gobierno de Allende32. No obstante, fueron precisamente las protestas y la fuerza con que estas despertaron a la oposición social, lo que le permitió a la oposición política reaparecer en el escenario nacional, reactivar su actividad política y alcanzar el consenso que no habían logrado en los años anteriores33. En agosto del 83, la DC, el PR, el PS-Núñez y otras pequeñas agrupaciones como la Socialdemocracia, la USOPO y el Partido Liberal hicieron un pacto opositor y conformaron la Alianza Democrática. La oposición más radicalizada, integrada por el PC, el PS-Almeyda, el MIR y la Izquierda Cristiana conformaron en octubre del mismo año el Movimiento Democrático Popular (MDP), con una postura rupturista un poco más radical que la de la Alianza Democrática. Después de casi diez años de dictadura, la oposición lograba establecer algún grado de acuerdo y adoptar una estrategia determinada para poner fin al gobierno militar. Se optó por la estrategia de la "movilización social" con el objetivo de provocar, por medio de las protestas nacionales, la desestabilización del régimen y una ruptura que permitiera el retorno a la democracia34.

A esta reaparición de la oposición política, se sumó el surgimiento de una oposición más extremista, que proponía la rebelión popular armada como mecanismo para derrotar a la dictadura. Estas agrupaciones correspondían al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), reorganizado desde 1978, y al Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), formado a fines de 1983 y ligado al Partido Comunista. Estos grupos serían los que pondrían la nota terrorista a los últimos años de la dictadura35.

La segunda gran consecuencia de las protestas fue el desconcierto y sorpresa que se produjo dentro del gobierno, al apreciar el descontento social que causaba. Su reacción frente a las protestas, una vez que pasó el desconcierto inicial, fue de doble naturaleza. Por un lado, se aumentaron los niveles de represión en contra de los manifestantes, sacando miles de soldados y de agentes secretos a la calle para apaciguar a la multitud opositora. Por otro lado, se impulsó una apertura política cuya finalidad era acabar con las protestas y contribuir a aminorar el descontento de los sectores opositores. Para lograr este objetivo, se nombró como ministro del Interior al ex presidente del Partido Nacional, Sergio Onofre Jarpa, quien tendría dos misiones en este sentido. Primero, generar la apertura de ciertos espacios políticos, motivo por el cual se tomaron varias medidas como permitir el regreso de algunos exiliados, levantar la censura a la prensa permitiendo la aparición de nuevos semanarios, y autorizar la elección de las directivas en los colegios profesionales y federaciones de estudiantes. Esta apertura, además de abrir otra puerta a la politización social, estimuló la reorganización de los sectores políticos cercanos al gobierno militar, en partidos políticos. Volvió a la escena pública el tradicional Partido Nacional y aparecieron nuevas organizaciones de derecha, como la UDI y el Movimiento de Unión Nacional (MUN).

La segunda misión de Jarpa era establecer un diálogo con lo que el régimen denominaba la oposición democrática, organizada en la Alianza Democrática, el cual contó con la mediación del cardenal Fresno. Sin embargo, este diálogo nunca pudo concretizar ningún acuerdo. Por un lado, la posición de la oposición, que pedía la renuncia de Pinochet, era demasiado radical para el momento político que se vivía, y por el otro, Jarpa nunca tuvo verdadero poder para establecer un acuerdo. El diálogo fue solo una táctica para apaciguar los ánimos y despistar a la oposición36, mientras Pinochet trataba de restablecer todo su poder y liderazgo. Sin embargo, el Cardenal no desistió en sus intentos de mediación. Hacia fines de 1984, hizo un nuevo llamado al diálogo y propició la elaboración de un Acuerdo Nacional de Transición a la Democracia, en el cual se fijaban las condiciones para lograr el retorno de la democracia, al cual adhirieron no solo la Alianza Democrática, sino también el PN y el MUN. Sin embargo, y a pesar de lo amplio del acuerdo establecido, el gobierno lo ignoró y no atendió al llamado eclesiástico de alcanzar un acuerdo con la oposición para encontrar una salida a la crisis política que experimentaba el país.

Hacia fines de 1985, la estrategia opositora de la movilización social estaba agotada, al igual que todas las instancias de diálogo con el gobierno. A pesar de esto, en la Alianza Democrática se impuso la tesis de que 1986 era el año decisivo, centrada en la idea de que si Pinochet resistía incólume ese año, se entraría de lleno en su institucionalidad37, razón por la cual se debía seguir intentando su desestabilización. Sin embargo, el PC y el FPMR le dieron un contenido más insurreccional al año decisivo. Para ellos era el año en el que se debía poner fin a la dictadura a través de todos los métodos de lucha existentes, aun cuando estos fuesen armados38. Y en efecto, 1986 fue el año de las grandes operaciones del FPMR: la internación de un arsenal de armas por el puerto de Carrizal Bajo y el atentado contra Pinochet en septiembre del mismo año. Ambas operaciones fracasaron. El desembarco fue descubierto y el atentado dejó cinco muertos, pero ninguno de ellos era Pinochet. En lugar de desestabilizar al gobierno y provocar su caída, solo consiguieron fortalecerlo aún más, dando luz verde al itinerario fijado en la Constitución.

La oposición se cargó de desesperanza, ya no quedaba más que aceptar las reglas del juego establecidas por el gobierno, a pesar de lo ilegitímas que las considerarán39. La movilización de masas no había dado efecto; el régimen no había caído. El gobierno había logrado superar la crisis económica, política y social. El modelo neoliberal había seguido aplicándose y comenzaba su proceso de recuperación hacia 1985 gracias a la labor del ministro de Hacienda, Hernán Büchi. El control de los medios de comunicación, la acción de los organismos represivos y la tozudez de Pinochet permitieron que el régimen lograra sobrevivir a esta crisis40. Sin embargo, y aun cuando era cierto que a la oposición ya no le quedaba más opción que prepararse para enfrentar la sucesión presidencial impuesta por el articulado transitorio de la Constitución, el gobierno había quedado herido. La crisis había permitido que se abriera una brecha a través de la cual se reorganizó la movilización social y reapareció públicamente y con fuerza la oposición política a la dictadura. Esto generó que los planes del gobierno, sobre la permanencia de Pinochet hasta 1997, no se cumplieran como lo tenían pensado.

¡La Constitución se cumple tal y como está!

Luego del fracasado atentado del FPMR contra el general Pinochet, el gobierno se vio más fortalecido que nunca y comenzó el año 1987 con el claro objetivo de cumplir el itinerario establecido por la Constitución, completar el establecimiento de la nueva institucionalidad y organizar el plebiscito programado en las disposiciones transitorias. Todo esto con la finalidad de prolongar el periodo de Pinochet en la presidencia hasta 1997. El plebiscito había sido concebido originalmente como "un alto nel mezzo del camini"41, una consulta para saber la opinión de la ciudadanía en cuanto a la conducción del país. Su razón de ser, era poner alguna instancia que diera cierta legitimidad al hecho de que Pinochet gobernara 24 años seguidos. Por lo tanto, el plebiscito no respondía a un capricho ni del gobierno ni de la oposición, era efectivamente una disposición constitucional con la cual estaban comprometidas todas las Fuerzas Armadas, por lo que su realización era prácticamente inevitable42.

Pensando en la realización de dicha "consulta" y en el cumplimiento de todos los requisitos de legitimidad que el articulado transitorio exigía, desde 1985 que el gobierno venía dictando una serie de leyes cuyo objetivo era regular las condiciones bajo las cuales se debería realizar. En julio de 1985 se promulgó la Ley del Tribunal Calificador de Elecciones, cuya misión sería fiscalizar la legitimidad del proceso eleccionario43. En octubre de 1986 se dictó la Ley de inscripciones electorales y Servicio Electoral, abriéndose los registros electorales el 25 de febrero de 1987. Y en marzo de 1987 se aprobó la Ley de Partidos Políticos, que establecía los requisitos para la inscripción de estas colectividades en el Registro Electoral y las condiciones fiscalizadoras a través de las cuales podrían participar en el plebiscito.

Sin embargo, las cosas habían cambiado. El mundo ya no era el mismo, prácticamente todas las naciones latinoamericanas habían vuelto a la democracia, siendo Chile una de las pocas excepciones dentro del continente. A esto se sumaba un escenario internacional que era cada vez menos favorable a una dictadura antimarxista. La Guerra Fría veía próximo su fin, por lo que la postura y el discurso antimarxista de Pinochet se volvía cada vez más anacrónico. Al mismo tiempo, la postura del gobierno norteamericano hacia el régimen de Pinochet había cambiado radicalmente. La aparición en escena de grupos terroristas que combatían a la dictadura a través de la lucha armada, y la creciente oposición social que había surgido contra el régimen, provocaron que decidiera quitar su apoyo al gobierno de Pinochet, y respaldar a los sectores democráticos de la oposición en su lucha por el retorno pacífico y electoral a la democracia. Todo esto bajo la convicción de que ese era el camino más seguro para terminar con la influencia de los grupos terroristas y asegurar la estabilidad social, política y económica del país.

El mismo Chile de 1987 tampoco era el mismo de 1980, y la seguridad de que el gobierno de Pinochet pudiera extenderse hasta 1997 ya no era tal. El descontento con el gobierno era alto y la oposición a él crecía cada día más. Si bien la situación económica venía en alza desde 1985, los efectos de la crisis del 82 todavía estaban muy presentes. Habían sido muy numerosos los sectores que se habían visto afectados, desde trabajadores hasta personas de clase media y empresarios. A ello se agregaban una cesantía todavía alta y salarios reales que seguían siendo muy bajos, lo que causaba que muchos chilenos siguieran evaluando de manera crítica la situación económica del país. Por otro lado, el descontento social que se manifestó a través de las jornadas de protesta nacional, "evidenció la magnitud de la oposición al régimen y puso en evidencia que este no podía seguir prescindiendo absolutamente de la voluntad de un sector opositor posiblemente mayoritario, ya por entonces, en el país"44. A esto se sumó la molestia que despertó por el aumento de la represión ejercida de manera indiscriminada por los militares y las fuerzas de seguridad durante las protestas. Esta represión permitió que una mayor parte de los chilenos tomara conciencia de las violaciones a los derechos humanos que llevaba a cabo el régimen, y el rechazo a estas actitudes comenzó a crecer y a manifestarse de manera directa. Por último, la misma actitud aperturista del gobierno le había jugado en contra. La apertura permitió que la sociedad volviera a politizarse, situación que fue aprovechada principalmente por los partidos opositores, que lograron establecer una fuerte y amplia presencia organizativa a lo largo del país, en las universidades, en los colegios profesionales, etc.45. Pero no solo reaparecieron en la escena pública partidos históricos o tradicionales de oposición como la DC, el PS, el PR y de derecha como el PN, sino que también aparecieron nuevos partidos, como el Partido Humanista en la oposición, y la UDI y el MUN entre los partidarios del gobierno. Es más, estas dos agrupaciones de derecha se van a fusionar a comienzos de 1987 y formaran un partido mucho más amplio bajo en nombre de Renovación Nacional.

No podía negarse que el gobierno había vuelto a tomar la iniciativa en 1987 y que estaba imponiendo sus reglas del juego, sin embargo, las cosas no eran como ellos esperaban. El descontento creciente hacia él y la cada vez mayor organización de la oposición, complicaban el panorama para poder cumplir las aspiraciones del Presidente. La oposición continuó tratando de alterar el itinerario del gobierno o de al menos hacerlo más democrático, por medio de negociaciones con las Fuerzas Armadas y los sectores de derecha, entre los cuales siempre encontró alguien que les hiciera eco.

La oposición había llegado sumamente debilitada a 1987, y la imposición del itinerario del gobierno la obligaba a tomar posiciones frente al próximo plebiscito que se avecinaba. Si bien rechazaba tajantemente la Constitución de 1980, por haberse elaborado solo entre los partidarios del gobierno, por la forma en que se había aprobado, ya que el plebiscito de 1980 había dejado mucho que desear en términos de legitimidad, y por su contenido, al que consideraban bastante poco democrático, no podía seguir desconociendo su existencia y su vigencia. Por tanto, asumió que la movilización de masas como estrategia para derrotar al régimen estaba agotada, y que era necesario distanciarse de las posturas más radicalizadas del MDP y la oposición extremista de los grupos terroristas, con la finalidad de buscar una salida negociada con las FF.AA. dentro de los márgenes establecidos por la Constitución de 198046. La estrategia de la movilización social comenzó a ser reemplazada por la estrategia de la vía electoral para derrotar al régimen.

Sin embargo, aún deberían pasar varios meses para que la oposición aceptara participar en el plebiscito, cuya realización era ampliamente cuestionada y rechazada. Consideraba que no era la forma más democrática para decidir quién debía suceder al actual Presidente y conducir al país en su camino hacia la democracia, ya que al ser una elección con un solo candidato y no con varios, inevitablemente derivaría en una gran polarización del país, convirtiendo al plebiscito en un acto confrontacional, que estaría muy lejos de conducir a la paz y tranquilidad con la que el pueblo chileno quería vivir después de quince años de dictadura y miedo47. Por esta razón, decidió iniciar una nueva lucha contra el régimen, buscando el reemplazo del plebiscito por elecciones libres. Con este objetivo en mente, un grupo de personalidades de distintos ámbitos del quehacer nacional y distintas corrientes de opinión, liderados por el democratacristiano Sergio Molina, anunciaron en marzo de 1987 la formación de un Comité por las Elecciones Libres (CEL). A las pocas semanas, la Alianza Democrática seguiría el ejemplo y formaría el Comité Operativo de Partidos para las Elecciones Libres (COPEL) y el PS-Núñez crearía el Comité de la Izquierda por las Elecciones Libres (CIEL). Estos tres grupos respaldaban la idea de llegar a una negociación con las Fuerzas Armadas para reformar la Constitución y realizar elecciones libres en lugar de plebiscito.

La posición a favor de las elecciones libres no era exclusiva de los sectores opositores, también era compartida por amplios sectores de la Iglesia Católica48 y por algunos sectores políticos partidarios al gobierno. Entre ellos se encontraban varios miembros de RN, como Andrés Allamand y Sergio Onofre Jarpa, quienes consideraban que era un error estratégico realizar un plebiscito confrontacional en lugar de elecciones abiertas, ya que se exponía a las Fuerzas Armadas a ser vista como las derrotadas si ganaba la opción negativa, y porque beneficiaba más a la oposición al permitírle que se uniera y organizara en torno a la opción No, sin tener que presentar ni candidato ni programa para enfrentar al gobierno49. Estos personeros creían firmemente que el régimen tenía muchas más posibilidades de ganar en una elección abierta, donde el No tuviera una cara y una propuesta clara a la que enfrentar50.

Sin embargo, el gobierno y la Junta no recibieron de buen agrado la propuesta de las elecciones libres. Ellos estaban comprometidos con el cumplimento de la Constitución y no estaban dispuestos a modificar su itinerario. Las esperanzas de la oposición quedaron definitivamente frustradas en julio del 87, cuando Pinochet realizó cambios en su gobierno51 y nombró en el cargo de ministro del Interior a Sergio Fernández. El nombramiento de Fernández tenía un claro significado: "se había dado la largada a la maratón plebiscitaria"52. Nadie podía olvidar que el mismo Sergio Fernández que asumía en 1987 era el que había organizado y ganado el plebiscito de 1980 que buscaba la aprobación de la Constitución, por lo cual no era descabellado imaginar que su nombramiento obedecía al propósito de repetir lo logrado siete años atrás.

Frente al fracaso de su último intento por evitar el plebiscito, a los sectores opositores no les quedaba otra opción que aceptar el plebiscito y la institucionalidad impuesta por la dictadura. Los únicos que decidieron mantenerse al margen fueron el PC y el MIR. El resto de los partidos opositores llamaron a la ciudadanía a inscribirse en los registros electorales no como una forma de reconocer y aceptar el régimen y sus reglas, sino como una manera democrática y pacífica de poner término a la dictadura53. Inscribieron a los partidos en los registro electorales para aprovechar la función fiscalizadora del proceso eleccionario que esta inscripción les daba. Los primeros en inscribirse fueron el Partido Humanista y la Democracia Cristiana. A ellos los siguieron el Partido Radical y los socialistas, quienes junto a otras agrupaciones de izquierda y algunos independientes decidieron formar el Partido Por la Democracia (PPD), partido de origen instrumental que se inscribió solo con la finalidad de participar en el plebiscito.

Finalmente, el llamado oficial a participar en el plebiscito se produjo el 2 de febrero del 88, cuando la oposición, después de años de divisiones y problemas para ponerse de acuerdo y unirse en contra de la dictadura, conformó una amplia alianza que se comprometió con la opción No en el plebiscito. La Concertación de los Partidos Políticos por el No quedó conformado por más de una decena de colectividades (Democracia Cristiana, PS-Almeyda, PS-Núñez, Partido Radical, Partido Radical-Luengo, Izquierda Cristiana, Mapu, Socialdemocracia, Usopo, Unión Liberal Republicana, Padena, Partido Humanista y Mapu OC) y llamó a los chilenos a votar No en el plebiscito para derrotar a Pinochet y a su régimen, y conseguir, por fin, la realización de las elecciones libres y competitivas por las que tanto habían luchado54.

El Partido Comunista y el MIR, por su parte, decidieron no sumarse al llamado de la Concertación, y hasta mediados de año se opusieron tajantemente a la participación en el plebiscito. Sin embargo, finalmente también optaron por ceder y participar en el plebiscito llamando a votar No, pero no pasaron a formar parte de la gran alianza opositora y dieron a su No un significado más radical y rupturista. Para ellos el No, además de ser un No a Pinochet y su régimen, era un No a su sistema político y económico, y exigían que una vez ganado el plebiscito, se estableciera un gobierno provisional y una asamblea constituyente que elaborara una nueva Constitución55.

Por lo tanto, aunque la oposición agrupada en la Concertación había decidido participar en el plebiscito, este acto electoral había perdido toda su intencionalidad inicial. La oposición le había dado un claro carácter confrontacional y lo presentaba como un desafío a todo el sistema. Ya no se trataba solo de confirmar o no a Pinochet, que había sido nombrado como candidato del gobierno, sino que la negativa iba en contra de toda la institucionalidad que este había establecido durante quince años de dictadura. Pronto el gobierno debió dejar de lado el sentido de consulta que en su origen había tenido el plebiscito y plegarse a este carácter confrontacional. La Constitución de 1980 se había convertido en un bumerán para el régimen autoritario y para Pinochet56, en un verdadero obstáculo, ya que colocaba un plazo fatal para su permanencia en el cargo, que se acercaba vertiginosamente, y porque le imponía una elección no competitiva que debería contar con un mínimo de seriedad para ser considerada legítima y no una manipulación del régimen que significaría romper su propia institucionalidad57.

El plebiscito dejaba de ser cada vez más una mera consulta en que la ratificación de Pinochet era prácticamente segura, para convertirse en un desafío a todo el régimen, en una oportunidad para que la oposición socavara sus cimientos y pusiera fin a su gobierno58. Oportunidad que la oposición supo aprovechar, y utilizó como primer paso para retornar a la democracia.

2. EL PESO DE LA MEMORIA EN EL PLEBISCITO DE 1988

El plebiscito de 1988 fue el camino por el que se optó para definir el futuro de Chile. Tras quince años de dictadura, los chilenos deberían decidir, a través de un proceso electoral, si se continuaba por ocho años más bajo el gobierno del general Pinochet, ahora en calidad de civil, o si se regresaba a la democracia a través de elecciones libres de Presidente y Congreso.

No puede negarse que era una elección poco tradicional: era un plebiscito que tenía la connotación de elección presidencial, pero con un solo candidato sobre el cual había que decidir a través de las opciones o No, si este continuaría o no en el poder. Sin embargo, fuera como fuera, era un proceso electoral en el que la gente debía manifestar a través del voto su opción sobre el futuro político del país y, como en toda elección, las opciones en pugna debían convencer a los chilenos de que su alternativa era la mejor para este futuro. A lo largo de 1988, se enfrentaron, por una parte, las fuerzas de gobierno, partidarias de la opción , es decir, de la proyección del régimen de la mano de Augusto Pinochet hasta 1997; y por otra, las fuerzas opositoras, partidarias de la opción No, del fin de la dictadura y de la institucionalidad impuesta durante el régimen militar. Ambas pusieron en marcha toda su maquinaria publicitaria y electoral con la finalidad de lograr el triunfo de su respectiva opción en el plebiscito.

Es precisamente a través de las campañas y del discurso político sobre el que se construyeron, que esta investigación se propone analizar el peso que tuvo la memoria en el proceso plebiscitario de 1988 y en sus resultados. La razón de esta elección radica en que las campañas, tanto la del gobierno como la de la oposición, al estar organizadas con la finalidad de "vender" una determinada opción a la ciudadanía, reflejaban, en distintos grados, las características de la sociedad chilena en ese momento. Pero no solo las de la clase política, sino también las de la persona común y corriente hacia la que estaban enfocadas para ganar su voto, para lograr su adhesión a la opción que cada una de ellas planteaba. Ambas opciones, aunque desde distintas perspectivas, construyeron sus campañas de acuerdo a los intereses, motivaciones y necesidades de la sociedad chilena, y esta situación se refleja desde la forma en que se organizó la estructura de la campaña, hasta en los contenidos, mensajes e imágenes que buscaban transmitir.

Dentro de esta lógica, las campañas del y del No se construyeron influidas por la memoria y el miedo que existía en la sociedad. El gobierno de Pinochet los usó para identificar el retorno a la democracia con el caos, el desorden y la inestabilidad. La oposición, en cambio, los usó para concluir que su forma de actuar debía distanciarse lo más posible de la conducta confrontacional que habían mantenido durante el gobierno de la Unidad Popular y la dictadura, para proyectar así una imagen de unidad y consenso que hiciera creer a los chilenos que era posible el triunfo de la opción opositora en el plebiscito y el retorno pacífico a la democracia. En ambas campañas hay apelaciones al pasado y al futuro, en ambas se recurre a la memoria colectiva, pero a través del desarrollo de distintas memorias históricas, las cuales serán analizadas a continuación.

2.1 La campaña del

Durante la campaña plebiscitaria, el oficialismo apeló a una memoria histórica marcada por el caos de la Unidad Popular, por la irresponsabilidad y demagogia de los políticos y por un sistema democrático fracasado que había conducido a Chile hacia el abismo marxista, abismo del cual lo habían salvado las Fuerzas Armadas con el "pronunciamiento" militar del 11 de septiembre de 1973. Esta memoria era sumamente poderosa ya que el gobierno la había venido repitiendo a los chilenos por más de quince años59 a través de todos los medios que tenía a su disposición: discursos, radio, prensa, afiches y televisión. Es más, todo el gobierno militar se había construido sobre la base de este hecho fundacional que representaba la salvación de Chile de las garras del marxismo, y el punto de origen de todo el proceso "reconstructor" y modernizador que había llevado a cabo el régimen.

El objetivo gubernamental de utilizar esta memoria y de evocar constantemente el pasado en el mensaje de la campaña, era impedir que la ciudadanía olvidara la verdadera dimensión de la tarea realizada por el gobierno militar, especialmente el enorme mal del que había salvado al país y de la forma en que lo había sacado adelante. El gobierno buscaba despertar los temores de los chilenos de volver al pasado de la Unidad Popular. Describía estos años como los peores de la historia de Chile, destacando solo sus aspecto más negativos como si fuese lo único que hubiera existido durante ese gobierno (violencia, desabastecimiento y colas, expropiaciones de empresas y predios agrícolas); condenando de paso a todo el sistema democrático construido por la Constitución del 25, por haber permitido la llegada del marxismo al poder, y desprestigiando a los políticos por haberse dejado llevar por la demagogia y los sectarismos, y no haber frenado a tiempo la amenaza totalitaria60. El objetivo de explotar este discurso en el periodo plebiscitario, era que los chilenos identificaran la democracia que ofrecían los opositores con la democracia catastrófica de la Unidad Popular, haciendo temer que el triunfo del No en el plebiscito implicara precisamente una condición tan nefasta como la que, según el gobierno, había existido durante el gobierno de Salvador Allende. El régimen buscaba explotar este miedo a su favor, tratando de convencer a los chilenos de que el mejor camino para acceder a la democracia y al desarrollo era "proyectar" la tarea del gobierno por ocho años más.

Sin embargo, esta memoria era bastante sesgada, ya que toda la violencia posterior al golpe de Estado, la represión y las violaciones a los derechos humanos eran obviados, censurados o tergiversados, e incluso olvidados, como si no hubiesen existido61. El "pronunciamiento" y el régimen militar eran considerados solo como la salvación del marxismo y el presente modernizador que debía proyectarse al futuro, omitiendo por completo toda su cara negativa.

Esta memoria histórica construida por el régimen militar estuvo muy presente en la campaña del Sí, desde la forma en que se organizó, hasta en el mensaje que transmitió. La campaña gubernamental fue una verdadera campaña de Estado, cuyo generalísimo fue el ministro del Interior, Sergio Fernández, y sus promotores los miembros del gabinete, los intendentes, alcaldes y funcionarios públicos, e incluso algunos oficiales de Ejército. Los partidos políticos proclives a él, es decir, Renovación Nacional, la UDI y Avanzada Nacional, jugaron un papel bastante secundario tanto en la dirección como en la acción misma de la campaña.

En esta misma organización se puede observar una clara apelación a la memoria histórica. El gobierno puso la campaña electoral en manos de sus funcionarios y no de los grupos civiles, especialmente de los partidos políticos, porque para él el plebiscito era clave, lo que estaba en juego era la proyección de la obra del régimen, por lo cual la campaña debía centrarse en defender su obra. Para lograrlo, se consideraba que la organización centrada en la estructura del Ministerio del Interior era la más adecuada. Clarificadora en este sentido, es la opinión del entonces ministro del Interior, Sergio Fernández, quien declaraba que una tarea tan importante no podía encomendarla a los políticos de derecha "fracasados" con los que el general Pinochet jamás se identificaría62. Con esto se apelaba a la memoria histórica en el sentido de que los responsables de la crisis que había vivido Chile habían sido los políticos y su demagogia. Los políticos de derecha eran considerados por el gobierno culpables de haber sido derrotados en las elecciones de 1970, siendo incapaces de evitar la llegada al poder de un Presidente marxista. Las palabras de Fernández ponían de manifiesto que el gobierno no estaba dispuesto a dejar en manos de estos políticos que ya habían fracasado en el pasado, una tarea tan importante como asegurar la proyección del régimen, menos aún cuando la receta de la campaña de Estado ya había sido probada con éxito en el plebiscito de 1980, a través del cual se había aprobado la nueva Constitución por más de un 60%.

En términos prácticos, la campaña del se construyó sobre la base de dos ejes. Por un lado, había una orientación más economicista que buscaba destacar la tarea de reconstrucción y modernización del país que había llevado a cabo el régimen militar. El objetivo era generar en la sociedad la sensación de que Chile era un país mucho más rico y avanzado gracias a la labor de los militares, y explotar la idea de que era necesario proyectar esta obra para poder cumplir la meta de transformar a Chile en un país verdaderamente democrático y desarrollado. El otro eje de la campaña fue el terror, que proponía que el triunfo de la opción No, sustentada por los opositores al gobierno, significaba que el país regresaría al pasado caótico y marxista de la UP, del cual las Fuerzas Armadas lo habían rescatado en 1973, implicando, al mismo tiempo, la destrucción de toda la institucionalidad construida por el régimen militar y el fin de la impresionante modernización económica alcanzada. El mensaje de la campaña, elaborado sobre estos dos ejes, buscaba ganar los votos a través del agradecimiento por la obra realizada y del temor que generaba la posibilidad de volver al pasado. No había discurso, afiche o spot en el que no apareciera alguno o todos estos elementos.

El discurso de la proyección se basó en una apelación constante a la efectividad de las medidas modernizadoras y reestructuradoras puestas en práctica por el gobierno. Argumentaba que la obra iniciada por las Fuerzas Armadas había puesto a Chile en el umbral del desarrollo económico y le había dado una nueva institucionalidad que le permitiría iniciar un futuro en democracia, sin correr el peligro de caer en la amenaza marxista como le había ocurrido en 1970. En este discurso predominaba una clara visión de futuro a través de la cual se trataba de convencer a la ciudadanía de que el era el "camino más claro y transparente hacia la democracia, libertad y participación estable y segura"63, hacia un futuro en el que las cosas no serían como en el presente, porque entraría en vigencia plena toda la institucionalidad creada por el régimen militar, y el Presidente gobernaría de civil y con un Congreso electo democráticamente.

Sin embargo, en esta misma propuesta del gobierno estaba presente la memoria histórica. La idea de que el permitiría materializar el compromiso que habían asumido las Fuerzas Armadas en 1973, hace alusión directa a la legitimación de origen, al hecho de que se salvó al país de algo, y ese algo es presentado de manera velada, indirecta, pero está presente. Es inevitable que al hablar de esta salvación se haga alusión también a aquello de lo que se salvó al país: el caos de la UP.

La campaña más emblemática en este sentido fue la del Somos millones, cuyo objetivo era mostrar las realizaciones del gobierno durante los quince años que llevaba en el poder, presentándolo "como el constructor de los grandes resultados en el plano del mejoramiento del nivel de vida, del progreso económico y social"64, medidas que, tal como decía el eslogan, había beneficiado a millones de chilenos.

Tanto los spots como los afiches, tocaban diversos temas como las exportaciones, la situación agrícola, la producción de cobre, la mortalidad infantil, el alcoholismo, etc., buscando, por un lado, destacar la modernidad conseguida por el gobierno durante sus quince años de labor, abundando las imágenes de "modernas maquinarias, grúas, bulldozers, sierras eléctricas, trabajadores con mascarillas, cascos, guantes y zapatos industriales, en condiciones de total seguridad"65. Por el otro lado, a pesar de su claro tono economicista, apelaba a la memoria histórica, destacando todas sus realizaciones en relación a la situación deplorable en las que estas se encontraban a fines del gobierno de Frei y a comienzos del de la Unidad Popular. Todas las temáticas tocadas se comparan con lo que, según la versión del gobierno, existía en 1970. Por ejemplo, en uno de los tantos spots, se planteaba, de acuerdo a los datos del Ministerio de Obras Públicas, que de la población urbana del país en 1970 tan solo el 66% contaba con agua potable, mientras que en el presente el 97% de la población gozaba de ese beneficio66. Todos estos spots ofrecían una visión confrontacional de la historia, "estaban organizados en un eje temporal antes-ahora, en el que todo el pasado se asociaba con el mal"67, mientras que el presente señalaba lo bien que se estaba. No bastaba con el presente. Este solo podría ser valorado si todo lo logrado se ponía en la perspectiva del pasado.

Puede ser que esta doble apelación apuntara a la realidad que vivía el país. Para nadie era un secreto que bastantes sectores sociales no se sentían partícipes de este Chile moderno, próspero y feliz que aparecía en las pantallas, pues vivían en el otro Chile, ese Chile pobre y marginal que no aparecía en la televisión68. No se podía negar que en muchas áreas, la economía chilena se hubiera modernizado de manera importante, dándole una mayor estabilidad al país. Sin embargo, estos beneficios no eran compartidos por todos y el Somos Millones buscaba precisamente que esos sectores marginados del éxito económico conocieran en qué habían consistido estas realizaciones. Incluso, se podría llegar a decir que esta apelación a la memoria histórica pretendía que, por último, aunque no se hubiesen obtenido beneficios, el recuerdo de lo caótica que había sido la situación económica de la Unidad Popular, los llevara a valorar lo realizado y le dieran su voto al gobierno.

Dentro de la campaña de la proyección, también se buscó resaltar la idea de que el triunfo del Sí no significaba que el sistema político continuaría como hasta entonces. Sino que por el contrario, la proyección del régimen implicaría la entrada en vigencia plena de la institucionalidad contenida en la Constitución del 80, lo que significaba el establecimiento de un nuevo sistema democrático. No obstante, la memoria histórica no estaba ausente. Este nuevo gobierno democrático no solo sería distinto al gobierno militar, sino que también sería muy distinto a la antigua democracia chilena, a aquella llena de vicios que existió hasta 1973 y que, según el gobierno, se había visto completamente superada por la amenaza marxista69. Lo que surgiría a partir de 1989 sería la "verdadera democracia", aquella que aseguraba que el pasado no volvería a repetirse y que no volvería a surgir en Chile una amenaza marxista como la de la Unidad Popular.

El otro eje sobre el que se movió la campaña oficialista, fue el de la campaña del terror, a partir de la cual se pretendía identificar al No con el caos y el retorno a la Unidad Popular, con el fin de la estabilidad económica, con el marxismo y su expresión terrorista. Además, se proponía descalificar a los políticos opositores, anular cualquier proposición viable que estos hicieran para el futuro, apelando a su accionar irresponsable en el pasado, a la culpa que tenían en el quiebre de la democracia, y la ambigüedad y falta de eficacia que habían mostrado en la lucha contra el propio régimen de Pinochet.

El gobierno, como lo expresaba su ministro de Planificación (ODEPLAN), Sergio Melnick, tenía claro que lo que querían los chilenos eran visiones de futuro y no de pasado, que no querían más una vida marcada por el miedo, que querían cambios, pero en orden y tranquilidad70. Fue por esta misma razón que trató por todos los medios de identificar a la oposición con el pasado, creando la dicotomía es futuro, No es pasado.

Esta campaña del terror se movió en varias dimensiones La primera de ellas correspondió al discurso de Pinochet, que presentaba al plebiscito bajo las opciones de Yo o el caos. A través de este discurso, el Presidente buscaba generar en la ciudadanía la sensación de que si no se apoyaba la proyección del régimen, toda la institucionalidad y las modernizaciones realizadas hasta ese momento por el régimen, serían destruidas por los opositores, los mismos que en el pasado habían destruido la democracia. Toda esta apelación al terror llevaba en sí misma una apelación a la memoria histórica. El gobierno planteaba que 1988 era como 1970, por lo cual la decisión que se tomara en el plebiscito iba a ser trascendental: a través de ella se decidiría si se seguía adelante o se volvía al caos de la Unidad Popular, que impondrían los opositores si llegaban al poder. Así lo planteaba Pinochet:

Debemos renovar hacia el interior de nosotros mismos la mística del 11 de septiembre, cuando todo era posible porque Chile nos necesitaba (…) Hoy Chile nos vuelve a necesitar. El país requiere que sus hijos reflexionen sobre el futuro y no cometan los mismos errores del pasado71.

El presidente Pinochet apelaba a que la gente hiciera memoria, a que recordara el pasado, pero de acuerdo a la memoria histórica del gobierno, aquella en la que el pasado acababa en 1973 y estaba lleno solo de caos y violencia; aquel en el que la represión y las violaciones a los derechos humanos no tenían cabida. Buscaba explotar aquel aspecto de la memoria colectiva que consideraba al "pronunciamiento" militar como un acto de salvación de la catástrofe marxista que reinaba en Chile en 1973; apelaba una vez más a su legitimidad de origen, la cual sin el miedo de volver al caos de la Unidad Popular, no tenía sentido.

Con respecto a los opositores, Pinochet también los presentaba bajo el prisma de la memoria histórica. Para él eran los mismos enemigos de siempre, los mismos de ayer, aquellos que habían destruido la democracia y que lo único que buscaban era reimplantar las mismas políticas que en el pasado le habían abierto las puertas al marxismo, poniendo en serio peligro no solo la obra del gobierno, sino el futuro y la libertad del país entero. Les atribuía la intención de querer destruir todo lo hecho en esos quince años, tergiversando la realidad, acusándolo de dictador y de antidemocrático (¡Cuando el "pronunciamiento militar" se había hecho precisamente para salvar a la democracia!72). Además, los acusaba de ser unos vende patria, de salir al extranjero a difundir mentiras sobre el país con la finalidad de conseguir dinero para poder volver al pasado y aplicar sus políticas desgastadas73.

La oposición entregó el país hecho un caos y su único destino es volver al mismo camino. Todo el conjunto de políticos y politicastros que hoy marchan unidos tras el No, no han mostrado ninguna alternativa distinta a la que tuvieron cuando llevaron a la patria al más grande desastre político, moral, económico y social de su historia. Hay sectores que quieren revivir los viejos y atrasados esquemas políticos, cuya aplicación será nefasta, pero los cuales presentados de una manera embustera pretenden confundir la buena fe de los chilenos74.

A estas críticas, se sumaron los cuestionamientos a la interpretación que hacían los partidos opositores sobre el triunfo del No. El hecho de que ellos propusieran una modificación en el itinerario establecido y llamaran a las Fuerzas Armadas a una negociación para modificar la Constitución, significaba para el gobierno un salto al vacío, un intento por desconocer y desmantelar la institución establecida, poniendo en serio riesgo la sobrevivencia misma de la nación. Tanto Pinochet como los militares y algunos de los políticos más fieles al régimen, entre ellos Jaime Guzmán y Sergio Onofre Jarpa, planteaban que cualquier desconocimiento a la institucionalidad conduciría al país a una situación similar a la que había en 1973, frente a lo cual las Fuerzas Armadas deberían actuar de la misma forma que lo habían hecho en esa época, ya que no podían permitir que Chile volviera a caer en el mismo abismo desde el cual lo habían salvado75.

La finalidad de este tipo de declaraciones era que la opción No defendida por la oposición no solo generara el temor de volver al caos de la Unidad Popular, sino que también despertara el miedo ante la probabilidad de que de producirse esa situación, se derivara en una nueva intervención militar con las mismas características y niveles de violencia que había tenido el "pronunciamiento" del 73. El gobierno se aprovechaba de que el trauma del golpe de Estado todavía estaba muy vivo dentro de la sociedad76. El miedo ya no solo buscaba generarse entre los sectores opositores a la Unidad Popular y partidarios del golpe de Estado, sino también en aquellos que habían sido partidarios del gobierno derrocado o simplemente opositores a la intervención militar y al gobierno de Pinochet, y que además, en muchas ocasiones, habían sido víctimas de la violencia aplicada por el Estado durante esos quince años. Pretendían que estos sectores también apelaran a su memoria histórica, marcada principalmente por el shock que el golpe de Estado había significado en sus vidas.

La segunda dimensión sobre la que se estructuró la campaña de terror, apuntaba a explotar la idea de que Chile estaba amenazado por una posible escalada violentista y subversiva organizada por el terrorismo marxista. Según el gobierno, esta acción estaba financiada por el imperialismo soviético con la clara finalidad de desestabilizar al país, evitar el cumplimiento de la Constitución e imponer el totalitarismo marxista77, transformando a Chile en una nueva Nicaragua o, definitivamente, en una nueva Cuba. Pinochet llegaría a declarar que Chile estaba en una guerra a muerte entre los demócratas y los marxistas totalitarios78. Y por supuesto, en esta planificación, al Partido Comunista (PC) le correspondía un papel clave. Para el gobierno, este partido era el representante político del marxismo soviético en Chile, y estaba detrás de todas las acciones terroristas que afectaban al país.

Estas advertencias tenían una correlación política que buscaba identificar a toda la oposición con la posibilidad de que si triunfaba el No, el comunismo se tomaría el poder, y la lógica terrorista se impondría en Chile. Desde que la oposición se unió en torno a la Concertación, el gobierno trató de hacer parecer que estaba dominada por el PC, aun cuando este nunca formó parte de esa coalición. El gobierno, a través de sus miembros, como el subsecretario del Interior, Alberto Cardemil, argumentaba que la no inclusión del comunismo no era más que una fachada de moderación para engañar a la ciudadanía, pero que una vez que la oposición triunfara, quienes realmente tomarían el poder serían los comunistas y su opción violentista79.

Por ultimo, la tercera dimensión de la campaña del terror había sido organizada meticulosamente por el régimen y buscaba explotar el miedo de los chilenos a partir directamente de la memoria histórica, es decir, a partir de los recuerdos más negativos de lo que había sido la Unidad Popular, proponiendo que el triunfo de la opción No significaba el regreso al caos de ese periodo.

El discurso de esta etapa de la campaña era "seguimos avanzando o volvemos al pasado", es decir, si el no ganaba, el país volvería al 10 de septiembre de 1973 y todo debería comenzar de nuevo80. Esta disyuntiva quedaba abierta para muchas interpretaciones, cumpliendo la finalidad de reforzar el miedo no solo en los sectores opositores a la UP, sino también en los opositores al gobierno: por un lado, podía significar volver a vivir bajo las mismas condiciones de desabastecimiento y violencia de la Unidad Popular; pero por el otro, también podía significar que si llegaba a ganar el No y los militares lo interpretaban como un retorno al 10 de septiembre de 1973, el triunfo opositor podía terminar con una nueva intervención militar.

Aun cuando este discurso venía desarrollándose con distintos grados de intensidad desde 1987, su etapa más dura comenzó a desarrollarse en los primeros días de agosto de 1988. A contar de entonces, la prensa, la radio y la televisión se alinearon con el gobierno para explotar la idea de que el triunfo de la opción No significaría el restablecimiento del caos de la Unidad Popular, poniendo especial énfasis en recordar los momentos vividos durante los meses previos al golpe de Estado81: la profunda crisis y división social y política que enfrentaba el país; los altos índices de inflación y desabastecimiento, la violencia extremista y los llamados a formar el "poder popular", etc. Dentro de los spots que se comenzaron a difundir por televisión y prensa, se destacan Sí, usted decide y Decida Sí, los cuales se centraban principalmente en temáticas económicas y sociales, apelando de manera directa a que la gente hiciera memoria y recordara cómo se encontraba en 1973: desabastecimiento, inflación, vivienda, educación, etc. Un ejemplo de los afiches que componían esta campaña era aquel en el que se tocaba el tema del desabastecimiento, y tenía como personaje a Julia, una dueña de casa que aparecía en dos fotografías. En la primera su cara estaba demacrada y el carro de supermercado que tenía en sus manos estaba completamente vacío. En la otra, aparecía feliz, con una gran sonrisa en el rostro y con el carro abarrotado de alimentos. El texto que las acompañaba era el siguiente:

La mala memoria de Julia puede hacerla pasar hambre.
1973: Desabastecimiento y colas
1988: Plena oferta y comodidad
La mala memoria puede hacer que muchas mujeres chilenas vuelvan a pasar penurias, escasez e incomodidades.
Porque hace quince años las colas eran interminables. Para el pan. Para la leche. Para el azúcar. Solo los pocos beneficiados por la prepotencia y la arbitrariedad de las JAP estaban libres de ese tormento.
En el próximo plebiscito es posible que usted tenga que volver a hacer cola para votar. Cuando esté en la fila, piense y acuérdese.
En sus manos estará la posibilidad de que esa sea la última cola que haga hasta la próxima elección. Decida Sí!!!82

A estos spots se va a sumar una estrategia publicitaria que buscaba recordarle a los chilenos cómo habían sido los últimos días del gobierno de la Unidad Popular; Para esto se van a usar dos medios. En primer lugar, la publicación de un boletín diario que tenía cuatro páginas compuestas solo por noticias de lo que ocurría en el país quince años atrás, obtenidas de los principales diarios de esa época (El Mercurio, La Tercera, El Clarín, Puro Chile, entre otros). El boletín se titulaba Ayer y Hoy, y se publicaba bajo el lema Pueblo que no conoce su historia, comete los errores del pasado.

El segundo recurso que utilizaron en este tipo de publicidad fueron las inserciones en los principales periódicos proclives al régimen (El Mercurio, La Tercera, La Segunda y Las Últimas Noticias). Entre el primero de agosto y el 11 de septiembre, estas inserciones se llamaban Hace solo 15 años, y eran una especie de versión reducida del boletín mencionado, conteniendo los principales titulares que aparecían ese mismo día quince años atrás. Luego del 11 de septiembre, como el gobierno de la Unidad Popular ya había llegado a su fin y no había más titulares "interesantes" que publicar, se comenzó con un segundo tipo de inserción titulada Recuerdos de hace quince años, compuesta por relatos de personas que contaban lo terrible que había sido el gobierno de la UP. La mayoría de estos relatos se centraban en el desabastecimiento, las colas, la violencia y las expropiaciones. Todos ellos terminaban con un mensaje para el lector: Usted decide. Seguimos adelante o volvemos a la UP.

2.2 La Campaña del No

Al igual que la campaña del , la del No se organizó muy influida por la traumatizada memoria colectiva que habían dejado los últimos convulsionados veinte años de la historia chilena, y por el miedo que reinaba entre los chilenos. En efecto, la memoria histórica jugó un papel clave en la forma en que se organizó la oposición y en las características que tuvo su campaña. Sin embargo, su memoria histórica era distinta a la que había construido el gobierno. El pasado del que hablaba la oposición, los aspectos que destacaba de este, no eran los mismos que conformaban el discurso oficialista. La oposición apeló a dos tipos de pasado, uno lejano, que correspondía al pasado democrático que había existido en Chile hasta el 11 de septiembre de 1973, pero destacando, principalmente, su tradición democrática y todos los avances que se hicieron durante esos años y que contribuyeron al desarrollo del país. La Unidad Popular era evitada, solo se aludía a ella para responder a los ataques del gobierno, reiterando que era una etapa superada de cuyos errores se había aprendido, y que su repetición era imposible. No era conveniente recordar esta parte del pasado83, mal que mal, la experiencia de la Unidad Popular, las divisiones que habían caracterizado a la oposición, y las responsabilidades que les correspondía a cada cual en el quiebre democrático, era una "piedra en el zapato" que podía atentar contra el consenso alcanzado después de tantos años de intentos fallidos por unir a la disidencia del gobierno militar.

El otro pasado que destacaban y que fue el que más predominó en su discurso, era más cercano e incluso se confundía con el presente. Correspondía a los años de la dictadura, a toda la violencia, represión, empobrecimiento y marginalidad que los caracterizó. En este caso, el énfasis fue puesto en criticar la lógica de guerra que impuso la dictadura y la división entre amigos y enemigos en la que sumergió al país; y en refutar la idea de que los éxitos económicos de los que se jactaba el gobierno, fueran tan maravillosos como ellos lo planteaban.

A diferencia de la campaña oficialista, la campaña del No fue dirigida por todos los partidos políticos que conformaban el conglomerado de la Concertación de Partidos por el No, y a pesar de la heterogeneidad que los caracterizaba, lograron establecer una campaña unitaria organizada bajo una sola dirección. Este tipo de organización obedecía directamente al peso de la memoria que existía en los sectores opositores. Estos fundamentaron su unidad en una superación de las divisiones, confrontaciones y ambigüedades que la habían caracterizado durante la Unidad Popular y los años de dictadura, y propusieron al país una visión de futuro en la que Chile se conectaría nuevamente con su tradición democrática, dejando atrás el pasado caótico en el que la dictadura lo había hundido. La oposición buscó, a través de un lenguaje cargado de optimismo, alegría, esperanza y reconciliación, sacar a los chilenos del miedo en el que el régimen militar los había sumido, y ofrecer al país un Chile para todos, sin enemigos. A diferencia del gobierno, la oposición no buscó sacar partido del miedo, sino combatirlo y acabar con él, ya que era el principal obstáculo para conseguir que la oposición social al régimen se trasformara en una oposición electoral y política. La campaña opositora se centró en demostrar que el origen de este miedo radicaba en el mismo régimen militar, por lo que era a él al que había que decirle No para poder avanzar y construir un futuro realmente democrático y para todos.

Además, fue una campaña que se basaba en el contacto directo con la gente, fue una campaña masiva, hecha por la gente y para la gente. Las casas del No proliferaron por todo el país, y dieron origen a uno de los movimientos políticos electorales más grandes de los que se tenga memoria en Chile.

A esto se sumó un carácter bastante moderno dentro de la campaña, ya que contó con la participación activa de técnicos expertos en opinión pública, cientistas sociales, comunicadores, publicistas, artistas y periodistas, quienes trabajaron de manera coordinada con los políticos. Los aportes de estos profesionales entregaron una serie de lineamientos para la estrategia de la campaña, los que buscaban acercar a los políticos a los problemas concretos de la gente, alejándolos lo más posible de los ideologismos y el voluntarismo. Además, permitió hacer un diagnóstico sobre cómo era y qué quería la sociedad chilena, facilitando una aproximación mucho más profunda a las características de la sociedad y a la memoria histórica que reinaba dentro de ella. El diagnóstico84 elaborado planteaba que la sociedad chilena había atravesado un profundo proceso de desintegración, estaba agotada de la radicalidad con la que se había buscado llevar a cabo los sucesivos cambios en el país.85 A esto se sumaba el hecho de que la larga duración del régimen y el debilitamiento de la cohesión social había derivado en el surgimiento del miedo y de la angustia frente a la imposibilidad de tener algún control sobre las situaciones vividas. Estos sentimientos traían aparejados, a su vez, la humillación, provocada por un poder que excluía cada vez más de la participación política; la impotencia, que hacía ver a Pinochet como un ser omnipotente frente al cual nada valía; y el escepticismo, que hacía creer que nada se podía hacer para que las cosas fueran distintas. El fracaso de todos los intentos opositores por derrocar al régimen y la falta de unidad y acuerdo que la había caracterizado hasta ese momento, habían hecho que la gente ya no creyera en sus proposiciones y pensara que todo terminaría en un nuevo fracaso. Sin embargo, el diagnóstico no era del todo negativo. Había miedo, pero a pesar de ello los chilenos también querían cambios y era precisamente eso lo que debía explotar la oposición.

El discurso opositor, por tanto, no podía dejar de considerar que los cambios que se buscaban debían realizarse en orden86, con seguridad y apuntados a mejorar, principalmente, las condiciones de vida material. A esto debía sumar el hecho de que el miedo que existía en la sociedad, gran parte del cual venía de la represión ejercida por el gobierno, había hecho que el tema de los derechos humanos no fuera una de las prioridades para un amplio sector de los chilenos87, y esto sin duda representaba un problema para los opositores, porque no podía dejar de lado un tema que era clave dentro de la memoria histórica sobre la dictadura que buscaban explotar. Para enfrentar esta situación, tanto la estrategia como el discurso de la campaña del No se enfocaron en asegurar a la sociedad que la opción No en el plebiscito era una vía válida para recuperar la democracia de manera pacífica, y de que era el verdadero camino para conseguir un futuro democrático, en paz y para todos, donde lo que primaría no serían las venganzas, sino la reconciliación de todos los chilenos. Por otro lado, la campaña se centró en las demandas cotidianas de la gente, en denunciar las injusticias y desigualdades a las que se veían enfrentados día a día, principalmente en el ámbito social y económico, dejando el tema de los derechos humanos en un plano más secundario, pero no ausente. Desde esta perspectiva, el objetivo de la campaña del No no fue modificar las opiniones de la ciudadanía, ya que estas, en su mayoría, eran favorables al No. Lo que buscó fue superar "esa actitud resignada que nacía del miedo y del escepticismo de tal modo que las personas actuaran de acuerdo a sus opiniones"88, y pudiesen manifestar libremente y sin temores su opción por la democracia y el fin de la dictadura.

La estrategia opositora se diseñó sobre tres ejes fundamentales que permitieran derrotar el miedo y traspasar este nuevo discurso triunfalista a la sociedad. En primer lugar, se propuso demostrar que la unidad de la oposición, desde la izquierda hasta la derecha, era posible y podía ofrecer una opción viable de gobierno. En segundo lugar, se propuso dar confianza en que el plebiscito sería un proceso limpio, que no habría fraude ni un desconocimiento del triunfo opositor por parte del gobierno. Y en tercer lugar, organizó todo su mensaje a partir de un discurso de alegría, esperanza y reconciliación que demostrara que el triunfo del No podría ofrecer un futuro para todos en paz y seguridad, que no significaría volver a un pasado de cuyos errores ya se había aprendido y que ya estaba superado. En todos estos ejes, la memoria histórica jugó, ya sea explícita o implícitamente, un papel clave. De una u otra forma, como aprendizaje, como trauma o como ejemplo a seguir, los elementos del pasado que destacaba la memoria histórica de la oposición, van a marcar la forma en que se va a enfrentar el proceso plebiscitario, y es precisamente eso lo que se busca analizar en las siguientes páginas.

El primer eje de la campaña opositora apuntaba a superar las divisiones que habían caracterizado a la oposición desde el gobierno de la Unidad Popular, lograr la unidad en contra del régimen y demostrarle a la ciudadanía que eran una opción viable de gobierno. Los políticos que lucharon por el No en el plebiscito tenían en sí mismos una importante carga histórica. Eran los mismos políticos de 1973; los mismos que habían participado en los gobiernos de Frei y de Allende y que habían soñado con la revolución y con un Chile más democrático; los mismos que vieron todos estos sueños destruidos de "golpe y porrazo" el 11 de septiembre. Su memoria, al igual que la de la mayoría del país, era traumática: de sentir que tenían en sus manos las posibilidades de cambiar el mundo, pasaron a la desintegración de este mundo y de sus ideales, a la frustración de no poder cumplir la tarea histórica de la que se sentían responsables. A ello se sumaba que muchos habían sido también víctimas de la represión y el exilio. La experiencia que habían vivido durante la dictadura les había dejado claro que era necesario superar el pasado y que había que aprender las lecciones de los errores cometidos. A la hora de buscar la unidad y una nueva estrategia para derrotar al gobierno, no podían olvidar el trágico resultado que había tenido la falta de consenso en 197389 y de los sucesivos fracasos que habían experimentado en su lucha contra la dictadura. El objetivo de la nueva unidad consistiría en lograr que triunfara el No en el plebiscito, para poder así abrir un camino a las elecciones libres y a las negociaciones con las Fuerzas Armadas, que permitieran una transición rápida, pacífica y consensuada a una verdadera democracia.

En ellos la memoria histórica va a jugar un rol clave. La pérdida de la democracia los había llevado a cuestionarse su accionar durante los últimos gobiernos democráticos, a sopesar toda la radicalidad y sectarismo que los había caracterizado, y a "valorar extraordinariamente una acción política que tuviera en su centro la tolerancia, la idea de justicia, el sentido de la proporción y de la medida y de un profundo respeto por los sentimientos y aspiraciones del pueblo"90. Se volvieron moderados, más interesados por aquellos aspectos que permitieran alcanzar el consenso, que por los esquemas ideologizados y los sectarismos. Asumieron que la memoria histórica debía servirles para aprender del pasado, para que evitaran cometer los mismos errores y para darse cuenta de que las divisiones del pasado y las diferencias ideológicas que los separaban eran insignificantes si se comparaban con todas las experiencias vividas bajo la dictadura que los unían.

Esa voluntad fue la que llevó a los partidos de la oposición a formar la Concertación de Partidos por el No, una amplia coalición cuyo principal objetivo era ganar el plebiscito, derrotar a Pinochet y su itinerario, buscar una negociación para poder reformar la Constitución y así poder asegurar el retorno a una democracia verdadera.

Para fundamentar esta unidad, los sectores opositores se limitaron a decir que los demócratas habían decidido superar sus diferencias del pasado dejando que la historia juzgara las responsabilidades que le competían a cada cual en la crisis que llevó al quiebre democrático. Ellos preferían sacar de esas experiencias las cosas positivas que aportaran a construir un mejor futuro y que les permitiera concretar su unidad91. Esta nueva coalición representaba para la oposición la esperanza de alcanzar una nueva oportunidad de hacer las cosas bien y recuperar la democracia que habían perdido en 1973.

A esto se sumaron una serie de propuestas en las que primaba el tono moderado y conciliador. En la campaña opositora se puso atención especialmente en aquellos aspectos que interesaban a la sociedad, como las mejoras económicas y un regreso pacífico a la democracia, pero sin que esto implicara grandes transformaciones, como alterar los fundamentos básicos del sistema económico o el desconocimiento de la existencia y vigencia de la Constitución del 80. Además, se esmeró en poner énfasis en que el triunfo del No no significaría una vuelta a las políticas estatistas que habían caracterizado a los últimos dos gobiernos democráticos, con la clara intención de bajarle el perfil a la campaña del terror desatada por el gobierno. Aunque advertían que las cosas no seguirían en las mismas condiciones, ya que con la llegada de la democracia sería necesario que los beneficios económicos se hiciesen más justos y alcanzaran a la mayor parte de la sociedad, y no solo a una minoría como hasta entonces92.

El segundo eje de la campaña del No apuntaba a superar el miedo que existía en la sociedad, especialmente en relación a la limpieza del plebiscito, a la posibilidad de un nuevo golpe de Estado y a la represión que estos hechos podían generar. Para ello, la campaña que se lanzó estaba apuntada a derrotar al escepticismo y el miedo reinante en la sociedad, a través de un mensaje que buscaba generar en los chilenos la creencia de que la inscripción en los registros electorales y el voto por la opción No en el plebiscito era el camino por medio del cual se podría derrotar a la dictadura; que buscaba convencerlos de que el voto sería secreto y de que la oposición realizaría todos los esfuerzos que estuvieran a su alcance por asegurar la limpieza del acto electoral, y evitar que nuevamente se cometiera un fraude como el del plebiscito de 1980. Este temor no era algo infundado. Los chilenos tenían muy presente el recuerdo de lo que había sido el plebiscito de 1980 y todas sus irregularidades93. Los sectores opositores sabían que contaban con el apoyo de la mayoría de la ciudadanía, pero también sabían que esto no era suficiente, y que para lograr un triunfo efectivo del No había que tomar todas las medidas posibles para evitar cualquier tipo de fraude que lo desconociera.

No podía negarse que las condiciones bajo las cuales se desarrollaría el nuevo plebiscito eran bastante diferentes a las que existían en 1980. Ahora había registros electorales, el proceso estaba avalado por la existencia del Tribunal Calificador de Elecciones, los partidos políticos inscritos en la legalidad vigente tendrían acceso a fiscalizar tanto el proceso de votación como el del escrutinio de los votos; y la oposición tenía más acceso a los medios de comunicación a través de ciertos periódicos, semanarios y algunas radiodifusoras. Sin embargo, todavía quedaban muchas cosas que podían entorpecer la normalidad y limpieza del proceso plebiscitario. Por ejemplo, la mantención de los estados de excepción y el desigual acceso a la televisión. Por esta razón, y con el objetivo de hacer sentir a los electores que no se permitiría el desconocimiento del triunfo opositor, la Concertación demandó una serie de garantías para que el proceso plebiscitario cumpliera con ciertas condiciones básicas de limpieza y legitimidad, y por otro lado, organizó todo un sistema de control, fiscalización y cómputo paralelo del proceso de votación y de escrutinio para el día del plebiscito. Con esto no se podía evitar que el gobierno hiciera un fraude si quería, pero al menos le permitía a la oposición tener los recursos para demostrar que se había hecho ese fraude ante el país y la comunidad internacional, y podía defender su triunfo por medio de la movilización social.

No obstante, la Concertación insistió tanto en que el fraude no sería posible, como en la idea de que de ocurrir una situación así se debería mantener la calma y esperar el llamado a una movilización que sería pacífica, que no buscaría alterar la estabilidad y el orden público, sino tan solo el reconocimiento del triunfo opositor. Detrás de este permanente llamado a la calma estaba el temor a una situación que la oposición no tenía cómo controlar: un posible autogolpe si llegaba a ganar el No. Este temor estaba muy presente tanto en la ciudadanía como en los líderes políticos, razón por la que se quería evitar cualquier tipo de actitud que diera pie a una acción de esa naturaleza. De hecho, las declaraciones de varios personeros de gobierno y oficiales de Ejército en sus discursos, entrevistas o artículos de prensa habían alimentado este temor a lo largo de todo el año94. Frente a un nuevo golpe de Estado la oposición no tenía nada que hacer, no podía enfrentar a los tanques y fusiles con computadores y teléfonos móviles, por lo que la preocupación era especialmente fuerte en los dirigentes políticos. Este fue quizás el único miedo que la oposición no tuvo como contrarrestar, porque en ellos mismos estaba muy arraigado. De hecho, no eran ideas descabelladas, ya que hay fehacientes informaciones que plantean que esta posibilidad se barajó en La Moneda la noche del plebiscito, luego de conocer la noticia de la derrota95.

Por último, el tercer eje de la campaña opositora consistía en la construcción de un discurso basado en la alegría, la esperanza y la idea de la reconciliación de los chilenos; un discurso que miraba al futuro como el camino más válido para poder superar la pesadilla que Chile había vivido durante los quince años de dictadura. El discurso opositor planteaba que el Chile del futuro, que nacería del triunfo opositor en el plebiscito, recuperaría su larga tradición democrática, sería un verdadero hogar, una patria para todos los chilenos, sin importar cómo pensaban, o si eran de izquierda, centro o derecha, pinochetistas u opositores. El mensaje que la oposición buscaba transmitir era un mensaje de optimismo, de extender la idea de que el triunfo del No significaría avanzar hacia delante y dejar atrás el arcaísmo del gobierno personalista de Pinochet, que impedía que el país alcanzara una democracia para todos y que no entregaba los beneficios de la modernización alcanzada, a toda la sociedad.

La disyuntiva que proponía el discurso opositor no era volver al pasado o seguir adelante. La verdadera disyuntiva que según los sectores opositores estaba en juego en el plebiscito, era optar por un futuro democrático o por la perpetuación de la dictadura y de los quince años más negros de la historia del país96.

Dentro de este mensaje, la memoria histórica va a estar muy presente ya que desde un comienzo la oposición planteó que la opción No en el plebiscito era la oportunidad ideal para que Chile pudiese reencontrarse con su historia y con su tradición democrática97. El discurso opositor va a apelar a la memoria histórica desde el pasado previo al golpe de Estado, con el objetivo de rescatar los valores democráticos que habían caracterizado a Chile. Se buscaba romper con la imagen negativa levantada por el gobierno sobre el pasado democrático chileno, de que en los casi cincuenta años que mediaron entre la aprobación de la Constitución del 25 y el golpe de Estado, en Chile no se había hecho nada, y que todo lo conseguido era obra exclusiva del régimen militar. Los sectores opositores apuntaban a reivindicar la libertad y prestigio de los que había gozado Chile durante este periodo, y todos los avances que se habían hecho y que contribuían a que el país hubiese podido llegar a ser tan moderno como lo era en 1988. En el fondo, buscaba mostrar que en el pasado no todo había sido colas, violencia y desabastecimiento, sino que Chile tenía también un pasado en el que se habían hecho cosas muy buenas, durante el cual había gozado del respeto de toda la comunidad internacional por su ejemplo democrático, y en el que la patria era de todos los chilenos, sin que operara la lógica de amigos y enemigos que había impuesto la dictadura98.

Desde la perspectiva del pasado más cercano, el discurso opositor apeló a la memoria histórica de la mayoría de los chilenos, esa memoria marcada por el fin de la democracia, la violencia de la represión y de las violaciones a los derechos humanos; por el empobrecimiento de las mayorías y por la total falta de esperanza para las generaciones jóvenes. Reconocía que la Unidad Popular había sido sumamente negativa para amplios sectores de la sociedad, pero planteaba que este era un pasado lejano y superado, cuyos errores no volverían a cometerse. A esto agregaba que lo vivido bajo la dictadura había sido muchísimo peor, porque los niveles de violencia alcanzados nunca se habían visto en Chile; porque, aunque hubiesen importantes modernizaciones, estas habían acarreado el empobrecimiento de vastos sectores de la sociedad, disminuyendo sus niveles de vida por debajo de los que se tenían durante el gobierno de la Unidad Popular; porque habían sido muchas las promesas sin cumplir; porque habían impuesto un verdadero estado de guerra en el país, dividiéndolo entre amigos y enemigos, utilizando el miedo y la violencia para mantener el control del país; sencillamente, porque no había libertad, esta no podía reducirse a la libertad de compra como quería hacerlo el régimen99. Lo que buscaba el discurso opositor era confundir la memoria de la dictadura con la realidad caótica que vivían los chilenos, para que quisieran dejarla atrás y adhirieran al futuro democrático que ofrecían los opositores, como una nueva realidad para todos los chilenos, sin ningún tipo de exclusión.

En su discurso, la oposición planteaba que en el plebiscito había que decidir si se seguía por ocho años más bajo el mismo sistema autoritario y de confrontación, o si se optaba por un futuro en el que Chile recuperaría su tradición democrática y volvería a ser una patria para todos los chilenos. En otras palabras, si se quería que siguiera el exilio, la represión, la pobreza, la desocupación y los privilegios de unos pocos; o se prefería la libertad, la justicia, la participación y el término de los favoritismos100. En el discurso opositor el representaba el continuismo de un presente caótico mientras el No abría las puertas a un futuro verdaderamente democrático.

A este objetivo, se sumaba el interés opositor por poner en el tapete a ese Chile ocultado por el régimen, al Chile de la mayoría, para que esta pudiera ver reflejada su situación y se diera cuenta de que era compartida por muchas personas más; que la pobreza, la cesantía, el hambre y la represión no era una consecuencia exclusiva de sus actos, sino que, más bien, eran los efectos de las políticas puestas en práctica por la dictadura. Dentro de esta misma lógica, eran constantes las comparaciones de la situación que vivía Chile en 1988 con la que se vivía en 1970, pretendiendo demostrar que bajo los gobiernos democráticos las condiciones de vida habían sido mucho mejores que las que había bajo la dictadura. Se quería terminar con la idea de que Chile había nacido en 1973 y que para atrás no había nada, que todo lo bueno lo había hecho el régimen militar, y demostrar que gran parte de las modernizaciones alcanzadas eran producto de políticas que se habían practicado desde mucho antes de que asumiera el gobierno militar. La finalidad de estas comparaciones era sustentar con más fuerza aún la idea opositora de que el retorno a una verdadera democracia era también el camino más adecuado para poder superar los deficientes niveles de vida que se tenían en el presente.

Lo más llamativo de este discurso opositor era que, lejos de hacer todas estas acusaciones con tono de denuncia y crítica, lo hacía con un tono de alegría, esperanza y reconciliación; siempre positivo, siempre acompañando las críticas con un mensaje de esperanza de que en el futuro democrático todo sería mejor. No se trataba de que la gente solo tomara conciencia de lo mal que la estaba pasando, ya que eso solo hubiese profundizado el miedo y la apatía frente al plebiscito; la idea era que esta toma de conciencia fuera acompañada de la esperanza de que con el triunfo del No se podría lograr un Chile mejor.

El mensaje que la campaña opositora buscaba entregar al país era que el triunfo del No no sería el triunfo de la Concertación, sino el triunfo de todos los chilenos sobre su pasado cargado de divisiones, odios y miedos; que abriría un verdadero camino hacia la paz y la reconciliación del país, hacia un sistema democrático en el cual todos tendrían cabida, incluso las Fuerzas Armadas.

Todo este espíritu de unidad, optimismo, alegría y esperanza tuvo su aplicación práctica en los distintos símbolos de la campaña: el arco iris, que a través de sus colores representaba la diversidad ideológica que se encontraba concertada en torno al No, y el espíritu alegre y juvenil que se pretendía inyectar a la campaña; el eslogan, Chile, la alegría ya viene, a través del cual se buscaba generar la esperanza de que podía existir un futuro mejor, sin odio y sin miedo, cargado de alegría para todos los chilenos; y el himno a través del cual se ponía de manifiesto de manera magistral todo el espíritu de la campaña. El jingle Chile, la alegría ya viene, reflejaban claramente todas las críticas que se hacían a las condiciones de vida que tenían los chilenos bajo la dictadura, pero con un tono optimista y esperanzador de que a través del No todo esto podría superarse y convertirse en algo mejor. La canción expresaba que "frente a un mensaje de oscuridad había uno claro; frente a la mentira, había algo muy creíble, una canción que se podía cantar; frente a la mentalidad enferma de la dictadura, había una canción sana, bien intencionada y simple"101. Era además una canción participativa, que invitaba a todos los chilenos a identificarse con ella, a cantarla, a decir que No a la dictadura, a la violencia, a la miseria, sin miedo, con las armas conciliadoras que entregaban la alegría, la esperanza y la paz. Era una canción que llamaba a dejar a atrás el pasado y a mirar el futuro como algo prometedor del que todos los chilenos formarían parte y en el que por fin se recuperaría la libertad, la justicia y la dignidad.

Chile, la alegría ya viene Vamos a decir que Nooo
Chile, la alegría ya viene Con la fuerza de mi voz
  Vamos a decir que Nooo
Porque digan lo que digan Yo lo canto sin temor
Yo soy libre de pensar Vamos a decir que Nooo
Porque siento que es la hora Todos juntos a triunfar
De ganar la libertad Vamos a decir que Nooo
Hasta cuando ya de abusos Por la vida y por la paz.
Es el tiempo de cambiar  
Porque basta de miseria Terminemos con la muerte
Voy a decir que No Es la oportunidad
  De vencer a la violencia
Porque nace el arco iris Con las armas de la paz
Después de la tempestad Porque creo que mi patria
Porque quiero que florezcan Necesita dignidad
Mil maneras de pensar Por un Chile para todos
Porque sin la dictadura Vamos a decir que NO
La alegría va a llegar  
Porque pienso en el futuro  
Voy a decir que NO  

2.3 La franja electoral

La franja electoral de televisión era una instancia fijada por la Ley de Votaciones y Escrutinios, que tenía por objetivo asegurarle a las opciones en pugna el acceso equitativo a este importante medio de comunicación, permitiéndoles tener a cada una de ellas un espacio de quince minutos diarios, en cadena nacional, durante los 27 días previos al plebiscito.

A pesar de que formó parte importante de ambas campañas, será analizada de manera independiente, por el gran impacto mediático que tuvo. La franja fue el programa con más audiencia durante el mes que se transmitió, promediando cerca de cuatro millones y medio de espectadores diarios, lo que la transformó en el tema fijo de conversación en prácticamente todos los sectores de la sociedad102. El hecho de que el y el No pudieran enfrentar sus propuestas de manera contigua en televisión, permitió compararlas, descubrir la verdadera naturaleza del mensaje que cada una de ellas sostenía, comparar sus imágenes y contendidos. En efecto, la real importancia que tuvo la franja fue la de dejar muy en claro la diferencia de perspectivas que inspiraba la campaña de la oposición y la del gobierno, notándose desde el primer capítulo la supremacía técnica y estética de la Franja del No. Con un discurso marcado por la alegría, los colores, la esperanza y el anhelo de reconciliación entre todos lo chilenos, sin duda fue la ganadora del espacio televisivo, frente a una franja del en rojo, blanco y negro, y apuntada principalmente a generar terror y a descalificar abiertamente al opositor.

La franja del Sí

La franja del fue un resumen de lo que el régimen venía haciendo desde hacía quince años y, especialmente, de lo que había hecho a lo largo de 1988. Temáticamente, recurrió a los mismos elementos que en el resto de la campaña: los logros económicos y el terror, siendo una extensión de lo que había desarrollado el Somos Millones y el Sí, Usted Decide103. La franja del no ofreció nada distinto a lo que ya se había visto, lo que terminó por saturar a los espectadores. A esas alturas, la franja no hacía propaganda, sino más bien redundancia de las ideas que había desarrollado en todas las etapas de la campaña desde 1987104.

El mensaje de la obra realizada por el gobierno estaba basado principalmente en los logros económicos, priorizando más la entrega de cifras que el factor humano, lo que lo hacía tecnocrático, unidimensional y frío105. De hecho, ni siquiera Pinochet tenía una figuración importante, con apariciones bastante aisladas y de corta duración; ya que lo que se buscaba era ganar las adhesiones al más por la obra del gobierno que por el candidato106. Lo único distinto a las campañas anteriores era el nuevo lema: Chile, un país ganador, a través del cual se quería transmitir la imagen de Chile como un país líder dentro de Latinoamérica, y destacar los importantes avances logrados durante los quince años del gobierno.

En el mensaje del terror, en tanto, 1973 estuvo presente desde el principio y siguió mostrando las mismas ideas e imágenes con las que a lo largo de los quince años de dictadura el gobierno había buscado construir la memoria histórica de la Unidad Popular. Esta memoria histórica caracterizada por los elementos más negativos del gobierno de Allende, servía como base para poder transmitir la relación entre No = pasado = UP = violencia marxista107, a través de la cual el oficialismo buscaba desprestigiar a la opción opositora y presentarla como el camino directo hacia el pasado de la Unidad Popular y la amenaza marxista. En ese sentido apuntaban los videos que mostraban imágenes del caos vivido durante Unidad Popular, por supuesto todas originales y en blanco y negro, con el fin de profundizar la sensación de temor e inseguridad a través de la idea del pasado triste, gris y sombrío que ellas daban, en contraposición a los colores en los que eran presentadas las modernizaciones alcanzadas por el gobierno militar. Muchos de estos spots, además, terminaban con la frase Usted decide. Seguimos adelante o volvemos a la UP, en una clara interpelación a que el espectador viera, recordara y sopesara qué era lo que más le convenía a él y al país.

A esto se sumó una serie de spots que apelaban a la acción salvadora que había realizado el régimen del caos en el que la UP había sumido al país. Los spots más ejemplificadores que se pueden comentar en este sentido son los del túnel, dos spots que ponían de manifiesto la forma en que la Unidad Popular había hundido a Chile en un túnel oscuro, y la forma en que las Fuerzas Armadas lo habían rescatado. El primer spot mostraba el ingreso a un túnel que se hacía cada vez más oscuro, mientras una voz en off, que se iba distorsionando a medida que se avanzaba, decía:

Los que hoy venden alegría, amor y paz, son los mismos que pueden llevar a Chile a un túnel sin salida, al desorden, a la inflación, al miedo, a la violencia, a las expropiaciones. Si usted vota No, vuelve la oscuridad de un país perdedor y Chile se detiene.

El segundo spot del túnel consistía en el proceso inverso, es decir, en la salida del túnel desde la oscuridad hacia la luz, mientras la voz se iba aclarando cada vez más a medida que la cámara iba avanzando, y decía:

Hace quince años este país vivía en el fondo de un túnel, la oscuridad de un país perdedor. Pero Chile se puso en marcha, con sacrificio, con fe, con la fuerza de un pueblo que quiso ser un país ganador. Ahora que lo logró, usted vote Sí para que Chile siga por el camino del éxito.

Por último, el programa del también cayó en la contrapropaganda, y "más que innovar y plantear nuevos argumentos, reaccionó y respondió a todos los planteamientos de la propaganda opositora"108. Las canciones, los sketchs y los testifueron trastrocados y transformados en algo violento. Esta acentuación del terror derivó en que el espacio de gobierno abusara "de las imágenes de sangre, opresión, violencia, terrorismo, tratando así de identificar a la opción No con lo que era el terrorismo y la violencia.

La franja del No

La franja del No se transformó en un verdadero fenómeno. Ver aparecer después de quince años de completa marginación de la televisión a los políticos opositores, tan denostados por el régimen, con un mensaje cargado de alegría, humor, esperanza y reconciliación, en una estética llena de colores y ambientes gratos, jóvenes y familias felices, causó un gran impacto positivo, especialmente cuando se la comparaba con la opaca, triste, economicista y atemorizante franja del Sí. La gente se vio estimulada por el optimismo del mensaje, por el contagioso ritmo de sus canciones y por la alegría y frescura de las imágenes, adoptando una postura mucho más segura y menos temerosa frente al plebiscito.

La franja opositora fue una franja de toda la oposición y de todos los chilenos, salió a la calle, se dirigió a las poblaciones, al centro, a los barrios, a los lugares donde transcurría la vida cotidiana. Esto derivó en que sus principales protagonistas fueran los hombres, las mujeres y los jóvenes comunes y corrientes, de los sectores populares, del barrio alto, de regiones; gente cuyas opiniones nunca habían aparecido en televisión109. Fue un espejo de la realidad que vivía la gran mayoría del país, permitiendo que gran parte de la sociedad se sintiera reflejada e identificada con lo que ella presentaba. Por esto, fue más que una propaganda del No, fue la propaganda de todos los chilenos, a través de la cual los chilenos vieron renacer la esperanza en un Chile mejor, distinto al que había junto a Pinochet, y que solo se alcanzaría si el No ganaba el plebiscito110.

Al igual que en el resto de la campaña, lo que primó fue el discurso de alegría, esperanza y reconciliación, y aun cuando apeló constantemente a la memoria histórica a partir de la doble lógica del pasado lejano y del pasado cercano, siempre lo hacía acompañando los recuerdos con un mensaje de esperanza en un futuro mejor y para todos los chilenos, si ganaba la opción opositora. Es decir, estas apelaciones al pasado eran funcionales a la visión de futuro que predominaba en la franja. Todas las imágenes eran del presente o mostraban lo que podría ser el futuro de Chile. No había imágenes de la Unidad Popular o en blanco y negro, todo era a color. De hecho, en la franja ni siquiera aparecen los presidentes Frei y Allende. En el fondo, lo que la oposición buscaba reforzar a partir del recurso de la memoria, era la idea de que los chilenos podían construir un futuro mejor, un futuro en el que se recuperarían los valores democráticos propios de la nación chilena, en el que se dejarían atrás los errores cometidos durante la Unidad Popular, las divisiones que habían separado a los chilenos y todo el caos en el que la dictadura había sumido al país, para volver a ser el país de todos los chilenos.

Esto permitió tocar los temas más complicados del régimen militar, como las violaciones a los derechos humanos, el exilio, la tortura, el terrorismo de Estado, los desaparecidos, la miseria y la pobreza, como parte de lo que había sido la vida cotidiana de la gran mayoría de los chilenos durante los años de dictadura111, presentándolos "a través de un trabajo simbólico, que se hizo con mesura y dignidad y con la intención de que los chilenos aprendieran de ellos y pudieran superarlos"112. Así se facilitó que estos temas ya no se vieran desde la perspectiva del temor, sino como una realidad lamentable de la que todos, de una u otra forma, habían sido víctimas y que ya era hora de dejar atrás.

Lo más destacable de los espacios destinados a recordar estos lamentables hechos, fue que no lo hicieron desde una perspectiva macabra. No aparecían relatos sufrientes, mutilados, o escenas de violencia, como las que utilizaba la franja del . Por el contrario, como el No no buscaba infundir temor sino eliminarlo, el tema fue tocado con suma delicadeza, con imágenes y lenguajes simples, que ayudaran a los chilenos a tomar conciencia de esta realidad y a decirle no más. Un ejemplo claro de este espíritu es un video en el que aparecía una serie de dibujos infantiles con los símbolos del No, el arco iris, la palabra NO, etc., mientras una voz en off recordaba el alto número de víctimas de las violaciones a los derechos humanos y cómo su recuerdo hacía necesario buscar la paz en Chile. Es decir, en vez de usar imágenes de fusilamientos o de cadáveres, se escogían estas imágenes infantiles que representaban la alegría y la esperanza en un futuro mejor, para tocar un tema tan delicado y lamentable.

La misma lógica seguía el spot que trataba el tema de la pobreza, el cual apelaba a la emotividad y causó un gran impacto, siendo uno de los más recordados hasta el día de hoy: el spot de la señora Yolita. En él, entraba en un negocio cualquiera, una anciana muy humilde que se dirigía al tendero, pidiéndole dos marraquetas y té, pero solo una bolsita, porque, luego de ver su monedero, se daba cuenta de que el dinero que tenía no le alcanzaba para comprar dos. Al concluir el comercial, una voz en off decía: Todos tenemos una razón para votar NO. No más miseria.

Dado el tono y el mensaje del discurso opositor, la campaña del No tuvo éxito. Logró convencer a los chilenos de que la democracia y el futuro estaban en el No y no en el ; que la paz, la seguridad, la estabilidad económica para la mayoría, y los cambios en orden y tranquilidad estaban con la oposición y no con el Gobierno. Por supuesto, no hay que quitarle mérito a la campaña oficialista, cuyos errores contribuyeron bastante a su derrota.

El principal error del gobierno fue interpretar mal el hecho de que el país quería visiones de futuro. Pensó que identificando a la opción con el futuro y al No con el pasado era suficiente. Se equivocó, lo único que consiguió fue hacer que su propia oferta fuese ambigua. No podía entenderse que se destacarán los grandes logros del gobierno, pero que al mismo tiempo se dijera que estos estaban en peligro si el No llegaba al poder. ¿Qué quería decir con esto? ¿No era tal la estabilidad de la institucionalidad creada? ¿Era tan frágil el modelo económico impuesto por el gobierno como para que sucumbiera tan rápido como lo profetizaban, frente al triunfo opositor? Y si era así, ¿podía realmente asegurar la estabilidad del país a futuro y cumplir la promesa de que los beneficios del desarrollo económico llegarían a todos los sectores de la sociedad?

Algo similar ocurrió con la franja electoral. El excesivo uso del terror y "de las imágenes de sangre, opresión, violencia, terrorismo se hicieron con la finalidad de identificar a la opción No con lo que era el terrorismo y la violencia. Pero lo que ocurrió fue totalmente diferente: los telespectadores identificaron esa estética con la opción , porque estaba siendo mostrada en su propaganda"113. La idea de ganar votos identificando al No con el pasado y la violencia no dieron resultado. Por el contrario, tanta reiteración por parte del gobierno hizo que la gente viera más la posibilidad del caos violentista en la perpetuación del gobierno y no en el triunfo opositor, sobre todo cuando el discurso de la oposición era tan diametralmente opuesto.

Sin embargo, tampoco puede decirse que su campaña fue un fracaso rotundo. El gobierno perdió el plebiscito, pero alcanzó el apoyo del 43% del electorado. Frente a esta realidad, puede suponerse que o la lealtad al régimen y el reconocimiento de su obra era realmente amplia, o que algún efecto debe haber tenido su campaña del terror.

Sea como sea, la oposición ganó el plebiscito, y de ahí en adelante se comenzaría a construir el camino hacia la transición, un camino que, a pesar de la importancia que tuvo la apelación a la memoria durante la campaña plebiscitaria, va a estar caracterizado por un creciente silenciamiento y olvido de ella dentro de las elites políticas. Este fenómeno es el que vamos a esbozar a continuación.

3. EL TRATAMIENTO DE LA MEMORIA DURANTE LA TRANSICIÓN CHILENA

El 5 de octubre de 1988, la oposición a la dictadura logró el triunfo en las urnas con un 54% de los votos. Este triunfo significaba que el candidato de los Comandantes en Jefe había sido derrotado. Los dieciséis años que contemplaba la Constitución no se cumplirían. Pinochet no gobernaría por 24 años. Los chilenos habían considerado que diecisiete eran más que suficientes. Sin embargo, a pesar de la derrota y aun cuando Pinochet la reconoció, al mismo tiempo decidió no ceder ante las presiones opositoras y no renunció, dejó muy en claro que el itinerario establecido por la Constitución no se modificaría, cumpliéndose al pie de la letra114, es decir, que las elecciones presidenciales no se harían antes de diciembre de 1989, y que él no dejaría la presidencia hasta marzo de 1990.

Si bien las intenciones de la oposición eran alterar el itinerario constitucional y adelantar las elecciones presidenciales y parlamentarias, y por ende, el traspaso del mando a un presidente democráticamente electo, luego de las declaraciones de Pinochet, dejó rápidamente de lado sus intenciones, decidió aceptar el itinerario constitucional y concentró toda su energía en la búsqueda de una negociación para reformar la Constitución.

Detrás de esta decisión hay una serie de razones. En primer lugar, si bien el No había ganado el plebiscito, la victoria había estado lejos de ser arrasadora. Se contaba con el 54% del apoyo ciudadano, pero había un 43% de los chilenos que todavía daba su apoyo al régimen. No se podía llegar y desconocer por completo su institucionalidad, había que generar algún mecanismo que permitiera que el Chile que se iba a construir fuera realmente un Chile para todos. En segundo lugar, los sectores opositores pensaron que para poder llegar a constituirse en una verdadera alianza de gobierno y poder ganar las elecciones presidenciales y lograr la mayoría en las parlamentarias, se necesitaba tiempo, y ese año de preparación que fijaba la Constitución era muy útil en ese sentido. Por último, la tercera razón para esta decisión fue que en la oposición, especialmente en los partidos políticos que conformaban la Concertación, primó el realismo político115. La experiencia de los años de dictadura y la propia campaña plebiscitaria les había mostrado que la gente estaba cansada de los extremismos, que querían democracia, pero en paz y tranquilidad, y eso los llevó a concluir que las presiones y la movilización social para lograr que Pinochet abandonara el poder, solo podían conducir a una creciente inestabilidad y a un vacío institucional y jurídico que podría derivar, primero, en un descontento generalizado del sector empresarial, lo que traería serias consecuencias para la estabilidad del sistema económico; y lo que era más grave aún, podría generar una nueva intervención militar.

Luego de ganar el plebiscito, los partidos agrupados en la Concertación sentían que debían comenzar a construir el camino hacia la democracia. Para lograrlo, creyeron que era necesario dejar de lado sus exigencias de un cambio político inmediato, y buscar un acuerdo que permitiera avanzar hacia una democracia efectiva, a través de la reforma a la Constitución de 1980. Si bien había sectores dentro de la oposición que rechazaban tajantemente la legitimidad de la Constitución y eran partidarios de hacer una nueva Carta Fundamental (especialmente los miembros del PC y del PS), la lógica de consenso que primaba no permitía hacer realidad esas posturas. Mal que mal, la Constitución del 80 era lo que regía en Chile en ese momento y eso no podía desconocerse. Muchos de sus aspectos no tenían nada que ver con lo que se entendía internacionalmente como una verdadera democracia116, razón por la cual se hacía imperioso hacerle algunas modificaciones, pero de manera consensuada. Dadas las circunstancias que enfrentaba el país en esos momentos, el temor que existía en los sectores opositores a una nueva intervención militar y la huella que había dejado en ellos la memoria de los extremismos en los que habían caído en el pasado, y que tan nefastas consecuencias habían tenido para el país, llevaron a la Concertación, liderada por la Democracia Cristiana, a buscar una reforma negociada con el régimen militar y los sectores democráticos de derecha, que permitiera hacer, en la medida de lo posible, como decía el presidente de la DC, Patricio Aylwin, reformas que le otorgaran un mayor carácter democrático a la Constitución117.

Esta actitud opositora definirá el carácter que tendrá la transición a la democracia en Chile: será una transición pactada, no una transición rupturista; una transición a puertas cerradas, entre cúpulas políticas, y en la que el movimiento social, tan importante en la resistencia y oposición a la dictadura, no tendría cabida. El futuro de Chile sería decidido por la elite política, que parecía haber hecho suya la divisa del despotismo ilustrado, una transición para el pueblo, pero sin el pueblo:

Las Casas del No, capilarizadas por todo el país, cerraban aquella noche sus puertas para no volverlas a abrir. Aquellos lugares donde se había nutrido la esperanza democrática y la participación de jóvenes, pobladores, profesionales, mujeres, artistas, militantes, independientes, diversas minorías, echaban el telón.

Se clausuraba un espacio que, con ilusión multitudinaria y anónima, se había conquistado contra la dictadura y contra el miedo. En aquella jornada de triunfo masivo, con un sencillo acto de omisión, los políticos opositores dilapidaron el instrumento de interlocución social más eficaz que ellos mismos habían diseñado. Ahí quedó decretada una transición construida para la gente, pero evitando a la gente. Aquella maravillosa fiesta de la democracia terminó en un coitus interruptus, en el inicio de una ausencia civil118.

Las modificaciones que se hicieron fueron negociadas y acordadas con la derecha democrática y el gobierno, y fueron plebiscitadas en julio de 1989. Sin embargo, en estas negociaciones, la Concertación renunció a muchas de sus exigencias claves. Sus mismos partidarios las calificaron de reformas "modestas"119, pero necesarias para poder asegurar el tránsito pacífico a la democracia. El temor que despertaba la posibilidad de que los militares no estuvieran realmente dispuestos a entregar el poder a un presidente electo que proviniera de la oposición, hacía que la primera prioridad de los partidos de la Concertación fuera "asegurar la transferencia del gobierno, aunque no se lograra simultáneamente la transferencia del poder"120. La Concertación optó por el consenso y asumió la posición de que no habría una verdadera democracia si no se acordaban sus características con las Fuerzas Armadas y con la derecha121, las cuales deberían ser actores trascendentales para el normal funcionamiento del sistema democrático. Si bien el primer proceso de reforma no había sido lo esperado, se tenía la esperanza de que el resto se hiciera más adelante, mal que mal, RN se había comprometido a estudiar las reformas que habían quedado pendientes, una vez que asumiera el nuevo gobierno democrático. Sin embargo, este acuerdo no se cumpliría en el plazo fijado, y deberían pasar dieciséis años para que, durante el gobierno de Ricardo Lagos, se pudieran finalmente hacer efectivas algunas de las reformas que eran claves para los sectores opositores ya en 1989: el término de la institución de los senadores designados y la posibilidad de que el Presidente pudiera disponer de los cargos de los Comandantes en Jefe del Ejército y del General Director de Carabineros.

Todo el proceso de negociación de las reformas fue una antesala de lo que sería la política durante los gobiernos de la Concertación. Lo hermético de las negociaciones llevadas a cabo entre un grupo político muy reducido y sin considerar la opinión de la ciudadanía a la hora de determinar qué se reformaría y qué no, derivó en que, a pesar de que el plebiscito de las reformas fuera consensual, apoyado por casi todos los sectores políticos y sin ningún tipo de debate ni divergencia, pasara prácticamente inadvertido y que su contenido, no obstante la trascendencia que tendrían las medidas acordadas para la futura democracia, fueran prácticamente desconocidas por la mayoría de los chilenos122. Esta situación correspondería a la antesala de la creciente despolitización que caracterizaría a los últimos tres gobiernos democráticos123. Toda la movilización social capitalizada durante las jornadas de protesta y la campaña plebiscitaria fue dejada cada vez más de lado, derivando en un constante aumento de la indiferencia ciudadana frente a la política, especialmente de los sectores juveniles124.

Por otro lado, la lógica de consenso que caracterizó a las negociaciones sobre las reformas, tendía a reforzar la imagen de "empate" con el que se había buscado envolver el resultado del plebiscito del 5 de octubre, y que ha caracterizado todo el proceso de transición125. El discurso opositor durante la campaña y luego del triunfo del No apuntaba a que este era un triunfo de todos los chilenos, sin vencedores ni vencidos, para construir un Chile en el que todos los sectores tendrían cabida y serían escuchados. Al parecer, la oposición se tomó muy a pecho esta idea, la que sumada al temor de que cualquier alteración sustancial y radical de la institucionalidad establecida por la dictadura podría derivar en una nueva intervención militar, llevó a que la Concertación aceptara asumir el gobierno en una situación política que dejaba mucho que desear en términos democráticos: la Constitución del 80 todavía mantenía algunos de sus aspectos más autoritarios; el gobierno antes de retirarse del poder había tomado todas las medidas necesarias para asegurar la continuidad de su institucionalidad y del sistema económico que había establecido; las Fuerzas Armadas gozaban de un alto grado de independencia del gobierno, y para peor, el dictador no se había retirado a su casa, sino que se había quedado como Comandante en Jefe del Ejército, el mismo cargo desde el cual había realizado el golpe de Estado en 1973, advirtiendo antes de dejar la presidencia que el Estado de derecho se acababa si se tocaba a cualquiera de sus hombres en relación al tema de las violaciones a los derechos humanos126. El nuevo gobierno comenzaba su periodo con las manos, en muchos sentidos, atadas por los amarres autoritarios establecidos por el régimen127. Sin embargo, se consideraba un precio que valía la pena pagar con tal de recuperar la democracia. Todo esto generó, a lo largo del tiempo, la sensación de que el país todavía no estaba democratizado y que la transición no había terminado y no terminaría mientras no se llevaran a cabo las reformas que convirtieran al sistema político chileno en una verdadera democracia. En este sentido, la negociación sobre las reformas y las modificaciones que establecieron, marcaron el punto de origen de lo que varios han llamado la transición inconclusa o la transición eterna, un remedio que ya ha durado tanto como la enfermedad que buscaba curar.

La actitud de consenso que ha caracterizado a los gobiernos de la Concertación y que ha buscado por todos los medios desarrollar una democracia en la que prime el acuerdo y no el antagonismo, la negociación y no la imposición, ha estado inevitablemente marcada por la memoria. En los inicios de la transición, la memoria jugó un papel muy importante dentro de los sectores políticos chilenos, especialmente en aquellos que conformaban la Concertación. Toda la campaña plebiscitaria lo había dejado más que claro. Los sectores opositores a la dictadura sentían una gran responsabilidad por la crisis que había conducido a Chile hacia una dictadura de casi diecisiete años y se sentían, al mismo tiempo, con la obligación de recuperar la democracia que habían contribuido a perder. Para lograrlo, se habían propuesto aprender del pasado y evitar cometer los mismos errores. De ahí que su lema fuera el de la transición pactada, una transición en la que primara el espíritu de acuerdo y reconciliación, que dejara atrás los años de confrontaciones y rupturas, los años de divisiones y sectarismos. Los partidos opositores trataban de distanciarse lo más posible de su conducta durante los gobiernos de la Democracia Cristiana y de la Unidad Popular, de ahí que estuvieran dispuestos a negociar con todos y ceder ante lo que fuera necesario. Ya habían quedado atrás los tiempos de cumplir los objetivos sin transar con nadie, ahora era hora de reconstruir la democracia con el espectro político más amplio que se pudiera, sin importar mucho qué se tuviera que ceder a cambio.

Todo esto contribuye a entender por qué a pesar de su tenaz oposición al régimen y a la institucionalidad que este establecía, la Concertación se ha conformado con tan poco por tanto tiempo; por qué aceptó asumir un gobierno limitado por los enclaves autoritarios que el régimen militar se había esmerado en legar; por qué debieron pasar quince años y tres gobiernos de la Concertación para que se pudiera seguir avanzando en el tema de las reformas constitucionales; por qué el tema de las violaciones a los derechos humanos fue enfocado durante tanto tiempo solo desde la perspectiva de la verdad (y limitada) y no de la justicia, debiendo esperar cerca de ocho años, y luego de que un tribunal extranjero sometiera a proceso y detuviera a Pinochet en Londres por sus actos genocidas, para que los tribunales de justicia chilenos comenzaran a dar curso a los juicios en contra de los responsables de las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la dictadura. No se pretende decir que la memoria permite explicar a cabalidad y en su totalidad las características de la transición chilena y de sus orígenes. Sin duda hay una serie de otros factores sociales, políticos, económicos, filosóficos e internacionales que permiten dar una explicación más acabada y global. Lo que se busca es destacar que la memoria, especialmente la memoria histórica, tiene un rol clave a la hora de explicar los distintos fenómenos que acontecen en una sociedad determinada, especialmente cuando esta sociedad ha vivido periodos traumáticos que quieren superarse y dejarse en el pasado, buscando aprender de ellos para evitar que vuelvan a repetirse, tal como ha sido el caso de la sociedad chilena durante las últimas cuatro décadas.

 

NOTAS

2 Manuel Antonio Garretón: "Balance y perspectivas de la democratización política chilena" en Amparo Menéndez Carrión y Alfredo Joignant (eds.), La Caja de Pandora. Santiago, Editorial Planeta, 1999, 58-59.         [ Links ]

3 Para profundizar el tema de los encalves autoritarios, revisar, entre otros, Carlos Huneeus, El régimen de Pinochet,         [ Links ] Tomás Moulian: Chile actual: Anatomía de un Mito.         [ Links ]

4 Álvaro Soto: Transiciones a la Democracia en España y Chile. Una perspectiva comparada. Trabajo de próxima publicación.        [ Links ]

5 Josefina Cuesta: "Memoria e Historia. Un estado de la cuestión", en Josefina Cuesta (ed.) Memoria e Historia, Revista Ayer, N° 32. Madrid, Marcial Pons Edicione, 1998, 164.         [ Links ]

6 Norbert Lechner y Pedro Güell: "Construcción social de las Memorias en la Transición Chilena", en Amparo Menéndez Carrión y Alfredo Joignant (eds.), La Caja de Pandora. Santiago, Planeta/Ariel, 1999, 186.         [ Links ]

7 Ibid., 188.

8 Ibid., 187.

9 Carlos Huneeus: Chile un país dividido. La actualidad del pasado. Santiago, Catalonia, 2003, 15.         [ Links ]

10 Idem.

11 Elizabeth Lira: "La recuperación de la memoria desde las distintas percepciones de los actores", en Círculos de Conversación sobre Derechos Humanos, Santiago, Fundación Ford, 1999, 7         [ Links ]

12 Ximena Tocornal: La memoria del régimen militar, citado en Lechner y Güell, op. cit., 196. Esta idea es planteada también por Moulian, Jocelyn-Holt, Barahona de Brito, Lira y Castillo.

13 Gerard Namer: "Antifascismo y 'La memoria de los músicos' de Halbwasch (1938)", en Josefina Cuesta Bustillo (ed.), Memoria e Historia, Revista Ayer, núm. 32. Madrid, Marcial Pons Ediciones, 1998, 43.         [ Links ]

14 Steve Stern: "De la memoria suelta a la memoria emblemática: Hacia el recordar y el olvidar como el proceso histórico (Chile 1973-1998)". www.cholonautas.edu.pe, 2.         [ Links ]

15 Paloma Aguilar, Memoria y olvido de la Guerra Civil Española. Madrid, Alianza Editorial, 1996, 25.         [ Links ]

16 Ibid., 24.

17 Aguilar, op. cit., 35-36.

18 Ibid., 21.

19 Simon Collier y William Sater: Historia de Chile 1808-994. Madrid, Cambrige University Press, 1998, 307.         [ Links ]

20 Alan Angell: De Alessandri a Pinochet. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1993, 94.         [ Links ]

21 Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle, Manuel Vicuña, Historia el siglo XX chileno, Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, 281         [ Links ]

22 Cristián Gazmuri: La Persistencia de la Memoria. Santiago, Ril, 2000, 55-57.         [ Links ]

23 Arturo Valenzuela: "Los militares en el poder: la consolidación del poder unipersonal", en Paul Drake e Iván Jaksic, El difícil camino hacia la democracia en Chile 1982-1990. Santiago, FLACSO, 1993, 19.         [ Links ]

24 Correa, op. cit., 284.

25 Valenzuela, Los militares, 73.

26 Ibid., 120.

27 Este plebiscito se anunció con tan solo un mes de anticipación, se desarrolló bajo estados de emergencia; sin Registros Electorales o Tribunal Calificador de Elecciones; con los partidos políticos en la ilegalidad; y sin acceso de la oposición a ningún medio de comunicación para poder manifestar las razones por las que rechazaba la Constitución. Mientras tanto, el gobierno tenía acceso a todos los diarios, radios y canales de televisión y se paseaba por todo el país llamando a los chilenos a votar , para aprobar la Constitución y la extensión de su mandato hasta 1989; y todo esto acompañado por una campaña del terror desarrollada por el gobierno, para despertar el temor ciudadano de volver a la UP.

28 Las reformas impulsadas por el modelo neoliberal comenzaron a aplicarse desde 1975, revirtiendo toda la política del intervencionismo que se venía aplicando en Chile desde la década del treinta. Se redujo considerablemente el rol del Estado, el que dejó de ser inversionista y protector, para transformarse en tan solo un subsidiador. Para lograrlo, se llevó a cabo una severa disminución del gasto fiscal, se privatizaron una serie de empresas que se encontraban en manos estatales y se impulsó la libre empresa y el libre intercambio comercial, siguiendo la lógica de las ventajas comparativas. A esto se sumaron una serie de reformas de fondo, conocidas como las "siete modernizaciones", entre las que destacaron la privatización del sistema previsional (AFP) y del sistema de salud (ISAPRES), y la elaboración de un nuevo Código del Trabajo en el que se reduce considerablemente el poder sindical de los trabajadores.

29 Huneeus, Carlos: El régimen de Pinochet, Santiago, Editorial Sudamericana, 2000, 506-518.         [ Links ]

30 Otano, Rafael: Crónica de la Transición. Santiago, Editorial Planeta, 1995, 14.        [ Links ]

31 Drake, Paul e Iván Jaksic: "Transformación y transición en Chile. 1982-1990", en Drake Paul e Iván Jaksic, El difícil camino hacia la democracia en Chile 1982-1990. Santiago, FLACSO, 1993, 38.         [ Links ]

32 Angell, op. cit., 111.

33 Para profundizar en esta reorganización de la oposición y en las alianzas que van a establecer en esta etapa, revisar Otano, op. cit., 14-17.

34 Otano, op. cit., 14.

35 Para profundizar el tema de la aparición de estos grupos de tendencia guerrillera y terrorista, revisar Huneeus, op. cit., 504-505, y Otano, op. cit., 17.

36 Gazmuri, op. cit., 531.

37 Cavallo, Ascanio: Los Hombres de la Transición. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1992, 40.         [ Links ]

38 Otano, op. cit., 30.

39 Ibid., 37.

40 Gazmuri, op. cit., 112.

41 Cavallo, op. cit., 15.

42 Fernández, Sergio: "El significado del 5 de octubre", en Matías Tagle: El plebiscito del 5 de octubre de 1988. Santiago, Corporación Justicia y Democracia, 1995, 38.        [ Links ]

43 Que el Tribunal Calificador de Elecciones comenzara sus funciones con el plebiscito no estaba contemplado por el gobierno. La Constitución hacía suponer que este solo comenzaría a funcionar para las primeras parlamentarias, después del plebiscito. Sin embargo, el Tribunal Constitucional consideró que la primera elección sería el plebiscito, por lo que su funcionamiento debería comenzar en 1988. Esto sin duda alteraba los planes del gobierno, ya que le daba al plebiscito la calidad de elección y no de mera consulta.

44 Gazmuri, op. cit., 131.

45 Huneeus, Los Chilenos, 105-106.

46 José Joaquín Brunner: Notas para una discusión, citado en Moulián, op. cit., 334.

47 "Con plebiscito no se logra la Tranquilidad", en El Mercurio, Santiago 5 de diciembre, 1987, C3.         [ Links ]

48 "El Pastor del Plebiscito", en La Época, Santiago 27 de diciembre, 1987, 18.         [ Links ]

49 "Análisis de Allamand suscita diversas reacciones en RN", en La Época, Santiago 9 de agosto, 1987, 9.         [ Links ]

50 En abril de 1988 RN, partido que se había formado un año antes a partir de la fusión del MUN y la UDI, se va a dividir. Las causas de la división, que fue sumamente bullada y llena de escándalos, eran variadas y respondían principalmente a una pugna por el poder y el liderazgo dentro del partido. Sin embargo, las distintas posturas frente a la realización del plebiscito también jugaron un papel clave. Mientras los sectores cercanos al MUN apoyaban la realización de las elecciones libres, en la UDI primaba la idea del plebiscito, sin ningún tipo de modificación al itinerario establecido. Para profundizar sobre la división, revisar Andrés Allamand, La travesía del desierto, Santiago, Aguilar, 1999, y Otano, op. cit.

51 Cavallo, Ascanio, Manuel Salazar y Óscar Sepúlveda, La Historia Oculta del Régimen Militar, Santiago, Antártica, 1990, 550.        [ Links ]

52 Otano, op. cit., 41.

53 Genaro Arriagada: Por la razón o la fuerza. Chile bajo Pinochet. Santiago, Sudamericana, 1998, 332.         [ Links ]

54 "Trece partidos llaman a votar "No" en el plebiscito", en La Época, Santiago 3 de febrero, 1988, 10.         [ Links ]

55 "PC llamó a votar No y a desconocer el triunfo del Sí", en El Mercurio, Santiago 16 de junio, 1988, A 1; "         [ Links ]Voceros miristas llamaron a votar No en el plebiscito", en La Época, Santiago 20 de agosto, 1988 11.        [ Links ]

56 Huneeus, Los chilenos, 101.

57 Cavallo, La Historia, 551.

58 Cavallo, Los Hombres, 16.

59 "Como derrotar la apatía", en La Época (Suplemento Dominical), Santiago 13 de diciembre de 1987, 15.        [ Links ]

60 Giselle Munizaga: El discurso público de Pinochet. Santiago, CESOC/CENECA, 1988, 70.         [ Links ]

61 Elizabeth Lira e Isabel Castillo, Psicología de la amenaza política y el miedo, Santiago, ILAS, 1991, 192        [ Links ]

62 Sergio Fernández, citado en "Globos Sonda", Qué Pasa (Santiago) N° 892 (12-18.5.1988), 9.         [ Links ]

63 Munizaga, op. cit., 134.

64 "La estrategia publicitaria de Pinochet", en La Época, Santiago 13 de marzo de 1988, 7.         [ Links ]

65 "La magia de la televisión", Apsi (Santiago), N° 245 (28.3 - 3.4.1988), 15.         [ Links ]

66 Afiche "Somos Millones", Qué Pasa (Santiago), N° 882 (3-9.3.1988), .47.         [ Links ]

67 María Eugenia Hirmas, citada en "La magia de la televisión", Apsi (Santiago), N° 245 (28.3-3.4.1988) 14.         [ Links ]

68 "¿Qué Pasó?, Qué Pasa (Santiago), N° 914 (13-20.10.1988), 15.         [ Links ]

69 "La opción es terminar o no la tarea inconclusa", en El Mercurio, Santiago 24 de agosto de 1987, A1-10.         [ Links ]

70 "Melnick: oposición está desarticulada", en El Mercurio, Santiago, 21 de noviembre de 1987, C2.        [ Links ]

71 "La tarea está inconclusa", en La Época, Santiago, 24 de agosto de 1988, 8.         [ Links ]

72 "Primer acto de masas en la campaña oficial", en La Época, Santiago, 4 de septiembre de 1988, 8.         [ Links ]

73 Munizaga, op. cit., 138-139. Estas críticas de vende patria se basaban en la ayuda económica que recibió la oposición chilena de distintos países democráticos, especialmente de EE.UU., para poder enfrentar los gastos de la campaña plebiscitaria.

74 "Pinochet: 'Claro que el plebiscito es un fraude, pero de los señores politicastros'". En La Época, Santiago, 13 de abril de 1988, 8.        [ Links ]

75 "El chantaje del golpe", Apsi (Santiago), N° 254 (30.5-6.6.1988), 5.         [ Links ]

76 "Perfil del consumidor político", Apsi (Santiago), N° 236 (25-31.1.1988), 9.         [ Links ]

77 Munizaga, op. cit., 139.

78 "Según Pinochet el programa opositor es un 'caos a cuatro años plazo'", en La Época, Santiago, 5 de febrero de 1988, 9.        [ Links ]

79 "Concertación por el No es un puente para el PC", en El Mercurio, Santiago 7 de febrero de1988, C3,         [ Links ] y "Cardemil habló de un plan de dos fases de la oposición", en La Época, Santiago 25 de febrero de 1988, 3.         [ Links ]

80 "Volver atrás o avanzar", Qué Pasa (Santiago), N° 254 (30.5-5.6.1988), 7         [ Links ]

81 "La DC pidió explicación al gobierno por el inicio de la campaña del terror", en La Época, Santiago 2 de agosto de 1988, 9.         [ Links ]

82 Afiche, Qué Pasa (Santiago), N° 912 (22-28.9.1988), 51.        [ Links ]

83 Alfredo Jocelyn-Holt: El Chile perplejo, Santiago, Planeta/Ariel, 1998, 205.        [ Links ]

84 Eugenio Tironi: "Un rito de integración", en La Campaña del No vista por sus creadores, Santiago, Melquíades, 1989, 11-12.         [ Links ]

85 Ibid., 12.

86 Encuesta CED, en "Los chilenos desean cambios solo con orden y paz social", en El Mercurio, Santiago, 26 de enero de 1988, C2.         [ Links ]

87 Idem.

88 Eugenio Tironi: La Invisible Victoria, Santiago, Sur, 1990, 47.        [ Links ]

89 "Punto de consenso: Unidad opositora en necesaria para encarar el plebiscito", en La Época, Santiago 17 de enero de 1988, 9.         [ Links ]

90 Genaro Arriagada: "Prólogo", en La Campaña del No vista por sus creadores. Santiago, Melquíades, 1989, XV.         [ Links ]

91 "Nadie puede eludir sus responsabilidades por lo ocurrido el 11 de septiembre", en El Mercurio, Santiago 21 de febrero de 1988, C2.         [ Links ]

92 "Alternativa de oposición", Qué Pasa (Santiago), N° 874 (7-13.1.1988), pp.18-19.         [ Links ]

93 "Por qué hay gente que teme votar", en La Época (Suplemento Dominical), Santiago 21 de agosto de 1988, pp.2.         [ Links ]

94 "La doctrina de la intervención", en La Época, Santiago, 29 de mayo de 1988, 7. "         [ Links ]El Chantaje del Golpe", Apsi (Santiago), N° 254 (30.5-6.6.1988), 6. "         [ Links ]La cohesión nace de los corvos", Apsi (Santiago), N° 246 (4-10.4.1988).         [ Links ]

95 "La historia del un golpe frustrado", Apsi (Santiago), N° 275 /24-30.10.1988).         [ Links ] También lo han confirmado las recientes declaraciones del general en retiro, Fernando Matthei, Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea y miembro de la Junta de Gobierno. El general en su libro "Mi testimonio" y en varias declaraciones a la prensa escrita y a la televisión, ha manifestado que el general Pinochet y el Ejército tuvieron la noche del plebiscito serias intenciones de desconocer el triunfo opositor, y de hacer un autogolpe. Revisar "El Fraude de la Noche Roja", El Periodista (Santiago). http://www.elperiodista.cl/newtenberg/1435/article-36145.html         [ Links ]

96 "Campaña histérica y desmesurada", en La Época, Santiago 8 de mayo de 1988, 6.        [ Links ]

97 "Patricio Aylwin: Ofrecemos un camino para Chile para convivir y trabajar en democracia", en La Época, Santiago 1 de agosto de 1988, 11.         [ Links ]

98 "Aylwin: vamos a ganar una patria para todos", en La Época, Santiago 2 de octubre de 1988, 10-11.         [ Links ]

99 "Pasado reciente y pasado lejano", en La Época, Santiago 3 de octubre de 1988, 7.         [ Links ]

100 "Campaña histérica y desmesurada", en La Época, Santiago 8 de mayo de 1988, 6.        [ Links ]

101 Jaime de Aguirre: "Primer movimiento de concierto", en La Campaña del No vista por sus creadores, Santiago, Melquíades, 1989, 121.        [ Links ]

102 "Sumando y restando", Qué Pasa (Santiago), N° 914 (13-20.10.1988), 10.         [ Links ]

103 María Eugenia Hirmas: "La Franja Televisiva: entre la alegría y el miedo", en Diego Portales y Guillermo Sunkel, La política en pantalla. Santiago, ILET/CESOC, 1989, 122.         [ Links ]

104 "El desconocido impacto de la franja política" en La Época (En el Plebiscito), Santiago, 19 de septiembre de1988, .6.         [ Links ]

105 "El desconocido impacto de la franja política" op. cit., 6.

106 Hirmas, op. cit., 118.

107 "Balance del Sí en TV", en La Época (suplemento En el Plebiscito), Santiago 5 de octubre de 1988, 6.         [ Links ]

108 Hirmas, op. cit., 125.

109 Augusto Góngora: "Un muro, una ventana, un espejo", en La Campaña del No vista por sus creadores, Santiago, Melquíades, 1989, 114.         [ Links ]

110 Tironi, La invisible, 44.

111 Juan Gabriel Valdés: "Jerarcas, comisarios y creativos", en La Campaña del No vista por sus creadores, Santiago, Melquíades, 1989, 98.         [ Links ]

112 Hirmas, op. cit., 129.

113 Juan Enrique Forch: "Talentos de la marginalidad a la legalidad", en La Campaña del No vista por sus creadores, Santiago, Melquíades, 1989, 106.         [ Links ]

114 "Pinochet anunció que se mantendrá en sus puestos", en La Época, Santiago 7 de octubre de 1988, 10.         [ Links ]

115 Tomás Moulian, Chile actual: anatomía de un mito, Santiago, LOM, 1997, 353.         [ Links ]

116 Entre los aspectos más criticados por la oposición se pueden mencionar la tutela militar que se imponía a través del Consejo de Seguridad Nacional, el excesivo presidencialismo, el artículo octavo, los senadores designados, y la falta de seguridad en el respeto a los derechos humanos. Para profundizar en el tema revisar: Francisco Geisse y José Antonio Ramírez, La reforma Constitucional. Santiago, CESOC y Ediciones Chile América, 1989.        [ Links ]

117 De acuerdo a las disposiciones transitorias de la Constitución, la única forma de reformarla antes de que entraran en vigencia sus disposiciones permanentes, era a través de una propuesta de la Junta de Gobierno que debería someterse a plebiscito.

118 Rafael Otano, Crónica de la transición, Santiago, Editorial Planeta, 1995, 69.         [ Links ]

119 Genaro Arriagada, Por la razón o la fuerza. Chile bajo Pinochet. Santiago, Editorial Sudamericana, 1998, 270.         [ Links ]

120 Correa, op. cit., 339.

121 Felipe Portales: Chile, una democracia tutelada. Santiago, Editorial Sudamericana, 2000, 43-44.         [ Links ]

122 Otano, op. cit., 84.

123 Portales, Felipe, op. cit., 46.

124 Así lo ponen de manifiesto las cifras de los inscritos en los registros electorales y los resultados de las encuestas del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV).

125 Otano, op. cit., 83.

126 Otano, op. cit., 85.

127 Entre estos amarres autoritarios desarrollados por el régimen militar especialmente a lo largo de su último año en el gobierno, se pueden contar el enorme proceso de privatización de empresas, el dictamen de la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, la Ley del Estado Empresario, la Ley Orgánica Constitucional de la Educación (LOCE) y la reorganización de los máximos magistrados del Poder Judicial, quienes fueron designados de acuerdo a los intereses del régimen saliente, para evitar que se diera curso a cualquier acción judicial en contra de los sectores uniformados por las violaciones cometidas en contra de los derechos humanos.

 

Fecha de recepción: junio de 2005.
Fecha de aceptación: agosto de 2006.