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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.38 n.2 Santiago dic. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942005000200001 

 

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile
Historia No 38, Vol. II, julio-diciembre 2005: 253-255
ISSN 0073-2435

HOMENAJE

 

En recuerdo del maestro

 


Hace justo un año falleció quien fuera uno de los fundadores y de los profesores más emblemáticos del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, don Javier González Echenique. Por muchos años marcó con su impronta el desarrollo de dicho centro. Influyó en la manera de "hacer historia" a través de la cátedra y de la formación de discípulos, y en la orientación de la revista Historia, receptáculo de la labor de investigación del reducido número de profesores con que contaba la unidad en las décadas de 1960 y 1970. Sin buscarlo, impuso un determinado estilo en las relaciones humanas, que ha sido una de las grandes fortalezas de nuestra institución hasta el presente. La mayoría de quienes en la actualidad nos desempeñamos como profesores del Instituto, somos deudores de las enseñanzas de don Javier González y, aún más, con varios de nosotros creó vínculos de amistad que se mantuvieron inalterables a lo largo de los años. En el ámbito institucional también nos hizo un aporte determinante. Fue el primer director del Instituto de Historia y elaboró el marco reglamentario sobre el cual se asentó su funcionamiento durante bastantes años; pero, ya antes de eso, había sido director del Departamento de Historia de la antigua Facultad de Filosofía y Educación y allí contribuyó a echar las bases de lo que hoy somos y significamos en el ámbito universitario nacional.

Esas labores administrativas y directivas las realizó con una gran responsabilidad y dedicación, sin embargo las asumió siempre contra su voluntad, pues le resultaban poco atractivas y no solo eso sino que le significaban una pesada carga. No obstante, estuvo dispuesto a asumirlas merced a las presiones de sus amigos y al acendrado sentido del deber que poseía. Consideraba que tenía una responsabilidad frente a la sociedad, a la Universidad y a la Iglesia, y que a través de su trabajo como profesor o como director del Instituto estaba retribuyendo parte de lo que a él le habían entregado.

Pero si bien la administración universitaria y el trabajo docente no le eran fáciles y de hecho le agobiaban, el cultivo de la historia lo satisfacía plenamente y a ella dedicó la mayor parte de su vida. Se interesó por esta disciplina cuando aún era estudiante secundario en el Liceo de los padres alemanes. Allí tuvo como profesor a Jaime Eyzaguirre, quien fue el que le despertó la vocación y lo condujo por los entresijos de esta ciencia en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica. Bajo su guía elaboró su memoria de grado, Los estudios jurídicos y la abogacía en el reino de Chile, una investigación modelo en el campo de la historia del Derecho, que todavía hoy tiene plena vigencia y no ha sido superada. En esa Facultad, al lado de Jaime Eyzaguirre, con quien tuvo una estrecha amistad, se inició como profesor, destacándose de manera especial en la dirección de memorias y en la secretaría de un instituto de investigaciones históricas y de la revista Historia que aquel había fundado. Allí también desempeñó labores docentes en el área de Historia del Derecho, sucediendo en la cátedra a su maestro y amigo Jaime Eyzaguirre. Su vocación histórica se fortaleció luego de su paso por el Archivo de Indias de Sevilla, en 1956, en donde tomó contacto con destacados historiadores españoles y americanos y se sumergió en los papeles correspondientes a la Audiencia de Chile recopilando material que volcaría en diversas publicaciones y de manera especial en la biografía del obispo Manuel de Alday. También allí definió su área temática de interés preferente, que girará en torno a la historia de la Iglesia. En ese campo adquirió gran competencia, llegando a transformarse en uno de los más destacados especialistas del país. Importantes fueron al respecto sus contribuciones sobre el gobierno de las Órdenes religiosas, la labor de algunos obispos, en especial de Manuel de Alday, y sobre determinados aspectos de las relaciones Iglesia-Estado.

A instancias de don Ricardo Krebs, en 1961, Javier González llegó al Departamento de Historia y Geografía, antecesor del actual Instituto, a dictar clases de Historia de Chile. A partir de ese momento se vinculó a esta unidad académica, permaneciendo en ella hasta su jubilación. Por muchos años fue el verdadero guía de ella, pero no solo por el cargo administrativo de director que desempeñó, sino por el liderazgo espiritual que ejerció, sin proponérselo, pero que todos aceptábamos como algo natural. Don Javier, no obstante su timidez, tenía una especie de áurea de la que irradiaba bondad y que hacía que todo el mundo lo respetara y requiriera de su opinión sensata y equilibrada.

Con el fallecimiento de Javier González se fue un hombre excepcional. Lo admirábamos profundamente porque rara vez se pueden encontrar en una persona tantas virtudes reunidas. Cultivó su inteligencia con una dedicación sistemática al estudio. Era en realidad un hombre sabio, al que siempre estábamos consultando sobre los temas más variados, pues tenía amplios y variados conocimientos, pero de manera especial sabía de historia, arte y literatura española. Poseía un notable buen criterio, que nos llevaba a acercarnos en busca de su consejo, siempre atinado. Su generosidad era proverbial, especialmente la relacionada con el ámbito intelectual. Siempre estaba dispuesto a revisar un artículo, a responder preguntas, a estimular las investigaciones y trabajos de los demás. Pero lo que más nos impresionaba era su extraordinaria bondad. Jamás le escuchamos una reacción destemplada, una palabra dura o hiriente, una opinión descalificadora de alguien; por el contrario, siempre, de manera muy comedida, nos llamaba la atención cuando alguno de nosotros, llevado de su temperamento, se sobrepasaba en sus juicios u opiniones. Ese comportamiento de don Javier respondía al cultivo de los valores cristianos. En el fondo, lo que hacía era tratar de cumplir con las obligaciones que la fe y la Iglesia imponen a los fieles. Toda su vida giraba en torno a esos principios.

Para nuestra generación, don Javier fue el gran maestro, en el más amplio sentido de la palabra. Nos inculcó el entusiasmo por la investigación. Nos hizo comprender el papel de las fuentes. Nos precavió contra las grandes teorizaciones que no fluyen de las fuentes sino de la cabeza del historiador. En fin, nos inculcó algunas dosis, como él decía, de "sano escepticismo", con respecto a la determinación de las verdades históricas.

Esta revista Historia debe muchísimo a su persona. Estuvo entre sus fundadores, y por varios años, de 1960 hasta 1968, fue el alma de la misma desde el cargo de secretario de redacción. Pero no solo se encargaba de la edición de la revista, sino que también colaboró con diversos artículos y sobre todo fue el gestor y responsable de desarrollar y publicar el fichero de la revista, que con el tiempo se constituyó en uno de los aportes más significativos de la publicación a la historiografía nacional. También fue director de la revista durante los años 1968-1970, coincidiendo con uno de los períodos en que ejerció la dirección del Instituto.

El año 2000, el Consejo Superior de la Universidad Católica, por unanimidad, le concedió a don Javier el grado honorífico de Profesor Emérito de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política. La Universidad otorga este reconocimiento a un profesor que se ha destacado por su actividad docente y de investigación por más de 20 años y que por su dedicación a la casa de estudios y por las relevantes condiciones de maestro puede ser un modelo para las jóvenes generaciones. Pocas veces es posible encontrar una persona que hubiera cumplido mejor con esos requisitos para merecer dicho reconocimiento.

Si bien desde hace un año don Javier no esta físicamente con nosotros, su obra histórica, su recuerdo y ejemplo de vida permanecerán en el tiempo.

 

RENÉ MILLAR CARVACHO