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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600028 

CRISTIÁN GAZMURI, El Chile del centenario, los ensayistas de la crisis. Editor, Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, 2001.

La actual y las futuras generaciones de estudiantes de historia tendrán que agradecer a Cristián Gazmuri la edición de esta antología.

Y tendrán que hacerlo al menos por dos motivos. El primero, muy práctico, por ponerles al alcance de la mano un conjunto de textos de lectura obligatoria para los cursos relativos al siglo XX chileno, que hasta ahora era difícil de encontrar publicados in extenso, salvo dos o tres que habían sido divulgados por Hernán Godoy, en su Estructura Social de Chile, en 1971.

El segundo, porque es presumible que en un futuro inmediato el tema de la crisis nacional vuelva a ser objeto de profundas y generalizadas reflexiones al acercarse el segundo centenario de la independencia. Tematizar entonces la crisis, conceptualizarla, y abordarla en sus nuevas manifestaciones históricas, será, sin duda, una obligación de los próximos años. Esta publicación, y su reflexión introductoria, así como las glosas que el editor ha realizado de cada uno de los textos presentados, sin duda facilitará enormemente la comprensión de este período e iluminará el análisis y la comprensión de las crisis del siglo XX, que no fueron menores. En ella habrá que incluir, al menos, la crisis del sistema parlamentario, la crisis integral de que habló Jorge Ahumada, y la crisis de la democracia de 1973.

Además de lo planteado por Gazmuri en sus "Notas sobre la noción de crisis histórica" nos parece interesante ligar la crisis, al problema de su temporalidad.

Es evidente que la identificación temporal de la crisis política, o la crisis económica, o la crisis de un sistema específico -como el educacional que tanto desveló a algunos de los autores de la antología-, es relativamente fácil, incluso puede llegar a ser cuantificable. Y en todo caso, la manifestación de su momento crítico resulta siempre evidente.

En cambio las llamadas "crisis sociales" o "crisis morales" corresponden a crisis de larga duración, y pueden por lo tanto, convivir también largamente con la estructura en la que se ubican y llegar incuso a desperfilarse porque se han producido, por ejemplo, cambios en el orden interno de la jerarquía en cuestión, como podría ser el caso de las conductas sociales que dejan de ser socialmente censurables, y pasan a ser aceptables: es lo que sucede, reiteradamente, con las "crisis morales".

Parece notable que, salvo una excepción, los autores reunidos en este volumen, no hayan analizado ni hecho presente la relación entre el momento crítico o la crisis lisa y llana, con la experiencia del miedo. Alejandro Venegas apunta en esta dirección: "a todos nos alcanza el miedo; todos temblamos de cobardía…" (153).

El volumen incluye diez ensayos o testimonios escritos en un período de 18 años, entre 1899 y 1918. De Emilio Rodríguez Mendoza: "Ante la decadencia" de 1899; de Enrique Mac Iver: "Discurso sobre la crisis moral de la República" de 1900; de Alberto Edwards: "Bosquejo histórico de los partidos políticos chilenos" de 1903; de Nicolás Palacios: "Decadencia del espíritu de nacionalidad"de 1907; de Tancredo Pinochet: "Inquilinos en la hacienda de Su Excelencia" posterior a 1915; de Alejandro Venegas: "Cartas al excelentísimo señor don Pedro Montt" de 1909; de Francisco Antonio Encina: "La educación económica y el liceo" de 1912; de Luis Emilio Recabarren: "Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana" de 1910, de Agustín Ross: "el Capítulo XI de sus "Sesenta años de cuestiones monetarias y financieras y problemas bancarios" de 1910; y de Guillermo Subercaseaux: "Los ideales nacionalistas ante el doctrinarismo de nuestros partidos políticos históricos" de 1918

Es destacable el rasgo de la actualidad que es posible advertir en los diagnósticos presentados. Algunos textos parecen estar tomados del diario de esta mañana: "No sería posible desconocer que tenemos más naves de guerra, más soldados, más jueces, más guardianes, más oficinas, más empleados y mas rentas públicas que en otros tiempos…" nos dice Mac Iver, y podríamos agregar que también tenemos más computadores, más centros comerciales, más universidades, más exportaciones. Y la pregunta del autor, se mantendría constante: ¿Progresamos? (33).

Los partidarios de la antiglobalización podrían repetir con Nicolás Palacios que "Es en realidad el mercader extranjero -por el hecho mismo de la internacionalidad del gran comercio- el que emprende la tarea de minar el sentimiento de la nacionalidad, que muchas veces contraría sus cálculos mercantiles" (106).

Muchos de quienes casi a diario encuentran culpable de todos los males y le piden y exigen soluciones al Poder Ejecutivo encuentran en Tancredo Pinochet un aliado de fuste.

La Dirección de Gendarmería del Ministerio de Justicia, se sorprendería con el diagnóstico del sistema carcelario que entrega Recabarren, y podría preguntarse qué ha pasado en los noventa años que siguieron a la denuncia de este tipógrafo ilustrado.

Sorprendente es, por último, la solución prevista por Subercaseaux en el sentido de "establecer una unión aduanera con nuestros vecinos, o sea, una fórmula de frontera libre que nos permitiera desarrollar entre ellos y nosotros las relaciones de comercio; y esto bastaría en el orden económico para subsanar los inconvenientes de la pequeñez del territorio y de la población". Es más, vislumbra la posibilidad de "constituir la unión aduanera del Pacífico" (336).

Junto a la actualidad, parece interesante hacer notar es el realismo que se advierte en los diagnósticos. Así, Alberto Edwards no hace ningún intento por ocultar sus opciones oligárquicas, y es capaz de hablar del "país electoral" (78), como sinónimo del país, y eso en 1903, cuando el "país electoral" al que alude estaba formado por 490.017 inscritos en el registro electoral, y por los 172.065 votantes en las parlamentarias de ese año, es decir, el 5,6% de la población.

O cuando hace sinónimo de crisis nacional a la crisis liberal, pues en su opinión son ellos, los liberales, los que "debilitaron el principio de autoridad… y dividieron por dogmatismos de dudosa utilidad a las clases responsables del país…" (95).

O, por último, cuando reclama contra las ideas conservadoras como la comuna autónoma "que disminuye la fuerza y eficacia de la acción del gobierno hasta sus últimos límites", o "el sufragio universal que entrega a las masas venales los destinos de la nación" (97).

Por su parte, Nicolás Palacios no tiene inconvenientes en considerar necesaria la "chilenización" (nótese que usa la palabra) del salitre, aquel "legítimo botín de una obligada y cruenta guerra de cuatro años". "¿Hay algo más natural y justo que el pueblo que conquistó el salitre en franca lid, merced a su patriotismo y a sus superior organización… disfrute del único premio obtenido a costa de su esfuerzo, de sus virtudes cívicas y de su sangre" (104-105).

Alejandro Venegas no tiene inconveniente ninguno en señalar que el actor de todos los males de su denuncia es la oligarquía agraria: "la causa única de nuestra situación económica actual es el influjo que han tenido en la formación de nuestras leyes los mismos que han estado usufructuando de esa situación, principalmente los agricultores, que han constituido una verdadera oligarquía" (177).

En la identificación de los actores de la crisis Recabarren es descarnado para señalar quién es quién: "En el progreso de la producción industrial, artística o científica, el proletariado no desempeña otro papel que el de instrumento o herramienta forjadora de ese progreso, pero el oro que se produce sabe guardarlo muy bien el capitalista solo" (p. 282).

También para Ross, banquero al fin, los responsables morales de la crisis son la oligarquía terrateniente y los grandes productores mineros.

Por último, el más descarnado de los análisis del sistema electoral. "Sobre la base de registros electorales falsificados o viciados, o sea, listas de ciudadanos electores, donde figuran como ciudadanos activos innumerables individuos ya muertos, y nombres de personas imaginarias, se designan las comisiones receptoras de votos. Estas comisiones o mesas receptoras, por regla general, proceden con parcialidad manifiesta, reciben o cambian los votos según su conveniencia; y, además, al confeccionar las actas, estampan en ellas los hechos y el número de sufragios en la forma que más favorece a sus intereses", no está hecho por Recabarren -quien fue directamente afectado por el mismo al desconocérsele su elección-, sino por el conspicuo y varias veces parlamentario Agustín Ross (317).

También es posible constatar la existencia de las "crisis fantasmas", como la denunciada por Encina. Fantasma porque todo lo que creyó ver, o no existía o era falso. Hay ahí simplemente un manifiesto y profundo error en el diagnóstico.

La sola existencia de eminencias como Stephen Hawking es un desmentido a su pretenciosa afirmación en el sentido que "Las capacidades o aptitudes especiales para determinadas actividades que espontáneamente manifiestan algunos individuos, o que vemos fortalecerse con el ejercicio, son el resultado de una diferenciación fisiológica de las células nerviosas de los centros y de las fibras de la asociación, de origen filogénico en lo sustancial y operada por el ejercicio en lo accidental" (218).

Más fantasmagórica, por no decir ridícula, es su afirmación en el sentido que "El ancestral español, producto de dos razas antropológica y sicológicamente muy diferentes, todavía mal refundidas a la época de la conquista de América, traía un sicología bastante rudimentaria y movediza. El cambio de medio físico, la alteración violenta de todas sus condiciones de vida y sobre todo el cruzamiento externo con la hembra de raza aborigen, que no había pasado la edad de piedra, concluyeron por debilitar la fijeza de sus caracteres y rebajaron su grado de civilización" (229).

Y por último, desmentido por la realidad ha sido su vaticinio en el sentido que "el liceo entrará en un período de agonía lenta. Nada habría en esto de anormal ni de lamentable. Que un nuevo tipo de colegio sustituya a otro que se taimó y no quiso rodar más, lejos de ser un mal, es un gran bien" (243).

Lo que resulta indudable es que se nos ha vuelto a poner en presencia de un grupo selecto de ensayistas. Con un par de excepciones, el manejo del idioma, la claridad argumentativa, la belleza del estilo, incluso, hacen de la lectura de estos textos una gran experiencia intelectual. Detrás de ellos está sin duda el talante de sus autores.

MATÍAS TAGLE DOMÍNGUEZ