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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600025 

MARGARET POWER, Right-Wing Women in Chile, Feminine power and the struggle against Allende, 1964-1973, The Pennsylvania State University Press, 2002, 311 pp.

El título del libro puede dar la impresión que la autora se ausenta de lo "políticamente correcto" en la academia norteamericana, al escribir sobre las mujeres de derecha en Chile. Efectivamente, el libro recoge los resultados de una investigación sobre un sector que para muchos no merece dedicación historiográfica, al cual Margaret Power sabe aproximarse con una compleja metodología que incluye, además de las fuentes tradicionales, entrevistas a un centenar de actores de los procesos políticos chilenos de las décadas de 1960 y 1970, la mayoría de ellos, mujeres. No obstante, es notoria y explícita su preocupación por desvincularse de la postura política de sus mujeres y demostrar la mayor distancia con el fantasma de la derecha o del antiizquierdismo. Ya en el segundo párrafo de su prefacio declara que su estudio se refiere a mujeres cuyas creencias no comparte, y que le fue difícil entrevistar mujeres que apoyaron el régimen militar, "que mató, torturó, exilió y empobreció a personas que conozco y quiero, así como a cientos de miles de otros chilenos".

Estas aclaraciones parecen satisfacer una necesidad moral de la autora, pues desde el punto de vista de la investigación, de las fuentes y de las hipótesis, el libro tiene tal contundencia que no requiere de justificaciones. Se trata de un recorrido por la participación política de la mujer en Chile, el cual culmina con el compromiso femenino con el derrocamiento de Salvador Allende, y la comprobación de que las mujeres de todos los sectores, incluyendo pobladoras y trabajadoras, fueron importantes actoras en este proceso. El libro se compone de 8 capítulos, siendo los dos primeros un resumen de la historia de Chile y de la participación femenina desde 1938, pensado especialmente para lectores no iniciados en el tema.

Los 6 capítulos siguientes son los más contundentes, y efectivamente dan cuenta de lo que la autora se propone.

El tono general del libro demuestra la simpatía de la esta hacia el experimento del "gobierno progresista" de Allende, probablemente enraizada en su rechazo al pronunciamiento militar y a los atropellos a los derechos humanos. Esa simpatía le hace incurrir en afirmaciones históricamente aún no comprobadas, como por ejemplo, "que la oposición ayudó a crear los desabastecimientos y luego hábilmente manipuló la difícil situación en su provecho" (pág. 188). Asimismo, Margaret Power reconoce con franqueza su dificultad en dar fe a su entrevistada, Alejandrina Cox, que su "sacada de lengua" al General Prats fue espontánea, y que ella no favorecía un golpe militar. Estas predisposiciones mantienen a la autora en un nivel de análisis que no incluye una visión más profunda de las ideas políticas chilenas, de la relación entre elite y democracia, y de las fisuras que ocasionaron la ideologización de la política, lo cual, aunque no fundamental, habría sido un gran complemento. Asimismo, se echa de menos un itinerario por la presencia marxista y los planteamientos revolucionarios en los países latinoamericanos en las décadas de 1960 y 1970. Sin esa reflexión, la oposición al gobierno de Allende y el anticomunismo aparecen desdibujados. De allí que aparezca un poco brusca la afirmación con que inicia el capítulo 2, atribuyendo "mucho del éxito de la derecha al hecho que, a diferencia de la izquierda, ha priorizado la organización de la mujer". Que, como sostiene la autora, los sectores cercanos al socialismo y al marxismo no alentaran la participación política autónoma de la mujer fue importante en la derrota final del allendismo; pero un análisis político amplio obliga a considerar también en forma relevante la influencia de las dinámicas de la política, la ideología y las convulsiones sociales latinoamericanas y mundiales en los quiebres de la democracia de los años 60 y 70, y a reconocer que la derecha no "organizó" a la mujer, sino que históricamente ha capitalizado a su favor el fervor femenino en causas que le eran comunes.

Los argumentos que se tejen en el relato parten de la afirmación respecto del abandono histórico de la agenda de género por parte de los partidos de izquierda, y se sostiene que, por lo tanto, la incapacidad del gobierno de la Unidad Popular para movilizar a las mujeres forma parte de una negación del sector femenino como actor político. Efectivamente, sabemos que desde comienzos del siglo XX, los partidos de izquierda privilegiaron la sectorización del enemigo en la burguesía, intentando cooptar a las mujeres a adherir a esa postura, desentendiéndose de las reivindicaciones de género de sus partidarias. Es un acierto de Margaret Power prestar atención al apoyo que la mujer recibió de parte de los sectores conservadores y de la misma Iglesia Católica desde finales del siglo XIX para su ingreso a la esfera pública, desde sus roles maternales y educadores. Sin embargo, no percibe tan claramente la evolución del discurso femenino hacia el feminismo, incluso en las primeras asociaciones de mujeres de elite de comienzos del siglo XX. Por el contrario, sostiene que: "Estos grupos no eran feministas porque la mayoría de sus miembros ni creían que la mujer estaba oprimida ni visualizaban la necesidad de ningún cambio fundamental en la posición de la mujer en la sociedad" (p. 49).

Tampoco atribuye mayor importancia a la irrupción de un discurso feminista de derechos civiles por parte de grupos de trabajadoras independientes que lucharon por ejemplo por el descanso dominical y contra el alcoholismo. Ya en 1905, La Alborada, periódico que se presentó como "publicación social obrera", cuestionó el supuesto de que la emancipación de la mujer sería un resultado automático de la lucha obrera. La pervivencia de la postura izquierdista de negación de la agenda de género se expresa en que el programa electoral de Allende en 1970 no tenía una sección dedicada a la mujer, lo cual Carmen Gloria Aguayo justificó sosteniendo: "Creíamos que la lucha por la mujer era parte de la lucha por una sociedad mejor".

El libro ilustra bien cómo la oposición a Allende se vio beneficiada con la ausencia de una agenda de género por parte del gobierno, la cual unió a mujeres de "elite" y trabajadoras, facilitando la creación de un movimiento femenino nacional al margen de contenidos clasistas, el cual contribuyó fuerte y autónomamente a la formación de la coalición contra Allende. El apoyo, tanto del Partido Nacional, de la Democracia Cristiana y del gobierno norteamericano fueron relevantes, pero no determinantes en la participación política de la mujer. La autora aporta interesantes antecedentes sobre el uso de conceptos de género y el temor al comunismo por incitación del gobierno norteamericano, a fin de promover posturas anticomunistas entre las mujeres latinoamericanas desde la Operación Pedro Pan en Cuba y la movilización femenina contra João Goulart en Brasil. Aunque Power denuncia la negativa de su gobierno en responder a su solicitud de información adicional, acude a diversas fuentes para explicar que desde la Guerra Fría, Estados Unidos apeló a la superioridad de su modelo sociofamiliar en apoyo a campañas del terror. Ese mismo espíritu inspira a la mujer chilena a ingresar en la arena política desde la extensión de su rol maternal y en defensa de la familia, siendo la nación, que ella encarna, la gran familia que le incumbe en tanto tal. Aunque la autora reconoce que, por ejemplo, la Marcha de las Cacerolas de diciembre de 1971 ha sido motivo de controversia, concluye que, aunque organizada por mujeres de elite, no tuvo carácter clasista, lo que contribuyó a su eficiencia y al prestigio de la mujer como actor sociopolítico. La defensa de sus roles tradicionales fue el mismo que imperó en las organizadoras del Poder Femenino, fundado en 1972, para evitar toda vinculación oficial con partidos políticos y declarar su "apoliticismo". Margaret Power pone énfasis en que a pesar de la importancia del rol femenino, los políticos no habrían apoyado la lucha de la mujer si ellas hubieran realmente pretendido reestructurar roles de género y exigir mayores condiciones de igualdad. Cita su entrevista a Sergio Onofre Jarpa, en la cual este sostuvo que la función femenina fue importante "especialmente en términos publicitarios", pero que file "la acción masculina la que hizo posible el cambio de gobierno" (pág. 183).

La investigación de Margaret Power parece desmentir la afirmación tan categórica de Jarpa. La autora abunda en ocasiones donde las mujeres fueron relevantes para el derrocamiento de Allende: el apoyo a los mineros de El Teniente, a los camioneros, sus marchas públicas, sus organizaciones femeninas como Acción Mujeres de Chile y Poder Femenino, sus enfrentamientos con la fuerza pública, su difusión de la Campaña del Terror. Todo lo anterior parece imposible de realizar si, como sostiene Power, las mujeres de elite lo hubieran hecho tan solo "mandando a sus empleadas a las poblaciones con mensajes y panfletos". Aunque puede haber habido mucho de eso, más bien parece que la efectividad de su acción se apoyó en su terror real, en una decisión también real de involucrarse en defensa de sus valores, y en un anticomunismo que había calado hondo en la clase dirigente chilena, el cual se inoculó exitosamente en mujeres de clase media y baja, debido a que estas compartían los intereses y motivaciones de orden que inspiraban a los opositores masculinos. El libro explica que, a pesar de que las mujeres obtuvieron la legitimidad como actoras políticas, la ausencia de reivindicaciones de género y la decisión inmediata del General Pinochet de desarticular toda organización de carácter político, devolvió a esas mujeres a sus hogares y dificultó que otras pudieran continuar, bajo un nuevo signo, con su ímpetu participativo. Evidentemente la sensación de riesgo social y político percibido por las mujeres en las décadas de 1960-1973 postergó la expresión de motivaciones feministas. La pasión de sus congéneres de las décadas de 1910-1950 por sus derechos civiles y políticos se desvió con furia hacia la defensa de lo que perciben como la patria amenazada. Sin embargo, debemos admitir que sin un recorrido de legitimación paulatina de la presencia femenina en la vida pública, difícilmente la mujer habría estado en las trincheras que ocupó incluso durante el gobierno militar en defensa, por ejemplo, de los derechos humanos o de la familia en momentos de crisis económica.

El libro de Margaret Power despierta estas y muchas reflexiones sobre un tema reciente, importante, no investigado aún, y hace un gran aporte a la historia actual de las mujeres en Chile. Sus dotes de investigadora aplicada que reveló fuentes desconocidas, combinadas con la historia oral a través de un empeñoso y lúcido trabajo de entrevistas, convierten este libro en una referencia fundamental no solo para la historia de las mujeres, sino también del periodo que abarca de la historia política chilena.

ANA MARÍA STUVEN