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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600024 

RODOLFO URBINA BURGOS, La vida en Chiloé en los tiempos del fogón, 1900-1940. Editorial Universidad de Playa Ancha, Valparaíso, 2002.

La producción historiográfica del profesor Urbina, desde la aparición de su lejano libro, escrito con el profesor Santiago Lorenzo, titulado Política de poblaciones en Chile durante el siglo XVIII, ha estado preferentemente orientada al estudio de ciudades o regiones. Entre las primeras, hay que recordar sus investigaciones sobre Castro y Valparaíso, y entre las últimas no cabe duda que Chiloé -su gran amor historiográfico- constituye el mejor ejemplo de su interés por desentrañar -y revivir- esos mundos cerrados que suelen ser las regiones como aquella.

Una segunda características de sus publicaciones dice relación con su preocupación por escribir -si se me permite la expresión- una historia viva; esto es, elaborar una reconstrucción del pasado en la que los hombres, al ser descritos a base de sus intereses, dudas, mitos, prejuicios, religiosidad, imágenes, alegrías y sufrimientos, cobran una fuerza vital que pocas veces está presente en las obras de historia. Este estilo que practica Urbina, lo disfrutamos en su importante libro Valparaíso: Auge y Ocaso del Viejo Pancho (1830-1930) y lo vuelve a utilizar, creo que con mayor vigor, en el trabajo que comentamos en esta reseña.

El rostro urbano y rural es el primer escenario que escoge Urbina para introducir al lector en el mundo de Chiloé. Las cifras que se indican -87 mil habitantes en 1907, de los cuales 82 mil vivían en el campo- le permiten afirmar que se trataba de un "corto vecindario urbano en una provincia rural" y que Chiloé era, sin ninguna duda, la "provincia más ruralizada del país".

Este mundo campesino -nos dice el autor- estaría caracterizado por lo "opaco", casi entendido como sinónimo de triste. La ciudad de Castro, por ejemplo, la pinta como un "pueblo opaco, sobre todo en invierno: grises las casa mojadas y musgosas, grises las calles barrosas, grises las gentes envueltas en vestuario gris...". En este escenario -y con este telón de fondo- se desenvuelven los hombres: los ricos -como los Elorrieta, Gómez, Andrade o Garay- con casas construidas de madera, que solían ser de dos pisos, con comodidades sencillas, espacios diferenciados, con cubiertas zincadas y tejuelas de alerce; y los desheredados de la fortuna en casas que se describen como "rudimentarias, estrechas e incómodas", solo con espacios comunes. Casi, según decían algunos visitantes, como ranchos, y en las que sorprendía -sobre todo al observador santiaguino- el "ningún esfuerzo por hacer la habitación más agradable". Bastaba que hubiese un fogón, comida y conversación; todo lo demás resultaba accesorio y caía completamente fuera -no por cuestión de dinero, sino de mentalidad- de lo que el mundo popular estimaba necesario para vivir.

Esta separación material entre ricos y pobres perdía fuerza, sin embargo, en la medida que, en el plano religioso, existían coincidencias significativas entre ambos sectores sociales. Así, podría decirse que la inmensa mayoría de los chilotes era católica, con un "alto número de practicantes y misa semanal", que no dudaba de la existencia del alma, del pecado, el demonio y la vida después de la muerte, y tenía siempre presente -y en cualquiera circunstancia- el temor a Dios. Estas creencias -con su correspondiente código de valores e ideales- le daba-a la sociedad chilota una fisonomía común y, por otro lado, le servían para diferenciarse de las grandes ciudades del resto del país. En ellas -desde la mirada isleña- predominaban la superficialidad y el brillo, y escasamente las virtudes. Este hecho le servía como argumento a muchos para decir que la sociedad chilota era superior a ese Chile lejano y distinto -el de las grandes ciudades del país-, en el que se entremezclaban, casi como algo natural, el mal con el vicio, sin que los mismos dejaran lugar a la presencia de Dios. En el archipiélago, en cambio, se respiraba religiosidad y la presencia de Dios -en la vida íntima de cada cual- reflejaba que no se había perdido, como en el continente, el verdadero sentido de la vida.

Es muy sugerente el capítulo sobre las autoridades municipales, sobre todo porque queda en evidencia que ellas, en mayor o menor grado, se plantearon como objetivo modificar al menos parte de lo que era dicha sociedad rural. Se trataba, por cierto, de un grupo de hombres ilustrados, a los que ese Chiloé de mitos y leyendas, de meicas y supersticiones les parecía demasiado alejado de lo que eran los centros de progreso y civilización. De ahí que se esforzaran para que las escuelas y liceos difundieran las "luces", y también para que el médico, en nombre de la nueva verdad que era la ciencia, desterrara creencias estimadas como irracionales. Este combate -si cabe la expresión- no se resolvió en estos años. Solo se inició, dejando en evidencia que en Chiloé, al igual que lo que había sucedido antes en las grandes ciudades del país, la lucha por "civilizar" -que no era otra cosa que el deseo de erradicar lo colonial- se convertiría en una de las metas de su elite. -¿De qué vivían los hombres en Chiloé? El autor traza con mucho acierto sus actividades laborales, situando a los grandes comerciantes en la cúspide de esta sociedad. Estos últimos eran los vecinos que se caracterizaban por su iniciativa y espíritu de trabajo, comparables en estos aspectos con los comerciantes de Punta Arenas o Valparaíso. Se trataba de hombres de fortuna, pero que, dada la estrechez del mundo chilote, resultaban incomparables con los de otras latitudes del país. Su capital, en efecto, era mucho menor, lo que les impedía distanciarse -en casas, gustos y estilos de vida- notoriamente del resto de la sociedad. Su riqueza moderada, en otras palabras, y que no siempre les era fácil de conservar, atenuó los quiebres social que se presentaban en buena parte del país y, por otro lado, sirvió para que la identidad chilota no se resquebrajara.

En un plano inferior, y después de los comerciantes que el autor denomina de "poca monta", se encontraban los profesionales y empleados. En Ancud, entre los primeros, menciona a los médicos, abogados, matronas, ingenieros, arquitectos y profesores; y entre los segundos, destaca a los funcionarios de las oficinas del Estado que comenzaban a instalarse en Chiloé. En una sociedad más bien pobre ser empleado estatal -con un sueldo bajo pero seguro- daba una gran tranquilidad. Más aún, era un "verdadero privilegio", según Urbina, si bien esta condición no les quitaba su aspecto "cansado y apagado", gris, como eran casi todos los habitantes.

La escala de ocupaciones continuaba con quienes desempeñaban actividades manuales; la lista es numerosa y estaba integrada, entre otros, por plomeros, carpinteros de ribera, hollineros y vendedores; se agregaban a ella las mujeres que se ganaban la vida como costureras, lavanderas, planchadoras, empleadas domésticas y pensioneras. Este mundo social bajo o en algunos casos cercano a la clase media -precisa el profesor Urbina- era de "idiosincrasia triste y resignada"; al igual que los anteriores y al igual como eran casi todos los habitantes de Chiloé, a los que las lluvias y largos inviernos parecían haber traspasado su melancolía y opacidad.

La sociabilidad urbana de los grupos mencionados era sencilla y regulada por las estaciones. Los castreños de estratos populares -los hombres, para ser exactos- frecuentaban ciertos espacios públicos, como algunas calles y plazas, y las cantinas. Allí se desarrollaba la sociabilidad masculina, completamente al margen de la mujer, la que quedaba confinada a la casa y a salir solo cuando se trataba de celebraciones religiosas. Los miembros del estrato alto, por su parte, tenían su mundo en el club. Allí la conversación, la lectura y la comida eran sus entretenciones principales, que les permitían romper la monotonía y generar un espacio de opinión pública y solaz. En las tertulias hogareñas, a su vez, se realizaban actividades semejantes. En ellas había presencia femenina, lo que influía para que los hombres se comportaran con más fineza y urbanidad, sobre todo cuando se trataba de jóvenes que buscaban el amor en el salón familiar.

Los jóvenes "bien", por su parte, organizaban veladas y matinés en casas particulares. Ir a la Plaza de Armas no era propio de ellos, al menos hasta mediados de la década de 1910. En esas fiestas los padres vigilaban a sus hijos, asegurando el buen comportamiento y evitando -según dice Urbina-"algún bochorno familiar". Así se conocían y entretenían, en un ambiente cargado de candor y sencillez. Un testigo de estas reuniones -y de las que celebraban los adultos- anotaba que "la vida social en nuestro pueblo... carece de la exhibición aparatosa y brillante que domina en los grandes pueblos... nosotros vivimos... una cultura más agreste", que expresaba bien la mentalidad católico-rural que, sin diferencias notorias, compartían los chilotes.

Concluye este fino trabajo con una exposición de lo que el autor llama "nacer y morir: que sea lo que Dios quiera". Con este sugerente título -y a fin de profundizar en lo que es más sustantivo en la mentalidad chilota- el autor insertó lo cotidiano con las creencias religiosas. De esta manera el lector puede apreciar el sentido profundo que la fe tenía para la mayoría de los habitantes, y la decisiva influencia que jugaba en la vida de cada cual. Se creía, por ejemplo, que el camino personal estaba escrito en el cielo y que, por lo mismo, no cabía más que resignarse ante los acontecimientos que se vivían. Con todo, se trataba de conocer lo que deparaba el destino, y con tal objeto se recurría a adivinos que dijeran la suerte. Una de las cosas que más interesaban eran las enfermedades que se padecerían, intentando saber cuán próxima se encontraba la muerte. Así y todo, se subraya que había un fuerte apego a la vida, la que se trataba de prolongar mediante rezos, medallitas y escapularios que, se pensaba, alejaban los males. La muerte, con todo, en cualquier momento debería llegar. Por lo mismo, había que prepararse, luchando contra las tentaciones de Satanás y no olvidando que Dios, que estaba en todas partes, castigaría ineluctablemente al pecador.

Así eran los "tiempos del fogón", cuando más bien se vivía puertas adentro; cuando el "brasero y la cocina a leña asumían el rol sociológico de congregar a la familia por las tardes, y la palabra tomaba su lugar cuando se disfrutaba del mate y café de higos..., para terminar el día con el lavado de los pies antes de acostarse, la botella de agua caliente para la cama y la oración familiar que ponía término a la jornada diaria".

Esta valiosa investigación -con algo de la magia de Chiloé- tiene el mérito de trasladarnos a la "epoca del fogón" gracias a la capacidad del profesor Urbina para reconstruir la vida de sus habitantes, con sus ritmos y claroscuros, con sus penas y alegrías, con sus mitos y verdades, con sus diferencias y con sus cambios y persistencias. Con todos y casi todos sus matices, al punto que el lector logra apreciar el pasado como algo real y que, en no pocos momentos de la narración, resulta casi tangible.

JUAN EDUARDO VARGAS CARIOLA