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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600016 

Cristián Gazmuri, Eduardo Frei Montalva y su época. 2 tomos. Santiago de Chile, Aguilar, 2000.

Eduardo Frei, fundador de la Democracia Cristiana chilena y presidente entre 1964 y 1970, fue uno de los más notables políticos latinoamericanos de su tiempo y una expresiónn cabal de muchas de las orientaciones predominantes en la década de 1960, que hoy parece tan lejana. Cristián Gazmuri ha trazado, en esta extensa biografía, la trayectoria del hombre: el exitoso curso de su doble ascenso, social y político, y su doloroso final. También, la de un grupo: los jóvenes católicos que, desde sus modestos orígenes en la década del treinta, llegaron a convertirse en los años sesenta en una alternativa para la polaridad entre izquierdas y derechas, que caracterizó la política chilena en la segunda posguerra.

Quizás allí esté el mayor interés de esta sólida y compacta biografía. Ese grupo católico surgió a fines de los años veinte en un país que, aunque muy religioso, tenía una larga tradición de laicismo, rematada en 1925 con la separación de la Iglesia y el Estado. Por entonces los católicos se nucleaban en un anquilosado Partido Conservador, que ni siquiera había llegado a asimilar la encíclica Rerum Novarum. Desde 1930, la Universidad Católica y la Asociación Nacional de Estudiantes Católicos (ANEC) fueron los lugares donde se incubó la renovación, que combinó el mensaje integrista de Pío XI con los acentos social cristianos provenientes del catolicismo belga. Es posible que estos matices no se percibieran en un medio tan tradicional, donde hasta la encíclica Quadragesimo anno, y su propuesta corporativa, fue recibida con reticencias.

Uno de esos jóvenes fue Eduardo Frei, hijo de un modesto inmigrante austríaco y luterano que trabajaba como contador, y de una criolla de clase media provinciana. Niño pobre, Frei fue educado en distintos institutos católicos: el Seminario de Santiago, primero, y el Instituto de Humanidades, con menos prestigio académico que el Instituto de Santiago y menos lustre social que los colegios de las Congregaciones, pero que podía becar a un joven humilde y talentoso. Luego, la carrera de Derecho en la Universidad Católica, elegida como el mejor camino para completar el ascenso profesional. En esos años Frei, un estudiante aplicado, devoto y practicante, ganó la confianza de los eclesiásticos, que lo incitaron a militar en la ANEC, un ámbito que Gazmuri reconstruye con precisión.

Por entonces los jóvenes católicos universitarios tenían más influencias de Lovaina que de Roma, algo que los diferencia de sus similares argentinos. Leían a Maritain, y también a Spengler, Ortega y Rodó. Pronto pasaron a la política; en 1935, incitados por la jerarquía católica, ingresaron en el Partido Conservador. Allí terminó de formarse el movimiento que en 1938 se separó y constituyó formalmente la Falange Nacional, primer núcleo político específicamente católico. El nombre es engañoso: no los seducía Franco, ni siquiera Primo de Rivera. A la hora de las definiciones, la crítica al liberalismo no los llevó a admirar los regímenes de Portugal, Austria o España, favoritos del papado. Más democráticos que corporativistas, querían ubicarse "más allá de las derechas y las izquierdas". Durante la II Guerra Mundial, la Falange supo colaborar con el gobierno de centro izquierda heredero del Frente Popular, y en ese campo buscaron preferentemente sus alianzas políticas.

La carrera personal de Frei progresó notoriamente entre 1938 y 1958, algo llamativo en un país donde no eran muchos los que, sin pertenecer a familias tradicionales, hacían carreras políticas. Fue presidente de la Falange, ministro de Obras Públicas en 1945 -único cargo de gestión antes de ser Presidente-, Senador en 1949 y candidato presidencial en 1957. Además, viajó y adquirió notoriedad internacional, especialmente en los círculos democristianos hispanoamericanos y europeos, y también en los Estados Unidos. Por entonces la Falange era un pequeño partido que buscaba su lugar en el centro de la política, mientras en el contexto de la Guerra Fría las opciones se polarizaban. Desde 1946, cuando los radicalizados partidos Comunista y Socialista fueron objeto de una fuerte persecución, la Falange empezó a delinear su "tercera posición": se opuso al anticomunismo cerril en nombre de la libertad, pero procuró diferenciarse claramente del marxismo, con una propuesta que no era ni capitalista ni comunista. Se afirmó como partido católico pero no clerical, democrático, estatista y comunitarista, de acuerdo con las influencias, no del todo procesadas, de Maritain, Don Sturzo y Teilhard de Chardin. En 1957, sin haber acabado de definir su perfil programático, se transformó en Partido Demócrata Cristiano, incorporó a todos los católicos de tendencia social cristiana -un conjunto heterogéneo-, y alcanzó el tercer lugar en las elecciones presidenciales, detrás del frente de izquierdas, que postuló a Salvador Allende, y de la derecha, que consagró presidente a Jorge Alessandri.

El período de Alessandri, entre 1958 y 1964, fue probablemente el más notable en la historia del Frei político, y a la hora del balance final, el más exitoso en términos personales; aunque no lo enfatiza así, esto se deduce de los hechos expuestos por Gazmuri. Desde 1958, Frei, que era sin duda su jefe natural, condujo a la Democracia Cristiana, un partido prometedor pero pequeño, en el difícil proceso de convertirse, seis años después, en la alternativa al frente de izquierdas que encabezaba Salvador Allende. Simultáneamente, hizo una fuerte oposición al gobierno derechista de Alessandri, sabiendo que vencer a Allende implicaría captar una buena parte de los votantes de derecha. Tarea difícil, y más porque la Democracia Cristiana, un partido multiforme, contenía tendencias que abogaban tanto por una alianza con la izquierda cuanto, más discretamente, por un acercamiento a la derecha. Ubicado en el centro de su partido, más por conciliador que por principista, Frei resultó respaldado por la serie de éxitos electorales de la Democracia Cristiana, tanto comicios parlamentarios cuanto en los estudiantiles y hasta sindicales, tradicionales baluartes de la izquierda.

Se consolidó así una mística ganadora, que aglutinó a los militantes católicos y permitió definir un programa. En él se integraba la tradición estatista de las décadas del cuarenta y cincuenta con la reivindicación de justicia social propia del pensamiento católico y las propuestas reformistas de la Alianza para el Progreso. "Chilenización" del cobre, reforma agraria, promoción de la educación y la salud eran los puntos salientes de un programa que se ajustaba a las propuestas ampliamente difundidas por la CEPAL. El frente de izquierdas también las recogía, en una versión solo un poco más radicalizada, una coincidencia que quizá Gazmuri podría haber desarrollado más ampliamente. La DC le agregaba a eso un condimento de raíz social cristiana: el comunitarismo, que como señala con precisión Gazmuri, tenía el mérito inmediato de sonar atractivo, y el inconveniente de largo plazo de ser algo indefinido y difícil de traducir en prácticas e instituciones operantes.

La diferencia que Frei marcó insistentemente, es que la Democracia Cristiana haría su "revolución en libertad", lejos de la "dictadura marxista". Este era un punto clave. A lo largo de buena parte del texto, Gazmuri va dejando testimonio del antimarxismo militante de Frei, un rasgo que lo fue diferenciando de otros dirigentes democratacristianos, más propensos al diálogo. A la vez, fue decisivo para el triunfo electoral de 1964. Mientras el programa atrajo a los jóvenes revolucionarios y cristianos, ese antimarxismo convirtió a la Democracia Cristiana en la menos mala de las alternativas para el tercio de votantes de la derecha.

Gazmuri hace una evaluación global del sexenio presidencial de Frei, y por otra parte un análisis de los aspectos políticos coyunturales, que en definitiva concluyeron con el triunfo de la Unidad Popular en 1970. La "revolución en libertad" aparece como una fase del proceso de modernización de la sociedad y la economía chilena, y las políticas de Frei pueden ser vistas, en el largo plazo, como parte de una intervención estatal, en la dirección de la economía y la promoción de la equidad social, que arranca en los años cuarenta y se proyecta al período de Allende. Los grandes programas de reformas de la presidencia de Frei -la "chilenización" de la industria del cobre, la reforma agraria, la promoción social y la extensión de la educación-, fueron en los sustantivo continuada por Allende. Con razón puntualiza Gazmuri que lo radicalmente ausente es cualquier sesgo neoliberal, como el que caracterizaría las políticas posteriores a 1973. Sin embargo, se insinúa que, más allá del fuerte cambio de rumbo luego del golpe militar, la bonanza de finales del siglo se apoya en aquella modernización.

La continuidad en el largo plazo de las orientaciones coincidió con una alta conflictividad social y una fuerte polarización política, que terminó haciendo trizas el proyecto de la Democracia Cristiana y, en lo personal, el prestigio de Frei. Comenzó su largo calvario, personal y político, que solo concluyó con su muerte, reconstruido paso a paso por Gazmuri. La leyenda negra urdida sobre la reforma agraria, un proyecto en realidad más bien modesto, fue el caballito de batalla de las derechas, que se unificaron y fortalecieron en el Partido Nacional. Las izquierdas, en cambio, aprovecharon la movilización social generada por la propia política reformista. En la segunda mitad de los sesenta, la utopía revolucionaria potenció la ilusión que la propia Democracia Cristiana había generado; en ese contexto, cualquier reforma debía resultar lenta e insuficiente. La resistencia de las izquierdas fue mayor debido a la incursión de los democristianos en terrenos que juzgaban propios, cuando avanzaron en la promoción social o la sindicalización campesina.

En ese contexto, la Democracia Cristiana empezó a padecer conflictos internos, lógica consecuencia de un crecimiento previo muy rápido, de la falta de coherencia organizacional y de la indisciplina de sus militantes. Las mayores presiones provinieron de los grupos que deseaban acercarse a las izquierdas, que terminarían constituyendo el MAPU, y más tarde la Izquierda Cristiana. La Democracia Cristiana perdió así muchos militantes, sobre todo juveniles, y con ellos se fueron muchos compañeros de la primera hora de Frei, cada vez más solo, y más asociado con el ala derecha de su partido. Desde esa posición, que asumió con intransigencia, enfrentó desde 1970 al gobierno de la Unidad Popular, vencedor de una elección que relegó a la Democracia Cristiana al tercer lugar. Frei no tenía dudas de que se trataba de la antesala de la dictadura marxista, según el modelo cubano; tampoco las tiene su biógrafo, y en este punto se extraña la falta de un desarrollo más amplio. Dada la irreductible singularidad del "modelo cubano", ¿qué significaba exactamente su aplicación en Chile?

Frei criticó fuertemente al gobierno de Allende y se sumó, sin demasiados matices, a las voces de la derecha. Al tiempo, sostenía renovados combates con sus compañeros de partido, que querían mantener abierto el diálogo con la izquierda, una tarea difícil dada la radical politización. La Democracia Cristiana siguió desangrándose, y Frei no cesó de alejarse de sus viejos amigos, incluso de los dos que, desde la década de 1930, lo acompañaron en ese emprendimiento: Radomiro Tomic y Bernardo Leighton. Con los votos de la derecha, Frei fue electo Senador y luego presidente del Senado. Pudo haberse convertido en la clave de una alianza política que derrotara a la Unidad Popular, pero la intervención militar cerró esta posibilidad.

Después del golpe, la escisión democratacristiana se profundizó, complicada por la emigración forzosa de muchos de sus principales dirigentes. Leighton y otros condenaron de inicios la dictadura militar; Frei, en cambio, le dio inicialmente su apoyo: había evitado la amenaza comunista, que juzgaba grave e inminente. De allí pasó a la reticencia, y luego a la oposición cauta, hasta que en 1980 -con motivo del plebiscito constitucional- pareció reencontrar el lugar para la oposición, y comenzó a capitalizar, en un contexto de fuerte represión, una suerte de intangibilidad, más que relativa, que le daba su posición de ex Presidente. En el ínterin, se profundizó su ruptura con la mayoría de los dirigentes de su partido -que en el exterior estrechaban lazos con los izquierdistas compañeros de exilio y desgracias- y a la vez recibió la más dura crítica del gobierno y sus adláteres; entre ellos la de no pocos democratacristianos, viejos compañeros que se habían sumado al elenco gobernante. Inclusive los dirigentes europeos de la Democracia Cristiana, que lo habían tratado como a un igual, le volvieron la espalda. En esa triste situación llegó la muerte, prematura; su calvario concluyó sin martirio ni redención.

Cristián Gazmuri mantiene un meditado equilibrio entre la obra de divulgación y la monografía académica. Se trata de una biografía, personal y política, construida sobre el fondo, no siempre dibujado con precisión, de la historia del Chile contemporáneo. La escritura, que respeta rigurosamente el ordenamiento cronológico, salvaguarda el relato sacrificando algo la dimensión analítica: solo en contadas ocasiones se permite una mirada, perspicaz, de largo plazo sobre el proceso económico o político. En cambio, la figura de Frei aparece sólidamente encuadrada en su grupo de pertenencia, el referente constante de su vida política: los jóvenes católicos de 1930, que iniciaron lo que sería el Partido Demócrata Cristiano. La muerte, si se quiere inopinada, de Frei nos impide conocer el final de esa historia, cuando a fines de los 80 se reconstruya esa colectividad política.

Gazmuri, con quien colaboraron dos prestigiosos historiadores, Patricia Arancibia y Álvaro Góngora, utiliza naturalmente todas las fuentes disponibles: periódicos, papeles personales, discursos, libros escritos por Frei, y muchas entrevistas personales, que ocupan un lugar importante en su reconstrución. Dos cosas llaman la atención sobre las entrevistas. Una menor: la persistencia del encono en varios de los compañeros de militancia de Frei, pese a los años transcurridos. Otra mayor, que interesa a los historiadores: saber cómo ha manejado las entrevistas para encontrar la "verdad histórica" y respetarla "en forma acuciosa". No sabemos cómo, pero queda la impresión de que Gazmuri, con mucho oficio y sentido común, ha logrado abrirse paso entre recuerdos necesariamente confusos y contradictorios. Al menos, esa sensación deja cuando, en cuestiones contenciosas, nos asegura que las cosas sucedieron de una cierta manera: logra que le creamos.

Gazmuri no es neutral ante Frei. No podría serlo. Quizá debería haber explicitado más ampliamente su perspectiva. Diríase que hay un cambio a lo largo de esta extensa obra. En el primer tomo, que concluye hacia 1958, es la del observador que mira complacido cómo la criatura crece, se desarrolla y llega a ser lo que debía ser. En el segundo tomo, dedicado a las dos décadas en que Frei estuvo en el centro de la escena, la mirada se hace más crítica y discutidora. Hay más preguntas sobre opciones hechas, caminos no tomados, falta de fuerza o exceso de ella, incapacidad para prever el futuro. Es una mirada más perspicaz y a la vez más comprometida. ¿Con qué? Al relato parece faltarle un terminus ad quem adecuado, que lo organice. Probablemente se deba a que, con su muerte, Frei se perdió el final de su propia historia, y dejó inconcluso el balance sobre su aporte a la construcción de una sociedad moderna y democrática en Chile.

LUIS ALBERTO ROMERO