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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600015 

NICOLÁS CRUZ. El surgimiento de la educación secundaria pública en Chile. 1843-1876 (El Plan de Estudios Humanista), Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, PIIE, y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2002, 241 págs. Fotografías, cuadros.

Una característica fundamental del republicanismo hispanoamericano de la era de la independencia, tal como en el caso de las revoluciones francesa y norteamericana, era el énfasis en los modelos clásicos como inspiradores de la participación ciudadana, la virtud política, y el fomento de valores cívicos, bélicos, y de trabajo. Simón Bolívar acostumbraba abrumar a sus lectores y auditores con todo tipo de referencias clásicas, y hasta llegó a incorporar instituciones griegas y romanas en sus proyectos constitucionales. Durante el período heroico de la independencia, el ideal de la libertad era, en la formulación de Benjamin Constant, la libertad de acuerdo a los antiguos, que el pensador suizo-francés contrastaba con la libertad de acuerdo a los modernos. Es este último el ideal de libertad que se traduciría, en el curso del siglo diecinueve, en el liberalismo con sus varias vertientes europeas e hispanoamericanas. El desarrollo económico, los derechos civiles, el imperio de la ley y, en suma, la modernidad ocuparían el lugar del republicanismo clásico. Las instituciones creadas de acuerdo a este modelo, no podían sino experimentar transformaciones importantes durante el proceso de consolidación del liberalismo.

El valioso libro de Nicolás Cruz se enmarca en este amplio contexto de las transformaciones políticas, ideológicas e institucionales de la hispanoamérica decimonónica. Chile, precisamente por padecer en menor medida las convulsiones de los países hermanos, proporciona un excelente caso para estudiar en detalle un aspecto central del fenómeno en cuestión, que es la educación bajo un sistema republicano que busca acceder a la modernidad. Inicialmente, la expansión del sistema educacional fue azarosa, dada la precariedad de los recursos fiscales, y la fundación y cierre de varios colegios en las primeras dos décadas de vida independiente. Con todo, se avanza bastante en definir los propósitos de la educación. Pero es en la década de 1830 que se empieza a percibir un claro adelanto, no solo en la consolidación del Instituto Nacional, sino que también en la elaboración de planes de estudios (como el de 1832) y proyectos que establecen un lugar preponderante para las humanidades en el nuevo contexto republicano. "Republicano", cabe señalar, no quiere decir antiespañol, y en muchos sentidos el énfasis en la centralización es un claro legado de las reformas borbónicas.

Luego de una ágil reseña del desarrollo educacional de los primeros años de vida independiente, Nicolás Cruz examina en detalle la introducción del Plan de Estudios Humanista de 1843, siguiendo su desarrollo a través de tres décadas no solo en la capital sino también en provincias, hasta su agotamiento y reemplazo en 1876. El eje de este plan, inspirado en gran medida por Ignacio Domeyko, es la enseñanza del latín, que se concibe como el vehículo para acceder a los valores de la antigüedad clásica, y como efectivo instrumento de desarrollo intelectual. Como señala Nicolás Cruz, este énfasis era compartido por otros pensadores, incluyendo muy especialmente al entonces Rector de la Universidad de Chile, Andrés Bello. Para esta generación, el orden republicano solo podría afianzarse a partir de las sólidas lecciones de moral cívica elaboradas por los pensadores clásicos. No quiere esto decir que no existieran postulados diferentes, como los del entonces Rector del Insituto Nacional Antonio Varas, pero estos eran más bien complementarios antes que alternativos.

Uno de los grandes valores del libro de Nicolás Cruz es trazar fundamentada y sobriamente los límites de este plan, y las razones por las cuales fue eventualmente reelaborado. El autor deja en claro que la verdadera oposición al plan de estudios humanistas no venía de fuentes ideológicas, sino de problemas prácticos. En primer lugar, la escasa formación elemental, que hacía prácticamente imposible el avance en ramos tan sofisticados como la enseñanza del latín. Cabe recordar que el latín no era un ramo más dentro de un variado currículo, sino que la columna vertebral de la educación secundaria. En segundo lugar, la formación y papel del profesorado. Estos, compensados a un mínimo nivel, no poseían mayor formación académica y tendían a abandonar la profesión apenas surgían alternativas laborales. Pero aún más importante era que estos debían enseñar varias materias al mismo tiempo, lo que hacía imposible la especialización requerida por los ramos más difíciles y avanzados. En tercer lugar, el plan de estudios suponía la existencia de laboratorios, bibliotecas y textos de estudios. Estos fueron establecidos o redactados a un nivel sin precedentes, pero no a la par del desarrollo educacional, y además fueron afectados por episodios tales como las guerras civiles de 1851 y 1859, o incendios y terremotos. En cuarto lugar, y quizás es esto lo más importante, no había demanda por el contenido clásico e intelectual del programa de estudios humanísticos. Esto, como señala el autor, no tenía nada que ver con una postura anticolonial que la historiografía a veces ha supuesto se encontraba en la base del rechazo del latín (y el derecho romano). Apenas se abrió un espacio para las lenguas modernas, la demanda se hizo patente. Las cifras entregadas por el autor al respecto son demoledoras. Así, la erosión del plan se debió en gran medida al deseo de padres, apoderados, estudiantes, y también algunas grandes figuras educacionales, de una educación práctica que permitiera a los jóvenes acceder a los empleos mercantiles, agrícolas, mineros y administrativos que reflejaban la creciente modernización del país.

Este último fenómeno era particularmente claro en provincias, en donde los factores antes mencionados se agudizaban, y en donde el énfasis en una educación práctica era aún más acentuado. Centros mineros, comerciales o agrícolas como La Serena, Valparaíso, Talca y Concepción exigían contenidos educacionales más adecuados a las realidades regionales, y representaron una gran fuente de resistencia al plan de estudios humanísticos. Entre los muchos valores del libro de Nicolás Cruz, se encuentra precisamente este énfasis en los liceos de provincia, que no solamente explican las resistencias al plan, sino que hacen un aporte original a la historiografía sobre la educación nacional. El autor describe no solo la dinámica educacional en las ciudades más grandes, sino también en otras más apartadas y con menos población estudiantil, incluyendo descripciones de varios de los diez liceos fiscales en existencia en la década de 1850.

También es notable la cobertura de los debates intelectuales en torno a la importancia del latín y el desarrollo de un currículo orientado a las carreras profesionales. El autor demuestra que la pugna no era entre oscurantistas coloniales y liberales modernizantes, sino que el producto de una segunda generación republicana, que veía claramente superadas las demandas de la independencia, y buscaba mecanismos prácticos de expansión del sistema educacional como también de desarrollo económico. De hecho, fueron precisamente aquellos mejor formados en un plan humanista, y además eximios latinistas, como los hermanos Amunátegui y Diego Barros Arana, los que encabezaron las transformaciones del currículo. Esto contribuyó a que el latín y el contenido humanista de la educación chilena no desaparecieran del todo (la eliminación del primero no ocurriría hasta 1880), y que se lograse una oferta educacional más ajustada a la demanda ciudadana. No hay, en otras palabras, una diferencia fundamental entre las propuestas de Bello y Domeyko, y las de la generación que ellos formaron, sino que un énfasis diferente en los contenidos educacionales de un republicanismo que deriva en liberalismo.

Este libro tiene otros méritos que importa señalar: la discusión historiográfica es ponderada y revela una gran compenetración. El autor reconoce los aportes de muchos autores e identifica constantemente el lugar de sus propias ideas. Aporta además datos estadísticos de gran utilidad para quienes deseen conocer en sus verdaderas dimensiones el papel del Estado en la educación nacional. La lectura es amena y las conclusiones sobrias y apropiadas. Este libro muestra a un historiador en la plenitud de su oficio, y revela la madurez de los estudios no solo de educación e ideas, sino de nuestra historia republicana.

IVÁN JAKSIC