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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.36  Santiago ago. 2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942003003600014 

Roberto Arancibia Clavel, La influencia del Ejército chileno en América Latina 1900-1950. Centro de Estudios e Investigaciones Militares, CESIM, Santiago, 2002, 537 págs., (3) ilustraciones.

Es conocida la influencia ejercida por las misiones militares europeas y, más tarde, de los Estados Unidos en la modernización de los ejércitos de las naciones sudamericanas. En el caso de Chile, el tema ha sido trabajado en su tiempo por Frederick Nunn y en 1999 por Holweg y Sater, los que llegaron a la conclusión que el modelo prusiano aplicado en el Ejército chileno distaba mucho de la eficiencia del original.

No obstante esta percepción negativa, el Ejército de Chile fue un modelo para sus congéneres en otros países de Latinoamérica. Dicha influencia es el objeto de estudio de este libro del general Arancibia, que corresponde al trabajo de su tesis de doctorado en historia en la Universidad Católica de Chile.

Un par de temas previos, abordados en el capítulo primero, son la profesionalización de la actividad militar en Europa durante el siglo XIX, particularmente en Francia y Alemania, y las amenazas externas e internas que enfrentaban los países de América latina en el mismo período. Frente a la necesidad de precaver contra dichas amenazas, las naciones de la región tornaron sus ojos a Francia para la modernización de sus ejércitos, conforme ocurría en el ámbito de las ciencias, las artes, la literatura y la moda. Esta influencia perduró, aunque con menos fuerza, aún después de su derrota en la Guerra Franco-Prusiana de 1870.

En Chile, el modelo francés se mantuvo hasta la Guerra del Pacífico. No obstante el buen resultado final, el conflicto dejó a la vista las deficiencias de la organización militar chilena, cuyo Ejército en los decenios anteriores solo se enfrentaba a la extensión y consolidación de la frontera de Arauco. De ahí la contratación de instructores militares alemanes y el envío de oficiales chilenos a ese país a partir de la década de 1880. Si los resultados no fueron todo lo que era dable esperar, según reconoce el autor, no es menos cierto que el Ejército chileno experimentó un visible cambio, no solo en los nuevos uniformes y el son de marchas alemanas perceptibles en las paradas militares, sino también en la organización interna, los programas de estudio, la proliferación de manuales y reglamentos y la implantación de una carrera profesional que debía poner a los oficiales al margen de los favoritismos políticos, aspecto este último destacado por el autor. El atractivo de este "modelo militar chileno" para otros gobiernos del continente no radicaba solo cómo se asimiló la influencia alemana, sino también en la estabilidad del Estado chileno y "la capacidad de su gente y de sus militares". Incidieron también, al menos en el caso de Ecuador y Colombia, consideraciones de política internacional. La conveniencia del acercamiento era recíproca. La presencia de oficiales chilenos en esos países debía afianzar los lazos de amistad entre ambos, una consideración no menor para Chile si se piensa en el delicado estado de nuestras relaciones con el Perú en las primeras décadas del siglo XX a raíz de la llamada cuestión del Pacífico.

El general Arancibia limita su estudio a las misiones militares chilenas en Ecuador, Colombia y El Salvador; las hubo también en otros países, como ser Venezuela y Nicaragua. Sin embargo, el estudio de estos casos presenta suficientes elementos en común para apreciar sus características y algunas de sus contradicciones. Uno de los primeros temas que aborda es la forma en que se realizaba la contratación de estas misiones Si bien la solicitud y la selección se hacía por conductos oficiales, los participantes eran contratados personalmente por los gobiernos en condiciones económicas relativamente favorables y conservaban su posición en el escalafón militar chileno. Tal como sucedió con los instructores alemanes en Chile, los oficiales chilenos en los países estudiados concentraron sus esfuerzos en la formación de los oficiales y suboficiales, ya a través de la modernización de la respectiva escuela, ya mediante la creación de cursos de estado mayor. Al mismo tiempo que elaboraban los textos y reglamentos necesarios, tomando como modelo los usados en Chile. Por la información que nos entrega el autor, resulta evidente que trabajaban duro para ganarse su sueldo.

El servicio en el extranjero traía consigo otros riesgos para nuestros oficiales. La prescindencia del Ejército en la vida política de Chile era uno de los atractivos que presentaba nuestro modelo militar para los gobiernos que contrataban las misiones. Se esperaba que los oficiales mantuvieran una estricta neutralidad frente a los conflictos internos, pero también debían apoyar al gobierno legalmente constituido. Estos principios, ambos muy loables, podían resultar contrapuestos, y al menos en el caso de un oficial se hubo de poner término a su contratación luego de una sublevación exitosa. Aunque el autor no se adentra demasiado en el tema, sospechamos que solía resultar difícil mantenerse absolutamente al margen de la política interna, si pensamos que los oficiales se integraban a la vida social del país y varios de ellos contrajeron allí matrimonio. Muy distinto era, en cambio, si los oficiales chilenos participaban junto a los ejércitos locales en un conflicto exterior, como sucedió con los oficiales chilenos en El Salvador en su enfrentamiento con Guatemala en 1906, cuando el teniente Carlos Ibáñez fue el héroe de la batalla de El Platanar.

La situación de privilegio de que gozaban en el país solía suscitar envidias y resquemores, alentados en algunos casos por influencias externas que veían con malos ojos el ascendiente que lograban los chilenos, y que se manifestaban en críticas a través de los medios de prensa. Aunque recibían el apoyo de las autoridades de gobierno, el honor militar quedaba resentido.

El autor hace ver que las misiones militares chilenas fueron precedidas o sucedidas por instructores de otros países con mayor poderío militar y que aquellas salen bien paradas en las comparaciones efectuadas en los países receptores.

Dice mucho que, no obstante la creciente influencia militar de los Estados Unidos en la región durante y después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Ecuador haya solicitado el envío de profesores chilenos (entre ellos el mayor Augusto Pinochet) para la reapertura de la Academia de Guerra del Ejército en 1955 y que, pocos años después, Colombia haya solicitado a Chile el envío de una misión militar ecuestre.

Para su investigación, el autor ha consultado archivos y publicaciones de Ecuador, Colombia y El Salvador, además de los repositorios documentales chilenos, prensa periódica y una amplia bibliografía, complementada con algunas entrevistas a los actores de los hechos que narra. Por la propia formación del autor, prima la perspectiva militar del tema, no obstante el propósito de insertarlo en un contexto más amplio. Esto se manifiesta en la manera como se ha estructurado el trabajo y también en las conclusiones. Lo anterior, empero, no resta nada al valor de sus aportes y al interés general del libro que se lee con facilidad.

JUAN RICARDO COUYOUMDJIAN