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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.33  Santiago  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942000003300007 

Historia, Vol. 33, 2000: 297-368

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile

RENÉ MILLAR CARVACHO*

Aspectos de la religiosidad porteña.
ValparaIso 1830-1930**

ABSTRACT

Valparaiso was the fastest growing town in Chile during the 19th century, to the extent that the original inhabitants became a minority in relation to the newcomers. The most important of these groups of immigrants were the foreign communities, on account of their economic and social influence. They left their mark not only in the daily life of the port but also in their wy of thinking and religious attitudes.

Valparaiso, in contrast to the rest of Chile, had an important group of noncatholics. The development and public manifestations of these dissidents, was due both to the growth in their numbers and to the weakness of the Catholic presence in that por during the first half of the 19th century. However, from the 1860s on, the situation tended to change due to difficulties faced by the protestants and freemasons, and the recovery of the Catholic Church under the apostolic governor Mariano Casanova. At the end of the century, Catholic worship who had remained aloof from the native population, began to make strong inroads in the midst thanks to the work of the Pentecostalists.

INTRODUCCIÓN

Valparaíso fue la ciudad chilena que experimentó mayor crecimiento durante el siglo XIX. Este se manifestó en el notable aumento de la población, en la expansión urbana y en el fuerte desarrollo del comercio y la cultura. Dicha ciudad pasó a ser el símbolo del progreso y de la modernización nacional. Esa situación regularmente ha sido asociada a la apertura económica del Chile decimonónico, a la presencia de una importante colonia extranjera y a la poca significación que en ella tuvo la aristocracia tradicional del país. Lo cierto es que la sociedad porteña presentó algunas peculiaridades desde los albores de la etapa republicana que la distinguían del resto de la población nacional.

La presencia numerosa de elementos exógenos, unido al hecho de ser dicha ciudad el principal puerto del país, generó una situación particular desde el punto de vista de las mentalidades y de la vida espiritual, que contrasta con lo que acontece en esos ámbitos en el resto del territorio. Pues bien, en este artículo nosotros intentaremos describir, en una primera y bastante general aproximación, las más significativas manifestaciones de esapeculiar vida religiosa porteña. Trataremos de reconstruir el desarrollo del culto protestante y las inquietudes espirituales de los disidentes. Al mismo tiempo, mostraremos el estado de la iglesia católica del puerto y analizaremos la forma como enfrentó el fenómeno de la disidencia. Las controversias y enfrentamientos entre representantes y voceros de ambos bandos también ocuparán nuestra atención. Nos interesa captar la evolución que tienen en el tiempo las instituciones que representan a las comunidades católicas y disidentes. Pretendemos analizar el conflicto entre ellas; determinar la estrategia que siguen para ganar presencia en el seno de la sociedad porteña y mostrar los resultados de la labor pastoral que realizan. Toda esa aproximación al fenómeno religioso lo hacemos a partir de la siguiente hipótesis: coincidiendo con una situación institucional negativa de la Iglesia católica, los disidentes, desde la llegada de Trumbull, habrían desarrollado una activa labor propagandística, a veces fuertemente combativa, la cual les genera una imagen de predominio en el debate y en la presencia pública entre las décadas de 1850 y 1860. Sin embargo, aquella la fueron perdiendo merced a diversos problemas internos de sus instituciones y a una reorganización de la Iglesia católica, que, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, terminó por imponerse sin contradicción en el seno de la sociedad porteña.

I. EL AFIANZAMIENTO DE LA DISIDENCIA, 1830-1880

1. Desarrollo de las iglesias protestantes

La gran cantidad de extranjeros residentes en Valparaíso en relación al total de población de la ciudad y sobre todo respecto a Santiago, va a condicionar la religiosidad de los porteños durante este período1. Esto era tan manifiesto que un viajero de mediados de siglo señalaba, refiriéndose a este tema, que "la religión nacional era la católica romana" y que mientras en "la capital reinaba mucha ignorancia y fanatismo", en Valparaíso se "manifestaba claramente la influencia de tantos extranjeros y de la civilización moderna", al punto de que sus habitantes, "en todo sentido... eran ilustrados y de tendencias liberales", disponiéndose ya "de una iglesia protestante y de un cementerio de esa confesión"2. Otro viajero, de la misma época, precisaba un poco más diciendo que las clases altas de la ciudad estaban "dispuestas a ser más liberales", pero el "peón" y el "roto", instigados por los sacerdotes, todavía eran muy fanáticos3. La importante presencia de disidentes en Valparaíso quedó de manifiesto, en las primeras décadas del siglo XIX, en algunos conflictos menores con la comunidad católica, pero inimaginables en cualquier otra ciudad del país. Ellos correspondieron a comportamientos irrespetuosos hacia expresiones públicas de la catolicidad. En la prensa encontramos quejas contra la actitud de algunas personas al paso de la procesión del Corpus y sobre todo cuando ministros de la Iglesia llevaban el Viático a los enfermos. En este último caso, los actos ofensivos llegaron a tal extremo que la autoridad eclesiástica tomó la determinación de no administrarlo públicamente4.

En la década de 1820 se había iniciado en la ciudad la difusión del protestantismo por pastores anglicanos y presbiterianos. Sin embargo, durante varios años la labor de misioneros y capellanes se limitó a atender las necesidades espirituales de la colonia anglosajona y de los marineros. Efectuaban servicios religiosos en los barcos, dirigían oraciones en casas particulares, asistían a los enfermos, distribuían biblias y administraban sacramentos5. En la década de 1820, los extranjeros no católicos habían logrado hacer realidad el cementerio para disidentes6; empero, la práctica del culto protestante había encontrado serios obstáculos, porque la Constitución política prohibía su ejercicio público. De ahí que hubiesen tenido que limitarse a practicar la religión en privado. Uno de los primeros capellanes anglicanos que se estableció en Valparaíso fue John Rowlandson, que llegó para desempeñarse como profesor particular de los hijos del comerciante Richard Price7. Celebraba el culto en casas particulares, hasta que Joshua Waddington construyó un salón de uso múltiple al costado de su casa. El pastor dejó constancia del primer servicio efectuado en ese local: "Servicio divino fue celebrado por primera vez en esta iglesia, dentro de mi residencia, este día 10 de diciembre de 1837. Había asistencia amplia de mis vecinos protestantes, y mucha demostración de gratificación sincera. Que el Dios de misericordia, por Jesucristo, nos proteja y bendiga en este proyecto. ¡Gloria a Dios! Amén"8. Con todo, el mismo reverendo, que oficiaba de capellán de manera extraordinaria, reconocía que la comunidad protestante "demostraba una negligencia deplorable hacia sus deberes religiosos"9.

Los anglicanos, merced a la "Sociedad Bíblica Británica y Extranjera", dispusieron de pastores de manera intermitente hasta 1841, en que la Iglesia anglicana de Inglaterra inició el envío regular de capellanes y el gobierno británico comenzó a mandar subvenciones para el culto. La primera llegó en1842 y alcanzó a las 200 libras esterlinas10. Un hito importante para el desarrollo de este culto lo constituyó el inicio de la construcción del templo denominado St. Paul, en el cerro Alegre, durante el año 185611. El impulsor del proyecto fue el capellán Richard Dennett, que habría gestionado un préstamo del comerciante Agustín Edwards para dar inicio a la obra, que se concluyó en 1858. La mantención del templo será costeada por "la oficina colonial" y los residentes británicos, constituirán una corporación denominada "Anglican Episcopal Church Corporation of Valparaíso"12.

Con todo, hasta mediados de la década de 1840 las actividades de los pastores protestantes eran limitadas y la vida religiosa de la población disidente era muy débil. El ministro Trumbull, a poco de llegar, se quejaba en un carta privada de que "aquí la ignorancia del evangelio era penosamente pecaminosa y muchos de los Americanos e Ingleses parecían negligentes"13. Los comienzos de la labor misionera de aquel fueron difíciles, al punto que su auditorio lo constituían mayoritariamente los marineros de los buques surtos en la bahía. Como señala uno de sus biógrafos, "su parroquia fue una flota de barcos mercantes y su púlpito un escritorio improvisado, en la cubierta de algún navío"14. Pero la presencia de David Trumbull en Valparaíso va a significar un gran impulso para la consolidación y desarrollo del protestantismo en general y de la Iglesia presbiteriana en particular. Este pastor había nacido en Nueva Jersey en 1819, en el seno de una familia acomodada y había estudiado en la Universidad de Yale y en el seminario presbiteriano de Princeton15. Su venida a Chile, en diciembre de 1845, se originó en una convocatoria de voluntarios para fundar misiones en Sudamérica que hizo la "Unión Evangélica Extranjera".

Trumbull fue el fundador de una iglesia para los fieles de los diversos credos protestantes, salvo el anglicano, que se denominó "Union Church". El primer servicio de esta nueva institución se realizó en septiembre de1847, en la imprenta de El Mercurio. Poco después sus miembros arrendaron una bodega para las reuniones, en la que permanecieron hasta 1854, en que adquirieron un sitio cerca de la plaza Victoria para levantar su propio templo16. Debido a la inexistencia de libertad de cultos, este encontró dificultades en su construcción. Los sectores católicos trataron de impedir su habilitación e hicieron presente a las autoridades la ilegalidad del edificio. Se señalaba que con él se estaba vulnerando la Constitución, por cuanto esta estipulaba que la religión católica era la oficial del Estado y prohibía el ejercicio público de cualquier otro culto. Sin embargo, también hubo personas que, identificadas como católicas, salieron en defensa del templo, argumentando que no atentaba contra la legalidad, pues se trataba de un recinto privado, al cual asistían solo quienes eran invitados, al igual que lo que acontecía con un club o una casa particular17. Las autoridades de gobierno coincidirán con estos argumentos, dando autorización para que el inmueble pudiese funcionar como templo. Solo le impondrán como restricción el que fuese rodeado de una alta cerca y que no tuviese campanario.

La actividad de Trumbull era incansable; en forma paralela a aquel proyecto fundaba una casa para marineros de habla inglesa y un hogar para niños desamparados. Al mismo tiempo realizaba una activa labor de propaganda religiosa a través de la prensa, ya sea como redactor o como editor de diversos periódicos. En 1861, con la ayuda del misionero norteamericano Ricardo Garfield y del destacado comerciante inglés Alexander Balfour, constituyó la "Valparaíso Bible Society", para vender biblias y otros libros religiosos en diversos idiomas. Esta institución contó con el apoyo económico y de textos de la "British and Foreign Bible Society" y de la "American Bible Society". En 1862, la sociedad en cuestión abrió una librería en el centro de Valparaíso, a cargo de la cual fue designado el colporteur18 alemán Franz Müller19. La labor que este desarrolló fue activa, como lo muestra un informe del año 1864, en el que se consigna la visita a 671 barcos, a 183 enfermos de hospital y a 1.587 familias, junto a la venta de 499 biblias, muchas en castellano, y a la donación de cerca de 18 mil volantes20. El funcionamiento de esta sociedad causó un gran impacto en los círculos católicos, que reaccionaron de manera muy crítica a través de La Revista Católica y del párroco de la Matriz. Pero también la creación de ella molestó a ciertos sectores del anglicanismo, que manifestaron su discrepancia por medio del capellán Richard Dennett.

Desde Valparaíso, los colporteurs de la "Sociedad" se desplazaron por el resto del país con su cargamento y mensaje evangélico, en un proceso misional que a los pocos años los llevó a establecer sucursales en las principales ciudades. A su vez, en 1862, David Trumbull, junto al reverendo Nathaniel Gilbert, constituía la Iglesia presbiteriana de Santiago, la que durante sus primeros años funcionó en la casa habitación del ingeniero Helsby, ubicada en la calle Moneda21.

Un hito importante en el progreso experimentado por el culto protestante lo constituyó la consagración del primer pastor chileno, acaecida en noviembre de 1871, que por lo demás significó la primera investidura de ese tipo en la América hispana. El consagrado fue el joven sanfelipeño José Manuel Ibáñez Guzmán, que después de estudiar algunos ramos de Teología en la ciudad de Sacramento, Estados Unidos, terminó su formación religiosa bajo la guía de David Trumbull. Alcanzó una gran erudición, que se reflejó en el examen para obtener el ministerio, el cual duró seis horas y trató sobre filosofía, escolástica y conocimiento de la Biblia, en hebreo, griego y latín. En Valparaíso sirvió durante un tiempo la escuela dominical dependiente de la "Union Church" y con posterioridad cumplirá una destacada labor evangélica en Santiago, participando de manera activa en la construcción del primer templo protestante, que se levantó en la calle Nataniel, en 1870. Falleció prematuramente a la edad de 34 años, en 1875, víctima de un "cólico fulminante"22.

Otro ámbito en que se manifiestan los esfuerzos protestantes por consolidar su presencia e influir en la vida espiritual de la sociedad, fue el de la educación. Trumbull, al poco de llegar al país, junto al Dr. David Thomas, decidieron convencer a la comunidad anglosajona de Valparaíso acerca de la conveniencia de establecer un colegio para niños de habla inglesa, de escasos recursos. La propuesta se fundamentaba en que existían numerosas familias inglesas y norteamericanas que no podían pagar institutrices para sus hijos o carecían de medios para enviarlos a estudiar al país de origen, por lo que abundaban los niños que no recibían formación de ninguna especie y se criaban como "paganos". La cruzada tuvo éxito y la comunidad anglosajona se mostró dispuesta a colaborar con el proyecto. Se formó una sociedad que contó con el aporte económico de los principales comerciantes del puerto, encabezados por Alexander Balfour23.

El colegio, con el nombre de "Artisans English School", comenzó a funcionar en octubre de 1857, bajo la dirección del escocés Peter Mackay, que había estudiado en la Universidad de Glasgow. Al poco tiempo dispuso de un edificio nuevo en el cerro Alegre y a fines de la década de 1860 tenía poco más de 200 alumnos, la mayoría de los cuales eran varones. El colegio con frecuencia presentaba dificultades financieras debido a que becaba a numerosos estudiantes; por ello, el apoyo económico de la comunidad anglosajona fue permanente, sobre todo de parte de las grandes casas comerciales. La enseñanza se orientaba a la formación moral y profesional de los estudiantes, que los habilitara de manera especial para desempeñarse en el comercio. En el colegio no se impartía instrucción religiosa, debido a que los alumnos pertenecían a diferentes iglesias, pero se rezaba el Padre Nuestro al entrar a clases y se destinaba media hora diaria a la lectura de la Biblia y a cantar himnos religiosos.

En 1876 se produjo un conflicto entre la junta directiva, encabezada por Trumbull, y el agnóstico profesor de arte y pintor Thomas Somerscales, que fue exonerado por negarse a rezar al comenzar sus clases. Ante esto, el rector Peter Mackay y su ayudante George Sutherland renunciaron al colegio y al año siguiente abrieron un nuevo establecimiento.

El "English School" de Mackay y Sutherland empezó a funcionar en una casa de la calle Santa Isabel del cerro Alegre. La orientación del colegio será diferente a la del establecimiento originario, pues se inclinará hacia los sectores sociales acomodados, tanto extranjeros como chilenos. Este cambio se produjo por razones económicas, ya que dejó de percibir el auxilio financiero de los ricos mercaderes, y también por motivaciones pedagógicas. De hecho la enseñanza tendió a aristocratizarse, aunque sin abandonar la formación comercial. Se fortaleció el estudio de los clásicos y se dio gran importancia a la práctica de los deportes. En materia religiosa se dispuso una amplia tolerancia y la instrucción en ese aspecto se hacía según el sentir de los padres. Curiosamente Trumbull siguió también vinculado a este colegio, participando, junto a otros pastores, en las principales ceremonias internas que se efectuaban24.

2. Establecimiento y desarrollo de la masonería

Aunque la masonería no puede considerarse como una congregación de carácter religioso, lo cierto es que varias de las inquietudes que motivan a sus miembros se refieren a cuestiones que también están presentes en una religión, como serían las interrogantes sobre el origen de la vida o el sentido de la existencia del hombre en la tierra y la necesidad de disponer de determinadas pautas de comportamiento moral. En otras palabras, la masonería responde a profundas motivaciones espirituales del hombre y por eso la incluimos en este estudio.

La primera logia masónica de Chile se fundó en Valparaíso en 1850, por un grupo de súbditos franceses encabezados por el sastre Jean Baptiste Dubreuil. Se le denominó "L'Etoile du Pacifique" y sus miembros solicitaron el reconocimiento del "Gran Oriente" de Francia25. Su existencia fue bastante agitada, hasta el punto que durante un tiempo fue declarada "en sueño", vale decir, paralizó sus actividades. Esas dificultades internas en parte se relacionan, como señala uno de los directivos, con el hecho de que los fundadores hubieran tenido que "buscar sus miembros activos en el seno de la inmigración francesa, una mezcla confusa de caracteres, de costumbres y de moralidad"26.

En la medida que "L'Etoile du Pacifique" estaba integrada solo por franceses, que utilizaban su idioma de manera oficial y exclusiva, era muy difícil que la masonería pudiera prosperar y desarrollarse. Así por lo demás lo comprendió el comerciante natural de Curaçao Manuel de Lima, que planteó al gran maestre de "L'Etoile" la conveniencia de fundar una logia propiamente chilena. La propuesta fue acogida y, en 1853, después de un tiempo de preparación de los ocho miembros fundadores al interior de la logia, "L'Etoile du Pacifique" se constituyó la logia "Unión Fraternal". Esta solicitó su carta de constitución en el rito escocés al "Gran Oriente" de Francia, a quien además pidió autorización para trabajar en el idioma castellano27.

En el grupo fundador no había chilenos y en los primeros años de funcionamiento la incorporación de ellos fue escasa. Sin embargo, al promediar 1854 pertenecían a la logia los intelectuales José Victorino Lastarria y Jacinto Chacón y los futuros prominentes masones Juan de Dios Arlegui yBlas Cuevas. En esa etapa inicial se integraron varios de los exiliados argentinos residentes en el puerto, entre los que se destacan Domingo Faustino Sarmiento, Javier Villanueva, Mariano E. de Sarratea, Jacinto Rodríguez Peña y José Manuel Moreno28.

Por esa misma época un grupo de masones norteamericanos, avecindados en Valparaíso, formó una tercera logia, a la que se denominó "Bethesda" y se vinculó a la Gran Logia de Massachusetts28a. Las relaciones entre los tres "Talleres" fueron estrechas en esta primera etapa, celebraban festividades en conjunto y el templo masónico construido por "L'Etoile du Pacifique", contó con el apoyo económico de la "Unión Fraternal". En 1855, el venerable maestro de esta última, Manuel de Lima, expresaba orgulloso que las tres logias de Valparaíso reunían alrededor de 150 miembros activos29. El crecimiento de masonería también se manifestaba en la fundación de sendas logias en las liberales ciudades de Concepción y Copiapó.

El paso siguiente, anhelado por la Unión Fraternal, correspondería a la independencia respecto al Gran Oriente de Francia, que era visto como un obstáculo para el desarrollo de la Orden en el país. El punto era controvertido, pues "L'Etoile du Pacifique", es decir, la otra logia afiliada al Gran Oriente, no estaba dispuesta a aceptar tal idea. En esa instancia se presentó una coyuntura que fue aprovechada por los partidarios de la autonomía. En Francia, en enero de 1862, culminó la intervención de Napoleón III en la masonería con el nombramiento del Mariscal Magnan como Gran Maestre de la Orden Masónica de Francia, quien no había pertenecido a la Orden y no poseía por tanto ninguno de los grados. A comienzos de abril, al tenerse noticias en Chile de esos sucesos, la "Unión Fraternal" decidió desconocer la autoridad del Gran Oriente de Francia y comenzó a dar los pasos para constituir un organismo que coordinara los diferentes talleres. Uno de ellos fue la constitución en Valparaíso de una nueva logia, para fortalecer el movimiento, la cual se denominó "Progreso" y quedó bajo la dirección de Blas Cuevas. El segundo paso y final fue la fundación, en mayo de 1862, enconjunto con representantes de las logias de Concepción y Copiapó, de laGran Logia de Chile, lo que marca el comienzo de la masonería chilena como entidad autónoma30.

Juan de Dios Arlegui fue elegido como Serenísimo Gran Maestro de ella. Había nacido en Santiago en 1827 y cursado los estudios secundarios en el Seminario Conciliar y los universitarios en el Instituto Nacional, recibiéndose de abogado en 1848. Poco tiempo después, en 1850, se instalaba en Valparaíso y, como tantos otros, fue tentado por el oro de California, emprendiendo una desafortunada aventura. De regreso en el país, se dedicó al ejercicio de su profesión, en la que obtuvo un sólido prestigio, que le facilitó su elección de regidor de Valparaíso en 1858. Siempre fue un tenaz opositor a Manuel Montt, lo que le significó pasar dos temporadas en prisión, a raíz de la revoluciones de 1851 y 1859 respectivamente31.

El Gran Maestre y los demás dignatarios se concentraron en dos tareas: conseguir el reconocimiento de la nueva institución por parte de las logias internacionales y redactar la constitución que la regiría. Esta quedó terminada en diciembre de 1862 y en sus primeros artículos se precisaba el objeto de la Orden Masónica, que era la práctica de la beneficencia, el estudio de la moral universal y el cultivo de todas las virtudes. Al parecer, siguiendo el modelo francés, se consideró que la base de la masonería estaba en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma, pero la Orden, aunque decía respetar la fe religiosa, no se ocupaba de la religión y más aún prohibía en sus reuniones toda discusión sobre ella32.

A partir de Valparaíso, la masonería se extendió por el resto del país. A las ya mencionadas logias de Concepción y Copiapó, en 1864 se agrega la fundación en Santiago de la logia "Justicia y Libertad", que, bajo los auspicios de la "Gran Logia de Chile", fue la primera en establecerse en la capital, para lo cual contó con la participación de varios miembros de los talleres porteños. El desarrollo de la masonería también se manifestó en la formación de nuevas logias en Valparaíso. En efecto, en enero de 1869 se constituyó a instancias del doctor Ramón Allende Padín la logia "Aurora" y en julio de 1871 un grupo de ciudadanos alemanes fundó la logia "Germania", dependiente de la "Gran Logia de Chile". Por otra parte, esta última institución, ante el incremento de las logias, inició en 1870 la construcción de un local que les sirviera a los diferentes talleres para efectuar sus trabajos. Como las autoridades de gobierno no le otorgaban personería jurídica a la masonería, el "templo" se puso a nombre de una entidad social de fachada llamada "Club Central"33.

El desarrollo de la cultura y de la educación era uno de los objetivos primordiales de la masonería, el cual prontamente trataron de impulsar favoreciendo diversas iniciativas en ese ámbito. Una de ellas fue la "Sociedad de Instrucción Primaria" de Valparaíso, que se constituyó en noviembre de 1868 y que pretendía fomentar la enseñanza básica en los sectores populares de la ciudad que no tenían acceso a la misma. Aunque la institución estaba abierta a los diversos sectores de opinión, lo cierto es que la masonería tenía una gran influencia. Al párroco Mariano Casanova se le ofreció en ella un cargo de director, pero lo rechazó, con bastantes dudas, porque pensaba que a lo mejor desde dentro podía "neutralizar el mal"34. Formaron parte de esta sociedad Juan de Dios Arlegui, Blas Cuevas, Jacinto Chacón, José Francisco Vergara, Agustín R. Edwards y Carlos Waddington, entre otros. Cinco años más tarde inauguraba su primer establecimiento, la "Escuela Sarmiento", que dispuso de un local construido ex profeso y comenzó a entregar enseñanza gratuita a un promedio de 220 alumnos35.

Otra iniciativa educacional importante de la masonería y que daría origen a una intensa polémica, fue la apertura en febrero de 1872, a instancias de la logia Aurora y de su venerable Maestre Ramón Allende, de la escuela "Blas Cuevas", que se denominó así en homenaje al Primer Gran Celador de la Gran Logia recientemente fallecido. Inició sus actividades con una matrícula de 140 alumnos. El proyecto resultó exitoso, pues al poco tiempo habilitaba una sección de niñas y otra de adultos36.

Hasta cierto punto, la influencia de la masonería en el ámbito educacional de Valparaíso también se hizo sentir al interior del Liceo fiscal. Este había sido creado en marzo de 1862, con las clásicas secciones de Humanidades y Matemáticas, a las que se añadió una de comercio, en atención a las peculiaridades de la ciudad. Después de pasar por diversas alternativas, que habían terminado por sumirlo en una honda crisis37, en 1877 fue designado rector Eduardo de la Barra, que permaneció en el cargo hasta la revolución de 1891. Al frente del establecimiento realizó una notable labor, al punto de lograr prestigiarlo ante la opinión en poco tiempo, como lo evidencia el incremento del alumnado, que en 1878 superaba la cifra de 350. Introdujo reformas en los planes de estudios, en la disciplina interna y en el cuerpo de profesores; fomentó las actividades literarias y la formación de un museo de historia natural. Eduardo de la Barra era un literato, con el título de agrimensor y yerno de José Victorino Lastarria. En 1867 había participado en la fundación de la primera logia masónica de Santiago y en los años posteriores continuó siendo un activo miembro de la Orden. Participará en la polémica por la escuela "Blas Cuevas" defendiendo la posición de la masonería y en sus ensayos se manifestará crítico de la Iglesia y del clericalismo y partidario de los idearios de libertad38.

Desde el establecimiento de las primeras logias en el país, la Iglesia chilena dio a conocer a la población, mediante artículos en la Revista Católica y en periódicos, los peligros que dicha institución entrañaba para el catolicismo y los fieles. En ese aspecto, las autoridades eclesiásticas nacionales no hacían más que seguir las directrices de la Santa Sede, que, desde el siglo XVIII y de manera reiterada, la habían condenado en diversas Encíclicas y Bulas. La masonería con sus posturas racionalistas, descalificadoras del catolicismo y anticlericales, defendidas muchas veces con cierto sectarismo, generó una relación conflictiva con el mundo católico, que alcanzó bastante intensidad en aquellas sociedades, como la chilena, donde el catolicismo era la religión oficial y ampliamente mayoritaria.

3. La respuesta de la Iglesia católica

Frente al avance y protagonismo de la disidencia, que se manifiesta con fuerza desde mediados del siglo, la Iglesia católica, con una administración institucional deficiente y con una escasa dotación de clero, no se encontraba en buenas condiciones para atender los requerimientos espirituales de los fieles y al mismo tiempo rebatir a los protestantes, en un ambiente de por sí difícil para la religión por la condición de puerto que tenía la ciudad.

El arzobispo Manuel Vicuña, en su visita al puerto en 1838, señalaba que para una población de 27 mil personas, con fuerte presencia de extranjeros, existía una parroquia, una viceparroquia y un total de 13 sacerdotes, incluyendo los religiosos de los diversos conventos39. La situación de estos últimos se encontraba tan menoscabada que algunos estaban a punto de ser cerrados por falta de religiosos. Así, en el convento de Santo Domingo había dos sacerdotes y un lego; en el de la Merced se encontraban dos sacerdotes, un corista y cinco novicios; en el de San Francisco, había cuatro sacerdotes y dos legos; y en el de San Agustín quedaba un solo sacerdote40. Da la impresión que el problema no era coyuntural, pues en 1832, la Junta de Beneficencia, en una comunicación al Ministro del Interior, hacía presente la conveniencia de solicitar a la autoridad competente el aumento en el número de regulares para los conventos de San Agustín y Santo Domingo, que se encontraban "totalmente desprovisto y sin más dotación que sus prelados". Agregaba que existía un clamor en el vecindario católico al respecto debido a "que en los días de precepto se ve privado de la misa su mayor parte... porque solo hay una en cada convento"41.

Pero al parecer, el problema no solo tenía que ver con la escasez de frailes, sino también con el de la calidad de los mismos y con el cumplimiento de la disciplina conventual. Al respecto existen algunos indicios como para suponer situaciones de ese tipo entre los franciscanos. Estos, para enfrentar la falta de miembros, recurrieron a la traída de religiosos europeos. Pues bien, uno de ellos, italiano, llegado desde el colegio de Santa Rosa de Ocopa, e instalado en el convento de Valparaíso, en 1737 se negó a prestar obediencia al prelado, generando incluso la intervención de las autoridades de gobierno; a su vez, un lego franciscano, originario de Andalucía se fugó del convento42. Poco antes, el gobernador Diego Portales, en 1833 había expulsado del país a un franciscano de la provincia del Perú, residente en Valparaíso, por involucrarse en graves escándalos de carácter moral43. Por su parte, el convento de Santo Domingo, a lo menos desde comienzos de 1837 y hasta 1841 fue ocupado como cuartel por las tropas, que convivían con el único religioso que moraba en el convento, el prior. Este, además, había sido denunciado de cometer diversas irregularidades, al extremo de haberse tenido que enviar un visitador, el cual, aunque desechó la mayor parte de las acusaciones, lo reprendió "con severidad y acritud"44.

Las carencias también se manifestaban en el funcionamiento de la parroquia, que debió ser bastante deficiente, al tenor de la forma descuidada en que se llevaban los libros45 y de las críticas que, públicamente y con cierta frecuencia, aparecían en la prensa contra el cura José Vicente Orrego46. A eso habría que agregar que en 1833 Diego Portales señalaba que le habían asegurado que el sotacura bebía en exceso y que incluso algunos lo habían visto cargando el viático estando borracho47. En esas circunstancias la formación religiosa de los fieles no podía estar en buen pie. Tan es así, que el arzobispo, en la visita indicada, ordenó que en "todos los días festivos antes de comenzar la misa mayor en la iglesia parroquial o viceparroquial se digan con el pueblo el Padre Nuestro, el Ave María", el credo, los mandamientos de la Iglesia y de la ley de Dios, los sacramentos y aspectos de la doctrina cristiana48.

En todo caso, la designación en octubre de 1837 de Antonio Riobó como párroco de la Matriz significó un cambio positivo para el culto católico. A este cura se debe la construcción del nuevo templo, que le demandó enormes sacrificios durante seis años; al decir de El Mercurio no fue nada fácil levantar un "magnífico" edificio donde antes había un "gallinero"49. Junto a esa obra, el cura Riobó impulsó la creación de una nueva parroquia que permitiría atender las necesidades de la abundante población que ya se concentraba en el barrio del Almendral. Esta era por lo demás una sentida aspiración de la comunidad porteña, que el municipio había hecho presente a las autoridades civiles y eclesiásticas en 1832 y 183850. Aún más, en el primero de esos años, el tema motivó una extensa y agria polémica en la prensa local, que involucró a los redactores de El Mercurio y a los curas Orrego y Riobó. La propuesta municipal, que contó con el apoyo del periódico, el cual propuso al segundo de los sacerdotes como su párroco, fue tajantemente rechazada por el cura de la Matriz, quien alegó la ilegalidad del proyecto, el atropello a los beneficios del propietario y, además, reprendió a Riobó, a quien sindicó como el instigador de la iniciativa51. Finalmente, el 13 de diciembre de 1844, al coincidir con una política general de la arquidiócesis que tendía a dismuir el tamaño de las parroquias más grandes52, la propuesta encontró acogida en el arzobispo y en el gobierno53, dividiéndose el curato en dos parroquias: la Matriz del Salvador y la nueva, denominada de Los Doce Apóstoles, cuyos límites serían, "al poniente, la calle de la actual cárcel, llevando una línea por la plaza de la Victoria y la calle del Circo hasta llegar a la cima del cerro del Barón, deslindando en esta con la parroquia de Santa Bárbara de Casablanca; al sur, la cima de los cerros, y al norte, el océano Pacífico"54. Para el servicio se habilitó la capilla del Carmen, que estaba frente al Hospital de San Juan de Dios e interinamente fue nombrado párroco José Antonio Riobó, que estaba en la misma condición en La Matriz. Poco después, se nombró como titular en la nueva parroquia a José Miguel Ortiz de Zárate, regresando a su anterior interinato el cura Riobó. Cabe hacer notar que en todos estos nombramientos intervino el Vicepresidente de la República, quien ejerció el derecho de presentación, eligiendo el primer nombre de las ternas que le hizo llegar el vicario55.

La llegada de Rafael Valentín Valdivieso al Arzobispado de Santiago en 1845 va a tener una influencia decisiva en los cambios favorables que en los años siguientes irá experimentando la Iglesia porteña. El nuevo arzobispo, desde su intalación en la sede episcopal, estuvo imbuido de un espíritu reformista que buscaba fortalecer a la Iglesia, reposicionar en la sociedad los principios e ideales católicos y enfrentar con éxito a los enemigos de la religión. En una carta de enero de 1852 a Joaquín Larraín Gandarillas deja bastante en claro sus inquietudes y aspiraciones en relación con la diócesis. Los temas que allí toca, que corresponden a una especie de enumeración de materias a enfrentar, poco a poco se irán plasmando en la Iglesia porteña. Al arzobispo le preocupaba la disciplina de los monasterios; la educación de la juventud, para lo cual pensaba en la traída de congregaciones extranjeras; el incremento de la acción caritativa, también mediante órdenes religiosas extranjeras, como las Hermanas de la Caridad y las monjas del Buen Pastor; la reforma de los seminarios, especialmente para mejorar la calidad de la educación que recibirían los futuros sacerdotes; la organización administrativa de la diócesis, para hacer más eficiente su funcionamiento; la administración parroquial, con el fin de solventar mejor el sustento material y hacer más eficiente la labor pastoral, y, por último, le interesaba la forma como debía enfrentarse a los enemigos externos56.

En 1850 fue designado párroco de la Matriz el religioso francés Antonio Doumer, de los Sagrados Corazones, que poseía la dignidad episcopal y que además era el provincial de la congregación en Chile. Esta se había establecido en Valparaíso en 1834 y desde 1837 había fortalecido su presencia con la fundación de un colegio. Dadas las múltiples ocupaciones del padre Doumer, quien ejerció como párroco fue el religioso Silverio Tignac, de la misma congregación, que se mantuvo en el cargo hasta el año 1865. Su labor se concentró de manera especial en la fundación y reorganización de cofradías y en el auxilio de los enfermos desvalidos, para lo que contó con el auxilio de otros sacerdotes de la congregación57.

Por la misma época, la nueva parroquia de Los Doce Apóstoles presentaba serias deficiencias en su funcionamiento. Carecía de un lugar fijo para el culto, lo que la hacía deambular de un sitio a otro. La primitiva iglesia resultó arrasada a los pocos años por un aluvión y luego, mal reconstruida, volvió a venirse al suelo. De ahí se instaló un tiempo en el oratorio de la casa del párroco y después funcionó en una nave del Convento de la Merced, hasta que en 1869 se levantó otra capilla provisoria a un costado del estero de las Delicias. La necesidad de un templo definitivo era tan grande que el Arzobispo Valdivieso decidió nombrar en 1866 una Junta especial encargada de "promover y ejecutar" su construcción, la que, después de adquirir el sitio, dio inicio a los trabajos en 186958. Estas dificultades alcanzan una dimensión mayor si se considera que ya en 1846 se había adquirido una parte importante del terreno y que en 1851 el Ministro del Interior instruía al Intendente para que se hicieran las gestiones para comprar el retazo que faltaba59.

En parte los problemas de la parroquia de Los Doce Apóstoles, que iban más allá del edificio, se originaban en la persona del cura. El presbítero Zárate, sea por razones de edad o voluntad, era incapaz de gobernar la parroquia. Los libros se llevaban con un gran desorden, al igual que la casa parroquial, que, al decir de un sacerdote, más parecía una "plaza de abastos", en la que había un "alto de apio para ensalada" y en el suelo cáscaras de chirimoyas, junto a botellas vacías60. Los miembros de la Municipalidad señalaban de manera oficial en 1865 que la parroquia estaba "mal servida"61. Con los años, el padre Zárate fue perdiendo el criterio para tratar las consultas de los fieles, llegando incluso a salir con exabruptos, que hicieron que las quejas contra su persona abundaran62.

En esas circunstancias, en junio de 1868, respondiendo a las políticas de renovación y fortalecimiento de la Iglesia impulsadas por el arzobispo Valdivieso, fue nombrado párroco del Salvador y vicario foráneo de Valparaíso el presbítero Mariano Casanova. El segundo de esos oficios se había establecido para la ciudad en 1866 y al titular le correspondía actuar como juez eclesiástico, en representación del Arzobispo63. La figura de Mariano Casanova será fundamental en la evolución que experimentará la Iglesia porteña. Sin embargo, la labor se le hizo tan difícil que en varias oportunidades estuvo dispuesto a abandonar el cargo. De partida, la recepción que encontró no fue grata e incluso en algunos sectores llegó a ser casi hostil. En una carta al secretario del Arzobispado señalaba: "hay prevenciones en mi contra y se me observa más de lo conveniente"64. En parte, eso se explica porque Casanova, en 1863, se había involucrado en una agria polémica pública con David Trumbull en torno al culto a los santos.

Las dificultades no solo se originaban en el bando de los disidentes, sino también al interior de la Iglesia. La situación de la parroquia de Los Doce Apóstoles le molestaba profundamente a Mariano Casanova. Estimaba que el cura ya no estaba en condiciones mentales para desempeñarse en el cargo. A su juicio, en el Almendral, en la práctica, no había cura ni sotacura, pues el padre "Zárate no es más que un viejo destinado a ganar plata en una parroquia"65. También le agobiaba el tipo de trabajo que le demandaba el curato, que, desde su perspectiva, era insustancial y significaba una pérdida de tiempo. Aspiraba a labores de mayor trascendencia que aquellas que le implicaban las "informaciones, pases y óleos". A él, que era apasionado y combativo, los católicos del puerto le parecían tímidos e incapaces de sobreponerse a las críticas de la prensa liberal66. La impresión que se formó de Valparaíso en una primera etapa no pudo ser peor: "Cuan distinta cosa es amigo mío ver los males de esta ciudad desde cerca. A veces me llega a faltar la resignación necesaria para desempeñar mi cargo... Males que deplorar a cada paso y ni un solo elemento para hacer el bien. Este pueblo ha de haber merecido una tremenda maldición de Dios y de los hombres. Esperaremos contra toda esperanza..."67.

A pesar de esa imagen y de los achaques de salud, que le comprometían la garganta, inició, junto a sus colaboradores, entre los que se destacaba Juan Ignacio González Eyzaguirre, una agotadora y a veces no bien comprendida labor de restauración del culto católico en Valparaíso. Se preocupó de manera especial por la instrucción religiosa del pueblo, para lo cual le sacó enorme partido a sus excepcionales condiciones de orador. Predicaba en las cinco misas que se decían los domingos entre las 6 y las 12 horas; además, estableció prédicas especiales para adultos los jueves en la noche y los domingos en las tardes; a ellas se agregaron las conferencias en la Cuaresma para "caballeros y señoras" de la elite social, los retiros en la cárcel, las conferencias en los cuarteles militares y la explicación del catecismo a los escolares, todos los días después de clases68. Para hacer más atractivo el culto y despertar el entusiasmo religioso realizó arreglos en el templo, que consistieron en la colocación "de cuadros en los altares" en remplazo de algunos "santos a la antigua"; en la reforma del tabernáculo, y en la colocación de bancos y reclinatorios para los hombres, lo que era una novedad porque todavía se acostumbraba que estos permanecieran de pie mientras las mujeres llevaban sus alfombras para arrodillarse69.

También, con el objeto de incentivar el fervor religioso, promovió la elección del Patrono de la Matriz, aprovechando las dudas que en tiempos del párroco Tignac se habían planteado acerca de cuál era el que le correspondía a dicha Iglesia70. De hecho, al dividirse el curato en las parroquias de Los Doce Apóstoles y la Matriz, a esta última se le asignó por patrono al Salvador del Mundo; sin embargo, desde el siglo XVIII se estimaba que la patrona era la Virgen de las Mercedes de Puerto Claro, cuya imagen se veneraba en uno de los altares de la iglesia. En suma, no se sabía si en esos nombramientos se habían respetado las disposiciones del derecho canónico sobre la materia. Para zanjar la cuestión, el párroco convocó a los fieles a una elección para nominar el patrono, a efectuarse los días 3, 4, 5 y 6 de septiembre de 1868.

Tal determinación provocó encontradas reacciones en la población. Hubo sectores que se opusieron tenazmente, como el representado por los disidentes, que la vieron como una maniobra del cura para "saber quiénes son o no católicos". La municipalidad también se mostró contraria a la elección, argumentando que ya existía un patrono, la Virgen de las Mercedes de Puerto Claro, como lo atestiguaban los acuerdos del cabildo de 1791 y 181171. Pero por otra parte, los fieles se sintieron muy motivados y, a pesar de la copiosa lluvia, concurrieron masivamente a las puertas de los diferentes templos de la ciudad en que se habían colocado mesas especiales para recibir los sufragios. El 10 de septiembre, la Junta escrutadora, integrada por diversas personalidades civiles y eclesiásticas72, realizó el escrutinio que arrojó 19.946 sufragios para el Salvador, 4.132 para la Virgen y 384 para otros santos, lo que sumó un total de 24.462 votos emitidos. El éxito de la elección se coronó con una fiesta multitudinaria que se celebró el 15 de septiembre, en la que se dieron a conocer los resultados. Según el diario liberal La Patria, el público llenaba la iglesia, la plaza y las calles adyacentes. El presbiterio estuvo ocupado por más 30 sacerdotes, muchos vestidos de pluvial; el Te Deum fue cantado por más de 20 voces y el discurso del párroco, pensado para "sacudir un poco a los malos, produjo su efecto"73.

Como puede apreciarse, Mariano Casanova, en su acción fortalecedora del catolicismo, nunca perderá de vista el combate a los que considera enemigos de la Iglesia. En ese aspecto dará una lucha inclaudicable, que en muchas ocasiones le llevará a involucrarse en polémicas públicas con los más destacados personeros de la masonería y el protestantismo. Su objetivo era contrarrestar la prédica de los disidentes, combatir el error, difundir los principios verdaderos. La decisión de hacer frente a aquellas creencias se manifiesta incluso en actividades catequísticas, como las descritas en este informe al Arzobispado, en que señala que "el catecismo de los sábados tiene por objeto neutralizar la acción protestante en los niños de clases elevadas que, por desgracia, muchos se educan en colegios cuyos maestros son disidentes"74.

Pero también a Mariano Casanova le interesaba responder lo mejor posible a los requerimientos espirituales de los fieles, para lo cual propugnaba algunas reformas en la administración eclesiástica. Así, al poco de llegar a Valparaíso hizo presente, a las autoridades civiles y eclesiásticas, la conveniencia de establecer una tercera parroquia, porque, dado el incremento de la población, resultaba "imposible servir bien este pueblo"75. Por lo demás, esa inquietud no era nueva, pues en 1853 y en 1864 ya se había solicitado por el alcalde y el intendente, sin éxito en la segunda oportunidad debido a la oposición del arzobispo Valdivieso. Este, si bien reconocía la conveniencia de disponer de una nueva parroquia, consideraba que no estaban dadas las condiciones para hacerlo, como lo demostraba el hecho de que la parroquia de Los Doce Apóstoles no tuviera iglesia ni casa parroquial después de 21 años de fundada. A juicio del arzobispo, primero debía construirse el templo y la casa del cura y después fundarse la parroquia, porque de no ser así se iba a repetir la situación de Los Doce Apóstoles, con todo lo que ello implicaba para el funcionamiento del culto76.

La llegada de Mariano Casanova le dio un nuevo impulso al tema, que vio allanado el camino con la supresión pontificia del convento de San Agustín, que no tenía religiosos y cuyo templo, ubicado en la plaza de la Victoria, serviría para erigir la nueva parroquia. Esta se creó por decreto arzobispal de 11 de julio de 1872, bajo la advocación del Espíritu Santo y se le dieron por límites "el callejón de Brown..., que separa la nueva parroquia de la de la Matriz hasta la plaza del Orden, el antiguo camino de carretas... (que la) separará... de la de Casablanca, hasta... el estero de Jaime, que formará la línea divisoria (con) la de Los Doce Apóstoles"77. Su primer párroco fue Pablo Torres, a quien sucedió en febrero de 1873 Salvador Donoso, que venía precedido de renombre como profesor del seminario y orador sagrado. Estos cambios se complementan con el nombramiento de José Alejo Infante en la parroquia de Los Doce Apóstoles, por fallecimiento de su titular en 1871.

La otra gran reforma en la administración de la iglesia fue el establecimiento, el 2 de noviembre de 1872, del cargo de gobernador eclesiástico de Valparaíso, que recayó en Mariano Casanova. Este pasó a ser delegado del arzobispo, con facultad para gobernar la ciudad en lo referente a la "jurisdicción voluntaria y contenciosa sobre los fieles y sacerdotes", incluidas las causas matrimoniales, y sobre las cofradías y asociaciones piadosas; además, se le autorizaba a vigilar y hacer cumplir todo lo concerniente al buen régimen de los templos, al culto y a la liturgia78. La creación de este cargo, que no existía en Chile, implicaba establecer en Valparaíso una autoridad eclesiástica de relieve, por sobre los párrocos, y merecedora de un trato especial, acorde con la calidad de delegado del arzobispo.

El gobernador eclesiástico dio inicio a su nueva, difícil y combatida gestión, con un clero renovado. Contó con el apoyo de los tres curas y sus tenientes y, además, de las órdenes religiosas establecidas en la ciudad, aunque algunas de ellas no estaban en muy buen pie. En esa época, la orden de San Francisco tenía el convento en la zona del puerto, con alrededor de 5 sacerdotes y, desde la década de 1850, el convento y casa de ejercicios del cerro Barón, a cargo de los padres recoletos, en que había cuatro religiosos. Los mercedarios poseían una iglesia y convento en la calle de La Victoria del barrio del Almendral, con 4 religiosos y 2 o 3 hermanos profesos. La orden de Santo Domingo contaba con un convento en el barrio de Playa Ancha, en el que había 1 sacerdote. Sin embargo, aquel, según la visita arzobispal, "puede decirse que propiamente no es convento porque el que había se halla en ruinas y el sacerdote vive en una casa y tiene un simple oratorio"79. Los jesuitas, que se habían establecido en Valparaíso a comienzos de la década de 1850, contaban con una residencia, iglesia y casa de ejercicios, y desarrollaban una activa labor pastoral, sobre todo con los niños de las escuelas públicas, las "recogidas" y los huérfanos y abandonados. También existían diversas órdenes religiosas femeninas, dedicadas algunas a la ayuda a los enfermos y desvalidos, como la del Buen Pastor, las Hermanas de la Providencia y las Hermanas de la Caridad y otras concentradas en la educación, como la del Sagrado Corazón o monjas francesas y la del Sagrado Corazón de Jesús o monjas inglesas.

De todas las órdenes religiosas de Valparaíso, posiblemente la de mayor significación era la de los Sagrados Corazones, por la acción tanto apostólica como educacional. Además, la casa "provincial" la tenía en esta ciudad y desde ella la orden se expandió por el resto del país. En la época de Mariano Casanova la congregación contaba con más de 40 religiosos y disponía de dos colegios, una casa de ejercicios y la iglesia, que era la más importante de la ciudad y se encontraba en la fase final de su construcción, iniciada en 1868. La orden fomentó la devoción al Sagrado Corazón. En ese aspecto introdujo "el ejercicio de la adoración reparadora delante del Santísimo Sacramento", la "adoración perpetua" del Sagrado Corazón durante toda la noche y, a comienzos del siglo XX, desarrolló una nueva forma de devoción que se denominó "Entronización del Sagrado Corazón" y que buscaba introducir en los hogares esa práctica piadosa80. Su actividad evangelizadora se hacía fundamentalmente a través de los colegios. Uno, gratuito, destinado a los sectores populares y conocido como el "Patronato de los SSCC". El otro, estaba orientado a la educación de la elite social y había sido fundado en 1837. Tenía alrededor de 200 alumnos, la mayoría internos, sometidos a un régimen bastante especial, según recuerda un ex alumno: "La levantada de los alumnos era a las 5 de la mañana en el verano y a las 6 en el invierno. A las 8 de la noche era la recogida para dormir. Las comidas eran sanas y abundantes y se verificaban como sigue: el almuerzo a las 8 y media de la mañana, once a las 12, comida a las 4 de la tarde y antes de acostarse una taza de te con pan"81. El aporte pedagógico de la congregación fue de gran importancia para el desarrollo de la enseñanza en el país. Sacerdotes de la orden elaboraron, adaptaron y tradujeron diversos textos de estudio e impusieron la enseñanza experimental en varias disciplinas82.

La educación fue para Mariano Casanova un instrumento fundamental para difundir los principios católicos y, de manera especial, para combatir el error de las "sectas" protestantes y de las sociedades ateas. Siendo cura de la Matriz, atribuía gran parte de las dificultades que experimentaba la Iglesia en Valparaíso a la falta de clérigos para una población tan numerosa. En consecuencia, para revertir ese estado de cosas proponía la fundación de un seminario, que captara las vocaciones sacerdotales de los jóvenes de Valparaíso que hasta ese momento no tenían cómo encauzarse. Pero además, el seminario se consideraba necesario en el puerto, porque "es ahí donde ha fijado su centro la propaganda del error, ahí elabora el protestantismo sus diversas maquinaciones para descatolizar, si dado le fuera, nuestro pueblo; ahí donde ha abierto sus primeros templos y donde encuentra su mayor número de partidarios"83.

El arzobispo Valdivieso acogió aquella propuesta y el 2 de julio de 1868 expidió un edicto creando dicho seminario, bajo la advocación del Arcángel San Rafael. En ese documento, el arzobispo hacía notar la situación contradictoria que se producía en la ciudad de Valparaíso, al experimentar un importante progreso, que se apreciaba sobre todo en la riqueza, en el número de habitantes y en los establecimientos, mientras las iglesias y sacerdotes permanecían estacionarios, "quedando muy atrás respecto del general incremento". Las dificultades que por 25 años había experimentado la construcción del templo parroquial de Los Doce Apóstoles lo atribuía a la falta de sacerdotes, que hubiesen podido hacer comprender a los fieles la significación de la obra. Pero, todavía más, agregaba que Valparaíso era la única ciudad de la arquidiócesis que no tenía ningún sacerdote oriundo de ella. Las vocaciones que en ella surgían se perdían debido a que casi todos los colegios solo estaban "calculados para formar comerciantes"84. En consecuencia la superación de esas dificultades pasaba por el establecimiento de un seminario, que desde un principio fue concebido como una institución de enseñanza abierta a toda la juventud y no solo a los que seguían la carrera eclesiástica85. Monseñor Valdivieso concluía haciendo un llamado no solo a los habitantes de la ciudad sino a todos los feligreses de la arquidiócesis para que contribuyeran a la materialización y sostenimiento del seminario, porque era una obra que beneficiaría a los católicos en general.

Los inicios de la institución fueron bastante difíciles, por los recursos que requería y por la necesidad de superar la desconfianza y las críticas que suscitó la iniciativa en los sectores disidentes y en la prensa liberal. En marzo de 1870 se abrió la matrícula y en los primeros meses se inscribieron solo 12 alumnos, para desazón del rector Mariano Casanova86. Sin embargo, en mayo de aquel año se realizó su apertura con una solemne ceremonia y comenzó a funcionar en forma provisional en un local ubicado en la calle del Hospital. A fines de 1871 se iniciaba la construcción del edificio definitivo en una propiedad que se había adquirido en la avenida de las Delicias, al pie del cerro de la Merced. A esas alturas el seminario ya era una realidad y poco a poco se ganaba la confianza del sector social más influyente, como lo demostraban los aportes económicos y los alumnos matriculados, que alcanzaban a los 6087. Contribuyó a ese éxito la activa labor del rector y vicerrector88, quienes además habían obtenido del gobierno una subvención fiscal y que declarara la validez de los exámenes que allí se rindieran89.

El desarrollo de la educación católica para contrarrestar el avance de la disidencia no se limitó a la fundación del seminario. En efecto, en marzo de 1872 Mariano Casanova reunió en el local de la Bolsa de Corredores a un grupo de hombres acaudalados para constituir la Sociedad Católica de Instrucción Primaria de Valparaíso, que era la contrapartida de la que habían creado los masones poco tiempo antes. Su objetivo era fundar escuelas-talleres, sustentadas en los principios católicos; y, efectivamente, al poco tiempo logró abrir una escuela, que fue suprimida cuando se hizo cargo de la mantención de la que pertenecía a la Sociedad de San Vicente de Paul90.

4. Las controversias

Las discusiones entre católicos y disidentes se acentuaron desde mediados del siglo, en la medida que ciertos sectores protestantes y liberales tomaron una actitud claramente militante y propagandista de sus ideas. Por su parte, la Iglesia porteña, en una primera etapa, no se involucró en polémicas de manera directa sino que fueron voceros de la capital y el Arzobispado los que respondieron los ataques o acusaciones de los disidentes. Pero en una segunda etapa, que coincidió con la presencia de Mariano Casanova y la creación de la gobernación apostólica, las autoridades eclesiásticas de la ciudad salieron a la palestra a defender las posturas de la Iglesia.

Una materia que, en Valparaíso, desde muy pronto dio motivo a discusiones públicas fue el de los matrimonios entre católicos y protestantes. El gobierno había dictado una ley el 6 de septiembre de 1844 para reglamentar el matrimonio de los disidentes, la cual lo sometía a la misma regulación que el matrimonio católico y designaba al párroco para que actuara como oficial civil. A partir de ese momento los matrimonios que se celebraren a bordo de barcos de otras naciones o ante los cónsules de países extranjeros, no producirían efectos civiles en Chile. Con esa norma se negaba validez legal a la práctica seguida hasta ese entonces por los disidentes91. Empero, la ley en cuestión nada decía sobre el matrimonio entre católicos y disidentes, por lo que se regía en todo por el derecho canónico y su autorización correspondía a la autoridad eclesiástica. La celebración de ellos, cada cierto tiempo, provocaba polémicas por la actitud renuente de la Iglesia a ese tipo de matrimonios, que se manifestaba en las diversas exigencias que les imponía a los contrayentes. La prensa liberal de la ciudad acogía las quejas de aquellas parejas a las que molestaban las demandas eclesiásticas, lo que a su vez motivaba la respuesta de La Revista Católica.

Así, a fines de 1844, coincidiendo con la promulgación de la ley comentada, se planteó una controversia entre El Mercurio y La Revista Católica a raíz del matrimonio de Carmen Blest con Jorge Liddard. Los contrayentes habían recurrido al párroco de la Matriz para que los casara, pero este, en el entendido que la novia era católica y el novio protestante, le indicó a ella que debía obtener una dispensa del arzobispo, que el novio debía comprometerse por escritura pública a educar a los hijos en la religión católica y que debían contribuir con 200 pesos a la construcción de la iglesia metropolitana. En vista de tales exigencias los novios optaron por casarse en un buque extranjero surto en la bahía92. La actitud del párroco fue censurada en duros términos por El Mercurio, mientras La Revista Católica sostenía que el cura había actuado en forma correcta y que la Iglesia prohibía ese tipo de uniones por los males que podían provocar en los hijos y en el cónyuge católico93.

Con posterioridad, a mediados de 1863, volvió a plantearse una sonada polémica sobre el tema. Esta vez intervinieron David Trumbull, los diarios La Voz de Chile y El Mercurio y La Revista Católica94. En esta oportunidad el origen de la disputa fue un comentario a lo establecido por el Código Civil sobre matrimonios, que explicitaba la ley de 1844, al reconocer como impedimentos los que habían sido declarados tales por la Iglesia católica y determinar que tocaba a la autoridad eclesiástica decidir sobre su existencia y sobre la concesión de dispensa. Lógicamente esto significaba la prohibición genérica de los matrimonios mixtos, por ser un impedimento la religión no católica de uno de los cónyuges. Los periódicos liberales y David Trumbull consideraban esa situación inaceptable, entre otras razones porque atentaba contra la libertad de las personas, porque la ley civil debía ser autónoma de la ley católica y porque Jesucristo no había prohibido que los cristianos se casaran con los que no lo eran. La prensa católica, por su parte, sostenía que la legislación sobre la materia promovía la pureza de las costumbres, que los efectos de los matrimonios mixtos eran perniciosos y, por último, que los contrayentes podían solicitar dispensa. Trumbull, llevado por la defensa de sus ideas, habría solemnizado un matrimonio mixto a fines de 1863, lo que motivó una queja del párroco de la Matriz ante las autoridades civiles, que ordenaron la formación de un proceso, cuya tramitación se dilató indefinidamente. La prensa liberal concluía haciendo un llamado a los parlamentarios para que de una vez por todas dictaran una ley sobre matrimonios mixtos.

Los protestantes, directa e indirectamente, agitaron el debate nacional sobre la libertad de conciencia. En la década de 1850 fue este un tema de permanente controversia, sobre todo entre El Mercurio y La Revista Católica, pero en el que siempre estaban presentes los protestantes. En 1852, la polémica se inicia a partir de la información que da a conocer El Mercurio sobre el acuerdo adoptado para construir un templo protestante. La reacción de la prensa de la capital no se hizo esperar, en diversos artículos condenó el proyecto por ser inconstitucional. Esto, a su vez, movió a un grupo de protestantes extranjeros a plantear en carta pública la conveniencia de establecer en el país la libertad de culto. El Mercurio tomó partido a favor de esta propuesta, lo que lo llevó a enzarzarse con La Revista Católica en una agria polémica, en los meses finales de 1852. El diario fue presentado como vocero de los protestantes, enemigo del catolicismo, empeñado en una "misión inmoral y profundamente irreligiosa". El Mercurio por su parte, criticaba la "intolerancia católica" y abogaba por la libertad de cultos, por ser "la más benéfica de las libertades" y favorecer el progreso de los pueblos95. En esos términos se mantuvo la discusión en los años siguientes, incorporándose a ella, de vez en cuando, otros periódicos, como El Ferrocarril y La Patria.

En todo caso, los temas que en este período enfrentan de manera más directa e intensa a la Iglesia con los disidentes corresponden a la propaganda protestante y a la enseñanza religiosa en los colegios. El primero de ellos se origina en la actitud del pastor David Trumbull, que no limitó su acción evangélica al ámbito de la vida privada de los extranjeros, sino que se comprometió en la difusión pública de sus creencias, especialmente a través de la "Valparaíso Bible Society". Ante ese comportamiento, que contravenía la legalidad vigente, reaccionó la Iglesia mediante declaraciones de sus voceros y de la jerarquía, en las que alertaban a los católicos y a las autoridades acerca de los abusos y engaños en que incurrían los protestantes. Ya en 1846 monseñor Valdivieso hacía presente al vicario foráneo de Valparaíso, José Antonio Riobó, su inquietud por la labor de propanga protestante que estaría desarrollando David Trumbull y le solicitaba la elaboración de un sumario indagatorio para disponer de antecedentes fundados sobre la materia y así "tomar providencias para atajar tamaños males"96.

En mayo de 1856 La Revista Católica hacía presente a la opinión pública la desgracia que significaba para el país la propagación del protestantismo a raíz de la existencia en Valparaíso "de un ministro metodista que siembra la semilla funesta" de la reforma. El redactor consideraba que ese fenómeno formaba parte de la política de intervención norteamericana en este país. Sobre el mismo punto señalaba: "Se nos quiere arrancar el catolicismo por medio de colegios protestantes, de que está sembrado Valparaíso; por medio de catecismos y libros protestantes que se distribuyen gratis en ese puerto; por medio de ministros protestantes que allí trabajan para propagar sus errores ¿A donde tanto empeño, por privarnos del catolicismo?". Según el autor, ni más ni menos que a debilitar la nacionalidad, para luego privarnos de nuestra independencia97.

Frente a ese tipo de artículos, El Mercurio respondía en duros términos, calificándolos de "intolerantes y nada caritativos", destinados a "vilipendiar y escarnecer a los protestantes"98. En forma paralela, en Valparaíso circulaban periódicos y hojas sueltas editados por los protestantes, en que se atacaban los dogmas católicos y la supuesta prohibición que tenían los fieles de leer la biblia99. La publicación católica, por su parte, contestaba con una crítica a la doctrina de la "fe justificante" del protestantismo100.

El fenómeno protestante había adquirido tal dimensión, que en marzo de 1858 el arzobispo publicó una pastoral sobre la materia. En ella se reafirma que "fuera de la Iglesia católica no puede haber salvación" y que los protestantes no solo se obstinan en el error sino que además son intolerantes y trabajan para pervertir a los católicos. Para esto último se valdrían de "biblias fraudulentas" y de folletos escritos "con calculada malicia para alucinar a los ignorantes". Termina con un llamado a los sacerdotes para que "estén en guardia contra el enemigo que ha cobrado audacia con nuestra moderación"101. El pastor David Trumbull respondió con prontitud las imputaciones del arzobispo, sobre todo aquella referente a la utilización de biblias fraudulentas. Al respecto, señala que la acusación es infundada y le solicita que exhiba las pruebas que la hubiesen motivado102. A partir de ese momento se inició una erudita polémica entre dicho reverendo y el presbítero Francisco Martínez Garfias, que asume la tarea de fundamentar el carácter de fraudulentas de las biblias protestantes. Buena parte de la argumentación de los polemistas se centró en la omisión de 7 libros del antiguo testamento, que a juicio del sacerdote católico eran de "inspiración divina" y que según el reverendo eran apócrifos103. En la década siguiente, el fenómeno de la propaganda protestante, sobre todo a través de la "Valparaíso Bible Society", seguirá preocupando a las autoridades eclesiásticas, las que, mediante circulares del arzobispo, artículos en la prensa y requerimientos ante el gobierno, buscarán alertar a la población y a los poderes públicos para que impidan esas acciones, que consideran abiertamente ilegales. Los protestantes, por su parte, reaccionaban ante esas acusaciones, generándose cada cierto tiempo la consabida polémica, que encontraba amplio eco en la prensa liberal104.

Otra controversia entre católicos y protestantes se produjo en torno al culto a los santos. Ella se originó en un sermón pronunciado por Mariano Casanova en unas rogativas a San Isidro que se hicieron en Santiago, en agosto de 1863, y que fue publicado en el diario El Ferrocarril. Ahora bien, David Trumbull, en una demostración del espíritu que lo animaba, envió diversas cartas públicas al presbítero Mariano Casanova, a través del periódico La Voz de Chile, en las que rechazaba el culto a los santos y, por lo tanto, no aceptaba que se les pudiera rezar para que intercedieran ante Dios. Fundamentaba su posición en que "nadie ha presentado pasaje alguno de la Santa Escritura, en el cual se ordene hacer tales súplicas, ni en que se asegure que los santos interceden en favor de los que pidan". A su juicio, el gran intercesor ante Dios era Jesucristo y no los santos, que por ser simples criaturas no tenían la condición de omniscientes ni de omnipresentes. Por todo ello, el rezar ante las imágenes de los santos era una idolatría105.

Mariano Casanova contestó el emplazamiento y dejó en claro que este formaba parte de la política de expansión del protestantismo. El eclesiástico llamaba a los fieles a reaccionar "ante los ultrajes que los herejes hacen a la religión del Estado". Además, manifestaba que la ley prohibía la circulación de libros irreligiosos y el ataque en la prensa a los dogmas católicos. Según él, la paciencia se había acabado y ahora correspondía reaccionar con energía106. En todo caso, Casanova se negó a entrar a la discusión del tema propuesto por Trumbull, porque a su juicio, con tales polémicas los protestantes no buscaban "inquirir la verdad sino conquistar prosélitos" y él no estaba dispuesto a hacerles el juego. Además, consideraba que ese tipo de discusiones no le haría ningún bien a los católicos, y lo único que se lograría sería "afligir las almas timoratas". Por lo demás, los fieles sabían muy bien lo que creían y el dogma de la intercesión de los santos era uno de los más arraigados entre los chilenos, por lo que "por ese lado el catolicismo era invulnerable en Chile"107.

Otra de las grandes polémicas que conmovieron a Valparaíso fue la que se suscitó en torno a la "Escuela Blas Cuevas". Participaron connotadas figuras del catolicismo y de la masonería, pero el centro y gestor de ella fue Mariano Casanova. Este, desde el momento mismo de la apertura de la escuela, mostró su preocupación por lo que implicaba para la religión y así lo dejó de manifiesto en una carta al Arzobispado en que comentaba el alcance de los discursos inaugurales108. Sin embargo, el debate se inició algunos meses después, a raíz de una circular que, en su calidad de gobernador eclesiástico, envió a los párrocos de Valparaíso sobre dicha escuela. Esa fue justamente una de las primeras acciones significativas que efectuó como titular de ese cargo, en el que recién había sido nombrado con el especial encargo de conservar "pura e intacta la fe católica".

En la circular indicada se llamaba la atención de los curas sobre el "triste" estado en que se encontraba la instrucción religiosa de la juventud en Valparaíso y, para enfrentar el problema, se les invitaba a trabajar en la fundación de escuelas católicas, "como si no hubiera otro asunto de interés".

Pero al mismo tiempo hacía ver que la mayor amenaza que se cernía sobre los jóvenes católicos provenía de lo que denominaba la escuela atea, es decir, aquella en que no se enseñaba religión109. Con esta expresión se refería de manera directa a la "Escuela Blas Cuevas", pues su presidente Ramón Allende Padín, en el discurso inaugural, había manifestado que en ella no se enseñaría catecismo, porque la educación religiosa pertenecía al hogar y por lo tanto debía estar "al cuidado de los padres", amén de que "un establecimiento, mantenido por personas de distintas creencias, no podía imponer una y enseñarla como obligación"110.

La argumentación de Casanova se centraba en precisar el verdadero fin de una escuela, que era la educación del niño. Esta no se agotaba en la enseñanza de determinadas asignaturas, llámense música, aritmética o historia; si fuera solo eso, algunas materias podrían enseñarse prescindiendo de la religión, pero en la medida que se trataba de "educar la inteligencia y el corazón" la enseñanza de la religión era imprescindible, porque ella permitía adquirir la ciencia sin perder la virtud. Y no se diga que en esa escuela se enseña a respetar a Dios, agrega Casanova, porque ello no es más que un "culto poético a la Divinidad"111.

Esa circular provocó un gran revuelo en Valparaíso y significó el punto de partida de una intensa polémica que adquirió un carácter nacional. La réplica más importante provino de una comisión nombrada ex profeso por la Gran Logia de Chile y que la integraban Eduardo de la Barra, Isidoro Errázuriz, Ramón Allende Padín y Benicio Alamos González. Esta publicó en El Mercurio una serie de artículos en los que, después de explicar los fines de la masonería en el orden religioso, contestaba la acusación que la hacía aparecer manteniendo una escuela atea. Con respecto al primer punto, sostenía que en todas las religiones existían dos aspectos: uno el de las creencias dogmáticas y el otro de las doctrinas morales. En materia de dogmas había tal diversidad como religiones, en cambio en lo moral había uniformidad. Frente a esta realidad, la masonería buscaba el entendimiento en torno a aquello que no dividía, que era la lucha por la moral, por la caridad, por la ilustración, que llevaría a los hombres a la verdad y la justicia. En cuanto a la acusación misma, la consideraba calumniosa porque si bien en la escuela no se hablaba de religión, a los niños les enseñaban a conocer y adorar a Dios. Decir que la escuela era atea porque no enseñaba la religión católica era poco serio e injusto112.

En forma paralela a esos artículos, aparecían editoriales en la prensa de Valparaíso y Santiago y Mariano Casanova enviaba seis cartas al párroco de Los Doce Apóstoles profundizando en el tema. El impacto del debate fue tan intenso y los involucrados lo consideraron de tanta trascendencia que en 1873 los sectores católicos publicaron un folleto en que se recogían varios de los artículos en cuestión. Por su parte, la Gran Logia efectuó otra publicación, con artículos omitidos en la anterior, que denominó "La Escuela Laica, Apéndice a la Escuela Atea".

La última polémica de este período digna de reseñarse por la conmoción causada, fue la que se produjo en torno a los cementerios. Desde las primeras décadas del siglo, de tiempo en tiempo, la prensa liberal publicaba algún artículo en que se criticaba la actitud de determinado párroco respecto a los permisos de enterramiento. A los de la Matriz de Valparaíso, en 1846, el arzobispo Valdivieso había dado precisas instrucciones para que no dejaran de calificar en cada caso si las personas merecían o no sepultura eclesiástica, porque ese era un derecho que les correspondía debido a que el cementerio de la ciudad estaba consagrado113. Pues bien, los sectores disidentes a veces criticaban los excesivos derechos parroquiales, en otras la negativa a sepultura en sagrado por estimarse que el difunto no había fallecido como católico114. Buena parte de esos problemas se originaban en el hecho de que los cementerios estuvieran bajo la administración de la autoridad civil, al mismo tiempo que tenían la bendición de la Iglesia. A raíz de la muerte como apóstata del coronel Manuel Zañartu en Concepción, el gobierno dictó un decreto en diciembre de 1871 en que disponía el establecimiento en los cementerios de un lugar destinado a quienes no podían ser sepultados en sagrado115. Tales requerimientos explican que el párroco Casanova, a comienzos de 1872, aspirara a "tener un día un cementerio puramente parroquial" y, por su parte, el Intendente propusiera "la idea de destinar cierto número de nichos que hay en una muralla para cementerio profano"116.

Pero la sonada controversia se produjo a mediados de 1877, cuando el párroco del Espíritu Santo, Salvador Donoso, negó la autorización para que se sepultara en sagrado a José del Carmen Muñoz, que se había suicidado. La situación era compleja, porque los padres del occiso poseían una bóveda familiar, que en este caso no podían utilizar porque el párroco sostenía que estaba en la parte del cementerio bendecida por la Iglesia. El Intendente de Valparaíso Eulogio Altamirano ordenó que fuese sepultado en la tumba de la familia, sin perjuicio de las acciones que la autoridad eclesiástica pudiera interponer ante los tribunales para que se resolviera si el derecho de propiedad adquirido en el cementerio católico tenía o no las limitaciones que alegaba el cura117. Ante esto, el gobernador eclesiástico elevó una nota de protesta, en la que manifestaba que el párroco había actuado en justicia, dado que un suicida no podía ser inhumado en sagrado, y que, por lo tanto, la autoridad civil no tenía ningún derecho a enmendar un procedimiento correcto; además se negaba a recurrir ante la justicia ordinaria por considerar que significaba un menoscabo para la Iglesia, la única competente en la materia118. Por su parte, el Intendente hacía presente que, en la ciudad, la Iglesia no poseía cementerios públicos de su propiedad y que "la compra de una sepultura de familia es un acto de comercio ordinario y común", que le otorgaba al adquirente el derecho a disponer de ella. Concluía propiciando el establecimiento del "cementerio común", como la fórmula indicada para superar estos conflictos119. Frente a tales argumentos, Mariano Casanova y los sectores vinculados a la Iglesia sostenían que los cementerios eran católicos, por reconocimiento expreso de la ley, y se regían por el derecho canónico, que establecía que la tenencia de una tumba en aquellos no otorgaba el dominio sobre la misma. En la prensa de Valparaíso y Santiago se prolongó esta polémica por varios días más y contribuyó a reactivar en el Congreso el proyecto sobre cementerios, que culminará en la ley de 1883120.

II. EL RESURGIMIENTO DE LA IGLESIA CATOLICA Y
LOS CLAROSCUROS DE LA DISIDENCIA. 1880-1930

1. Avances y retrocesos de los disidentes


La colonia alemana, que era una de las más numerosas de Valparaíso, desde muy pronto en el siglo XIX creó diversas asociaciones para conservar la cultura, ayudar a la comunidad y asistir a los enfermos y desvalidos. Entre ellas se pueden mencionar la Liga Alemana, la Sociedad Alemana de Beneficencia, el Hospital Alemán, el Colegio Alemán y la Compañía de Bomberos. Con todo, esta misma colonia durante mucho tiempo fue incapaz de tener una comunidad religiosa propia. En abril de 1864 aparecía en la prensa una convocatoria "a los ciudadanos alemanes establecidos en Valparaíso" para "acordar las medidas conducentes a arreglar el servicio de su culto"121. Empero, solo al año siguiente se llevó a efecto en el puerto el primer servicio religioso alemán, el cual estuvo a cargo del pastor de Puerto Montt Alfred Tyszka. Este, en febrero de 1867, logró organizar en Valparaíso la primera comunidad, con lo cual quedó muy satisfecho porque había podido superar "el ajetreo puramente material de la ciudad", despertando el interés por la religión. Aunque, por otra parte, advertía que en la fundación también habían influido consideraciones de carácter nacional, puesto que para muchos alemanes resultaba vergonzoso tener que recurrir en cada acto oficial a los pastores ingleses o norteamericanos, que desconocían el idioma. Por último, no abrigaba muchas esperanzas de que esa comunidad pudiera mantenerse en el tiempo, dadas las motivaciones de su establecimiento122.

Lo cierto es que la congregación luterana de Valparaíso nació 30 años después de fundada la Liga Alemana y a cargo de un pastor que estaba a 1.500 kilómetros de distancia. En todo caso, al poco tiempo llegó el pastor Oskar Fiedler, quien durante un tiempo hizo los servicios religiosos en la "Union Church" de David Trumbull y después en un templo construido por la congregación. Empero, los trastornos financieros generados por la guerra del Pacífico y, especialmente la falta de interés de la comunidad, llevaron a la disolución de la congregación en 1879 y a la venta de la iglesia a la asociación evangélica chilena en 5 mil dólares. Según un predicador metodista, de paso por Valparaíso en esa época, las razones de la desintegración de la comunidad estarían en las desavenencias internas entre un grupo que se identificaba con las prédicas "racionalistas" del pastor y otro que las rechazaba123.

En 1884 hubo un intento fallido para refundar la congregación. La iniciativa buscaba satisfacer las necesidades espirituales de una parte importante de la colonia alemana y otorgar instrucción religiosa a la juventud. Sin embargo, encontró la oposición de un grupo de alemanes, posiblemente vinculados a la masonería, que consideraron que en la colonia había suficientes asociaciones, incluso de las que permitían encauzar sentimientos religiosos en forma más útil que a través de ceremonias y prédicas. Este grupo estimaba que para la formación moral de la juventud era más conveniente que la recitación de versículos bíblicos y los cantos religiosos, la enseñanza de poetas como Schiller. Con todo, la iniciativa también habría fracasado debido a que uno de los principales gestores, el pastor norteamericano Kreuter, se acercó a la Iglesia metodista de su país, amén de que no poseía formación universitaria y no hablaba bien el alemán.

Con posterioridad, Gustav Soltau, un industrial cigarrero, encabezó los esfuerzos por constituir la congregación evangélica del puerto. Durante 1888 y 1889 consiguió que hubiesen servicios religiosos regulares a cargo del pastor de Santiago Wilhelm Sluyter y finalmente en 1890, un consejo directivo que había formado, obtuvo que la "Sociedad para alemanes protestantes en América" enviara a Valparaíso al pastor Benjamín Kögel. Aunque su llegada significó un hito importante para la Iglesia luterana de Valparaíso, lo cierto es que el culto se mantuvo en condiciones precarias durante algún tiempo más. La congregación carecía de templo y para los servicios debía recurrir a la "Union Church"; al mismo tiempo se mantenían las divisiones al interior de la colonia, que se reflejaban en la situación de los colegios. El Colegio Alemán, fundado en 1857, se había dividido a causa de la crisis de la primera congregación luterana, constituyéndose un establecimiento paralelo denominado "Deutsch Institut", que continuó su desarrollo de manera independiente hasta fines del siglo XIX124. Pero lo más significativo desde el punto de vista espiritual era que en el Colegio Alemán no se impartía instrucción religiosa, para evitar divisiones. El pastor Köegel se manifestó muy preocupado porque el Colegio carecía de espíritu y orientación religiosa, pero reconoció que la posibilidad de hacer clases de religión era "impensable por el momento"125. Con la reunificación de los colegios en el año1900 no se modificó el criterio sobre la materia, puesto que la instrucción religiosa quedó reducida a una clase de historia bíblica. Es muy probable que esa política respecto a la enseñanza religiosa no solo estuviera condicionada por las discrepancias en el seno de los protestantes, sino también por la presencia de alumnos católicos, que en 1909 alcanzaban al 19 por ciento del total126.

El pastor Theodor Schmidt logró finalmente construir un templo en el cerro Reina Victoria, que se inauguró el 1 de enero de 1898. Con todo, las dificultades no concluyeron ahí, pues dos años después los directivos de la comunidad se levantaron contra el pastor por su carácter demasiado enérgico127. Solo algunos años después la congregación luterana se estabilizó y el pastor contó con el apoyo de la comunidad para reconstruir la iglesia dañada por el terremoto y para adquirir una casa en el paseo Atkinson. Otras manifestaciones de la espiritualidad de los protestantes alemanes se expresan en la fundación en 1912 de una asociación de jóvenes cristianos, de una "misión" para ayudar a los pobres de Valparaíso al año siguiente, y de una asociación evangélica de mujeres en 1914, para recaudar fondos para la guerra y hacer visitas a los enfermos, ancianos y pobres. No obstante, un informe de un pastor, fechado en 1920, sostenía que, a pesar de existir un amplio apoyo a la congregación, solo un núcleo muy reducido de la colonia participaba regularmente en la vida religiosa128.

Los desencuentros al interior del mundo protestante también se manifestaban en otras iglesias. Los problemas incluso estuvieron presentes en ese período en que el protestantismo aparecía con mayor vitalidad, como fue el de la década de 1860. En dicha oportunidad trascendieron a la opinión pública las profundas discrepancias entre los anglicanos y presbiterianos de Valparaíso. El motivo que hizo aflorar las diferencias estuvo en la "Valparaíso Bible Society", cuya creación y actividad fue cuestionada por el ministro anglicano Richard Dennett. Este consideró que la labor de propaganda protestante entre los chilenos contravenía la constitución y las leyes y, por lo tanto, que la introducción y distribución de biblias en el país era un acto ilícito. A su juicio, los protestantes tenían autorización para enterrar los muertos de acuerdo a sus ritos y para practicar su religión en el ámbito privado. Por esto, a los servicios que se realizaban en la capilla del Cerro Alegre no se invitaba a los chilenos y las prédicas se hacían en inglés, con lo que no se interfería con la religión oficial. Coincidía con los presbiterianos en el deseo de que los chilenos tuvieran libertad para adorar a Dios; pero estimaba que ello no se conseguiría con los actos agresivos de la "Valparaíso Bible Society", sino realizando buenas obras. Para el ministro, el objetivo de la sociedad no era simplemente introducir la biblia, sino también interpretarla en un sentido distinto al que creía y ordenaba la Iglesia católica129. Los presbiterianos y Trumbull respondieron las críticas de Dennett, diciendo que la introducción de las biblias había sido siempre legal y que las autoridades civiles del país jamás habían interferido con la labor que desarrollaba la sociedad. En cuanto a la ilegalidad de la distribución, señalan que, cuando había oposición entre la ley del hombre y la ley de Dios, la obligación de los cristianos era obedecer esta última130.

Pero las discrepancias en torno a la Sociedad Bíblica no constituían un problema puntual, ni tampoco una cuestión meramente personal entre Dennett y Trumbull, aunque también pudo haber algo de ello. Lo cierto es que todo esto respondía a una manera distinta de entender la religión, y que trascendía al ministro anglicano, pues el cónsul británico en Valparaíso y otros ingleses tenían una posición similar. Mariano Casanova en 1868 y1869 constataba no solo las diferencias de los anglicanos con Trumbull sino también las insidias que hacían circular de vez en cuando para mortificar a la otra parte. Al respecto menciona las discrepancias que se produjeron debido al intento por construir una nueva iglesia protestante en el barrio del Almendral y unas incidencias acaecidas con motivo de la visita de un obispo anglicano en 1869131.

A esos problemas se unían las dificultades internas que experimentaba la Iglesia anglicana tanto en el ámbito financiero como en el compromiso de los fieles hacia ella. Alrededor de 1874 el gobierno británico redujo el subsidio a la iglesia porteña alegando que, dada la prosperidad en que se encontraba el comercio, debía ser la comunidad la que sustentara el culto. A esto se agregó la actitud de las casas comerciales, que también decidieron disminuir sus aportes132. Cabe hacer notar que desde 1869 la Iglesia anglicana del puerto quedó bajo la jurisdicción del recién consagrado obispo de las Islas Malvinas, Hockin Stirling. Esa modificación administrativa, que cortaba los lazos que se habían tenido con el obispo de Londres, causó dificultades debido a que varios capellanes de la iglesia del cerro Alegre se resistieron a aceptar a la nueva autoridad. A pesar de esos trastornos, la comunidad porteña fue capaz, a fines del siglo XIX, de construir a un costado de St. Paul un edificio para sus actividades sociales, y en 1903 financió un espléndido órgano para la capilla. Sin embargo, los capellanes tenían una visión negativa respecto a la actitud de los fieles, a los que consideraban dominados por un espíritu de apatía. Da la impresión que la participación de la comunidad en la vida religiosa de la capilla se fue debilitando a medida que pasaban los años. Un hito importante en ese fenómeno fue el terremoto de 1906 que si bien no afectó al templo, sí destruyó el centro comunitario y dio un mayor impulso al traslado de las familias inglesas hacia Viña del Mar, que se había iniciado algunos años antes, como lo reflejaba la construcción de la capilla de St. Peter133. La disminución de la colonia inglesa por una menor migración también influyó en la menor vitalidad del culto anglicano.

Por otra parte, la labor de Trumbull, que parecía muy llamativa, con una fuerte presencia pública, tenía un efecto insignificante a la hora de difundir su culto entre los chilenos. A tal punto llega este fenómeno, que un acta del presbiterio de Chile de 1885 señala que solo tenía 251 miembros en todo el país, de los cuales 110 correspondían a Valparaíso134. La situación de las otras iglesias protestantes no era muy diferente y de hecho sus fieles estaban constituidos casi de manera exclusiva por extranjeros. En la medida que en Valparaíso estos tenían una presencia significativa, mucho más importante que en las demás ciudades del país, era evidente que el protestantismo adquiría en dicha ciudad una dimensión especial, pero siempre dentro de las características reseñadas. Según el censo de 1895 en el departamento de Valparaíso había 3.107 protestantes y los ingleses residentes llegaban a los 2 mil y los alemanes a los 1.400, con lo que la presencia de chilenos entre aquellos quedaba reducida a una mínima proporción. Sin embargo, en el transcurso de la década siguiente, esa situación experimentó un cambio importante, que muestra el inicio de una penetración intensa del protestantismo entre los nacionales. Tanto es así que, según el censo de población de 1907, casi el 40 por ciento de los protestantes de Valparaíso eran chilenos, y 13 años después estos superaban por primera vez a los protestantes extranjeros, aunque la cantidad censada como tales disminuyó de manera considerable, en parte, al contabilizarse como chilenos a los hijos de aquellos nacidos en el país. En esta disminución de los protestantes extranjeros también hay que considerar el proceso de conversión que muchos experimentaron, impulsados por el deseo de incorporarse a la sociedad chilena a través de matrimonios o por la política desarrollada ex profeso por la Iglesia, a partir de Casanova.

En ese desarrollo del protestantismo influyó de manera notoria el establecimiento de la Iglesia metodista y, sobre todo, el de la Iglesia pentecostal. La presencia metodista en el país fue producto de la iniciativa del obispo norteamericano William Taylor, que desde 1878 impulsó la venida de misioneros y la fundación de colegios, que financiaran la labor de aquellos. El reverendo Ira H. La Fetra instituyó la presencia metodista en Valparaíso con el establecimiento de una misión para marineros, de servicios religiosos en el hospital inglés y de visitas a los extranjeros residentes. Sin embargo, él aspiraba a tener una influencia mayor entre los extranjeros, que a su juicio se veían bastante desamparados espiritualmente. Al respecto señala en una carta: "Desearía tener una base en tierra para trabajar. Hay aquí 3 mil personas que hablan inglés, probablemente más... las iglesias con todos sus servicios y escuelas dominicales no llegan a mil de ellos. Los otros tienen que ser salvados, el Señor los quiere salvados... las iglesias están haciendo prácticamente nada al respecto"135.

Con todo, el gran cambio que significó la penetración de la Iglesia metodista entre los chilenos se produjo a partir de 1890, cuando se inició la predicación en castellano. El trabajo que en ese sentido desarrollaron algunos pastores como J. Vidaurre, J. Canut, M. Venegas, E. Wilson y W. Hoover, estos dos últimos en Valparaíso, tuvo gran trascendencia. Las excepcionales condiciones como oradores populares de algunos de ellos, unido a la peculiaridad del metodismo, que pone énfasis en una espiritualidad sensitiva, lograron atraer a numerosas personas del bajo pueblo. En Valparaíso, la labor que desarrolla desde 1902 el pastor Willis Hoover fue determinante, primero, en el rápido crecimiento de la Iglesia metodista y, luego, en la fundación de la Iglesia pentecostal. Este pastor introdujo una renovación de las prácticas religiosas, que pretendía un acercamiento al espíritu que animaba los Hechos de los Apóstoles. A través de lo que denomina el "avivamiento", buscaba un bautismo con "el Espíritu Santo", que llevara a los hombres a una vida de santidad. Su prédica fue muy exitosa, sobre todo a partir de 1909 cuando se comienzan a producir las primeras manifestaciones del Espíritu o "avivamientos", con éxtasis, cantos, llantos y risas incontenibles durante la oración. El impacto de estos hechos en la población fue enorme, el propio pastor Hoover lo describe así: "caballeros entran, miran, preguntan asombrados y salen pidiendo que oremos por ellos. Toda la ciudad está movida acerca de nosotros y viene una muchedumbre continuamente a mirar". En otra parte de su diario Hoover escribe: "cada vez que hay culto se llena la iglesia que no queda asiento, muchos quedan de pie y se ocupan también las galerías como la mitad en cada lado. Yo calculé una noche como 800"136.

Pero al mismo tiempo que el "avivamiento" atraía a cientos personas al templo de la calle San Ignacio, despertaba una reacción adversa en diversos círculos, sobre todo entre los pastores metodistas de Santiago. El intento que una discípula de Hoover hizo por introducir esas manifestaciones en las congregaciones de la capital, generó tal malestar en la jerarquía metodista que no solo condenó dichas prácticas sino que además denunció ante los tribunales al pastor Hoover y consiguió que la "Sociedad Misionera de Nueva York" lo retirara de la misión. Se le acusaba de diseminar doctrinas falsas y antimetodistas. El pastor decidió no regresar a Estados Unidos y en abril de 1910 renunció a su puesto y fundó una nueva obra a la que se incorporaron alrededor de 400 fieles, con los cuales se reunirá en más de15 locales dispersos por los cerros de Valparaíso. Al mismo tiempo, en Santiago, la comunidad metodista también se dividió y algunos de los grupos independizados solicitaron a Hoover que fuese su Superintendente (obispo). De esa manera se hacía efectiva la fundación de la Iglesia pentecostal en Chile137.

La masonería también pasó por alternativas diversas durante este período. La guerra del Pacífico afectó negativamente la actividad de las logias, muchas de las cuales vieron disminuir sus miembros y llegaron a paralizar sus labores. La Gran Logia de Chile no disponía de recursos porque las logias no pagaban sus obligaciones y las comunicaciones entre el organismo central y los entes locales, sobre todo los de Santiago, aparecían cortadas138. A tal punto llegó la situación que un taller de dicha ciudad propuso el establecimiento de una Gran Logia Provincial, que en el fondo pretendía asumir el papel de la Gran Logia de Chile. Esta consideró el proyecto tan grave que decretó el estado de "en sueño" para dos logias de Santiago139. Pero los talleres de Valparaíso tampoco funcionaban bien, como quedó en evidencia con la declaración de "en sueño" que se hizo en 1886 de las logias Progreso y Aurora. Por otra parte, quienes desempeñaron el cargo de Gran Maestro en esos años y en la postguerra, que fueron figuras de gran notoriedad pública, como José Francisco Vergara, Ramón Allende Padín y Rafael Barazarte, poco hicieron por el desarrollo de la institución debido a que no residían en Valparaíso, estaban muy absorbidos por sus ocupaciones particulares o fallecieron prematuramente. El nombramiento de Enrique Mac Iver como Gran Maestro en 1887 no modificó la tendencia anterior, pues a su residencia en Santiago, agregaba sus ocupaciones políticas, que le dejaban poco tiempo para dedicarle a la masonería. A todo ello se agrega la coincidencia de su gobierno con la revolución de 1891, que también dividió a los masones, al participar activamente en ella, por uno y otro bando, muchos de sus miembros más destacados140.

En Valparaíso, con la paralización de actividades de la logia "Germania", solo quedó funcionando una logia, la Unión Fraternal. Además, al estar en esa ciudad la sede de la Gran Logia de Chile, la labor de los miembros de la única logia existente tenía que repartirse entre ambas instituciones, viéndose muy afectada la vida del taller, que era pospuesta ante los requerimientos de la dirección de la Orden141. El Secretario General de la Gran Logia de Chile reconocía en 1894 que, "desgraciadamente, la obra masónica chilena ha sido bien estéril desde hace años atrás"142. En todo caso, en los años finales del siglo XIX hubo una cierta recuperación de la actividad masónica, que, en Valparaíso, se manifestó en el establecimiento de tres nuevos talleres. No obstante ese hecho, lo cierto es que a esas alturas dicha ciudad había sido desplazada por Santiago como centro de la masonería en el país, concentrándose ahora en la capital el mayor número de logias y sus miembros más activos. Esta situación, por lo demás, será un factor de discordia en el seno de la masonería al intentar aquellos sectores el traslado a Santiago de la Gran Logia de Chile.

Pero ese será uno más entre los diferentes problemas que aquejarán a la masonería en las primeras décadas del siglo XX. También se produjeron discrepancias importantes en torno al Supremo Consejo, que se había fundado en 1897 con el objeto de establecer un Gran Oriente Nacional, como supremo órgano rector. A tal punto llegaron las diferencias que en 1903 se produjo un "cisma" en la masonería143, del que tampoco estuvo ajeno el debate doctrinario entre el "simbolismo" y el "escocesismo". En efecto, el establecimiento del Supremo Consejo había traído consigo la introducción del rito escocés, con jurisdicción en el otorgamiento de los grados IV a XXXIII; sin embargo, en Chile, la Gran Logia, que otorgaba los tres grados simbólicos, también ejerció jurisdicción en el otorgamiento de los otros grados, con lo que dio origen a los conflictos que culminaron en la crisis indicada144. A raíz de ese acontecimiento se produjo una división y muchos talleres entraron "en sueño", con lo que los trabajos masónicos experimentaron un claro deterioro. Pero las dificultades no pararon ahí, pues el terremoto de 1906 destruyó el templo de la calle Victoria y el incendio posterior redujo a cenizas todo el archivo de la Orden145. Este desastre facilitó el traslado de la sede de la Gran Logia de Chile desde Valparaíso a Santiago, con lo que se consagraba la preeminencia masónica de esta ciudad. Un último hito muy significativo en ese sentido, fue la reapertura en Santiago de la logia Unión Fraternal, que estaba "en sueño" y que en Valparaíso había sido la cuna de la masonería nacional146.

2. El resurgimiento católico

Como ya se ha indicado, a partir del gobierno eclesiástico de Mariano Casanova la Iglesia católica de Valparaíso experimentó diversas transformaciones en su estructura y predisposición, que la pusieron en un pie muy distinto al de mediados del siglo XIX. En este segundo período presentará un espíritu renovado y una notable vitalidad, que se manifestará en un permanente mejoramiento de la administración eclesiástica, en un aumento y fortalecimiento de las órdenes religiosas y en un gran incremento de las organizaciones con fines piadosos.

En esta nueva faceta que presenta la Iglesia porteña influyeron de manera determinante los hombres encargados de su gobierno. Aparte de Mariano Casanova, que fue el gestor del cambio, los cargos de párrocos y de gobernador eclesiástico los desempeñaron muchas figuras destacadas del clero nacional. Así, desde 1879 y por diez años se desempeñó como cura de Los Doce Apóstoles Juan Ignacio González Eyzaguirre, futuro arzobispo de Santiago. Al frente de la parroquia, concentró sus esfuerzos en la terminación del templo, que estaba paralizado en su construcción desde hacía algunos años y que además resultó bastante afectado por el terremoto de agosto de 1880. Se calcula que invirtió 120 mil pesos en las obras, que contaron con la asesoría de Fermín Vivaceta y que en parte se financiaron con aportes de su peculio personal. De esta época es el altar de mármol de Carrara, enviado desde Italia por el antiguo párroco Alejo Infante; el coro; el venerado Cristo atado a la columna ubicado a la entrada del templo; el púlpito de madera de nogal tallado en estilo gótico, al igual que dos confesonarios147.

Sin embargo, el centro de las preocupaciones del párroco González Eyzaguirre fueron los pobres. Parte de su fortuna la invirtió en ayuda a los más desvalidos. Estableció las Conferencias de San Vicente de Paul de señoras, que tenían por objeto visitar y socorrer a familias desamparadas. Introdujo en Valparaíso la Sociedad de Obreros San José, con la que pretendía "impedir la formación de un ejército de destrucción social", al tiempo que constituiría "el gran ejército popular de la restauración católica", que buscaría la santificación de sus miembros por medio de la imitación de las virtudes de San José148. También fundó el Círculo Católico de Obreros, del que fue su capellán y al que le adosó una escuela nocturna destinada a los afiliados. En lo que respecta a la instrucción de los sectores populares, tuvo gran trascendencia la llegada, a instancia suya, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para hacerse cargo de la escuela perteneciente a la Sociedad de San Vicente de Paul149.

Su inquietud por los desvalidos lo impulsó a estar siempre cerca de los enfermos, brindándoles consuelo y atención. Con motivo de la peste de cólera de 1886, fundó y dirigió un lazareto en el cerro el Barón para atender los enfermos, y su deseo de servir llegó a tal extremo, que al presentarse el primero de ellos, ante la renuencia de los enfermeros, lo cogió entre sus brazos para depositarlo en el lecho, sin importarle los vómitos que arrojaba sobre su sotana150. Los frutos de esas actitudes y de sus especiales condiciones como predicador popular, se manifestaban en la asistencia de los feligreses a los oficios religiosos, que llenaban el templo y hacían que el cura y sus auxiliares resultaran insuficientes para oír las confesiones151. Ahora bien, un último acontecimiento relacionado con su labor de párroco merece ser destacado. Se trata de la participación determinante que tuvo en la fundación del diario La Unión de Valparaíso, en 1885. Este periódico fue la respuesta católica a la combatividad laicista, manifestada en la expulsión de Monseñor del Frate y en el debate de la leyes laicas. No fue fácil echar andar esa empresa, los inconvenientes abundaron e incluso se pensó que todo se frustraría; sin embargo, en ese momento apareció la figura del párroco González Eyzaguirre, que comprendió la trascendencia de la obra para la difusión de los principios cristianos, al punto de comprometerse con ella aportando recursos, buscando suscriptores e incorporándose en su directorio, con el encargo arzobispal de vigilar la ortodoxia del diario152.

Otra figura eclesiástica de relieve de esta época fue Salvador Donoso, cura del Espíritu Santo entre 1872 y 1885 y luego gobernador eclesiástico hasta 1891. Como párroco se encargó de remozar completamente el templo, dejando del edificio primitivo solo sus murallas. En las obras se invirtieron más de 140 mil pesos, que fueron aportados en parte por el gobierno y sobre todo por la limosna de los fieles, entre los que se destaca doña Juana Ross de Edwards. Ella además obsequió la imagen que se veneraba en la iglesia, el órgano y otros objetos153. Pero si importante fue la labor del cura en ese aspecto, más significativa aún llegó a ser la que desarrolló a favor de un aumento de las prácticas religiosas. Así, estableció la Archicofradía del Santísimo Sacramento, consolidó la de Nuestra Señora del Carmen y desarrolló diversas actividades espirituales, como el rezo del rosario, novenas, conferencias, meditaciones, enseñanza del catecismo, etc. Fue un notable orador sagrado, alcanzando justa fama, incluso internacional, y merced a esa cualidad su actividad apostólica encontró amplio eco en la población.

Con todo, la persona de Salvador Donoso adquirirá renombre a nivel nacional merced a su actuación en defensa de los intereses de la Iglesia. Sus comentarios críticos hacia las leyes laicas marcarán las relaciones futuras del párroco con el poder político. Las autoridades civiles no le perdonaron esas intervenciones y en 1885, cuando fue propuesto para asumir en propiedad el cargo de gobernador eclesiástico, el gobierno no autorizó el nombramiento. El Ministro de Justicia le manifestó al vicario capitular, "que las protestas públicas y solemnemente formuladas por el presbítero señor Donoso contra leyes recientes dictadas por el Congreso y vigentes en el país, lo inhabilitan para el desempeño de cargos oficiales como aquel a que V.S. se refiere"154. El cura, en consonancia con su carácter combativo, contestó a ese oficio gubernativo reafirmándose en sus dichos y agregando que consideraba "una odiosa tiranía" la legislación de cementerios y "un concubinato legal" al matrimonio civil; terminaba señalando que el rechazo presidencial era "una prueba más de haber cumplido con mi deber, haciendo leal compañía a SS Ilma, al clero y a los católicos chilenos en la defensa de santa causa de la Iglesia"155. El vicario capitular mantuvo el nombramiento, pero dado que el gobierno le negó la renta correspondiente al cargo, se organizó una colecta entre los fieles de Valparaíso para auxiliarlo. Su situación se regularizó en 1887, al ser ratificado por Mariano Casanova y por el gobierno civil.

Con todo, las dificultades con el poder no pararon ahí, pues en 1891 fue acusado de ser uno de los promotores de la sublevación de la escuadra. Al saber que era buscado, se escondió en la casa de doña Juana Ross, en la que pasó 15 días, hasta que fue detenido merced a la denuncia de un sirviente, encarcelado durante algunos meses y luego desterrado a Montevideo. De hecho, la participación de Salvador Donoso en esos acontecimientos se limitó a su asistencia, en calidad de testigo, a una entrevista, entre un dirigente del alzamiento y un jefe militar de Valparaíso, en la que se pretendía evitar un enfrentamiento sangriento156. Una vez concluida la revolución regresó del destierro, reasumiendo poco después el cargo de gobernador eclesiástico, en el que falleció en agosto de 1892. En todo caso, este no fue el único eclesiástico de Valparaíso que sufrió los avatares de la lucha fratricida. El cura del Espíritu Santo, Cristóbal Villalobos, también fue encarcelado y salió desterrado del país con destino a Europa, en donde permaneció hasta el término del conflicto, regresando luego para reasumir su cargo, en el que se mantuvo 16 años más157.

Numerosas otras personalidades del clero nacional ejercieron su labor apostólica en Valparaíso durante este período. Al respecto se pueden mencionar, entre otros, a Martín Rucker, futuro obispo de Chillán, que en el puerto fue profesor del seminario por varios años; a Vicente Martín y Manero, natural de Logroño, España, cura de la Matriz entre 1876 y 1897, de fuerte carácter y ánimo batallador, que se refleja en su valiosa y documentada Historia Eclesiástica de Valparaíso y que, además de ser el historiador de la iglesia porteña, fue un activo párroco, que mereció una expresa felicitación del arzobispo Casanova158; a Ramón Angel Jara, futuro obispo de Ancud, que fue gobernador eclesiástico entre 1894 y 1898; a su sucesor, Luis Enrique Izquierdo, que lo desempeñó hasta el año 1906, en que fue nombrado obispo de Concepción, y al que más tarde sería el primer obispo de San Felipe, Melquisedec del Canto, que se desempeñó como cura de la Matriz entre 1897 y 1916 y luego de Los Doce Apóstoles, hasta 1919.

Pero la vitalidad del catolicismo en Valparaíso también está asociada a una mejor administración eclesiástica, a la que no son ajenas las personalidades mencionadas en los párrafos anteriores. Durante este período siempre se trató de acercar los servicios religiosos a los fieles y en la medida que buena parte de ellos vivía en los cerros, se consideró necesario establecer parroquias y viceparroquias en ellos. De ese modo se pretendía superar la dificultad que tenía mucha gente para asistir a los servicios. Pero también con esa política, a las autoridades eclesiásticas les interesaba estar en aquellas zonas en donde la influencia de la disidencia podía ser mayor.

Así, en 1886, con aportes de doña Juana Ross se inició la construcción de la capilla denominada de San Luis, en el cerro Alegre. Con posterioridad, en 1893 fue transformada en parroquia, para servir mejor a la gran cantidad de población que vivía lejos del centro. Se erigió bajo la advocación de San Luis Gonzaga y quedó a cargo de religiosos pasionistas. En la misma época, a su vera, se instaló un colegio dirigido por padres pallotinos. El objetivo central que se perseguía con la fundación de esa parroquia, era servir a los extranjeros, que masivamente residían en esa área, y atraer a los protestantes al seno de la Iglesia católica, para lo cual se buscó que los religiosos hablaran inglés. A poco de estar funcionando la nueva parroquia, el visitador diocesano hacía notar su preocupación por el escaso éxito a la hora de atraer protestantes; para mejorar esa situación le recomendó al cura que diese conferencias en inglés dirigidas exclusivamente para ellos, y además autorizó a las señoras, ante expresa petición del párroco, para asistir a la iglesia sin manto, con lo que se hacía una excepción en la arraigada costumbre nacional al respecto159. En cuanto al colegio, su creación obedecía a la necesidad de brindar una enseñanza inglesa católica, con énfasis en lo mercantil, que evitara el envío de muchos jóvenes católicos a los establecimientos protestantes. Sobre el funcionamiento inicial de esta obra, el visitador también se mostró insatisfecho, recomendando la creación de un internado para "la clase acomodada y un externado para la menos pudiente"; además recomendó la traída de dos sacerdotes ingleses. Lo cierto es que el colegio al poco tiempo se consolidó, transformándose además en un centro de instrucción religiosa de neófitos. Joaquín Edwards Bello, en 1924, hacía estos recuerdos de él: "Poco más lejos de nuestro colegio, estaba el 'San Luis', más aristócrata y más católico, pero no me atrevería a decir que menos salvaje el padre Lorri era el Rector... hombre educado, ecuánime y muy conocedor del inglés. Los alumnos del padre se especializaban en el foot ball y tenían una cancha maravillosa que era la envidia de nosotros. Los Mac-Kay eran el radicalismo del cerro y peleaban con los niños del padre Lorri a pedradas"160. Funcionó hasta 1915, en que los trastornos producidos por la guerra obligaron a su cierre.

Mientras eso acontecía en el cerro Alegre, el cura Martín y Manero erigía en 1882 una viceparroquia en el cerro Cordillera bajo la advocación de Santa Ana, la que, una vez superada las dificultades iniciales, atraía a tal cantidad de fieles que no había función religiosa en que no estuvieran llenas sus tres pequeñas naves, según confesaba su capellán161; desde 1903 los padres redentoristas se hicieron cargo de ella. El párroco de Los Doce Apóstoles Juan Ignacio González, a su vez, impulsaba la construcción de una capilla en el cerro Ramaditas, la que se terminó en 1887, siendo instituida en viceparroquia, bajo la advocación de San Bernardo162. Con posterioridad, en febrero de 1914, fue convertida en parroquia, en consideración a que ya no podía ser bien atendida desde Los Doce Apóstoles y que la población del sector había aumentado de manera considerable. Para las autoridades eclesiásticas su erección era especialmente significativa por encontrarse en un barrio pobre, en el que debía realizarse una importante obra religiosa y social163.

Pero antes de esa parroquia, en 1895 se habían instituido dos: la de San José y la del Barón. La primera estaba en el Almendral, entre la del Espíritu Santo y Los Doce Apóstoles, siendo su límite poniente la quebrada y calle de Jaime y el oriente la calle de Tivolá, la del Colegio y la quebrada de Polcuro; un incendio provocado por el terremoto de 1906 la destruyó completamente. La segunda, fue establecida en el cerro del Barón, se le dio por límite con Los Doce Apóstoles el estero de las Delicias y se instituyó bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús. Inició su funcionamiento en una casa arrendada en la calle de Carrera y durante los primeros años llevó una vida lánguida e incluso en 1901 volvió a anexarse a Los Doce Apóstoles. Solo al año siguiente, con la designación de Carlos Fernández como párroco y la generosa ayuda de doña Juana Ross, comenzó el proceso de consolidación que culminó con la construcción del templo en 1904. Según dicho cura, la moralidad de la población del Barón en esa época era muy disoluta, por abundar los transeúntes y delincuentes. Será justamente en ese tipo de personas en las que concentrará su esfuerzo para tratar de acercarlos a la Iglesia; visitará los conventillos y buscará la forma de legalizar las uniones ilegítimas. El mismo relata que, para lograr esto último, hacía llegar regalos a los contrayentes, que consistían en carne para asado, verduras y damajuanas de chicha. El éxito de esta práctica habría sido total, pues calcula en 119 los matrimonios que efectuó en muy poco tiempo y que abrieron el camino a un proceso de conversión posterior164.

Las otras parroquias que se erigieron en este período fueron la de Nuestra Señora de Lourdes del cerro Los Placeres, en 1911 y la de San Vicente de Paul de Playa Ancha, en 1912, con lo que se cubrían satisfactoriamente las necesidades religiosas de los habitantes que vivían más alejados del centro de la ciudad.

Los resultados de todas esas fundaciones y de la labor de los curas se manifestaba en el establecimiento de decenas de cofradías y obras pías, en las escuelas parroquiales y en el aumento de las prácticas religiosas. En lo que respecta a este último punto, por ejemplo, en 1888, en la parroquia del Espíritu Santo, se confirmaban 3 mil personas al trimestre, las comuniones fluctuaban entre las 5 mil y las 6 mil en el mismo lapso y la asistencia al catecismo dominical oscilaba entre las 300 y 450 personas165. En cada una de las parroquias y en la mayoría de los conventos existían diversas asociaciones o cofradías, integradas por numerosos miembros, encargadas de fomentar el culto y la devoción a Dios y a la Virgen, de acrecentar la vida espiritual de sus miembros mediante la imitación de las virtudes de Cristo y María, y de auxiliar materialmente a sus socios y a la comunidad en general. Entre las cofradías de mayor presencia en las parroquias estaban la del Sagrado Corazón de Jesús, la de los Sagrados Corazones, la del Santísimo Sacramento, la de la Virgen del Carmen y la del Inmaculado Corazón de María.

Los gobernadores eclesiásticos también desempeñaron un papel significativo en el fortalecimiento del catolicismo en un medio tan poco propicio para ello, como era el de la ciudad de Valparaíso. Ramón Angel Jara, ex alumno de los padres franceses del puerto, en los tres años que estuvo al frente de la gobernación, creará diversas instituciones para fomentar la espiritualidad entre los jóvenes, como el Círculo para la Juventud Católica y la Congregación de María; pero sobre todo, se preocupará de los sectores obreros, continuando en ese sentido con una labor que había iniciado durante su labor apostólica en Santiago. A poco de llegar, fundó la sociedad de obreros "Orden y Trabajo", cuya asamblea inaugural generó graves incidentes. Los sucesos ocurrieron el 2 de septiembre de 1894, a la salida del acto celebrado en el Teatro Victoria y al que habían asistido las principales autoridades del puerto, incluido el Intendente y el gobernador eclesiástico. Fueron promovidos por grupos de obreros convocados a una contramanifestación por diversas sociedades obreras y consistieron en gritos, insultos y lanzamiento de naranjas y piedras a los asistentes. Ante la dureza de la represión policial los ánimos de los manifestantes se enardecieron y se dirigieron amenazadoramente hacia la plaza de la Victoria, donde se iba a realizar la procesión de la Virgen del Carmen. Grupos de exaltados impidieron que saliera, obligando a la suspensión de ella. Sin embargo, poco tiempo después, el gobernador eclesiástico, al abandonar el templo, recibió una pedrada en un ojo, que le hizo una herida en la ceja. Los manifestantes lo siguieron pifiando hasta su casa, la que fue apedreada, al igual que el diario La Unión. Al atardecer, la acción policial logró finalmente dispersar a los revoltosos. Esta protesta, pareciera que, en parte, tuvo un trasfondo social: de hecho hubo arengas contra la aristocracia. También, fue una reacción en contra de lo que consideraban una sociedad obrera manipulada por la elite; tampoco estuvo ajeno a los incidentes el debate político contingente, con el balmacedismo triunfante en las elecciones como primer actor: el grito de ¡Viva Balmaceda! resonó en las calles y plazas del puerto166.

Al gobernador Luis Enrique Izquierdo le correspondió hacer frente a la epidemia de viruela que se desató en 1905 y que causó 5 mil víctimas en pocos meses; durante ese tiempo se volcó en la atención a los enfermos, sirviendo en los lazaretos y juntando recursos para las familias afectadas. Al ser designado obispo de Concepción en 1906, y anunciarse el nombramiento de Eduardo Gimpert en su reemplazo, "la sociedad porteña" reclamó abiertamente la creación del obispado de Valparaíso167. Esta inquietud tenía ya larga data, pues en tiempos del Arzobispo Valdivieso se habían efectuado las primeras peticiones168. Ellas nunca habían prosperado porque el gobierno, por razones presupuestarias, había congelado la constitución de nuevas diócesis. Pero además, sectores de la Iglesia, representados por La Revista Católica, pensaban en 1910 que tras el rechazo de la propuesta había razones de carácter doctrinario, sostenidas por los partidos de "tendencia sectaria"169. El tema volvió a plantearse en octubre de 1916, al ser consagrado Eduardo Gimpert como obispo titular de Equinos.

Aquel había nacido en Constitución y sus estudios primarios los había realizado en el liceo de Talca, los secundarios en el seminario de dicha ciudad y los de teología en el de Santiago. Antes de ocupar la gobernación de Valparaíso se había desempeñado como párroco de San Isidro, en Santiago. La ceremonia de su consagración como obispo fue un acontecimiento que conmocionó a la ciudad de Valparaíso. Asistieron tres obispos, las autoridades civiles, encabezadas por el Intendente, y miles de personas, que no solo repletaban el templo del Espíritu Santo, sino también ocupaban buena parte de la plaza170. Para el buen funcionamiento de la Iglesia en Valparaíso, la existencia de un obispado era una necesidad imperiosa.

La dependencia jurisdiccional de la diócesis de Santiago dificultaba la administración eclesiástica, pues no había autonomía ni en el ámbito judicial ni en el de las colaciones. Con esta designación se esperaba mitigar en parte esas dificultades, como en su momento, con una ciudad más pequeña, lo había hecho la gobernación. En todo caso, las facultades del obispo titular eran limitadas ya que solo podía conferir órdenes sagradas a los seminaristas y novicios, y efectuar tanto bendiciones de paramentos sagrados como confirmaciones de niños171. Con el objeto de superar esas restricciones, el arzobispo de Santiago le delegó algunas facultades, como la de prorrogar las licencias de celebrar y confesar a los sacerdotes, la de otorgar permisos a los párrocos para ausentarse temporalmente, la de permitir la lectura de libros prohibidos, y otras172.

Sin embargo, la inquietud por la creación del obispado siguió manifestándose e incluso la Santa Sede, a comienzos de 1923, hizo una petición expresa al gobierno para que se establecieran las diócesis de Talca y Valparaíso. A esta solicitud el ministro de culto respondió con una negativa, por estimar que en el país "no había ambiente" para ello. Los sectores católicos estimaron que el gobierno, en este punto, se dejaba guiar por "el sectarismo de los enemigos de la Iglesia", sobre todo cuando las autoridades eclesiásticas habían declarado que las nuevas diócesis no impondrían ningún gasto al fisco173. En consecuencia, tuvo que producirse la separación entre la Iglesia y el Estado, en 1925, para que aquella sentida aspiración pudiera hacerse realidad. A comienzos de noviembre de ese año, el arzobispo de Santiago anunciaba a los fieles que la Santa Sede había dividido la arquidiócesis en cinco diócesis: las de Aconcagua, Valparaíso, Santiago, Rancagua y Talca. La alegría que esto produjo en los católicos de Valparaíso fue enorme, acrecentándose con la designación de Eduardo Gimpert como obispo. Rápidamente decidió organizarse una gran manifestación de gratitud al Papa y al Nuncio por la creación del obispado, la que tuvo lugar los días 12 y 13 de diciembre con una concurrencia desbordante a los diferentes actos programados.

Cuando se instituía el obispado y se realizaban esas celebraciones, la construcción de la catedral de Valparaíso llevaba ya algunos años. Se levantaba en la plaza de Victoria, en el solar donde había estado la casa de doña Juana Ross, destruida en el terremoto de 1906. Al parecer, los fondos para esa construcción no provenían de dicha señora, como con frecuencia se ha sostenido, sino del testamento de Agustín Edwards Ross, que en 1897 legó al Arzobispado de Santiago 300 mil pesos para erigir un santuario a la Virgen del Carmen en Valparaíso. A fines de 1908, esos dineros, con sus intereses, fueron puestos a disposición del gobernador eclesiástico para iniciar la construcción del templo, futura catedral174.

El nuevo estado de la iglesia porteña en este período también se refleja en las órdenes religiosas. Varias de las antiguas lograron mejorar su situación, como es el caso de la Compañía de Jesús, que en 1910 tenía 11 clérigos y de la orden de la Merced que poseía 7. Otras se habían mantenido, como la de los Sagrados Corazones, la de San Francisco, que tenía 8 padres divididos en los dos conventos, y la de Santo Domingo, que tenía 4. Pero lo más significativo tiene que ver con la llegada de nuevas órdenes. La mayoría de las cuales lo hizo a fines del siglo XIX y primeros años del XX. Entre ellas están los salesianos, que se establecieron en 1894 en la zona de Recreo y que poseían un colegio comercial y algunas escuelas talleres; los carmelitas, que en 1899 se habían instalado en el cerro Bellavista, haciéndose cargo de una capilla que allí existía, con lo que se regularizó el culto en una zona que hasta ese momento había estado muy desamparada espiritualmente175; los redentoristas, bastante numerosos, llegaron en 1903 y se hicieron cargo de la Viceparroquia de Santa Ana en el cerro Cordillera; los pasionistas y pallotinos, que, como se ha indicado, se ubicaron en el cerro Alegre, y los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que, de las órdenes nuevas, era la con más miembros. La diferencia en la situación del clero regular en esta época con la de mediados del siglo XIX, se aprecia en el aumento que experimentan sus miembros en 50 años, que proporcionalmente es muy superior al crecimiento de la población de la ciudad. Hacia 1910 los religiosos, varones, fluctuaban en torno a los 110 y, si se consideran las mujeres, llegaban a los 379 y diez años después, mientras la población disminuía, totalizaban nada menos que 538176.

Por cierto que el nuevo estado de cosas también se expresa en la educación católica, que vio incrementarse el número de colegios parroquiales y de escuelas privadas, varias de ellas técnicas, dirigidas por religiosos. No obstante, las autoridades eclesiásticas siempre se quejarán de que la labor en este campo es insuficiente para contrarrestar a los colegios dirigidos por protestantes y a los establecimientos fiscales, con escasa instrucción religiosa. De ahí que con el objeto de subsanar en parte el problema se instruye a los curas para que asistan regularmente a dichas escuelas a dar clases de religión y para que en las parroquias enseñen catecismo todos los fines de semana177.

En ese mismo campo, uno de los aspectos importantes abordados por la Iglesia porteña en el período fue el de la enseñanza superior. La idea de establecer una Universidad en dicha ciudad se planteó a comienzos de la década de 1880, tanto por sectores católicos como laicistas, y se daba como argumento la importancia comercial de Valparaíso y la necesidad de evitar el traslado de los estudiantes a Santiago. Incluso en 1880 comenzó a funcionar un curso de leyes en el liceo, con los profesores Daniel Lastarria en Derecho Natural y en Derecho Romano y Diego Cavada en Derecho Internacional y en Código Civil178. No obstante, este curso libre no logrará consolidarse. Hubo que esperar un década para que la idea de establecer un curso de leyes fructificara. Sirvió de acicate para ello el establecimiento en Valparaíso de la Corte de Apelaciones, pues tanto sus ministros como numerosos abogados hicieron notar la conveniencia de tener dichos estudios en la ciudad. En 1894 se abrió el curso de leyes de los Sagrados Corazones, con un cuerpo de profesores integrado por Leoncio Rodríguez, Zorobabel Rodríguez, Mariano Egaña, Camilo Munita y José Ramón Gutiérrez y algunos ministros de la corte179. Con todo, esta experiencia también se frustró a los dos años de funcionamiento, en parte debido a la competencia de otro curso, establecido en el liceo por el político radical Federico Varela. Pero por otra parte, un grupo de alumnos, que estimó esta última enseñanza demasiado sesgada, solicitó a los religiosos la reapertura del curso, lo cual se verificó en 1903. Esto, a su vez, provocó el cierre del que funcionaba en el liceo, mientras el de los padres franceses se consolidaba de manera definitiva. Los profesores de primer año fueron Bernardo Solar en Derecho Romano, Roberto Peragallo en Filosofía del Derecho y Egidio Poblete en Economía política; y los alumnos, que eran 16, aprobaron satisfactoriamente los exámenes rendidos en la Universidad de Chile. A partir de 1905 dichos exámenes se rindieron en Valparaíso, por comisiones enviadas ex profeso. Los primeros alumnos en realizar todos sus estudios en Valparaíso fueron Eduardo Carvallo y Rafael Raveau, que se recibieron de abogados en 1908180. El curso en cuestión se mantuvo en funcionamiento hasta 1947, en que fue incorporado a la Universidad Católica de Valparaíso181.

Esta Universidad había sido fundada el 21 de septiembre de 1925, gracias a una donación de Isabel Caces de Brown y de sus hijas, con el objeto de contribuir "a la salvación de las almas", a través de la enseñanza de profesiones que permitieran el perfeccionamiento de los obreros. De hecho, inicialmente fue concebida como un establecimiento politécnico, en el que se impartirían las carreras de comercio, de construcción, química, electricidad, mecánica y subingenieros de minas. En su organización sería autónoma de la de Santiago, aunque recibiría la colaboración de ella182.

Una imagen compendiada acerca de la situación en que se encontraba la Iglesia en Valparaíso a fines del período, queda de manifiesto en la visita diocesana que se efectúa en 1924. En ella, tanto los curas como el visitador, resaltan el mayor movimiento religioso, la gran asistencia a las misas los domingos y fiestas, junto al aumento de las confesiones y comuniones. Los informes sobre las parroquias ubicadas en los cerros, las más populares por tanto, son muy coincidentes en ese sentido y, en cuanto a la del cerro Los Placeres, señalan que la iglesia resultaba estrecha y estaba siempre repleta de gente, lo que hacía indispensable la edificación de un nuevo templo. En lo que respecta a la de San Luis Gonzaga, del cerro Alegre, junto con mencionarse el incremento de las prácticas religiosas, se destacan las estrecheces económicas que estaba padeciendo debido a que "muchas familias ricas" emigraban del sector. El comentario del párroco del Espíritu Santo, hasta cierto punto, podría considerarse una síntesis de la manera como las autoridades eclesiásticas veían el estado de la Iglesia porteña. En él se indicaba de manera expresa el adelanto espiritual de la parroquia, logrado merced a la colaboración de los padres de los Sagrados Corazones, pero también se estimaba que todavía quedaba mucho por hacer, sobre todo en relación con los obreros183.

III. FORMAS DE RELIGIOSIDAD

1. El culto protestante

El culto de los protestantes en Chile estuvo muy condicionado por el puritanismo, con lo que se planteó en términos muy rígidos en materia moral, predicó un estilo de vida austero y además hizo gala de pietismo, es decir, puso mucho más énfasis en la vivencia religiosa que en el conocimiento dogmático.

David Trumbull, por su prédica, por su estilo de vida, por su lucha a favor de la temperancia y por la estricta observancia cristiana del domingo, puede ser considerado como un rígido puritano de la época Victoriana184. Entre los fieles porteños, que encarnan ese estilo de vida predicado por Trumbull, se destacan los miembros de la casa comercial Williamson Balfour. El segundo de los socios contribuía materialmente a cuanta iniciativa se planteara a favor de la difusión del credo protestante y de la realización de obras de beneficencia. A su turno, la firma comercial colaboraba de manera significativa al mantenimiento de Trumbull y su familia. Ese comportamiento partía del siguiente principio inspirador: el dinero obtenido con los negocios no era para ser usado en el propio engrandecimiento, sino para la religión, la educación y el alivio de la pobreza y el sufrimiento. La forma como dichos empresarios guardaban el domingo, refleja muy bien la manera como ellos entendían y vivían la religión. La señora Williamson señala que después de los rezos matinales, a las 11 horas, se dirigían a la iglesia; luego regresaban a casa, para comer a las 2 de la tarde, a veces en compañía de alguna descarriada persona sin hogar; menciona de manera expresa que un miembro del círculo no podía ir a comer porque tenía que hacer clases en una escuela dominical y asistir a una reunión en que se estudiaba la biblia; en la tarde, la mayoría de la familia permanecía leyendo, aunque a veces salía de paseo al arroyo o al cerro; pero Mister Williamson también dedicaba una hora a leer y explicar la biblia en español a los sirvientes nativos y a otros chilenos que él pudiera persuadir a que asistieran. Por su parte, Mister Balfour gastaba buena parte de la tarde leyendo a los enfermos en el hospital inglés. Después del té, la familia volvía a la iglesia, en la que permanecía hasta pasadas las 7 de la tarde, en que regresaba a la casa. De esa manera, dicha familia culminaba el domingo, que había estado destinado a santificar el día del Señor185.

Con todo, de acuerdo a diversos testimonios, pareciera que el comportamiento de los Williamson y los Balfour no era un reflejo de la religiosidad de la colonia anglosajona y por el contrario correspondería más bien a casos excepcionales. En 1877, en el Chilian Times, aparecía un artículo en que se acusaba a los ingleses de ser fríos e hipócritas; que mientras se arrodillaban y confesaban ser miserables pecadores, estaban pensando en la tienda, en la oficina, en la forma como al día siguiente podían "hacer un más lucrativo, que no honesto negocio". Culminaba afirmando que la religión en Valparaíso estaba muy cerca de constituirse en una farsa, si se consideraban los escasos resultados que se obtenían186. Aunque este artículo puede haber exagerado la situación para producir una reacción a favor de la religión, lo cierto es que existen otros numerosos testimonios que muestran a los anglosajones de Valparaíso bastante alejados del culto divino, ya sea por deficiencias de las Iglesias o actitud de la población. El pastor Ira La Fetra, en 1878, hacía presente justamente ambos problemas187. En la colonia alemana, la religiosidad tampoco era muy intensa, como lo hemos indicado en páginas anteriores, hacia 1920, un pastor señalaba que una mínima parte de ella participaba de manera regular en la vida religiosa de la congregación, aunque colaboraban económicamente a su financiamiento188.

Pero si con los matices correspondientes esa era la situación del protestantismo entre los extranjeros, en el caso de los chilenos, como está dicho, su difusión fue mínima. Y en esto influyeron no solo las deficiencias de organización sino también las características del culto, que, en la Iglesia presbiteriana, la que se abrió a los nacionales, estaba marcado por la frialdad tanto en materia de sentimientos como en los aspectos formales, amén de que su mensaje resultaba muy individualista e intelectualizado para los sectores populares189. Como decía Mariano Casanova, era difícil que el protestantismo pudiera penetrar en el pueblo si arremetía contra el culto a los santos, y todavía más, si a ello se agregaba la falta de devoción a la Virgen, como lo manifestaba un poeta popular en la década de 1890190.

Con los metodistas y pentecostales llega el gran cambio, iniciándose la creciente penetración en la población chilena. El factor determinante, más allá de la prédica en español y de la capacidad oratoria de los pastores, fue el tipo de espiritualidad que propugnaban, que resultaba muy atractiva al bajo pueblo, al que por lo demás se orientó la prédica de manera preferente. El carácter carismático del que hizo gala la religiosidad de los pentecostales atrajo a la población. El culto pasó a ser una catarsis, en la que los fieles se desprendían de sus dolencias físicas y síquicas; se sentían trasportados a un estado de éxtasis, hasta caer muchas veces en trance. El pastor Hoover describe lo acontecido en las reuniones de oración, al recibirse el influjo del Espíritu Santo: "risas, lloros, gritos, cantos, lenguas extrañas, visiones en las que la persona caía al suelo y se sentía trasladada a otra parte ­al cielo, al Paraíso, a campos hermosos, con experiencias variadas­ hablaban con el Señor, con ángeles, o con el diablo. Los que pasaban por estas experiencias gozaban mucho y generalmente fueron muy cambiados y llenados de alabanzas, del espíritu de oración, de amor"191.

2. El culto católico

Formas de espiritualidad

En la espiritualidad católica porteña de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, al igual que en Europa, hay un claro predominio del "cristocentrismo", que se manifiesta de múltiples formas. En efecto, hay que recordar que, en 1868, "El Salvador del Mundo" fue electo, no solo como patrono de la Matriz, sino también de la ciudad, instituyéndose su festividad el 6 de agosto, día de la Transfiguración del Señor192. El mes del Sagrado Corazón se celebraba en diversas iglesias del puerto. También se formaron numerosas cofradías que tenían por finalidad adorar al Sagrado Corazón, con lo cual esa devoción logró penetrar en los más diversos ámbitos. En los estatutos de una de esas cofradías se señalaba que su objetivo era "desagraviar a Nuestro Señor Jesucristo" y las socias tenían la obligación de velar media hora al mes ante el Santísimo y de comulgar los primeros viernes de cada mes y las festividades del patrono193. En el proceso de difusión de ese culto tuvieron un papel muy importante los Padres Franceses, quienes incluso influyeron para que el 17 de junio de 1887 la ciudad de Valparaíso fuera consagrada al Sagrado Corazón, en una solemne ceremonia en el templo de la congregación y a la que asistió el arzobispo de Santiago. Aún más, un religioso de la orden difundió hacia 1906, con autorización papal, una nueva forma de devoción, que pretendía la consagración de la vida familiar al Sagrado Corazón, "haciendo que su imagen, al ser colocada en el lugar más visible de la casa, como sobre un trono, reine... sobre los hogares católicos"194. Desde Valparaíso, donde inició la prédica, divulgó la devoción por todo Chile, pasando luego a otros países de América, a Europa y finalmente al Extremo Oriente.

La devoción a la Eucaristía, en sus múltiples formas, es otra manifestación del "cristocentrismo". Y en ese aspecto hay que destacar las archicofradías del Santísimo Sacramento, que existían en todas las parroquias de la ciudad y que habían sido creadas a instancias de la autoridad eclesiástica, que las consideraba fundamentales para la vida espiritual de los curatos. El objetivo de ellas era venerar a la Eucaristía, socorrer a los socios enfermos, orar por los difuntos y promover la santificación de los festivos y el perfeccionamiento espiritual de los socios.

También en Valparaíso tenía una gran fuerza la devoción mariana, que se expresaba en numerosas cofradías, en el culto a las diversas advocaciones de la Virgen y en la erección de ermitas y santuarios. Las más importantes manifestaciones de la devoción a María en el puerto eran las celebraciones de la Inmaculada y de la Virgen del Carmen. Esta última se iniciaba con una novena, que se rezaba en diversos templos de la ciudad, y terminaba con la solemne procesión que salía del Espíritu Santo195. En 1885, hacía el siguiente recorrido: daba vuelta a la plaza de la Victoria, seguía por las calles del Teatro y O'Higgins, doblaba por la plaza Aníbal Pinto, para regresar al templo por la calle de San Juan de Dios. Se efectuaba a las 3 de la tarde y la encabezaban las tropas de línea con banda de música y tras la cruz seguían las diversas cofradías y hermandades religiosas, además del clero secular y regular, junto a las sociedades de obreros, conferencias de San Vicente, alumnos de los colegios y las autoridades civiles. Los vecinos adornaban con guirnaldas, coronas y banderas, las casas y edificios por donde transitaría la procesión, que incluía el paso de diversas andas, como las del Arcángel San Miguel, del "Angel de Chile", de San José y la Virgen del Carmen196. Cuando en aquel año esta salió del templo, "una salva estruendosa de vivas y aplausos a la Virgen del Carmen se confundió con el repique de las campanas, con los acentos de la canción nacional ejecutada a un tiempo por tres bandas de músicos, con el canto de los sacerdotes y con las explosiones de alegría producida por la verdadera lluvia de flores que de lo alto del templo caía sobre la Virgen y por las blancas palomas que adornadas de cintas cruzaban por encima de las cabezas"197.

La devoción a la Inmaculada se expresaba en la celebración del mes de María en los diferentes templos de la ciudad. En la Matriz, en 1865, los oficios se iniciaban en la mañana con el cántico de las letanías de todos los santos, para continuar luego, a las ocho, con la misa. En la noche se cantaban las letanías de Nuestra Señora y demás canciones destinadas a honrarla, había prédica y se terminaba con la bendición del Santísimo198. El paso del tiempo no modificó mayormente esta celebración, pues, en la parroquia del Espíritu Santo, en 1925, los oficios diarios consistían, en la mañana, en la plática, misa y rezo del mes, y en la noche, en el rezo del rosario, letanías cantadas, pláticas, exposición del Santísimo y rezo del mes199. Estas celebraciones culminaban con la festividad de la Inmaculada, el 8 de diciembre, que alcanzaba especial relieve en el templo de los franciscanos del Barón. Allí, además de la misa solemne, en la tarde se llevaba a efecto una procesión, que incluía cuatro andas y la participación, por lo menos hasta la década de 1860, de una cuadrilla de encapuchados con hábitos, que motivaban duras críticas de la prensa liberal200. En las primeras décadas de este siglo fue la procesión de la Matriz la que alcanzó especial relieve; en ella participaban miles de fieles, que entonaban cantos sagrados, mientras al paso del anda se arrojaban ramos de flores desde los balcones de las casas201.

El culto mariano en Valparaíso también se manifestó en la instalación que en 1874 se hizo, en el cerro del Seminario, de una gigantesca imagen de la Virgen, con el título de Maris Stella. Fue una iniciativa de Mariano Casanova, que contó con el apoyo del arzobispo y el financiamiento de los fieles. Se encargó a Europa y sus dimensiones sobrepasaban los diez metros, considerando el pedestal de mármol, con la inscripción Interveni pro clero. Ora pro populo. La imagen de hierro, de más de 9 toneladas, representaba a la Virgen con el niño en los brazos y la serpiente a los pies. Al poco tiempo, se transformó en un lugar de peregrinación de los fieles y, entre las romerías que se efectuaban, alcanzaron carácter multitudinario las que se hacían para conmemorar el día de la Inmaculada. En la de 1885 se calcula que participaron cerca de 20 mil personas, de todas las clases sociales, que formaron una procesión de más de 6 cuadras, que fue pasando por los diversos templos de la ciudad hasta culminar en la cumbre del cerro, en donde predicó el párroco Salvador Donoso y se puso término al mes de María202. La importancia de la Virgen en la religiosidad porteña también se refleja en las peregrinaciones que muchos vecinos de la ciudad realizan al santuario de Lo Vásquez, que se había erigido en 1854 y que a comienzos del siglo XX, para el 8 de diciembre, motivaba la organización de caravanas de "góndolas" que salían de madrugada desde las avenidas Argentina y Colón.

Ese tipo de devociones encontraban gran eco en la población porque resaltaban el papel de mediadora que desempeñaba la Virgen ante su hijo. Lo propio ocurría con la veneración a los santos, como San Francisco, San José y San Pedro, que gozaban de gran estimación por las gracias que, según los fieles, concedían. La popularidad que alcanzó en los primeros años de este siglo la devoción del niño Jesús de Praga, a quien los padres mercedarios organizaban una concurrida procesión, también está vinculada a la obtención de favores203.

En el fondo, el vigor que demuestra el catolicismo en Valparaíso está relacionado con la eficacia institucional de la Iglesia, pero también con las características de la espiritualidad, que permitía un acercamiento a Cristo a través de formas muy distintas, que podían interpretar la idiosincrasia de todo tipo de personas. El "cristocentrismo" y la devoción mariana se desarrollaron a instancias de la autoridad eclesiástica y del clero y encontraron gran receptividad en los fieles: de las clases acomodadas, a través de las cofradías, asociaciones y ejercicios espirituales, y de los sectores populares, sobre todo con las procesiones y otras manifestaciones comunitarias de devoción.

Religiosidad del pueblo

Pero más allá de esa religiosidad oficial existía otra de carácter popular, en la que se mezclaban creencias católicas, con supersticiones y pervivencias paganas. La autoridad eclesiástica intentó reprimir esas manifestaciones, ya fuese prohibiéndolas o tratando de encauzarlas. Pero solo en parte tuvo éxito, debido a la fuerza de las creencias y a la función social que algunas de aquellas expresiones cumplían.

Los velorios de angelitos correspondieron a una de dichas manifestaciones y se celebraron en los sectores populares de Valparaíso hasta la segunda mitad del siglo XIX. Esta costumbre al parecer tenía un origen hispano, pues en la zonas de Levante y Andalucía se encuentran testimonios sobre rituales muy similares204. Según una referencia de El Mercurio de 1856, en el puerto habían sido prohibidos; sin embargo, años después todavía se seguían celebrando. En efecto, en 1865 uno de estos velorios que se efectuaba en la calle de la Victoria, al llegar al estero de las Delicias, estuvo a punto de generar una tragedia de proporciones, al prendérsele fuego a los vestidos del angelito con los cirios del velatorio205. El periódico atribuía esa "salvaje" costumbre a la carestía de los derechos de sepultura, lo que llevaría a las madres de escasos recursos a alquilar el cadáver de sus hijos al dueño de alguna taberna o chingana, que lo ponía en un altar para atraer parroquianos206. Lo cierto es que se trataba de un rito funerario que se practicaba en el caso de los niños menores de siete años, que, por ser inocentes, se irían directamente al cielo. De ahí el carácter más bien festivo que tendrían las ceremonias, que eran calificadas por El Mercurio de verdaderas orgías y borracheras propias de salvajes e indignas de una nación civilizada207.

Otra expresión de religiosidad popular lo constituye la celebración de la festividad de San Pedro, el 29 de junio. La costumbre se remontaba a la colonia y a mediados del siglo XIX participaba una gran muchedumbre, alcanzando la procesión un notable colorido. A tal punto llegaba en esa época la popularidad de dicha fiesta que para El Mercurio ninguna otra función que se efectuaba en el puerto, incluyendo las fiestas patrias, podía equiparársele208. Para los pescadores, la procesión de la imagen de San Pedro por la bahía tenía por finalidad "fecundizar el mar de peces". La función se realizaba en la tarde, alrededor de las 2, y habitualmente se iniciaba con la salida de la imagen del santo desde la Matriz, acompañada por el párroco y otros sacerdotes, banda de música, y una multitud de fieles que seguían la procesión por entre las calles engalanadas con banderas y guirnaldas de arrayanes. En 1844, el apóstol fue trasladado al pequeño muelle del Arsenal, "donde imagen, sacerdotes, acompañamiento y pueblo se embarcaron; los primeros en las lanchas de la Chile y la capitanía del puerto; y los demás en más de 180 embarcaciones que celebraron el momento del embarque con cohetes, música y mil otras manifestaciones de alegría". Los pescadores en sus "canoas", repletas de gente, y cubiertas de banderolas de diferentes colores, hacían sonar matracas y lanzaban cohetes al aire, mientras seguían al bote que llevaba la imagen, que era desembarcada en la caleta del Barón y colocada en un altar, donde quedaba un rato expuesta al homenaje de los fieles. Embarcada de nuevo, era llevada de vuelta al muelle inicial y de ahí, alrededor de las cinco de la tarde, era trasportada en andas hasta la Matriz, donde terminaba la procesión209. El Mercurio, con cierta ironía, describía en 1855 un aspecto de ella en los siguientes términos: "una banda de música seguía las andas tocando el himno nacional de Chile, de donde se deduce que es tal la familiaridad que ha adquirido el pueblo con San Pedro, que ya le ha dado carta de ciudadanía, sin la anuencia de más Congreso que el de los pescadores"210.

Con el correr del tiempo la procesión fue experimentando algunas modificaciones en su trayecto y organización, pero sin que se alterara en los aspectos fundamentales, por lo que siempre mantuvo el carácter eminentemente popular. Desde comienzos del siglo XX, la imagen se sacaba de la capilla de San Pedro, ubicada en Playa Ancha, y el recorrido por la bahía se iniciaba en la caleta del Membrillo, para llegar a la caleta Portales, desde donde iniciaba el regreso. La organización se fue perfeccionando, constituyéndose comisiones encargadas de los preparativos y ampliándose las instituciones participantes a las empresas marítimas, que aportaban variados medios para realzar la fiesta211.

No obstante lo anterior, la procesión pasó por diversas vicisitudes e incluso en más de un período estuvo prohibida. Esto había ocurrido por primera vez en tiempos de O'Higgins por decisión de la autoridad política, según narra doña María Graham212. Con posterioridad, en 1872 Mariano Casanova había intentado suspender su realización, lo que finalmente habría quedado sin efecto. Sin embargo, hacia 1880 fue efectivamente suprimida, en medio de las aprensiones de los pescadores que temían que la pesca desapareciera, y permaneció en ese estado por más de doce años, hasta que se reanudó, al parecer, a fines del siglo XIX. Las razones de las autoridades civiles y eclesiásticas para reprimir la fiesta eran los desórdenes que originaba. De hecho, la procesión daba pie a un jolgorio masivo entre los participantes, que, en las embarcaciones, bebían, cantaban y bailaban sin freno, produciendo escándalos que atentaban contra la moral y que incluso podían generar graves accidentes213.

La otra gran manifestación de religiosidad popular en Valparaíso era la celebración de la Navidad. Pero el carácter festivo de ella alcanzaba tal intensidad, que a veces el sentido religioso de la misma se diluía hasta parecer un acontecimiento puramente profano. Por lo demás era esta una característica que se daba en todo el país y no solo en el puerto y aparecía como algo muy propio, sin muchas vinculaciones con las tradiciones hispanas, pero muy influida por las costumbres campesinas de la colonia214. Es muy posible que el fortalecimiento de su carácter público y festivo esté vinculado a la prohibición y desaparición del carnaval. La autoridad eclesiástica, consciente de aquel fenómeno, tratará de encauzar el comportamiento de los fieles en las ceremonias religiosas, que, al decir de ella, era poco decoroso e impropio de las circunstancias. Así, en diciembre de 1845, el Arzobispado dio instrucciones prohibiendo que en los oficios nocturnos y misa de medianoche participaron "cantores con entonaciones profanas, pífanos y otros instrumentos que imitan cantos de aves o gritos de cuadrúpedos o cualquiera de las cosas que se han acostumbrado"215. No obstante, esas disposiciones, en Valparaíso, en 1855, en la novena del niño celebrada en la parroquia de Los Doce Apóstoles participaban cantores populares con guitarras, tamboriles y otros "trebejos para hacer ruido"; y, en el templo de San Agustín, en Nochebuena, se tocó y cantó la canción nacional y no faltaron algunos ¡Viva Chile!216. En todo caso, da la impresión que la autoridad eclesiástica fue poco a poco imponiendo su criterio, con el apoyo de la prensa "progresista". Al respecto, El Mercurio comentaba la misa del gallo de la Navidad de 1856 en los siguientes términos: "la Merced estaba atestada de gente hasta fuera del corredor, donde subían los desacordes sonidos de algunas matracas, chicharras y cuernos, costumbre que felizmente va desapareciendo"217. También pareciera que los oficios religiosos se fueron limitando cada vez más a la misa de medianoche, quedando otras funciones circunscritas solo a algunas parroquias alejadas del centro, como la del Barón, en la que todavía hacia 1885 se celebraba la novena del niño Dios con mucho aparato, y la de Los Doce Apóstoles, que efectuaba la procesión del niño218.

Pero más allá de las ceremonias religiosas, lo más llamativo de la Nochebuena y la Navidad era la parte profana de las festividades. Lo cierto es que tenían el carácter de un verdadero carnaval, en que la diversión, liberadora de tensiones, era la única razón de ser. En el jolgorio participaban todos los grupos sociales, aunque normalmente en escenarios diferentes. Los sectores acomodados se divertían en locales con acceso restringido y de pago, en los que se efectuaban bailes de disfraces hasta avanzadas horas de la madrugada. A mediados del siglo XIX este tipo de fiestas eran ya habituales y se realizaban en el teatro de la Victoria, que en 1865 cobraba una entrada general de 1 peso 25 centavos219. Ese tipo de público también concurría a algunos sitios públicos, coincidiendo en ellos con los sectores populares. Esto acontecía sobre todo en la plaza de la Victoria, en la que se instalaban puestos de venta de frutas, flores, helados y bebidas, que atraían a una multitud, que disfrutaba de la música interpretada por diversas orquestas y bandas, paseaba y adquiría los productos que se ofrecían. Entre ellos estaban los típicos de dichas fiestas, que eran los claveles, que se regalaban a las jóvenes y señoras, la albahaca, que se vendía al son de la rima: "albahaca para las niñas retacas", y la horchata "con malicia", es decir con aguardiente. Todo paseante varón llevaba un ramito de albahaca en el ojal de la chaqueta, lo que hacía que esa olorosa planta fuera todo un símbolo navideño. Algunos años se instalaba en la plaza una "iluminación chinesca" y a veces también había fuegos artificiales220.

Los sectores populares, además de la plaza Victoria, concurrían a las tres recovas de la ciudad, la del Cardonal, la del Cóndor y la del Puerto, que se abrían especialmente para la ocasión y funcionaban hasta la madrugada del día 26, por lo que las celebraciones duraban 48 horas. A ellas iba el pueblo a comer y a beber, consumiendo de manera preferente chocolate caliente, que también era una bebida típica de la ocasión y que preparaban numerosas chocolateras, instaladas ex profeso en los mercados, junto a otras venteras, que ofrecían fiambres, licores, frutas y refrescos221. Sin embargo, el pueblo preferentemente se reunía a divertirse en las chinganas, fondas y "casas de trato", que, con autorización municipal, se instalaban en la calle 5 de Abril. Allí la diversión era en grande y duraba hasta la madrugada del día 26. Se comía y se bebía a destajo y el canto y el baile, acompañados de arpa y guitarra, no paraba. Lo cierto es que el desenfreno era la característica de estas fiestas populares y de hecho en las chinganas pasaba de todo, borracheras, escándalos, atentados contra la moral, riñas, etc. En 1883, un vecino se quejaba de esa situación en los siguientes términos: "Cuarenta y ocho horas se han pasado caballeros y familias honorables de este puerto sin poder dormir ni mirar a la calle por las insolencias e inmoralidades de todo género que se han cometido dentro y fuera de las chinganas"222.

Aunque con los años fue variando la celebración de estas festividades, todavía en 1930 se instalaban puestos de ventas en determinadas calles y los paseantes llevaban en los ojales el consabido ramito de albahaca. No obstante, en esa fecha las ferias estaban en las avenidas Argentina y Carampangue y a los productos que antes se vendían se les habían agregado los juguetes y el café. La costumbre de los regalos de pascua comenzó a introducirse a fines del siglo XIX y se otorgaban tanto a los adultos como a los niños, aunque hacia 1910-1915, estos últimos comienzan a ser los preferidos en forma casi exclusiva. Algunas décadas antes había hecho aparición, de manera ocasional, el árbol de navidad, aunque revestía el carácter de un adorno público, que se instalaba en alguna plaza, parque u hotel223. De manera imperceptible, a medida que se avanzaba en el siglo XX, las celebraciones tradicionales fueron perdiendo fuerza. Aparecen las fiestas organizadas por distintos gremios o instituciones, como la policía, los ferroviarios, la compañía de electricidad, los clubs sociales, los centros obreros y también las casas particulares224. De una fiesta pública, en que toda la población se volcaba a las calles y plazas, se fue pasando a una forma de celebración un poco más privada, sin que, por otra parte, a esas alturas se hubiese perdido aquella característica originaria.

Las grandes festividades

Las grandes fiestas religiosas oficiales de este período en el país, y por ende en Valparaíso, eran el Corpus Christi y la Semana Santa. La primera de ellas se celebraba con una solemne procesión que salía desde la Matriz, después de una misa que se oficiaba en el mismo templo. A mediados del siglo XIX, por determinación de la autoridad eclesiástica, se había suprimido cualquier otra procesión que no fuese la oficial con el objeto de realzar esta última. En esa misma época se llevaba a efecto en torno a las 4 de la tarde y participaban tropas de línea y de los cívicos, el clero, corporaciones religiosas, público en general y las principales autoridades civiles de la ciudad, comenzando por el Intendente y los miembros del cabildo225. Estos, a partir de 1864 se negaron a asistir en corporación alegando, la mayoría, que dicha institución no tenía religión y que no podía obligarse a asistir a los incrédulos226.

La procesión pasaba por la plaza de la Municipalidad, en la que se instalaban cuatro altares, en los que hacía estación, para seguir luego por la calle de la Planchada hasta la plaza de la Intendencia y regresar por Cochrane. En el trayecto se instalaban arcos de triunfo y se engalanaban los balcones de las casas con banderas y ramas de arbustos. Al paso de las andas se arrojaban lluvias de flores, mientras los fuertes y los barcos de guerra hacían salvas de saludo227. En 1885, refiere una crónica que "la mayor parte de las casas estaban adornadas con la bandera tricolor y guirnaldas de yedra y de arrayán (y) por donde pasaba el palio, una lluvia de juncos, violetas y otras flores cubrían materialmente el sendero (mientras los fieles) entonaban escogidos cánticos en honor del Santísimo Sacramento"228. En esa oportunidad asistieron todas las tropas de la plaza con sus respectivas bandas de música; los "alumbrantes", es decir fieles con cirios; las cofradías; los alumnos del seminario; religiosos y clérigos, vestidos "con ricos ornamentos"; y muchos "caballeros de la sociedad de Valparaíso", que iban de frac y guantes blancos. También ese día se produjo un pequeño incidente, porque desde la "sala municipal" se profirieron algunos insultos a los participantes. Al término de la procesión, que en esa época se efectuaba a mediodía, el cura de la Matriz invitó a un banquete a las autoridades civiles y eclesiásticas y a un grupo de "distinguidos" señores. Tiempo después, en 1906, el altar instalado en la plaza Echaurren representaba un grupo de ángeles de grandes dimensiones, que sostenían una capilla de bronce, donde se depositó el Santísimo llevado bajo palio por el gobernador eclesiástico. A su vez, el de la plaza Sotomayor "representaba una gran nube, en la que se destacaban 4 niñas vestidas de ángeles y en cuya cúspide aparecía un regio trono, donde también se depositó el Santísimo"229.

A través de los años, la procesión mantuvo sus características tradicionales, heredadas de los usos peninsulares. Las modificaciones que experimentó fueron escasas y tuvieron que ver con la menor presencia de las autoridades civiles y sobre todo con la existencia de un obispo en Valparaíso. Esto trajo consigo el cambio de escenario, que a partir de ese momento pasó a ser la iglesia del Espíritu Santo y la plaza Victoria, a cuyo perímetro se circunscribió la procesión. Sin embargo, aunque ello significó una cierta pérdida de esplendor, debido a que el entorno anterior, con sus calles estrechas, se prestaba para un decorado más llamativo, lo cierto es que la participación organizada de instituciones católicas aumentó e incluso es posible que ocurriera lo mismo con la devoción de los participantes, como lo deja entrever la masiva concurrencia a comulgar230.

La Semana Santa era la conmemoración religiosa, oficial, más importante y se iniciaba el Domingo de Ramos, con la bendición de ellos y la procesión; eran de olivo y de palmas, algunos de grandes dimensiones, que, una vez bendecidos, los fieles colocaban en sus hogares, junto al crucifijo, imagen de la Virgen o benditero, con el objeto de que los protegieran de los temblores, rayos o enfermedades231. En algunos templos, en preparación de la Semana Santa, se efectuaban misiones y se dictaban conferencias, separadas, para hombres y mujeres. El Jueves Santo la ciudad se paralizaba. A mediados del siglo XIX, a las 10 de la mañana se suspendía el tráfico de rodados, cesaban las actividades mercantiles y los buques "cruzaban sus vergas" y subían el pabellón a media asta. A esa misma hora, el Intendente, el cabildo, la oficialidad de marina e infantería y el batallón 2 de línea, desarmado y con su capellán a la cabeza, se dirigían a la Matriz, pasando por entre las filas de los batallones cívicos 1 y 2 que se encontraban formados y de gran parada entre el edificio municipal y el templo. Allí se oficiaba una misa, al término de la cual el Intendente se retiraba. Continuaban los oficios con la procesión al "monumento" o túmulo que se instalaba en el centro del templo, profusamente iluminado y en el que se colocaba la Eucaristía. Luego seguía la ceremonia del lavado de pies y en la noche se rezaban las estaciones por cientos de fieles que iban de un templo a otro a adorar el Santísimo. El ambiente de recogimiento y de silencio que había al interior de las iglesias era roto cada cierto tiempo por el rechinar de cadenas, acompañado de la frase sacramental: "para el santo entierro de Cristo y la soledad de la Virgen", que era la fórmula empleada por delegaciones de presos de la cárcel para pedir limosna232.

Los oficios del Viernes Santo comenzaban a las 8,30 horas con una misa de presantificados, adoración de la cruz y nueva procesión por el interior del templo entre el "monumento" y el altar. Los arreglos de luces, flores y gasas del día anterior eran reemplazados por velos negros que cubrían altares e imágenes, y se sustituía el "monumento" con un "severo calvario". A mediodía se iniciaban las tres horas, a las que concurría muchísima gente, que, en el caso de la Matriz, con frecuencia no cabía en el templo, debiendo instalarse en la plazuela. A las tres de la tarde, hora en que según los evangelios se habría producido la muerte de Cristo, terminaba aquella ceremonia y se dejaban oír en todos los templos los clásicos sonidos de las "matracas"233. En la noche, se rezaba el vía crucis, se pronunciaba el sermón de la soledad de María y en algunos templos había procesiones. En la Matriz se efectuaba la denominada del Santo Cristo, que recordaba el camino de Jesús con la cruz a cuestas, y en la que participaban especialmente los sectores populares. A mediados del siglo XIX, en la capilla del Carmen, en el Almendral, se realizaba la ceremonia del descendimiento de Cristo, la cual atraía a gran cantidad de fieles, que luego participaban en la procesión del Santo Sepulcro, en la que tenían un papel destacado los disonantes "cucuruchos", al decir de la prensa liberal234. Estos eran fieles vestidos con una túnica negra y un capirote a la usanza de los penitentes sevillanos. Del convento de San Francisco del Barón también salía la procesión del Santo Sepulcro, con el anda de ese mismo nombre y las que llevaban las imágenes de la Santa Verónica y de la Dolorosa.

La primeras actividades del Sábado Santo eran, en la mañana a las 8,30 horas, la bendición del fuego nuevo, del cirio pascual y de la pila bautismal; luego a las 10, se continuaba con el canto de las profecías y la misa de gloria. En esta, cuando el sacerdote entonaba el gloria a Dios, el coro rompía con la música de ese canto, "mientras las campanillas de los acólitos replicaban en la iglesia y las campanas de todos los templos eran echadas al vuelo", se hacían salvas desde los fuertes del puerto y se izaba la bandera nacional en los cuarteles y oficinas públicas. "En ese mismo instante caía el velo negro y la misa se continuaba en el altar mayor, que resplandecía de flores y luces"235. Al término de la misa, en las afueras de algunos templos se procedía a la quema de Judas. Era esta una tradición de origen peninsular, muy común en los pueblos de Castilla en el siglo XVIII, con la que se castigaba simbólicamente a quien se consideraba responsable de la muerte de Cristo236. En Valparaíso esta costumbre, a pesar de las críticas de los sectores "ilustrados", se mantuvo hasta el final del período que analizamos, tal vez con alguna interrupción a fines del siglo XIX, y se efectuaba entre otras partes, en las cercanías de Los Doce Apóstoles y en la plazuela de la Matriz. La función consistía en la quema de un monigote que colgaba de un largo madero, al que a veces se le introducían petardos o pólvora, que al estallar producían la hilaridad de los cientos de personas atraídas por el espectáculo237.

Las festividades culminaban el Domingo de Resurrección con una misa solemne de Pascua, pero antes, a las 4 de la madrugada desde algunos templos salían las procesiones del Señor Resucitado. De ellas, hubo dos que se mantuvieron a lo largo del tiempo y fueron la del convento de la Merced, en el Almendral, y la del convento de San Francisco del Puerto, aunque esta después del terremoto de 1906 se trasladó al convento del Barón. El trayecto de la que se realizaba en la zona del puerto comprendía las calles San Francisco, San Martín y Serrano, para regresar por Blanco y la Matriz. Era acompañada por una banda militar y en medio de fuegos artificiales, en 1906, se sacaban las siguientes andas: San Juan Bautista; la Dolorosa, en un monte plateado y al pie de un árbol; el monte Calvario, en que iba la Magdalena abrazada al pie de la cruz; y el Señor Resucitado, saliendo del sepulcro. En la plaza Echaurren se representaba el encuentro de la Virgen con su hijo, culminando la procesión en el convento, entre el estallido de los "voladores y luces de bengala"238.

La conmemoración de la Semana Santa experimentó algunas variaciones en el transcurso del tiempo, que, en todo caso hasta 1930, no fueron muy significativas. En la segunda mitad del siglo XIX desaparecieron los penitentes con cucuruchos y los presos que solicitaban limosna. Sin embargo, se mantuvieron otras prácticas como la masiva visita nocturna a los templos para rezar las estaciones239, las procesiones nocturnas, la criticada quema de Judas y el tipo de vestimenta de las mujeres, que en la década de 1910 todavía concurrían al templo y a las procesiones rebozadas con un gran manto negro que llegaba a medio cuerpo. Tal vez, las alteraciones mayores se produjeron en el entorno, en el significado que un número creciente de personas le fue dando a estos días. Desde la década de 1860 es posible encontrar vecinos que consideran la Semana Santa como unas pequeñas vacaciones, fenómeno por lo demás natural en una ciudad con presencia activa de disidentes. En 1865 se anuncian, para esos días, viajes de recreo en barco a Constitución240. Quince años después se informa que los trenes salen llenos de pasajeros que van al campo en busca del descanso, distracción, "aire puro, fruta, chicha y otros comestibles". A comienzos de siglo, la ciudad ya no paraliza todas sus actividades, abre un cierto tipo de comercio, funcionan los cines, aunque proyectan películas "bíblicas". En 1930, son miles los porteños que salen de la ciudad a los pueblos de la provincia o a Santiago y al mismo tiempo llega gran cantidad de visitantes, incluso de Mendoza, que copan los hoteles de ella y de Viña del Mar241. Las prácticas y las formas siguen siendo más o menos las mismas, la piedad de los que participan también se mantiene, pero una parte cada vez mayor de la población tiende a sustraerse de la conmemoración religiosa.

CONCLUSIONES

La religiosidad de Valparaíso estuvo siempre muy marcada por el hecho de ser el principal puerto del país. Esto atrajo a los extranjeros no católicos e hizo que sufriera el permanente influjo de los marineros en la mentalidad y en las costumbres. El impacto inicial fue muy fuerte, porque coincidió con la escasa presencia de población nativa y una carencia de elites sociales tradicionales, como lo hacía notar Peter Schmidtmeyer en 1821. A ello se agregaba una Iglesia con serios problemas institucionales. Todo esto favoreció la acción propagandista de los disidentes, que dispusieron de buenos aliados en la prensa, que amplificó aquella, distorsionando un poco su verdadero alcance. La llegada de Mariano Casanova marca el inicio de la reacción católica. Esto también se vio favorecido por el gran aumento que experimentó la población de la ciudad, a costa de nacionales, y cuyas consecuencias fueron la disminución proporcional de los extranjeros y el desarrollo de una elite nacional, con fuerte presencia de aquellos, pero convertidos al catolicismo.

A partir de fines de la década de 1870 la Iglesia católica logró revertir la situación decadente en que se encontraba. Se reorganizó institucionalmente, contó con numerosos y eficaces agentes, entre los que se destacan los gobernadores eclesiásticos, algunos párrocos y las nuevas órdenes religiosas. Al mismo tiempo, los grupos disidentes dejaban en evidencia sus debilidades. Las discrepancias entre las iglesias protestantes eran frecuentes, la organización del culto protestante en algunos casos resultaba deficiente y la penetración entre la población chilena era nula. Los masones, a su vez, habían perdido fuerza, tenían problemas internos y Valparaíso dejaba de ser el centro de la Orden en Chile.

La labor sistemática y planificada de la jerarquía, que entre otras acciones llevó la presencia del culto a los cerros más apartados, fue lo que permitió fortalecer el catolicismo en el puerto. Con todo, su mayor influencia también está vinculada a las características de la espiritualidad católica, que permite vías muy distintas para acercarse a Cristo. Las elites y el pueblo encuentran, separados o en conjunto, formas de piedad con las cuales identificarse y, en último término, una respuesta a sus inquietudes existenciales. En el protestantismo, en cambio, siempre hubo algunos sectores que no prestaron atención a los nacionales. Y aquellos que lo hicieron fracasaron porque su propuesta no resultó atractiva. Sin embargo, esa situación comenzará a cambiar a partir de la segunda década de este siglo con el desarrollo de la Iglesia pentecostal, que sí tendrá los elementos para llegar a los sectores populares de Valparaíso, dando así inicio a un nuevo proceso en la evolución de la espiritualidad protestante, que, sin embargo, hacia 1930 todavía no representaba una amenaza seria para el catolicismo. Este, a pesar de la revolución protestante y del aumento de la incredulidad, mantenía un gran vigor, que se manifestaba en el fervor con que participaban los fieles en las actividades del culto y sobre todo en la celebración de las grandes festividades religiosas.


* Decano de la Facultad de Historia, Geografía y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Agradezco a Susana Simonetti la eficiente colaboración prestada en la recopilación de material y en la ordenación del mismo, que resultó fundamental para llevar a buen término este trabajo.

** Este artículo, en una primera versión, formó parte de un proyecto de investigación sobre Valparaíso 1830-1930 que financió la empresa D&S, a la cual agradecemos el apoyo brindado y la autorización para publicarlo.

1 De acuerdo a un censo efectuado en 1830, la ciudad de Valparaíso tenía 19.709 habitantes y de ellos 662 eran extranjeros (El mercurio, 6 de septiembre de 1830).         [ Links ] Sin embargo, otras fuentes, como el propio diario El Mercurio y algunos viajeros, estimaban en alrededor de 3 mil el número de extranjeros a comienzos de la década de 1820. E incluso más, un artículo de dicho periódico señalaba, en 1833, que en Valparaíso residían las tres cuartas partes de los extranjeros que existían en el país. Ver Rodolfo Urbina Burgos, Valparaíso. Auge y Ocaso del Viejo "Pancho" 1830-1930. Editorial Puntángeles. Valparaíso, 1999, 79 y 80.         [ Links ]

2 Paul Treutler, Andanzas de un alemán en Chile. 1851-1863. Editorial del Pacífico. Santiago, 1958, 44.         [ Links ]

3 Federico Walpole, "Visión de Valparaíso al finalizar la primera mitad del siglo XIX". Boletín de la Academia Chilena de la Historia. Santiago, 1935, N 6, 324.         [ Links ]

4 El Mercurio, 23 de junio de 1832 y 1 de febrero de 1836.         [ Links ]

5 Silvia Venezian, Misioneros y maestros: La educación inglesa y norteamericana en Chile en el siglo XIX. Tesis de licenciatura. Instituto de Historia, Universidad Católica de Chile, Santiago, 1993, 16 y ss.         [ Links ]

6 Sobre el tema ver Ricardo Donoso, Las ideas políticas en Chile. Facultad de Filosofía y Educación. Universidad de Chile. Santiago, 1967, 176-177.         [ Links ] Marco Antonio León, Sepultura sagrada, tumba profana. Los espacios de la muerte en Santiago de Chile, 1883 - 1932. Dibam, Santiago, 1997, 39-40         [ Links ]

7 William Taylor, Our South American Cousins, New York, 1878, 218.         [ Links ]

8 Citado por Bárbara Bazley, Somos Anglicanos. Santiago, 1994, 179.         [ Links ]

9 Ibid. En parte, esa actitud de la comunidad protestante se refleja en la situación del cementerio; según una inserción del Consulado Británico en la prensa de 1832, sus murallas estaban en mal estado y para repararlas se pedía el aporte económico de aquella. Pues bien, en la década siguiente los muros que cercaban el cementerio continuaban en mal estado y constituyeron una importante preocupación para el primer capellán consular británico en Chile, William Armstrong. Ver El Mercurio de 10 de enero de 1832         [ Links ]y Bárbara Bazley, op.cit., 180.

10 Ibid. , 180.

11 Silvia Venezian, op. cit., 18.

12 Federico Walpole, op.cit., 329.

13 Carta de David Trumbull a su familia, de enero de 1846, citada por Irven Paul, A yankee reformer in Chile. The life & works of David Trumbull. William Carey Library. South Pasadena, Calif. USA, 1973, 62.         [ Links ]

14 J.H. Mc Lean, Historia de la Iglesia Presbiteriana en Chile. Escuela Nacional de Artes Gráficas. Santiago, 1954, 26-27.         [ Links ]

15 Irven Paul, op. cit., caps. 2 y 3.

16 J.H. McLean, op. cit., 27.

17 Capilla protestante de Valparaíso. Imprenta Nacional. Santiago, 1858, 4.         [ Links ]

18 Es el nombre con el que se denomina a los que venden o regalan biblias y publicaciones protestantes de casa en casa.

19 Wallis Hunt, Heirs of great adventure. The History of Balfour, Williamson and Company Limited. Londres, 1951, 62-63.         [ Links ] Silvia Venezian, op. cit., 29. Irven Paul, op. cit., 80-81.

20 Ignacio Vergara, El protestantismo en Chile. Editorial del Pacífico. Santiago, 1962, 13.        [ Links ]

21 J. H. McLean, op. cit., 41.

22 J. H. McLean, op. cit., 49-54. Virgilio Figueroa, Diccionario Histórico, biográfico y bibliográfico de Chile. Imprenta "La Ilustración". Santiago, 1925.         [ Links ] Recaredo Tornero, Chile Ilustrado. Guía Descriptivo del territorio de Chile, de las capitales de provincia y de los puertos principales. Librerías y agencias del Mercurio. Valparaíso, 1872, 152.         [ Links ]

23 Silvia Venezian, op. cit., 129 y ss.

24 Silvia Venezian, op. cit., cap. V.

25 Cristián Gazmuri, El "48" chileno. Igualitarios, reformistas radicales, masones y bomberos. Editorial Universitaria. Santiago, 1992, 174.         [ Links ]

26 Informe del Inspector General de la Logia Masónica de Valparaíso al Gran Oriente de Francia, de 30 de julio de 1854, citado por Günter Böhm, "Manuel de Lima, fundador de la Masonería chilena". En Revista Judaica iberoamericana. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Chile. Santiago, N 3, 1979, 59-60.         [ Links ]

27 Ibid., 61-64.

28 Ibid., 73-74. También, Benjamín Oviedo, La masonería en Chile. Soc. Imp. y Lit. Universo. Santiago, 1929, 113-114.         [ Links ]

28a Juan Ricardo Couyoumdjian, "Masonería de habla inglesa en Chile: algunas noticias", Boletín de la Academia Chilena de la Historia, N 105, Santiago, 1995, 188.         [ Links ]

29 Günter Böhm, op. cit., 75.

30 Günter Böhm, op. cit., 78 y ss. También, Benjamín Oviedo, op. cit., cap. VII. Ricardo Couyoumdjian, op. cit., 190.

31 Virgilio Figueroa, op. cit., t. I, 591. Benjamín Oviedo, op. cit., 133-134.

32 El texto de la constitución de la orden masónica de Chile, en Benjamín Oviedo, op. cit., 154-159.

33 Benjamín Oviedo, op.cit., caps. IX, X, XI y XIII.

34 AAS (Archivo del Arzobispado de Santiago), vol 396, s/fol. Carta de M. Casanova al secretario del Arzobispado, de 28 de octubre de 1868.

35 Benjamín Oviedo, op. cit., cap. XV.

36 Ibid., 263 y ss.

37 El Mercurio, 10 de mayo de 1873 y 21 de abril de 1877, editoriales.         [ Links ]

38 Leonardo Eliz, Reseña Histórica del Liceo de Valparaíso. Lit. e Imprenta Moderna, de Scherrer y Herrmann. Valparaíso 1912, 65 y ss.         [ Links ] Eduardo de la Barra, Páginas escogidas. Selección e introducción de Raúl Silva Castro. Biblioteca de Escritores de Chile-XVIII. Santiago, 1952.         [ Links ] Benjamín Oviedo, op. cit., 196, 216, 217 y 272.

39 AAS, vol. 186, libro de visitas, f. 93.

40 Ibid.

41 ANCH, Ministerio del Interior, vol. 114, f. 375.

42 Hugo Rodolfo Ramírez Rivera, Un Ilustrado Chileno: El doctor Fray Joseph Xavier de Guzmán y Lecaroz (1759-1840). Santiago, 1995, 350-353.         [ Links ]

43 ANCH, Ministerio del Interior, vol. 114, fs. 139-140.

44 Ibid., vol. 179. Informe del visitador Juan Vargas Machuca, 18 de octubre de 1837, s/f.

45 Vicente Martín y Manero, Historia eclesiástica de Valparaíso. Imp. del Comercio, de Juan Miguel Sandoval. Valparaíso, 1890, t. I, 180.         [ Links ]

46 El Mercurio, 19 y 22 de enero de 1831; 20 de enero y 14 de junio de 1832;         [ Links ] Comunicación del Provincial de Santo Domingo al Ministro del Interior. Santiago, 15 de noviembre de 1837. ANCH, Fondo Ministerio del Interior, vol. 179, s/f.

47 Ibid.

48 Ibid., 167. También, AAS, vol. 186, f. 120.

49 El Mercurio, 22 de abril de 1846.         [ Links ] El ruinoso estado del templo parroquial era una cuestión que preocupaba a los sectores católicos por lo menos desde comienzos de la década anterior y en la prensa es posible encontrar quejas al respecto. El Mercurio, 26 de julio de 1831; 21 de enero de 1832; 26 de julio de 1834, y 4 de noviembre de 1836.         [ Links ]

50 Ibid. La Revista Católica, t. XIX, N 219, septiembre de 1910, 358 y ss.         [ Links ] Vicente Martín y Manero, op. cit., t., I., cap. X.

51 El Mercurio, 16, 19, 20, 21, 23, 24 y 25 de enero de 1832; 5 y 7 de mayo de 1832; 8 y 23 de enero de 1833.         [ Links ] Los redactores del diario consideraban que tras la actitud del cura Orrego se escondía su temor a que "se le disminuyera una parte de las pingües entradas del curato".

52 , t. II, N 35, agosto de 1844, 287. Carta del Arzobispo Eyzaguirre al Ministro de Instrucción, de 19 de julio de 1844.

53 Respetando el Derecho de patronato, el arzobispo electo José Alejo Eyzaguirre, el 13 de diciembre de 1844, envió un escrito al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, informándolo de la división del curato y solicitando la aprobación del Vicepresidente de la República, Manuel Montt, quien la otorgó cinco días después. ANCH, Ministerio del Interior, vol. 209, s/f.

54 La Revista Católica, t. II, N 50, diciembre de 1844, 413.         [ Links ]

55 ANCH, Ministerio del Interior, vol. 209, s/f. Escritos de 10 y 13 de enero de 1845, y de 5 de mayo de 1845.

56 AAS. Cartas de Rafael Valentín Valdivieso. Tomo 5, fs. 30v -32.

57 Estanilao Raveau, Reseña Histórica de la obra de la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María en Chile, desde 1834 hasta 1979. Viña del Mar, 1978. Inédito.         [ Links ]

58 Vicente Martín y Manero, op. cit., 225 y ss.

59 ANCH, Ministerio del Interior, vol. 272. Decreto N 113 de 18 de febrero de 1851.

60 AAS, vol. 396. Carta de Mariano Casanova al secretario, de 8 de julio de 1869.

61 La Revista Católica, t. XI, N 865, de mayo de 1865, 130.

62 AAS, vol. 396. Carta de Mariano Casanova al secretario del Arzobispado, de 25 de septiembre de 1868. En ella señalaba que había recibido numerosos reclamos y que a modo de ejemplo le refería los siguientes: "Una mujer se queja de que su marido anda en malos tratos y el viejito le dice ¿por qué tú no haces lo mismo que ese bribón?". Otra mujer "va a pedir confesión y el cura dice como cosa corriente ¿y dónde está el mancebo?".

63 Boletín Eclesiástico, t. III, 766-767.         [ Links ] El 26 de octubre de 1866 se había nombrado al cura de la parroquía de El Salvador, Jorge Montes, como vicario foráneo, con determinadas facultades jurisdiccionales. Entre ellas estaba la de sustanciar causas de blasfemias y otros delitos espirituales de fuero mixto cometidos por legos y eclesiásticos; también la de conocer las causas civiles de eclesiásticos y de sentenciar ciertos delitos eclesiásticos cometidos en el ejercicio de los ministerios.

64 AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova al secretario del Arzobispado, de 7 de agosto de 1868.

65 AAS, vol. 398. Carta de M. Casanova al secretario del Arzobispado, de 11 de febrero de 1869.

66 AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova al secretario del Arzobispado, de 14 de octubre de 1868.

67 AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova al secretario del Arzobispado, de 10 de octubre de 1868.

68 La Revista Católica, t. XI, N 125, 344-345.         [ Links ]

69 Ibid. También, AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova, de 14 de octubre de 1868.

70 AAS, vol. 396. Cartas de S. Tignac, de 6 y 13 de julio de 1856.

71 AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova, de 6 de septiembre de 1868.

72 Formaron parte de ella, el cura de Los doce Apóstoles José Miguel Zárate, Felipe Ambrosi, Adolfo Ibáñez, Antonio Jacobo Vial, Juan María Egaña, Manuel J. Torres, Santiago Lyon, Joaquín Segundo Iglesias y los padres Francisco Bernardino Rojas y Silverio Tignac. La Unión de Valparaíso, 13 de diciembre de 1925

73 AAS, vol. 396. Carta de M. Casanova, de 15 de septiembre de 1868. También, Vicente Martín y Manero, op.cit., t. I, cap. IX.

74 AAS, vol. 379. Carta de M. Casanova, de 12 de julio de 1869.

75 AAS, vol. 396. Cartas de M. Casanova, de 9 y 18 de agosto de 1868.

76 La Patria, 24 y 26 de noviembre de 1864.         [ Links ]El Mercurio, 31 de mayo y 28 de junio de 1865. La Revista Católica, t. XI, N 865, mayo de 1865, 129-132.

77 Vicente Martín y Manero, op. cit., t. I, cap. XII.

78 Boletín Eclesiástico, t. V, 652.

79 AAS. Libro de visitas 1855-1857, t. II, f. 142v.

80 Estanislao Raveau, op. cit.

81 Recuerdos del ex alumno Eduardo Talavera Chrisp de su estadía en el colegio entre 1865 y 1875, citados por Adolfo Etchegaray, "Los padres de los SS.CC. en Chile". La Revista Escolar de los SS.CC. N 420. Valparaíso, 20 de octubre de 1962, 60.         [ Links ]

82 Referencias sobre la orden y los colegios de Valparaíso en artículo ya citado y en Estanislao Raveau, op. cit. Vicente Martín y Manero, op. cit., t. II, cap. VII. Estanislao Raveau, El templo de los sagrados corazones de Valparaíso y sus cien años de existencia. Inédito. Viña del Mar, 1978.         [ Links ]

83 La Revista Católica, t. XIV, N 1077, de octubre de 1869, 317.         [ Links ]

84 Rafael Valentín Valdivieso, Obras Científicas..., op. cit., t. I, 527 y ss.

85 La Revista Católica. T. XIV, N 1077, 317.         [ Links ]

86 AAS, vol. 398, t. I. Carta de M. Casanova, de 20 de abril de 1870.

87 La Revista Católica, t. XV, N 1171, de octubre de 1871, 300.         [ Links ]

88 El arzobispo nombró como rector a Mariano Casanova y como vicerrector a Juan Ignacio González Eyzaguirre.

89 Ibid. T. XIV, N 1104, de junio de 1870, 541

90 Vicente Martín y Manero, op. cit, t. II, 539 y ss.

91 Boletín de las Leyes y Decretos del gobierno. Imprenta de la Independencia. Libro XII, 229-233.         [ Links ]

92 Esa determinación de los novios motivó una causa en el juzgado eclesiástico contra Carmen Blest, en cuya sentencia definitiva se determinó que la susodicha había cometido dos delitos: el de matrimonio clandestino y el de herejía. Además, tal sentencia se puso en conocimiento de las autoridades civiles para que dispusieran "lo conveniente en orden a la aplicación de las penas que las leyes nacionales han fulminado contra los delitos cometidos por la mencionada Blest". ANCH, Ministerio del Interior, vol. 209, septiembre 4 de 1845.

93 La Revista Católica, t. I, Nos 46, 47 y 48 de noviembre y diciembre de 1844.         [ Links ]

94 La Revista Católica, t. XI, Nos 775, 779, 780, 781 y 782 de junio, julio y agosto de 1863.         [ Links ]La Patria, 16 de enero, 12 de febrero y 14 de julio de 1864.         [ Links ]

95 La Revista Católica, t. V, Nos 279-281 de octubre de 1852. También hay información en el T. VI, Nos 342-345 de diciembre de 1853 y enero de 1854, respectivamente. T.VII, Nos 387 y 465, de enero de 1855 y octubre de 1856. T. IX, N 604 de septiembre de 1859.         [ Links ]El Mercurio, 4, 5 y 8 de octubre; 4, 6 y 8 de noviembre de 1852.         [ Links ]

96 Rodolfo Vergara Antúnez, Vida y obras del Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Doctor Don Rafael Valentín Valdivieso. Santiago, 1886, t. I, 182.         [ Links ]

97 La Revista Católica, t. VII, N 438 de mayo de 1856, 1483-1484.         [ Links ]

98 El Mercurio, 3 y 5 de septiembre de 1856.         [ Links ]

99 La Revista Católica, t. VIII, N 504 de julio de 1857, 2325.         [ Links ]

100 Ibid., N 512, de septiembre de 1857, 2389-2391.

101 Ibid., N 534, de 13 de marzo de 1858, 2565. También Rafael Valentín Valdivieso, op. cit., t. I, 246-258.

102 El Mercurio, 30 de marzo de 1858.

103 La Revista Católica, t. VIII, Nos 539-544 y 545 de abril y mayo de 1858.         [ Links ]

104 Al respecto pueden verse el diario La Patria de marzo de 1864,         [ Links ]El Ferrocarril de diciembre de 1869         [ Links ]y La Revista Católica de abril y julio de 1865; enero de 1866; enero y febrero de 1867; marzo y julio de 1869.         [ Links ]

105 La Voz de Chile, 14, 28 y 29 de agosto y 1 de septiembre de 1863.         [ Links ]

106 La Revista Católica, t. XI, N 786, de 5 de septiembre de 1863, 239 y ss.         [ Links ]

107 Ibid.

108 AAS, vol. 397. Carta de M. Casanova de 26 de febrero de 1872.

109 Mariano Casanova, "Circular a los señores curas, administrador de la Matriz del Salvador, De los Doce Apóstoles y del Espíritu Santo". En La relijión y la masonería. Recopilación de los principales artículos publicados en los diarios, a consecuencia de una circular sobre la Escuela Atea del Sr. Gobernador Eclesiástico de Valparaíso. Imprenta del Mercurio. Valparaíso, 1873, 4.         [ Links ]

110 Benjamín Oviedo, op. cit., 265-266.

111 Mariano Casanova, op. cit., 4-6.

112 El Mercurio, 13, 14, 16, 17 y 18 de diciembre de 1872.         [ Links ] En Mariano Casanova, op. cit., 68 y ss.

113 Rafael Valentín Valdivieso, op. cit., t. II, 358 y 359.

114 La Revista Católica, t. VIII, N 506, julio de 1857, 2341.         [ Links ]El Mercurio, 3 de junio y 9 de septiembre de 1865.         [ Links ]

115 Ricardo Donoso, op. cit., 182-186. Marco Antonio León, Sepultura sagrada....op. cit., 46-49.

116 AAS, vol 398. Carta de Casanova de 16 de enero de 1872.

117 El Mercurio, 6 de julio de 1877.         [ Links ]

118 El Mercurio, 9 de julio de 1877.         [ Links ]

119 El Mercurio, 10 de julio de 1877.         [ Links ]

120 Ricardo Donoso, op. cit., 194-196. José Clemente Fabres, Los cementerios católicos osea análisis crítico legal del decreto supremo de 11 de agosto de 1883. Santiago, 1883, 8-19 y 35.         [ Links ] Marco Antonio León, Sepultura sagrada, op. cit., 52 y ss.

121 La Patria, 21 de abril de 1864.         [ Links ]

122 Fritz Mybes, Die geschichte der aus der deutschen einwanderung nach Chile entstandenen lutherischen gemeiden und kirchen. Inédita. T. II, 7.         [ Links ]

123 Ibid., 9.

124 Adolf Wilckens, Hudert Jahre deutscher Handel und deutsche Kolonie in Valparaiso. 1822-1922. Hamburg, 1922 , 90-91.         [ Links ]

125 Fritz Mybes, op. cit., t. II, 14.

126 Juan Frey, "Los colegios alemanes en Chile". En Los alemanes en Chile. Imprenta Universitaria. Santiago, 1910, 361.        [ Links ]

127 Jean-Pierre Blancpain, Les Allemands au Chile (1816-1945). Böhlau Verlang Köln. Alemania, 1974, 608.         [ Links ]

128 Fritz Mybes, op. cit., t. II, 17-26.

129 Richard Dennett, A letter, adressed to the british residents at Valparaiso. Wm. Helfmann's Universo. Valparaíso, 1864, 4 y ss.         [ Links ] Cabe hacer notar que en 1878, la "Valparaiso Bible Society" vendió 1.670 copias de las Sagradas Escrituras, 550 de las cuales correspondían al Nuevo Testamento en español. William Taylor, op. cit., 224.

130 Reply by an Englishman to the second letter of the British Chaplain . La Patria Printing Office. Valparaíso, 1864, 3 y ss.         [ Links ]The Anual Report of the Valparíso Bible Society. Valparaíso, 1864, 8 y ss.         [ Links ]

131 AAS, vol. 396. Cartas de M. Casanova al Arzobispado, de 18 de agosto de 1868 y 30 de julio de 1869. En la segunda de ellas Casanova señala: "El cónsul inglés trajo ayer al secretario (del obispo en cuestión)... saqué en limpio que era enemigo de Trumbull, quien, por ser presbiteriano, ha puesto dificultades al obispo para su ministerio y se ha formado una gran gresca de que habló ayer La Patria nebulosamente. Las sectas aquí se dividen cada día más".

132 Bárbara Bazley, op. cit., 183.

133 Ibid., 184-186.

134 J. H. McLean, op. cit., 60.

135 Citada por Silvia Venezian, op. cit., 36.

136 W. C. Hoover, Historia del avivamiento pentecostal en Chile. Imprenta "El Esfuerzo". Santiago, s/f, 26-27.         [ Links ]

137 Ibid., 31 y ss. También, Humberto Muñoz, Nuestros Hermanos Evangélicos. Editorial Salesiana. Santiago, 1984, 157-181.         [ Links ] I. Vergara, El protestantismo en Chile. op. cit., 109-114. El movimiento surgido en Valparaíso respondía a un fenómeno de alcance mucho más general. Manifestaciones del mismo se daban en distintos lugares del mundo y de manera especial en Estados Unidos, que es donde Hoover entra en contacto con el "avivamiento" de Chicago entre 1895 y 1898. También este pastor fue muy influido por el "avivamiento" de la India, que conoció por un libro escrito por una misionera, antigua compañera de colegio de su esposa. Paulina Ossa Magaña, Explosión pentecostal chilena de 1909. Tesis de licenciatura. Instituto de Historia. Universidad Católica de Chile. Santiago, 1996, 37 y ss.         [ Links ]

138 Benjamín Oviedo, op. cit., 436-443. Alfredo Barahona, Bosquejo Histórico de la Logia Unión Fraternal N 1. 1 época 1853-1906. Santiago, 1944, 34-35.         [ Links ]

139 Oviedo, op. cit., 444-448.

140 Ibid., 514-524. Manuel Sepúlveda Chavarría, Crónicas de la Masonería Chilena (1754-1944), t. II, Ediciones de la Gran Logia de Chile. Santiago, 1993, 49-53.         [ Links ]

141 Informe del secretario de la Logia Unión Fraternal, de 1894, citado por Alfredo Barahona, op. cit., 36.

142 René García Valenzuela, Introducción a la Historia de la Francmasonería en Chile. Ediciones de la Gran Logia de Chile. Segunda edición. Santiago, 1997, 172.         [ Links ]

143 Manuel Sepúlveda Chavarría, op. cit., t. II, 161 y ss.

144 René García Valenzuela, Contribución al Estudio de la Historia del Supremo Consejo de Chile. Primera época (1870-1924). Santiago, 1969, 150 y ss.         [ Links ]También, Introducción a la Historia..., op. cit., 207-216. Alfredo Barahona, op.cit., 77-79.

145 Manuel Sepúlveda Chavarría, op. cit., t. II, 176.

146 Manuel Sepúlveda Chavarría, Un masón. El IPH Luis Navarrete y López, XXXIII. Santiago, 1969, 27-32 y 40.         [ Links ]

147 Virginia Rhode Pandolfo, Monseñor Juan Ignacio González Eyzaguirre, el Arzobispo de los Obreros. Memoria para optar al título de profesor de Historia. Santiago, 1966, 55-57.         [ Links ]

148 Ibid., 114.

149 La Revista Católica, t. XXXIII, 1917, 411-412.         [ Links ]

150 Ibid., 413.

151 Ibid., 410-411.

152 Ibid., 413-414. También, Boletín Eclesiástico, t. IX, 911.         [ Links ]

153 AAS, vol. 198, f. 224. Visita de 21 de agosto de 1888.

154 Boletín Eclesiástico, t. IX, 681-682.         [ Links ]

155 Ibid.

156 Carlos Oviedo Cavada, "El clero y la revolución de 1891. Adiciones a un estudio". Teología y Vida N 3-4. Santiago, 1981, 246.         [ Links ]

157 La Revista Católica. T. XLVI, de julio de 1924, 159.         [ Links ] Los padres Cosme, Tomás y Miguel, de la Congregación de los Sagrados Corazones de Valparaíso, también fueron desterrados a Europa por el intendente del puerto, aunque descendieron del barco en Lima, donde se quedaron hasta el término de la revolución. Ver Carlos Oviedo Cavada, "La Iglesia en la revolución de 1891". Revista Historia N° 14, Santiago, 1979, 297.        [ Links ]

158 Ibid., t. V, diciembre de 1903, 670-671.

159 AAS, vol. 199. Informe del visitador diocesano, de 27 de junio de 1896.

160 En Alfonso Calderón, Memorial de Valparaíso en los 450 años de su Descubrimiento. Ediciones Universitarias de Valparaíso. Valparaíso 1986, 375.         [ Links ] En él se educaron personas que alcanzaron notoriedad en el mundo comercial y social de Valparaíso, como Matías Rodríguez, Armando y Gastón Hamel, Arturo Besa, Alberto Leguía (futuro Presidente del Perú), Luis A. Ross, Juan E. Lyon, Ricardo y Arturo Searle, Gustavo Délano Ross, Emilio Lyon Amenábar, Humphrey Bourchier, los hermanos Arrstrong Aristía y otros. Ver Recuerdo de Valparaíso. "Teatros y actualidades". Homenaje al IV centenario 1836-1937. Imprenta Victoria. Valparaíso, 1937, 124.         [ Links ]

161 Vicente Martín y Manero, op. cit., t. I, 296-298.

162 Ibid., 313-316.

163 La Revista Católica, t XXVI, 1914, 402.         [ Links ]

164 Fernández, Carlos: "Crónica de la fundación de la parroquia del Barón". En La Revista Católica, t. XXIII, año 1919, 592-595 y 682-683.         [ Links ] Doña Juana Ross le manifestó al párroco Fernández, en 1902, que ese año ya había agotado su presupuesto de limosnas, que alcanzaba a los 500 mil pesos.

165 Boletín Eclesiástico, t X, 91 y 117.         [ Links ]

166 El Mercurio, 3 de septiembre de 1894.         [ Links ]

167La Unión de Valparaíso, 25 de marzo de 1906.         [ Links ]

168 En 1868 y 1869 se efectuaron las primeras peticiones al gobierno para crear el Obispado de Valparaíso. Ellas fueron suscritas por una comisión de señoras, por el Intendente y otras personalidades y contaron con el apoyo de El Mercurio. En 1872, volvió a plantearse el tema por una comisón de destacadas personalidades del puerto, entre las que se encontraban Agustín Edwards, Manuel Blanco Encalada, José Waddington y otros. La Unión, 26 de noviembre de 1925.         [ Links ]

169 La Revista Católica, t. XIX, de 1910, 365.         [ Links ]

170 La Unión , 27-28-29-30 de octubre de 1916.        [ Links ]

171 Ibid., 29 de octubre de 1916.

172 La Revista Católica, t.. XXXII, febrero de 1917, 324.         [ Links ]

173 Ibid., T. VIL, de febrero de 1923, 318.

174 La Unión, 19 de marzo de 1926. Inserción del administrador general de bienes del arzobispado sobre la construcción de la catedral de Valparaíso.

175 Lázaro de la Asunción, Historia de la Orden del Carmen Descalzo en Chile. Imprenta Chile. Santiago 1936, t. I, 369 y ss.         [ Links ]

176 Juan de D. Ugarte Yávar, Valparaíso 1536-1910. Imprenta Minerva. Valparaíso, 172 y ss.         [ Links ] Censos de población de 1907 y 1920.

177 AAS, vol 199. Informe del visitador diocesano de 27 de junio de 1896. Vol 201, fs. 10-12, informe de la visita episcopal de 6 de agosto de 1906.

178 El Mercurio, 20 de mayo y 23 de junio de 1880.         [ Links ]

179 Roberto Hernández, El curso de leyes de los Sagrados Corazones de Valparaíso. Fisher Hnos. Impresores. Valparaíso, 1932, 17-24.         [ Links ]

180 Ibid., 38 y ss. En 1911 se reabrió el curso de leyes del liceo, en parte, merced a la iniciativa de Valentín Letelier, y para contrarrestar lo que se consideraba una enseñanza sectaria entregada por los padres franceses. Este curso contó con subvención fiscal.

181 En 1912 se abrieron en el colegio los cursos de ingeniería y arquitectura, que estuvieron en funcionamiento hasta 1921, en que debieron cerrar por falta de financiamiento.

182 La Unión, 23 de septiembre de 1925.         [ Links ]

183 AAS, vol 203. Informe de la visita diocesana de 1924.

184 Irven Paul, op. cit., 98.

185 Wallis Hunt, Heirs of great adventure. The History of Balfour, Williamson and Company Limited. Londres, 1951.        [ Links ]

186 The Chilian Times, 28 de marzo de 1877.         [ Links ]

187 Silvia Venezian, op. cit., 36.

188 Fritz Mybes, op. cit., t. II, 17-18.

189 Jean Baptiste Kessler, A Study of the Older Protestant Missions and Churches in Peru and Chile. Goes, Netherlands, Oosterbaan & Lecointre, 1967,         [ Links ] citado por Venezian, Silvia: op. cit., 32. También, Christian Lalive d'Epinay, El Refugio de las Masas. Estudio Sociológico del Protestantismo Chileno. Editorial del Pacífico. Santiago, 1968, 363.         [ Links ]

190 Maximiliano Salinas, Canto a lo divino y religión del oprimido en Chile. Ediciones Rehue, s/l/f, 38.         [ Links ]

191 Citado por Christian Lalive d'Epinay, op. cit., 38.

192 El 6 de enero de 1904 se inauguró una imagen en bronce del Salvador, de quince metros de altura. La Revista Católica, t. V, N 60, de enero de 1904, 785-787.         [ Links ]

193 Boletín Eclesiástico, t. VI, año 1878, 623-624.         [ Links ]

194 La Unión, 13 de julio de 1915. También, 4 de abril de 1915.         [ Links ]

195 Hasta mediados de la década de 1860 también salían procesiones de otros templos, tales como San Francisco, Los Doce Apóstoles, La Merced, etc.

196 La Unión, 4 de septiembre de 1885.         [ Links ]

197 La Unión, 5 de noviembre de 1895.         [ Links ]

198 El Mercurio, 8 de noviembre de 1865.         [ Links ]

199 La Unión, 6 de noviembre de 1925.         [ Links ]

200 La Patria, 9 de diciembre de 1864.         [ Links ]

201 La Unión, 9 de diciembre de 1925.         [ Links ]

202 La Unión, 9 de diciembre de 1885.         [ Links ]

203 Zig-Zag, 11 de septiembre de 1915.         [ Links ]

204 Vicente Blasco Ibáñez: La barraca. Edit. Prometeo. Valencia, 1898. 231, 235-249.         [ Links ] Referencias sobre esta costumbre en Andalucía, en Maximiliano Salinas, op. cit., 252.

205 El Mercurio, 18 de abril de 1865.         [ Links ]

206 El Mercurio, 24 de abril; 27 y 28 de noviembre de 1856.         [ Links ]

207 Ibid., 27 de noviembre de 1856. Marco Antonio León, "Un encuentro de vivos. Una fiesta de muertos. Aproximaciones al velorio en Chile, siglos XIX - XX". Revista Chilena de Historia y Geografía, N 161, 1994 - 95, 234 y 55.         [ Links ]

208 El Mercurio, 2 de julio de 1855.         [ Links ]

209 El Mercurio, 8 de julio de 1844.         [ Links ] Roberto Hernández, Valparaíso en 1827. Imprenta Victoria. Valparaíso, 1927, 170-172.         [ Links ]

210 El Mercurio, 2 de julio de 1855.         [ Links ]

211 Zig-Zag, 20 de julio de 1912.         [ Links ]La Unión, 30 de junio de 1915, 28 y 30 de junio y 1 de julio de 1925, 29 y 30 de junio de 1930.         [ Links ]

212 María Graham, Diario de mi Residencia en Chile. Editorial Francisco de Aguirre. Santiago, 1988, 60-61.         [ Links ]

213 En 1844, El Mercurio señala que al término de la procesión, para seguir divirtiéndose, se organizaron unas regatas entre tres balleneras (8 de julio). En 1872, Mariano Casanova intentó suspender la procesión porque en los años anteriores no pudo hacer guardar el orden deseado. En todo caso, el periódico agrega al respecto que "en los últimos años no ha habido los desórdenes de otros tiempos" (El Mercurio, 25 de junio de 1872).         [ Links ] También, Rámon Vial, Costumbres chilenas. F. Becerra editor. Santiago, 1907, 111-112. Vicente Martín y Manero, op. cit., t. I, 129.         [ Links ]

214 Empero, Julio Caro Baroja sostiene (El Carnaval. Taurus. Madrid, 1984, 147)         [ Links ] que la Navidad formaba parte del ciclo del carnaval. No obstante, la celebración hispana tenía un carácter esencialmente privado y se ponía énfasis en la gran cena familiar. En el Chile colonial, para las fiestas religiosas, en el campo se acostumbraba a instalar ramadas, vender comidas y bebidas alcohólicas y a pasar la noche cantando y bailando. También hay referencias a la realización de bailes en la celebración de la Navidad en las ciudades y a la costumbre de ejecutar cantos burlescos en la misa de Noche Buena y de erigir nacimientos en las casas, con el objeto de atraer al vecindario. Esas prácticas fueron condenas por la autoridad eclesiástica; sin embargo, todo parece indicar que algunas se mantuvieron en el tiempo y que incluso las del campo pasaron a la ciudad. Ver Synodo diocesana que celebró el ilustrisimo señor Doctor Manuel de Alday y Aspee. Obispo de Santiago de Chile, del Consejo de su Magestad, en la Iglesia catedral de dicha ciudad, 1763. Lima 1874.         [ Links ] Tit. XI, const. VI; tit. XII, const. VII; tit. XV, const. IV. También sínodo del obispo Carrasco de 1688, cap. X, const. VIII.

215 Boletín Eclesiástico, t. I, 223.         [ Links ]

216 El Mercurio, 22 y 25 de diciembre de 1855.         [ Links ]

217 Ibid, 26 de diciembre de 1856.

218 La Unión, 24 de diciembre de 1885.         [ Links ]

219 El Mercurio, 18 de diciembre de 1865 y 26 de diciembre de 1856.         [ Links ] A veces también se realizaba ese tipo de bailes en el parque Municipal, como, por ejemplo, en 1879.

220 El Mercurio, 21, 24 y 26 de diciembre de 1864.         [ Links ]

221 El Mercurio, 26 de diciembre de 1864.         [ Links ] También se instalaban venteras en la plaza Echaurren, a veces con autorización municipal y otras sin ella.

222 El Mercurio, 27 de diciembre de 1883.         [ Links ]

223 El Mercurio, 26 de diciembre de 1865 y 21 de diciembre de 1883.         [ Links ]

224 La Unión, 25 y 26 de diciembre de 1925.         [ Links ]El mercurio, 24 y 26 de diciembre de 1930.         [ Links ]

225 El Mercurio, 9 de junio de 1856.         [ Links ]

226 El Mercurio, 25 de junio y 4 de julio de 1864 y 15 de junio de 1865.         [ Links ]

227 El Mercurio, 15 de junio de 1865.        [ Links ]

228 La Unión, 5 de junio de 1885.         [ Links ]

229 La Unión, 15 de junio de 1906.         [ Links ]

230 El Mercurio, 11 y 12 de junio de 1925.         [ Links ]La Revista Católica, t. LIV, N 638 de junio de 1928, 923.         [ Links ]La Unión, 19 y 20 de junio de 1930.         [ Links ]

231 Recaredo Tornero, Chile Ilustrado, op. cit., 458.

232 Ibid. También, El Mercurio, 14 de abril de 1846.         [ Links ]

233 Las matracas eran artefactos de madera, con aspas y mazos, que al hacerse girar producían un fuerte ruido. Se utilizaban en Semana Santa en lugar de las campanas.

234 El Mercurio, 22 de marzo de 1856.         [ Links ]

235 El Mercurio, 24 de marzo de 1880.         [ Links ]La Unión, 4 de abril de 1926.         [ Links ]

236 Julio Caro Baroja, op. cit., 140-141.

237 El Mercurio, 14 de abril de 1846.         [ Links ]Zig-Zag, N 373 de 13 de abril de 1912. La Unión, 4 de abril de 1915 y 4 de abril de 1926.         [ Links ]El Mercurio, 16 y 20 de abril de 1930.         [ Links ] La función de la quema de Judas en Los Doce Apostóles se efectuaba en la calle Chillán.

238 La Unión, 12 de abril de 1906.         [ Links ] También, La Union, 1 de abril de 1885; 11 de abril de 1895, y 4 de abril de 1926.         [ Links ]El Mercurio, 19 de abril de 1930.         [ Links ]

239 La Unión, 2 de abril de 1926.         [ Links ]

240 El Mercurio, 4 de abril de 1865.         [ Links ] Por otra parte, fue una constante a lo largo de todo el siglo XIX el viaje a Quillota de numerosos fieles, jóvenes y cargadores del puerto en especial, para participar en la famosa procesión del Pelícano. El Mercurio, 18 de marzo de 1856.         [ Links ]

241 El Mercurio, 21 de abril de 1930.         [ Links ]