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ARQ (Santiago)

versão On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.96 Santiago ago. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962017000200108 

Lecturas

Santiago de Chile en torno a 1850. El plano de planta urbana como instrumento revelador de su forma general

Germán Hidalgo 1   , José Rosas 2   , Wren Strabucchi 3  

1 Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile. ghidalgb@uc.cl

2 Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile. jrosasv@uc.cl

3 Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile. wstrabuc@uc.cl

Resumen:

Como un instrumento arquitectónico que desmaterializa la disposición física de las cosas llevándolas - por medio de la abstracción - al mundo de las ideas, un plano puede entenderse como la hipótesis de una posibilidad aún no comprobada. Tal como describe este texto, dibujar un plano del pasado supone entonces construir una hipótesis de algo improbable. Así, por medio de este instrumento abstracto, aparece una realidad hasta ahora inexistente que no sólo hace avanzar el conocimiento, sino que también demuestra la potencia de los instrumentos de la arquitectura.

Palabras clave: representación; dibujo; ciudad; hipótesis; historia

(…) la cartografía adquirió su momento más teórico, cuando plantas de continentes o de ciudades, más que describir la realidad la definían, capaces de inventar y proponer el universo en el acto mismo de reproducirlo.

Solà-Morales, 1980

Útiles a la hora de estudiar la formación histórica de las ciudades y los procesos que definen la organización territorial, los mapas y planos también son instrumentos que permiten fijar una idea de totalidad respecto a la estructura, morfología y funcionamiento de una ciudad (Figura 1); es decir, su forma general . Este artículo presenta un trabajo que ha enfrentado un doble desafío: primero, construir un plano de un momento específico de la historia de Santiago de Chile (alrededor de 1850) y segundo, definir qué tipo de plano es, lo que implica darle un nombre y definirlo, sin olvidar que se trata de un plano que representa las condiciones de una ciudad hace 170 años.

Fuente: fondecyt nº 1150308

Figura 1 Plano de Santiago de 1850. Escala publicada 1: 5.000. Fragmento. 

De acuerdo a la literatura sobre el tema (Secchi, 1941; Peña Otaegui, 1944; Echaiz, 1975; Romero, 1984; De Ramón, 1985 y 2000), se trata de un momento único en la historia de Santiago, ya que la ciudad empieza a delinear un nuevo estadio de desarrollo - la modernización republicana - que madurará durante la intendencia de Benjamín Vicuña Mackenna y culminará con las celebraciones del Centenario (Parcerisa & Rosas, 2015). En efecto, hacia 1850 comienza a aparecer en Santiago una arquitectura distinta junto a nuevos espacios urbanos destinados a acoger y representar la nueva realidad social, política y cultural (Collier, 2005; Secchi, 1941; Rosas et al, 2016). Sin embargo, la ciudad carecía de un plano capaz de representar de forma nítida y veraz el proceso en el que buscaba establecerse como capital de la República de Chile. Esta coyuntura hace de la década de 1850 un momento privilegiado para construir un plano de planta urbana que permita visibilizar su forma general.

El instrumento cartográfico capaz de lograr este objetivo supone características específicas. Para precisarlo, partimos denominándolo ‘plano de planta urbana’. Ello obedece a requerimientos cuantitativos y cualitativos, es decir, de exactitud y carácter. Buscamos además compatibilizar la representación de la generalidad (más propia de los planos) con el detalle (inherente a la planta). Así, tanto el encuadre de la ciudad y su territorio como la escala a la que se muestran los hechos del territorio, la ciudad y la arquitectura, definen el tipo de representación y, por ende, la capacidad de fijar una idea de ciudad.

Hay referencias que ayudan a comprender las cualida des de estos instrumentos. El plano de Imola, realizado en 1502 por Leonardo Da Vinci, es quizás uno de los más significativos y se le puede considerar uno de los prime ros de este tipo . Por su carácter de plano paradigmático y de obra de arte, igualmente se debe considerar el plano de Roma de 1743 de Giambattista Nolli (Rowe, 1979). Asimismo, el plano de Madrid del Instituto Geográfico y Estadístico de 1872-1874 también se ajusta a esta de finición de plano de planta urbana, introduciendo la impronta ingenieril y representando, con ello, los valo res culturales y alcances epistemológicos del siglo xix . Santiago nunca contó con uno de estos planos, a pesar de que ya eran utilizados en Europa (Figura 2).

Fuente: (2a) Leonado da Vinci. I manoscritti e i disegni di Leonardo da Vinci. I disegni geografici, conservati nel Castello di Windsor. Roma: La Libreria dello Stato, 1941. / (2b) Giambattista Nolli. Rome 1748: Roma: la pianta grande di Roma. New York: J. H. Aronson, 1991. / (2c) Instituto Geográfico y Estadístico. Cartografía básica de la ciudad de Madrid 1872-1874. Madrid: Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, 1979.

Figura 2 (2a) Leonardo da Vinci. Plano de Imola, Italia, 1502. Escala 1: 4.300.Fragmento. (2b) Giambattista Nolli. Plano de Roma, Italia, 1748. Escala 1: 2.900. Fragmento. (2c) Instituto Geográfico y Estadístico de España. Plano de Madrid, España, 1872-1874. Escala 1: 2.000. Fragmento. 

Como creación cultural, estos instrumentos cuestionan los límites de lo visible y priorizan una imagen gobernada por el intelecto . En este sentido, la planta no representa la percepción de algo, ni una visión captada por algún artefacto fotográfico capaz de visibilizar cuestiones imposibles de apreciar a través de la percepción humana. La planta representa los elementos perceptibles del medio circundante - un edificio, una plaza, una calle - abstrayéndolos y transfiriéndolos a un soporte bidimensional. La planta permite comprender, de manera simultánea, lo que efectivamente está distante en el espacio y los lugares que se han conocido en el tiempo. Lo fundamental es que funcionan como plantas de arquitectura (Desimini & Waldheim, 2016), permitiendo reconocer y comprender la forma general de la ciudad y, con ello, el campo de ideas que las anima.

La construcción del plano de planta urbana de Santiago a 170 años

Este plano intenta resolver la discordancia entre la car tografía de la época y la realidad de la ciudad a la fecha de estudio, dado que la cartografía urbana de Santiago durante el siglo xix es limitada en sus alcances y con tenidos (Martínez, 2007). En ella encontramos planos de diversa calidad: desde los realizados por viajeros de comienzos de siglo como Peter Smidtmeyer (1824) y John Miers (1826), que repitieron la misma información im precisa e incompleta de aquellos del siglo xviii (Frezier, 1714; Molina, 1776; Sobreviela, 1793), hasta el de Claudio Gay de 1831 que fue el primero que se formó en base a un levantamiento científico, aunque incompleto por su encuadre general y el tipo de información entregada (González, 2007). De él se derivaron otros que ampliaron el encuadre e introdujeron plantas arquitectónicas esque máticas de los principales edificios. Es el caso del plano de Herbage de 1841 que, por otro lado, retrocedió en su definición geométrica, al igual que el de Gilliss, publicado en Washington en 1855. El plano de Esteban Castagnola de 1854, por su parte, además de refinar y precisar las plantas de los edificios fue el primero en mostrar el avan ce que ya había experimentado la ciudad hacia el ponien te, incluyendo la Quinta Normal de Agricultura (creada casi veinte años antes). Sin embargo, este plano mantuvo fijo el encuadre de la ciudad por el sur en las inmedia ciones del canal San Miguel, en circunstancias que la Penitenciaría y el Matadero ya habían sido instalados en las cercanías del zanjón De la Aguada algunos años antes. Hubo que esperar hasta la década de 1860 para tener un plano más coordinado con los hechos urbanos del mo mento. Esto lo logró el plano de Teófilo Mostardi-Fioreti de 1864 que amplió el encuadre hacia la zona sur con la incorporación de la Penitenciaría y el Campo de Marte, aunque no el Matadero, una infraestructura urbana que recién será representada en el plano de Santiago de 1875 de Ernesto Ansart. La definición geométrica alcanzada por este último plano lo hace esencial para una aproxi mación verosímil al Santiago del siglo xix, a pesar de que superpone plano y plan (lo que vuelve un tanto ambigua su lectura), y de que introduce vistas de lugares y edificios que ocultan información planimétrica.

La representación cartográfica más precisa de Santiago se realizó a fines del siglo xix: el levantamiento del ingeniero Alejandro Bertrand, de cuya monumental obra sólo han permanecido los dibujos de las calles de Santiago representadas, individualmente, a escala 1: 200 (Bertrand, 1890). A pesar de su indudable calidad y preci sión, este levantamiento quedó limitado a la descripción del espacio público, dejando postergada la representación de las propiedades particulares de las que sólo se con signa la línea oficial y el punto en donde se produce la subdivisión predial. Del espacio privado dio cuenta, dos décadas más tarde, el Catastro de Manzanas emprendido por la Municipalidad de Santiago a partir de 1910 con el fin de realizar la tasación de las propiedades y cobrar los impuestos respectivos. En él podemos encontrar una descripción certera de cada propiedad en términos de su superficie, materialidad y altura. Sin embargo, dado su específico objetivo, este catastro no recogió información de las instituciones públicas ni de la Iglesia, casos en los que el predio aparece vacío. Finalmente, el plano del valle de Santiago realizado por el Ejército en 1895, y que posteriormente siguió perfeccionado en escala 1: 25.000, entrega información muy precisa sobre el entorno rural (González, 1998; Instituto Geográfico Militar, 2004).

Así, los alcances y logros de las cartografías históricas sobre Santiago en el siglo xix son relativos, presentando fortalezas y debilidades; no obstante, se complementan y potencian como conjunto. Por ello, el desafío de construir un plano de planta urbana de Santiago de Chile en torno a 1850, entendido como instrumento para precisar y pro fundizar en el conocimiento de un momento de inflexión en su desarrollo urbano, encontró en dichas cartogra fías importantes antecedentes. Pero a la vez implicó un método de trabajo basado en el acoplamiento de piezas, partes y fragmentos provenientes de distintos soportes: planimétricos, iconográficos y documentales. Por ello, al proceso resultante lo hemos denominado ‘construcción cartográfica’, pues se trata de producir un plano que, en la práctica, nunca existió en su grado de detalle (la escala 1: 5.000) y cuyo encuadre alcanza una gran amplitud: el Cementerio General por el norte; el zanjón De la Aguada por el sur; el nuevo Hospital de Mujeres por el oriente; y la Estación Central y la Quinta Normal de Agricultura por occidente. En gran parte, esta construcción se realizó articulando aquellas evidencias que las mismas cartogra fías históricas suministran y que recíprocamente confir man (Lavedan, 1926; Pöete, 2015).

Este nuevo plano se sustenta en una doble hipótesis. La primera propone que el plano en sí mismo es una hipótesis metodológica, pues se construyó en base a la deconstrucción de los planos de calles de 1890 y de manzanas de 1910, con el apoyo de la cartografía histórica, planimetría arquitectónica y material iconográfico (Figura 3).

Fuente: (3a) fondecyt nº 1085253 / (3b) fondecyt nº 1110684. / (3c) fondecyt nº 1150308

Figura 3 (3a) Plano de Santiago de 1910. Escala 1: 5.000. Fragmento. (3b) Plano de Santiago de 1890. Escala 1: 5.000. Fragmento. (3c) Plano de Santiago de 1850. Escala 1: 5.000. Fragmento. 

La segunda sostiene que, en torno a 1850, Santiago se encontraba en una fase previa a su modernización republicana. Esta hipótesis se sustenta en las siguien tes evidencias: alrededor de 1850, Santiago comienza a extenderse hacia el sur debido a las infraestructuras de canalización de las aguas que aparecen gracias a la creación del canal San Carlos; en su casco funda cional se instalan instituciones sociales, culturales y políticas que, con sus edificios, establecen un nuevo sistema de espacios urbanos con plazas y plazuelas; en las periferias surgen las primeras villas, poblaciones y barrios, cada uno con una matriz formal diferente a la fundacional; y, finalmente, se construyen las primeras infraestructuras urbanas en sitios alejados de la ciudad con una escala, morfología y lenguaje arquitectónico singular y ajeno a los modelos vigentes en ese entonces.

Las evidencias que sustentan esta segunda hipótesis han sido clave en la definición y construcción del plano, convirtiéndolo en el soporte donde se verifican estas relaciones dialécticas: hipótesis que permiten articular evidencias y evidencias que permiten formular nuevas hipótesis. Finalmente, el dibujo ha sido el instrumento que ha permitido establecer estas relaciones a través de su capacidad de describir y seleccionar (Solà-Morales, 1980).

En términos metodológicos, la construcción del plano se organizó de acuerdo a tres dimensiones: dimensión rural y territorial, dimensión urbana y dimensión arquitectónica.

En primer lugar, el entorno rural y la escala del terri torio constituyen un aspecto fundamental del plano de Santiago de 1850 por la incidencia que este tenía en la vida urbana. Para su definición se utilizaron las carto grafías del valle de Santiago realizadas por el Ejército en 1895 y en 1908. En este caso, el proceso de desmantelamiento y regresión consistió en transformar sitios urba nos en rurales, para lo cual fue fundamental el plano de Santiago de 1910 (Figura 4). En otros sectores sólo se ne cesitó transcribir literalmente la información desde los planos del Ejército, ya que, para 1910, aún no habían sido urbanizados (es el caso de los bordes norponiente y sur de la ciudad). Ello ha permitido definir caminos rurales, callejones y distintos tipos de propiedades y usos de sue lo rural, configurando una imagen inédita de Santiago. En efecto, el plano permite asistir a un momento sin gular del desarrollo urbano de Santiago: cuando deja de ser una pequeña ciudad rodeada de ruralidad, como se ve en el plano de Herbage de 1841, y experimenta una etapa de transferencia entre campo y ciudad.

Fuente: fondecyt nº 1085253, fondecyt nº 1150308

Figura 4 Fases de la construcción del Plano de Santiago de 1850. Dimensión rural. Sector norte. a) Fragmento del Plano del Valle de Santiago, realizado por el Ejército en 1895; b) Fragmento propuesto para el Plano Santiago de 1850; c) Polígono de estudio; d) Polígono de estudio extraído del Plano de Santiago de 1910; e) Superposición de polígonos de 1850 y 1910.  

En segundo lugar, la dimensión urbana implicó estructurar el plano; es decir, fijar y adecuar la trama de calles y espacios urbanos para lo cual fueron esenciales los planos de calles de Alejandro Bertrand de 1890. Ello supuso la deconstrucción de los planos históricos, dán doles un papel clave en el desmantelamiento regresivo que condujo hasta 1850. Sin duda, los planos de calles de 1890 entregan información confiable referida al trazado y dimensionamiento de las mismas, que en ese período de cuarenta años, 1850-1890, muy probablemente su frieron pocas modificaciones sustanciales. Además de proveer información sobre el espacio público, los planos de calles aportan indicios de la subdivisión predial por medio de la proyección, en la línea oficial, de la media nería y señalan el punto de salida de las acequias al es pacio público. Para completar la información de lo que ocurría al interior de las manzanas se acudió al Catastro de 1910 realizándose, esta vez, un proceso de regresión de sesenta años. A partir de estas evidencias, la propues ta de la subdivisión de la manzana se convierte, a su vez, en una nueva hipótesis (Figura 5).

Fuente: fondecyt nº 1150308

Figura 5 Fases de la construcción del Plano de Santiago de 1850. Dimensión urbana, ejemplo de una manzana del sector central. a) Plancheta Catastro de Manzanas de 1910; b) Vectorización de la manzana de 1910; c) Manzana resultante del montaje de planos de calles de Alejandro Bertrand de 1890; d) Manzana propuesta para el plano de Santiago de 1850. 

Por último, la dimensión arquitectónica requirió adecuar la planta de arquitectura de los edificios que albergaban instituciones vigentes a la fecha en su res pectivo lote y en su definición tipológica y espacial. En la adaptación al lote fue clave la cartografía histórica y las vistas de la ciudad, material desde el cual se extrajeron evidencias que permitieron proponer una configuración posible. Para la definición tipológica y espacial se acudió a planimetría proveniente de distintas fuentes. A partir de estas evidencias, cada planta se sometió a un pro ceso de reducción que permitiese sintetizar sus rasgos tipológicos, estructura espacial y posibles usos, a la luz de relaciones del tipo lleno/vacío o figura/fondo. La ho mologación generada por esta forma de graficar realza las diferencias y hace más notorias las cualidades de los nuevos edificios que, situados varios de ellos en el campo - como la Penitenciaría, el Matadero, la Escuela Normal de Preceptoras, la Casa de Orates, o el nuevo Hospital de Mujeres - advierten sobre el cambio que estaba experi mentando la capital. A través de este método también se evidencia la identidad programática de estas institucio nes, al hacer visibles relaciones espaciales y morfologías más complejas. El encaje de toda esta arquitectura en el plano reafirma la forma del lote y la manzana o paño en que se inserta; pero, además, permite representar la ciudad desde las continuidades espaciales (el vacío) y las presencias materiales (el lleno) (Figura 6).

Fuente: fondecyt nº 1150308

Figura 6 Fases de la construcción del Plano de Santiago de 1850. Dimensión arquitectura; ejemplo, Iglesia de la Compañía. Arriba: Manzana de la Iglesia de la Compañía, en diversos planos históricos. Abajo: a) Manzana vectorizada; b) Manzana con información sintetizada; c) Manzana representada en lleno-vacío. 

Desmontando la imagen de una ciudad unitaria y uniforme

Develar la forma general de Santiago hacia 1850 requirió distinguir el nuevo tipo de arquitectura y los atributos de escala y significado de los elementos y piezas que hicieron mutar su espacialidad colonial, mientras se buscaba una comprensión geohistórica (Soja, 2008) del espacio urbano y, en consecuencia, de los procesos de urbanización y crecimiento en el territorio. Para tal efecto fue necesario visualizar de manera simultánea la dimensión territorial, urbana y arquitectónica de la ciudad. Dicha categorización ha determinado el encuadre, la legibilidad del plano y, además, el orden de su lectura.

La ciudad y el mundo rural: hacia un orden territorial mixto

El escenario dual en que se definen la ciudad central y las nuevas periferias urbanas (De Ramón, 1985) configura una forma de crecimiento discontinuo (Figura 7). Sin em bargo, en este proceso, el orden derivado de la cuadrícula fundacional seguirá ocupando una posición central den tro del territorio. Y aunque la ciudad se conecta con los núcleos periféricos, queda claro que la separan torrentes, canales y acequias; estos elementos explican la segrega ción territorial, pero también su carácter mixto.

Fuente: fondecyt nº 1150308.

Figura 7 Plano de Santiago de 1850. Ciudad Central y territorio mixto, rural-urbano. 

El plano confirma que, tres siglos después de la funda ción, el tejido cuadricular sigue fuertemente determina do por caminos que desde sus inicios lo conectaban con el territorio, además de los cursos de agua y su lógica de captación y distribución tanto para el consumo urba no como para el regadío agrícola (Piwonka, 1999). Por su parte, la jerarquía de la vialidad de conexión entre distintas áreas - como la calle San Pablo y Camino de Valparaíso, la Alameda de Matucana, Alameda de Carreras de Yungay, Calle de la Ollería, Calle de San Diego Viejo, Alameda de la Cañadilla y Alameda de la Recoleta, entre otras - dota a la ciudad de una estructu ra urbana de escala intermedia.

El nexo entre la ciudad central y el territorio queda articulado por un conjunto de elementos como los tajamares y su paseo, ejecutados hacia 1804 a lo largo de una treintena de manzanas como defensa a las crecidas del torrente, y la significación que aún tiene el puente de Cal y Canto, construido en 1780 para conectar los barrios de la Chimba con el sector central. Los tajamares, además, imponen disciplina al borde norte de la ciudad y a la voluntad de regularizar la forma de sus unidades de relleno (Figura 8).

Fuente: Gilliss, James Melville. u.s. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere during the Years 1849-‘50-‘51-‘52. Washington: A. O. P. Nicholson Printer, 1855.

Figura 8 Tajamares del río Mapocho y paseo. Detalle de la vista panorámica de Santiago desde el cerro Santa Lucía, c.1850. Dibujo de E. R. Smith, Litografía de Thomas S. Sinclaire. 

La zona norte de la ciudad, fuertemente determinada por el cauce del Mapocho y que aún no registra muchas edificaciones, presenta una configuración urbana en tor no a La Cañadilla y la calle de La Recoleta, mezclada con predios agrícolas. El puente de Cal y Canto y el puente de Madera, junto con los tajamares, señalan la voluntad de urbanizar el torrente y de conectar la trama de la ciudad central con los dos caminos que la vinculaban al terri torio. Estos caminos integran, además, al cerro Blanco y el Cementerio General con el sector central. A grandes rasgos, esta lectura señala un disciplinamiento espacial de la zona denominada La Chimba, propiciado por la ins talación del Cementerio General y la posterior aparición de la población Ovalle.

Un aporte significativo en la ordenación del centro fue la transformación en paseo urbano de la acequia de Nuestra Señora del Socorro y posterior Alameda de las Delicias en 1820 (Pérez, 2016). Sumado a ello, se produjo su prolongación al oriente como Alameda del Carmen y el proceso de expansión y urbanización de los terrenos hacia el sur, pero también hacia el oriente del cerro Santa Lucía.

Los nuevos tejidos urbanos localizados en las perife rias (villa Yungay, población Ovalle y barrio Matadero) son expresiones materiales de la transformación de la ciudad y de nuevas formas de habitar (Rosas et al, 2016) a las que hay que agregar piezas urbanas como la Quinta Normal, asociada a la Escuela Normal de Preceptores y la Escuela de Artes y Oficios; el Campo de Marte, cercano a la Penitenciaría de Santiago, el Cuartel de Artillería y el Presidio Urbano; el Cementerio General y la Casa de Orates, sumados a las iglesias y conventos del sector; y la Estación de Ferrocarriles, en proyecto en esa época. Todas ellas constituyen zonas de interés específicas que, sin duda, orientaron el posterior crecimiento de la ciudad (Figura 9).

Fuente: fondecyt nº 1150308.

Figura 9 Plano de Santiago de 1850. Piezas urbanas sobre territorio mixto: 1. Chimba; 2. Quinta Normal de Agricultura; 3. Campo de Marte; 4. Matadero; 5. Nuevo Hospital de Mujeres. 

El trazado del ferrocarril y la Estación Central, la exten sión hacia el poniente de la Alameda de las Delicias y el trazado perpendicular denominado Alameda de San Juan, más tarde conocido como Alameda de Matucana y que conectaba con el camino a Valparaíso, jugarán un papel fundamental. En efecto, por su localización, la Estación Central se configurará como umbral y puerta de entrada a la ciudad y, por su envergadura y mate rialidad, en un signo de modernización y atributo de capitalidad. Su articulación y conexión con la Quinta Normal y con la villa Yungay, y la extensión de casi un kilómetro de su patio de maniobras, establecerá en el sector poniente de la ciudad un nuevo borde lineal, que se convertirá en décadas posteriores en un tramo clave del ferrocarril de circunvalación y de la forma general de la ciudad del centenario. Este avance de la ciudad sobre el territorio circundante se debe entender en un amplio contexto de política nacional que lo explica y fundamenta. En la misma época, conscientes de la escala territorial en que debían ejercer sus facultades, las autoridades de gobierno comisionaron primero a Claudio Gay y después a Amado Pissis para realizar un levantamiento del territorio nacional con vistas, entre otras cosas, al trazado de líneas de ferrocarril.

La ciudad central y la intensificación del manzanero

En torno a 1850 la traza regular que organizó la ciudad central desde el ciclo fundacional se conserva alrededor de los mismos límites, manteniendo las acequias como redes de distribución domiciliaria. De todas formas, en este período se registraron diversas iniciativas para mejorar su funcionamiento y el espacio urbano, incluyendo la apertura y rectificación de algunas calles como el tramo de Moneda, entre las actuales Bandera y Ahumada, que contribuyeron a la reforma y densificación del sector central.

No obstante, el plano confirma que la ciudad central sigue limitada hacia el norte por el torrente del Mapocho; al poniente por el canal de Negrete, donde desaguan las acequias del manzanero central; hacia el sur por el canal de San Miguel, cuyas aguas escurren hacia el zanjón De la Aguada; y hacia el oriente por el cerro Santa Lucía. Como consecuencia, en sus cuatro costados surgieron asentamientos informales que se entremezclaron con el espacio rural configurado por hijuelas, chacras y quintas, donde se localizaban sectores sociales medios y pobres .

En este contexto, la forma general de la ciudad en torno a 1850 difícilmente se puede seguir identificando sólo con la cuadrícula y el emplazamiento original de época colonial, cuando mantuvo una imagen unitaria y compacta. Por el contrario, a mediados del siglo xix la forma general definió un contexto espacial caracterizado por la presencia de nuevas piezas urbanas no articuladas que se localizaron en las periferias, traspasando los límites de la ciudad fundacional por sus cuatro costados y haciendo que el suelo urbano se imbricara con el rural, en una configuración territorial de mayor escala, tamaño y complejidad (Figura 10).

Fuente: Gilliss, James Melville. u.s. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere during the Years 1849-‘50-‘51-‘52. Washington: A.O.P. Nicholson Printer. 1855.

Figura 10 Relación campo-ciudad en Santiago de Chile en torno a 1850. Detalle de la Vista Panorámica de Santiago desde el cerro Santa Lucía, c.1850. Dibujo de E. R. Smith, Litografía de Thomas S. Sinclaire. 

La realidad de la otrora ciudad unitaria y uniforme ha dado lugar a una pluralidad de nuevas urbanizaciones y edificaciones en todas las direcciones del territorio, que se mezclan con el campo hacia las periferias rurales inmediatas. Ello manifiesta el abandono del modelo basado en la extensión y continuidad de la trama, hecho que la cartografía histórica de Santiago del siglo xix invisibilizó o no supo mostrar (Figura 1). El plano que pre sentamos deja en evidencia, pues, la existencia de nuevas formas de habitar desarrolladas con una modulación distinta en términos de tejido urbano y, consecuente mente, por modos o mecanismos de mercado de la pro piedad rural y su transformación en suelos urbanos .

Sin embargo, este proceso de fragmentación espacial de las periferias, y como consecuencia del auge eco nómico derivado de la minería, la forma de la ciudad central - cuyos límites estaban bien definidos en 1831 como muestra el plano de Claudio Gay y que Vicuña Mackenna llamó la ‘ciudad propia’ - evidencia la conso lidación del manzanero central donde nuevos edificios públicos, residencias particulares y edificaciones religio sas lo densificaron e intensificaron los usos de suelo. En este período también se llevan a cabo iniciativas legales de ordenación de la forma y regulación del uso del suelo de las ciudades. Gurovich (2003) destaca el ordenamien to de las actividades urbanas del intendente De la Barra de 1844 y posteriormente la Ley de Organización y Atribuciones de las Municipalidades de 1854.

Nuevos tipos y programas arquitectónicos

Los nuevos equipamientos públicos que ocuparon la extensión de las manzanas complementan las subdivi siones prediales de menor tamaño que suponía el uso residencial. Edificios como el Palacio de la Moneda, convertido en sede de Gobierno en 1848, los nuevos edi ficios anexos a la Catedral, los pasajes Bulnes y Tagle, el Mercado de Abastos, el Teatro de la Universidad, la sede de la Cámara de Diputados y el edificio del Consulado como sede del Senado, entre otras, dibujan una nueva trama de espacios e introducen nuevos pro gramas que involucran transformaciones del espacio público y la estructura de calles, constituyéndose como lugares de nueva centralidad. Junto a estos edificios, que vinieron a renovar la imagen del ‘palacio’, convi vían a la distancia construcciones de otro tipo de esca la, programa y morfología.

La ciudad central no sólo aumentó el número de edi ficaciones, sino que reforzó el rol de las parroquias urba nas, registrando nuevas iglesias, capillas y colegios. A las existentes se agregaron la parroquia de San Saturnino, vinculada a la formación de la villa Yungay, y la capilla de la Veracruz, en construcción desde 1852, que permitió ordenar y resignificar el triángulo formado por el río Mapocho, la Cañada y el cerro Santa Lucía.

Junto con estas nuevas edificaciones, la ciudad regis tra microestructuras fuera de sus límites, cuyos nuevos trazados ya no se rigen por la extensión de la cuadrícula fundacional y cuya geometría y localización constituyen cambios que anticipan la modernización definitiva de Santiago (lo que ocurrirá hacia 1910 con la celebración del centenario de la República). No obstante sus diferen cias con el trazado y construcciones del tejido urbano colonial, estos cambios de tamaño y materialidad man tienen las constantes morfológicas y el predominio del orden regular, lo que permite afirmar que se trata de variaciones de la geometría de ocupación del suelo que construyó la ciudad en etapas anteriores.

Igualmente, la extensión de ciertas calles y la disposición de nuevos edificios en el territorio con programas de política e higiene pública - como el nuevo Hospital de Mujeres, el Cementerio General, el Matadero, la Penitenciaría de Santiago, el Campo de Marte y la Quinta Normal - son la expresión de un territorio mixto en que se superponen el suelo urbano con el rural, y donde las infraestructuras viales aparecen como los elementos estructuradores de la nueva forma general.

Conclusiones

La construcción de un plano de planta urbana ha per mitido develar la forma general de la ciudad de Santiago hacia 1850 en sus alcances y consecuencias urbanas.

En primer lugar, como instrumento, el plano de planta urbana ha permitido evidenciar nuevas escalas de urbanidad y descubrir nuevas relaciones entre arqui tectura, ciudad y territorio, a diferencia de la cartogra fía histórica del siglo xix. Fue la pregunta sobre cómo representar la carga de información proveniente de distintas fuentes, y que se responde con la metodología propuesta, la que ha permitido establecer dichas rela ciones. En el acto de dibujar diferentes evidencias sobre el plano - separadas ya de sus soportes originales - se comienza a tramar un mundo posible, recargando de sentido a cada una de sus partes.

En segundo lugar, el plano hace aparecer una escala territorial inédita que muestra cómo la ciudad adquiere en esa época una nueva condición de centralidad refor zada por edificios institucionales de escala, tipología y lenguaje arquitectónico sin precedentes en el orden colo nial, que no sólo intensifican el manzanero sino un am plio territorio de carácter mixto al cual está firmemente imbricado. Con esto, la ciudad construye una imagen más acorde al proceso de modernización y a su condición de capital de la República.

Lo anterior explica uno de los principales hallazgos que ha permitido el plano: las operaciones de urbaniza ción realizadas sobre un entorno eminentemente rural inauguran una nueva forma de desarrollo de la ciudad. Ellas se constituyen como el primer crecimiento efectivo de Santiago sobre su periferia rural, lo que desmonta la idea de su ensanche como mera prolongación del trazado de calles de la ciudad fundacional. Por el contrario, el plano revela que la expansión de la ciudad estuvo indu cida por la disposición de programas, edificios y nuevos barrios alejados de la ciudad central que definieron una distancia de entre 2 y 4 kilómetros que permitió avizorar, de una sola vez, el crecimiento que se concretaría en los siguientes 50 años. De hecho, es con la complejidad y ex pansión guiada por estos nuevos edificios institucionales y poblaciones fuera de la ciudad central con la que lidiará veinte años después el intendente Benjamín Vicuña Mackenna, buscando circunscribirla y delimitarla para dotarla de una forma general.

Referentes

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* Germán Hidalgo

Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1991. Doctor en Teoría e Historia de la Arquitectura, etsab, upc, 2000. Ha publicado artículos en Planning Perspectives (uk), arq y 180 (Chile) y capítulos de libros en Massilia 2007, scl2110, y +Arquitectos. Autor de los libros Vistas Panorámicas de Santiago 1790-1910: su desarrollo urbano bajo la mirada de dibujantes, pintores y fotógrafos (2010) y Sobre el croquis (2015). Profesor Asociado, Escuela de Arquitectura uc. Investigador responsable proyecto fondecyt no1150308 (2015-2018) y co-investigador de proyectos fondecyt, fondart y vri.

** José Rosas

Arquitecto, 1976, Magister en Planificación Urbano Regional ieu, 1984, Pontificia Universidad Católica de Chile. Doctor en Arquitectura, etsab, upc, España, 1986. Ha publicado artículos en arq y 180 (Chile), y capítulos de libros en Sudamérica Moderna, Concurso Palacio Pereira, Ciudad y Vivienda en América Latina 1930-1960 (junto a Fernando Pérez). Es autor, junto a Josep Parcerisa, del libro El canon republicano y la distancia cinco mil (2015) y editor, junto a Margarita Greene y Luis Valenzuela, de Santiago proyecto urbano (2011). Profesor Titular y Director del Programa de Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos uc. Investigador principal proyecto fondecyt nº 1141084 (2014-2017) e Investigador del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable cedeus uc.

*** Wren Strabucchi

Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1991. Doctor en Filosofía e Historia de la Arquitectura, Cambridge University, Inglaterra, 2001. Ha publicado ensayos y artículos en las revistas ars, ca y arq. Fue editor del libro 1984-1994 Cien Años de Arquitectura en la Universidad Católica de Chile (Santiago, 1994). Autor del libro Lo Contador. Casas, jardines y campus junto a Sandra Iturriaga (Santiago, 2012). Profesor de la Escuela de Arquitectura uc. Investigador principal de proyectos vri-uc y co-investigador en proyectos fondecyt vinculados a la historia de la ciudad de Santiago.

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