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ARQ (Santiago)

versão On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.81 Santiago ago. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962012000200012 

ARQ, n. 81 Espacios para la cultura, Santiago, agosto 2012, p. 67-77.

LECTURAS

 

La ciudad común en fiesta

Espacios para la construcción cultural (1)

  

Juan J. Tuset *(1)

* Profesor e investigador, Universitat Politècnica de València, València, España.


Resumen

El registro e interpretación de la esta popular urbana puede generar parámetros de diseño urbano. Potencialmente, desde estrategias de regeneración urbana hasta indicadores de arquitecturas provisionales para una cultura ciudadana.

Palabras clave: Urbanismo - España, Valencia, observación participante, espacio público, ciudadanía.


La ciudad contemporánea centra el interés de la investigación multidisciplinar. Al urbanismo y a la arquitectura se les han unido la sociología, la geografía, el paisajismo, la economía e incluso la filosofía que, aun siendo disciplinas muy dispares, desde hace varias décadas están acometiendo el estudio de la ciudad desde múltiples parámetros. Investigaciones motivadas por el fenómeno del crecimiento acelerado y desorbitado de las ciudades asiáticas han dado vía libre a la aparición de tesis y reflexiones influyentes en la teoría urbana. Este modelo expansivo, que está en las antípodas de la ciudad moderna, evidencia otra posible construcción de las metrópolis del futuro (Koolhaas, 2011).

En las ciudades latinoamericanas, sin embargo, desde hace 25 años, la teoría urbana estudia los procesos de globalización y transformación económica que han hecho aparecer los fenómenos de segregación social y polarización urbana. Si bien esto se ha producido de manera desigual, el crecimiento extensivo de la ciudad latinoamericana -en muchos casos a imitación del modelo de la ciudad norteamericana- ha comportado la formación de áreas privadas y fragmentadas que han desplazado el espacio público urbano y, con ello, agravado la desigualdad y marginalidad con la formación de espacios intersticiales. Esta fractura urbana ha ocurrido al mismo tiempo que se producía un proceso vertiginoso de inmigración y éxodo rural hacia la ciudad (Gilbert, 1997; Piñón, 2006).

Las ciudades europeas también han experimentado procesos de globalización, aunque de intensidad menor que los sufridos por las asiáticas y latinoamericanas. Como sea, desde los años noventa, han sido ejemplo de un modelo de ciudad que se ha caracterizado por la conservación de sus centros históricos. Así, muchas urbes mediterráneas han procedido a la salvaguarda de la identidad de la comunidad local asociada a la permanencia de una imagen congelada de la ciudad. Han programado intervenciones arquitectónicas con la voluntad de preservar sus épocas más significativas, restaurado el tejido urbano y protegido el patrimonio construido de edificios, plazas y calles. Todas acciones que han constatado que la ciudad es más que un espacio simbólico, repertorio de recintos urbanos y estilos arquitectónicos. La cultura urbana se circunscribe a la forma de vivir la ciudad donde lo imprevisible y azaroso sobreviene. La vida en los centros históricos de la ciudad mediterránea prueba lo indicado por Aldo Rossi (1984) respecto de que la vida plena en la calle posee la capacidad de conformar espacios de relación que, en muchos casos, sustituyen o complementan a la plaza y al paseo urbano presentándose como un espacio intermedio de relaciones ciudadanas que facilitan los procesos de convivencia.(2)

La tradición intelectual de Occidente ha asignado a la ciudad dos roles principales: ser la sede del poder y el lugar de la cultura, en particular de la cultura de las élites. La fuerza motriz que originó la ciudad fue la concentración de poder y no la difusión de la cultura, pero con el tiempo se ha convertido en un subproducto cultural que le da su razón de existir actualmente. La ciudad, por lo tanto, es un depósito de cultura (Mumford, 1966).

La reivindicación actual de que "la ciudad es para la gente" (Gehl, 2010) es un alegato por la ciudad común deseada por todos. Esta consideración se sustenta en que la gente usa la ciudad para satisfacer su vida privada y colectiva, pero también en que es el necesario soporte sobre el que se escriben las historias personales cotidianas (Karp et ál., 1991). Historias que son culturas individuales que encuentran en la ciudad -especialmente en los centros consolidados de las ciudades mediterráneas- un marco arquitectónico construido que conforma un escenario funcional que les permite desarrollarse en el simple uso que hacen de la ciudad, en la convivencia con sus habitantes y en la formación de su percepción. La acción de practicar la ciudad fomenta la identidad individual y colectiva, y refuerza la idea básica de que, en la calle, el ciudadano es el actor más significativo (Guzmán et ál., 2009; Mendes da Rocha, 2011).

La construcción y manifestación de las historias personales y colectivas posibilitan la expresión y formalización de la cultura popular (Storey, 2002)(3). Pero ante la dificultad de definir que son la alta cultura y la cultura popular -ya que ambas tienden a interferirse-, conviene hablar de la formación de una cultura común que, aun estando fuertemente instrumentaliza por el poder, encuentra en la fiesta el acontecimiento central de la vida cotidiana. En ella es posible apreciar con más intensidad la cultura popular urbana, dinámica y abierta, siempre pendiente de un nivel de violencia e inseguridad mayor (Burke, 1991). La ciudad en fiesta ensena a los individuos comunes todo un repertorio de maneras posibles de apropiación de la calle. Un uso con el que subordinan sus intereses prácticos y simbólicos (Fiske, 2002). En la fiesta, la ciudad metamorfosea sus espacios que adquieren otro registro. La fiesta improvisa un proyecto alternativo y transitorio de ciudad.

La exploración de la ciudad, modificada a través de las prácticas de ocupación del espacio por sus usuarios, necesita de dos tipos de actitudes fundamentales: paseantes y mirones (Certau, 1996). Para la teoría urbana, el concepto "caminar la ciudad" es significante porque desarrolla las renovadoras prácticas del flâneur decimonónico, pasa por los eventos dadaístas, las deambulations surrealistas, las derivas situacionistas y las recientes caminatas de los artistas land art. Una aproximación renovada del caminar establece diferentes visiones estéticas, críticas y políticas de la ciudad que modifican la actitud de cada individuo hacia el entorno que habita (Carreri, 2002). Esto conlleva a que el hombre anónimo sea un observador desinteresado y ocioso de la escena urbana, que encuentra deleite perdiéndose entre la multitud y, con su práctica, se convierte en un secreto espectador ocasional de los espacios y lugares de la ciudad (Jenks y Neves, 2000).

El paseo errante y azaroso por la ciudad requiere ser complementado con la observación de la vida que se muestra en las distintas formas urbanas. Para ello, el modelo propuesto por el urbanista norteamericano Kevin Lynch (1960) ofrece parámetros con los que proceder a la legibilidad de la forma de la ciudad. Este método de registro, nacido al alba de las formas emergentes del urbanismo disperso, establece una teoría cognitiva basada en la representación de la ciudad a través del estudio de la imagen mental que provoca en sus ciudadanos: lo que Lynch llamó la imaginabilidad del paisaje urbano. Los conocidos parámetros de las sendas, bordes, barrios, nodos e hitos parecen ser portadores de la información genética de la imagen de la ciudad -y también de su forma-; pero la realidad es que ninguno de estos parámetros existe aisladamente cuando la ciudad es vivida, sino que todos ellos se interrelacionan. El mismo Lynch, desde su método, animaba a que "[la forma de la ciudad] debe invitar a sus observadores a explorar el mundo". Para adaptar la escala del análisis sugería tener en cuenta a los individuos en su compleja sociedad.

La ciudad común no puede ser registrada únicamente desde lo visual. Imaginarla va más allá de reconocer sus características formales y aspectos morfológicos. Toda la ciudad es un lugar de actividad múltiple. Cualquier rincón es un lugar con usos combinados, lo que acerca la comprensión de su forma a un principio de indeterminación (Appleyard, 1981). Leer la ciudad común desde la vivencia de la fiesta -entendida como la expresión más pura de la cultura popular- exige construir un conocimiento a partir de la experiencia de la pequena escala, esto es, de la fabricación individual de microvivencias o "pasatiempos" en la ciudad (Baros, 2010). A partir de diversas situaciones urbanas se reconoce a la ciudad en los espacios y en las personas que los ocupan. Lo que acontece en ella es el propio espectáculo de la gente, y en este se condensa la experiencia de la fiesta: espacios para la cultura popular.

El modo de uso y el estilo de vida son formas de participación en las dinámicas urbanas que determinan la experiencia personal de la ciudad. La posibilidad de involucrarse en la fiesta, mediante la actitud combinada del paseante y del mirón, se aproxima inconscientemente a una observación participante(4). Esta práctica ofrece a quien la realiza fórmulas para el registro de todo aquello que condiciona a los grupos sociales -y a los espacios urbanos- donde la cultura popular acontece en lo público (Jorgensen, 1989). Acometer la observación participante requiere conocer que los comportamientos en la vida diaria y el modo de usar los espacios de la ciudad la afectan directamente. En este sentido, la ciudad, cuando está en fiesta, es tanto el lugar observado como el contexto cambiante donde la expresión de la cultura popular se muestra.


La ciudad en fiesta: estudio de un caso

La ciudad en fiesta desvela la expresión popular en los espacios urbanos transformados temporalmente. Con el estímulo de registrar este fenómeno urbano e interpretarlo, se llevó a cabo en el año 2010 una observación participante activa de la fiesta popular Las Fallas de la ciudad de Valencia (España) en su centro histórico, debido a que esta tiene un carácter eminentemente popular en todos los barrios tradicionales que lo forman.(5)

La fiesta de Las Fallas de Valencia tiene un origen que se remonta a varios siglos de tradición(6). En la actualidad, la parte principal de la fiesta tiene una duración de cuatro días y se caracteriza especialmente por una participación pública masiva(7). Esta es directa para los ciudadanos de los distintos barrios y también para los visitantes y turistas que recibe la ciudad. La fiesta consiste esencialmente en cuatro actividades: plantar en las calles y plazas de la ciudad los monumentos falleros -cuyo fundamento es criticar y caricaturizar la vida social y política-; celebrar espectáculos pirotécnicos; ofrendar flores a la Virgen; y presenciar el show final de la crema(8). A estas actividades se añaden los innumerables pasacalles de los falleros vestidos con el traje regional tradicional, que van acompanados de bandas de música recorriendo las calles de los diferentes barrios de la ciudad.

Durante la fiesta, deambular por todo el centro histórico de la ciudad permite detectar diferentes situaciones urbanas. Cada una de ellas por sí misma es una buena manifestación de la cultura popular. Su observación y análisis detenido muestra que son territorios ignotos, favorables a su exploración y registro para la formulación de dinámicas de cambio de la ciudad por medio de la expresión de lo popular. El estudio realizado ahondó principalmente en las siguientes cuatro situaciones para su parametrización:

1. Artefactos efímeros superpuestos a la ciudad histórica. La fiesta produce importantes construcciones temporales constituidas por los monumentos falleros (fallas), que son el motivo principal de la fiesta; tenderetes móviles (puestos ambulantes de venta de comida); tiendas y carpas (locales de reunión); y calles cubiertas por la iluminación decorativa.

2. Áreas de encuentro. Durante estas fiestas el público se concentra en varios lugares de la ciudad en los que se produce algún tipo de evento. De esto se identificaron diez: espectáculos pirotécnicos (día: mascleta(9), noche: castillos de fuegos artificiales); ofrenda de flores a la Virgen; fallas de sección especial; espectáculos nocturnos (verbenas, cenas de confraternidad, conciertos de música, etc.); espectáculos taurinos y exhibiciones aerostáticas.

3. Flujos y desplazamientos a través de la ciudad histórica. El masivo movimiento de transeúntes por las calles principales durante los días de fiesta se registró en cuatro periodos diarios de tiempo: 8-12 hrs., 12-16 hrs., 16-20 hrs., y 20-24 hrs. En cada uno de ellos se registró un promedio de desplazamientos individuales.

4. Superficie de espacio público "requisado" para la fiesta. La disposición de los diferentes artefactos efímeros constituye la base de la fiesta, lo que obliga a la ocupación, durante los días de celebración, de áreas significativas de espacio público (singularmente calles y plazas). Eso obstaculiza extraordinariamente la fluidez del movimiento de los visitantes y espectadores por la red de tránsito de la ciudad. El análisis de este parámetro significativo se ha concretado únicamente en el barrio Del Carmen de la ciudad que tiene una superficie de 28 ha. y consta de un conjunto de noventa calles y callejones.

En los apartados siguientes se expone y discute el análisis efectuado de estas situaciones prefijadas una vez conocidos sus resultados, después de un trabajo de campo realizado mediante una observación participativa pormenorizada.


Artefactos efímeros

Las calles y plazas del centro histórico de la ciudad muestran una gran variedad de elementos diseminados que determinan y configuran lugares. A las fuentes de las plazas y a las escalinatas de las viejas iglesias de la ciudad histórica, la ciudad contemporánea ha superpuesto nuevos elementos que conviven unos con otros: semáforos, señales de tráfico, farolas, contenedores de residuos y toda una serie de objetos estacionales y móviles que aparecen y desaparecen en las calles y terrazas de los cafés. La observación rigurosa del centro histórico de la ciudad de Valencia durante la fiesta de Las Fallas revela que, en un corto periodo de tiempo, la ciudad intensifica esta superposición con la aparición de una nueva colección de objetos y elementos efímeros (fig.1)(10). Setenta monumentos falleros (grandes y pequeños), catorce tiendas y carpas, treinta puestos de venta ambulante (casetas y mercadillos), junto con ocho calles decoradas con guirnaldas y luces (iluminación ornamental) se superponen de manera heterogénea en una nueva capa de elementos temporales que modifican la experiencia de lo urbano. Elementos cambiantes que atraen a la gente, ofrecen otra manera de reconocer y vivir la ciudad, y facilitan recursos para construir sus relatos de vida o cultura individual.

Los objetos diseminados en el espacio público de la ciudad incitan a una reflexión sobre la fiesta como un momento de expresión de la cultura popular. Los sociólogos americanos Park y Burgess (1967) señalaron la importancia del comportamiento humano en el entorno urbano, haciendo referencia a un método por el cual los objetos de la ciudad son controlados por sus observadores. La disposición de los objetos superpuestos en la ciudad permite imaginar la ciudad hecha de objetos incorporados que definen secuencias encadenadas en las narrativas personales. La ciudad, en este sentido, es un micropalimpsesto en el que, como expresa Yi-Fu Tuan (2001), el resultado que dan los objetos superpuestos al espacio urbano es el de concebir una ciudad "planeada".


Áreas y escenarios de encuentro

Los diferentes objetos superpuestos en la ciudad, junto con los eventos y espectáculos que transcurren en ella durante los días de fiesta, generan encuentros programados o imprevistos entre los ciudadanos. La capacidad de la ciudad histórica como escenario habilitado para generar microeventos es innumerable. Durante la fiesta de Las Fallas, grandes aglomeraciones de público se mueven de un lado a otro asistiendo a las diferentes celebraciones y espectáculos, expresando con mayor intensidad el anhelo ciudadano por ocupar toda la ciudad (fig. 2)(11). Calles, plazas y rincones escondidos son ocupados por un público curioso que camina de un sitio para otro, con ruido y algarabía, celebrando el encuentro con los demás. En esta acción, los espacios de la ciudad son mero soporte y escenario del encuentro. En un periodo de cuatro días la ciudad alberga un sinfín de acontecimientos de diferentes intensidades, en duración y ubicación, que la convierten en el lugar apropiado para que los ciudadanos desarrollen la facultad de sentirse partícipes de ella.

La observación de la experiencia del encuentro ocasional indica que la ciudad es una mezcla de conocimiento cotidiano y de misterio, de seguridades y de encuentros esporádicos, de libertades probables y de transgresiones posibles, de privacidad y de inmersión completa en lo colectivo (Borja y Muxí, 2003). Los encuentros en la ciudad en fiesta confirman la definición de lo urbano como lugar de encuentro, reunión y simultaneidad (Lefebvre, 2003). La posibilidad de reconocer escenarios urbanos a través de la experiencia del encuentro -simplemente por participar y ser protagonista de los eventos y manifestaciones multitudinarias que ocurren en la ciudad- da la posibilidad al ciudadano, a partir de la construcción de su relato personal -su cultura-, de hacer de la ciudad algo más humano (Certeau, 1984). La simple acción del encuentro es la reivindicación del derecho individual y colectivo a usar públicamente la ciudad (Mitchell, 2003).


Flujos y desplazamientos transitorios

Durante el tiempo que duran Las Fallas la gente emprende un ir y venir por las calles y plazas de la ciudad. La rigurosa observación de todo lo que acontece en las calles del centro de la ciudad reporta una visión diferente del concepto "espacio del flujo". Los flujos de gentes en la ciudad en fiesta no son movimientos invisibles de información, sino hechos reales que se aprecian en el vaivén de actividades interrelacionadas según los recorridos seguidos. El centro de la ciudad prohíbe durante unos días la circulación de vehículos de transporte privado y libera sus calles y plazas para que sean ocupadas por transeúntes y peatones cuyo caminar queda condicionado por la estrechez, la pendiente y las curvas cerradas. La formación de intensidades de movimiento adquiere una significación dispar según el momento del día (fig. 3)(12). La expresión social de estos flujos de gente caminando es el de una apropiación pacífica e intensiva del espacio de la calle en muchas horas del día. Con ello se alcanza una de las mayores conquistas del ciudadano que habita la gran ciudad: recuperar por un tiempo el derecho a poder caminar libremente y sin ningún peligro aparente por la calle.

La nueva sociedad basada en el conocimiento, vaticinaba Manuel Castells (1988), se organizaría en torno a redes hechas en gran parte de flujos de comunicación. Sus ciudades ya no serían una forma, sino un proceso caracterizado por la dominación estructural de los "espacios de flujos". Este presagio también indicaba que la gente construiría su vida en referencia al hogar, al barrio, a la ciudad y a la región; y que los ciudadanos habitarían el "espacio de los flujos" y los transformarían en consecuencia. Sin embargo, cuando la ciudad está en fiesta aparece un interés renovado por la calle que la convierte en el único espacio receptor de los flujos humanos. Flujos reales que permiten encontrarse físicamente en la ciudad y no virtualmente en las redes(13). Cuando la ciudad está en fiesta no olvida que el ciudadano puede ocupar cualquier lugar, pero que su locus natural continúa siendo la calle.

 

Superficies apropiadas

La ciudad en fiesta se caracteriza por la ocupación de la calle y la plaza. El suelo se convierte en un territorio propicio para la improvisación de actividades y los muros y fachadas de los edificios en elementos urbanos de reclamo y espectáculo. Cualquier rincón puede ser alterado y se ofrece al usuario toda una colección de espacios para la expresión de la cultura popular en la que reclama su derecho ciudadano a participar de ella. En el barrio Del Carmen de la ciudad de Valencia, la superficie de calles y plazas apropiada por la fiesta de Las Fallas en 2010 fue del 27%, lo que determinó que la manifestación de la cultura popular cambiara temporalmente la imagen, la forma y la estructura de esta parte de la ciudad (fig. 4)(14). La cultura popular alteró durante un breve tiempo la fisionomía del barrio y reorganizó los recorridos por sus calles y plazas de manera significativa respecto del uso ordinario.

La apropiación de superficies del espacio público en la ciudad mediterránea implica considerar que "cada superficie es un interfaz entre dos entornos que es regulado por una actividad constante en la forma de un intercambio entre dos substancias en contacto" (Virilio, 2002). La condición de uso festivo de la superficie confiere una oportunidad al ciudadano para representar su historia personal. En la ciudad en fiesta se observa que en sus superficies se participa de una arquitectura que es todavía física y real; que cada superficie da forma o deforma el espacio público para que pueda ser adueñado por el ciudadano en cuanto interfaz abierto que es. La arquitectura de la ciudad deviene como soporte de la "celebración popular" de la vida urbana.

Estas cuatro situaciones identificadas apoyan el intento de recuperar "el arte olvidado de leer las ciudades" (Whyte, 2009; Bogdanovic, 2009)(15). La expresión popular en la ciudad evidencia lo real y verdadero que Zukin (2010) identifica como lo auténtico capaz de influir en el desarrollo urbano. La ciudad en fiesta origina ámbitos de reivindicación de lo público en espacios que son de todos y para todos, donde las diferencias se unen (Lefebvre, 2003) y donde la cultura encuentra en lo urbano el espacio sobre el que puede representarse, mostrarse y evolucionar (Whyte, 2010). Todo esto conduce al reconocimiento de que el ciudadano es un "animal público" capaz de crear e imaginar sus historias personales al tiempo que vive la ciudad, convive con sus semejantes y participa del conflicto y la fiesta (Delgado, 1998). La ciudad, por tanto, es un espacio de conflicto continuo (Harvey, 2004) que, en sus manifestaciones de fiesta o revuelta, da forma a un espacio público ideal. A su escenificación, el ciudadano, como su usuario, está invitado a participar porque se trata de un espacio físico, bien común y no un asunto privado (Benítez, 2011).

 

Conclusiones

El registro y la interpretación de los acontecimientos que tuvieron lugar en la ciudad de Valencia durante la fiesta de Las Fallas de 2010 evidencian que la expresión popular transforma el espacio urbano (fig. 5). La cultura popular modificó transitoriamente las calles, plazas y otros espacios públicos de la ciudad influyendo en las conductas de los ciudadanos, cambiando sus ritmos ordinarios de normalidad por flujos y desplazamientos accidentales entre los objetos y construcciones efímeras dispersas. Cuando la ciudad estaba en fiesta se transformó en una ciudad común: en la ciudad de todos. El ejemplo estudiado revela también que el centro histórico de la ciudad mediterránea, en su condición de estructura urbana determinada, puede ser todavía un contexto que invita a su intérprete a imaginar que el derecho de la gente a usar la ciudad reside en el anhelo de la celebración de la vida urbana en grados de mayor complejidad.

Las cuatro situaciones estudiadas revelan que, durante la fiesta, se produce la modificación de la experiencia urbana donde los cambios de hábitos, aun siendo éstas temporales, ofrecen nuevas posibilidades para pensar lo urbano. El reconocimiento de esta "otra ciudad" consiente, por un lado, la construcción individual de relatos personales y, por otro, hace aparecer escenarios habilitados para el encuentro de unos con otros en los que el ciudadano irrumpe como partícipe de la ciudad. Al "hacer ciudad", la hace más humana. La calle, si bien de manera transitoria, se convierte en un espacio igualitario receptor de flujos humanos. Establecer una metodología de lectura de la ciudad bajo estas cuatro situaciones conlleva que la alteración temporal de la imagen, forma y estructura de parte de la ciudad alumbra todavía la emergencia de su posible reorganización.

La ciudad en fiesta exterioriza posibles prácticas de un urbanismo táctico que genera estrategias de regeneración de los asentamientos urbanos a una escala más humana. La observación de cómo la gente cambia, modifica y se adapta a la ciudad cuando celebra la fiesta, informa que la ciudad común aspira a la construcción, identificación y liberación de la esencia de las relaciones sociales. La participación activa de los ciudadanos en la fiesta enseña a los arquitectos y urbanistas que, al menos, las cuatro situaciones identificadas anteriormente pueden convertirse en parámetros de diseño urbano con los que establecer estrategias sostenibles de regeneración urbana y establecer instrumentos útiles de lectura de la ciudad capaces de reconocer los espacios urbanos ordinarios de una manera diferente. Los espacios modificados durante la fiesta sugieren arquitecturas que incorporan lo lúdico al proyecto arquitectónico; arquitecturas efímeras que son creativas y populares; arquitecturas que están asociadas a las diversas escalas de la celebración; arquitecturas que en sus formas establecen relaciones de interacción con la ciudad y desdibujan la línea divisoria entre el ámbito de lo público y lo doméstico; en definitiva, arquitecturas que construyen espacios para reivindicar una cultura común.

 

Notas

1.     Este artículo resume parte de la investigación preliminar que sirvió de base para la concesión en el año 2011 del proyecto de investigación I+D+I del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España: "Estrategias para la regeneración sostenible de asentamientos turísticos en la costa mediterránea" (BIA2011-28297-c02-01).

2.     En La arquitectura de la ciudad de Aldo Rossi se lee entre líneas un reclamo a "la memoria colectiva del hombre". La vida en la calle y en las piazzas de la ciudad contribuye a la permanencia de las formas de cultura.

3.     El concepto de cultura popular es difícil de definir. Según John Storey es aquello que no es alta cultura; es la cultura que nace del pueblo; es la cultura que gusta a muchas personas; es la cultura de masas; es la cultura consumida por una pasividad alienante; es un lugar de enfrentamiento y el resultado de un compromiso.

4.     Esta técnica de recogida de información consiste en la observación, a la vez que se participa en las actividades del grupo investigado. Metodología de estudio y análisis de la cultura frecuentemente empleada en las ciencias sociales y en la antropología.

5.     La ciudad de Valencia es la tercera ciudad de España, en extensión, después de Madrid y Barcelona. En 2010, la población urbana excedía los ochocientos mil habitantes, alcanzando el millón y medio de personas su área metropolitana. El centro histórico de la ciudad está formado por cinco barrios (Del Carmen, La Seu-Xerea, El Mercado, Velluters y San Francisco) y ocupa una extensión de 150 ha.

6.     El origen de la fiesta se remonta a la antigua tradición de los carpinteros de la ciudad (siglo XVIII) que, en vísperas de la fiesta de su patrón San José (19 de marzo), quemaban frente a sus talleres, en las calles y plazas públicas, trastos viejos e inservibles junto con los artilugios de madera que empleaban. A Las Fallas se las conoce también como las fiestas del fuego.

7.     La participación de la ciudadanía en la fiesta es intensa. Durante los cuatro días de la fiesta (16, 17, 18 y 19 de marzo) se levantan más de setecientos monumentos (entre fallas grandes y pequeñas); intervienen más de cuatrocientas comisiones falleras (agrupaciones de vecinos y amigos responsables de cada falla) compuestas por cincuenta a cien personas. En 2010 la asistencia de visitantes externos a la ciudad superó el millón de personas. Fuente: Ayuntamiento de Valencia.

8.     La fiesta tiene un final espectacular que consiste en la quema de todos los monumentos falleros, rodeados cada uno por público y acompañados por fuegos artificiales en la medianoche del día 19 de marzo.

9.     Espectáculo pirotécnico diurno basado principalmente en la composición rítmica de ruidos producidos por petardos de gran potencia sonora.

10.    La figura muestra la disposición de los objetos temporales superpuestos y distribuidos por las calles y plazas del centro histórico de la ciudad de Valencia en las fallas de 2010. Fuente: Ayuntamiento de Valencia.

11.    Los encuentros de los ciudadanos y visitantes durante las fiestas son indicados, por su importancia y magnitud, mediante círculos de color. Los círculos indican los lugares y su tamaño relativo a las diferentes aglomeraciones de gente registradas diariamente. Fuente: Ayuntamiento de Valencia.

12.    La figura representa los recorridos, desplazamientos y flujos de movimiento peatonal durante un día de Fallas, medido en intervalos de 15 minutos, desde las 8 de la mañana hasta las 24 horas. Intensidad: alta > 500 personas/ 15 min.; media: 200-250 personas/ 15 min.; baja < 100 personas/ 15 min.

13.    Las redes tecnológicas móviles generan flujos comunicativos virtuales en los que es posible la ubicuidad. Existen ciudades y áreas urbanas que están conduciendo y ubicando a sus ciudadanos en pasarelas sobreelevadas o en túneles subterráneos, malls o lugares carentes de espacio público.

14.    Comparación de la planimetría del barrio Del Carmen antes (izquierda) y durante las fiestas de Las Fallas (derecha). Se observa una relevante transformación de la superficie del espacio público. Porcentajes similares de ocupación pueden ser también reconocidos en los demás barrios del centro de la ciudad.

15.   El arquitecto serbio y exalcalde de Belgrado, Bogdan Bogdanovic, sostiene: "Es necesario, para empezar, construir las pequeñas ‘ciudades dentro de la ciudad’, dentro de las mentes de la gente [...]. Por esto propongo lo único que en este momento sé: al hombre, a la gente, a todos nosotros, alguien nos tendrá que enseñar el arte olvidado de ‘leer las ciudades’".

 

Referentes

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1. Juan J. Tuset. Arquitecto y Doctor en Arquitectura, Universitat Politecnica de Valencia, 2008 y Máster en Conservación del Patrimonio Arquitectónico, Universitat Politecnica de Valencia, 2010. Es especialista en arquitectura del jardín moderno y autor de los libros Encerrar la exterioridad y Arquitectura en el jardín, ambos publicados en 2011. Es profesor e investigador del grupo Arte y Arquitectura Contemporánea del Departamento de Proyectos de la ETSAV en la Universitat Politecnica de Valencia. Paralelamente a su labor académica ejerce como arquitecto profesional independiente.