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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.73 Santiago dic. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962009000300010 

ARQ, n. 73 Valparaíso, Santiago, diciembre 2009, p. 56-59.

LECTURAS

Transacciones topográficas

Rodrigo Pérez de Arce *

* Profesor, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.


Resumen

El dibujo es un recurso de aprendizaje, una manera de entender y de medir los lugares. Esta serie de croquis de Valparaíso descubre sus características principales, algunas de las cuales la llevaron a ser declarada Patrimonio de la Humanidad. Conviene volver a mirarlos para replantearse la manera de actuar y de permanecer.

Palabras clave: Valparaíso, Urbanismo-Chile, topografía, morfología urbana, patrimonio, dibujo.


Abstract

Drawing is a resource of learning, a way of understanding and of measuring places. This series of sketches of Valparaiso discovers its main characteristics, some of which lead it to being declared Patrimony of Humanity. It is appropriate to re-visit these sketches in order to propose once again the manner of action and of establishment.

Key words: Valparaiso, Chilean-Urbanism, topography, urban morphology, heritage, drawing.


PLAN Y CERRO EN VALPARAÍSO / Desde que un sector de Valparaíso es declarado Patrimonio de la Humanidad un excesivo énfasis en consideraciones de estilo tiende a dejar fuera de discusión ciertas condiciones estructurales de la ciudad, cuya incidencia es considerable en la calidad de su experiencia urbana. Es el caso de la singular fractura topográfica que regula los traspasos entre la ciudad baja del plan y la ciudad alta de los cerros, negociando un desnivel de entre 30 y 50 m. Provocada por la caída topográfica abrupta del farallón, esta configuración es típica del litoral de Chile central.
Desde el aire se aprecia claramente cómo esta fractura desgarra el tejido urbano generando discontinuidades; espacios discontinuos que son a la vez el escenario de sus mejores ingenios técnicos —aquí fue en donde se instalaron los ascensores y es aquí en donde la proeza constructiva es más exigida— y notables jardines agrestes. Allí las escaleras —ya autónomas de las construcciones— flanquean los roqueríos y las obras civiles de contención para aterrizar en medio de la calle del plan. Y es exactamente sobre ellos donde, conquistado el ascenso, se instalan los paseos celebrando el privilegio de su ubicación sobre la meseta.
El urbanismo de Valparaíso cuenta con este rasgo original que es a la vez una clave de su éxito(1). Esta estructura de conexiones reconoce sistemas de recorridos alternativos: atajos y recorridos largos según la dificultad del ascenso, estrategias dilatadas de acceso al cerro desde los fondos de quebrada y trazados vertiginosos sobre la pared misma del acantilado. También es por los ascensores que los frentes de cerro pueden mantener su condición esencialmente peatonal, en una lógica indiscutible de economía de espacio. Aunque estos paisajes hayan adquirido la popularidad de lo pintoresco, nada de esto se originó en la nostalgia o en voluntades pictóricas.
El levantamiento que cubre este espacio de transacciones, del cual se presentan algunas láminas, fue realizado cubriendo un área desde el cerro Bellavista hasta el cerro Artillería, para la tesis de final de carrera bajo el título de Borde Interior de la ciudad(2). Un patrón de pliegues construidos por las quebradas y paredes frontales definidas por los acantilados tipifica esta condición urbana. Ella desgarra no tanto una textura homogénea, como lo sería una tela rajada, sino morfologías urbanas distintivas —abajo, trazas regulares; arriba, un urbanismo de adaptaciones—, técnicas constructivas disímiles —abajo, la albañilería o el hormigón armado; arriba, las tabiquerías y la prefabricación—, funciones urbanas complementarias —abajo, lo público; arriba, lo residencial—, espacialidades contrastadas —abajo, la calle corredor; arriba, el horizonte marino— y condiciones de campo distintas —abajo, el rumor del tráfico; arriba, los sonidos del ambiente peatonal—. Todo ello constituye valor, como también la textura de los elementos intermedios: las rocas, la vegetación, los rieles del ascensor, las gradas y los muros; un conjunto de piezas y partes que requiere asegurar su estabilidad de cara al efecto de la lluvia, los terremotos y la fuerza de la gravedad.
El resguardo de ese valor sólo requiere de medidas simples: que ninguna edificación del plan sobrepase en altura al acantilado, que se evite el efecto barrera, que se considere la vegetación como contribución al afianzamiento de suelos inclinados —como en los notables jardines verticales de la Universidad Federico Santa María­—, que se considere al ascensor como un artefacto indispensable en la conectividad y en su capacidad de contener presiones vehiculares que el cerro es incapaz de sostener y que se estimulen los recorridos peatonales. Lo que se requiere es equilibrio y capacidad de integración de los distintos aspectos en función de una mejor ciudad: es ahí precisamente donde la función del arquitecto es indispensable.
Quien recorra el litoral verá cómo se infringen estos principios: efectos barrera, alturas abusivas, sobrecarga urbana en el plan sobre la ladera o sobre la meseta, mala accesibilidad, depredación ecológica; los desastres cometidos en torno a cerro Barón a causa del supermercado instalado en la base del acantilado y de los edificios mediocres ubicados sobre su meseta son irremediables(3). Todos ellos ocurrieron mientras se celebraba la declaratoria de Valparaíso patrimonio de la humanidad.
Quien quiera aquilatar hasta qué punto es frágil esta notable urbanidad debe dirigirse al cerro Arrayán en pleno casco patrimonial; allí una reciente costra de hormigón cubre el acantilado. La basura se esparce sobre los remanentes de espacio agreste. Las escaleras que lo flanquean están cubiertas de detritos porque no hay quien las recorra. Sobre su base, en donde hubo comercio y vivienda, un sitio eriazo con frente a la calle General Bustamante tras una fachada ciega se utiliza como estacionamientos para un galpón hermético cuya función es alojar instalaciones de bombas de alcantarillado urbano. Dicho galpón enfrenta la plaza Wheelwright —zona típica— y la antigua Aduana —monumento nacional—. Representa, desde hace tiempo, la más importante inversión en el sector y es la principal causa de su degradación.
En 1972 el cerro Arrayán poseía un ascensor, vegetación sobre su ladera y construcciones habitadas sobre su base: era pobre, pero no era un patio trasero.
Valparaíso es vulnerable, no por la amenaza de lo moderno sino por el desconocimiento de su estructura y la reducción del sentido de su patrimonio a cuestiones de estilo: para revertir esta degradación hay que asumir que su topografía es también su mejor oportunidad.

 

Notas
1. Bajo similares condiciones de desnivel, el urbanismo de laderas en balnearios como Reñaca o de sectores céntricos como Coraceros en Viña del Mar es deficiente por su conectividad y en el último caso también por su mala calidad ambiental. En Reñaca los edificios aterrazados no dejaron espacios para recorridos públicos, ni paseos, ni miradores; en Viña del Mar las escandalosas densidades crearon un urbanismo mezquino, a pasos de la playa.
2. Valparaíso, un borde interior de la ciudad, 1972. El profesor guía fue Jaime Bellalta Bravo. El trabajo fue publicado en 1978 bajo el titulo Valparaíso, balcón sobre el mar.
3. Dichos edificios obstruyen la vista de la torre de San Francisco, origen del apodo de la ciudad. El gran edificio galpón ofrece como primer plano visual y quinta fachada una superficie infinita de estacionamientos y equipos técnicos

Referentes
Pérez de Arce, Rodrigo. Valparaíso un borde interior de la ciudad. Tesis para la obtención del título de Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1972.         [ Links ]
Pérez de Arce, Rodrigo. Valparaíso, balcón sobre el mar. Editorial Nueva Universidad, Pontificia Universidada Católica de Chile, Santiago, 1978.
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