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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.71 Santiago abr. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962009000100012 

ARQ, n. 71 Los Andes, Santiago, abril 2009, p. 68-71.

Notes English

LECTURAS

Conversaciones sobre el litoral cordillerano

Enrique Browne *
Tomás Browne **

* Socio Cruz & Browne Arquitectos, Santiago, Chile
** Arquitecto independiente, Santiago, Chile


Resumen

Dos arquitectos dialogan sobre los Andes desde su propia vivencia. El territorio de Chile se entiende como límite natural entre mar y cordillera, donde suceden apretadamente una serie de eventos particulares: fallas geológicas, cerros que penetran en las ciudades y torrentes que bajan al mar caracterizan y diferencian sus paisajes.

Palabras clave: Geografía-Chile, morfología territorial, fallas geológicas, termas, cordillera de los Andes, valles



Este texto se ha escrito como un diálogo. Más que querer alcanzar diagnósticos y conclusiones —que la mayor de las veces no se cumplen— se trata de un intento por abrir el tema a partir de preguntas apoyadas en la experiencia de la cordillera y el valle de Santiago que, como arquitectos, hemos tenido. Para esta conversación cada uno se ha situado imaginariamente, enfrentados: uno en el valle con la mirada orientada hacia la cordillera y otro sobre la cordillera mirando hacia la ciudad.

Enrique Browne: Simplificando, los chilenos percibimos nuestro país desde el suelo como un estrecho y largo territorio limitado por dos planos: al oriente, el alto plano vertical aserrado de la cordillera de los Andes. Al poniente el enorme plano horizontal azul del océano Pacífico, que empieza en el litoral y termina en su horizonte. ¿Crees que esta es una percepción correcta? y de serlo, ¿cómo ha influido en el carácter y urbanización de la franja de tierra que es Chile?

Tomás Browne: El territorio de Chile continental se emplaza entre dos fronteras naturales: el borde marítimo del océano Pacífico y el borde cordillerano de los Andes. El borde marítimo se encuentra con el mar en la playa —su litoral— en una extensión de 4.270 km. El borde cordillerano se encuentra con el valle comprendido entre esta y el océano en unos 4.600 km, si incluimos la cordillera patagónica.
La pregunta es, entonces, ¿hemos hecho experiencia, tradición, esta realidad de habitar entre bordes que tienen igual extensión y que se manifiestan en distintas magnitudes, como son el encuentro del borde vertical de la cordillera con el horizontal del océano? A partir de ello se podría afirmar en un juego de palabras que no incitan a equívoco, que el territorio de Chile se encuentra flanqueado por dos litorales: el litoral cordillerano y el litoral marítimo; uno de piedra, otro de agua.
Un extranjero reparaba que Chile es una especie de terraza infinitamente larga y angosta al borde de un océano gigantesco y que los Andes es una suerte de muro de contención del Pacífico. De su observación podemos afirmar por extensión que el territorio de Chile está compuesto sólo de agua y cordillera; he aquí una primera afirmación que coloca en una suerte de sí o sí a toda obra que venga a concebirse y erguirse sobre este particular territorio, dado que siempre estaremos construyendo ajustadamente entre dos límites, o más bien en el respaldo natural de la cordillera de los Andes que se arroja al abismo del océano Pacífico. Esta visión del territorio de Chile coincide con la de Le Corbusier. En la conferencia de octubre de 1929 en la sede de los Amigos del Arte en Buenos Aires decía: “Hagamos un corte a través de América. El océano Pacífico, aquí. Después, los Andes. El destino de Argentina empieza girado hacia el oriente: mesetas y llanuras(…)” (Le Corbusier, 1999). En ese croquis, el territorio de Chile no existe: apenas el encuentro entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes.
Ahora, yendo a un punto más específico, ¿cómo percibes el encuentro entre la ciudad y la cordillera? ¿qué tipo de fricción hay?

EB: Más que fricción, veo una limitada interpenetración entre ambos. Por un lado la cordillera baja a la ciudad de Santiago, ya sea como dedos (como el cerro San Cristóbal) o como pequeños cerros o islotes (el cerro Santa Lucía, por ejemplo). En el último caso, el asunto es cómo tratar estos florecimientos de los Andes dentro de la ciudad. Jorge Larraín, profesor, se oponía a su parcelación residencial, como ocurrió en parte del cerro San Luis, por ejemplo. En principio concuerdo con él. Su destino natural parece ser el de una reserva para áreas verdes que permitan la recreación, el deporte y la cultura, aprovechando las vistas lejanas que permite su altura a veces por sobre el smog santiaguino. Los antecedentes históricos para esta posición son excelentes, empezando por el cerro Santa Lucía.
Por otra parte, Santiago sube hacia la precordillera en forma de loteos residenciales (como San Carlos de Apoquindo) o de entidades aisladas (como la Universidad Adolfo Ibáñez). Independiente de su calidad, creo que su avance está limitado por las pendientes y el costo del agua.
Existen penetraciones más profundas hacia la cordillera (como los centros de ski Farellones, La Parva y otros) cuyo tamaño y complejidad está simultáneamente apoyado y limitado por su altura y cercanía a Santiago. La altura hace muy difícil la vegetación. La cercanía a Santiago dificulta la creación de centros realmente urbanos, dado que el comercio, la cultura y otras actividades están a menos de una hora de Santiago. La restringida diversidad de actividades en la cordillera misma (deportes de invierno y residencial) redunda en una aguda estacionalidad de ocupación de tres meses en dichos centros. Los Andes no son los Alpes. Parece no admitir urbanización ni urbanidad en su interior; en buena medida tiende a ser inhabitable, acogiendo sólo el tránsito y lo transitorio.

TB: ¿Qué crees que significa para la ciudad la presencia permanente de una dimensión mayor como la cordillera, que atraviesa todo el territorio y tiene una extensión memorable, pero abarcando mucho más de lo que podemos conocer y habitar?

EB: Históricamente la cordillera jugó un rol de límite, de referencia y de espalda; tanto para Chile como para Santiago. Un límite natural percibido tan vasto y poco accesible como el océano Pacífico al poniente. Una desmesura que aseguraba la defensa del territorio, pero también su aislamiento. La cordillera actúa a su vez como referencia visual marcando el oriente. Los Andes son un majestuoso telón de fondo para el desierto norteño, los valles centrales alrededor de Santiago y para el sur vegetal.
Creo que su inevitable presencia dotó a los chilenos de una mentalidad isleña y finisterrae, poco adicta a lo extraño y a la innovación; también es una mentalidad más geográfica que histórica.
Por otra parte, la cordillera ha mantenido dos promesas no siempre cumplidas: ser helado depósito de agua para el verano y la posibilidad de súbita riqueza por el descubrimiento de minerales, lo cual es difícil por su aridez y desmesura. Todo lo anterior se ha ido desvaneciendo. Hoy es posible descubrirla virtualmente por fotografías digitales, sin recorrerla. También la globalización ha variado su rol limítrofe y protector, así como la sensación de aislamiento. Finalmente, su papel como imponente telón de fondo en Santiago se ha ido atenuando con la contaminación ambiental, la cual raras veces permite verla. Así, el significado de la cordillera para el territorio y la ciudad ha variado.
Mirando desde el extremo, ¿cómo encuentras que se ve la cordillera dentro de ella? ¿y cómo se ven el valle y la ciudad desde la cordillera?

TB: En su interior, la cordillera se percibe como un espacio en que el adelante y el atrás —a diferencia del valle— se presentan como suertes iguales, porque se está en un espacio de concavidades y convexidades simultáneamente, que distan de las relaciones habituales en las cuales uno acostumbra habitar el valle, que están ordenadas a partir del plano. Desde dentro, es un manto que se pliega hacia un conjunto de centros que configuran su interior. En la cordillera se está siempre en su interior, el horizonte visual cercano o lejano está delimitado por la cima de los cerros. Se percibe desde una situación de olla y desde abajo hacia arriba. La cordillera se habita a diferencia del valle —que es en la detención— en tránsito a o en relación a. Esto calza con la percepción tuya desde abajo. Además este modo dista de la percepción lejana, como a vuelo de pájaro, que se tiene de la cordillera. La ciudad que se emplaza en valle se entiende desde la cordillera, como un exterior de esta; por ejemplo, Santiago es la salida de los Andes al valle. Aquí cabe una consideración de índole general: los españoles ubicaron las ciudades en los llanos y valles a diferencia de los incas, que ubicaban sus ciudades en medio de la cordillera para así dejar el valle con una topografía más favorable para el cultivo. Todo lo que hoy se conoce como Valle Sagrado de Cuzco era una zona de cultivo que se extendía por sus laderas hasta alcanzar los asentamientos y ciudades en las cimas. En ese sentido, la cordillera nos puede mostrar la diferencia que hemos heredado, ambos por igual, de la concepción entre un interior europeo, como Santiago y otro americano como Cuzco.
Hay una pregunta pertinente a ese tema de los cultivos. ¿Cómo el agua torrencial, que baja de la cordillera en ríos, ha informado la trama urbana, por ejemplo, de Santiago?

EB: Ha influido mucho en su estructura. El río Mapocho y su antigua desviación, la Alameda, formaron la columna vertebral de Santiago, desde su entrada oriente en El Arrayán, hasta su salida hacia el mar por el poniente. El centro tradicional y su posterior prolongación han bordeado casi siempre dicho eje oriente-poniente.
La estructura natural y vial que sigue al cauce del Mapocho incluye la esperanza de dos cintas de áreas verdes laterales que lo acompañen, algo logrado a saltos en cerca del 50% de su paso por la ciudad. También es de esperar una decisión sobre la Alameda, hoy mezcla de mala vía con una mala área verde. Sería bueno elegir entre seguir acentuando su tráfico vehicular o retornar a su papel de gran área recreativa y forestal.
Volviendo atrás, la distribución de las aguas fue crucial para el riego del valle, especialmente desde que se unió el río Maipo con el Mapocho a través del canal San Carlos, obra del gobernador Ambrosio O’Higgins y del libertador Bernardo O’Higgins, hacia el año 1800. Antes, pequeños canales salidos del Mapocho regaron en sentido oriente poniente las manzanas fundacionales con sus huertos.
Pero también las aguas cordilleranas han sido amenaza latente de inundaciones cuando en la cuenca del Mapocho y otros cajones andinos llueve con calor. Más que un río, el Mapocho es un torrente con fluctuaciones de caudal de 1 a 600. Este carácter torrentoso se hace palpable en el brusco desnivel de 150 m que tiene Vitacura respecto al lado norte del cerro San Cristóbal en la zona de la Pirámide. La mayor altura del sur corresponde al milenario arrastre de tierra y rocas del río.
Una diferencia fundamental entre la cordillera y el océano son sus particularidades, sus nombres. El océano, fuera de su costa y nombre general (Pacífico) no tiene geografía, lugares, nombres, ni palabras que designen. Sólo se perciben su color y sus variaciones temporales por el clima, por ejemplo las tormentas. ¿Cómo ves la relación entre particularidades y designación por nombres de un hecho geográfico general como la cordillera, pero con particularidades? ¿Sus nombres preanuncian algo?

TB: Poner nombre a un lugar ha sido, desde tiempos antiguos, la primera y más leve forma de habitar un lugar. Poner un nombre es de las más finas acciones que el hombre puede imprimir en el paisaje o extensión natural. Revela un sentido, imprime carácter y no altera su condición geográfica; al contrario, la manifiesta. De este modo, los nombres que designan lugares, valles y cerros en la cordillera expresan que esta no es una extensión carente y a la espera de habitación sino al contrario, que ella está habitada primeramente y plenamente por sus nombres. Todos los cerros tienen nombres que los distinguen de sus vecinos y que, muchas veces, además permiten agruparlos en una cadena que tiene, a su vez, su propio nombre. Sus rutas de acceso también están nominadas y son perfectamente demarcadas. Los valles cordilleranos también tienen sus nombres y son conocidos y ocupados a lo largo de todo el territorio y ello ha ocurrido así desde nuestros antepasados precolombinos.
En cuanto a los accidentes, éstos son otro modo en que la cordillera manifiesta su particularidad y singularidad, en un territorio que muchas veces se tiende a pensar y concebir de manera homogénea como si fuera un todo desconocido. Ello no es así. La cordillera está demarcada dentro de sí por las denominadas fallas geológicas, que cruzan prácticamente toda su extensión y que en Chile se pueden agrupar en dos fallas: la primera es la denominada falla de Atacama en la zona norte del país, mientras la segunda es llamada Liquiñe-Ofqui en la zona sur.
Las zonas de fallas pueden desarrollarse a todas las escalas, con potencias desde unos pocos centímetros a un kilómetro o más; presentan así una intensidad variable, mostrando adelgazamientos y engrosamientos (Davis y Reynolds, 1996).
La falla de Atacama se extiende desde Iquique a La Serena en unos 1.000 km de longitud. La falla de Liquiñe Ofqui se ubica desde Liquiñe (Región de los Lagos) hasta el istmo de Ofqui cercano al Golfo de Penas, también por aproximadamente 1.000 km. Por lo tanto, los dos nombres indican dos dimensiones significativas que permiten sintetizar la extensión de la cordillera de los Andes.
Estas fallas dan origen también a otra manifestación del borde o encuentro entre la cordillera y el valle: las fuentes de aguas termales, que marcan el territorio a partir de afloramientos que dan origen a establecimientos termales y que constituyen, a diferencia de los centros de deportes de invierno, un modo de habitar en permanencia la cordillera no ligado a la estacionalidad. En Chile se encuentran catalogados cerca de 280 afloramientos termales con todas las propiedades de sus aguas, tales como minerales y temperatura, en alrededor de 50 establecimientos termales(1). Muchos de ellos han sido explotados con fines asociados a la salud del cuerpo, el ocio y la higiene, desde muy temprano; un ejemplo son las termas de Cauquenes, que según José Toribio Medina han sido utilizadas desde 1581.


Notas
1. Fuente: SIGEO. Sistema de información geológica disponible en http://www.sernageomin.cl/ (N. del Ed)

Referentes
Davis, George y Stephen Reynolds. Structural geology of rocks and regions. Wiley, Nueva York, 1996.         [ Links ]
Le Corbusier. Precisiones. Respecto a un estado actual de la arquitectura y el urbanismo. Editorial Apóstrofe, Barcelona, 1999.
        [ Links ]