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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.71 Santiago abr. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962009000100003 

ARQ, n. 71 Los Andes, Santiago, abril 2009, p. 16-19.

Notes English

LECTURAS

Los Andes y América

Teodoro Fernández *

* Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile


Resumen

Una visión integrada y global de Sudamérica señala la cordillera de los Andes como generadora de una particular morfología territorial. Dividiendo el continente entre las grandes planicies y sus ríos hacia el Atlántico y los valles transversales y ríos torrentosos enfrentados al Pacífico, se establece un punto de vista para reconocer la ladera poniente de los Andes.

Palabras clave: Geografía-Sudamérica, morfología territorial, valles transversales, cordillera de los Andes.



"El continente sudamericano se divide claramente en tres regiones. Al oeste la cordillera de los Andes, de edad geológica reciente, se eleva como una estela a raíz del desplazamiento del continente hacia el oeste, formando un puente planetario que une el Ártico con la Antártica; al este, los arcaicos escudos montañosos centrales y orientales apuntan a través del Atlántico al África, hacia donde se prolongan, documentando la antigua conexión de los dos continentes. Por fin, al centro, las cuencas de los grandes sistemas fluviales, donde se compenetran los sedimentos de las recientes formaciones geológicas del oeste con los antiguos del este" (Suchantke, 2003).
Los Andes forman el continente, dividiéndolo en dos zonas totalmente diferentes. Una faja estrecha y angosta al poniente cae abruptamente al Pacífico mientras otra gigantesca y plana, al oriente, se hunde dulcemente en las playas del Atlántico. Un enorme depósito aluvial que el agua ha arrastrado e ido rellenando contra los escudos del nororiente del continente.
Al oriente de los Andes se definen en unas pocas cuencas, vastas y gigantescas áreas, planas casi sin accidentes topográficos, extensiones enormes e indiferenciadas que abarcan cientos de miles de kilómetros cuadrados. A excepción del extremo sur —la Patagonia— en la vertiente atlántica llueve mucho: la humedad del Atlántico es arrastrada por los vientos hacia el interior del continente y, al contrario de lo que se piensa desde los climas secos, la lluvia lava los suelos y arrastra los nutrientes, por lo que la tierra de esta región es especialmente pobre. La mayor de estas cuencas es la del Amazonas, que ocupa el centro del continente; al norte de ella está el Orinoco mientras la cuenca del Paraguay Paraná está al centro sur y más al sur, donde el continente se estrecha, unos pocos ríos llevan el agua al mar. Todo este enorme territorio se define en sólo cinco paisajes, todos sin límites y uniformes en su variedad.
La cuenca del Orinoco alberga los llanos de Venezuela. Luego Amazonas, la mayor selva tropical del planeta: en su centro tiene un área que se inunda, durante seis meses, con aguas que provienen de la cordillera y de las lluvias constituyendo el mayor lago de agua dulce del mundo. En esta región miles de especies de plantas y animales —despegados del suelo que es pobre— se nutren del cielo, de las lluvias y de los minerales que atraviesan el Atlántico para depositarse sobre esta gran selva, arrastrados por los vientos alisios desde los desiertos africanos; entre ellas, plantas aéreas (epifitas y sobre todo bromeliáceas) o árboles y palmas con raíces atableradas o en forma de trípodes que sostienen y equilibran, pero no se nutren del suelo. Este Amazonas es el mar interior de América, algo así como su inconsciente, siempre presente y desconocido (inconocible). Más al sur, los llanos del pantanal o Mato Grosso y el cerrado brasileño.
Al centro sur, la Pampa húmeda. Nuevamente suelos pobres humedecidos por las lluvias, que sólo son capaces de producir pastos, vegetales que sólo animales con estómagos tan complejos como las vacas son capaces de comer; el paisaje bovino de Vargas Llosa."En toda esta inmensa región no se ve ni un árbol. El pasto común es su único producto; y en verano, cuando está alto, resulta bello ver el efecto del viento cuando pasa sobre esta extensión salvaje de pasto ondulante, y son bellos los matices del marrón y el amarillo; la escena es plácida más allá de toda descripción, no se ve habitación ni ser humano, excepto ocasionalmente el perfil salvaje y pintoresco de un gaucho (…)"(1) (Bond, 1825).
Al sur de esta pampa, otra no tan húmeda, un desierto. Más al sur el desierto frío y seco de la Patagonia oriental.
Estos cinco paisajes describen el territorio oriental de América, desde el Caribe hasta Tierra del Fuego de norte a sur y más de 5.000 km desde los Andes hasta el Atlántico en su parte más ancha.
Por el contrario, en la estrecha franja al poniente de los Andes, hacia la vertiente del Pacífico, los ríos no alcanzan a unirse y formar grandes cuencas. Múltiples valles se suceden cada pocos kilómetros, en forma constante y sucesiva hacia el sur, siempre distintas, teniendo como fondo permanente la cordillera al oriente y el mar al poniente, con dos laderas diferentes que el sol ilumina de acuerdo a su ubicación. Valles que han abierto los ríos que bajan de los Andes y que en un sistema fractal se imbrican en otros más pequeños, quebradas y puntillas en una sucesión infinita, creando múltiples paisajes acotados y misteriosos que se van descubriendo siempre únicos (Pérez de Arce, 1996). Cada uno con una luz distinta, más verdes a medida que se alejan de los desiertos centrales, más calurosos a más fríos de norte a sur.
Por su especial conformación los Andes configuran geográficamente el continente sudamericano: desde sus cumbres blancas proveen el agua que fertiliza la tierra posibilitando un mundo de agricultores. Sus abundantes recursos minerales han posibilitado la localización de distintas civilizaciones, formas únicas de habitar el continente y conformar su especial paisaje.
BLANCA / En la época precolombina y posteriormente durante la Colonia (cuando se organiza el territorio que hemos heredado) la población se esparció por todo el territorio, creando villas, pueblos y ciudades por todos los variados rincones. Aquí, al poniente de los Andes, las estrictas Leyes de Indias tuvieron pronto que adaptarse a la topografía y las preexistencias intrincadas y complejas. Por el contrario, al oriente de los Andes, aún en 1876 era posible fundar con una nueva planta una ciudad como La Plata o expandir Buenos Aires con una cuadrícula de geometría impecable; de la misma manera a mediados del s. xx se creó la ciudad de Brasilia (Gorelik, 1998).
El clima de la zona centro occidental de América es árido. Alta luminosidad, sequedad y temperaturas moderadas por el mar hacen de esta zona un espacio especialmente agradable para la vida y los cultivos; en ella, agricultores durante cientos de años produjeron casi el 30% de las plantas que hoy alimentan el mundo. La combinación de un clima fácil y las necesidades de organización de los sistemas de riego generaron desde un comienzo comunidades complejamente organizadas y jerárquicas que produjeron extensos oasis, entre ellos los valles del Perú y el valle central de Chile (Astaburuaga, 2004). Por el contrario, en los territorios del este de los Andes llueve, el agua se distribuye uniformemente, todo se moja igual. La organización física y social es más pareja y democrática.
MINERAL / Por las especiales condiciones en que se encuentran la placa sudamericana con las placas tectónicas del Pacífico, los Andes se levantan con múltiples fallas y volcanes. No todas las cordilleras poseen volcanes: los Alpes y los Himalaya no los tienen.
2.900 volcanes y una gran cantidad de termas se encuentran a lo largo de esta cordillera sólo en Chile, sesenta de ellos con registros de actividad. Por ellos afloran, desde el centro de la Tierra, los minerales: oro, plata, cobre y hierro. Desde tiempos antiguos los pobladores han caminado la cordillera buscándolos, creando caminos, habitándola. Al igual que en los valles cultivados, muchas de las minas que hoy se explotan ya eran explotadas y conocidas en tiempos precolombinos.
"Al igual que la formidable cordillera que lo cobija, el cobre fue la columna vertebral del fascinante desarrollo metalúrgico andino, ya que fue la base para todas las aleaciones desarrolladas por los artífices del cobre(...) Esta capacidad generativa del cobre como material de transformación, condujo a las culturas andinas a atribuirle poderes simbólicos en la vida y en la muerte(...) el impulso principal para la producción y las innovaciones técnicas no residió, a diferencia de lo ocurrido en el Viejo Mundo, en la aspiración por obtener armas o medios de producción más eficientes. En el caso de los Andes los metales se desempeñaron en el terreno del despliegue de status social y, en la esfera religiosa, como elementos de conexión con las potencias sobrenaturales" (González, 2004).
La minería hizo que la cordillera fuera trashumada y habitada desde hace siglos. Caravanas compuestas por miles de llamas llevaban el mineral
hacia los valles y los puertos.
"Había en las laderas y por las cumbres y collados (de Potosí) más de seis mil guayras, que son aquellos hornillos donde se derrite el metal, puestos al modo de luminarias, que verlos arder de noche y dar lumbre tan lejos y estar en sí hechos una ascua roja de fuego, era espectáculo agradable" (de Acosta, 1792).
Entre los ríos Aconcagua y Maipo, frente a la ciudad de Santiago, se encuentran más cumbres sobre los 5.000 m que hacen de esta zona una de las más altas de la cordillera.
SAGRADA / Los Andes, productor de metales, con sus cumbres blancas donde se acumula la nieve y de donde proviene el agua, por donde nace el sol cada mañana, fue identificada como el lugar donde nace la vida, lugar sagrado, altar que une la tierra y el cielo.
La cordillera de los Andes, columna vertebral de América (más que los ríos de la vertiente atlántica, que por lo demás fueron primero bajados desde la cordillera más que remontados desde el mar), fue el camino de los primeros habitantes desde el norte, de la conquista del s. xvi, de la colonización y también del conocimiento. Al otro lado el espejismo de El Dorado, el viaje hacia ese interior del inconsciente de América en Aguirre, la ira de Dios: algo que estaba más allá de la cordillera de los Andes.

Este paisaje vibrante, un espacio inconmensurable en continuo cambio y desarrollo, en que las fuerzas que formaron la tierra y la vida están en permanente movimiento, motivó desde temprano el interés por conocerlo y describirlo. A fines del s. xviii el continente sudamericano produce cierta fascinación al extranjero: dos científicos viajeros, Alexander von Humboldt y Charles Darwin, alumbran desde los Andes dos visiones del mundo que fundarán la modernidad, la ecología y la teoría de la evolución. Humboldt, con una visión armónica del mundo, vio América desde las zonas equinocciales, mientras Darwin, que propondrá una visión del mundo como una lucha por la supervivencia, la recorre pocos años después desde el sur, desde Tierra del Fuego hacia el norte.
Humboldt, producto del racionalismo iluminado del s. xviii, entiende la naturaleza como obra divina, a la vez que Darwin funda una nueva visión moderna de la naturaleza haciéndose a sí misma a través de la evolución: un mundo que termina y otro que comienza nuevamente desde América, en unos viajes que trescientos años después reproducen la coreografía planetaria de los viajes de Colón —cerrando el mundo medieval— y Magallanes
demostrando su redondez. Norte y sur nuevamente.
Chile hizo un movimiento en el mapa americano de alguna manera contrario a los demás países. Los países al oeste o poniente de la cordillera avanzaron hacia el oriente, hacia El Dorado, dejando la cordillera al centro de su territorio, tomando la costa, la sierra y la selva. Chile por el contrario
avanzó hacia el norte y el sur —Guerra del Pacífico, Estrecho de Magallanes, Cabo de Hornos— definiendo la cordillera como su límite oriente, alcanzando la descomunal proporción que hoy tiene, pasando a ser el más occidental de los países de América. La cordillera es límite, telón de fondo, borde y encierro, siendo también el emplazamiento de la gran mayoría de los parques nacionales de Chile: las Torres del Paine se transforman en ícono, símbolo de lo sublime de la naturaleza y el paisaje nacional.
Mientras arrieros trashumantes llevan ganado a uno y otro lado, contrabandistas de tabaco cruzan desde Argentina, vendedores de licor van a las minas, esquiadores y escaladores caminan y atraviesan los Andes silenciosamente, Santiago —ciudad de seis millones de habitantes— desde las obras del cerro San Cristóbal en 1910 no ha hecho nada por sus cerros y su cordillera, en el intento por una sociedad que celebre su paisaje, más libre e igualitaria.

Notas
1. Francis Bond Head: ingeniero y militar inglés que, entre julio de 1825 y febrero de 1826, cruza con motivos mercantiles cuatro veces la pampa argentina y dos veces la cordillera de los Andes. Inspecciona una serie de minas y yacimientos para ser explotados por una compañía inglesa. (N. del Ed.).

Referentes
Astaburuaga, Ricardo. "El agua en las zonas áridas de Chile". ARQ Nº 57. Ediciones ARQ, Santiago, July 2004.         [ Links ]
de Acosta, José. Historia natural y moral de Las Indias. Original from Pantaleón Aznar, Madrid, 1792.         [ Links ]
Gasparini, Sandra. "Francis Bond Head. Apuntes tomados durante algunos viajes rápidos por las pampas y entre los Andes". Cuadernos Americanos Nº 122, Vol. 4. Nueva Época, Mexico, 2007.         [ Links ]
González, Luis. El arte del cobre en el mundo andino. Museo Chileno de Arte Precolombino, Santiago, 2004.         [ Links ]
Gorelik, Adrián. La grilla y el parque. Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, 1998.         [ Links ]
Pérez de Arce, Rodrigo. "Los márgenes posibles del valle del Alto Aconcagua. El valor propositivo de la representación arquitectónica". ARQ N° 38. Ediciones ARQ, Santiago, December 1996.         [ Links ]
Suchantke, Andreas. El continente de los colibríes. Paisajes y formas de vida de las regiones tropicales sudamericanas. Udeis Verlag, Dortmund, 2003.
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