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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.62 Santiago mar. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962006000100010 

ARQ, n. 62 Consumos / Consumption, Santiago, marzo, 2006, p. 54-56.

Notes english

OBRAS Y PROYECTOS

Arquitectura para el consumo

Mathias Klotz

Decano de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad Diego Portales, Santiago, Chile.


Resumen

Las tensas, incómodas y también productivas relaciones entre arquitectura y consumo son las primeras claves de esta discusión. El espacio como bien de cambio y lugar comercial, el papel del arquitecto en el mercado y cómo estos elementos tiñen áreas consideradas como propias de la disciplina son parte de la reflexión propuesta.

Palabras clave: Arquitectura, espacios comerciales, pabellones, arquitectura efímera, tiendas, sociedad de consumo.


 

La arquitectura para el consumo es sin duda un fenómeno emergente en el mundo globalizado, que ha trastocado muchos de los dogmas de nuestra profesión. En primer lugar, se enmarca mejor en lo que se denomina comúnmente arquitectura efímera que en lo que entendemos (los arquitectos del siglo pasado) como arquitectura. Si bien el concepto de lo efímero va ligado generalmente a obras de presupuesto reducido, de estructura ligera, transitorias y con fines generalmente simbólicos, en el caso de la arquitectura para el consumo estos supuestos generalmente tienden a distorsionarse.
El desafío que plantean estos encargos es el de competir por llamar la atención en un medio inestable y en constante cambio.
La arquitectura efímera en general está ligada a un determinado acto, a una determinada conmemoración o a una determinada representación.
Los siglos XIX y XX estuvieron plagados de buenos ejemplos, provenientes de la arquitectura de pabellones. Fue en estos pabellones donde muchas veces se plantearon los nuevos manifiestos, donde se experimentó con nuevas tecnologías y donde se marcaron las grandes o sutiles diferencias. Sus mandantes fueron mayoritariamente órganos estatales, que veían en ellos eficaces herramientas de comunicación.
El paradigma de estos pabellones sin duda es el de Barcelona, hecho por Mies van der Rohe para la Exposición Universal de 1929 y desmontado meses después. Como sabemos, la propuesta de dicho pabellón era radical, pues en él no se exhibía nada que no fuera el pabellón mismo. Por otra parte, su influencia en la arquitectura ha sido de tal magnitud que, contraviniendo su esencia, a fines del pasado siglo fue construida una réplica en su ubicación original.
Como ejemplo cercano y en un contexto sociocultural mas próximo, tenemos el pabellón de Chile en la Expo Sevilla de 1992, realizado por los arquitectos José Cruz Ovalle y Germán del Sol. Sin entrar en comparaciones arquitectónicas, pienso que el pabellón chileno en Sevilla (desde el punto de vista de la exposición) es un híbrido que refleja claramente el cambio y las contradicciones introducidas por la actual sociedad de consumo.
En lugar de un edificio que se muestra a sí mismo presentando a Chile como un país cálido, con una respetable cuota de tecnología y en medio de un entorno cargado de naturaleza, los creativos locales –provenientes de la cultura del consumo, de la imagen y de las apariencias– lo llenaron de cachivaches, transformándolo en un circo que llegó a tener incluso un espectáculo central llamado el iceberg.
Recordemos que el animal tuvo que ser traído de vuelta a su lugar de origen por cuenta de la Armada de Chile, en lo que seguramente fue el último show de los creativos.
Pienso que estos dos ejemplos sirven para graficar las potencialidades y los peligros de este desarrollo, emergente y difícil de controlar. Por un lado estos encargos tienen la frescura de lo inmediato, esencial, efímero y simbólico, pero por otro tienen un mandante colectivo y abstracto, generalmente tosco, llamado consumidor. Aunque este consumidor en sí no representa un peligro, y más bien es la justificación del encargo, la mayoría de las veces (y desgraciadamente) está representado por los mismos creativos circenses del iceberg.
Otro elemento que aparece en este contexto, es la importancia de la imagen. Luego del éxito del museo Guggenheim de Bilbao, se ha desatado una fiebre alcaldicia por construir la postal de la ciudad. Ya no importa qué es, sino cómo se verá en la foto. No queda ciudad que se precie en el mundo que no tenga el correspondiente puente de Calatrava o al menos, a lo Calatrava, lo que ya no importa pues hasta él mismo se copia mal.
Es la primera vez en la historia en que la importancia del lugar, del espacio, de la materialidad y de la vivencia pasan a segundo plano, y en que lo importante es consumir arquitectura del mismo modo que gaseosas o seriales de TV.
Creo que la arquitectura para el consumo se realiza en un escenario hostil, donde todo cambia y donde lógicamente el consumidor es y debe ser considerado como el centro de atención; donde la moda y las tendencias definen los criterios, donde todo es efímero pero debe dar –al menos– la apariencia de permanente y donde muchas veces el contexto es una especie de frente de batalla donde luchan distintos creativos, compitiendo por gritar más fuerte que el vecino.
No hay que olvidar tampoco que su único fin es el lucro; por esto mismo la presión a la que se somete a los arquitectos que la desarrollan es a veces insoportable, y en general ellos no han sido entrenados para manejarla. El resultado, sumado a las incapacidades personales, salta a la vista y nuestras ciudades parecen estanterías de productos.
Con estos antecedentes pienso que encarar hoy en día un proyecto de esta naturaleza constituye un desafío nuevo, sobre el cual no tenemos aún experiencia acumulada suficiente y donde los buenos ejemplos son la excepción. Pienso también que aquí hay una oportunidad que debemos aprovechar para no seguir cediendo espacio a profesionales de otras disciplinas que sí entienden cuáles son los códigos de estas operaciones.
Las obras que a continuación se presentan son sin duda trabajos de excepción que han logrado, con mayor o menor grado acierto, resolver el problema recurriendo a distintas estrategias.
El proyecto de Smiljan Radic recurre a la tradición del pabellón. Se sitúa en un entorno privilegiado, a prudente distancia del edificio municipal, con el cual afortunadamente no tiene que relacionarse, y en medio de un hermoso parque diseñado por el arquitecto Teodoro Fernández.
El propio Radic cita a Sverre Fehn en su memoria de proyecto, respecto a cuya obra hay una interesante relación, especialmente con el pabellón de Venecia. Los rasgos comunes que parten con la materialidad, se advierten incluso en la incorporación de elementos naturales (árboles en uno, rocas de granito en el otro), un parque municipal en ambos y evidentemente la propuesta de la cubierta, con un parentesco evidente. El proyecto de Radic se inscribe dentro de lo que podríamos llamar escenario ideal. Se construye en un parque, al costado del agua, con vistas privilegiadas sobre el cerro, y con un programa que pese a ser de consumo, está cargado de rito, de buenos olores y de una luz amable. A todo esto, Radic responde con su característica precisión, adaptándose sutilmente al entorno y potenciándolo con un nuevo elemento que mezcla lo natural con elementos arquitectónicos de cierto brutalismo. Esta obra será, sin duda, un aporte a una búsqueda que podemos advertir en el pabellón de Rafael Iglesia en Rosario o en algunas obras de la nueva generación de paraguayos como Solano Benítez. Por otro lado, el tema de las gasolineras es sin duda un campo donde investigar; en la última década y en el ámbito internacional destaca la propuesta de Foster para Repsol, que consiste básicamente en tres techos piramidales invertidos con la incorporación de los colores corporativos. Respecto de la estación de servicio de Juan Sabbagh, ella se inscribe en una larga trayectoria personal al respecto, en la que el arquitecto, asombrosamente, no para de reinventarse una y otra vez.
Como es evidente, el tema central de la gasolinera es el de la cubierta, a la que desde algunos años se le han agregado pequeñas unidades de venta y servicios de comida rápida, que en algunos casos ya no son tan pequeñas. Si bien esta obra resuelve de un modo impecable e imaginativo la cubierta, en el tema del equipamiento de servicios la solución es más bien convencional. Respecto al primer punto, la incorporación de elementos gráficos de gran formato le dan a los soportes una escala nueva, que los independiza de la cubierta y los inserta en el paisaje en clara referencia a la materialidad del lugar. Es tan fuerte el deseo de Sabbagh de independizar los elementos que incluso la base de las bombas se levanta del plano del pavimento, y se resuelve en forma separada. En el tema del revestimiento de la cubierta se opta por soluciones de tipo laminar, logrando un espesor mínimo; la incorporación de la iluminación embutida es un elemento cuidado que resalta la cualidad del elemento. Hay sin embargo unos techos independientes a un costado del volumen de servicios, que parecen ajenos a la propuesta, y que además incorporan elementos naturales como revestimiento. Estos techos son demasiado pequeños como para generar interés, y parecen un elemento híbrido tratado con cierta timidez. Tal vez esta notable gasolinera sería mejor sin estos elementos menores; su forma de referirse a la naturaleza por la vía de la gráfica es más interesante que cuando lo materializa en forma literal.
Respecto al strip center de los arquitectos Mas y Fernández, este programa constituye un nuevo campo de investigación donde tal vez la más interesante de las propuestas contemporáneas corresponda a la del arquitecto croata Hervoje Njiric. Su trabajo ha sido capaz de resolver incluso un Mc Donald’s, entre otros proyectos en un campo plagado de normas corporativas.
Si bien estos strip center o minicentros comerciales no tienen gran escala, sin duda afectan el tejido urbano, contribuyendo a su desmembramiento. Respecto de esta obra en particular tengo tan sólo una reflexión al respecto: ¿cuál es el tema arquitectónico a resolver en este caso?. Debido a su ubicación en esquinas de barrios residenciales, estos centros debieran resolver la relación con los vecinos de manera civilizada sin desarticular las esquinas. El estacionamiento es un tema de especial responsabilidad, donde no basta únicamente con plantar árboles. Si este programa se resolviera tan sólo invirtiendo el volumen, reconformando la esquina y dándole continuidad a la vereda, cuidando la convivencia con el barrio a través de los medianeros, las cosas andarían por mejor camino.
El shopping Atica, de los arquitectos Bruna y Cerqueria, propone una interesante solución de la sección del edificio que orienta las relaciones que se establecen entre sus distintos programas; lamentablemente el proyecto está contaminado por un repertorio de elementos formales, propios de la imaginería de la arquitectura para el consumo más convencional.
Para concluir, celebro que, pese a la ya mencionada hostilidad presente en esta área de la arquitectura, aparezcan nuevas propuestas capaces de proponer nuevos puntos de vista para este fenómeno comercial. Sin duda la experiencia de Sabbagh y el contexto que rodea a Radic son factores que hacen más interesantes sus propuestas, frente a las de Mas - Fernández y Bruna - Cerqueria, que responden con menos certeza ante un requerimiento evidentemente más complejo.