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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.62 Santiago mar. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962006000100007 

ARQ, n. 62 Consumos / Consumption, Santiago, marzo, 2006, p. 32-37.

Notes english

LECTURAS

Un gran contenedor y muchos carritos

Alejandro Crispiani*, Marcela Silva

* Profesor del área Teoría, Historia y Crítica de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de chile, Santiago, Chile.


Resumen

El relato lúcido y preciso de una rutina que hoy es parte importante de nuestra vida urbana la saca de la anestesia que envuelve a lo cotidiano, y devuelve el reflejo de una coreografía que sincroniza automóviles, carritos de compra, clientes y productos dentro de las súper-naves del supermercado.

Palabras clave: Crítica de la arquitectura, espacios comerciales, supermercados, hipermercados, retail.


 

El supermercado ha muerto. Viva el supermercado. En su sitial le ha sucedido el hipermercado, un digno heredero que ha sabido multiplicar tanto las indudables ventajas de su antecesor, como sus amenazantes carencias y ambigüedades. Sin ser un lugar público, y más que el mall, al cual puede aparecer asociado pero no necesariamente, el hipermercado es uno de los principales lugares de reunión de público de la ciudad actual. Atiende a las necesidades más básicas de este público pero nada le impide hacerlo también de las más sofisticadas. Su visita regular podrá ser espaciada, pero cada vez resulta más inevitable debido a su impactante poder de concentración y a su acción aparentemente arrasadora en el comercio minorista de productos básicos. En principio, el hipermercado podría contener, y a veces da la impresión de que así ocurre, la totalidad de las marcas y de los tipos de productos que circulan en el mercado nacional en lo relativo a alimentación e higiene, abarcando de manera limitada, pero cada vez con mayor decisión, los otros rubros que terminan por poblar nuestras viviendas: vestuario, electrodomésticos, utensilios, mobiliario y otros. Es una pieza primaria de nuestra vida urbana, en la que está casi todo y casi todos.
Al ritmo del crecimiento económico, en Chile la tipología hipermercado parece haber asumido desde los últimos años una notable importancia a nivel urbano y social. En rigor, el crecimiento y propagación de la industria supermercadista en nuestro país data de varias décadas. Ya en el año 1957 se inaugura el primer supermercado en la Región Metropolitana –en la comuna de Providencia– perteneciente a la cadena Almac. El surgimiento de un nuevo tipo arquitectónico y los nuevos patrones de emplazamiento e imagen que él mismo demanda, no van a dejar de tener consecuencias duraderas para la ciudad y el mercado. Pero quizás lo más importante sea la nueva relación entre comprador y producto que el supermercado plantea, haciendo desaparecer la figura mediadora y paternal del vendedor para dar lugar a una relación más directa e introvertida con el producto, que no canaliza ya el ancestral contacto entre comprador y vendedor (en el supermercado sólo hay compradores). Esto se refleja directamente en la introducción del concepto de autoservicio a los almacenes tradicionales, cambiando la distribución espacial y programática de su interior, aumentando sus superficies y reduciendo a lo indispensable el expendio de productos no envasados.
Coronando el proceso de rápido crecimiento y expansión que experimentan los supermercados desde los años ochenta, el hipermercado se consolida como una nueva tipología comercial a finales de los noventa, siendo producto de una serie de negociaciones, reestructuraciones y movimientos en la industria nacional que van a condicionar su surgimiento y su desarrollo en años posteriores. A partir de ese momento se decanta la idea de hipermercado como una suerte de contenedor urbano, poseedor de una presencia dominante en la ciudad y eslabón de una estructura mayor de redes y sistemas programáticos y publicitarios(1).
Macroconsumo y macrociudad / La arquitectura del supermercado remite a un tipo referencial de los orígenes de la arquitectura moderna: la gran nave, ya sea industrial o de exposiciones, construida a partir de un sistema industrializado de ensamble en seco, tipo mecano, de importante flexibilidad espacial y constructiva, capaz de acoger modificaciones en cualquier momento. Es una nave capaz de albergar grandes cantidades de público en movimiento, generadora de un microclima con condiciones estrictamente controladas de iluminación y ventilación, que contiene sin fisuras ni mayores filtraciones hacia el exterior toda la actividad de compra, garantizando la concentración sobre el producto. Como la nave industrial, está guiada por una idea de máxima eficiencia espacial a partir de un ordenamiento predominante lineal, al que podría llamarse la línea de consumo.
La gran sala de ventas es la materialización más clara de ese cambio en la relación con los productos que hemos mencionado: en el supermercado, el comprador es el que compra cuando antes era el vendedor el que vendía. Si bien la desaparición del vendedor hace que los productos sean directamente accesibles, acercándolos de una manera inédita al comprador, esto no necesariamente implica que la compra se haya convertido en un acto solitario. Se sabe, la compra en el supermercado es, en muchos casos, una instancia de socialización. La compra familiar es frecuente. Desaparecido el vendedor, el supermercado parece afianzar lazos sociales preexistentes o ya establecidos. En el interior, los productos se ofrecen a sí mismos a través de distintas técnicas. En primer lugar, por supuesto, está el envase, pensado ya no para productos que van a convivir de manera más o menos pacífica en las estanterías de las tiendas, sino para la despiadada guerra de imágenes de las góndolas. El canto de sirena de los productos, hecho de las imágenes de sus envases, llena la gran sala. Siguiendo una larga tradición occidental de valorización de las imágenes naturalistas, en ella la vista prima sobre cualquier otro sentido. La mirada es la gran vía de canalización de los deseos que incansablemente generan los productos. Ella deambula sin cesar por un campo plenamente ocupado por mercancías esmeradamente recubiertas. Pocas de ellas se animan a mostrarse desnudamente debajo de alguna cubierta más o menos transparente. La mirada puede estar apoyada por el oído (en algún momento, éste puede guiarnos hasta productos de los que la gran sala quiere deshacerse) pero jamás por el olfato, que sólo contra la voluntad de la gran sala se hace presente subrepticiamente en su espacio. La gran sala dispone también de otras técnicas para propiciar o apaciguar la circulación de un determinado producto. La principal de ellas es la ubicación, que tiene que ver con la mayor exposición a las miradas. Ver es desear y cuanto más mirado un producto, más circula. De ahí esos lugares de privilegio: las cabeceras de las góndolas y los estantes a la altura de la mirada. Sobre todo estas cabeceras ponen en evidencia que el orden de los productos no es estático (aunque lo parezca) sino todo lo contrario: dentro de un entramado invariable las distintas marcas aparecen y desaparecen. Además, en sus estanterías, los productos son retirados constantemente, se mueven delante de nuestros propios ojos, pero este movimiento resulta imperceptible, a pesar de su sustracción y reposición parecen seguir estando allí, como producidos por las propias góndolas.
Existen ciertas características de la gran sala de ventas que hacen de ella un lugar particular, aislado del resto de los espacios de concurrencia del gran público. Una de estas características es lo que podríamos llamar la suspensión de la propiedad de los objetos. Al entrar en la gran sala, el usuario deberá despojarse de la mayor cantidad de objetos de uso personal que las costumbres y los usos sociales le permitan. Ya en la sala los productos parecen no pertenecer a nadie. La única ley que rige para ellos es la de la visibilidad: todos los productos han de estar visibles, y no se trata sólo de una estrategia de venta. Mientras el producto se muestre a la vista, no hay sospecha de hurto (en el espacio de la gran sala no hay hurto de mercancías, sólo su sospecha, que se hará efectiva o no al pasar por las cajas). En ese sentido, los carros muestran la sabiduría de su diseño: nada se puede ocultar en ellos. Extraer una mercancía de un carro vecino puede ser una muestra de imperdonable mala educación, pero no constituye un hurto, ya que la persona que lo tenía en su carro todavía no es su propietario. Mientras se mantenga a la vista, será sólo un cambio de lugar. Significará una incomodidad, pero no representa una pérdida material para la persona a la que se lo sustrajeron. De ahí ese desasimiento con las cosas compradas que puede experimentarse en el interior de la gran sala. Ellas pueden quedar, en el interior del carro, un poco libradas a su suerte; en última instancia, su improbable sustracción sólo representará una pérdida de tiempo. Este régimen tan particular y extraordinario de los objetos hace consistente el espacio de la gran sala. El paso por las cajas le pone fin: la visibilidad de los productos se termina al ser recubiertos por las blancas bolsas, a partir de allí tienen un propietario personal concreto, su disponibilidad abierta se cerró, están ocultos a las miradas. El poder de atracción de sus envases puede descansar bajo la delgada piel blanca: ya cumplió su cometido. Desde ese momento, constituido el producto ya en propiedad privada y bien fungible, la función del envase pasa a ser principalmente informativa, cuando antes era básicamente desiderativa.
Otra característica notoria de la gran sala es su sectorización por rubros; panadería, carnes, pescados, vinos, cosméticos, cada familia de productos crea su propio nicho, cuya caracterización en no pocos casos se basa en la evocación de tipologías comerciales de la propia ciudad. A estos sectores se les suman los lugares de expendio de comida –no necesariamente rápida– que permiten cortar o energizar la secuencia de compras. El hipermercado responde así a una especie de entramado barrial(2). Como probablemente en la ciudad antigua, donde cada actividad productiva tenía su propio sector, el barrio de los alfareros o los hojalateros, también el hipermercado se sectoriza a partir de familias de objetos o productos. Distintas características escenográficas distinguen a cada una de estas familias dentro del imperturbable marco de la arquitectura general de la nave. Las líneas demarcatorias entre los distintos microbarrios pueden ser sutiles o tajantes, pero la red de flujos los conecta a todos. Las cajas actúan como una suerte de aduana de esta ciudadela interior: hay que rendir meticulosa cuenta de los objetos que se extraen de ella y se introducen en la ciudad real. Pero la ciudadela está rodeada por otros espacios. Por supuesto, las bodegas, depósitos y lugares de elaboración de alimentos que la sirven; los estacionamientos y un cúmulo de locales a la vieja usanza, con atención personalizada que se han cobijado bajo el gran contenedor o se apiñan a su vera. Evidentemente el hipermercado no excluye estas formas de comercio anteriores, solamente las minimiza, las pone en su lugar: girando en órbitas alrededor suyo.
El uso eficiente de la gran sala requiere de una suerte de alacena móvil, el carro de supermercado, sin duda una de las grandes creaciones del diseño contemporáneo: fácilmente maniobrable, pesado, transparente, posible de ser condensado en hileras extraordinariamente compactas, capaz de transportar sin esfuerzo aparente ingentes cantidades de mercancías, es la pieza clave de esta arquitectura. Sin él, todo el dispositivo supermercadista resultaría inconcebible. Es el contrapunto perfecto a la inmovilidad y al orden aparentemente congelado y eficiente que las góndolas imponen a los objetos. El carro quita a los productos de este orden y los apila de manera aluvional, pero no sin sentido. El contenido del carro constituye un universo portátil de preferencias personales y posibilidades económicas, quizás más expresivo de su propietario que cualquier otro conjunto de mercancías a ser exhibidas en público. El carro de supermercado espeja a la gran sala, ya que él mismo es una variante de contenedor; es, en realidad, un microcontenedor ambulante. Es el instrumento que permite que el mar cerrado de las mercancías contenido por la gran sala, siempre en el límite del desborde, se canalice por las cajas y se filtre posteriormente hacia los automóviles y de ellos hacia las viviendas. Su identificación con el supermercado mismo, su casi inoperancia y su torpeza fuera de este ámbito, refuerza la condición de espacio diferenciado y peculiar que tiene la sala de ventas, espacio que para su correcto uso requiere de una herramienta que le es propia y que sólo funciona en su interior.
El contenido del carrito desemboca en la maleta del automóvil. Ambos rodados conviven en ese otro gran contenedor: los estacionamientos. Los estacionamientos son indispensables, ya que ellos alojan a esa extensión del carro del supermercado que son los automóviles. En ellos el automóvil se transforma en un hipercarrito, engulléndose a compradores y mercancías. Ahora bien, los estacionamientos guardan una relación inversa con los objetos que contienen, que la que guarda la gran sala con los suyos. Al contrario de ésta, cuyo estado natural es la colmatación, los estacionamientos aceptan (o quizás secretamente deseen) ser un espacio vacío, o al menos parcialmente ocupado. Un estacionamiento repleto es inefectivo e imperfecto, muestra su falta de correspondencia con la gran sala, es incapaz de dar cabida en su totalidad a los deseos que ésta despierta. Nada más irritante que el tejido cerrado de los automóviles ajenos en el expectante momento de ingreso a la gran sala. En su ocupación parcial, en su uso dispendioso, alcanzan, extrañamente, la perfección en su relación con la ella. Sus huecos y vacíos son necesarios para una circulación fluida de las mercancías. Sólo son perfectos cuando están incompletos. Esta ocupación incompleta resultaría intolerable en las góndolas (para quienes lo han visto, no hay espectáculo más inquietante que un supermercado semivacío). Por otra parte, los estacionamientos completamente vacíos son un signo de que las puertas de la gran sala se han cerrado. Completamente vacíos se disocian de la gran sala y de sus extensiones sobre ruedas, alcanzando una plenitud estética que los hace valer por sí mismos. Los arquitectos educados en la tradición moderna hemos sido entrenados para admirar este tipo de espacio: una gran sala hipóstila, una enorme retícula regular, perfecta, extensa, nocturna y deshabitada. No deja de ser sintomático que estos espacios alcancen su ápice de expresividad cuando ya no están cumpliendo su cometido, cuando los objetos que deben alojar los han abandonado. No son ni pueden ser inútiles, pero si lo fueran, podrían ser considerados como bellas esculturas abstractas para ser contempladas desde un automóvil en movimiento.
No obstante la complejidad interior del hipermercado, desde la ciudad sólo se percibe un contenedor que se instala a escala urbana. Una piel común recubre todo su perímetro. A esta piel se le cuelgan diversos dispositivos publicitarios de vida más o menos larga o corta, anuncios por lo general de ofertas y nuevos productos. Pero esta piel existe para ser el fondo imperturbable contra el cual se recorta el logo de la empresa y las letras que componen su nombre. En realidad las dos cosas forman una sola pieza gráfica, una sola marca que sintetiza todas las marcas contenidas en su interior. Una híper marca que sobrevuela por todos los productos del interior y que se expande a escala urbana. La piel externa existe para darle su lugar al logo. La arquitectura entera se impregna de él(3). Los logos tienen que ser simples e inolvidables, son los puntos de referencia en el universo del consumo: “modernos faros que nos guían en nuestra experiencia y recorrido por el mundo, el logo nos indica donde estamos parados”(4).
El exterior del hipermercado es decididamente pobre, todos los recursos empleados son rudimentarios: una volumetría simplona, el gigantismo elemental del logo y el no menos elemental juego de fondo y figura. Visto de lejos, aislado de otras de construcciones y en lo posible en medio del verde, resulta tolerable. Pero la ciudad consolidada lo digiere mal. Expresada de manera tan brutal, la gran escala de su interior sólo provoca anomia urbana. Considerado desde afuera, el hipermercado parece quedarse en su condición de gran objeto publicitario habitable, sin llegar a ser un edificio. Las intenciones con respecto a hacer del hipermercado una pieza importante en el funcionamiento barrial, que su programa recoge y articula con la gran sala de ventas, no parecen haber tocado el exterior del edificio, que sólo parece querer imponer su marca. El contraste entre el interior del hipermercado y su exterior no puede ser más notorio. La cantidad de dispositivos puestos en juego para regular el flujo de objetos y personas que habitan su interior, permitiendo la conciliación de intereses muy diversos, encauzando ciertas aspiraciones y deseos y bloqueando otros, no roza siquiera la relación del edificio con la ciudad, signada más bien por la puerilidad (a pesar de sus esfuerzos, en este sentido, no logra superar a los grandes almacenes). Es de esperar que esta situación cambie, ya que se trata de un problema eminentemente arquitectónico, o que podría solucionarse con herramientas que la arquitectura podría aportar. Aquí y allá, aunque más decididamente allá que aquí, parecen haber signos de que nuestra disciplina comienza a tomar este tema, y otros de naturaleza similar, entre sus manos. La gran sala todavía espera su arquitecto.

Notas
1. Ver Silva Fischer, Marcela: Hiperarquitectura: una microciudad contenida. El hipermercado en Santiago de Chile. Tesis para optar al grado de Magíster en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, abril 2005.         [ Links ] Prof. guía Fabrizio Gallanti.
2. Para más detalle ver: Marcela Silva Fischer, op. cit.
3. Para un desarrollo mayor de este tema también puede verse Marcela Silva Fischer; op.cit.
4. Pozo, Patricio; “La economía global de la imagen”.         [ Links ] En revista ARQ Nº 49, Ediciones ARQ, Santiago, 2001, p. 27.
        [ Links ]

Referentes
Silva Fischer, Marcela: Hiperarquitectura: una microciudad contenida. El hipermercado en Santiago de Chile. Tesis para optar al grado de Magíster en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, abril 2005.
Pozo, Patricio; “La economía global de la imagen”. En revista ARQ Nº 49, Ediciones ARQ, Santiago, 2001, p. 27.