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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.62 Santiago mar. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962006000100006 

ARQ, n. 62 Consumos / Consumption, Santiago, marzo, 2006, p. 26-28.

Notes english

LECTURAS

Hacer nada

Rodrigo Pérez de Arce*

* Profesor de la Escuela de Arquitectura y del Magíster en Arquitectura de la , Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.
Profesor Cornell University, Ithaca, EE.UU.


Resumen

El marxismo y el capitalismo unidos jamás serán vencidos. Destinada a la clase media alta, una operación inmobiliaria de gran escala, emplazada en la costa chilena, pone en práctica sin proponérselo los ideales urbanísticos de la utopía socialista más ortodoxa: un denso conjunto de segundas viviendas, segregado funcionalmente, da lugar al ocio comunitario organizado.

Palabras clave: Crítica de la arquitectura, segunda vivienda, resort, ocio, urbanización costera, condominio, balneario, San Alfonso del Mar.


 

Un balneario es esencialmente un lugar para el ocio; para hacer nada. Lejos de ser trivial, históricamente, el ocio ha engendrado arquitecturas de calidad. La diferencia es que hoy esta expectativa es más democrática siendo el balneario una de sus formas colectivas privilegiadas. (fig. 1)
El ocio veraniego es hoy un derecho adquirido: sus consecuencias se palpan en nuevos hábitos y paisajes. Lo interesante es que su impulso esencialmente improductivo constituya un irrefrenable motor del desarrollo territorial. Sabemos que sus resultados son muy desiguales: desde el s. XX esta disposición ha gestado notables proyectos como por ejemplo el balneario de Punta Ballena en Uruguay (Bonet, 1945) y desastres urbanos y ecológicos como por ejemplo los emprendimientos inmobiliarios actuales en torno a la dunas de Cochoa cerca de Viña del Mar(1). De cualquier modo, las tendencias transformativas del territorio a partir del ocio son irreversibles: la agitación inmobiliaria virtualmente irrefrenable del litoral central en Chile presagia una larga conurbación costera y quizá también el eventual colapso de sus sistemas viales. (figs. 2 y 3)
Como si se tratase de company towns dedicadas a la improductividad los balnearios evidencian similares ritmos, patrones de uso y rituales, formalizados fundamentalmente en torno a la playa –verdadera fábrica del ocio–. Al igual que en Charlie y la fábrica de chocolate(2), un referente único marca al poblado, sólo que aquí es el mar el que sustituye a la parafernalia industrial; el mar, un escenario de culto, un anhelado objetivo visual. Una condición actual del balneario suele ser la cuantía de los capitales movilizados en pos del ocio a gran escala: al igual que en la company town el sello corporativo caracteriza estas grandes estrategias del tiempo libre. (fig 4)
A diferencia de otros patrones de colonización, la conjunción del ocio y litoral se sustenta en un reconocimiento inequívoco –pero usualmente extremadamente parcial– del espacio natural, primera motivación y fundamento de localización. Espacio natural que se desdobla en escena (usualmente asumida pintoresca) y escenario activo para el despliegue de las actividades del ocio (ese alter ego de la ocupación). Es parcial porque de todos los bienes del paisaje este reconocimiento suele identificar solamente al borde marino, ignorando otras situaciones como son –en el caso local– las quebradas interiores, marismas, humedales, los esteros, los campos dunares y las serranías del secano costero. Bajo esta premisa excluyente, ocupar el frente marino no sólo implica conquistar la accesibilidad privilegiada al escenario marítimo, sino además una garantía de su disfrute visual. Una jerarquía frontal de localización por franjas desde el litoral hacia el interior resulta de esta simple ecuación, provocando consecuencias significativas, y por lo general irreversibles, en los patrones de colonización territorial. No obstante la puja por el frente marino, a éste se lo quiere natural. Accesibilidad y control visual marcan esa jerarquía.
San Alfonso del Mar(3) representa en este contexto una respuesta a los dilemas del litoral y las arquitecturas del ocio. Situado en la playa, el conjunto de bloques acapara un imponente horizonte marino. Esa sola condición es explicativa de sus tipologías, estrategias de emplazamiento y de su democracia visual: vista asegurada, al parecer equivalente, para todos(4).
Dos decisiones del proyecto garantizan dicho dominio: la primera es la concentración de sus construcciones en torno al borde interior del sitio, liberando suelos hacia la playa. La segunda es su tipología de barras edificadas de crujía uniforme, plegadas en sus extremos y recortadas mediante un régimen de escalones en sus cabezales. Definido de este modo el conjunto, su planta en zigzag alivia un tanto su efecto de pared hacia tierra adentro, articulándose también con mayor interés su frente marino.
La premisa de la vista al mar invade todos los niveles de decisión del proyecto: en este escenario visual tan marcadamente asimétrico, no es extraño que un contraste extremo entre fachadas –anverso y reverso– afecte las situaciones de cada departamento, de cada bloque, del conjunto y de su entorno. Al igual que una sala de teatro del s. XIX, cada edificio cuenta con una fachada de balcones y una contra-cara utilitaria destinada a sus accesos de modo que, siendo significativa, la primera encarna una imagen, y siendo puramente factual, la segunda resulta en rigor in-significante. Quizás una analogía más ajustada al caso sea el estadio, cuyo espacio intencionado es su interior –graderías y cancha– mientras que sus exteriores suelen resultar como andamios para la construcción de ese interior. Enfrentada en nuestro caso por el reverso de los edificios, la calle pública es residual, presagiando una acelerada decadencia(5).
Desarrollado con intensidad a partir de la década de los sesenta, el patrón de edificio escalonado(6) generó monografías expresamente dedicadas al tema(7). Se lo apreciaba por conjugar ciertas cualidades incrementales del urbanismo de laderas con las propiedades del edificio, destacando la singularidad de cada pieza en el tumulto del conjunto, y una ilusión de casas apiladas más que de departamentos seriados. Representó en su momento un acercamiento factible a las ideas más utópicas de la mega estructura, en donde los suelos artificiales garantizarían una libertad de apilamiento de las células o unidades. Abiertas al cielo, las amplias terrazas del edificio escalonado gozarían del sol confirmando el culto a la helioterapia y sus resonancias lejanas en la teoría médica del sanatorio para tuberculosos.
Si bien fuertemente inspirado en el villorrio mediterráneo y las arquitecturas del sol (Goldfinger, 1970), este patrón se diseminó por latitudes frías como lo atestigua su exponente más ambicioso, el proyecto Habitat en la Expo 67 de Montreal (Safdie, 1967).
Más cercano a la configuración retranqueada del proyecto que nos ocupa, las residencias para estudiantes diseñadas por Denys Lasdun para la universidad de East Anglia en Essex, Inglaterra (1962 - 1968) articulan los sistemas de terrazas con un notable paisaje de praderas(8) (Lasdun, 1976). No obstante la humedad y las bajas temperaturas imperantes, el conjunto gesta una topografía alterna a la llanura recuperando al menos estacionalmente la vocación gregaria y urbana del apilamiento de terrazas. Hermética y convexa, su contra-cara carga con una imagen excesivamente utilitaria. De este modo mientras que la calle queda reducida a un cauce de servicio, sus terrazas se asoman a una llanura verde, origen y razón de ser de la estrategia del proyecto. Ausente la playa y el mar, todas sus miradas divagan por esa arcadia húmeda. (fig. 5)
El paisaje es una construcción humana que distingue ciertos rasgos como tema, relegando otros al vacío conceptual de aquello que simplemente no destaca o que no tiene nombre. El acuerdo cultural respecto al interés que un trozo de naturaleza pueda provocar es esencialmente inestable: una suerte de pacto social que distingue lo que es patrimonio de lo insignificante o desechable. Alain Corbin demuestra magistralmente cómo la playa en occidente fue trabajosamente reconocida y valorizada –rescatada de una condición marginal– para instituirse en un valor patrimonial incuestionable (Corbin, 1993). El interés actual por los humedales y territorios de inundación es otro ejemplo de sensibilidades emergentes frente a un paisaje que en otro contexto –o hace apenas unos años– hubiese sido considerado simplemente indiferente: un lugar del abandono, un baldío, un pantano.
Esquema urbano, tipologías edilicias, campos visuales y dominio del espacio natural se entrelazan gestando nuevos principios de ordenación territorial. Entendida de este modo, la ciudad construye una suerte de aparato óptico: una manera de mirar, atrapar y apropiarse visualmente del paisaje. La idea es tanto más literal y quizás también más unidimensional en el balneario, salvo que en este caso el doble objetivo de la accesibilidad inmediata de las personas a la arena –su teatro de actividad– y la accesibilidad visual hacia el horizonte marino –naturaleza plena e inmodificable– se conjugan. La arena, una plaza de acción y la quietud serena del mar lejano copan los horizontes visuales.
Estimulado por esta doble cualidad, el atractivo de la vista garantizada en la orilla gesta una pugna por los emplazamientos seguros en un frente marino que, si bien extenso, es limitado. Cuando son muchos los que acceden a la primera fila es inevitable el surgimiento de edificios de gran tamaño: al igual que en la paradoja de la torre Eiffel citada por Roland Barthes, el mejor modo de ignorar las construcciones que desfiguran este paisaje, o que al menos se interponen entre el cultor de la naturaleza y su objetivo, es estar dentro de ellas disfrutando del espectáculo visual de la playa y el mar. Por efecto de la multiplicación de terrazas y ventanas frontales al mar, estas piezas se interponen como biombos entre el mar y su comarca. El efecto es conocido(9).
Decíamos que el propósito del balneario es improductivo: hacer nada. La posibilidad de sustraerse a las labores productivas ocurre sólo cuando las necesidades básicas están satisfechas: es un lujo cultivado como estilo de vida por las clases ociosas (Veblen, 1899) y como aspiración complementaria a una vida del trabajo por todos los demás. Sin embargo, hacer nada debe entenderse en este contexto como una sustitución de labores productivas por labores improductivas.
Concebido como condominio, San Alfonso del Mar encarna una institución centralizada y eficiente, cuya función es asegurar el bienestar y la seguridad de sus miembros a la vez que proveerlos de una organización de su tiempo de ocio. Todo esto delimitado dentro de un sistema regulado, y por lo tanto autónomo, lo cual define de partida una diferencia entre adentro y afuera siendo afuera el espacio de libre acceso: lo público. Adentro la arena de playa ha sido sustituida por arena lavada, aséptica, más blanca y menos salina que el material natural próximo. Separada del mar, tampoco es esta arena depositaria de sus residuos (algas, conchas, detritos) siendo por ello más limpia y también más inerte. Contra ese fondo, el agua de su laguna igualmente filtrada luce turquesa. Organizadas en torno a este formidable cuerpo de agua artificial, las actividades náuticas y marinas se segregan sutilmente: piscinas para niños, piscinas temperadas, jacuzzis, piscinas de natación y laguna, orquestadas en una secuencia paralela al frente de playa: el azul profundo del mar caracteriza el fondo de escena.
Segmentados por edificios y por edades, los comuneros de San Alfonso concurren a los distintos ámbitos de actividad: gimnasios, canchas, playa, piscinas, discos, restaurantes, sala multiuso, en ciclos programados. Al igual que en un crucero, la autarquía del conjunto respecto a su entorno y su confusa oferta de actividades y bienes característicos del balneario tradicional, es sustituida por un plan del ocio en el cual los vacíos posibles del ocio pasivo se suplen con actos igualmente improductivos pero regimentados, monitoreados, programados e ideados desde la óptica de un óptimo social.
La semejanza con los familisterios –las comunas utópicas de la revolución rusa–, los ideales más delirantes de la vivienda colectiva del s. XIX y de los albores del s. XX saltan a la vista: resaltan los comedores colectivos(10), servicios de alimentación a las unidades, igualdad de los aposentos, organización de actividades en torno al cultivo del cuerpo, una dimensión cultural aportada por ciertas actividades colectivas destinadas a ensanchar las fronteras del espíritu, primacía de la colectividad, segmentación de las edades y por último –en virtud de la moda– igualdad de las indumentarias.
Semejanzas notables entre modelos político-sociales extremadamente diversos, excepto que aquí el objetivo es un bienestar corporal y anímico por sobre las responsabilidades productivas(11). Todo esto podría importar poco a la hora de discutir el proyecto desde la arquitectura, salvo que en cuanto fórmula de ocupación del territorio y de creación de grandes conglomerados es de gran consecuencia: basta observar el proceso irreversible de transformación de nuestro litoral.

Notas
1. Ver por ejemplo Costa ibérica de MvRdV.
2. La nueva versión del director Tim Burton de Willy Wonka y la fábrica de chocolate, Warner Bros. Pictures, 2005.
3. Emplazado inmediatamente al norte del balneario de Algarrobo, a 118 km de Santiago de Chile.
4. Todos los departamentos cuentan con generosos ventanales hacia el frente marino mientras que en un zócalo de camarotes náuticos provisto para la servidumbre sólo hay ojos de buey.
5. Decadencia reconocida como oportunidad por parte de la industria de la seguridad.
6. Referido a los edificios de perfil escalonado, y no a aquellos apoyados sobre una pendiente.
7. Ver por ejemplo Cuadernos Summa Nueva Visión 19, “Viviendas escalonadas” de 1969 y Dachgarten und Dachterrasen de Gerda Gollwitzer y Werner Wirsing. Éstos anticipan los esquemas tipológicos aplicados en el balneario de Reñaca en el litoral central de Chile.
8. Los bloques consideraban inicialmente una población de 6.000 estudiantes. El principio organizativo del conjunto era definido por el arquitecto como “una arquitectura de paisaje urbano en vez de una arquitectura de conjuntos heterogéneos de edificios en un campus universitario”.
9. Entendida como patrimonio del balneario, la vista al mar parece carecer de un marco regulatorio que salvaguarde los derechos de los predios alejados del frente marino. Lo mismo ocurre con resultados desastrosos en Valparaíso (como en la Caleta Portales) a pesar de su declaratoria de Patrimonio de la Humanidad.
10. Que en este caso, son los servicios de gastronomía del condominio en sus bares y restaurantes.
11. A un nivel más ácido, las novelas de Michel Houellebecq comentan exageradamente algunos de estos hechos a propósito de los hoteles tipo Club Méditerranée y la industria del tiempo libre.

Referentes
Corbin, Alain; El territorio del vacío. Occidente y la invención de la playa (1750 - 1840). Mondadori, Barcelona, 1993.         [ Links ]
Goldfinger, Myron; Antes de la arquitectura, edificación y hábitat anónimos en los países mediterráneos. Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1970.         [ Links ]
Gollwitzer, Gerda y Werner Wirsing; Dachgarten und Dachterassen. Callwey, Munich, 1962.         [ Links ]
Lasdun, Denys; A language and a theme, the architecture of Denys Lasdun and partners. RIBA Publications Limited, Londres, 1976.         [ Links ]
Maas, Winy; van Rijs, Jacob y Esarq; Costa ibérica. Ediciones Actar, Barcelona, 2000.         [ Links ]
Veblen, Thornstein; The theory of the leisure class: An economic study of institutions. Original de 1899. Dover Publications Inc., Mineola, 1994.
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