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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.62 Santiago mar. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962006000100005 

ARQ, n. 62 Consumos / Consumption, Santiago, marzo, 2006, p. 23-25.


LECTURAS

Una utopía de mercado

Anahi Ballent*

* Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas, Buenos Aires, Argentina.
   Profesora regular de la Universidad Nacional de Quilmes, Buenos Aires, Argentina.


Resumen

Este podría ser un primer reconocimiento declarado del valor de la casa de playa para la sociedad chilena. Y de su evolución. Hoy más que nunca, la segunda vivienda representa un bien de cambio, depósito y manifestación de la prosperidad familiar; acapara cuidados hasta hace poco reservados a la casa urbana y hereda sus maneras.

Palabras clave: Crítica de la arquitectura, segunda vivienda, resort, ocio, urbanización costera, vivienda suburbana, ochoalcubo.


Abstract

Maybe this is the first explicit recognition to Chilean society’s attachment to beach houses. Nowadays, second home stands for consumer goods. It reflects family status and embodies its wealth, being object of an attention that was formerly focused on the urban house only. Even a part of urban lifestyle has been relocated to the beach.

Key words: Architecture critique, vacation houses, resort, leisure, coastal urbanization, suburban house, ochoalcubo.


 

Aunque son varias las razones por las cuales Ochoalcubo constituye un emprendimiento excepcional, lo que impresiona de manera más intensa es su particular tensión entre la promoción de obras de altísima calidad arquitectónica y el reconocimiento de ciertos requerimientos propios de una operación inmobiliaria. En efecto, al menos en la forma en que parece haber sido ideado, el emprendimiento se muestra animado por una rara voluntad de articulación entre una arquitectura moderna de calidad y la lógica del mercado. En tal sentido, Ochoalcubo se presenta como un objeto casi imposible, o, como mínimo, paradójico. En esta dirección resuena particularmente la palabra utopía, incorporada por los promotores de la operación al afiche que publicitaba la presentación realizada en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica en septiembre de 2004. Lo paradójico es que esta utopía constituye –o intenta constituir– un producto del mercado, y a partir de tal carácter puede ser descrita como utopía del mercado, que es un oximoron, si consideramos el sentido crítico que la historia de la arquitectura y del urbanismo modernos asignó al término utopía, en tanto operación contestataria de las leyes y la lógica del mercado.
Actualmente, en cambio, existe un consenso amplio en cuanto a que la eliminación del mercado no constituye un objetivo necesariamente deseable; su hegemonía en la vida económica puede significar injusticia y desamparo en lo social, pero la existencia del mismo puede vincularse con la presencia de una sociedad civil vigorosa y participativa. En la misma dirección han sido revisadas las aproximaciones sociológicas al consumo, cuya racionalidad ha sido revalorada, tanto como su capacidad conformadora de identidades y vínculos con el ejercicio de formas de ciudadanía (García, 1995). Pero aún incorporando estas revisiones en la construcción de nuestra mirada, la paradoja subsiste y Ochoalcubo invita a que reflexionemos sobre el vínculo entre utopías, mercado y consumo, preguntándonos si un artefacto arquitectónico o urbanístico puede ser pensado, cobrar existencia y mantenerse en el tiempo sostenido en una categoría como la de utopía del mercado. En tanto fenómeno de consumo, Ochoalcubo nos presenta una propuesta dirigida al consumo de elite, centrado en la segunda casa, en el habitar doméstico del ocio destinado a los sectores altos; el sentido de la operación, en efecto, se circunscribe a este horizonte de consumidores, careciendo de alcances más amplios. En rigor, en relación con el tema que encara y el momento en que la operación fue propuesta, no podría pensarse de otra manera. Muy diferente fue el sentido que tuvo la segunda casa, como programa arquitectónico, en las décadas del s. XX que consolidaron la arquitectura moderna: en tal momento constituyó un particular espacio de reflexión, el signado por la simplicidad, nuevo principio rector de la arquitectura pero también de la cultura del habitar de los sectores altos. La petite maison de Le Corbusier o la casa Farnsworth podían ser pensadas como viviendas auténticamente modernas –en el sentido de esenciales y despojadas–porque no eran auténticos hogares, sino residencias transitorias. En ellas el ideal de una vida elemental, explotando un contacto directo con la naturaleza –posibilitado a menudo por las nuevas técnicas– se imponía entre los sectores altos como sinónimo de vida y de costumbres modernas. De esta manera, en numerosas oportunidades la segunda casa fue pensada en relación a otros programas de vivienda, y frecuentemente la resolución de una casa de fin de semana fue vista como una oportunidad para ensayar propuestas destinadas al campo de la vivienda masiva.
Hoy la situación es diferente, ya que la segunda casa se ha complejizado y diferenciado, abordando cambios en la composición de las familias, en las formas de compartir los espacios, en la modernización tecnológica o en el desarrollo del equipamiento doméstico. Ser modernos hoy no significa ya ser simples, sino presentarnos como seres complejos y sofisticados. Los desarrollos de la segunda casa indican claramente esta inversión de valores con respecto a los que soportaron la consolidación de la arquitectura moderna, en un cambio que se verifica en la arquitectura tanto como en la sociedad. Pero sobre todo, la segunda casa ha perdido la tensión hacia la resolución de otros problemas del habitar, que animaba muchas de las propuestas de los años veinte o treinta.
Ochoalcubo, entonces, queda inscrita dentro de las coordenadas del consumo de elite y difícilmente podamos encontrarle un sentido más amplio desde el punto de vista de la relación arquitectura-sociedad. Pero caracterizada de este modo, la operación presenta una serie de opciones interesantes ya que toma partido por ciertas formas de consumo frente a otras. Estas opciones encuentran su sentido en el contexto histórico preciso que permitió pensar la propuesta. Para referirnos a ese contexto –el Chile de fines del s. XX– apelamos a palabras de Horacio Torrent, según las cuales ese fue un período caracterizado por “(el) crecimiento económico, (una) urgencia en la resolución de temas y problemas, el sometimiento a las condiciones de mercado de una importante cantidad de temas arquitectónicos (...), la crisis del Estado del bienestar y la ausencia del ente público como promotor de estrategias de superación disciplinar” (Torrent, 2000). Estos fueron procesos económicos y sociales que condicionaron la arquitectura y del desarrollo urbano en los años noventa, en un diagnóstico compartido también por otros países latinoamericanos. Sin embargo, es necesario constatar que similares condiciones económicas en distintos países, no producen las mismas realizaciones arquitectónicas. Así, por ejemplo, aunque Argentina registró en los años noventa una formidable expansión de emprendimientos inmobiliarios basados en la vivienda suburbana o en la segunda casa, no produjo un evento capaz de despertar este interés en el debate arquitectónico ni de mostrar la capacidad de condensación colectiva que vemos en Ochoalcubo. Sin duda, el caso argentino produjo un amplio conjunto de ejemplos que contó con obras de gran calidad arquitectónica, pero no es fácil ubicar en él intervenciones que constituyan una totalidad definida que pueda y merezca ser volcada al debate público y que se muestre capaz de interpelar con altura a los consumidores y al debate arquitectónico al mismo tiempo.
Retomando la especificidad de las condiciones contextuales de la operación, volvemos a palabras de Torrent referidas a los años noventa: “Es un tiempo en que la labor del arquitecto se centra mayoritariamente en convertir un bien de cambio en un bien de uso”. Ochoalcubo parece enfrentarse exactamente a ese problema, tratando de entender la casa como un bien de uso, dentro de una operación económica que la fuerza a constituirse en tanto valor de cambio. Podemos preguntarnos si no encontramos aquí un tema recurrente de la arquitectura chilena de las última cuatro décadas, uno de sus núcleos vitales, que, pese a admitir distintas respuesta estéticas, mantiene principios comunes en la aproximación a la vivienda y a la relevancia que adquiere la casa individual, aislada y vinculada al paisaje. Cuando un observador externo pasea su mirada por el universo de la arquitectura chilena, el peso del programa segunda casa –o en términos más amplios, el de la vivienda individual aislada- como campo de desarrollo y de experimentación es notable. Una publicación como 24 Casas. Obra de arquitectos chilenos contemporáneos ilustra bien esta situación.
El hecho que el programa sostenga una arquitectura de calidad nos indica que él registra una base en la sociedad, en particular en la cultura del habitar de los sectores altos. Si comparamos con el caso argentino, encontraremos en éste más arquitectura interesante en programas ligados a la vivienda urbana, antes que a la segunda casa. Aunque en rigor no podamos atribuir sino al azar que Le Corbusier haya sido requerido en Argentina para resolver una casa urbana, mientras que en Chile se le demandaba el proyecto de una casa de vacaciones, la contraposición de programas Curutchet / Errázuriz bien podría emblematizar dos culturas del habitar que buscan sus centros en espacios diferentes, manteniendo relaciones distintas con la ciudad y el territorio.
La segunda casa como programa arquitectónico se percibe en Chile como un tema denso y complejo, que desarrolla aquellos tópicos que la arquitectura chilena ha impuesto con mayor acierto y que la han convertido en una de las más dinámicas y creativas de América Latina. Interioridad, paisaje, lugar, materiales y texturas son los temas que en múltiples y diversas articulaciones se reiteran y ensayan una y otra vez alrededor de la segunda casa. Cada obra se presenta como si hubiera sido pensada desde cero, como si los espacios del habitar se reinventaran cada vez que el productor-arquitecto y el consumidor-habitante se congregan para imaginarlos. Abordado de esta manera, el programa de la casa individual extra-urbana ha logrado configurar notables espacios de libertad y de posibilidades de expresión para los arquitectos, lo cual demanda un correlato en el plano del consumo social. En tal sentido, estas casas inducen a pensar en la existencia de un consumidor que busca también una identificación con la arquitectura doméstica huyendo de imágenes y convenciones arraigadas, confrontando la referencialidad de los espacios y las imágenes del habitar: la idea de la casa como bien de uso parecería así ligar las posiciones de arquitectos y comitentes-consumidores.
Esta arquitectura doméstica que resiste todo pintoresquismo, reiterando estéticas modernistas, geométricas y abstractas, invita a indagar en la conformación de la cultura del habitar de los sectores altos de la sociedad chilena(1). Allí habría que rastrear las bases del acuerdo tácito entre productores y consumidores que se intuye como sostén de estas operaciones. En rigor, no nos referimos necesariamente a los consumidores-habitantes reales y concretos, sino a la forma en que los arquitectos los representan o imaginan: el lugar que conceden al habitante y cómo lo interpelan a través de sus propuestas. De la misma forma en que el espectador forma parte del cuadro aún cuando el pintor se proponga prescindir del él, el habitante es parte de la arquitectura, incluso en casos como Ochoalcubo en el cual el promotor se diferencia del usuario.
En términos más generales podemos preguntarnos cómo pasan los temas propios de la vivienda individual a una operación como Ochoalcubo; en otras palabras, qué consecuencias produce el desplazamiento de las casas únicas y aisladas, realizadas por encargo y adaptadas a un lugar y a un grupo humano particular, a las propuestas para la venta. Ante todo, la nueva operación implica aceptar las restricciones del mercado en cuanto a materiales, superficies, tipo de lotes y posición de las viviendas. Estos problemas no parecen haber mellado el entusiasmo de los promotores y es comprensible que no lo hayan hecho: excepto aquellos casos en que resultan completamente aplastantes, las restricciones del mercado no paralizan sino que estimulan la creatividad de los arquitectos. El conjunto Ochoalcubo, entonces, le plantea nuevos desafíos a un programa arquitectónico sólidamente vinculado a la alta tradición disciplinaria de este país: la búsqueda de equilibrio entre la composición del conjunto y la expresión de la individualidad de sus componentes, entre la sensibilidad para la configuración del ámbito privado y la construcción de un espacio público, la fuerte presencia de bordes y límites que requieren tratamientos particulares, el desarrollo de viviendas orgullosas de su individualidad, pero también conscientes de su posición dentro de un conjunto. Notemos que esta gama de problemas se refiere sobre todo a los aspectos públicos del emprendimiento, que junto al riesgo económico que entraña la operación, nos hablarán del éxito o del fracaso de Ochoalcubo en tanto utopía del mercado. Más allá de cual sea el destino final del emprendimiento, cabe destacar la forma en que fue pensado y la apuesta a estimular, dentro del mercado de las clases altas, la existencia de consumidores racionales y selectivos, y de promotores y diseñadores con vocación de insertar los temas del mundo privado dentro de un debate público.

 

Notas
1. Distintos trabajos están avanzando en la historia de este campo, por ejemplo: Gonzálo Cáceres, Francisco Sabatini y Rodrigo Booth; La suburbanización de Valparaíso y el origen de Viña del Mar: entre la villa balnearia y el suburbio de ferrocarril (1870-1910), incluido en el libro de Elisa Pastoriza Las puertas al mar.

Referentes
García Canclini, Néstor; Consumidores y ciudadanos. Grijalbo, México, 1995.         [ Links ]
Pastoriza, Elisa; Las puertas al mar. Biblos, Buenos Aires, 2002.         [ Links ]
Sato, Alberto (introd.); 24 Casas. Obras de arquitectos chilenos contemporáneos. Ediciones ARQ, Santiago, 1999.         [ Links ]
Torrent, Horacio (introd.); Arquitectura reciente en Chile. Las lógicas del proyecto. Ediciones ARQ, Santiago, 2000.
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