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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.62 Santiago mar. 2006

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962006000100002 

ARQ, n. 62 Consumos / Consumption, Santiago, marzo, 2006, p. 10-11.

Texto portugués / english

LECTURAS

Arquitecturas silenciosas

Edson da Cunha Mahfuz*

* Profesor de Taller de proyectos en el Departamento de Arquitectura de la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, Porto Alegre, Brasil.


Resumen

Inmersa en un contexto que privilegia los guiños al espectador, la arquitectura silenciosa que Mahfuz detecta y presenta igualmente es capaz de acoger las demandas de sus usuarios, pero les exige cierto compromiso: su aparente neutralidad no permite lecturas inmediatas. Su valor, antes que la forma externa, radica en una estructura relacional que el propio proyecto propone.

Palabras clave: Arquitectura-Brasil, teoría de la arquitectura, crítica, identidad formal, arquitectura brasileña contemporánea.


 

La vigencia del modernismo en la arquitectura brasileña / I. Estos son tiempos difíciles para la práctica de la arquitectura auténtica en Brasil. Reflejando de manera propia la crisis disciplinaria que viene alcanzando a la arquitectura y al urbanismo en todo el mundo hace algunas décadas, el panorama local es sombrío y desanimador para los que aún consideran a la arquitectura una profesión de alcance social y cultural.
Aunque los orígenes de esta crisis sean varios, el fenómeno de la globalización y la consecuente infiltración y predominio de los valores del mercado en la mayoría de las actividades humanas parecen ser los más importantes.
La crisis disciplinaria a la que me refiero se manifiesta de muchas maneras. Una de las más importantes es la pérdida de la influencia que la arquitectura gozaba hasta mediados del siglo XX como centro ideológico del modernismo, y su consecuente decadencia como profesión relevante a ojos de la sociedad.
Otro problema es el desplazamiento del centro real de las decisiones respecto a la ciudad, del poder público hacia la iniciativa privada. Coincidentemente o no, en las últimas décadas se produjo el virtual desaparecimiento del poder público como cliente –recordemos nada más su importancia para el desarrollo de la arquitectura moderna brasileña desde 1930 hasta 1970–.
Súmesele a eso la mercantilización de la arquitectura –edificios que pasan a ser tratados como objetos de consumo, cuya organización y apariencia adoptan las últimas modas o tendencias–, y su espectacularización: la creación de objetos impactantes, cuyo valor es esencialmente propagandístico.
Al contrario de lo que sucede en otros países sudamericanos, la práctica brasileña en uso es de baja calidad, aunque se logren ocasionalmente obras de gran calidad, desgraciadamente en número insuficiente para cualificar el paisaje urbano. Una observación rápida de cualquier ciudad brasileña señalará un gran número de construcciones hechas sin criterio formal o constructivo alguno, entre las cuales aparecen los historicismos tardíos –increíblemente, el neoclásico está de moda por aquí– y algunos edificios creativos e interesantes. No tan sólo entre los legos sino que hasta entre los arquitectos se confunde ineditismo con originalidad e innovación formal con calidad arquitectónica.
II. A pesar de que sea cada vez más difícil reunir las condiciones necesarias y suficientes para una práctica culturalmente relevante, y que el número de obras consistentes sea diminuto en relación a lo que se construye en el país, una observación atenta muestra que todavía hay espacio para la arquitectura auténtica, aunque sea cada vez más pequeño.
Aquí y allá se observa una arquitectura que, si tuviese que recibir algún calificativo, se le podría denominar silenciosa. Esta producción rechaza la concepción artística promovida por la actual seudo cultura mediática, que resulta en una agresión histérica a los sentidos y al sentido común y, por el contrario, afirma una concepción de arte como contemplación e introspección.
Antes que parezca que estoy hablando sobre un espejismo, me apresuro en identificar lo que serían esas arquitecturas silenciosas. Se trata de un grupo no muy numeroso de obras proyectadas y construidas en varias partes del Brasil, de autoría de arquitectos de varias generaciones. El más prominente de ellos es Paulo Mendes da Rocha, nuestro mejor arquitecto desde hace ya por lo menos dos décadas, y tal vez aquél que mejor representa los principios de ese modo de practicar arquitectura(1).
Del punto de vista proyectual, esta producción se caracteriza por adoptar formas elementales, poco ornamentada y figurativamente neutra, constituyendo objetos engañosamente simples cuya complejidad se va revelando a medida que nos familiarizamos con ellos. La falsa simplicidad de esta producción aleja a aquellos que buscan gratificación inmediata de los sentidos y recompensa la persistencia de los que permiten un involucramiento emocional más prolongado con la arquitectura.
Esta arquitectura puede y debe ser vista como una continuación y evolución de la arquitectura llevada a cabo en Brasil en la década del treinta, reconocida en todo el mundo. Aun cuando en las últimas décadas haya surgido un gran número de doctrinas con la pretensión de reemplazar un modernismo supuestamente superado, la existencia de una producción como la que comento aquí es prueba cabal de la vigencia de la modernidad(2).
En sustancia, la arquitectura moderna representó una ruptura metodológica con el clasicismo, en la que la imitación se sustituye por una idea autónoma de forma, desvinculada de cualquier sistema previo o exterior. A partir de ahí, el marco de legitimidad de la obra se sitúa en el ámbito del objeto, en donde debe buscarse la lógica de su constitución como artefacto ordenado por leyes que le son propias.
En un tiempo sin certezas, en el que las cosas siempre pueden ser de otro modo, alejar al máximo la amenaza de la arbitrariedad es esencial para que se obtenga una arquitectura auténtica. La arquitectura moderna nos enseña que una manera de controlar esa arbitrariedad es fundamentar las decisiones proyectuales por sobre las condiciones intrínsecas y específicas de cada problema arquitectónico –lo otro es no tener la búsqueda de la innovación constante como objetivo–; las condiciones internas a cada problema arquitectónico son el programa, la técnica y el lugar. El proyecto es, entonces, una síntesis formal de esas tres condiciones, que utiliza los materiales arquitectónicos (estructuras formales y elementos de arquitectura) provistos por la historia con el efecto consecuente de un orden visual-espacial que define la identidad formal de cada objeto.
La búsqueda de definición e identidad formal parece ser una preocupación central de todos los proyectos aquí ilustrados. Pero en este caso, como en la arquitectura moderna en general, es importante darse cuenta que la noción de forma no se refiere a la apariencia externa de las obras, sino a la estructura relacional o sistema de relaciones internas y externas que configuran un artefacto o episodio arquitectónico y determinan su identidad.
Esta noción de forma como estructura relacional tiene por lo menos tres implicaciones importantes: primero, que el arquitecto no es sólo un gestor de imágenes de moda: su trabajo va mucho más allá de la superficie externa de los edificios. Segundo, que el verdadero acto creativo está no en los elementos, sino en la acción de asociarlos, lo que explica cómo los proyectos de Mies van der Rohe pueden parecerse tanto y al mismo tiempo ser muy diferentes en lo fundamental; y por último, que la creencia de que los objetos modernos son indiferentes al entorno en el cual están insertos es equivocada, pues violaría, de ser verdad, un principio esencial del pensamiento creativo de la modernidad: su renuncia a los valores de objeto como algo cerrado en sí mismo.
Llegar a conseguir la identidad formal es el objetivo mayor de la concepción arquitectónica: es un valor esencial de la obra de arquitectura, especialmente en la arquitectura moderna. La identidad formal es el orden específico de cada obra, aquella condición de estructura constituyente propia de cada objeto, independientemente de factores externos y estrechamente vinculada a la presencia de una estructura formal consistente –o sea, constituida sobre los requisitos del programa y las relaciones con su entorno– que define su organización espacial.
Es exactamente la presencia de una estructura formal clara y consistente –definidora de la identidad del objeto– lo que separa la arquitectura de calidad de ese funcionalismo barato que deriva la planta del organigrama funcional, y de los proyectos cuya apariencia es consecuencia de decisiones arbitrarias y de la imposición de caprichos personales o de influencias externas al problema.
Observada con atención, la mejor arquitectura brasileña siempre se caracterizó por su economía, rigor, precisión y universalidad, criterios presentes en la mejor arquitectura moderna tanto para el proyecto como para su verificación.
Por economía –de medios físicos y conceptuales– entiéndase el uso del menor número posible de elementos para solucionar un problema arquitectónico. Economía de medios no es minimalismo –que es un estilo, una meta que se procura alcanzar– ni escasez deliberada de elementos para obtener un aspecto despojado: es incorrecto eliminarle elementos necesarios a un proyecto en beneficio de la forma pura. La forma económica, caracterizada por cierta parquedad, tiene como resultado una intensidad formal que asegura su capacidad para existir en entornos donde los estímulos visuales son excesivos.
La precisión de un proyecto acentúa su identidad formal, lo que facilita el entendimiento de su estructura formal y la propia construcción material del objeto.
Proyectar con rigor significa la capacidad de excluir de un proyecto todo aquello que no contribuye a su intensidad y consistencia formal, además de enfocar la concepción evidenciando aspectos relevantes y trascendentes del problema arquitectónico, excluyendo lo que es meramente accesorio. La arquitectura auténtica es rigurosa en la jerarquización del programa y en la definición de los elementos que materializan su estructura formal. Uno de los principales problemas de la mayoría de la producción contemporánea es exactamente su falta de rigor, traducida en configuraciones arbitrarias y exceso de elementos.
La universalidad de un objeto tiene que ver con la esencialidad de su constitución, valor cuyo reconocimiento constituye una cualidad específica de la especie humana. Además de la posibilidad de su reconocimiento, los objetos dotados de universalidad tienen una mayor posibilidad de permanencia con dignidad y utilidad.
Las características aquí descritas y los proyectos adjuntos a este texto demuestran que existe otro camino posible para la práctica de la arquitectura, allende de aquellos privilegiados por los medios de comunicación. Éste es, reconocidamente, un sendero más difícil, pues implica hacer que la arquitectura retome un papel cultural y social que casi nadie más le quiere atribuir. Más que eso, significa, para los que lo recorran, operar a partir de una actitud que privilegia valores contrarios a la cultura mediática actual, prefiriendo la modestia al estrellato, la descripción al estruendo, la relevancia al impacto inmediato, la calidad real a la vinculación a los últimos ismos.
Que existan arquitectos practicando en esa dirección y que existan clientes que acojan sus propuestas es motivo para un optimismo discreto, que no lleva a creer en una reversión dramática y redentora del panorama actual, pero que tampoco nos deja sumergirnos en la apatía por encontrar que todo está perdido.
“La existencia de producción de tal calidad muestra que, cuando una actividad llega a ser tan superflua para la cultura actual como lo es la arquitectura, no hay disculpas para no aspirar a la excelencia”
(3).

Notas
1. Un listado no exhaustivo, que ciertamente deja fuera nombres igualmente importantes, incluye a Eduardo de Almeida, Aurélio Martinez Flores, Marcelo Ferraz, Paoliello & Wainer, Angelo Bucci, Álvaro Puntoni, Anne Marie Sumner, MMBB, Andrade Moretin, Carlos Alberto Maciel, Alexandre Garcia, André Prado, Bruno Santa Cecília, Humberto Hermeto, Sérgio Palhares, Carla Juaçaba y Otávio Leonídio.
2. “El organicismo, el realismo, el brutalismo, el historicismo, la tendenza, el inclusivismo, el sintacticismo, el posmodernismo, el regionalismo crítico, el deconstructivismo, y hace algunos años, el minimalismo, son las doctrinas hasta hoy más celebradas entre las que intentaron –por lo visto, sin éxito– enterrar para siempre los principios y criterios sobre los cuales se apoya la noción moderna de orden”. Texto inédito de Helio Piñón.
3. Helio Piñón, en entrevista concedida a Ana Rosa de Oliveira, en diciembre de 2000. Aunque haya sido dicha en otro contexto, la frase es perfecta para el caso de la arquitectura brasileña contemporánea.